Capitulo 19
Cerca de las fronteras del Reino Re-Estize, un lujoso carruaje ornamentado con detalles angelicales y grabados en oro avanzaba hacia la capital de dicho reino. Su destino era nada menos que el palacio real, donde se llevaría a cabo una cumbre internacional con el propósito de responsabilizar a la Teocracia Slane por los trágicos asesinatos ocurridos en varias aldeas y además de generar una guerra entre el Reino y el Imperio.
La cumbre se llevaría a cabo en presencia de varias naciones involucradas, las más importantes del contienen como el Reino Santo, el Reino Draconico, el Imperio y la Teocracia Slane.
Dentro del carruaje estaba Dominic, uno de los cardenales de la Teocracia Slane. A su lado, estaba Shion, un ex miembro de la Escritura Negra; a pesar de estar retirado, su experiencia y poder eran suficientes para defender al cardenal ante cualquier ataque.
—¡Maldito sea el Reino de Re-Estize! ¿Cómo se atreven a ensuciar el nombre de la Teocracia Slane? —Dijo Dominic mientras apretaba los dientes—. No entienden que lo que hicimos fue para darles una oportunidad.
—Su Santidad, el Reino de Re-Estize no tiene pruebas que vinculen a la Teocracia con los asesinatos en las aldeas —respondió Shion.
Aunque Dominic encontraba razonable la perspectiva de su confiable guardaespaldas, no podía evitar tener dudas. ¿Por qué el Reino convocaría a las demás naciones a una cumbre con la intención de culpar a la Teocracia Slane? En términos militares, la Teocracia superaba ampliamente al Reino, tanto en poderío bélico como en cuestiones económicas y políticas. Además, la Teocracia tenía una historia más extensa y ya había conseguido consolidar su imagen como protectora de la humanidad ante los demás reinos.
—Espero sinceramente que tengas razón. Con la bendición de los Seis Grandes Dioses, prevaleceremos. —Juntó las manos, cerrando los ojos para dedicarle una oración a sus dioses.
—Ya estamos cerca, Su Santidad.
Tras dejar atrás a los primeros guardias, el carruaje avanzó lentamente hacia el Palacio Real. A medida que recorrían las calles, la miseria del reino se hacía cada vez más evidente. Las casas eran poco más que ruinas, desvencijadas y oscuras; algunos ni siquiera tenían ventanas ni puertas, incapaces de proteger del frío o la lluvia.
En cada esquina se encontraron hombres y mujeres harapientos, con rostros apagados y ojos vacíos, consumidos por el hambre. Los niños pasaban al costado del carruaje; sus cuerpos eran delgados y sus ropas, sucias. Varios de ellos cargaban pesados sacos o limpiaban los caminos a cambio de apenas una moneda.
Pero aquellos que se encontraban en peor condición, demasiado débiles para trabajar, mendigaban a cualquiera que pasara, tendiendo sus pequeñas manos con la esperanza de recibir un trozo de pan. También se podía ver, en algunos rincones, burdeles, donde hombres se reunían en las afueras, llevados hacia dentro por mujeres con sonrisas fingidas.
Las calles estaban llenas de baches y barro, y olían a podrido; no había desagües, y los desechos se acumulaban en cada esquina, creando un hedor insoportable Los enviados de la Teocracia Slane veían esto, y con cada segundo que pasaba, confirmaban que este reino está condenado y que lo que habían planeado hacer era algo que sus dioses estarían de acuerdo.
En uno de los salones del Palacio Real de Re-Estize, dos figuras de gran poder y autoridad estaban discutiendo el motivo de esta cumbre. Eran las reinas de sus respectivas naciones, ambas rodeadas por sus guardaespaldas.
Una de ellas, una mujer de cabello rubio que irradiaba una belleza incomparable, tanto que su sola presencia encarnaba el ideal de la reina perfecta. Frente a ella estaba otra reina que parecía representar lo opuesto: una pequeña niña de apariencia frágil e inocente, pero cuya mirada escondía la experiencia de alguien mucho mayor.
—Es difícil creer que la Teocracia sea capaz de cometer semejante atrocidad. Asediar aldeas y luego culpar al Imperio para provocar una guerra entre ambas naciones... —murmuró Draudillon, casi como si intentara convencer a alguien.
—Aún me cuesta creerlo. Aunque la Teocracia ha llevado a cabo acciones cuestionables, esto va más allá. Generar un conflicto entre dos países y responsabilizar al Imperio... es inaceptable. —Suspiró Calca—. Espero que la Teocracia tenga una explicación lógica para esta situación.
En ese momento, la guardiana que estaba detrás de Calca dio un paso adelante. Era considerada la paladín más poderosa del Reino Santo, además de ser la portadora de una de las espadas legendarias y más poderosas que la humanidad haya visto.
—Si me permiten hablar, no puedo creer que la Teocracia Slane sea capaz de llevar a cabo un ataque tan cobarde… Son los guardianes de la humanidad; jamás se rebajarían a actos tan deshonrosos —dijo Remedios Custodia con un tono solemne, como si estuviera convencida de tener la razón. Desde pequeña, creía ciegamente en la Teocracia y la veía como un ejemplo de nación.
—¿Habla por ti también, Calca-dono?
Calca se esforzó por mantener la calma y ocultar su enojo, aunque sus venas parecían a punto de estallar en los costados de su frente. No podía evitar sorprenderse por la ingenuidad de su amiga. Todo humano que era realista era consciente de que las naciones cometían atrocidades ocultas al público.
Calca entrecerró los ojos, su tono firme y sin titubeos.
—No, no habla por mí.
—Defender a una nación sin conocer sus secretos es una perspectiva peligrosa e ingenua, ¿no crees, Calca-dono?... Incluso una niña como yo lo sabe.
Calca miraba a Draudillon, consciente de que aquella apariencia infantil no era más que una fachada. Y, aunque le costara admitirlo, sabía que Draudillon tenía razón.
—Estoy de acuerdo —murmuró finalmente.
—Pero...
—Silencio, Remedios —ordenó Calca. Remedios no tuvo más opción que obedecer, aunque estaba convencida de que estaba en lo correcto. Después de todo, la Teocracia luchaba en favor de la humanidad y jamás cometería actos tan crueles según ella.
—¿Has oído hablar de ese hombre llamado Momon? El aventurero que logró derrotar a un dragón—Pregunto Calca.
Calca sabía que la Reina Draudillon ya tenía conocimiento sobre este aventurero. Incluso apostaría su corona a que esa era la razón por la cual aceptó asistir a esta cumbre. Todos los reinos eran conscientes de que el Reino Draconico estaba siendo constantemente atacado por los Demi-humanos, y su caída parecía inevitable.
La aparición de Momon causó un gran revuelo en todos los reinos. La existencia de alguien tan poderoso como para derrotar a un Dragón atraería la atención de cada nación. Sería un valioso refuerzo para el poderío militar de cualquier nación que lograra reclutar a ese guerrero. Y no solo eso, se rumoreaba que su acompañante, una mujer increíblemente poderosa y hermosa, formaba con él un dúo letal. Esos eran motivos suficientes como para que cada nación deseaba tenerlos en sus filas.
—Sí, he escuchado algunos rumores. Sin embargo, no me confiaría en los rumores. ….A fin de cuentas, las palabras pueden ser tergiversadas. —Dijo Draudillon.
Mentira, Calca sabía que Draudillon estaba mintiendo. Después de todo, ya habían pasado varios meses y la autenticidad de los rumores había sido confirmada. Había cientos de testigos que habían presenciado la batalla entre Momon y el Dragón.
—Si esos rumores fueran ciertos... me pregunto cómo se verá debajo de esa armadura. —Dijo Draudillon.
Cualquiera podría pensar que estas palabras provienen de una joven enamorada de su héroe. Sin embargo, Calca captó ligeramente los pensamientos de la Reina Draudillon. Ese comentario fue suficiente para insinuar que la Reina estaba dispuesta a emplear cualquier medio para reclutar a ese guerrero, incluso quizás llegar al punto de proponerle matrimonio. Aunque es probable que muchos nobles se opongan a esta idea, con el tiempo, solo traería beneficios. En primer lugar, el aventurero Momon podría poner fin a la guerra contra los demi-humanos, y su mera presencia sería suficiente para mantener a raya a todas las demás naciones.
—Pienso lo mismo.
Hablaron de esta manera durante varios minutos, hasta que un leve golpeteo en la puerta interrumpió su conversación. Era una sirvienta, que se presentó con una reverencia antes de anunciar la llegada de los representantes de la Teocracia junto con los del Imperio al Palacio Real.
La Reina Draudillon y la Reina Calca Bessarez intercambiaron una última mirada y se dirigieron hacia la sala del trono. Al cruzar las puertas del gran salón, sus miradas se dirigieron de inmediato a los delegados de la Teocracia y del Imperio.
Al entrar en el enorme salón del trono, la Reina Calca Bessarez y la Reina Draudillon avanzaron hasta llegar a sus asientos designados. A cada lado del salón, los nobles del Reino se habían dividido en dos bandos: unos a la izquierda y otros a la derecha.
Mientras Calca se acercaba para saludar al Rey Ramposa, sentía las miradas descaradas de algunos nobles e incluso del príncipe heredero, miradas que parecían desnudarla con sólo observarla. Sin embargo, ella fingió una hermosa sonrisa, ocultando su desagrado.
A su lado, la Reina Draudillon caminaba en silencio, prácticamente ignorada. Su delicada apariencia, más propia de una niña que de una mujer, hacía que muchos la pasaran por alto. Los nobles apenas la miraban, como si su presencia fuera insignificante.
En el centro del salón se encontraba el Rey Ramposa III, un hombre mayor que cargaba no sólo con sus años, sino también con la dignidad de su título. A su lado estaban sus hijos, cada uno sentado en un trono más pequeño que el del propio rey. Por parte del Imperio, había llegado Loune Vermilion, secretario y una de las personas de mayor confianza del Emperador de Sangre, por lo que fue escogido como emisario. Además, lo acompañaban tres caballeros imperiales.
Tras varios minutos de saludos y presentaciones entre todos los invitados y reinos, finalmente el cardenal Dominic se dirigió al centro del salón con su guardaespaldas a su lado. Todas las miradas se centraron en él, conscientes de que la cumbre estaba a punto de comenzar.
