Albus bajó las escaleras. El salón estaba todo desordenado, la mesa aun estaba servida con los restos de la cena de la noche anterior y de la cocina emanaba un rancio olor a aceite. Como las cortinas aun estaban corridas, la mayor parte de la estancia estaba en penumbra. Albus se desesperó por un momento, nunca había sido dado a los quehaceres del hogar, pero dadas las circunstancias, no le iba a quedar más remedio que ocuparse de ellos. Aberforth y Ariana aun no habían salido de su habitación, así que Albus se remangó las mangas de la camisa y se puso manos a la obra.
Fregó los platos y cubiertos de la cena, limpió la mesa y las cacerolas que Aberforth había dejado en el fregadero. Con un movimiento de varita, las sillas se elevaron por los aires y se dejaron caer lentamente sobre la mesa. Hechizó un par de escobas que hicieron el trabajo sucio por él mientras descorría las cortinas y abría las ventanas para que entrara el aire. La estancia se iluminó y el hedor que emanaba de la cocina pareció mitigarse. Fregó el suelo y, echando mano de la varita, acabó de ordenar y limpiar todo el primer piso.
—Albus —Ariana apareció en las escaleras.
Se había puesto un vestido sencillo de manga corta, al pecho se le fruncía y la tela caía sedosa sobre su cuerpo hasta los tobillos. Se había recogido el pelo y tenía los ojos despiertos por primera vez en semanas. A pesar de su intento por parecer animada, bajo sus ojos aun quedaban vestigios de sus lágrimas.
—Te ayudo a preparar la comida —dijo caminando hacía la cocina.
Albus se alegró de verla tan animada, sus pasos parecían más ligeros que la última vez que la vio merodeando por el salón.
Ariana preparó la comida: asado de cordero, patatas asadas y algo de fruta.
—Tal y como te gusta, Albus.
Este sonrió ensimismado. Después de acabar con las tareas que él mismo se había impuesto, se sentó a la mesa y comió con una Ariana irreconocible. Aberforth, sin embargo, no bajó. Albus supuso que la puerta de su habitación seguiría cerrada, tal y como lo había dejado la noche anterior.
—Me gustaría salir a dar un paseo —propuso Ariana mientras se llevaba un trozo de carne a la boca.
—Bathilda me ha invitado a tomar el te esta tarde —dijo Albus—. Puedes venir conmigo, si quieres.
—Me encantaría. Quiero llevarle unas flores.
Ariana se había hecho cargo del jardín desde bien pequeña. Cultivaba el amable arte de la jardinería con pasión gracias a las enseñanzas de su madre. Cuando era tan solo una niña, Kendra salía con ella al jardín trasero y pasaban las mañanas entre olivos y cerezos, regando y cortando las malas hiervas. Cuidaba su pequeño jardín con ahínco y dedicación. Sin embargo, desde hacía unos meses, Ariana se había cerrado en sí misma. Poco antes de la muerte de su madre, ya ni si quiera salía al jardín ni parecía preocupada por su estado. En aquel momento, Albus no le dio importancia al repentino cambio de intereses de su hermana. Aberforth, por su parte, que siempre se mostraba un poco más consternado ante la actitud de Ariana, intentó revivir su interés sin éxito. Así que cuando Albus vio a su hermana tan entusiasmada por la visita de Bathilda, se alegró sobremanera.
Comieron y, juntos acabaron de limpiar el comedor y la cocina. Ariana animó a Albus a fregar el piso superior y la biblioteca. Y así pasaron el resto de la mañana.
La puerta de Aberforth seguía cerrada.
Cuando Albus pasó por allí camino a la biblioteca —que estaba situada en la habitación al fondo del pasillo— le pareció escuchar voces al otro lado de la puerta. No le dio mayor importancia y, sin embargo, despertó en él una curiosidad inusitada. No solía preocuparse demasiado por su hermano. Estando en Hogwarts, Aberforth siempre había sido muy popular entre los alumnos y tampoco había dado señales de problemas para superar las asignaturas. Siempre había sido un joven independiente y capaz de superar aquello que se le pusiera por delante. Así que Albus nunca había tenido que preocuparse en ayudarlo a socializar o a aprobar sus exámenes. Pero al escuchar aquellas voces al otro lado de la puerta cerrada de Aberforth, inconscientemente se paró a escuchar.
No alcanzó a oír demasiado, pero si pudo discernir lo que le pareció una voz femenina.
Sonrió para sí mismo y continuó su camino a la biblioteca. Aunque a veces la actitud de Aberforth le sacara de quicio, se sintió reconfortado de saber que su hermano no estaba solo.
Ariana estaba limpiando el pasillo cuando Albus llegó a la biblioteca.
Cuando abrió la puerta le asaltó un fuerte olor a cerrado. Toda la estancia estaba sumida en la penumbra, así que abrió las ventanas y hechizó un par de escobas que le ayudaron a limpiar el polvo.
La biblioteca estaba compuesta por cientos de libros y pergaminos que los Dumbledore habían recopilado a lo largo de los años. Herencias y reliquias familiares llenaban las estanterías de aquella habitación, libros tan antiguos como los primeros cimientos del mundo mágico. Los Dumbledore siempre habían cultivado un gran interés por las fuentes escritas, por todo aquello que cerciorara la grandeza de la historia y de la magia. La mayor parte de la colección personal estaba compuesta por textos mágicos, libros sobre hechizos, recopilaciones sobre historia de la magia, herbolarios y libros sobre seres mitológicos y leyendas. En un rincón de la biblioteca, en la parte menos iluminada, había una pequeña estantería cerrada con llave. En aquel rincón se escondían los libros que su padre consideró inapropiados para su uso. Guardó bajo llave todos aquellos textos que trataban la magia oscura, sus usos y posibilidades. Albus nunca se había atrevido a abrir aquella puerta, ni si quiera ahora que su padre estaba muerto y que, por lo tanto, todo lo que había en aquella casa era suyo por derecho.
—Es hora de irnos —dijo Ariana desde la puerta.
Albus no se había dado cuenta del paso de las horas. Últimamente se ausentaba más de la cuenta. No conseguía concentrarse en nada desde que volvió de Hogwarts. Había sido incapaz de leer un solo libro o de mantener una conversación más larga de la cuenta en las últimas semanas. Albus no era dado a la melancolía, tampoco acostumbraba a ausentarse demasiado tiempo de la realidad. Sin embargo, desde que volvió al Valle, aquellos episodios se habían repetido más de una vez.
Se apresuró a prepararse. Se puso unos pantalones grises, una camisa recién lavada y un chaleco a conjunto. Se pasó el cepillo por el pelo y se lo echó hacía atrás como de costumbre. Ariana lo esperaba en el salón, junto a la puerta y con un ramillete de flores en la mano.
Albus tomó la mano de su hermana y se la pasó por el brazo. Ariana salió de casa con una sonrisa en los labios y Albus con el corazón en un puño. Nunca sabía lo que podía depararle salir a la calle con su hermana, su conducta era tan voluble como el tiempo de Inglaterra.
La casa de Bathilda Bagshot estaba al otro lado del Valle. Atravesaron la calle principal y se encaminaron hacía el centro. Albus intentó evitar la avenida principal, pero Ariana se mostraba fascinada por las tiendas que encontraron abiertas a su paso. Se detuvo en el colmado para comprar un par de tarros de miel y un puñado de chirivías de la última cosecha. Pensaba cocinarlas esa misma noche acompañadas con guiso y patatas. Albus dejó que Ariana se desenvolviera por ella misma. Y, aunque escuchaba la incasable de voz de Aberforth en su cabeza instándole a que no lo hiciera, la ignoró.
Albus cargaba las compras de Ariana cuando llegaron a casa de Bathilda.
—¡Que alegría veros! —exclamó la anciana cuando Albus y Ariana cruzaron el umbral de la puerta—. Ariana, querida, tienes un aspecto maravilloso.
—Gracias, señora Bagshot —Ariana sonrió encandilada.
—Espero que tus hermanos estén cuidándote tan bien como te mereces —Ariana asintió—. Bien, me alegro entonces. Estaba a punto de sermonear a tu hermano sobre sus labores, pero veo que las tiene muy claras.
Albus suspiró con resignación y una media sonrisa. Dejó las compras de Ariana sobre la mesa y se sentó en la butaca que siempre solía ocupar cuando visitaba a la anciana.
—Le he traído esto —Ariana le tendió el ramillete de flores—. He estado cultivando las plangentinas tal y como usted me dijo. Dos cucharadas de miel al día, tres litros de agua a la semana y mucho calor. Creo que he conseguido un buen resultado.
—Son preciosas, querida —Bathilda tomó el ramillete entre las manos—. Las pondré en un jarrón. Creo que tengo uno vacío por aquí… —y se perdió en la estancia continua.
Ariana se sentó al lado de su hermano en el pequeño sillón tapizado de la sala de estar de Bathilda. Frente a ellos había una mesa de te llena de pastas y pequeños pasteles caseros que, a juzgar por el delicioso olor que emanaba de ellos, estaban recién horneados. Albus quiso coger uno de los pastelitos, pero Ariana detuvo su mano antes de que pudiera llegar a tocarlo y le miró con el ceño fruncido.
Albus se dejó caer sobre el respaldo de la butaca, dispuesto a evadirse y a dejar que fuera su hermana quien llevará el curso de la conversación con la anciana.
Entonces apareció por las escaleras alguien a quien no conocían.
Albus se irguió de repente y rectificó su postura. El joven se quedó parado en mitad de las escaleras y, desde aquella altura, Albus pudo observarlo con detenimiento. Era alto y elegante, pero no demasiado. Su postura era la propia de un emperador, allí plantado con una mano en el bolsillo y la otra acomodándose el pelo. El flequillo cubría el lado derecho de su rostro, que se apartó con una mano al encontrarse con ellos.
Y entonces Albus se encontró con sus ojos: uno de color azul y otro marrón.
Lo reconoció de inmediato. A decir verdad, lo hubiera reconocido en cualquier sitio.
—Vaya, parece que tenemos visita —dijo mientras bajaba el último tramo de escaleras con solemnidad.
Albus se puso en pie al instante sin apartar la vista de aquel joven que sonreía con soberbia.
Bathilda apareció de repente con el jarrón en las manos.
—¡Oh, ya estás aquí! —exclamó al darse cuenta de la presencia del joven mientras intentaba descifrar lo que se escondía tras el fruncido ceño de Albus—. ¿Ya os conocéis?
—No —dijo el desconocido.
Albus fue incapaz de decir nada.
—Os presento a mi sobrino, Gellert Grindelwald. Acaba de llegar de Durmstrang y se quedará en el Valle conmigo el resto del verano.
—Albus Dumbledore — dijo y le tendió la mano.
—Un placer — Gellert la aceptó.
Albus se quedó callado unos segundos, intentando encontrar las palabras que decir a continuación. Ariana pareció darse cuenta y le dio un pequeño golpecito en el pie.
—Eh, si… Y esta es mi hermana Ariana.
Gellert asintió a modo saludo. Ariana se quedó sentada en el sillón. No se sentía demasiado cómoda entre desconocidos, así que prefirió mantenerse al margen y dejar que fuera su hermano quien interviniera.
—Albus, querido —Bathilda se sentó junto a Ariana—. Gellert es un mago extraordinario. Sus logros en Durmstrang le preceden, igual que a ti. Le he estado hablando de tus artículos para la revista de jóvenes promesas del Ministerio y también de los premios que has recibido.
Albus asintió.
—Seguro que tenéis muchas cosas de las que hablar —Bathilda parecía animada—. Gellert, querido, ¿por qué no sirves el te?
Gellert la obedeció sin apartar la vista de Albus. No había dejado de mirarle desde que entró en el salón. Sirvió el te con una sonrisa peligrosa dibujada en los labios que Albus no supo descifrar, pero que lo mantuvo alerta en todo momento. Vigiló todos y cada uno de sus pasos mientras vertía el te en las tazas. Sus movimientos eran elegantes y sofisticados, como si hubiera ensayado ese momento durante semanas.
Por fin podía ponerle nombre al joven del cementerio. También pudo elaborar una opinión más detallada de su aspecto, más propia de un aristócrata que de el sobrino de Bathilda Bagshot.
—¿Azúcar? —la voz del joven lo sacó de su ensimismamiento.
—Uno, por favor.
Gellert vertió un terrón en la taza de Albus sin dejar de mirarle. Resultaba intimidante e intenso al mismo tiempo. Albus estaba seguro de que aquellos ojos podían ver a través de él.
—¿Has acabado tus estudios en Hogwarts? —quiso saber Gellert.
—Hace un par de semanas.
—¿Tienes pensado continuar estudiando?
—Esa es la intención —respondió Albus—. Aunque no tengo claro en que especializarme.
—¿Eres bueno con los hechizos?
—Es más bueno de lo que es capaz de admitir —dijo Bathilda.
—Se me dan mejor las transformaciones. Es lo que más me interesa, y los hechizos defensivos.
—En Durmstrang priorizan los hechizos de ataque, me temo.
—Supongo que los valores de una escuela se reflejan en las prioridades de enseñanza.
—Estoy seguro de ello —su sonrisa pareció ensancharse.
Bathilda le preguntó a Ariana sobre las flores que había traído y su cuidado. La muchacha parecía satisfecha con las ordenes de la anciana, muy segura de haberlas cumplido con eficacia. Aunque su pasión por la jardinería había menguado en los últimos meses, Ariana aun mantenía la costumbre de cuidar algunas flores, en especial aquellas cuyas semillas eran obsequio de Bathilda.
—Son realmente especiales —afirmó la anciana—. Escribí un artículo sobre ellas hace unos años. Estas que me has traído, querida, están en perfecto estado.
Todos dirigieron la mirada hacía el jarrón que Bathilda había colocado en el centro de la mesa.
—Las plangentinas son flores mágicas —dijo Bathilda acariciando uno de los tallos—. Se hicieron muy populares en las casas de la aristocracia mágica del siglo pasado. Su valor reside en su capacidad de discernir una conversación interesante de una superficial. Cuando el tallo se vuelve de un verde intenso y los pétalos se ensanchan, es cuando la conversación y el interés de los interlocutores es verdaderamente pura.
—Así que estas simples flores juzgaran nuestra conversación—dijo Gellert.
—No deberías subestimar el poder de las cosas simples, querido —contestó Bathilda—. Son más valiosas de lo que uno podría imaginar a simple vista.
Ariana parecía satisfecha con las palabras de la señora Baghsot, que continuó evaluando el estado de las flores y enumerando los diferentes apartados de su artículo sobre ellas.
Albus se acabó el te y dejó la taza sobre la mesa. Se llevó uno de los pastelitos de Bathilda a la boca y se dio cuenta de que los ojos de Gellert seguían fijos en él. Albus supo entonces que estaba siendo objeto de un meticuloso estudio: los extraños ojos de aquel joven lo estaban evaluando.
—¿Qué hacías la otra noche en el cementerio?
Albus aprovechó que Bathilda y Ariana estaban distraídas para preguntarle al joven aquello que le había estado rondando desde que lo vio merodeando por el cementerio.
—Podría preguntarte lo mismo —respondió el joven—. ¿Qué hace la joven promesa de Hogwarts en un cementerio al caer la noche?
—Paseaba.
Sus ojos seguían examinándolo.
—No has respondido a mi pregunta.
—Ya te lo dije —dijo Gellert—. Estaba buscando algo.
—¿Lo has encontrado?
—Creo que sí —y se inclinó hacía adelante—. Aunque aun tengo algunas dudas sobre las costumbres inglesas —Gellert se acabó su taza y cogió uno de los pastelitos. Se lo llevó con detenimiento a la boca con los ojos fijos en Albus, lo engulló y se lamió la punta de los dedos—. ¿Visitas muy a menudo el Ministerio de Magia?
—De vez en cuando —dijo Albus—. Publico artículos de vez en una revista de transformaciones y magia defensiva.
—Me gustaría leer alguno, si no te importa.
—Estoy seguro de que tu tía debe tener alguno. Puedes echarle un ojo si quieres, pero no creo que te interesen. Antes has dicho que en Durmstrang prioriza la enseñanza de hechizos de ataque.
—Cuando ya dominas algo, te gusta experimentar otros ámbitos, ¿no crees? —dijo Gellert—. Podría devolverte el favor y ayudarte con tus hechizos de ataque.
—No estaría de más.
Los ojos de Gellert parecían relucir ante su atenta mirada. Se quedaron en silencio unos segundos; intentando descifrar lo que cada uno escondía; intentando adivinar lo que buscaban él uno del otro tras aquella mirada inquisidora.
—¡Mirad! —exclamó Bathilda de repente—. Las plangentinas están floreciendo.
Los pétalos de las flores se ensancharon y el tallo se volvió de un verde más intenso. Del núcleo de la flor surgieron unas finas y resplandecientes motas de luz que se elevaron sobre la mesa como si fuera polen mecido por el viento.
—Estaba segura de que os llevaríais bien —dijo la anciana—. Las plangentinas nunca mienten.
Gellert sonrió triunfante y Ariana estudió su gesto ensimismada.
Acabaron con las pastas que Bathilda había preparado y hablaron el resto de la tarde sobre el libro que estaba escribiendo. Mencionó un par de cotilleos sobre unos vecinos del Valle que había encontrado merodeando por su jardín en los últimos días. Poco después, Ariana y Albus se despedían de sus anfitriones junto a la puerta, agradeciendo la invitación y la agradable compañía.
—Ha sido un placer —respondió Bathilda—. Tenía muchas ganas de que conocieras a Gellert, Albus. Y ya sabéis que podéis volver siempre que queráis. Es más, deberíais venir a verme más a menudo.
—Lo haremos —dijo Ariana.
Se cogió del brazo de Albus y salieron por la puerta.
Había caído la noche y las aceras estaban iluminadas por la tenue luz de las farolas.
Cuando se alejaron del jardín de la señora Baghsot y se adentraron en la avenida principal del Valle, Ariana le dijo a su hermano:
—¿Qué opinas de él?
—¿De quién?
—Del sobrino de Bathilda.
—No sé.
—Te ha estado mirando toda la tarde.
—¿Eso crees?
—Podríamos invitarlo a cenar la semana que viene.
—No creo que sea oportuno, Ariana.
—¿Por qué no? Estaba muy interesado en ti.
—No lo conocemos de nada.
—Seguro que acabaréis siendo amigos —sentenció su hermana.
Se quedó callado y continuaron su camino en silencio.
Albus sospechó que su hermana tuviera razón y, aunque no lo supiera entonces, aquel joven estaba a punto de cambiar el curso de sus vidas para siempre.
