La habitación estaba en penumbra, pero la tenue luz de una vela luchaba sobre el escritorio de Albus para mantener la oscuridad a raya.

Tenia entre manos un voluminoso ejemplar de transformaciones avanzadas y un pergamino con sus apuntes. Estaba intentando discernir la diferencia entre la velocidad de transformación de un objeto y una variante del mismo hechizo. Se había pasado toda la noche en vela intentando terminar el laborioso estudio. Al otro lado del escritorio habían apilados una decena más de libros que había cogido de la biblioteca de su padre con las páginas marcadas con los apartados más importantes. Le hubiera gustado acabar antes del alba para poder dormir, pero una cosa le había llevado a otra y se encontró, antes de lo previsto, escribiendo con entusiasmo hasta la madrugada.

Cuando despuntaron las primeras luces del día desistió en su labor. Cerró el libro y dejó la pluma en el tintero. Y, aunque se decía a sí mismo que debería estar cansado, no lo estaba lo más mínimo. Le dolían lo ojos de forzarlos a trabajar en aquellas nefastas condiciones, pero podría haber seguido un par de horas más. Sin embargo, no tenía ganas de estar encerrado en su habitación el resto del día. El verano estaba empezando a florecer en el Valle y, en casa de los Dumbledore, el calor era insoportable.

Apagó la vela y abrió las ventanas. El cielo empezaba a clarear y el ambiente se refrescó. Echaba de menos la amable brisa estival de Escocía y los fríos muros de Hogwarts.

—¿Ya estás despierto? —Aberforth apreció en su puerta.

Albus se frotó los ojos.

—Sí.

—No has dormido en toda la noche ¿verdad?

—No mucho, no.

Aberforth se había vestido y se había cepillado el pelo hacía atrás, como Albus lo hacía normalmente.

—¿Dónde vas tan temprano?

—Voy a salir.

—Ya veo —Albus inspeccionó a su hermano. Su aspecto era del todo inusual. Iba vestido con algo más propio de él que no de Aberforth: un pantalón de pinzas, una camisa y un chaleco—. ¿Puedo preguntar por qué te has vestido así?

—El señor Byrne busca gente para trabajar en su taberna —dijo Aberforth con el ceño fruncido, como si hubiera preferido guardarse el motivo para sí mismo—. Quiero el trabajo.

—¿Para qué?

—Con todo lo listo que eres, me sorprende que no sepas para qué sirve tener un trabajo.

—Quiero decir que para qué quieres trabajar. El dinero no es algo por lo que debas preocuparte —dijo Albus.

—Quiero ahorrar.

Albus se rio y empezó a rebuscar algo entre sus libros. Se acababa de acordar de una nota que hizo en uno de los textos sobre el estudio que tenía entre manos que se le había pasado por alto.

—¿Y se puede saber por qué quieres ahorrar, Aberforth? —dijo mientras pasaba las páginas de uno de los libros.

Aberforth meditó sus palabras.

Albus encontró el libro que buscaba, abrió la página donde había anotado en los márgenes algunos apuntes rápidos y exclamó victorioso:

—¡Aquí estás!

—No parece que te importe demasiado.

Albus levantó la vista y miró a su hermano.

—Sí me importa, Aberforth. Vamos, cuéntame.

—He estado pensando en dejar Hogwarts.

Albus se quedó sin palabras. Apartó el libro a un lado y se llevó las manos a la cintura, intentando asumir una postura autoritaria.

—No me mires así, Albus —Aberforth entró en la habitación y se posicionó frente a su hermano—. Es algo que llevo pensando desde hace tiempo. No me gusta la escuela, no soy como tu.

—¿Y eso te da motivos para pensar en dejar tus estudios?

—Eso me da motivos para pensar que estoy perdiendo el tiempo en Hogwarts. Es absurdo que siga postergando algo que ocurrirá de todos modos.

—Llegará cuando acabes tus estudios.

—No puedes obligarme.

—Sí, Aberforth —dijo Albus—. Sí que puedo. Soy el cabeza de familia.

—¿Quién te crees que eres? —Aberforth se acercó a su hermano—. ¿Crees que tienes autoridad sobre mi? Voy a coger ese trabajo y voy a dejar Hogwarts.

—No lo harás.

—Y cuando tenga dinero suficiente, me largaré de esta maldita casa para siempre. Y ni tu ni Ariana podréis hacer nada para remediarlo.

—¿Vas a dejar a Ariana?

—¿Acaso no eres tu el cabeza de familia ahora? ¡Pues eres tu quien se tiene que hacer cargo de ella!

Albus se encaró a su hermano.

—No vas a dejar Hogwarts. Es mi última palabra.

—Eso ya lo veremos.

Aberforth se dio media vuelta y salió de la habitación cerrando la puerta de un golpe seco.

A Albus le zumbaban los oídos tras el estruendo. Intentó poner en orden sus pensamientos, pero se vio saturado por lo que su hermano acababa de confesarle. Si hubiera podido, lo hubiera retenido en aquella habitación para que no fuera a ninguna parte y perdiera la oportunidad de conseguir el puesto. Aberforth estaba comportándose como un egoísta, total y completamente.

Se vistió con prisas y salió de la habitación. Salió al pasillo y caminó hasta la puerta cerrada de la habitación de Ariana. Picó y entró.

Ariana estaba tumbada en la cama, tapada hasta el cuello con la sábana y los ojos abiertos. Las ventanas estaban cerradas y las cortinas echadas.

—Es hora de levantarse, Ariana —dijo Dumbledore acercándose a la cama—. Ya es de día.

Ariana gruñó.

—Vamos.

—Os he oído discutir.

—No deberíamos haber gritado, lo siento.

—¿Por qué no quieres que Aberforth deje Hogwarts? —Ariana se dio la vuelta y miró a su hermano desde la cama.

—Porqué tiene que acabar sus estudios. Todo mago que se precie debe hacerlo, es una estupidez lo que pretende.

—Yo no he ido a Hogwarts —Ariana parecía dolida.

—Es distinto.

—¿Por qué?

Albus supo entonces que había errado sus palabras con Ariana.

—Porqué yo no puedo controlar mi magia, lo sé.

Ariana se dio la vuelta de nuevo y hundió la cabeza en la almohada.

En momento como aquellos, Albus sabía que poco podía hacer para sacarla de la cama. Después de la tarde que pasaron en casa de Bathilda, Albus tuvo la esperanza de que Ariana mantuviera los ánimos durante algún tiempo, pero, al parecer, ella tenía otros planes. Desde la muerte de su madre, sus abruptos cambios anímicos se habían vuelto aun más abruptos, y se producían en períodos de tiempo más cortos. Podía estar feliz por la mañana, salir al jardín a cuidar sus flores y preparar una tarta de cerezas y, por la tarde, hundirse en un pozo de melancolía tan profundo que era incapaz de salir de la cama. Podía pasarse semanas en aquel estado catatónico, paseándose por la casa como si fuera un fantasma. Pero, sin duda, sus arrebatos de magia eran lo peor con diferencia. Albus aun no había sido testigo de uno de sus arrebatos desde que volvió de Hogwarts. Esa era la manera que tenía Ariana de exteriorizar todo aquello que había estado atormentando su mente durante los encierros. Como si hubiera estado alimentando su cuerpo únicamente de desesperación, tristeza y rabia, y este se hubiera saturado hasta colapsar. Entonces estallaba y se propagaba el caos.

Así que Albus desistió.

Dejó a su hermana allí, tapada hasta los hombros y con los ojos llenos de lágrimas. Salió de la habitación y bajó las escaleras.

Se preparó el almuerzo y se sentó en la mesa.

Le hubiera gustado tener algo de compañía en ese momento, pero estaba solo. Así que almorzó en silencio, añorando los ruidos de los desayunos en Hogwarts rodeado de amigos.

Ensimismado escuchó de repente como una lechuza picoteaba su ventana. Dejó la tostada que tenía entre las manos y se levantó para abrir. El ave atravesó la ventana y voló hasta su almuerzo, picoteando las migas y restos de mermelada. Llevaba una carta sellada anudada a la pata. Albus reconoció la lechuza antes de leer si quiera el remitente del sobre.

Elphias.

Su amigo acudía él sin saber que Albus le había estado necesitando más que nunca. No habían vuelto a hablar desde el entierro de Kendra, cuando Albus canceló sus planes de viaje. Durante su último curso en Hogwarts, habían estado planeando un viaje por Europa los dos juntos, pero los terribles acontecimientos que se dieron en la familia Dumbledore obligaron a Albus a cancelarlo. Así que Elphias se retiró a su casa de campo en Hampshire y dejó a Albus con sus obligaciones.

Albus abrió el sobre y leyó la carta.

Querido amigo,

Debí haberte escrito mucho antes, pero mi madre me ha tenido ocupado talando abetos y regando manzanos. Ojalá pudieras estar aquí, la cosecha ha sido maravillosa y sirven en el pueblo una sidra excelente, tal y como a ti te gusta.

Espero que tu verano en el Valle de Godric esté siendo provechoso. Me gustaría visitarte en las próximas semanas. ¿Qué te parece, amigo? He encontrado unos libros en la biblioteca de casa que te pueden interesar para tu investigación.

Quería decirte también que me quedé muy apenado al saber que nuestros planes se habían cancelado, pero lo entiendo. Encontraremos otro momento para nuestro viaje, no lo dudes. Quizás este verano te aguarden nuevas aventuras, quién sabe.

Añoro nuestros días en Hogwarts y pienso en ellos a diario. Como me gustaría volver en setiembre, pero ahora nos toca descubrir las responsabilidades de la vida adulta.

Espero que estés bien, amigo. Me gustaría saber de ti de vez en cuando. No te olvides de que me tienes para lo que necesites, Albus. Lo que sea. Pasaré a visitarte en unas semanas.

Con cariño,

Tu amigo.

Albus dejó la carta sobre la mesa y acarició a la lechuza de Elphias que seguía picoteando su desayuno.

En su interior se acumuló entonces tanta rabia que, por un momento, pensó que estallaría como solía hacerlo Ariana. Le hubiera gustado tener la capacidad de su hermana de exteriorizar todo lo que la atormentara, de colapsar y arrasar todo lo que estuviera a su alcance. Albus siempre había sido dado a la moderación, a diferencia de Aberforth y Ariana, o incluso de su padre. Albus nunca levantaba la voz ni pronunciaba malas palabras. Sabia controlar sus impulsos y canalizarlos hasta hacerlos desaparecer. Mitigaba sus desaires con los libros, ocupando su mente en otros menesteres que lo alejaran del dolor. Ahora, en cambio, sus propios nervios le estaban jugando una mala pasada. La situación estaba llevándole al extremo: temía colapsar en cualquier momento y dejarse llevar por sus peores impulsos. No le gustaba pensar en que, quizás, las responsabilidades que su madre le había dejado tras su muerte le venían demasiado grandes. Hacerse cargo de los cuidados de Ariana requerían de una paciencia especial, de ser meticuloso en las palabras y en los hechos. Aberforth, por su parte, estaba siendo más una carga que una ayuda. Al volver de Hogwarts, Albus pensó que su hermano y él iban a ser aliados en esta batalla, que iban a cooperar. Pero, al parecer, Aberforth tenía otros planes. No supo entonces si aquella era la manera que su hermano tenía de aplacar el dolor y la perdida o, simplemente, se debía a un arrebato de juventud y arrogancia.

¿Qué debía hacer ahora? ¿Cómo debía actuar después de conocer los planes de su hermano? Se masajeó la sien e intentó tranquilizarse. Los nervios no iban a jugar a su favor y en ese estado no podría pensar con claridad.

Alguien picó a la puerta entonces.

Se sorprendió al encontrar en el umbral de su puerta a Gellert Grindelwald.

—Buenos días —dijo con una sonrisa.

En la mano derecha llevaba un par de libros. Vestía de negro, con unos pantalones apretados y una camisa holgada. Del cinturón de los pantalones colgaba una cadena plateada que se escondía de nuevo en uno de los bolsillos. Albus supuso que se trataba de un reloj o algún objeto parecido. Tenía la extraña sensación de tener frente a su puerta alguien muy importante, aunque sabía, sin embargo, que aquel joven no era nadie más que el sobrino de Bathilda. Un extraño cualquiera que venía a pasar el verano al Valle, como muchos otros. Por eso se sorprendió a sí mismo al quedarse sin palabras ante la presencia del joven.

—Buenos días —dijo después de una larga pausa.

—No esperabas visita.

—No.

—Si quieres me voy.

—No, pasa —y le invitó a entrar.

El joven entró en su casa como si hubiera estado cientos de veces; desbordaba seguridad en si mismo con cada uno de sus movimientos. Entró y se quedó de pie en medio de la estancia.

Albus le invitó a sentarse y ambos ocuparon unas de las sillas junto a la mesa.

—Siento no haberte avisado de mi visita —dijo el joven.

—No te preocupes, no estaba ocupado.

—Te he traído unos libros que he encontrado en mi baúl. Los traje por error de Durmstrang y anoche empecé a ojearlos —Gellert le tendió los libros a Albus por encima de la mesa—. Me parecieron muy acordes con tus intereses de estudio.

Albus alcanzó los libros y los inspeccionó.

—Muchas gracias —dijo sin levantar la vista.

—Hablan en su mayoría de Transformaciones. La verdad es que no los he leído en profundidad, pero parecen muy interesantes.

—Conozco al autor —dijo Albus—. Es toda una eminencia en la materia. Había leído algunos de sus ensayos, pero nunca había visto este libro.

—Me alegro de haberte allanado el camino. Puedes quedártelos.

—¿No los quieres?

—No —dijo Gellert—. Puedes leértelos tu y ya luego me enseñas lo que has aprendido.

—¡Ja! Muy listo —Albus se permitió sonreír—. ¿Sueles obligar a desconocidos a leer libros por ti?

—Bueno, teóricamente no somos desconocidos —Gellert esbozó una sonrisa—. Mi tía se ha encargado de presentarnos formalmente.

—Cierto —Albus dejó los libros aun lado y se puso en pie—. ¿Te?

—Por favor.

Albus agitó la varita y, sin necesidad de palabra, la tetera se puso en marcha y las tazas danzaron por el aire hasta la mesa.

—Poca gente de tu edad es capaz de convocar magia sin palabras.

—No lo había pensado.

—En Durmstrang casi nadie es capaz de hacerlo sin palabras —afirmó Gellert—. Aunque a mi me parece de lo más elegante y sofisticado.

La tetera cantó y se movió hasta la mesa por arte de magia. Llenó las tazas y dejó el te preparado.

—¿Leche o azúcar?

—Solo.

Albus sonrió mientras se servía un terrón de azúcar en su taza.

—¿Por que sonríes?

—Es un delito tomarse el te de esa manera —dijo Albus todavía sonriente.

—Delito es lo que hacéis los ingleses —Gellert pareció contagiarse de su sonrisa—. Con leche y azúcar no se aprecia realmente su sabor.

—Es amargo.

—Esa es la gracia.

Tomaron el te en silencio.

Albus aun no se podía creer que el joven se hubiera presentado en su casa esa misma mañana, después de cómo había amanecido el día. Quizás Aberforth y Ariana tuviesen una querella personal contra él, pero no iba a dejar que se interpusiera en su vida, ni tampoco iba a permitir que sus disputas agriaran sus carácter. Estaba dispuesto a obligarse a sí mismo a ser amigable. Sin embargo, y para su sorpresa, la presencia de aquel joven le impulsaba involuntariamente a serlo. No necesitó recordarse que debía mostrarse simpático o agradable, sino que salió de él como un acto natural.

—Un te exquisito —dijo Gellert.

—Terriblemente amargo.

—Tal y como a mi me gusta.

Albus se encontró a sí mismo sonriendo.

Después de un segundos de silencio, Gellert se inclinó sobre la mesa, como si estuviera a punto de confesar una grosería, y dijo:

—¿Qué se suele hacer en este pueblo para divertirse? De momento no he visto más que viejos en el colmado y borrachos en la taberna.

—Es básicamente todo lo que hay en el Valle —respondió Albus.

—¿Y cómo ha sobrevivido alguien como tu tanto tiempo en Godric?

—Paso la mayor parte del año en Hogwarts y en verano trabajo en mis artículos para el Ministerio. Casi no he tenido tiempo para nada más.

—¿Y qué has pensado hacer ahora que ya has acabado Hogwarts?

—¿Por qué me haces tantas preguntas? —se aventuró a decir Albus.

Aunque se sintiera abrumado por su presencia, intentó mostrarse tan seguro como él.

—Me resultas de lo más interesante, Albus.

Era la primera vez que lo llamaba por su nombre y fue exquisito.

—¿Y eso por qué?

—Todavía no lo sé —dijo Gellert, que seguía ligeramente inclinado sobre la mesa—. Pero voy a descubrirlo.

—¿Piensas presentarte todas las mañanas en mi puerta con un par de libros bajo el brazo?

Gellert dejó ir una carcajada.

—Puede ser.

Albus apuró el último sorbo de te y pensó en que el día no podía haber empezado mejor.