Prólogo (3)

Gun llevó a Rimuru a través de un laberinto de calles secundarias y caminos escondidos hasta llegar a una chatarrería olvidada en las afueras de Seúl. Piezas de autos viejos, trozos de metal oxidado y maquinaria abandonada se apilaban como montañas de acero en descomposición. Rimuru observaba con cautela mientras avanzaban hacia la puerta oxidada que protegía este lugar.

Gun finalmente detuvo su vehículo y giró hacia ella. "Bienvenida a tu campo de entrenamiento."

Caminaron hasta ingresar en la chatarrería, que Gun abrió con una llave que parecía haber guardado por mucho tiempo. Rimuru frunció el ceño, mirando alrededor con incredulidad. "¿En serio? ¿Aquí?"

"Exactamente," afirmó Gun. "Aquí aprenderás lo que significa sobrevivir y luchar sin depender de nada más que tus instintos. Por eso, tendrás que aprender algo fundamental: a soportar el dolor."

Antes de que Rimuru pudiera reaccionar, Gun le lanzó un golpe directo al estómago que la hizo doblarse del impacto. Ella cayó de rodillas, respirando con dificultad.

"¡¿Qué estás haciendo?!" gritó, tratando de recuperarse, pero Gun simplemente la observaba con la misma sonrisa que la había acompañado desde el inicio.

"Este no es un entrenamiento común," le dijo, manteniendo su tono sereno pero firme. "No estoy aquí para enseñarte movimientos. Estoy aquí para forjarte. Hoy solo recibirás golpes. Y si quieres devolvérmelos, tendrás que alcanzar un nuevo límite."

Durante los días que siguieron, Rimuru soportó una serie de entrenamientos brutales en los que Gun atacaba sin descanso. Patadas, puñetazos, y golpes contundentes caían sobre ella, dejándola en el suelo cada vez, adolorida, pero con una chispa de rabia creciendo en su interior. Gun se aseguraba de que ella no esquivara los golpes, obligándola a soportar cada impacto y enseñándole a resistir.

"Cada golpe que recibes agudiza tus sentidos," le explicaba después de cada sesión. "El dolor te despierta y te muestra tus límites. Pero también te da algo que pocos tienen: una conexión total con tu cuerpo."

Con cada día, Rimuru sentía cómo su frustración crecía. Gun no la dejaba avanzar ni un paso; siempre terminaba en el suelo. Hasta que, en una de esas sesiones, algo dentro de ella cambió. Después de recibir un golpe especialmente fuerte, sintió cómo su frustración y rabia alcanzaban un punto crítico. Sus pupilas empezaron a brillar con un tono verdoso, y una energía feroz y casi primitiva emergió en ella.

"¿Por fin quieres devolverme los golpes?" Gun sonrió al ver la intensidad en su mirada.

Sin control, Rimuru lanzó un puñetazo con todas sus fuerzas. Aunque Gun lo bloqueó, el impacto resonó y, sorprendentemente, retrocedió un paso. Rimuru no se detuvo ahí. En un estado salvaje, empezó a lanzar una ráfaga de ataques. Golpes, patadas y hasta movimientos desesperados con sus uñas largas. En su desenfreno, logró rasgar el torso de Gun, dejando una marca que, aunque no era profunda, logró cortarlo.

Gun notó su transformación, satisfecho y a la vez cauteloso. "Eso es... el Dominio Animal," murmuró, sin perder su sonrisa desafiante. "Pero aún no sabes controlarlo."

Rimuru, ahora totalmente consumida por el instinto, seguía atacando sin tregua, como una fiera liberada. Gun, sin inmutarse, decidió resistir cada golpe, evaluando su poder. Mientras continuaba la pelea, supo que había logrado despertar en Rimuru una fuerza que iba más allá de lo humano.

Tres días después

Rimuru apenas sentía el paso del tiempo desde que Gun la llevó a aquella chatarrería olvidada. Era su tercer día de entrenamiento, y su cuerpo estaba cubierto de moretones y pequeñas heridas. Los primeros días habían sido una tormenta de golpes, y ahora se encontraba casi a su límite, exhausta y dolorida, pero decidida a no rendirse.

Esa mañana, Gun llegó con la misma expresión indiferente de siempre, encendiendo un cigarrillo mientras observaba a Rimuru con una leve sonrisa. "¿Lista para continuar?"

Rimuru asintió, aunque sabía que su cuerpo apenas respondía. Cada músculo le dolía, y el Dominio Animal que había despertado solo se manifestaba de forma intermitente, sin control ni precisión. Su mirada aún tenía un ligero brillo verdoso, señal de que el poder latía dentro de ella, pero al intentar canalizarlo, le era imposible enfocarse.

Gun no le dio tregua. De inmediato, lanzó una serie de golpes rápidos y contundentes. Rimuru apenas lograba esquivar algunos, pero la mayoría la alcanzaban con fuerza, haciéndola retroceder y tambalearse. Cada impacto resonaba en su cuerpo, provocando oleadas de dolor que la hacían jadear. La frustración comenzaba a acumularse en su interior.

"¿Eso es todo?" Gun la provocaba después de cada golpe, manteniendo una sonrisa de desafío. "Tienes potencial, pero si no puedes controlarlo, solo eres otra peleadora promedio."

Rimuru apretó los puños, sintiendo el calor de la rabia crecer en su pecho. Sabía que necesitaba algo más que fuerza bruta; necesitaba claridad en medio del caos. Pero antes de que pudiera ordenar sus pensamientos, Gun atacó de nuevo, lanzando un golpe directo que ella intentó esquivar. Sin embargo, el golpe le rozó el hombro, desequilibrándola y haciéndola caer de rodillas.

La rabia volvió a subir. Se levantó rápidamente y, sin pensar, lanzó un ataque desesperado, canalizando la poca energía de Dominio Animal que lograba alcanzar. Sus movimientos eran rápidos pero desorganizados, y Gun fácilmente bloqueaba y desviaba sus golpes, dejando claro cuánto le faltaba.

"Estás usando la fuerza, pero sin propósito. El Dominio Animal no es solo instinto; es aprender a escuchar a tu cuerpo, a dejar que te guíe." Gun la observaba con severidad, manteniéndose calmado mientras ella jadeaba, tratando de recobrar el aliento. "Debes aprender a controlar la bestia en tu interior; de lo contrario, seguirá controlándote a ti."

Rimuru apenas escuchaba, dominada por la frustración. Pero justo cuando pensaba en lanzarse de nuevo, Gun la golpeó en el estómago, dejándola sin aire y haciendo que cayera al suelo. Sin embargo, no se detuvo ahí; Gun la levantó de nuevo, obligándola a mantenerse de pie, forzándola a soportar el dolor sin descanso.

"No me importa cuánto tiempo tome," dijo Gun en un tono frío. "Te voy a convertir en alguien que no dependa de su poder como un animal salvaje. Hasta que no puedas controlarlo, solo serás otra más que juega a ser fuerte."

Mientras Gun se alejaba unos pasos, Rimuru se levantó lentamente, la determinación en sus ojos reemplazando la rabia. Aunque el dolor la dominaba, sabía que no iba a retroceder. Estos días la estaban forjando, y aunque aún no podía ver el final, estaba dispuesta a llegar hasta allí, por mucho que costara.

Dos semanas después

El entrenamiento en la chatarrería había evolucionado en una experiencia que Rimuru apenas podía describir. Las primeras jornadas habían sido una combinación de dolor y desesperación, pero, después de dos semanas, algo en ella había empezado a cambiar. Su cuerpo se sentía más resistente, sus reflejos se habían agudizado, y, aunque aún no tenía un control total del Dominio Animal, comenzaba a entender sus efectos.

Aquella mañana, Gun la esperaba con una mirada que reflejaba tanto expectativa como desafío. Rimuru había aprendido a leer sus expresiones, a anticipar sus ataques y a soportar su estilo de entrenamiento brutal. En silencio, ambos se posicionaron en el centro del campo, rodeados de las pilas de chatarra que parecían testigos de cada golpe recibido y cada paso avanzado.

"¿Sigues lista para esto, Rimuru?" Gun sonrió con su típica expresión burlona.

Rimuru solo asintió, concentrada, sin perder su compostura. Ahora tenía la mirada fija, la respiración controlada y una firme determinación en su expresión. Las pupilas verdosas aún brillaban de vez en cuando, un recordatorio de que el Dominio Animal estaba ahí, pero ahora ella podía canalizarlo en momentos breves y específicos.

Sin más preámbulo, Gun lanzó el primer ataque, un golpe directo que Rimuru logró esquivar por muy poco. Ella sabía que la brutalidad de sus ataques era una lección en sí misma. No se trataba solo de atacar o defenderse; se trataba de mantener la calma, de resistir el dolor y de analizar cada movimiento del oponente.

A medida que el entrenamiento avanzaba, Gun aumentaba la intensidad de sus ataques. Cada golpe era más rápido, cada patada más fuerte, y Rimuru debía responder en consecuencia. Por primera vez, empezó a mezclar instintivamente el Dominio Animal y el Dominio de Resistencia, concentrando ambos para soportar los impactos y reaccionar con una rapidez que Gun notaba con satisfacción.

Pero lo que sorprendió a ambos fue el momento en que, al ver venir un golpe, Rimuru logró esquivar y contraatacar con una patada rápida al costado de Gun. No fue un ataque perfecto, pero por primera vez, logró que él retrocediera.

Gun soltó una carcajada, recuperándose con rapidez. "Veo que vas entendiendo. Ese es el primer paso: aprender a controlar lo que tienes sin dejarte llevar por la desesperación."

Rimuru sintió una mezcla de orgullo y agotamiento. Su control sobre el Dominio Animal aún era débil, pero cada día avanzaba un poco más. Gun, satisfecho con su progreso, continuó entrenándola en técnicas de evasión y resistencia, obligándola a soportar cada ataque, pero también enseñándole cuándo y cómo utilizar su propio poder para defenderse.

Finalmente, tras horas de entrenamiento, ambos terminaron cubiertos de sudor y con el cuerpo adolorido. Rimuru respiraba con dificultad, pero sus ojos brillaban con una nueva confianza, sabiendo que, aunque quedaba un largo camino, estaba empezando a igualar el nivel que Gun exigía.

"Recuerda, Rimuru," le dijo Gun al final del día, mientras ambos descansaban, "esto es solo el principio. Cada avance que logres aquí será puesto a prueba cuando realmente tengas que luchar por tu vida. Hasta que puedas pelear sin dudar, sin vacilar ni un segundo… aún queda mucho por hacer."

Ella asintió, aceptando el desafío, lista para lo que venía.

Un mes después

El aroma del nabe cocinado por Gun llenaba el comedor de la chatarrería. Rimuru, ya familiarizada con la rutina, disfrutaba cada bocado, consciente de que esa última comida del día era el preludio al entrenamiento. Una hora después, sin decir palabra, ambos se dirigieron al área de combate improvisada en medio del metal retorcido y las pilas de chatarra.

Gun miró a Rimuru, evaluándola como siempre, pero esta vez con una pizca de reconocimiento en sus ojos. Después de semanas de entrenamiento brutal, sabía que Rimuru había alcanzado un nivel de fuerza y resistencia que pocos lograban.

"Estás casi a mi nivel ahora," dijo, cruzando los brazos. "Quiero que pelees sin contenerte."

Rimuru asintió, activando su Dominio Animal. Sus ojos comenzaron a brillar con el distintivo resplandor verde, y su cuerpo se tensó, canalizando toda su energía en una postura de combate que había perfeccionado durante esos largos entrenamientos.

Sin más aviso, Rimuru lanzó el primer ataque. Sus golpes eran rápidos y contundentes, y Gun apenas lograba esquivarlos o bloquearlos. Con cada movimiento, los golpes resonaban en el metal de la chatarrería, que crujía y se deformaba bajo la intensidad de su fuerza. Rimuru movía sus puños y piernas en un frenesí salvaje, guiada por un instinto primitivo que se mezclaba con la disciplina que Gun le había inculcado.

Gun sonreía mientras observaba el cambio en Rimuru, notando cómo, a diferencia de semanas anteriores, ahora lograba ponerlo en una situación más desafiante. Rimuru se lanzó con un impulso feroz, encadenando una serie de golpes y patadas tan intensos que hicieron que una pila de autos apilados temblara y comenzara a desmoronarse.

En medio de la pelea, Rimuru comenzó a emplear su Dominio de Fuerza. Con un movimiento ágil, concentró toda su energía en un solo puño y lanzó un golpe directo al pecho de Gun. El impacto fue como un trueno, y Gun fue empujado hacia atrás, tambaleándose un par de pasos antes de recuperar el equilibrio.

"¡Eso fue mejor!" exclamó Gun, con una sonrisa amplia. La adrenalina de la pelea lo mantenía alerta, y estaba claramente disfrutando de cada segundo. Rimuru, estimulada por su reacción, aumentó la agresividad de sus ataques, combinando la ferocidad del Dominio Animal con la brutalidad del Dominio de Fuerza.

Gun, ya preparado, bloqueó algunos golpes, pero otros se colaron, marcando su piel con nuevas pequeñas heridas. Sin embargo, a medida que la pelea avanzaba, él comenzó a aprovechar el Dominio de Resistencia, aguantando y contrarrestando los golpes de Rimuru. La resistencia y la fuerza que había cultivado en sus propias batallas le permitieron absorber el impacto y convertirlo en energía para contraatacar.

Rimuru, sintiendo la presión, se lanzó hacia adelante con un grito de determinación, utilizando su Dominio de Resistencia para sostenerse y absorber el daño. En ese instante, todo su ser estaba en movimiento, y su cuerpo parecía danzar entre los escombros de la chatarrería, casi como un depredador acechando a su presa.

Con un giro, Rimuru giró sobre sí misma, sus pies arrastrando polvo mientras lanzaba una patada lateral con una fuerza explosiva. Gun la evadió, pero el aire se llenó de fragmentos voladores cuando su pie impactó contra una viga de metal, dejando una hendidura significativa.

Gun se rió con satisfacción. "¡Eso es! Usa tu entorno a tu favor. No solo tus habilidades."

Rimuru, ansiosa por demostrar su progreso, lanzó un nuevo ataque, esta vez combinando una serie de golpes rápidos seguidos de una patada devastadora. Gun bloqueó los primeros, pero el siguiente golpe, impulsado por su Dominio de Fuerza, lo sorprendió y lo envió a chocar contra una pila de chatarra. El estruendo resonó por todo el lugar, mientras el metal crujía bajo la fuerza del impacto.

Mientras Gun se levantaba, con una sonrisa que mostraba tanto dolor como orgullo, Rimuru se dio cuenta de que cada golpe, cada rasguño, era un paso hacia su evolución. Gun había dicho que le faltaba experiencia, pero ese día, en medio de los restos de su entorno, sentía que estaba en la senda correcta.

"No te tomará mucho tiempo para que logres algo más que un rasguño," comentó Gun, observando las pequeñas marcas en su piel. "Estás cerca… pero aún te falta experiencia."

"¡No me subestimes, Gun!" respondió Rimuru, con una determinación que reflejaba su creciente confianza.

La lucha continuó, transformándose en un baile brutal, donde ambos se desafiaban y superaban, haciendo de la chatarrería un campo de batalla donde el crecimiento y la ferocidad se entrelazaban en un ciclo interminable.

Rimuru se movía con la fluidez de un depredador, alternando entre ataques rápidos y maniobras evasivas. Gun, aunque disfrutaba cada segundo, sabía que su aprendiz estaba a punto de cruzar un umbral importante en su desarrollo. La chatarra a su alrededor había sufrido mucho durante la pelea, con marcas y hendiduras que contaban la historia de su crecimiento.

Con un último golpe potente, Rimuru logró hacer retroceder a Gun. Él se detuvo, respirando con un aire de satisfacción. "¡Eso es, Rimuru! Has llegado lejos, mucho más de lo que imaginé en tan poco tiempo."

Rimuru, aunque agotada, sonreía. La adrenalina de la pelea aún recorría su cuerpo. "¡No me detendré aquí! ¡Quiero ser aún más fuerte!"

Gun asintió, mirando a su aprendiz con un nuevo respeto. "Siento que puedes convertirte en mi sucesora."

Las palabras resonaron en Rimuru, llenándola de confusión. "¿De verdad?"

"A partir de ahora, trabajarás para mí. Recogerás las deudas de las Cuatro Tripulaciones: Big Deal, God Dog y Hostel. No te preocupes por Workers; ellos no serán un problema."

"Bien." Rimuru asintió.

Con esa decisión, la conversación se desvió hacia el futuro y las nuevas oportunidades.

Dos años después

Rimuru estaba sentada en una mesa alejada, observando a su padre conversar animadamente con un hombre desconocido. El ambiente era alegre, y podía escuchar risas y charlas.

"Creo que sería bueno que nuestras hijas se conocieran," dijo el hombre, sonriendo a su padre.

"Definitivamente. Rimuru es una gran chica, estoy seguro de que Minji le encantara ser su amiga," respondió su padre.

Rimuru frunció el ceño. No sabía quién era Minji, pero parecía que ambos señores querían que fueran amigas. En ese momento, una chica alta se acercó a la mesa. Minji Kim, pensó Rimuru al escuchar el nombre.

Minji era alta, con cabello negro que caía suavemente atado con un moño en la nuca. Superaba a Rimuru por unos diez centímetros, lo que le hizo sentir un leve desánimo. Con su altura llegando a los 155 cm, Rimuru se preguntaba por qué su genética parecía una mala broma. Solo había crecido 15 cm desde que llegó a Corea del Sur hace dos años, y la altura de Minji la hacía sentir un poco más pequeña.

"Hola, soy Minji," dijo la chica, sonriendo. Ella había llegado a su mesa.

"Hola, soy Rimuru," respondió ella, algo tímida.

"Quieren que nos conozcamos. ¿Te gustaría sentarte con nosotros?" preguntó Minji.

"Claro," dijo Rimuru, asintiendo, aunque con una sensación de inseguridad en su interior.

Ambas se unieron a la mesa donde sus padres estaban conversando. Mientras charlaban sobre temas triviales, Rimuru se dio cuenta de que este encuentro era solo el comienzo de una nueva amistad, a pesar de sus inseguridades.