Capítulo 7: Tres años.
Pasaron tres años de la muerte de Yutaka, y la vida de todos los que lo conocieron no fue igual. Fue un antes y un después, una tragedia que cambió el rumbo para todos.
Para Takuya, esos años fueron un torbellino de cambios. Desde el día en que Izumi desapareció sin dejar rastro, la incertidumbre se convirtió en su compañera constante. ¿Dónde estaría? ¿Estaría bien? Las preguntas lo atormentaban en cada momento de calma. En los silencios después de los entrenamientos, en las noches largas mirando el techo, en los viajes al estadio. Aunque los días pasaban, una parte de él se quedó estancada en aquel adiós no dicho.
El regreso a Italia había sido obligatorio, un compromiso contractual que no podía eludir. Sin embargo, lo que antes era su sueño —competir en los campos más prestigiosos— ahora se sentía vacío. Cada vez que pisaba el césped, no podía evitar recordar cómo un instante puede cambiarlo todo. La muerte de Yutaka le había enseñado eso, y la partida de Izumi lo reafirmaba: no hay tiempo que perder.
Fue ese pensamiento, el temor de perder algo más, lo que lo llevó a tomar la decisión más difícil. Dejó atrás la comodidad de su carrera internacional y regresó a su país natal. Conseguir el traspaso no fue sencillo, pero lo logró con una determinación que sorprendió incluso a su entrenador.
Los primeros días en su nuevo equipo en Japon fueron un desafío. Había perdido el ritmo por la falta de concentración, pero pronto volvió a brillar. Sus habilidades en el campo no solo lo convirtieron en un titular indiscutible, sino también en una figura mediática. Su nombre aparecía en los titulares deportivos y en los programas de entretenimiento, donde lo llamaban "el prodigio del fútbol japonés". Sin embargo, había otro motivo por el que su nombre se repetía en los tabloides: su apariencia.
"Es más que un jugador, es una estrella", decían las revistas. Mujeres lo seguían después de los partidos, esperaban fuera de los hoteles donde se hospedaba el equipo, y sus redes sociales no paraban de llenarse de mensajes. Pero Takuya no era de los que se dejaban llevar por la fama. A pesar de las sonrisas que ofrecía a las cámaras, su corazón estaba en otra parte. O, más bien, con otra persona.
Izumi.
Tres años no habían sido suficientes para olvidarla. Su sonrisa, sus ojos llenos de vida, la forma en que siempre encontraba algo bueno incluso en los peores momentos... todo seguía grabado en su memoria como una marca imborrable. Intentó conocer a otras mujeres, darle una oportunidad al amor nuevamente, pero ninguna lograba despertar lo que sentía por Izumi.
Kanna, la hija de su entrenador, era el ejemplo perfecto. Había empezado como un coqueteo inofensivo. Ella era atractiva, inteligente y no tardó en acercarse a él con una confianza arrolladora. La relación entre ellos era cómoda, sin compromisos ni expectativas. Kanna lo sabía: Takuya no estaba interesado en un futuro juntos. Pero eso no le impedía tratar de ganarse un lugar en su vida.
Para Takuya, sin embargo, Kanna era un alivio temporal. Una forma de llenar el vacío, aunque fuera superficialmente. Porque en las noches, cuando estaba solo, su mente siempre volvía a Izumi. Se preguntaba si ella había encontrado la paz que tanto buscaba o si, como él, seguía atrapada en el pasado. ¿Habrá alguien más? Ese pensamiento le quemaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Una tarde, mientras regresaba de un entrenamiento, Takuya caminó por el parque cercano a su departamento. La brisa de otoño arrastraba hojas amarillas y naranjas, creando un ambiente melancólico que resonaba con su estado de ánimo. Se sentó en una de las bancas, dejando caer la mochila deportiva a su lado. Sacó su teléfono, revisó los mensajes sin interés, y luego abrió la galería de fotos.
No tenía muchas fotos de Izumi, pero había una en particular que siempre le devolvía los recuerdos: un selfie tomado después de una de sus salidas al cine, con ambos riendo por algo que ella había dicho. En ese momento, todo había parecido tan sencillo, tan prometedor...
Un suspiro pesado escapó de sus labios. "¿Dónde estás, Izumi?", pensó, sintiendo el peso del tiempo perdido.
Mientras observaba la foto en su teléfono, una mezcla de emociones lo invadió. El amor que sentía por Izumi seguía intacto, pero junto a él, había un sentimiento que no podía ignorar: frustración. Durante esos tres años, ella nunca desapareció por completo, pero tampoco estuvo realmente presente.
¿Por qué no puedes ser honesta conmigo?" Esa pregunta lo perseguía, alimentando una molestia que crecía cada vez más.
Al mismo tiempo, sabía que no tenía derecho a exigirle nada. Ella había perdido tanto, tal vez más que él. Y, sin embargo, no podía evitar sentir que él también merecía algo: una respuesta, una explicación, una oportunidad de entenderla. Porque aunque intentara convencerse de lo contrario, su vida estaba incompleta sin Izumi.
Miró una vez más la foto en su teléfono, como si en ese momento ella pudiera aparecer mágicamente frente a él. Cerró los ojos y dejó que el frío viento de otoño despejara un poco su mente. Pero ni siquiera el aire fresco podía calmar esa mezcla de amor, rabia y resignación que llevaba dentro.
"No importa cuánto lo intente, nunca podré olvidarte...".
Los tres años que pasaron desde que Izumi dejó todo atrás habían sido una prueba constante. Primero se instaló en otra ciudad dentro de Japón, lejos de cualquier rincón que pudiera recordarle a Yutaka. Pero la distancia no fue suficiente para calmar su mente ni apaciguar su corazón. Los recuerdos la seguían a todas partes, inquebrantables.
Eventualmente, decidió irse aún más lejos, cruzar fronteras y océanos. Italia no era un lugar desconocido para ella; al contrario, lo sentía como su segundo hogar. Había vivido ahí durante gran parte de su infancia, y su madre, de nacionalidad italiana, le había transmitido tanto el idioma como las costumbres. Esta vez, sin embargo, no podía regresar a la ciudad donde había crecido. Sabía que sus padres la buscarían ahí, y no estaba preparada para enfrentarlos. Por eso eligió Florencia, un lugar hermoso pero nuevo, que le ofrecía anonimato y una posibilidad de empezar desde cero.
En sus primeros días en la ciudad, caminar por las calles empedradas y escuchar el bullicio de las plazas despertó en ella una nostalgia amarga. "Esto debería hacerme sentir en casa...", pensó más de una vez, pero en lugar de consuelo, solo encontraba una sensación de pérdida aún más profunda. El trabajo en una pequeña cafetería del centro histórico le dio una rutina que agradecía. Servir cafés y organizar mesas la mantenía ocupada durante el día, pero las noches eran otra historia.
Fue en esas horas de soledad cuando los recuerdos de Yutaka se volvían más vívidos, como si él estuviera ahí con ella, susurrándole desde los rincones de su mente. Cada pequeño detalle le recordaba algo de él: una canción en la radio, la forma en que el sol iluminaba las calles, o el aroma a lluvia que flotaba después de una tormenta.
Izumi guardaba una foto de Yutaka junto a su cama, y muchas noches se dormía abrazándola, como si el simple acto de sostener ese pedazo de papel pudiera traerlo de vuelta. A veces, mientras cerraba los ojos, su imaginación la llevaba de regreso a aquellos días felices, cuando él la miraba con esos ojos llenos de ternura, prometiéndole un futuro juntos. Pero cuando despertaba, la realidad era un golpe que la dejaba sin aire.
En su cuello, siempre llevaba un collar. A simple vista parecía un accesorio sencillo, pero para Izumi era mucho más. Era el mismo collar que Yutaka le había dado aquella tarde, esa tarde donde se convierten en novios, cuando le juró amor eterno. "Este collar significa que siempre estaré contigo, Izumi. Te amo y siempre te amaré." Esas palabras resonaban en su mente cada vez que lo tocaba, y cada vez que lo veía en el espejo, recordaba la promesa que le había hecho a Yutaka:
"Prometo que mi corazón te pertenece solo a ti. Nunca volveré a enamorarme de nadie más."
Esa promesa la había marcado profundamente. Desde entonces, no podía siquiera considerar abrirse a alguien más. Durante esos tres años, varios hombres la invitaron a salir. Algunos compañeros del trabajo intentaron coquetear con ella, e incluso clientes habituales de la cafetería buscaban llamar su atención. Pero Izumi siempre encontraba una excusa para rechazarlos. "Gracias, pero no estoy interesada." A veces, ni siquiera necesitaba palabras; su mirada distante bastaba para que entendieran que su corazón estaba cerrado.
Aunque sabía que no era saludable vivir anclada al pasado, no podía evitarlo. Cada vez que alguien intentaba acercarse, sentía que estaría traicionando a Yutaka. "Él me lo dio todo... ¿cómo podría yo seguir adelante sin él?" Esa pregunta se repetía en su mente como un eco interminable.
Había noches enteras en las que no podía contener las lágrimas. "Ojalá el tiempo pudiera retroceder", pensaba, mientras el dolor en su pecho se hacía insoportable. Deseaba con todas sus fuerzas regresar a esos días en los que todo estaba bien, cuando podía escuchar su risa, sentir su abrazo, y hacer planes para un futuro que jamás llegó. Pero esos deseos eran inútiles, y eso era lo que más la destrozaba.
Durante el día, intentaba ocultar su tristeza detrás de una sonrisa profesional, pero al caer la noche, su máscara se desmoronaba. El pequeño departamento en el que vivía en Florencia se convertía en un refugio de dolor. En el fondo de su armario, guardaba una caja con algunos recuerdos de Yutaka: una foto juntos, un anillo que nunca llegó a usar, y una carta que él le había escrito tiempo antes del accidente. No podía abrirla sin romperse en mil pedazos, pero tampoco podía deshacerse de ella. Era lo único que la conectaba con él, y no estaba lista para dejarlo ir.
"Siempre estás aquí...", murmuraba en la oscuridad, con la foto de él entre sus manos. Sus lágrimas mojaban la almohada mientras se preguntaba si algún día podría dejar de sentir ese vacío. Incluso después de tres años, la herida seguía abierta, como si el accidente hubiera ocurrido ayer.
Cada vez que pensaba en regresar a Japón o a su ciudad natal en Italia, el miedo la paraliza. Estar cerca de su familia y amigos significaba enfrentar sus miradas, sus preguntas, sus intentos de consolarla. Pero más que eso, significaba aceptar que la vida había continuado sin Yutaka, y ella no estaba lista para eso.
"Perdóname, Yutaka...", susurraba en la soledad de su cuarto, como si él pudiera escucharla desde donde estuviera. La culpa, el dolor y la ausencia seguían siendo sus compañeros inseparables, recordándole cada día cuánto había perdido.
Mientras tanto, la familia Himi nunca volvió a ser la misma después de la muerte de Yutaka. La tragedia no solo arrancó una vida, sino que dejó cicatrices en las de quienes quedaron atrás. Para la señora Himi, perder a su hijo mayor fue como perder una parte de su alma. Yutaka había sido su orgullo, su luz, el reflejo de las esperanzas que había tenido desde que se convirtió en madre.
Desde aquel día, su sonrisa se volvió menos frecuente y su mirada, más melancólica. En la casa, todo seguía casi igual: el cuarto de Yutaka permanecía intacto, como si en cualquier momento él pudiera regresar y llenar el espacio con su risa despreocupada. Las guitarras y discos que él coleccionaba seguían apilados en un rincón, y su chaqueta favorita aún colgaba detrás de la puerta. "No puedo deshacerme de sus cosas. Si lo hago, es como si lo estuviera olvidando." Esa era la excusa que daba cada vez que alguien sugería guardar o donar sus pertenencias.
Las noches eran especialmente difíciles. Muchas veces, Tomoki encontraba a su madre sentada en el sofá, con una fotografía de Yutaka en sus manos. Susurraba cosas como si estuviera hablándole, pidiéndole consejo o simplemente diciéndole cuánto lo extrañaba.
"Él debería estar aquí. Era tan joven... tan lleno de vida...", decía entre lágrimas. Estas palabras no solo rompían el corazón de Tomoki, sino que le recordaban la sombra que ahora cargaba sobre sus hombros.
El señor Himi, por otro lado, trataba de ser la figura fuerte de la familia, pero el peso de su propio dolor lo hacía más distante y rígido. No sabía cómo consolar a su esposa ni cómo conectar con Tomoki, quien había empezado a cerrarse emocionalmente tras la muerte de su hermano.
Para Tomoki, la pérdida fue devastadora, pero lo que más lo afectó fue la transformación de su madre. Antes de la tragedia, ella solía ser una mujer cálida y alegre, que confiaba plenamente en la capacidad de sus hijos para tomar decisiones. Ahora, cada paso que daba Tomoki era supervisado, cada decisión cuestionada.
"Tomoki, abrígate bien antes de salir."
"¿Estás seguro de que es seguro manejar? ¿No prefieres que te lleve tu padre?"
"Por favor, no llegues tarde... avísame cuando estés en camino."
Estas pequeñas preocupaciones, que podrían parecer inofensivas, se convirtieron en un patrón constante que sofocaba a Tomoki. Entendía el miedo de su madre, pero no podía evitar sentirse atrapado bajo la sombra de su hermano fallecido. "¿Será que ahora tengo que ser perfecto, para no romperla aún más?", se preguntaba en silencio.
Había momentos en los que intentaba razonar con ella. "Mamá, estoy bien. No tienes que preocuparte tanto." Pero su madre solo negaba con la cabeza, su voz temblorosa al responder: "No quiero perderte también."
Tomoki, aunque profundamente afectado, trató de cargar con el peso de la situación. Asumió el papel del hijo obediente y responsable, no solo para evitar preocupar a su madre, sino también para honrar la memoria de Yutaka. Pero por dentro, sentía la presión de vivir a la altura de las expectativas que parecían haberse multiplicado desde la tragedia.
Había días en los que se rebelaba contra esa carga. Salía a caminar largas horas o se refugiaba en la música, buscando un escape en las melodías que solía escuchar con Yutaka. Sin embargo, al final siempre regresaba, consciente de que, por más difícil que fuera, su madre lo necesitaba.
A pesar de todo, la relación entre ellos no estaba completamente rota. En las noches en que el dolor era demasiado para ambos, Tomoki se sentaba junto a su madre en el sofá. "¿Crees que Yutaka está orgulloso de mí?", le preguntaba en voz baja. Y aunque las lágrimas acudían a sus ojos, la señora Himi siempre respondía con firmeza: "Por supuesto que lo está. Te amaba más de lo que nunca dijo."
La ausencia de Yutaka seguía siendo un vacío imposible de llenar, pero, de alguna forma, su recuerdo los mantenía unidos. Cada vez que la familia Himi se reunía en su aniversario o visitaba su tumba, sentían una mezcla de tristeza y gratitud. "Todavía estamos juntos", pensaba Tomoki. Y aunque el camino era difícil, sabía que encontraría una manera de seguir adelante, aunque fuera a pasos pequeños y dolorosos.
En Shibuya, ya se podía sentir que el invierno estaba cerca. El otoño se despedía lentamente, y con él, los días se volvían más cortos y las noches más largas. La ciudad, siempre vibrante, parecía envolverlo todo en una tranquilidad melancólica.
Era una tarde diferente, un día de tristeza y nostalgia, no un día normal. Era 15 de noviembre. Era el aniversario de la muerte de Yutaka, tres años desde su partida.
Sus padres, Tomoki, Takuya, los gemelos y algunos amigos íntimos de Yutaka se reunieron en el cementerio, especialmente frente a su tumba, para rendirle un homenaje íntimo. La señora Himi estaba allí, arrodillada frente a la lápida de su hijo, limpiándola con una delicadeza que solo una madre podría tener. Su rostro estaba marcado por las lágrimas, y su voz temblaba al susurrar, casi como si hablara con él.
—Te extraño tanto, hijo mío... ¿por qué tuviste que irte tan pronto? Tenías tanto por vivir... y yo no pude protegerte... No puedo dejar de pensar en los momentos que nos robaron...—dijo, acariciando la lápida con la mano temblorosa. Sus palabras eran un susurro quebrado, un lamento que llenaba el aire frío de la tarde.
El señor Himi, parado junto a ella, sostenía un ramo de flores frescas. A sus ojos se les escapaban las lágrimas con la misma facilidad que si fueran agua, y su rostro reflejaba un dolor que no terminaba de sanar. Se inclinó para colocar las flores con reverencia, pero su voz también quebró cuando habló.
—Perdóname, hijo... si hubiera hecho las cosas de otra manera... si tan solo hubiera apoyado tus sueños desde el principio, si no hubiera sido tan terco... ¿cómo pude no ver lo que necesitabas?—su tono era lleno de arrepentimiento, como si hablara con Yutaka directamente.
Tomoki, con los ojos fijos en la lápida, no podía dejar de pensar en todo lo que había perdido. Su hermano, su compañero de vida, su referente... Ya no podía imaginar un mundo donde Yutaka estuviera presente, donde pudiera compartir con él cada triunfo y cada derrota. Sólo quedaban recuerdos y vacíos.
Takuya, Kouji y Kouichi se mantenían a su lado, en silencio, con miradas tristes, sin necesidad de decir palabras para que Tomoki supiera que no estaba solo. Estaban allí para apoyarlo, como lo hicieron siempre, como lo harían siempre. Después de todo, Yutaka había sido parte de sus vidas también.
Takuya, sintiendo un peso en el pecho y el mismo dolor callado que había acompañado estos tres años, sacó su celular. Sin mucha esperanza de encontrar algo que lo sacara de la tormenta interna que sentía, miró la pantalla y vio un mensaje de JP:
"Intenté modificar las fechas del teatro, pero no pude lograrlo. Realmente me siento mal por no poder acompañarlos hoy en el aniversario de fallecimiento de Yutaka. Quisiera estar ahí para acompañar a Tomoki y a su familia."
Takuya suspiró y, aunque una punzada de tristeza le recorrió el pecho, escribió rápido con los dedos, tratando de mantener la calma.
"Tomoki lo comprende, no te sientas mal. Kouji, Kouichi y yo estamos con él. No estará solo."
Antes de presionar el botón de enviar, se detuvo un momento y miró a Tomoki. Sus ojos reflejaban la misma pena que sentía Takuya, esa sensación de que el tiempo no había sido suficiente para sanar ninguna herida. Cuando envió el mensaje, el aire se sentía más pesado que nunca.
Entonces, una voz suave interrumpió sus pensamientos. Era la señora Himi, que miraba la tumba de Yutaka, con los ojos vidriosos pero una fuerza inquebrantable.
—Yutaka... sé que estarás siempre conmigo, aunque no te pueda ver. En mi corazón siempre estarás, hijo mío. Lo único que me queda es recordar y querer que fueras feliz. Te amé con toda mi alma y no pude darte todo lo que merecías. Perdóname...—susurró con una tristeza infinita, pero con una sensación de paz que también acompañaba la pena.
Takuya miró a Kouji y Kouichi, quienes intercambiaron miradas, comprendiendo lo que había detrás de esas palabras. Yutaka había sido una parte fundamental de sus vidas, y perderlo no era algo que ninguno de ellos podría olvidar nunca. La tristeza seguía fresca, como si fuera ayer.
Kouji, en voz baja, dijo —Ojalá hubiera algo que pudiéramos hacer para aligerar el dolor…–
Kouichi asintió, sin encontrar palabras para consolar a su hermano.
La señora Himi, aún arrodillada frente a la tumba de su hijo, seguía acariciando la fotografía de Yutaka. Sus ojos se llenaron de lágrimas nuevamente, y aunque su rostro mostraba tristeza, había una calma reconfortante en la forma en que hablaba.
—Tengo una sorpresa para ti, hijo. Sé que, donde estés, vas a estar feliz. — dijo con una sonrisa triste, como si su corazón le hablara directamente a Yutaka.
Los demás se miraron, confundidos. No entendían a qué se refería la señora Himi. El aire, cargado de recuerdos y dolor, parecía más denso mientras esperaban alguna señal o explicación.
La señora Himi se levantó lentamente, sin apartar la mirada de la tumba de su hijo. Miró hacia un punto a su derecha, y en su rostro apareció una ligera sonrisa, como si viera algo que solo ella podía ver.
Con una voz suave, que parecía llena de un amor infinito, la señora Himi habló nuevamente:—Hijo... ella está aquí... vino a verte.
La voz de la señora Himi era apenas un susurro, pero sus palabras resonaron con el peso del momento.
Todos voltearon al mismo tiempo para donde la señora Himi estaba mirando. Cuando sus ojos se encontraron con la figura de pie a la distancia, el mundo pareció detenerse.
Allí estaba Izumi.
Habían pasado tres años desde que dejó de aparecer físicamente en sus vidas. Durante ese tiempo, solo mantuvo contacto a través de llamadas y mensajes, una presencia intangible que nunca llenaba el vacío de su ausencia. Pero ahora estaba ahí, frente a ellos, y era como si el tiempo hubiera retrocedido... y al mismo tiempo, como si ella hubiera cambiado profundamente.
Izumi había madurado. Su cabello rubio, que antes caía despreocupado a la altura de sus hombros, ahora llegaba hasta su cintura, brillante bajo la luz del día. Su rostro, más definido, llevaba las marcas de alguien que había enfrentado el dolor y había sobrevivido. En sus ojos claros se reflejaba una mezcla de tristeza y fuerza, una mirada que parecía abarcar años de emociones reprimidas.
Takuya la observaba, incapaz de apartar la vista. Había intentado prepararse para este momento, pero nada podía haberlo preparado para la sensación que ahora lo invadía. Un nudo se formó en su garganta, un conflicto interno que intentaba ignorar. Izumi era el pasado, el amor de su amigo, y sin embargo, verla de nuevo removía algo que siempre había tratado de enterrar.
Izumi caminó con calma hacia la lápida de Yutaka. Los demás la seguían con la mirada, pero ella no les prestó atención. Se arrodilló frente a la tumba, tomó entre sus manos la fotografía que siempre había estado allí y la acarició con una delicadeza que parecía destinada a traspasar el tiempo.
—Perdóname... —susurró, su voz quebrada por la emoción. Las lágrimas comenzaron a caer, rodando por sus mejillas sin que ella intentara detenerlas. — Te he fallado... No pude venir antes. Pero estoy aquí ahora. —
El peso de su arrepentimiento llenó el aire. Los demás guardaron silencio, respetando la intensidad del momento. La voz de Izumi llevaba una mezcla de dolor y amor eterno, una combinación que conmovió incluso a quienes habían intentado superar la ausencia de Yutaka.
Tomoki fue el primero en romper el silencio, dando un paso hacia ella, su voz temblorosa —¿Eres tú... Izumi? –.
Ella levantó la vista hacia él por un instante, pero no respondió. No hacía falta. Sus ojos, húmedos de lágrimas, decían más de lo que las palabras podrían expresar.
La señora Himi, hasta entonces en silencio, se adelantó. Su voz, suave pero firme, rompió el momento de incertidumbre. —Sí, es ella... Siempre estuvo en contacto conmigo. —
Los demás intercambiaron miradas sorprendidas. Takuya, Kouji y Kouichi parecían procesar lo que acababan de escuchar. La señora Himi continuó, su tono cargado de una mezcla de alivio y tristeza: — Izumi nunca se fue del todo. Me escribía, me contaba de su lucha, de su dolor. Sabía dónde estaba todo este tiempo. Solo necesitaba sanar antes de regresar.—
Izumi levantó la vista hacia la señora Himi, pero no dijo nada. En su mente, un pensamiento persistía con fuerza: "Aunque los años pasaron, el dolor en mi pecho y el amor que siento por Yutaka nunca disminuyeron, nunca podré sanar."
Ese amor y ese dolor eran su sombra constante, un peso que cargaba todos los días. No importaba cuánto intentara avanzar, la ausencia de Yutaka era una herida que no lograba cerrar.
La señora Himi, sin embargo, dio un paso hacia ella. Sus ojos reflejaban un dolor similar, aunque matizado por los años y por una voluntad férrea de mantener viva la memoria de su hijo. Lentamente, abrió los brazos y abrazó a Izumi.
Fue un abrazo que contenía tanto sufrimiento como consuelo. Izumi, con lágrimas aún cayendo, se dejó envolver por el calor de la señora Himi. En ese instante, sintió no solo el abrazo de una madre, sino también la presión silenciosa de un amor incondicional que parecía pedirle algo que ella no sabía si podía dar: mantener vivo el recuerdo de Yutaka.
Cuando se separaron, la señora Himi le dedicó una sonrisa cargada de melancolía y esperanza. Izumi, en silencio, miró nuevamente la lápida. Los demás, aunque distantes, entendían la magnitud de lo que acababa de ocurrir, pero no podían prever cómo ese vínculo entre Izumi y la señora Himi marcaría el futuro de todos ellos.
Más tarde en ese mismo día. El aroma del café recién preparado llenaba el aire, mezclándose con el suave murmullo de conversaciones y el tintineo de tazas. La cafetería era casi idéntica a como Izumi la recordaba: las mismas mesas de madera oscura, el mismo rincón junto a la ventana donde ella y Yutaka solían sentarse, el mismo ambiente acogedor que ahora parecía sofocante.
Era su lugar favorito. Aquí fue su primera cita, y también donde compartieron su primer beso. Yutaka había elegido esta mesa específicamente porque decía que la luz del atardecer hacía brillar sus ojos de una manera única. Ahora, esa misma luz atravesaba el cristal, pero en lugar de calidez, a Izumi le parecía fría, casi indiferente.
Sentada frente a Takuya, Kouji y Kouichi, Izumi forzó una sonrisa. Sentía que cada rincón de la cafetería la miraba con ojos acusadores, recordando lo que había perdido. Miles de recuerdos se agolpaban en su mente, amenazando con romper la fachada que intentaba mantener para sus amigos.
Tomoki no estaba con ellos. Había querido acompañarlos, pero al final decidió quedarse en casa con sus padres. Era un día difícil para todos, especialmente para ellos, y Tomoki no podía dejarlos solos. Antes de separarse, él se había acercado a Izumi, mirándola con esos ojos cálidos que siempre transmitían sinceridad.
—Hablaremos luego, ¿sí? —le había dicho suavemente, antes de envolverla en un abrazo. Fue breve, pero lo suficiente para transmitir apoyo, como si quisiera recordarle que no estaba sola.
Ahora, en la cafetería, los cuatro se miraban en silencio. Ninguno sabía exactamente cómo empezar la conversación. Izumi jugaba con la taza entre sus manos, observando el remolino que formaba el café cuando giraba lentamente la cucharilla. De vez en cuando levantaba la vista, encontrándose con las miradas de los demás.
Kouji se reclinó en su asiento, sus ojos azules examinándola con atención. Era el mismo Kouji que recordaba, pero había algo diferente en él. Ya no era ese niño frío de 11 años con una sonrisa despreocupada. Ahora había un aire de madurez en sus rasgos, una profundidad que antes no estaba allí.
Kouichi, sentado a su lado, estaba igual de cambiado. Su expresión tranquila y reservada seguía intacta, pero su presencia era más sólida, más segura. Incluso Takuya, que siempre había sido el más enérgico y directo, ahora tenía un semblante más sereno, como si los años lo hubieran templado.
Izumi los miró a cada uno, sintiendo una punzada de nostalgia. Ya no quedaba nada de los niños que había conocido. Eran hombres ahora, con vidas propias, con experiencias que los habían moldeado de maneras que ella apenas empezaba a comprender.
Pero entonces, sus ojos bajaron al reflejo de sí misma en la ventana junto a ellos. ¿Y ella? ¿Qué veían ellos cuando la miraban?
Lo cierto era que ellos pensaban lo mismo. Mientras sus miradas se cruzaban, los tres hombres no pudieron evitar notar cuánto había cambiado Izumi. Ya no era la joven risueña que conocieron; había una gracia y una fortaleza en ella que no podían ignorar. Su cabello rubio, que brillaba bajo la luz del atardecer, y la profundidad en su mirada hablaban de alguien que había enfrentado más de lo que ellos imaginaban.
—Es extraño, ¿no? —dijo finalmente Kouji, rompiendo el silencio. Su voz era suave, casi como si no quisiera perturbar la atmósfera cargada. —Estar aquí otra vez... después de tanto tiempo.—
Izumi asintió, esforzándose por no dejar que su voz temblara. —Sí, es... extraño. —
Pero la verdad era que no solo era extraño. Era doloroso. Las palabras que quería decir estaban atrapadas en su garganta: No sé si puedo estar aquí. No sé si puedo mirar este lugar y no verlo a él.
Los demás parecían captar algo de su incomodidad, pero no dijeron nada. No hacía falta. Era un día para recordar, para procesar. A su manera, cada uno estaba lidiando con la ausencia de Yutaka, y aunque estaban juntos, se sentían atrapados en sus propios pensamientos.
El silencio volvió a llenar la mesa. No era incómodo, pero tampoco era del todo cómodo. Izumi tomó un sorbo de su café, tratando de enfocarse en el presente, en ellos. Pero aunque lo intentara, su mente seguía viajando al pasado, a los momentos felices que había compartido en ese lugar, con él.
El ambiente de la cafetería seguía cargado de recuerdos. Izumi intentaba encontrar las palabras adecuadas para romper el silencio que había caído entre ellos. Cada vez que levantaba la mirada, sus ojos se encontraban con los de Takuya, quien parecía incapaz de desviar la vista de ella.
Había algo en él que llamaba su atención. Aunque siempre había sido atractivo, ahora había en él una madurez que no recordaba. Sus rasgos, antes marcados por la juventud y cierta impaciencia, ahora eran más definidos, más serenos. Había cambiado, al igual que todos ellos, pero Takuya parecía llevar el peso de los años con una confianza que no podía ignorar.
Takuya notó la intensidad de su mirada y le dedicó una pequeña sonrisa, una mezcla de timidez y calidez. Izumi apartó los ojos rápidamente, sintiendo un leve calor en sus mejillas.
Para romper el silencio que comenzaba a hacerse incómodo, Izumi decidió hablar. Aunque su voz era firme, llevaba un matiz de curiosidad genuina.
—¿Y JP? ¿Cómo está?
Los tres hombres intercambiaron miradas antes de que Kouji rompiera el silencio. Su tono estaba cargado de orgullo.
—Está increíblemente bien. Ahora está haciendo teatro, ¿lo sabías? Se consagró como uno de los mejores cantantes de ópera.
Izumi abrió los ojos con sorpresa, y una sonrisa ligera pero genuina apareció en su rostro.
—¿De verdad? Eso suena… maravilloso.
Sin embargo, su expresión se desvaneció casi de inmediato, reemplazada por una melancolía palpable. Bajó la mirada hacia su taza, girando lentamente la cucharilla entre sus dedos.
—Me alegra mucho por él… —murmuró, su voz ahora más baja—. Aunque siento que me perdí demasiados momentos importantes a su lado.
El silencio se instaló nuevamente, pero esta vez estuvo cargado de comprensión. Takuya, Kouji y Kouichi la observaron, reconociendo que esas palabras no solo hablaban de JP, sino de algo más profundo.
Izumi suspiró, sus pensamientos llevándola a un recuerdo específico.
—No fui a su boda —confesó finalmente, su mirada aún fija en la taza—. Lo llamé ese día, le pedí perdón, le expliqué… pero aun así, siento que le fallé.
JP había tomado un camino inesperado en su vida, encontrando su pasión en la música y, con ella, también el amor. Su matrimonio con Aiko, una talentosa compañera de ópera, había sido una sorpresa para muchos, pero quienes los conocían sabían que se amaban profundamente. Aunque los años habían pasado, esa ausencia en la boda seguía siendo una espina para Izumi.
La confesión cayó en la mesa como un murmullo, pero sus palabras pesaban. Los chicos intercambiaron miradas de entendimiento. Sabían que Izumi había luchado con ese distanciamiento tanto como ellos.
Fue Kouichi quien habló primero, con una calma que transmitía sinceridad.
—JP lo entendió, Izumi. Siempre lo hizo. Él sabe que fue difícil para ti y nunca te culpó.
Izumi levantó la mirada, encontrándose con los ojos honestos de Kouichi. Las palabras de su amigo aliviaron un poco el peso en su corazón, pero no lograron disipar por completo la culpa que llevaba consigo.
La conversación fluyó un poco más después de eso, cada uno aportando pequeñas anécdotas sobre JP y sus logros. Por un momento, el peso del pasado pareció aligerarse, reemplazado por risas suaves y recuerdos compartidos.
Pero para Izumi, aunque intentaba mantenerse en el presente, cada esquina de la cafetería seguía evocando un eco del pasado. Y mientras escuchaba hablar a sus amigos, no podía evitar notar lo mucho que habían cambiado todos, y cuánto había cambiado ella misma en el proceso.
El ambiente se había aligerado un poco tras hablar de JP, aunque una tensión subyacente seguía presente.
Takuya, que había permanecido más callado de lo habitual, finalmente se inclinó hacia adelante, fijando su mirada en Izumi. —¿Y tú? —preguntó, su voz suave pero directa. — ¿Cómo has estado todo este tiempo? ¿Dónde estuviste Izumi?.—
Ella miró su taza por un momento antes de responder a la pregunta de Takuya. Hablar de su tiempo en Italia le traía una mezcla de emociones. Era un capítulo de su vida que la había salvado y herido al mismo tiempo.
—Estuve sobreviviendo...—dijo al fin, su voz un poco quebrada. — Un día a la vez, intentando encontrar algún sentido a todo.—
Levantó la vista hacia Takuya, Kouji y Kouichi, quienes la observaban con una mezcla de interés y preocupación. Era difícil hablar de ello, pero sabía que merecían saber al menos una parte de su verdad.
—Me fui a Florencia, en Italia.—continuó, sus palabras teñidas de nostalgia. —Trabajé en una cafetería pequeña. Nada especial, pero... me ayudaba a mantener la mente ocupada. —
Takuya la miró con una intensidad que hizo que su corazón diera un vuelco. Su mirada no era de juicio, sino de algo más profundo, como si intentara comprender todo lo que no estaba diciendo.
—¿Y cómo fue para ti estar allá?. —preguntó Kouji con suavidad.
Izumi suspiró, bajando la mirada a su taza nuevamente. —Florencia es hermosa. Todo parece sacado de un cuadro: las calles adoquinadas, los puentes, el arte en cada rincón... Pero…— hizo una pausa, luchando por mantener la compostura mientras su voz temblaba ligeramente. — …. Por más lejos que me fuera, el dolor siempre estaba ahí. Me despertaba con él, me iba a dormir con él. Nunca desapareció. —
La confesión dejó al grupo en silencio. Kouji y Kouichi intercambiaron miradas preocupadas, mientras Takuya parecía querer decir algo pero no encontraba las palabras.
Fue Kouichi quien rompió el silencio con una pregunta inesperada —¿Cómo fue que empezaste a hablar con la señora Himi? Siempre nos preguntamos eso. —
Izumi levantó la vista, sorprendida por la pregunta. Una pequeña sonrisa triste se dibujó en sus labios mientras recordaba ese día.
—Fue en el primer cumpleaños de Yutaka sin él aquí. —respondió, su voz cargada de tristeza. — Ella me llamó. Estaba muy angustiada, decía que necesitaba a alguien con quien hablar... y sabía que yo la entendería. —
Hizo una pausa, respirando profundamente antes de continuar. —Yo también estaba destrozada en ese momento. Pero... esa conversación nos ayudó a las dos. Fue la primera vez en mucho tiempo que sentí un poco de paz, y creo que para ella fue igual. —
Kouji asintió lentamente, absorbiendo sus palabras.—¿Hablaron mucho después de eso?. —
Izumi asintió. —Todos los días. —dijo, su voz volviéndose más cálida al recordar. — Nos convertimos en un apoyo mutuo. Ella entendía mi dolor, y yo entendía el suyo. Incluso... —una sonrisa ligera cruzó su rostro— ...me visitó en Italia una vez.
Izumi dijo esto con una leve sonrisa, como si al recordarlo, un rayo de calidez cruzara su rostro. Sin embargo, esa revelación tuvo un efecto diferente en los demás, especialmente en Takuya. Al principio, nadie respondió, pero Takuya no pudo evitar tensarse visiblemente. Su mente comenzó a girar. ¿Por qué ella había permitido que la madre de Yutaka se acercara a ella, pero los había mantenido a todos en la distancia? Él nunca dejó de pensar en ella, de desear que la hubiera dejado entrar en su vida. Pero ahora, sentía como si Izumi hubiera decidido cerrar las puertas de su corazón a todos, permitiendo solo a la señora Himi estar cerca.
Takuya tragó saliva, sintiendo un nudo en la garganta. La emoción de la tristeza, mezclada con una profunda frustración, se apoderaba de él. Y mientras se debatía con esos sentimientos, su expresión se endurecía sin que pudiera evitarlo.
—¿Por qué...? murmuró para sí mismo, aunque nadie lo escuchó. "¿Por qué no a nosotros?"
El aire parecía haberse enfriado en la mesa. Kouichi, ajeno a la tormenta interna que estaba viviendo Takuya, frunció el ceño mientras dirigía su mirada a Izumi. En su rostro no había indicios de juicio, solo una curiosidad genuina. Finalmente, fue él quien rompió el silencio. —¿Por qué decidiste volver, Izumi? ¿Por qué ahora?. —
Su voz tenía un tono suave, pero en él se leía la preocupación. Izumi alzó la vista lentamente, y todos los ojos de la mesa se fijaron en ella. Esa pregunta, tan simple, parecía la más difícil de responder para ella. Unos segundos de silencio pasaron antes de que Izumi soltara una pequeña exhalación.
—Porque extrañaba a mis padres... —dijo, su voz suave pero llena de una tristeza inconfundible. Había un tono quebrado detrás de sus palabras, como si cada una de ellas le costará más de lo que podía expresar.
Takuya la observó atentamente. Había algo en su mirada, algo que nunca había visto antes, como si en esos ojos verdes, tan familiarmente suyos, hubiera un océano de recuerdos, de sufrimiento callado. Ella continuó.
—A ustedes también los extrañaba. Fue... difícil, estar tan lejos. —su voz titubeó por un instante, pero la fijó de nuevo en ellos. — Y no quería estar lejos de Yutaka...
El aire se volvió denso, cargado de la verdad que había esperado, pero que nunca quiso escuchar. No quería olvidar a Yutaka. No quería que el tiempo le hiciera olvidar su amor, su promesa de fidelidad. Izumi se había cerrado tanto, pero ahora, frente a ellos, se abría en pedazos.
—No quiero olvidarlo —siguió, con una expresión que decía más que mil palabras. — Él fue... el amor de mi vida. Y no voy a amar a nadie más. No voy a estar con nadie más. —
Esas palabras hicieron que el silencio se volviera aún más pesado. Kouji apartó la mirada, incómodo, mientras Kouichi, con una expresión pensativa, asentía lentamente. Takuya, por otro lado, no pudo evitar un tirón en el pecho. Fue como si una puerta se cerrara frente a él, y todo lo que había guardado en su corazón lo golpeara con una fuerza inesperada. A pesar de los años, a pesar de todo lo que había cambiado, Izumi seguía fiel a Yutaka. La esperanza que había albergado en su corazón parecía desvanecerse en ese instante.
El corazón de Takuya latió con fuerza, y sintió el peso de un sabor amargo en su boca. No podía, no sabía cómo reaccionar. No sabía si quería gritar, callar o simplemente huir.
El silencio continuó, y la incomodidad entre los cuatro creció. No era solo la confesión de Izumi, sino la verdad subyacente de lo que significaba para Takuya escuchar esas palabras. Su amor por ella nunca sería correspondido, no en la forma en que él lo deseaba.
Fue Izumi quien, al final, intentó romper esa tensión. Con una sonrisa leve, un poco forzada. —Bueno... —y miró alrededor, como si buscara un cambio de tema. – ¿Qué les parece si mañana salimos a un bar? Quiero pasar más tiempo con ustedes, recuperar el tiempo perdido y además distraerme un poco. —
Kouchi se relajó al escuchar la propuesta, sonriendo de inmediato. —¡Claro! Cuenta con nosotros. —
Kouji también asintió, pero Takuya solo la miraba, como si buscara alguna señal de que todo lo que acababa de escuchar no fuera cierto. Por un momento, desvió la mirada, pero cuando Izumi habló de nuevo, él no pudo evitar sentirse como si todo estuviera dirigido a él, aunque ella nunca lo dijera directamente.
—Y tú, Takuya..."—dijo, un destello de algo cercano a la diversión en sus ojos, pero también un toque de tristeza. — Sé de tu fama. Me han contado que muchas mujeres quieren estar contigo…—
Takuya se quedó en silencio, sorprendido por la observación, pero cuando Izumi le guiñó un ojo, él solo pudo soltar una risa nerviosa. No podía creer que, después de todo lo que había pasado, ella pudiera hablar con tanta ligereza sobre algo como eso. El peso de sus palabras lo había tocado tan profundamente que ahora no sabía qué pensar de lo que estaba sucediendo.
—Ya veremos si me puedes desmentir mañana.—Izumi añadió con una sonrisa un tanto melancólica, dejando claro que sus intenciones no eran tan simples como parecían.
La conversación se disipó después de esas últimas palabras, y los chicos se quedaron en silencio, cada uno lidiando con sus propios pensamientos. Takuya, sin embargo, no podía sacarse la sensación de amargura que había quedado en su boca. La distancia entre él y Izumi parecía más grande que nunca, y esa barrera parecía insalvable, especialmente cuando ella todavía llevaba consigo el amor por Yutaka, un amor que él nunca podría reemplazar.
Al otro día, durante la noche…La música en el bar era fuerte, casi ensordecedora, pero Izumi no se molestaba. La atmósfera estaba cargada de energía, de risas y conversaciones en tono alto, pero ella se encontraba en su propio espacio, en su propio silencio. Sentada sola en una mesa, con una copa en la mano, observaba a la gente que se movía al ritmo de la música, mientras esperaba a los chicos. El vestido corto que llevaba le quedaba perfectamente, marcando sus curvas de una manera que no podía evitar notar. Aunque su exterior estaba impecable, hermosa como siempre, había algo en su mirada que no podía ocultar.
Había sido un día agitado, lleno de emociones a flor de piel. Después de la reunión en la cafetería, se había ido directamente a su casa. El reencuentro con sus padres fue, como esperaba, emotivo y tenso. Su madre no paraba de abrazarla, con los ojos llenos de lágrimas, reprochándole suavemente por no haberles contado nada sobre su paradero. Izumi, sin poder hacer nada más que abrazarla de vuelta, solo escuchaba los sollozos de su madre mientras su padre permanecía en silencio, observando con la mirada fija.
El peso de la culpa se posaba sobre ella, pero también el alivio de estar de vuelta en su hogar. Aún así, no podía ignorar la presión que sentía por parte de su madre, quien no se despegaba de su lado. Cada pocos minutos, la misma pregunta: "¿Estás bien? ¿Realmente estás bien, Izumi?". La preocupación de su madre la envolvía, y aunque sentía que sus padres solo querían lo mejor para ella, la ansiedad comenzaba a agobiarla.
Izumi, en medio del abrazo de su madre, pensaba con claridad que necesitaba espacio. El amor de sus padres era incondicional, y eso lo sabía, pero después de tantos años de soledad, también necesitaba recuperarse de su propio dolor, sin la constante vigilancia de su madre, aunque fuera bien intencionada.
"Debo conseguir pronto un trabajo," pensó, mientras la copa que sostenía comenzaba a sentir el peso del tiempo. "Necesito un lugar donde pueda estar sola, donde pueda respirar."
Era una verdad que tenía que aceptar: a pesar de que amaba profundamente a sus padres, había algo en su interior que le decía que no podía quedarse allí mucho más tiempo. El recuerdo de Yutaka, sus sentimientos aún frescos y la presión de los cuidados de su madre... todo eso se acumulaba en su pecho, como una ola que nunca terminaba de llegar.
Su mente comenzó a vagar, y en medio de ese torbellino de pensamientos, una idea surgió. "¿Y si vuelvo a trabajar como modelo?" se preguntó a sí misma. Había estado tan perdida en su dolor que nunca consideró esta opción, pero ahora parecía una posibilidad. Su carrera había sido exitosa, y aunque no era algo que deseaba hacer para siempre, al menos podría darle algo de estabilidad económica y un propósito. Recordó a su antiguo manager, alguien en quien confiaba, y pensó que tal vez podría llamarlo.
"Tal vez sea hora de re considerarlo"
Izumi, sumida en sus pensamientos, no se percató de que sus amigos ya habían llegado. De repente, los vio acercarse a la mesa, y su corazón dio un vuelco al verlos. Los tres estaban impresionantes, de una manera casi imposible de ignorar. Cada uno, con su propio estilo, llamaba la atención de todas las mujeres del lugar, pero hubo algo que destacó por encima de todo: Takuya. Él, aunque no lo admitiera, solo tenía ojos para ella. Al verla sentada allí, con el vestido que destacaba su figura, la manera en que la luz jugaba con su cabello rubio, quedó completamente embelesado.
Izumi sonrió al verlos, esa sonrisa tan genuina, como si intentara esconder su propio nerviosismo detrás de la calidez de su gesto. Fue un respiro para él, el primer atisbo de la Izumi que conocía, y la noche comenzó a tomar forma.
Sin embargo, Takuya no podía quitarse esa sensación incómoda que se había instalado en su pecho. Aunque estaba feliz de verla de nuevo, había algo que no podía dejar de sentir: molestia. Aún no comprendía por qué Izumi había decidido alejarse tanto de todos, y, por encima de todo, había algo en su corazón que seguía resentido. Además, unas horas antes, había tenido una pelea con Kanna, quien le había reclamado que iba a salir sin ella. Takuya, cansado de los constantes reproches, le había aclarado que no era su novia, que no necesitaba pedirle permiso para salir. Aquella conversación no había terminado bien, y aún sentía el sabor amargo de las palabras no dichas.
Pero cuando la bebida llegó, la tensión de su interior comenzó a relajarse, y la noche empezó a fluir. Entre risas, historias y recuerdos compartidos, Takuya dejó de lado la incomodidad, al menos por un rato. Estaba con sus amigos, estaba con Izumi, y eso tenía que ser suficiente para disfrutar del momento.
Más tarde, Kouji y Takuya se levantaron para pedir más bebidas, dejando a Izumi y Kouichi solos en la mesa. Izumi, al ver la oportunidad, decidió romper el hielo y preguntarle cómo le había ido en todo este tiempo.
— ¿Cómo ha sido tu vida, Kouichi? ¿Sigues estudiando medicina? —preguntó con una sonrisa suave.
Kouichi asintió con entusiasmo, como si al hablar de su futuro se llenara de energía.
— Sí, en realidad me estoy por recibir el próximo año. Estoy muy cerca. Y... planeo ser pediatra. Me encanta la idea de estar rodeado de niños. Es algo que siempre me ha gustado, tal vez porque... bueno, tal vez porque mi madre siempre estuvo tan involucrada en eso. —
Izumi lo miró con una sonrisa orgullosa. No solo estaba feliz por lo que había logrado, sino que también sentía que la vida de Kouichi, de alguna manera, había seguido su curso, mientras ella se quedaba atrapada en el suyo.
— Me siento tan orgullosa de ti, Kouichi. Sé lo mucho que has trabajado para llegar hasta aquí. Vas a ser un excelente médico. —
Kouichi sonrió tímidamente, sintiendo la calidez de sus palabras. — Gracias, Izumi. Eso significa mucho para mí. —
El ambiente se relajó un poco más y, casi sin pensarlo, Izumi le hizo una nueva pregunta:
— ¿Y en cuanto a... ¿alguien especial en tu vida?. —
Kouichi se sonrojó al instante, y su mirada se desvió hacia la mesa por un momento, evitando los ojos de Izumi. Sabía que no podría ocultarlo por mucho tiempo.
— Bueno... no estoy saliendo con nadie, pero... hay una chica que me gusta mucho…. —confesó, como si fuera un peso que había tenido que soltar. — Es una enfermera que conocí en las pasantías. Se llama Ayemi, y... no puedo evitar ponerme nervioso cuando estoy cerca de ella. Siempre parece que no sé qué decir.
Izumi, al escuchar su confesión, no pudo evitar reír suavemente. Era la misma expresión nerviosa de Kouichi que recordaba tan bien, la que había visto en sus primeros años.
— ¡Ay, Kouichi! Qué lindo. Eso es completamente normal. Solo tienes que relajarte, hablar con ella con naturalidad. Si ella siente lo mismo, sabrá entender tu nerviosismo. —
Kouichi la miró agradecido, sintiendo que sus palabras le daban un pequeño respiro. A pesar de ser el típico chico serio y reservado, la verdad era que, en el fondo, aún necesitaba los consejos y la ayuda de su amiga.
— Sí, tal vez tengas razón. — dijo con una sonrisa tímida. — Creo que debería intentarlo.
Izumi sonrió al ver cómo la situación se aligeraba, cómo esa conversación casual entre ellos dos traía una chispa de normalidad. Esa era la magia de los reencuentros, pensó, y le hizo bien.
La noche seguía su curso, y aunque Izumi sentía el peso de los días que había pasado lejos de todos, por primera vez en mucho tiempo, algo dentro de ella parecía desbloquearse.
La noche avanzó con rapidez, y para las 4 de la madrugada, el bar comenzaba a vaciarse. Kouji y Kouichi, agotados por la larga velada, decidieron retirarse.
— Ha sido una gran noche, pero mañana tenemos cosas que hacer . — dijo Kouji mientras se ponía la chaqueta.
— Sí, el deber llama. — añadió Kouichi con una sonrisa cansada.
Izumi los abrazó con calidez, agradecida por su compañía. Mientras los veía alejarse, una sensación de vacío se instaló en su pecho. Ahora estaba a solas con Takuya, y la incomodidad que había estado enterrada durante la noche resurgió con fuerza.
Takuya no dijo nada al principio, pero ella podía sentir su mirada. Había algo en sus ojos, una mezcla de sentimientos que no lograba descifrar: molestia, preocupación, y algo más profundo que no estaba lista para enfrentar. Izumi suspiró, intentando ignorar esa tensión.
Por su parte, Takuya estaba atrapado en su propia maraña de pensamientos. Aún sentía un dejo de resentimiento hacia Izumi, no por su regreso, sino por los años que pasó lejos de ellos, sin permitirles acompañarla en su dolor. Además, los constantes mensajes de Kanna, que vibraban en su teléfono cada pocos minutos, lo estaban agotando aún más.
Con una mezcla de irritación y cansancio, sacó su móvil para leer el último mensaje:
"¿Por qué no respondes? ¿Estás con otra? Sabes que no me gusta que salgas sin mí."
Takuya apretó la mandíbula. "No soy tu novio, y no tengo por qué darte explicaciones," había contestado horas antes, pero Kanna seguía insistiendo. Apagó la pantalla y guardó el teléfono en su bolsillo, decidido a no dejar que ella lo controlara. Sin embargo, la situación lo mantenía en un estado de tensión constante, que ahora se sumaba a la preocupación por Izumi.
Izumi, tratando de evadir el peso de sus propios pensamientos, tomó otro sorbo de su bebida. El líquido ardió en su garganta, y con cada trago, buscaba enterrar más profundamente el dolor que llevaba consigo. Quería olvidarse, al menos por unas horas, de lo sofocada que se sentía en casa, del constante cuidado de su madre, y de los recuerdos de Yutaka que siempre la perseguían.
— Voy al baño — dijo de repente, levantándose de la mesa con movimientos un poco torpes.
— Te acompaño. — ofreció Takuya de inmediato, levantándose tras ella.
Izumi lo miró con una sonrisa cansada y ligeramente burlona. — No puedes entrar conmigo, Takuya. Tú espérame aquí, vuelvo en unos minutos.
Él dudó, claramente incómodo, pero finalmente asintió.
— No te tardes . — murmuró, viendo cómo ella se perdía entre la multitud.
Los minutos pasaron, y Takuya comenzó a inquietarse. Miraba a su alrededor, buscando a Izumi, pero no lograba verla. Su preocupación creció cuando recordó lo vulnerable que estaba, especialmente después de haber bebido tanto. Finalmente, no pudo quedarse quieto y decidió buscarla.
Cuando llegó al pasillo que conducía al baño de mujeres, escuchó voces alteradas. Un grito rompió el aire, y la sangre de Takuya se congeló al reconocerlo: era Izumi. Sin dudarlo, empujó la puerta del baño y se encontró con una escena que lo llenó de furia.
Un hombre estaba acorralando a Izumi contra la pared. Ella forcejeaba, intentando liberarse, con lágrimas de miedo en los ojos.
— ¡Aléjate de ella! —rugió Takuya, empujando al hombre con una fuerza que lo hizo tambalearse.
El desconocido intentó defenderse, pero Takuya no le dio oportunidad. Lo golpeó en el rostro con toda su ira, derribándolo al suelo. Su respiración era pesada, y su corazón latía con fuerza mientras miraba al hombre que gemía en el piso. Entonces, giró hacia Izumi, quien estaba temblando, abrazándose a sí misma.
— Vamos, Izumi. Tenemos que irnos de aquí.
Ella asintió en silencio, demasiado conmocionada para hablar. Takuya la tomó del brazo con cuidado, guiándola fuera del bar. Una vez afuera, el aire frío de la madrugada golpeó sus rostros. Izumi respiró profundamente, intentando calmarse, pero las lágrimas seguían cayendo por sus mejillas.
Takuya, aún lleno de adrenalina, sacó su móvil para pedir un auto. — Te llevo a tu casa. — dijo, sin dejar lugar a discusión.
Izumi negó rápidamente con la cabeza, su voz temblando.
— No puedo... Mis padres me reclamarían si me ven así. No quiero preocuparlos más de lo que ya lo hacen —.
Takuya apretó los labios, pensando en una alternativa. Sabía que no podía dejarla sola, y llevarla con sus padres no era una opción viable.
— Entonces ven a mi departamento. — ofreció finalmente. — Puedes pasar la noche allí. Es mejor volver a casa en este estado —.
Izumi lo miró con dudas, pero al final, asintió.— Gracias, Takuya –.
Mientras esperaban el auto, Takuya se quitó su chaqueta y la colocó sobre los hombros de Izumi. Era un gesto sencillo, pero lleno de cuidado. Durante el trayecto a su departamento, ninguno de los dos habló. Takuya estaba enfocado en protegerla, mientras que Izumi, cansada y vulnerable, cerró los ojos, dejándose llevar por el momento.
Al llegar, Takuya la ayudó a entrar y la condujo al sofá. Izumi se sentó, abrazando la chaqueta de Takuya como si fuera un escudo. Mientras él preparaba un vaso de agua y buscaba una manta, ambos sabían que esta noche había cambiado algo entre ellos, aunque ninguno estaba preparado para enfrentar lo que eso significaba.
Takuya observaba a Izumi desde el otro lado del sofá. Sus manos temblaban ligeramente mientras sostenía el vaso de agua que él le había ofrecido minutos antes. La chaqueta de Takuya aún estaba sobre sus hombros, y aunque ella parecía más tranquila, sus ojos seguían reflejando el pánico vivido momentos antes.
— ¿Cómo te sientes? —preguntó Takuya en un tono suave, intentando romper el silencio que se había instalado entre ellos.
Izumi suspiró profundamente antes de responder:
— Estoy más tranquila ahora, gracias a ti —.
Ella levantó la mirada hacia él, con un dejo de vergüenza en su expresión. Tras una pausa, continuó hablando, como si necesitara liberar el peso de lo ocurrido:
— Ese hombre entró al baño poco después que yo. Al principio pensé que se había equivocado, pero luego empezó a hablarme. Dijo que me había visto sola en la barra y que quería invitarme unas copas… o algo más —.
Takuya frunció el ceño, su mandíbula tensándose.
Izumi notó el cambio en su expresión, pero siguió, aunque su voz comenzó a quebrarse. — Le dije que no estaba interesada, pero se enfureció. Me acorraló contra la pared y... no podía moverme. Era más fuerte que yo —.
Las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos mientras sus palabras salían atropelladamente, — Intenté luchar, pero no podía. Lo único que se me ocurrió fue gritar. Y entonces… tú llegaste —.
Takuya apretó los puños, luchando contra la rabia que sentía al imaginar lo cerca que estuvo Izumi de salir lastimada. Sin embargo, su voz permaneció calmada cuando respondió: — Hiciste lo correcto al gritar. Y siempre voy a estar ahí para ayudarte, Izumi —.
Ella asintió lentamente, secándose las lágrimas con el dorso de la mano. Después de un momento de silencio, Izumi lo miró con una expresión vulnerable y murmuró — Gracias, Takuya. Y… perdón. —
Él ladeó la cabeza, confundido por sus palabras. — ¿Por qué te disculpas? —.
Izumi bajó la mirada, incapaz de sostener su intenso escrutinio.
— Porque sé que estás molesto conmigo. Siempre he podido leer tus emociones, incluso después de todos estos años — .
La confesión lo tomó por sorpresa. No esperaba que Izumi, después de tanto tiempo separados, aún pudiera entenderlo tan bien. Por un momento, no supo qué decir, pero finalmente soltó un suspiro pesado.
— No es que esté molesto… bueno, tal vez un poco. Siento que no confías en mí, Izumi. En ninguno de nosotros. —
Esas palabras golpearon a Izumi profundamente. Las lágrimas que había logrado contener comenzaron a correr nuevamente por sus mejillas. Su voz temblaba mientras hablaba , — No es que no confíe en ti, Takuya. No lo entiendes… Cuando perdí a Yutaka, sentí que nadie podía entender mi dolor. Con la señora Himi encontré a alguien que sí lo hacía. Ella no me miraba con lástima, no intentaba decirme que todo estaría bien. Simplemente… me escuchaba. —
Takuya sintió que algo dentro de él se rompía al verla tan vulnerable. Se inclinó hacia adelante, acortando la distancia entre ellos, y le dijo con firmeza:
— Izumi, nunca te miraría con lástima. Lo único que quiero es estar ahí para ti, ser tu hombro cuando lo necesites. Solo… Déjame hacerlo. Confía en mí. —
Izumi esbozó una sonrisa entre lágrimas. Sus ojos brillaban con una mezcla de tristeza y gratitud mientras susurraba, — Gracias, Takuya. Eres… increíble. —
Sin pensarlo, ella lo abrazó, rodeándolo con sus brazos como si buscara refugio en él. Takuya titubeó por un segundo antes de corresponder el abrazo, envolviéndola con fuerza. Fue un momento en el que ambos dejaron de lado el dolor y las dudas; por primera vez en mucho tiempo, Takuya se sintió pleno, como si sostener a Izumi en sus brazos llenará un vacío que había ignorado durante años.
Cuando se separaron, sus rostros quedaron peligrosamente cerca. Izumi, sin dudarlo, dejó que sus emociones la guiaran e intentó besarlo. Sus labios apenas rozaron los de él antes de que Takuya levantara una mano y la detuviera con suavidad. — Izumi, no…
Ella lo miró con confusión, su corazón latiendo con fuerza. — ¿Por qué no? —preguntó en un susurro.
Takuya tomó aire profundamente, luchando por mantener la compostura.
— Porque no quiero aprovecharme de ti. No estás en tus cabales ahora. Has bebido, has pasado por mucho esta noche, y esto no sería lo correcto. —
Las palabras de Takuya no fueron duras, pero sí firmes. Izumi se mordió el labio, sintiéndose avergonzada, pero también admirándolo por su integridad. Finalmente, ella asintió y apartó la mirada.
Takuya observaba a Izumi, que permanecía en silencio, con la mirada perdida y los ojos aún brillantes por las lágrimas que había derramado minutos antes. La confesión de Izumi lo había tomado por sorpresa, pero también lo llenaba de una sensación de impotencia al verla tan vulnerable.
Cuando Izumi se disculpó por intentar besarlo, su voz temblaba.
— Tienes razón… Perdón. No debería haberlo intentado…—
Antes de que pudiera terminar, sus palabras se quebraron, y de repente las lágrimas comenzaron a caer con más fuerza. Se llevó las manos al rostro, tratando de cubrir su expresión, pero no pudo contener el sollozo que escapó de sus labios.
— Izumi, no es para tanto — dijo Takuya, acercándose para consolarla, pero ella negó con la cabeza, incapaz de articular ninguna palabra.
Takuya la miró, su corazón destrozado al verla llorar de esa manera. No era un llanto común; era un torrente de emociones reprimidas, una herida que había permanecido abierta durante años. En ese momento entendió que Izumi no solo estaba liberando lo ocurrido esa noche, sino todo el dolor que había acumulado desde que se alejó.
Sin decir nada, Takuya la envolvió en sus brazos. La sostuvo con fuerza, permitiéndole desahogarse mientras acariciaba su cabello suavemente.
— Todo estará bien, Izumi. Todo estará bien —, le susurró al oído, aunque sabía que esas palabras no eran suficientes.
Ella no respondió, pero poco a poco su llanto comenzó a disminuir, dejando un pesado silencio en el aire. Takuya no la soltó hasta que sintió que su respiración se había calmado. Finalmente, ambos se recostaron en el sofá, agotados.
El amanecer empezaba a pintar el cielo con tonos naranjas y rosados. El reloj marcaba casi las seis de la mañana cuando Izumi, aún con los ojos enrojecidos, rompió el silencio. — ¿Estás despierto?.—
Takuya abrió los ojos lentamente y giró la cabeza hacia ella.— Sí, estoy despierto. —
Izumi se incorporó ligeramente, abrazando sus piernas contra su pecho. Sus manos jugaban nerviosamente con el dobladillo del vestido, y su voz sonó apenas un susurro cuando comenzó a hablar.
— Takuya, necesito decirte algo. Algo que… no he compartido con nadie más.—
Él se sentó un poco más erguido, su mirada llena de preocupación.
— Lo que sea, Izumi. Estoy aquí para escucharte. —
Ella cerró los ojos por un momento, como si buscara reunir fuerzas para lo que estaba a punto de decir. Cuando volvió a abrirlos, su mirada estaba fija en el suelo.
— Yo… sí me fui por el dolor de perder a Yutaka. Fue un dolor inmenso, el más grande que he sentido. —
Hizo una pausa, tomando aire profundamente.
— Pero… no se compara con otro dolor. Uno que nunca le conté a nadie. —
Takuya frunció el ceño, preocupado. No sabía a qué se refería, pero podía notar la carga emocional detrás de sus palabras. Izumi levantó la mirada, encontrándose con sus ojos por primera vez desde que comenzó a hablar.
— Takuya, yo… —su voz se quebró, pero se obligó a continuar—. Perdí a mi bebé. —
Takuya sintió que el mundo se detenía por un instante. Sus ojos se abrieron con sorpresa y su respiración se tornó más pesada.
— ¿Estabas… embarazada? —preguntó, su voz baja y llena de incredulidad.
Y ahí quedó la pregunta, suspendida en el aire, mientras el primer rayo de sol iluminaba la habitación.
