Hola a todxs!

Llevo trabajando en esta historia desde que salió la última película de Animales Fantásticos. Escribí los primeros capítulos presa de un hechizo, la verdad. En pocas semanas ya tenía escritos seis capítulos largos y toda la historia en mi cabeza, pero por cosas de la vida lo dejé. Ahora he vuelto a escribir y estoy avanzando con ganas. Me propongo colgar capítulos muy a menudo, así que espero que os guste y le deis mucho amor.

Quiero avisar de que se viene drama, solo eso.

Esta es la historia de como Albus y Gellert se conocen el verano de 1899 y lo que vino después de ese primer encuentro. Aberforth y Ariana tienen un papel muy importante, e intentaré en todo momento ser lo más fiel a lo que se supongo que ocurrió aquel verano.

Eso es todo.

Espero que disfrutéis 3


El Valle de Godric era un pequeño pueblo mágico situado al oeste de Inglaterra. Albus observaba sus limites desde la colina más cercana. Desde aquella altura podía abarcar todo el paisaje: desde la ladera occidental hasta el arroyo que delimitaba en la frontera. Los límites del Valle estaban determinados por arboledas y colinas de distintos tonos de verde. Al norte, un único camino de tierra unía el Valle de Godric con el resto del mundo.

Albus se metió las manos en los bolsillos y suspiró con resignación. Los límites de aquel valle eran los límites de su propia existencia. En las últimas semanas se había dictado su sentencia; estaba condenado a vivir entre aquellas colinas hasta el fin de sus días. Cuando recibió la noticia de la muerte de su madre, no pudo hacer otra cosa que volver a casa. Albus, como primogénito, era ahora el responsable de su familia. O de lo que quedaba de ella.

Bathilda escribió tan pronto como le fue posible después de conocer la terrible noticia. En cuanto Albus recibió su carta, se presentó en el despacho del director suplicándole que le dejara irse. Se transportó de inmediato al Valle desde su despacho y apareció en la puerta de su casa con un baúl a medio llenar y el corazón en un puño. A partir de entonces, Albus ocuparía el lugar de su madre como cabeza de familia y, con ello, cargaría con el peso de su apellido.

El cielo empezó a cambiar de color, anunciando así la llegada del anochecer. Albus debía volver a casa antes de que cayera la noche para no asustar a Ariana, que solía preocuparse si Albus pasaba más de dos horas fuera de casa. Desde que había vuelto de Hogwarts, Ariana había pasado la mayor parte del tiempo encerrada en su habitación, en camisón y con los ojos llenos de lágrimas. Albus intentaba pasar tanto tiempo con ella como le fuera posible, pero a veces la sensación de encierro era demasiado fuerte. En momentos como esos, salía por la puerta dispuesto a vagabundear hasta que aquella sensación desapareciera. Aquella tarde, en cambio, al subir hasta la colina y observar el Valle desde lo alto, la sensación de asfixia no hizo más que aumentar. Estaba condenado a aquel lugar para siempre.

Se impregnó de los últimos aromas del atardecer y se desapareció tras un estruendo. Apareció en la calle principal del Valle, junto al cementerio.

Sin saber muy bien por qué, sus pasos lo llevaron a entrar. Ya no importaba demasiado si se demoraba un par de minutos más.

Albus caminó entre las tumbas del cementerio del Valle de Godric en busca de aquella en la que estuviera tallado el nombre de su madre. No tardó en encontrarla y darse cuenta de que la tierra a su alrededor aun estaba tierna. Enterraron a Kendra Dumbledore dos semanas atrás. Se organizó un entierro discreto e íntimo; nadie quería que las circunstancias de la muerte de la señora Dumbledore salieran a la luz.

La lápida era de alabastro tallado, elegante y soberbia. La familia Dumbledore había conseguido amansar una pequeña fortuna familiar, así que Albus no dudo cuando decidió concederle a su madre el lujo de aquella lápida.

Aquel último año no había estado demasiado en casa. Pasó las vacaciones de Navidad en Hogwarts, demasiado ocupado en sus trabajos y entregas como para preocuparse por la cena de Navidad. Aberforth insistió en que tomara el tren a Londres, pero Albus le ignoró y siguió con la confección de un nuevo artículo que le iban a publicar en una revista de jóvenes promesas del Ministerio. Había estado tan ocupado con sus trabajos extracurriculares y sus responsabilidades como Premio Anual que había olvidado sus deberes familiares.

Se agachó junto a la tumba de su madre y acarició la fría piedra de la lápida con los dedos.

Ya era demasiado tarde.

El viento acariciaba su rostro y bajo la luz del crepúsculo, Albus discernió a lo lejos la difusa figura de un joven que merodeaba entre las tumbas. Se incorporó de inmediato ante la extraña presencia del desconocido. El nombre de su familia ya había estado en boca de demasiada gente en las últimas semanas y no estaba dispuesto a alimentar más habladurías.

Se levantó, acarició una última vez el frío alabastro, se metió las manos en los bolsillos y puso rumbo a casa.

Caminó ensimismado entre las tumbas, ignorando la extraña presencia que seguía sus pasos. Desde la muerte de Kendra, los vecinos de Godric lo habían avasallado a preguntas sobre su situación actual. Cuando salía al pueblo con su hermana, los más curiosos se agrupaban en torno a ellos fingiendo preocupación por su reciente orfandad. Albus conseguía salir airoso de aquellas situaciones, pero Aberforth se había enfrentado a algunos de aquellos incómodos encuentros con malas palabras. Así que aumento el ritmo de sus pasos para esquivar cualquier encuentro fortuito y atravesó el camino principal del cementerio con la vista fija en el suelo.

Antes de poder evitarlo, el extraño se cruzó en su camino.

Albus frenó en seco.

—¿Me estás siguiendo? —susurró el joven.

—¿Disculpa?

—Te he visto antes medio escondido entre las tumbas —el extraño no se movió—. Y ahora, de repente, te cruzas en mi camino.

—Creo que quien se ha cruzado en mi camino has sido tu.

—Puede ser —respondió con una sonrisa jactanciosa.

Era tan alto como él, algo más ancho de hombros y con el pelo rubio. Iba únicamente vestido con una camisa negra y un pantalón de pinzas y, sin embargo, resultaba sumamente elegante. La escasa luz que había no colaboró en el análisis detallado de aquel extraño que a Albus le hubiera gustado hacer. En cambio, se fijó inevitablemente en el color de sus ojos; uno azul y el otro marrón.

—¿Acabas de llegar al Valle? —quiso saber Albus.

—Digamos que vengo buscando algo.

—No hay mucho que encontrar en el Valle de Godric.

Albus desistió y decidió reanudar la marcha. Se sorprendió al ver que el extraño joven le seguía a escasos centímetros.

—¿Eso crees?

—No lo creo, lo sé —Albus sonrió para sí mismo—. Llevo en este pueblucho más tiempo del que me gustaría admitir. No hay más que montañas, pueblerinos y un par de tabernas de mala muerte.

—¿Y qué me dices de las leyendas?

—Habladurías. La mayoría de los magos que viven en Godric son viejas reliquias, algunos llevan una década sin pisar una ciudad. Las leyendas son lo único que les queda.

—Vaya, quizás haya venido al sitio equivocado.

Albus volvió a sonreír.

—No sé que es lo que andarás buscando, pero estoy seguro de que no está aquí.

Llegaron a la puerta de entrada al cementerio. Las farolas de la avenida principal de Valle iluminaron entonces el rostro de aquel extraño. oiyAlbus se permitió la osadía de mirarlo unos segundos de más, totalmente abrumado por sus ojos y la clarividencia que emanaba de ellos, como si fuera capaz de ver a través de él.

—Gracias por tu charla, ha sido de lo más esclarecedora.

Con una sonrisa triunfante y la seguridad en sí mismo propia de un rey, el joven se dio media vuelta y se marchó de allí sin mediar palabra.

Albus se quedó totalmente descolocado.

Tardó un momento en salir de su asombro. Se quedó allí plantado, observando como el extraño joven caminaba en la otra dirección y como su silueta se diluía en la oscuridad a lo lejos.

Volvió a casa ensimismado y reviviendo la imagen de aquellos ojos. No estaba muy seguro de si lo que había visto realmente aquella noche en el cementerio era un fantasma o una persona de carne y hueso. Si de algo podía estar seguro era de que los ojos de aquel extraño no eran de este mundo.

Cuando llegó a casa, cruzó el pequeño jardín y entró por la puerta en silencio.

—¿Dónde estabas?

Aberforth estaba sentado a la mesa, con una única vela encendida en medio y un cigarrillo entre los dedos. La luz de la vela únicamente iluminaba el lado derecho de su rostro y creaba en él un juego de sombras que acentuaban los pliegues de su ceño fruncido.

—He ido al cementerio —Albus cerró la puerta tras él, se quitó el abrigo y se sentó frente a su hermano—. ¿Y Ariana?

—En su habitación, no ha querido cenar.

—Lo mejor será no obligarla.

—¿Tu crees? —Aberforth parecía cansado.

—Deberías dormir, Aberforth —Albus apoyó los codos sobre la mesa y se masajeó la cara con ambas manos—. Son días difíciles.

Aberforth apagó el cigarrillo y se puso en pie. Se encaminó hacía las escaleras, pero antes de llegar, se paró y dijo:

—Bathilda a pasado a verte esta tarde. Quiere que vayas a tomar el te con ella mañana.

—¿Dijo por qué?

—Quiere presentarte a alguien.

Y Aberforth se marchó escaleras arriba.

Albus sintió nuevamente esa sensación de asfixia de la que huía constantemente. Allí dentro, entre aquellas cuatro paredes, esa sensación aumentaba. Sentado a la mesa en aquel comedor sentía que toda su vida se reducía a ese momento, a esa estancia. Toda su existencia estaba delimitada, por paredes o por montañas.

Estaba atrapado.