Tengo un tanto abandonada esta cuenta pues mudé mis fics a AO3 pero me han señalado la necesidad de hacer estos trabajos en español para generar visibilidad de nuestra sociedad hispana. Este es un fic que hice para el día internacional de Goku jeje. La versión avanzada está en AO3 pero siguiendo las sugerencias concuerdo en que todos podemos contribuir a incrementar el acervo de fics en nuestro idioma nativo y aquí esta para entretenimiento de nuestra comunidad activa. Muchas gracias por darle oportunidad a la historia, querido lector que inicias, en verdad te lo agradezco.
—Muchacho, ser el mejor no tiene nada que ver con la victoria…—
En la penumbra entre el polvo, una habitación oscura detenida en el tiempo exhibía viejos armarios rebosantes de valiosos trofeos.
Un joven afianzaba su duro entrenamiento para seguir los mismos pasos de sus admirados ídolos, infundido por la promesa de hacerse merecedor de ese legado en el que las viejas historias de su maestro dotaban los anhelos de su corazón.
—… el valor de un alma, sólo se conoce a través de la derrota.—
El anciano calvo supervisaba los movimientos de este incansable luchador amateur, la sonrisa bien inscrita en cada palabra. La mitad de la atención del entrenador en el presente, y la otra en toda la historia que se escondía su gran sabiduría. Ahora estaba a punto de levantar otra cepa de los mejores boxeadores en los registros del deporte al que dedicó más de la mitad de su vida. Y satisfecho con los tenaces golpes y desempeño de su pupilo, murmuraba el mantra indeleble que la vida le forjó:
—El mejor peleador no es el que gana, sino el que nunca pierde la voluntad.—
Capítulo I
La heredera
La ventanilla del armario del conserje, en un prestigioso y costoso internado para prodigios, vomitaba de su minúsculo interior un par de torneadas piernas enredadas de una falda. Y rasgando con violencia la prenda, la semivestida chica saltó del borde, corriendo feliz hasta el límite del campus. Ondeando su peculiar cabello extrañamente coloreado entre cenizo y castaño dando un toque oceánico misterioso que a todos intrigaba. La siempre risueña criatura daba carrera veloz, remisa a los suspiros que provocaba al pasar de todo cuanto la observase. Pero así como jamás su peculiar belleza pasaba desapercibida, escapar era siempre un acto imposible a los ojos de cualquiera que la conociese a fondo. Al final del jardín principal, un viejo auto ya la esperaba.
—Sabía que intentarías algo así.
—¡Yamcha!— Gritó, perdiendo el bolso en el suelo por el sobresalto —No esperaba verte aquí— Sonrió un tanto nerviosa por ser prematuramente descubierta.
—Creí que habías dicho que te quedarías en este lugar. Que esta era tu meta— El otro se cruzó de brazos con la mueca bien instalada por causa de la vil mentira —¿Por qué has estado evitándome?
—Vamos, no seas un aburrido— Bulma manoteó, ingresando en el asiento del copiloto para cambiarse la ropa sin el menor recato por el chico sonrojado intentando no mirarla directamente —Este lugar no es lo que pensé. Estos viejos cabeza dura solo me limitan y he estado elaborando por mi propia cuenta el prototipo que nos hará dar el salto a un mercado completamente nuevo.
—Otra vez con eso?— Exhaló el joven, comenzando a conducir antes de que alguien más notara que ayudaba a escapar a la más controversial estudiante de esa academia —¿No deberías hacer cosas normales que una niña rica de 19 hace? Gastar dinero de tus padres, salir con otras chicas…o chicos guapos como yo.
—Si así lo hiciera, ni siquiera me hubiese dignado a hablarte— Le guiñó, mirándose en el retrovisor para colocar su labial rojo —Hazme un favor y llévame a mi auto, dos cuadras hacia allá.
Al señalar el rumbo, cayó de su ridículo bolso de lentejuelas un descuidado papel doblado y su escéptico acompañante lo levantó de reojo, prestando especial interés al diseño garabateado con bolígrafos de diferentes colores.
—Motocicletas?— Se carcajeó al distinguir el prototipo —Tu padre va a odiar la idea.
—El jamás odia mis propuestas— Ella se lo retiró de inmediato —Pero sus inversionistas son un dolor en el trasero.
—Ya deberías olvidar eso— Se encogió de hombros, doblando el vehículo en la dirección señalada —Una chica de tu condición no debería deambular por ahí con aspiraciones absurdas. Sí, todos entendemos que eres una clase de genio superdotado, pero ya tienes una vida acomodada, solo disfruta de ello sin meterte en problemas.
—Y que me dices de ti? — Se recargó aburrida en el borde del respaldo, estudiándolo con tintes de prejuiciosa soberbia —No habías ingresado ya como reserva de esos beisbolistas… ¿Cómo dices que se llaman? ¿Por qué no solo te conformas con ello? La paga es relativamente buena ¿no?
—No es lo mismo— Explicó sin tomar el insulto por su actitud retadora —Yo soy hombre, las cosas no funcionan del mismo modo para mi. Tu eres mujer y una demasiado atrevida si me permites opinar. Escucha, nadie se lo tomará a mal si simplemente aceptas una vida cómoda sin trabaja…
—Claro— Resopló, interrumpiéndolo entre risas incrédulas —Ser otra de las mujeres de mi familia de importancia inexistente…otro título más de distinguida esposa ¿no?—
—Vamos, no digas eso— Rio entretenido por otro de los que consideraba infantiles desplantes que lo enloquecían —Solo intento aconsejarte por tu bien, aprovecha tu suerte. ¿No eres afortunada siempre? incluso en poseer el ¿síndrome de Alejandría?— Dio una caricia a la mejilla de la chica, consiguiendo que ella le retirara la mano con insolencia por la tonta forma en que pretendía serle interesante.
—Ya ríndete, nunca lograrás conquistarme —Echó la cabeza atrás, satisfecha por la forma en que sus sensuales movimientos siempre lo hacían perder la calma —Y la existencia de ese síndrome son puras patrañas…Ahora detente aquí que tengo cosas que hacer.
—Eres tan mala— Sacudió el otro la cabeza al verla bajarse sin el menor remordimiento por dejarlo ahí sin más — y ¿Me dices esto vestida de ese modo? ¿Dónde irás?
—Eso no es tu problema— Bajó coqueta, acomodándose de nuevo en la ventana para arrojarle un beso —Tengo un par de pendientes que hacer antes de ver a la junta de socios de mi padre.
—¿Puedo ir contigo?— Interrogó asomándose esperanzado.
—¿Bromeas? Vas a espantar mi oportunidad de un trago gratis — Corrió en sentido contrario sin siquiera despedirse o agradecer.
—Eres demasiado descarada para tu propio bien, ¿sabes? — Gritó él desde la ventanilla, ofendido por ser tratado así a pesar de su edad superior. Constantemente cayendo bajo sus seductoras trampas sin salida, siendo que él debía ser quien la manejara a su antojo —¡Así nadie te tomará en serio!
Pero ella ni siquiera lo escuchó, corriendo a encontrar su propio vehículo con una radiante sonrisa en el rostro, acostumbrada a enamorar chicos mayores como un mero deporte. La mezclilla entallada con el pie a tope del acelerador, la radio a todo volumen y una preciosa melena emulando el brillo del cobre viejo, enredándose al viento mientras cantaba desentonada los hits del momento.
Condujo Bulma el descapotable rojo que su acomodada familia poseía hasta el jardín frontal de la propiedad. Donde sus padres, dueños de la marca emergente de autos nacionales más popular del momento, pasaban la mayor parte de su tiempo. A pesar de sus escasos 21 años de edad, podía ser considerada una de las mayores promesas de su rama, únicamente eclipsada por la terrible jugada del destino de dotarla con el género incorrecto para la era. Aunado a una actitud desafiante que conseguía ser expulsada de cada institución educativa y un despampanante atractivo que le era más maldición que atributo, pues aunado al acoso, hacia mucho más difícil a sus colegas mayores concederle de manera legitima el reconocimiento a su genialidad.
—Señorita, no esperábamos tenerla de regreso tan…— La recibió el mayordomo, sorprendido por el pequeño huracán traspasando el pórtico directo a la cocina.
—¿Mis padres?— Preguntó arrojando sus cosas a la pequeña mesita del recibidor.
—Su padre regresará hasta tarde— Explicó de inmediato levantando al vuelo la chaqueta volando de hombros de su dueña —Su madre está en su habitación.
—Muero de hambre— Se dirigió a prisa hasta el desayunador donde la encargada de preparar la cena levantó inconforme una ceja al verla ingresar y escudriñar sus platillos como siempre hacía con ingrata insolencia.
—Su …amigo Yamcha, llamó esta…
—¿Otra vez hiciste esto? — Contestó sin atención alguna al hombre siguiéndola mientras inspeccionaba de mala gana el estofado de carne y arvejas —Creo que comeré fuera.
—Señorita, debería yo decirle a sus padres que está de vuelta o debería omitirlo?
—Si, si— Replicó aburrida, sacando de sus jeans dinero que puso en manos del paciente mayordomo —Convéncelos de que fue necesario, regresaré tarde, no tengo nada que ponerme este verano— Sonrió vanidosa, arrojando los zapatos bajos en la distancia y subió en línea directa a su habitación buscando otros más glamorosos. Dando un portazo no por pretensión de ser ruda, sino por el mero atolondramiento que su siempre inquieta mente conservaba.
Se fue en un parpadeo, recorriendo la zona lujosa de la ciudad en busca de adquisiciones banales que llenaran su propio concepto de ser la fabulosa e incomparable Bulma Briefs, carcajeándose por la propia audacia de abandonar de ese modo otro centro de enseñanza al negarse a convertirse en el mismo molde que todos sus predecesores conformistas. Convencida de que nada podría robar sus sueños de convertirse algún día en una triunfadora consagrada, la mujer indomable, el más reconocido genio creativo en un competitivo mundo de la mecánica automotriz, alimentadas sus entrañas por el permisivismo de sus padres a dejarle salirse con la suya en cada cosa que emprendía. Asi fue como, carente de reglas, mesura o sentido de agradecimiento, la siempre alegre y audaz chica vivaz forjó su irreverente reputación, disfrutando cada aspecto de su favorecido mundo sin recato alguno, amando en cada fibra su perfecta vida.
Hasta que no lo fue más.
Pese al dorado atardecer de cálidos vientos veraniegos, el mundo se pintó de un negro color en el mismo instante en que la joven bajaba de su auto al frente de su última escala. Se quitó los lentes de sol con torpeza, al no entender en absoluto la razón por la que un enorme cumulo de ambulancias y dos camiones de bomberos atajaban el ingreso a la planta de su padre, sofocándose ella misma por las negras nubes del siniestro consumiendo en altísimas llamas todo el complejo.
Y la respuesta a sus peores temores llegó de inmediato. Insinuada entre la voz de imprudentes reporteros, reconociéndola de inmediato entre la boquiabierta muchedumbre.
¿Cómo piensa sobreponerse la familia Briefs a esta tragedia? ¿Quién heredará el legado del fallecido doctor Briefs?' Fue quizá la pregunta que más quedó grabada en su atormentado subconsciente todavía en negación. Forzada a encarar en un par de horas la ruptura de su propia burbuja de privilegio, debiendo recibir un sin número de fingidas miradas condolidas que le resultaban tan odiosas como su elección de estilizados tacones incómodos, totalmente inapropiados para pasar el resto de esa penitencia deambulando entre innecesarios tramites funerarios, que jamás pensó se encontraría firmando en ese mismo día.
La noche llegó tan prematuramente como la partida de su amado padre y se encontró rodeada de rostros y rostros, buitres buscando estabilidad de sus propios insumos y carteras, hombres y mujeres estrechando su mano detrás de preguntas urgentes; al ser su madre incapaz de acudir a la vista pública y el vuelo de su hermana demorar en su traslado. Cada socio de su compañía habló palabras insípidas que pretendían infundirle alguna clase de consuelo disfrazado detrás de la inmediata solución a los negocios que quedaron pendientes. Un enorme cúmulo de representantes legales rodeándola para asesorarla. Ella simplemente no podía aterrizar el hecho en su pensamiento, demasiado inundada de renuencia a que todo eso estuviese ocurriendo.
No fue sino hasta ver a su propia mano cargando un puño de tierra hacia el féretro, que la realidad cayó en su subconsciente alienado. Y si creyó que presenciar eso sería lo más duro que habría de enfrentar, estaba lejos de entender lo que acontecería pocos meses después, siendo una desprotegida alma todavía ingenua, deambulando entre experimentados lobos de avaricia.
—La junta con los inversionistas será mañana— Su hermana intervino la silenciosa cena donde nadie era capaz de llevar a la boca la pequeña porción, jugueteando ruidosamente la cuchara.
—Bien— Replicó la impertérrita joven, levantándose de la mesa sin echar bocado alguno de su abandonado plato. Todo el cúmulo de indeseables experiencias tenía su jovial personalidad enérgica secuestrada.
—Se que mañana también será tu cumpleaños, puedo ir yo en tu…
—Olvídalo— Desestimó dando sonoros tragos al resto de su bebida —Ninguna de ustedes tiene idea de lo que trata la compañía— Replicó ausente.
—Hija, recuerda que ellos son expertos, no te haría mal contar con más ayuda de profesionales.
—Por favor, madre— Cortó cansada por la pesada carga impuesta en sus aún jóvenes hombros —Esto es una mera formalidad— Agregó, limpiando la comisura de su labio para alistarse a buscar lo necesario y exigir con astucia los derechos de su familia como única heredera de la rama tecnológica.
No sucedió lo esperado.
De la noche a la mañana se vio arrancada de los enormes privilegios que le antecedían a su acomodado apellido. Su intervención no fue considerada siquiera, desechada debajo de educados elogios llenos de un desinterés inmerso y a pesar de imponerse, simplemente nadie parecía poner atención a sus implícitos reproches. Cada hombre ciego, otorgándole el mismo trato de niña rica mimada, sin siquiera escuchar que había verdad detrás de su mala elección de palabras.
Conoció entonces, que más allá del talento, el éxito se da por influencias. De las cuales no poseía ninguna verdadera, todos sus recursos se vieron devorados por salarios de costosos abogados a los que despedía a capricho por no representar lo que consideraba sus verdaderos intereses. Su hermana estaba furiosa, su madre ausente y un par de meses habían pasado donde ella había perdido tanto el tiempo como la mitad de la fortuna de su familia, incapaz de aceptar que quizá, después de todo, ella no estaba en lo correcto para calzar la enorme sombra de su padre.
—Ustedes no son nadie para negarme ese derecho! ¡Chacales sin escrúpulos! — Manoteó la destrampada moza sonoramente en la mesa, sorprendiendo incluso a sus propios abogados escandalizados por su conducta —¡Esta compañía fue construida por mi padre! ¡Mi apellido está en todas las patentes que pretenden negociar! ¡No pueden despojar a mi familia de este modo! — Vociferó indignada, frustrada por el impedimento establecido en tomar decisiones sobre la dirección y autonomía del único legado que su familia habría labrado a lo largo de años de esfuerzo. Desesperada por escurrírsele entre manos el control de su vida en el declive de un camino sin regreso.
—Señorita Briefs— El moderador interrumpió, externando el desacuerdo de todos los miembros ofendidos del gabinete, levantándose de la mesa con una indiscutible mirada de hartazgo —Esta compañía fue presidida por un hombre que representaba principios y educación. Esta junta no tratará con una jovencita que ni siquiera tiene control sobre sus propios arrebatos inmaduros. Le invito a que recuerde que usted lleva el peso del prestigio de su familia.
Fue esa la única confrontación clara que libró. El resto de apelaciones decayeron en un desfile interminable de montañas de papeles, documentos y juntas con intermediaros mediocres que poco a poco terminaron por hacerle perder el control de un juego que no estaba capacitada para entender. Los años de estudio y educación en su ramo no servían para defender sus múltiples posesiones de la ambición de todos los involucrados y fue así como, a pesar de su genialidad indiscutible, la futura heredera se vio despojada poco a poco de toda comodidad. Rescatando lo mínimo en favor de inútiles sanguijuelas que desangraron sus arcas y tiempo entre victorias escuetas, terminando por perder la venta de su firma a causa del voto mayoritario de astutos depredadores de los negocios.
Esa mañana se despertó, con un despertador barato anunciando la entrada de una nueva realidad. Cobijada por un par de sábanas modestas que aventó por el borde de la cama, en una vivienda infinitamente más pequeña que la que en previos años coronó la joya de su apellido. Se duchó y vistió a prisa, admirando en el espejo su espléndida figura que fue la única cosa que esos tres años de pesadilla no pudieron arrebatarle y bajó las escaleras de la minúscula segunda planta. Lista para ir al trabajo como directora de la división de ingeniería y ensamblaje del estado, puesto que habría sido junto con el último diseño de su propia invención, lo único que prevalecía de lo que alguna vez fue la más prometedora compañía en desarrollo automotriz del país.
—¿Vendrás a casa a cenar? — Su madre preparaba su propio desayuno, más visiblemente demacrada en ese corto periodo de lo que estuvo a lo largo de 57 años de su existencia.
—No— Recusó, tomando a prisa el café ya frio sobre la mesa —después del trabajo tengo una junta con el nuevo representante que tomará nuestro caso— sonrió airosa, esperanzada en la reputación de ese individuo que parecía ser una persona de verdadera integridad.
Pero antes de que pudiese tomar su portafolios, la mano de su madre tomó la suya. Topándose ambas tonalidades de distinto azul en un duelo de miradas que la joven ya bien conocía en motivos.
—Estoy harta de vivir de este modo— Musitó la madura mujer, pretendiendo encontrar la chispa que decidiese sacar la incansable voluntad peleadora de su hija.
—Estamos cerca de lograrlo— Se excusó soltándose de inmediato, colocando su saco sobre los hombros —Esos idiotas saben que tengo esta ronda ganada, el tribunal fallará a nuestro favor con toda la evidencia, a pesar de que papá haya estado a cargo, las patentes me pertenecen por legal…—
—Patentes, patentes y posesiones…— Gruñó dándole la espalda —Reconocimiento y venganza, ¡No necesitamos nada de eso! Cuando te sería tan fácil conseguir ¡un hombre que ya lo tenga!— Se levantó intentando aproximarse a su enfurecida hija —Eres tan hermosa, inteligente y conoces tantos buenos partidos que podrían sacarnos de este valle de lágrimas. Has tenido tantas propuestas ¡Piensa en tu bienestar! Tu padre hubiera querido que viviésemos una vida feliz a pesar de…
—¡Mi padre no habría permitido que esto sucediera! Mucho menos venderme de ese modo al mejor postor— Musitó, controlando su primer impulso altivo al constatar que habría insultado colateralmente el proceder de su oyente y carraspeando la garganta corrigió su error — Él hubiera usado todos sus recursos en defender lo que nos pertenece.—
—Has hecho todo lo posible y no ha rendido resultados— Insistió exasperando más a la joven —No puedo comprender por qué no simplemente aceptas a alguno de aquellos interesados que envían regalos, tu padre hubiera querido que conservaras la clase económica que te brindó con…—
—Él está muerto.
Soltó brusca, de seca y cruel forma la inamovible mujer. Logrando con eso cortar la momentánea empatía de su madre, quien no pudo replicar con entereza tal impía falta de tacto. Simplemente castigándola con una mirada que Bulma misma entendía merecer, producto de haber trascendido los límites de lo correcto.
—Te veré después— Agregó la furiosa chica, apresurando la marcha sin ánimo de arruinar más la tambaleante relación con el único ser que aún la acompañaba. Todo ese tiempo era un recordatorio de lo que nunca más regresaría: amistades, familia y conocidos, incluso sus admiradores de los que no se atrevía a confesarle habrían desaparecido uno a uno con el nombre de su familia y el dinero. Toda falsedad desenmascarada. La dura cotidianidad le obligaba a reconocer que en las peores circunstancias, relucen las verdades menos placenteras.
El día transcurrió sin incidentes notorios, escuchando en la lejanía el reloj de salida de la planta pasó sus últimas horas acomodando el expediente de su caso con la radio detrás. Dando vistazos a titulares del periódico que camino al trabajo compró y ni siquiera tuvo tiempo de leer en todo el día.
—Esos malditos— Murmuró dándole una mirada despectiva al titular de la sección de negocios: otra exitosa adquisición del enorme emporio empresarial medio-oriental que irónicamente había adquirido su compañía un par de meses atrás y al cerrarlo, en la portada deslumbraba en mayúsculas el repunte de victorias de otro hombre de dicho origen, alguna clase de prodigio en lo que ella consideraba una vulgar contienda pugilista —No me extraña se crean dueños de todo— resopló hastiada. Miró el reloj en su muñeca marcando la media hora de retraso que llevaba para su cita.
—¡Diablos! — Giró, tomando del borde sus cosas. Olvidando en el transcurso de huida incluso su saco en la silla del cubículo. Pero un golpe metálico en la sala de ensamblaje atrajo su atención.
El escándalo no se limitó a ese incidente, un par de risas acompañaron el paso de dos intrusos de mala pinta, uno era quizá el sujeto más grande que ella hubiese visto y el otro un odioso hombrecillo de percha tan corriente como su camisa demasiado ajustada.
—¿Que están haciendo aquí?— Les preguntó, bajando enfurecida las escaleras de acero hasta impedirles el paso —Ustedes no tienen permitido entrar, ¡Esta es un área privada!
—Podemos entrar donde nos plazca— El más pequeño habló —Representamos al dueño de esta pocilga, ahora se buena chica y dinos donde está el director de la planta.
—Estás hablando con ella, imbécil— Espetó ruda, sospechando malas noticias —¡Largo de aquí antes de que llame a la policía!
—Parece que alguien ha estado ladrando al árbol equivocado— El sujeto prosiguió, con escabrosa sonrisa intimidatoria luciendo un par de dientes de oro —Verás, al jefe no le gustan los escándalos y has estado generando una gran cantidad de ellos, lo que entorpece otro tipo de… negocios. Dado que nuestro patrón pagó una fortuna por este muladar, no nos conviene la mala publicidad…si sabes a lo que me refiero.
—Tu jefe es solo otro de esos sucios carroñeros oportunistas— Replicó digna, comprendiendo que quizá la hora de confrontar a los nuevos jefes estaba fijada —Y puedes decirle que la verdadera dueña de esta empresa le manda a decir que coma mierda.
—No creo que esa sea una respuesta que le agrade— El más alto intervino. Atreviéndose a acercarse sin temor alguno —Pero tu debes saber mejor que nadie lo que ocurre a aquellos que piensan que están por encima de los poderosos y lo que te ocurrirá si no desistes de continuar con tu estúpida demanda inservible.
—¿Poderosos? Por favor, montón de fanáticos adoradores del desierto, no tienen sentido de otra cosa que no sea el dinero, mucho menos del significado del poder.
—No deberías hablar así del amo de tu empresa— La tomó del brazo, haciéndola saltar en reversa por el descaro de atreverse a tocarla, burlándose ambos por el pánico que ella intentaba disimular.
—De lo único que ese imbécil es amo es de idiotas serviles como tú— Pretendió ella sacar suficiente tono para imponerles respeto —Escoria extranjera, ¿Ustedes creen que pueden llegar a este lado del mundo y apoderarse de todo por la fuerza?, pues bien, yo opino que tomen sus patéticos traseros de vuelta y se larguen por donde vinieron.
—Eres atrevida ¿no? — El mayor se carcajeó rápidamente atajándole la puerta por donde pretendía escapar —Y realmente linda— dio un pellizco a su mejilla haciéndola enojar de peor medida.
—¡Púdrete!— Espetó, alistándose para darle una bofetada que fue sostenida en el aire.
—¡Cielos! Eres toda una fiera— El bravucón sacudió la cabeza, demasiado divertido para simplemente desistir —Pero creo que eres la única aquí que necesita ser reprendida— Amenazó, satisfecho con la forma en la que la menuda chica empezaba a sudar visiblemente acorralada.
—No estas asustada ¿o si muñeca? — el otro secuaz siguió el juego, envalentonado por la adrenalina de ser tan absurdamente confrontados por una criatura tan minúscula a sus ojos.
—¡Váyanse a la mierda, idiotas!— Tomó de una de las mesas un cincel abandonado, esgrimiéndolo como arma sin darse cuenta de que retarlos solo acrecentaba el placer por el juego de asustarla.
—Palabras rudas para una debilucha— Volvió a mofarse el alto castaño, pero no pudo prevenir en su distracción el bold atrevimiento que la joven quien en fugaz movimiento consiguió rasgar la piel de su agresor en un costado de su cuerpo, cortando de tajo el rostro divertido de ambos al ver a uno de ellos herido de tan artera forma.
—¿Oh si?— Escupió orgullosa por su hazaña —Por qué no vienes a comprobarlo? pedazo de mierda—
—Atrápala— El menor espetó, lanzándose los dos a perseguirla mientras ella intentaba resguardar su integridad con esa única arma y la nula habilidad de combate de su lado.
Tiraron los bancos metálicos, el escándalo intimidándola lo suficiente para que, a pesar de usar sus más feroces movimientos, se viera rebasada en posibilidades y fuese capturada sin remedio.
—¿Te gustan las difíciles? — Comentó el escuálido tipo al otro, todavía enardecido por la horrible marca en su costilla, inmovilizándole el brazo y el cuello a su captura.
—No te preocupes— El mayor concedió, radiando esa torcida mueca de satisfacción mientras sacaba una pequeña ampolleta del fondo de su bolsillo —Tengo algo que la hará cambiar de parecer.
Y Bulma sintió el pinchazo en el cuello, el dolor de inmediato sofocado por la adrenalina de plantarle cara al vil adversario, dio un codazo a la nariz de su captor consiguiendo liberarse. Nerviosa por la posible reacción de la sustancia, decidió que la única opción que quedaba era huir de inmediato. Corrió plantando los tacones a toda velocidad en el eco de la enorme bodega, surcando estructuras de autos a medio terminar, mientras sus dos agresores le daban caza. Más su escape era demasiado lento, víctima de la corta minifalda que poco le permitía libre movimiento para salir de la impensable pesadilla.
—Te encontré— Susurró detrás de su oído el más alto, recibiendo de frente las uñas de la enrabiada mujer que fue recompensada con un golpe al maxilar que la envió directo al suelo.
—¡Maldita mujerzuela!— el otro secuaz la intentó levantar, ella alcanzó a patear el rostro del sujeto que venía a cobrarle venganza por todas sus escandalosas heridas infundidas.
—¿Te sigue dando problemas hermano?— Se carcajeó el que ahora la apresó, al ver sangrar profusamente la nariz del sujeto salpicando todo.
—Te vas a acordar de mi— Gruñó dándole otro revés y azotándola bruscamente en el capó de uno de los autos. A pesar de las protestas la chica, ella no tenía suficiente fuerza para contrarrestar la brutalidad con que era despojada de sus prendas y lo único que pudo hacer fue gritar por ayuda.
—¡AUXILIO!
—¿Eres ruidosa muñeca?— La silenció su asaltante, pero antes de poder contemplar a placer el semidesnudo cuerpo debajo, una fiera mano le tomó la solapa del traje barato. Lo último que el vil gigante vio, fue un terrible puño de hierro echándolo directo al piso, sin oportunidad alguna de defenderse.
La mandíbula desencajada y la visión nublada le jugaban una mala pasada, pues podía ese criminal jurar que veía al mismísimo boxeador que esa tarde vitoreó, haciendo volar de un solo golpe a su secuaz sin que alguno de ellos pudiese siquiera tener oportunidad contra el bravío profesional.
Un derechazo y el contrincante estaba noqueado en el suelo, el más alto pretendió levantarse alzando las manos signo de clara rendición ante el que consideraba un rival invencible, al que no se atrevería a enfrentar ni por todo el dinero de sus acaudalados patrones.
—Eres…¿Eres Vegeta?— Intentó hablar, pero lo único que salía de su boca desacoplada eran inentendibles quejidos, todavía inseguro de que su mente le estuviera jugando esa alucinación en una realidad completamente absurda, donde el supuesto futuro campeón super welter acudía de imposible modo en ayuda de esa mujer. Tomó el atacante a su desmayado amigo del brazo, arrastrándolo para escapar de ahí antes de enfrentar la ira de ese temido energúmeno impío.
Y el inesperado salvador de la criatura pidiendo auxilio, volteó a ver a la presa del par de abusadores desconocidos, a quien suponía habían entrado a ultrajar aprovechando la nula vigilancia que parecía prevalecer en el complejo. Después trataría ese tema con su hermano, el supuesto nuevo dueño del lugar.
—¿Se encuentra bien?— Preguntó, prestando detenida atención a esa joven, mirándolo de arriba abajo con una clara sonrisa coqueta en el rostro, sin recato alguno ante la forma semidesnuda en que se encontraba. El rojo en las blancas mejillas le hacía pensar que fue golpeada, pero él mismo no confiaba en absoluto de su criterio. Envalentonado por muchos tragos previos a ese momento, se preguntaba si quizá había intervenido innecesariamente en lo que no era de su incumbencia. Las costumbres de ese país no le eran totalmente conocidas y su sentido de la decencia había actuado antes de su cautelosa observación —¿Necesita ayuda?— Preguntó, fingiendo compostura a pesar de su intoxicado estado imprudente, más por educación que por un verdadero interés en ayudarla.
—Ayúdame— Susurró ella, enderezándose sin importar que su rasgada blusa se cayera al suelo, revelando su ropa interior, echando la cabeza hacia atrás mientras remojaba los labios en algún sueño recóndito, de insoportable pereza sensual para el espectador de su involuntario espectáculo.
El tragó audiblemente, mirando alrededor alguien que pudiera servirle para librar el incomodo momento, ahora suponiendo que se trataba de una mujer ejerciendo el oficio más viejo del mundo, a quien vergonzosamente había librado de su clientela nocturna como un completo idiota.
—Estoy buscando al representante de la planta— Carraspeó, apretando los ojos e intentando ganarle coherencia a su pobre visión ya suficientemente nublada por el festejo de su victoria previa, pero recibió como respuesta solo una mirada atenta, aun sonriéndole, sin pretender ella en absoluto ser sugerente, pero con suficiente magnetismo para mantenerlo clavado a ese descomunal espejismo tentándolo. Mientras más la observaba, más se convencía de que todo aquello era un sueño y es que era esa quizá la mujer más hermosa que jamás hubiera visto. Toda su belleza marina parecía estar en sintonía al deseo encarnado que cualquier hombre soñaría tener, preciosos grandes ojos de un azul casi violeta, el bello reloj de arena dibujado en su cintura perfecta y la piel homogénea impoluta, voluminosa generosidad en cada exagerada curva de su piel ¿Cómo era posible que una criatura del bajo mundo fuese tan magnífica? Quizá era su pobre juicio intoxicado el que le hacía ver algo inexistente pero, aunque lo fuera, era una mentira realmente sublime.
—Ayúdame— Ella se recostó frotando los muslos entre sí, estirando los delgados dedos deleitándose en la sensación de recorrer ese hormigueo en sí misma. El otro no podía dejar de observarla. Avergonzado por su propia necedad a simplemente marcharse, se talló el rostro sacudiendo la cabeza, intentando borrar la maravillosa visión al frente con firme convicción de dar la vuelta para dejarla ahí —Ayúdame ya— La escuchó rogar, y cometió el error de voltear a confrontarla.
—Ya lo he hecho— Gruñó para evaporarse de inmediato su mal humor al verla acariciarse entera, pasando las manos por el torso cual si limpiase un inexistente sudor incomodándola. Sonriendo y estirándose con la elegancia de un gato, marcándose sutiles caminos blancos entre uñas pintadas.
Y quien realmente estaba vertido en sudor era él mismo. Era esa escena tan atrayente como su nula capacidad de mandar sobre su conciencia. No se dio cuenta el momento en que sus pies se dirigieron por sí mismos hasta donde ella estaba, hipnotizado por la forma en que la mujer parecía danzar sobre cada rincón de su propia figura, robándole la voluntad de alejarse lo más pronto posible antes de caer bajo el embrujo de ese demonio, que seguramente estaba ahí para probarle que a pesar de toda su siempre presuntuosa estampa arrogante, él era un mortal como todos los demás.
—Ayúdame— Se levantó ella lentamente, contenta por tener a su víctima a tan poca distancia sin poder quitarle los ojos de encima, y al sentir los sedosos labios llenos de la preciosa hembra sobre su cuello tenso, todo su raciocinio restante se fue a la mierda.
Se atrevió a tocarla, recorriendo los dígitos para comprobar la tibieza de esa tersa piel, la forma en la que ella del mismo modo parecía saciarse en él, incursando ambas manos debajo de su costosa camisa para detectar su trabajada musculatura y es que habría pasado tanto tiempo ya desde la última vez que él estuvo en esas circunstancias pecaminosas, que ni siquiera recordaba el rostro de alguna mujer que lo sedujera de esa irremediablemente certera forma.
—Tienes suerte de que hoy esté de humor— Declaró presuntuoso, dando libertad a sus bajos instintos para permitirse esa única aventura, cansado de lo que era o estaba obligado a representar. Y actuó sin interés alguno en frenar las consecuencias, a pesar de su rango, cuna y posición, del riesgo de ser descubierto, ni de todo lo malo que eso podía augurar. Ciego por su propio egoísmo, guarecido por la soledad de encontrarse en ese favorable anonimato ocultando su falta.
La recostó, permitiéndose nadar entre las generosas proporciones de sus atributos, encantado por la forma en que sus manos parecían encajar a la perfección en ese delicado torso, subiendo y bajando cada centímetro, al igual que su completa sonrisa perversa disfrutando el etéreo tacto en las yemas de los dedos. Pasó hasta el profundo surco en su espalda, desabrochando el viejo sostén para mirar de frente el tesoro buscado, sin tardanza recorrió el pulgar por la perfecta piel erizada, estrujando suavemente los tibios senos para sumergir su rostro y degustarlos impaciente, lamiendo su dulce turgencia, disfrutando el recorrido deslizó los labios entre el torso y largo cuello de esa bella rareza femenina. Las manos solidas sobre las suaves caderas anchas, acomodando los grandes muslos de la chica alrededor de su propia cadera, encantado por su exagerada proporción, completamente contrastante a la menuda cintura que rápidamente colocó debajo de él.
—Ayúdame ya— Gimió ella disfrutando todas las atenciones del otro, sin obtener respuesta alguna del hombre ahora entre sus piernas demasiado ensimismado para siquiera tomarla en consideración. Ninguno de los dos notó la intoxicación de su contrario, completos desconocidos avorazándose en la piel del otro, sin interés en reciprocar en absoluto lo que salvajemente su instinto deseaba. Se deshizo él de la apretada prenda interior que apenas y contenía la espléndida retaguardia de la chica, le pasó dos dedos en la entrepierna sin importarle la falta de un arreglo estético que sugiriera experiencia. Satisfecho por el nivel de humedad encontrado, creyó que esa musa celestial lo ansiaba del mismo modo en que él efervecía por hacerla suya de inmediato.
Entre risas internas y bruscas medidas dotadas de gran torpeza, él bajo su pantalón, sin perder el tiempo en consumar lo que buscaba. No había razón por demorar más su deseo y sacando de su guarida al gladiador designado para poseer a ese súcubo infame, se colocó en su entrada y jaló el trasero de la chica hasta él, concretando el acto físico sin más preámbulo. El calor envolviéndolo entre terciopelo rosa era abrumadoramente hipnótico, jamás presintió tal placer en un hecho simple.
—¡Eres preciosa!— Rio impidiéndose seguir por un momento, respirando sonoramente en el cuello de su amante, aun adormilado por la droga legal recorriendo sus venas. Inició lentamente el encuentro de su propia cadera sumergiéndose en la de ella, disfrutando cada quejido de la mujer que debía ser un elixir de dioses —Valdrás cada centavo— murmuró todavía embebido en la desesperada marcha de saturarse de ella, tocando, apretando y succionando todo lo que estuviese a su alcance. Sacudiéndola con todo lo que tenía, disfrutando el sudor, sus besos, los sonidos agrios y su sal. Dando furtivos vistazos a toda la deseable forma tendida bajo él. Demasiado bueno para ser verdad, se decía, embriagado también por el dulce olor de la chica lloriqueando por él mientras recibía cada embestida, retorciéndose sin que él pudiera interpretar que clase de reacción era esa, verla jadear, apretarlo, gemir y encontrarlo en cada embate… fue demasiado para él.
El aviso de su propio cuerpo jamás llegó, un destello cegó su vista y para cuando cayó en cuenta de lo que estaba sucediéndole, ya era demasiado tarde.
—¡Al'ama!— Maldijo al encontrar su liberación de forma vergonzosamente prematura, sintiendo derramarle toda carga sin haber pensado siquiera en que esa sería la consecuencia. Salió de su interior, apenas sosteniéndose en un brazo por el intenso desenlace sensorial como si separándose pudiese impedir su pésima actuación irresponsable. Empezó a acrecentarse de peor manera el mareo por su intoxicación inexplicable, pánico instalándose al preguntarse si habría en esa estupidez contraído alguna enfermedad y maldiciendo el atreverse a bajar del auto e ingresar al sitio. Preguntó como terminó de ese modo, cuando su única limpia intención había sido llegar a un acuerdo con el administrador de la planta, concretando el favor solicitado por el insistente socio de su hermano quien necesitaba arreglar ese nuevo problema legal de su compañía del modo más convincente.
Gruñó una vez más, apretando su sien para regresar a la parpadeante realidad. Para su fortuna sentía que, a pesar de haber culminado el sexo, aun podía buscar ayuda. Más un hecho llamó por completo su atención al detallar su zona sureña. Un minúsculo rastro de sangre manchando el borde de su blanca camisa y comprobó aterrado que eso provenía de ella. No pudo hilar una cosa con la otra sin escandalizarse, atreviéndose simplemente a externar lo primero que le vino en mente.
—¡¿Eras virgen?!— Interrogó temiendo haber caído en una costosa trampa, apenas cobrando conciencia de otra espantosa consecuencia. Mientras la chica continuaba gimiendo, retozando ausente en el sitio donde habría sido tomada de esa deshonrosa forma. —¡Respóndeme! — Replicó, tallando sus ojos, intentando enderezarla para cuestionarla, pero ella no parecía siquiera notar que él seguía ahí —¡Oye! ¡Estoy hablando contigo! — La levantó cayendo en cuenta el dilatado estado de esas pupilas y la verdad de su infame acto se desplomó hasta sus entrañas, detallando demasiado tarde que la chica estaba completamente drogada, que seguramente ni siquiera era una prostituta real y que él era culpable por haber abusado de una mujer en esa condición de terrible vulnerabilidad. Hecho que era castigado con la pena capital en su propio país.
—¡YA KHARA!— Golpeó el capó, haciéndola saltar y resbalar del sitio. La sostuvo antes de caer al suelo, con el peso de su infracción bien atascado en la garganta. Recriminándose la estúpida impulsividad y su terrible estado tan intoxicado que ni siquiera le permitía levantar adecuadamente a la chica del suelo. ¿En qué momento fue que bebió tanto? Entonces percibió que ella empezaba a convulsionar y el miedo se coló de nuevo entre sus huesos. Por un momento meditó en dejarla ahí y librar los problemas que conllevaría, pero su recién descubierta conciencia no lo permitió.
Como le fue posible se vistió y la llevó entre brazos, sabiendo por el frio tacto de esa piel que si no proporcionaba ayuda pronto, sería además acusado de homicidio. Desconocía por completo si había una cámara de seguridad funcionando en la entrada. Tropezó incontables veces, gruñendo por su infinita estupidez en todo aspecto. Maldiciendo a su socio que esa noche le indujo a caer en la absurda decisión de acudir a pesar del impertinente estado en que se encontraba, calumniando su propia necedad de probarle que seguía siendo en la familia el mejor erudito en leyes y condenando a una pobre chica que había caído presa de su sobre inflado ego. Todo gracias a la cegadora euforia por la apabullante victoria que esa tarde por fin arrebató a uno de sus consagrados enemigos del deporte que más amaba practicar en secreto.
Condujo, derribando un par de luminarias en el trayecto hasta llegar a un símbolo hospitalario común, sin notar en absoluto que se encontraba en una farmacia y no un hospital verdadero. Entró haciendo un pobre uso del lenguaje, amontonada su dicción por las palabras amordazadas entre sus foráneos acentos y la intoxicación, exigiendo ayuda de inmediato a todos los presentes para ser despojado de su carga mientras una mujer en el mostrador pareció reconocerlo momentáneamente.
—¿No es el joven que peleó esta tarde?
El sentimiento de propia seguridad se activó de inmediato, volteó comprobando que solo esa mujer mayor le prestaba atención. Todos demasiado consternados por el estado de la chica y sus heridas para darse cuenta de que el parcial culpable de ello caminaba en reversa intentando no ser reconocido antes de que el grupo de reporteros llegara a escena. Sabiendo que la posición de su familia dependería de ese terrible instante para terminar en el olvido de su casta. Y aprovechando la conmoción del momento, sutilmente dio la vuelta y finalmente desapareció de allí.
