Capítulo 8: Nuevas oportunidades.
Takuya estaba de pie en la cocina, sosteniendo con las manos temblorosas una taza de café humeante. La mañana fría envolvía la habitación en un silencio denso, casi palpable. Eran las 10:00 a.m., pero él aún no había podido dormir ni un solo minuto. El aroma del café no lograba despejar la niebla que se había instalado en su mente. La imagen de Izumi, con sus ojos llenos de dolor, seguía persiguiéndolo. La frase que había pronunciado resonaba en su cabeza con una intensidad insoportable: "Perdí a mi bebé." Esa simple oración lo había martillado en la madrugada, como una campana de dolor que no lo dejaba en paz.
Unas horas antes...
Takuya había mirado a Izumi, tratando de encontrar alguna señal de esperanza en sus ojos, pero lo único que vio fue la vulnerabilidad de alguien a punto de quebrarse. Sus ojos, brillantes por las lágrimas, no podían ocultar el sufrimiento que llevaba dentro. La expresión de Izumi era una mezcla de dolor y culpa, una tristeza profunda que Takuya nunca había visto en ella.
– ¿Ibas a tener un bebé con Yutaka? – preguntó Takuya, casi en un susurro, todavía incapaz de asimilar lo que acababa de escuchar.
Izumi dejó escapar un largo suspiro, como si intentara liberar algo del peso que cargaba en su pecho. Sus manos temblaban ligeramente mientras se aferraba a la mesa frente a ella, buscando un ancla en medio del caos emocional.
– Fue tan... tan fuerte... – dijo Izumi, su voz quebrada. Takuya la miró, sin saber qué decir. – Nunca pensé que algo así podría destrozarme tanto. Pero no podía quedarme, Takuya. No podía quedarme cerca de todos ustedes. Sabía que me culparían.
Takuya frunció el ceño, sin comprender del todo a qué se refería. La angustia en sus ojos lo hizo acercarse un poco más, casi sin querer, como si las palabras de Izumi lo empujaran a comprender algo mucho más grande que él.
– ¿Culparte? ¿Por qué? – su pregunta era un susurro lleno de confusión.
Izumi no podía mirarlo a los ojos. Bajó la vista hacia sus manos entrelazadas sobre la mesa, y una vez más, un suspiro lleno de dolor escapó de sus labios.
– Porque... todos me insistieron tanto que descansara, que comiera... – sus palabras se alzaron y cayeron como una pesada carga. – Lo escuché, Takuya, lo escuché una y otra vez. Pero no les hice caso. Pensé que estaba bien, que nada malo iba a pasar... pero…
Izumi dejó de hablar por un momento, su voz temblando. La culpa la estaba consumiendo. No solo por lo que había hecho, sino por lo que había perdido.
– El día que me operaron... – dijo finalmente, con una voz casi inaudible. – No sabía que estaba embarazada. No tenía idea. Solo cuando la doctora me dijo que el embarazo había terminado... – sus palabras se detuvieron, como si recordar ese momento le costara más de lo que podía soportar. – Me dijo que tenía que hacerme un legrado uterino... que tenía que sacar los restos de mi bebé.
El aire entre ellos se volvió denso, como si todo el dolor de Izumi se hubiera filtrado en el espacio. Takuya la miró, completamente atrapado en su sufrimiento. Cada palabra de Izumi era un grito mudo que resonaba en su propio pecho.
– Y no sé cómo decirlo, Takuya, pero... fue mi culpa. Lo sentí tanto... porque esa niña, Takuya, esa niña era... – su voz se quiebra y las lágrimas comienzan a caer sin control. – Ella era todo lo que me quedaba de Yutaka, lo que representaba su amor por mí. Ella me iba a devolver las ganas de vivir. Pensé que, con ella, por fin tendría una razón para seguir adelante...
El aire entre ellos se volvió denso, como si todo el dolor de Izumi se hubiera filtrado en el espacio. Takuya la miró, completamente atrapado en su sufrimiento. Cada palabra de Izumi era un grito mudo que resonaba en su propio pecho.
– Y después de perderla, después de perder a ambos... el dolor fue insoportable... – Izumi continuó, su voz quebrada, cada sílaba llena de dolor. – No sé cómo... no sé cómo vivir con esto. Perdí todo lo que me quedaba de Yutaka. Perdí... la única razón por la que aún pensaba que podría seguir adelante.
Takuya, sin poder soportar verla así, se acercó aún más, tendiendo la mano hacia ella, buscando consolarla, aunque no sabía cómo. Sabía que nada que dijera podría aliviar lo que ella sentía, pero al menos quería que supiera que no estaba sola.
– Izumi... – comenzó, su voz grave y suave. – No es tu culpa. La pérdida de Yutaka, y lo que pasó con la niña... no es algo que puedas controlar. Nadie te culpa, ni Yutaka lo haría...
Izumi negó con la cabeza, ahogada por el dolor, y sus sollozos se convirtieron en algo insoportable, un lamento profundo que Takuya deseó poder aliviar con un solo gesto. Pero sabía que las palabras no bastaban.
– Pero... ¿cómo puedo seguir adelante, Takuya? – Izumi susurró, su voz rota. – ¿Cómo puedo perdonarme? Después de perder a Yutaka y a nuestra hija... siento que no hay nada más por lo que luchar...
Takuya la miró, con una mezcla de compasión y frustración. No sabía qué decirle. Todo lo que quería era que ella dejara de culpabilizarse, que entendiera que la vida le había dado un golpe tan fuerte que las cicatrices no desaparecerían tan fácilmente.
– Izumi... sé que ahora todo parece oscuro, y no hay palabras que puedan cambiar lo que sientes... – Takuya tocó suavemente su brazo, tratando de ofrecerle algo de consuelo. – Pero no estás sola. No tienes que cargar con este dolor sola…
Takuya volvió a la realidad al escuchar su celular sonar. Lo tomó entre las manos, lo miró sin ganas y vio que era Kanna. Un leve gruñido se escapó de sus labios, y, molesto por los planteamientos de la noche anterior, rechazó la llamada sin pensarlo. No tenía ánimos de escuchar nada de ella en ese momento. Con un suspiro pesado, apagó el celular, buscando silencio, alejarse de cualquier cosa que pudiera perturbar su mente.
Volvió su mirada hacia la habitación de huéspedes, donde Izumi aún dormía. Su cuerpo, tan agotado, parecía encogido por la tensión acumulada. Aunque estaba descansando, su postura reflejaba las cicatrices de un dolor profundo que no parecía dispuesta a abandonar. Takuya observaba desde la distancia, sintiendo cómo la tristeza lo envolvía con cada respiración.
El remordimiento y la impotencia lo invadieron. Había querido tanto estar a su lado, acompañarla, ser su apoyo, pero el tiempo perdido lo aplastaba. Se había sentido tan impotente al descubrir que ella había sufrido en silencio, sin poder ofrecerle consuelo ni consuelo. Durante años, Izumi había pensado que su culpa había causado la pérdida de su hija, cuando la verdad era que el dolor de esa situación era algo que nadie, ni ella ni él, podía haber evitado.
Takuya cerró los ojos un momento, dejando que el peso de sus pensamientos se filtrara en su pecho. No podía cambiar el pasado. Eso lo sabía. Pero entendía perfectamente por qué Izumi había tomado esa decisión. El dolor de perder a Yutaka, la angustia de no haberse cuidado, la terrible noticia del embarazo... Todos esos golpes que se sumaron en su vida la hicieron sentir que la culpa la consumía. Y al final, ese dolor acumulado la había llevado a la soledad, a un sufrimiento del que nadie sabía.
No es su culpa, pensó con firmeza, repitiéndolo para sí mismo como un mantra. Pero a la vez, comprendía el peso de lo que Izumi había vivido, cómo había tenido que cargar con todo eso sola. Takuya deseaba, con cada fibra de su ser, haber estado ahí para ella, haberla sostenido cuando más lo necesitaba. La frustración se mezclaba con el dolor, mientras su mente seguía dando vueltas en un torbellino de emociones encontradas.
Sabía que no podía quitarle el dolor, ni rescribir el pasado, pero también sabía que la única forma de ayudarla ahora era brindarle paciencia, darle tiempo para sanar a su propio ritmo. No podía apresurar su proceso, pero sí asegurarse de que nunca estuviera sola en él.
Con un suspiro, Takuya levantó la taza de café frío hasta sus labios, pero el amargor de la bebida se sintió como un eco de la amargura que rondaba su pecho. Mientras la taza se vaciaba lentamente, sus pensamientos volvían a Izumi, a la habitación en donde ella descansaba. Ojalá pudiera hacer más, pensó, pero entendió que la sanación de Izumi era un camino que solo ella podría recorrer. Aunque no estaba sola, Takuya lo sabía, pero la batalla interna que ella libraba solo podía ser suya
Takuya cerró los ojos, intentando procesar todo lo que había estado dando vueltas en su mente. Los recuerdos de la conversación de anoche con Izumi, su sufrimiento, la culpa que ella cargaba... Todo parecía una nube pesada que no quería despejarse. Pero entonces, el sonido de una puerta abriéndose lo sacó de sus pensamientos. Abrió los ojos, y ahí estaba Izumi, saliendo de la habitación.
Una sonrisa se le escapó sin querer al ver su apariencia. Izumi estaba desordenada, con el cabello despeinado y el maquillaje corrido, señal de la noche difícil que había pasado. Su rostro mostraba lo que Takuya reconocía como el cansancio de no haber dormido bien, los ojos hinchados por las lágrimas de la madrugada, pero aún así, para él, en ese momento, ella era hermosa.
Su rostro, a pesar de todo, irradiaba una vulnerabilidad que Takuya no pudo evitar admirar. No era solo el dolor lo que se reflejaba en ella, sino también una fuerza interna que él sabía que nunca la abandonaría, aunque a veces pareciera que lo hacía.
Izumi se detuvo al verla salir de la habitación, todavía un poco desorientada, y Takuya la observó en silencio. A pesar de todo, a pesar de las lágrimas, el cansancio y el desorden, Izumi seguía siendo la mujer que había conquistado su corazón. Su presencia, aunque silenciosa, era lo único que Takuya necesitaba para sentir que, de alguna manera, todo iba a estar bien.
Izumi le dirigió una mirada somnolienta, sin darse cuenta aún de lo que sucedía, y Takuya, con ternura, contuvo una risa suave, la cual se escapó al ver lo adorable que ella se veía, incluso en su estado más vulnerable.
— Buenos días... —murmuró él, su voz aún cargada de una calidez que solo ella provocaba.
—Buenos días será para ti, — respondió Izumi, con la voz rasposa y una mano sosteniéndose la frente. — ¿Tú no tienes resaca? A mí la cabeza parece que me va a explotar.
Takuya dejó escapar una leve risa, divertida por su queja. "¿Y cómo no? Anoche tomaste demasiado... y súmale que te fuiste a dormir como a las seis de la mañana. Luego..."
Se detuvo al ver cómo Izumi lo miraba. La sonrisa de Takuya se desvaneció al instante, porque en los ojos de ella pudo ver la comprensión, el reconocimiento de lo que estaba por decir. No hacía falta que terminara la frase; ambos sabían a qué se refería.
Izumi desvió la mirada hacia el suelo. Aunque el alcohol había nublado un poco sus sentidos la noche anterior, recordaba todo con una claridad dolorosa. Recordaba cómo, entre palabras temblorosas y lágrimas, le había confesado a Takuya el secreto que llevaba años atormentándola. Ese peso que había guardado tan dentro de ella, que había dejado que la consumiera en silencio, había salido a la luz.
Un nudo comenzó a formarse en su garganta, y tragó con dificultad, intentando mantener la compostura. "Lo siento..." murmuró casi en un susurro, sin levantar la vista.
"¿Por qué te disculpas?" Takuya preguntó suavemente, dando un paso hacia ella.
Izumi se cruzó de brazos, en un intento de protegerse de la vulnerabilidad que sentía. "Por habértelo dicho así... por no haberte contado nada antes..." Su voz temblaba, pero no podía detenerse. "No era justo para ti cargar con algo que yo decidí callar tanto tiempo. Ni siquiera sé por qué lo hice..."
Takuya negó con la cabeza, acercándose lo suficiente para estar frente a ella. "Izumi, no tienes que disculparte. Sé que fue difícil para ti... Sé que necesitabas tu tiempo para procesarlo, y ahora que lo sé, estoy aquí. No quiero que sientas que tienes que cargar con eso sola otra vez."
Ella levantó la vista lentamente, encontrándose con los ojos de Takuya, llenos de comprensión y calidez. "Es que no lo entiendes..." dijo, con un hilo de voz. "Yo... Yo me siento responsable. No me cuidé, no escuché a los demás, y por eso..."
"Por eso nada." La interrumpió Takuya, su tono firme pero gentil. "Izumi, ya no puedes seguir castigándote por eso. Nadie, ni tú, ni yo, ni Yutaka, nadie, podría haber controlado lo que pasó. No fue tu culpa."
Izumi sintió cómo una lágrima resbalaba por su mejilla, y rápidamente se la secó con la mano. Quería creerle, quería dejar de cargar con ese peso, pero las palabras de Takuya chocaban contra años de culparse a sí misma.
"Es fácil decirlo..." murmuró.
"No," respondió él con seriedad. "No es fácil. Pero es necesario. Tienes que permitirte perdonarte, Izumi. Sé que no es algo que puedas hacer de la noche a la mañana, pero no voy a dejarte sola en esto. Voy a estar aquí, incluso si toma años."
El silencio entre ellos fue pesado pero reconfortante, mientras Izumi intentaba procesar lo que acababa de escuchar. Por primera vez en mucho tiempo, sintió una chispa de alivio, aunque todavía no estaba lista para dejarse llevar por completo.
"Gracias..." dijo finalmente, con voz quebrada.
Takuya esbozó una leve sonrisa, con esa mezcla de ternura y admiración que siempre le inspiraba. "De nada. Ahora, ¿quieres algo para el dolor de cabeza? Te preparo un té, aunque creo que lo que más necesitas es un buen desayuno."
Izumi dejó escapar una risa suave, casi imperceptible, pero suficiente para que Takuya sintiera que tal vez, solo tal vez, habían dado un pequeño paso hacia la sanación.
El sábado transcurrió lentamente, como si el mundo se hubiese detenido en ese pequeño departamento. Para Izumi, esa pausa inesperada fue un alivio que no sabía que necesitaba. Desde la confesión de la noche anterior, sentía que algo dentro de ella se había desbloqueado, aunque aún quedaban cicatrices abiertas.
Takuya le preguntó si quería quedarse un rato más. No lo hizo con insistencia, sino con una suavidad que le dejó espacio para decidir.
—Si te sientes cómoda, claro.
Izumi lo miró mientras abrazaba la taza de té que él le había preparado, el vapor cálido acariciando su rostro. Se tomó un momento antes de responder.
—Sí... Creo que me vendría bien.
La sinceridad en sus palabras la sorprendió. Había algo en estar con Takuya que hacía que la soledad que la asfixiaba retrocediera, aunque solo fuera un poco. Esa sensación la desconcertó, pero no la rechazó. Se quedó.
—Voy a buscarte algo de ropa cómoda —dijo él, levantándose del sofá con su habitual actitud despreocupada.
Le ofreció una camiseta amplia y un par de pantalones deportivos, ambos claramente demasiado grandes para ella, pero prácticos.
—El baño está al fondo, a la derecha. Tómate tu tiempo.
Izumi asintió con una ligera sonrisa y desapareció tras la puerta. Una vez sola, dejó caer la ropa en el borde del lavabo y se miró al espejo. Su reflejo era un recordatorio cruel de las lágrimas y el agotamiento que llevaba acumulando. Con un suspiro, abrió la ducha y dejó que el agua caliente cubriera su piel. Por primera vez en días, se permitió relajarse, sintiendo cómo el calor calmaba su cuerpo tenso y, por un momento, también su mente.
Mientras tanto, Takuya se ocupó de ordenar un poco el departamento. No era necesario, pero la rutina le ayudaba a calmar sus propios pensamientos. Desde el salón, podía escuchar el leve murmullo del agua corriendo y sonrió para sí mismo. Izumi necesitaba esto; necesitaba un respiro.
Cuando ella salió del baño, llevaba la ropa de Takuya, que le quedaba grande pero le daba una apariencia cómoda y desenfadada. Izumi parecía más ligera, como si el peso de las últimas horas hubiese disminuido, aunque no desaparecido del todo.
Prendió su celular por primera vez en todo el día y vio que estaba saturado de llamadas y mensajes. Su madre había intentado contactarla incansablemente. Con un suspiro, decidió devolverle la llamada.
—¡Izumi! —la voz de su madre sonó al instante, entre el reproche y la preocupación—. ¿Dónde has estado? Estaba preocupadísima. ¿Por qué no avisaste que no ibas a volver a casa?
—Mamá, lo siento mucho. Estuve mal por no avisarte... Pero estoy bien. Estoy con Takuya.
Hubo un silencio breve al otro lado de la línea. Luego, su madre suspiró con alivio.
—¿Con Takuya? Bueno... Me tranquiliza saber que estás con él. ¿Te quedarás mucho tiempo?
—Sí, un rato más. Necesitaba... despejarme.
—Está bien. Pero no me dejes sin noticias otra vez, ¿de acuerdo?
—Lo prometo. Gracias, mamá.
Cuando colgó, Izumi dejó escapar un suspiro. Aunque pequeño, había sido un paso para aliviar la culpa que sentía por preocupar a su madre.
—¿Todo bien? —preguntó Takuya desde la cocina, apareciendo con dos menús en la mano.
Izumi asintió, dejando el celular sobre la mesa.
—Sí, todo bien. Mi madre se tranquilizó.
—Perfecto —dijo él, extendiéndole los menús—. Ahora, ¿qué quieres comer? Tengo hambre, y créeme, no querrás probar mi cocina.
Izumi rió suavemente. Esa risa la tomó por sorpresa, como si su cuerpo hubiese recordado algo que hacía mucho no experimentaba. —Lo que tú elijas estará bien.
Takuya pidió comida para llevar, y cuando llegó, la tarde comenzó a teñirse de algo que Izumi no había sentido en mucho tiempo: calma. Hablaron de cosas simples, recordaron anécdotas del pasado, y vieron una película que ambos terminaron ignorando entre risas y comentarios absurdos.
Para Izumi, era desconcertante cómo, en ese pequeño departamento, rodeada de cajas de comida y con Takuya a su lado, volvía a sentirse un poco viva. Había un calor en su pecho que no sabía si debía rechazar o abrazar. Por primera vez en años, el peso que cargaba parecía menos opresivo.
Al final del día, mientras miraba las luces de la ciudad desde la ventana del salón, sintió una chispa de confusión mezclada con alivio. ¿Es posible volver a sentir algo parecido a la felicidad, incluso después de todo lo que pasó?
Takuya apareció con dos tazas de té, interrumpiendo sus pensamientos.—Aquí tienes. Aunque tal vez deberías pasar a algo más suave después de tanto vino de anoche.
Takuya tomó un sorbo de su té mientras observaba a Izumi. Había algo en ella, en la forma en que sus ojos parecían perderse en algún lugar lejano, que le decía que no todo estaba bien.
—Gracias, Takuya... Por este día. —La voz de Izumi era suave, casi un susurro. Sus palabras cargaban sinceridad, pero también un dejo de melancolía que no pasó desapercibido para él.
—No tienes que agradecerme nada. Me alegra verte reír de nuevo. —Takuya sonrió con calidez, pero entonces notó cómo la expresión de Izumi cambiaba, su mirada se tensaba, y algo en su postura se encogió ligeramente.
Ella dejó la taza sobre la mesa y respiró hondo antes de hablar.
—Creo que ya debería volver a casa.
Takuya frunció el ceño ante la forma en que lo dijo. No era solo una declaración; había algo en su tono, una mezcla de resignación y... algo más. Preocupación.
—¿Quieres volver a casa o sientes que deberías volver? —preguntó con cautela, inclinándose hacia ella.
Izumi levantó la vista hacia él, sus ojos mostraban una lucha interna. Dudó un momento, pero la mirada insistente de Takuya era imposible de esquivar.
—No es que no quiera estar con ellos. Amo a mis padres... —empezó a decir, su voz temblorosa. Hizo una pausa, como si intentara encontrar las palabras adecuadas—. Pero me siento asfixiada con ellos.
Takuya la miró, sorprendido pero sin interrumpir. Quería dejarla hablar.
—Desde que Yutaka... —su voz se rompió un instante, pero se obligó a continuar—. Desde que él murió, mis padres han estado encima de mí todo el tiempo. No hay un momento en el que me dejen sola. Y entiendo por qué lo hacen. Sé que están preocupados, sé que quieren cuidarme, pero...
Izumi bajó la mirada, sus dedos jugando nerviosamente con el dobladillo de la camiseta de Takuya.
—Esa sobreprotección me hace sentir... no sé... como si no pudiera respirar.
Takuya asintió lentamente, procesando sus palabras. No había enojo en su rostro, solo comprensión.
—¿Se los has dicho?
Ella negó con la cabeza rápidamente.
—No puedo. No quiero herirlos. Sé que lo hacen porque me aman y porque quieren lo mejor para mí, pero... —Hizo una pausa, luchando contra las lágrimas que amenazaban con caer—. Estar en esa casa, rodeada de su constante preocupación, solo me recuerda todo lo que perdí.
Takuya tragó saliva, entendiendo lo que Izumi quería decir, pero también sintiendo una punzada de tristeza por la carga que ella llevaba sola.
Takuya asintió lentamente, procesando sus palabras. No había enojo en su rostro, solo comprensión.
—Izumi... —dijo suavemente, inclinándose un poco hacia ella—. Es normal que te sientas así. No significa que no los ames ni que seas desagradecida. Solo significa que necesitas un espacio para ti, para procesar todo a tu manera.
Izumi lo miró, sus ojos llenos de incertidumbre pero también con una chispa de algo más, tal vez determinación.
—Es justo lo que estoy pensando hacer —admitió después de un momento de silencio—. Pero antes necesito dinero, y para eso... un trabajo.
Takuya frunció el ceño, intrigado.
—¿Tienes algo en mente?
Izumi asintió lentamente.
—Quiero volver al modelaje. Es lo que sé hacer y lo que me permitiría ahorrar para irme a vivir sola. Pero sé que va a llevar tiempo... No es fácil encontrar una marca que quiera contratarte como su imagen, menos después de haber estado fuera tanto tiempo.
Takuya la miró con una mezcla de admiración y preocupación. Admiraba su voluntad de tomar las riendas de su vida, pero sabía lo difícil que podía ser ese camino. Se recostó un poco, tomando su taza y pensando. Mientras bebía un sorbo, una idea comenzó a formarse en su mente.
—Podría funcionar... —murmuró para sí mismo, su mirada perdida por un momento.
—¿Qué podría funcionar? —preguntó Izumi, frunciendo ligeramente el ceño.
Takuya volvió a la realidad, mirándola fijamente. Dudó un momento, debatiéndose internamente sobre si era lo correcto, pero finalmente decidió hablar.
—Tengo una idea —empezó, su tono un poco más serio—. No sé si te va a gustar, pero... quiero ayudarte.
Izumi lo miró con atención, su curiosidad evidente.
—¿De qué estás hablando?
Takuya tomó aire, apoyando la taza sobre la mesa antes de continuar.
—Tengo una habitación libre aquí en el departamento. No la uso para nada, y es bastante cómoda. Si quieres, puedes mudarte conmigo.
Izumi abrió los ojos con sorpresa. No era lo que esperaba escuchar.
—¿Qué?
—Piensa en ello, Izumi. —Takuya se inclinó un poco hacia ella, su tono era directo pero amable—. No tienes que preocuparte por la renta ni por estar rodeada de tanta presión. Podrías tener tu propio espacio mientras buscas estabilizarte. Y si decides volver al modelaje, podrías enfocarte en eso sin tantas distracciones.
Ella lo miró, procesando sus palabras. Parte de ella quería decir que no inmediatamente, pero otra parte sabía que lo que Takuya proponía tenía sentido.
—No quiero ser una carga para ti... —dijo en voz baja, con la mirada fija en sus manos.
—No serías una carga. —Takuya negó con firmeza—. Lo digo en serio, Izumi. Esta casa ya es demasiado grande para mí solo, y tú necesitas un respiro. Si eso puede ayudarte, entonces para mí vale la pena.
Hubo un silencio entre ambos, uno que se llenó con la mezcla de emociones que pasaban por el rostro de Izumi. Finalmente, ella levantó la mirada.
—Takuya... No sé qué decir.
—Dime que lo vas a pensar. —Sonrió, relajando un poco el ambiente—. Eso es todo lo que te pido.
Izumi asintió lentamente, una pequeña sonrisa asomándose en sus labios.
—Está bien... Lo voy a pensar.
La sonrisa tranquila entre Izumi y Takuya llenó el ambiente por un momento más. Takuya se inclinó hacia ella, rodeándola con sus brazos en un abrazo cálido que tomó a Izumi por sorpresa, pero que no rechazó. En lugar de apartarse, cerró los ojos por un instante, sintiendo cómo el peso de las últimas semanas parecía aligerarse un poco en su presencia.
Por primera vez en mucho tiempo, la idea de estar acompañada no le resultaba asfixiante, sino reconfortante. Y, aunque aún no estaba lista para tomar una decisión, la idea de vivir con Takuya empezaba a resultarle más atractiva de lo que quería admitir.
Takuya, todavía abrazándola, abrió la boca para decir algo, pero un ruido lo interrumpió. El sonido de una puerta abriéndose de golpe hizo que ambos se separaran rápidamente. Sorprendidos, giraron hacia la entrada justo a tiempo para ver cómo una joven cruzaba el umbral del departamento con una expresión furiosa.
Era hermosa, de una manera intensa y casi intimidante. Su cabello negro, liso y perfectamente cuidado, enmarcaba un rostro fino con ojos azul intenso que parecían arder de ira en ese momento. Vestía con ropa ajustada y moderna, resaltando su figura, y su andar era rápido y decidido.
—¡¿De verdad, Takuya?! —exclamó con voz alta y cortante, cerrando la puerta con fuerza detrás de ella.
Takuya suspiró con exasperación, llevándose una mano a la frente.
—Kanna... —murmuró, ya anticipando el drama que venía.
Kanna, sin embargo, no le dio tiempo para explicaciones. Su mirada pasó rápidamente de Takuya a Izumi, y al instante su expresión se endureció aún más.
—Así que por esto no contestabas mis mensajes ni llamadas, ¿eh? —dijo con un tono cargado de resentimiento, señalando a Izumi con un movimiento de la cabeza. Su mirada era fría y acusatoria—. Por estar con esa perra, seguramente es tu nueva distracción.
Izumi, confundida, dio un paso atrás, mirando de reojo a Takuya, buscando algún tipo de explicación. Él, en cambio, se cruzó de brazos y miró a Kanna con severidad.
—No te debo explicaciones, Kanna —replicó, su voz firme pero controlada—. Y mucho menos cuando invades mi casa como si fuera tuya.
Kanna lo ignoró, dando un par de pasos hacia ellos.
—¿Es una nueva distracción, Takuya? ¿Eso es lo que pasa? ¿Te aburriste de todo lo demás y ahora estás con ella? —Su tono goteaba sarcasmo y enojo, mientras hacía un gesto despectivo hacia Izumi.
Izumi frunció el ceño, claramente incómoda.
—¿Quién eres tú? —preguntó, su voz tranquila pero cargada de confusión.
Kanna apenas le dirigió una mirada antes de regresar su atención a Takuya.
—¿Vas a explicarle quién soy o también vas a fingir que no tengo derecho a saber nada? —espetó.
Takuya respiró hondo, visiblemente frustrado.
—¡Kanna, basta! —exclamó, levantando un poco la voz—. No tengo que darte ninguna explicación porque no tienes derecho a irrumpir aquí como si nada. Y mucho menos a venir con tus acusaciones absurdas.
Kanna lo miró con incredulidad, herida pero aún furiosa.
—¿Así es como vas a manejarlo? ¿Esa es tu respuesta?
—Sí, y ¿sabes qué más? —continuó Takuya, su tono gélido—. Devuélveme ahora mismo la copia de mi llave. No tienes derecho a entrar cuando te plazca.
Kanna apretó los labios, claramente sorprendida por la firmeza en su tono. Durante unos segundos, la habitación quedó en un silencio incómodo, interrumpido solo por la respiración agitada de Kanna.
Izumi, atrapada entre la tensión de ambos, miraba de uno al otro, sin entender del todo la situación pero claramente afectada por la hostilidad en el aire. Finalmente, se aclaró la garganta, tratando de romper el silencio.
—Creo que será mejor que me vaya...
—No. —Takuya giró hacia ella, su tono firme pero suave—. No tienes que irte, Izumi.
Kanna lo miró, incrédula.—¿De verdad? ¿Así de poco importo?
Takuya cerró los ojos por un segundo antes de abrirlos, mirando directamente a Kanna.
—No se trata de eso. Pero estás cruzando límites que no deberías. Y ahora mismo, Izumi no tiene nada que ver contigo ni conmigo.
Takuya cerró los ojos por un segundo antes de abrirlos, mirando directamente a Kanna.
—No se trata de eso. Pero estás cruzando límites que no deberías. Y ahora mismo, Izumi no tiene nada que ver contigo ni conmigo.
Kanna lo miró, sorprendida. Su expresión pasó de incredulidad a furia en cuestión de segundos. Sus ojos azules se clavaron en Izumi como dagas, y entonces algo pareció encajar en su mente.
"Ella es Izumi..." pensó, mientras un torrente de emociones la atravesaba. Lo sabía perfectamente. Había escuchado ese nombre antes, había visto los rastros de esa mujer en las palabras de Takuya, en sus silencios, en los momentos en los que parecía ausente incluso estando a su lado. La rabia la consumió. Era ella. Era la mujer que siempre había tenido el corazón de Takuya, incluso cuando él decía que no quería compromisos.
Pero Kanna no se iba a dejar vencer, menos por Izumi.
—¡Por supuesto que tiene que ver! —exclamó Kanna, dando un paso adelante y señalando a Izumi con un dedo acusador—. ¡Es ella, ¿verdad?! Es la razón por la que siempre me mantenías a distancia, por la que nunca querías nada serio conmigo. ¡Es porque nunca la olvidaste!
Izumi parpadeó, sorprendida, mientras Takuya fruncía el ceño con fuerza.
—Kanna, basta. No tienes idea de lo que estás diciendo.
—¡No, no basta! —gritó ella, ignorándolo—. ¡Siempre fue ella! Desde el principio lo sabía. Podía verlo en la forma en que hablabas de ella, en cómo te ponías cuando alguien la mencionaba. ¿Por qué no tuviste el valor de decírmelo, Takuya? ¿Por qué me dejaste aquí, esperando algo que nunca iba a suceder?
—¡Kanna, para! —Takuya levantó la voz, su paciencia al límite—. Ya es suficiente.
Kanna lo miró, respirando con dificultad, como si estuviera tratando de contener las lágrimas.
—¿Es suficiente? ¿Eso es todo lo que tienes que decir? ¿De verdad vas a elegirla... después de todo?
Takuya apretó los labios, sus ojos oscuros llenos de determinación.
—Esto no es una elección, Kanna. Esto no tiene nada que ver contigo o con Izumi. Tiene que ver con que estás actuando de una forma que no puedo tolerar.
Kanna soltó una risa amarga.
—¿No puedes tolerar? ¿En serio? ¡ Tu fuiste quien me dio ilusiones!
Takuya respiró profundamente, tratando de mantener la calma.—Desde el principio fui claro contigo, Kanna. Te dije que no estaba listo para nada serio. Te dije que si querías estar conmigo, era bajo esa condición. Fuiste tú quien aceptó.
—¡Pero eso no era lo que me demostrabas cuando me tocabas y me hacías el amor! —gritó ella, con los ojos brillantes por las lágrimas contenidas—. Incluso una vez me dijiste que me querías.
Izumi sintió un nudo en el estómago al escuchar esas palabras. "Me hacías el amor", repitió en su mente. Esa frase la golpeó más de lo que esperaba. Un mal sabor, una punzada de molestia se apoderó de ella, algo que no había anticipado. Aunque trató de no mostrarlo, su expresión se tensó involuntariamente, sintiendo como si algo dentro de ella se hubiera roto.
Izumi observaba la escena, incómoda y tensa. Sentía ganas de irse, pero al mismo tiempo no quería dejar a Takuya solo con Kanna, no en ese estado de exaltación. Algo en la forma en que ella se comportaba la inquietaba; temía que pudiera hacerle algo a Takuya.
Takuya notó la expresión de Izumi, sus ojos asustados y su postura rígida. Suspiró, dirigiendo su mirada nuevamente hacia Kanna.
—Es mejor que te vayas, Kanna. Cuando estés más tranquila, hablamos —dijo con firmeza. Luego, miró de reojo a Izumi antes de agregar—: Y cuando estemos solos.
Kanna frunció el ceño, apretando la mandíbula con fuerza. Tenía tantas cosas que quería decirle, pero decidió callar. Era inteligente y sabía que, si seguía presionando, corría el riesgo de perderlo para siempre, y eso era lo que menos quería.
—Está bien... —murmuró, aunque su voz estaba cargada de resentimiento. Antes de irse, dirigió una mirada de desprecio hacia Izumi y salió del departamento sin decir más.
El ambiente quedó en silencio, tenso, como si el aire hubiera sido cortado. Takuya giró hacia Izumi, listo para explicarse, pero ella habló primero.
—No tienes que decirme nada, Takuya —dijo, su voz tranquila pero cargada de seriedad—. Es tu vida privada, tu intimidad, y no tengo por qué meterme. No me debes explicaciones. Más bien, creo que se las debes a ella.
mbos se quedaron en silencio por un momento, hasta que Izumi rompió el silencio. La miró fijamente, aún sintiéndose molesta, pero no entendía bien por qué.
—Bueno... Creo que fue mucho drama para un día. Lo mejor es que me vaya a casa y tú descanses. No has dormido nada —dijo, tratando de sonar tranquila, aunque su voz traicionaba una leve tensión.
Takuya la miró, su expresión cargada de remordimiento. No podía dejar de pensar en lo que había vivido Izumi, lo que había tenido que enfrentar.
—¿Te llevo a casa? —preguntó con suavidad, casi en un susurro.
Izumi negó con la cabeza, evitando su mirada.
—No, no te preocupes. En medio del drama, le pedí a mi papá que viniera a buscarme.
Takuya pudo notar lo seria que estaba Izumi, la forma en que se mantenía distante.
—Está bien. Izumi, piensa en lo que te ofrecí, y que lo que pasó con Kanna no influya en tu decisión. Por favor —dijo, apretando un poco los labios mientras la miraba con sinceridad.
Izumi lo miró por un momento, el gesto en su rostro mostraba que estaba considerando sus palabras. Aunque quería decir algo, simplemente asintió, sin agregar más. La tensión en el aire seguía presente, pero al menos, por un instante, todo parecía calmarse.
Izumi se despidió de Takuya con una sonrisa débil, aunque él sabía que aún había muchas cosas sin decir. Se dio la vuelta, salió del departamento y bajó por las escaleras. Al llegar a la calle, se subió al auto que su padre le había enviado para recogerla.
Desde el otro lado de la calle, al frente del edificio de Takuya, Kanna observaba desde su coche. Su mirada estaba fija en Izumi mientras salía del edificio, sin perder detalle de sus movimientos. Al verla subir al auto, la rabia y la frustración se apoderaron de ella. Apretó el volante con fuerza, los nudillos blancos, mientras una oleada de celos y odio se apoderaba de su mente.
"¿Así que ya se va?", murmuró para sí misma, su voz cargada de veneno. "No voy a dejar que me lo arrebates. No voy a dejar que esa... esa mujer se quede con él."
La rabia comenzó a hervir en su interior. Kanna sabía que Takuya tenía un cariño por Izumi, lo había visto en sus ojos, en sus gestos. Pero eso no la iba a detener.
"Haré lo que sea necesario... lucharía por él hasta el final", pensó con determinación, apretando aún más el volante. "No importa lo que tenga que hacer, Takuya será mío."
Su mirada se endureció mientras observaba cómo el auto de Izumi se alejaba, y en su interior, juró que no dejaría que nadie, ni siquiera Izumi, le quitara lo que ella consideraba su derecho.
El domingo pasó lento para Takuya. A pesar de que había intentado relajarse y dejar de pensar en lo sucedido con Kanna, la frustración seguía dándole vueltas en la cabeza. No entendía por qué Kanna había tenido que aparecer en ese momento, arruinando lo que había sido un día casi perfecto con Izumi. Se sentía molesto, no solo por el drama de Kanna, sino también por cómo había afectado su relación con Izumi. Todo se había complicado de manera innecesaria, y eso lo hizo sentir impotente.
Decidió ignorar a Kanna ese día. No tenía ganas de enfrentarse a ella ni de escuchar sus reclamos. Sabía que cuando su enojo disminuyera, tendría que hablar con ella y ponerle un alto definitivo a lo que estaba pasando entre ellos. Si seguía así, la situación solo empeoraría.
Mientras tanto, Takuya se concentró en intentar mantener la paz con Izumi. Le envió varios mensajes durante el día, queriendo saber cómo se sentía, pero sus respuestas fueron cortantes y frías. Cada palabra que Izumi escribía parecía una barrera más que la separaba de él. Su frustración creció más al ver que ella no se abría como antes.
Izumi, por su parte, se sentía completamente confundida. Todo lo que había sucedido en los últimos días la había dejado emocionalmente agotada. No entendía bien por qué había reaccionado de esa manera con Takuya. Había sido un día tan especial, y de repente, Kanna había intervenido y hecho todo mucho más complicado. A pesar de eso, había algo dentro de ella que no podía dejar de sentir, algo que ni ella misma entendía del todo.
Se molestó con Takuya, pero no sabía por qué. Aún así, cada vez que veía su nombre en la pantalla de su teléfono, no podía evitar responderle de manera cortante. Sus respuestas eran breves y sin emoción, lo que frustraba aún más a Takuya. Pero lo que más le incomodaba era que, aunque le molestaba, no podía dejar de contestar sus mensajes. Era como si necesitara algún tipo de contacto con él, aunque no supiera cómo manejar lo que sentía.
Ambos estaban atrapados en un torbellino de emociones no resueltas, incapaces de comunicar lo que realmente sentían, pero al mismo tiempo, incapaces de dejar de pensar el uno en el otro.
Era lunes por la mañana, y Kouichi estaba en el hospital, sentado frente a una mesa en la sala de archivos, concentrado en un historial médico. El ambiente tranquilo de la mañana le permitía repasar los detalles con calma, pero esa serenidad se rompió en cuanto un aroma dulce y floral llegó a su nariz.
Ese perfume lo conocía bien. Kouichi levantó la vista, y ahí estaba: Ayemi, caminando por el pasillo con paso ligero, llevando un par de expedientes en la mano.
Ayemi era inconfundible. Su cabello rojizo caía en suaves ondas que le enmarcaban el rostro, y sus ojos marrones claros, cálidos y expresivos, siempre parecían tener un brillo especial. Su sonrisa, amplia y sincera, era suficiente para iluminar cualquier lugar en el que estuviera, y su estatura baja le daba un aire aún más adorable.
Aunque su apariencia era encantadora, lo que más destacaba de ella era su personalidad. Ayemi era enérgica, atenta y siempre sabía cómo hacer sentir cómodos a los demás. A pesar de lo demandante que era su trabajo como enfermera, encontraba la forma de bromear o soltar un comentario que aliviaba la tensión de cualquier situación.
Sin embargo, para Kouichi, su presencia no era precisamente tranquilizadora. Su corazón comenzó a latir con fuerza, y una ola de nervios lo invadió.
Cuando Ayemi giró la cabeza y lo vio, le dedicó una sonrisa cálida que lo dejó completamente desarmado.
"Solo dile algo sencillo, 'buenos días'… No es tan difícil", pensó Kouichi, mientras se levantaba apresuradamente de su silla. Pero cuando abrió la boca, todo salió mal.
—¡Ah! Eh… ¡Ho-Hola, Ayemi! Yo… eh… estaba revisando… esto… y ehh… tú… ehh… ¡Buenos días!— tartamudeó, señalando el expediente en su mano de forma torpe.
Ayemi lo observó, claramente divertida.
—¿Estás bien, Kouichi?— le preguntó con una pequeña risa, inclinando un poco la cabeza.
Kouichi tragó saliva, intentando controlar sus nervios.
—Sí… sí, claro. Yo… ehh… estoy… trabajando— balbuceó, con la cara completamente roja.
Ayemi dejó escapar una risa ligera, no para burlarse, sino porque realmente encontraba adorable la torpeza de Kouichi.
—Bueno, no quiero interrumpirte demasiado— comentó, todavía sonriendo—. Pero, ¿podrías hacerme un favor? Necesito que le pidas a mi titular que modifique la medicación de mi paciente. Ya lleva varios días sin fiebre, y creo que es hora de ajustarla.
Kouichi asintió rápidamente, como si sus palabras fueran una orden que debía cumplir de inmediato.
—Sí… sí… claro, ¡por supuesto!— respondió, aunque su tono era más alto de lo normal.
Ayemi le entregó el historial y le agradeció con otra de sus deslumbrantes sonrisas.
—Gracias, Kouichi. Eres un amor— dijo, guiñándole un ojo antes de girarse para irse.
Kouichi, paralizado, no pudo evitar quedarse mirándola mientras se alejaba. Pero, en su apuro por apartarse del lugar antes de hacer el ridículo nuevamente, se golpeó con la esquina de la mesa, dejando escapar un quejido ahogado. Ayemi volteó, le lanzó una mirada divertida, y luego siguió su camino.
Unos minutos más tarde, mientras Kouichi se alejaba del pasillo, todavía murmurando cosas como "¡Qué tonto soy!", se encontró con Kouji, quien llevaba una bolsa en la mano.
—¡Kouichi!— llamó Kouji, alcanzándolo rápidamente.
Kouichi apenas lo miró, todavía demasiado distraído por su interacción con Ayemi.
—Te olvidaste de tu desayuno otra vez. En serio, ¿cuántas veces tengo que salvarte en la semana?— dijo Kouji, entregándole la bolsa.
—Ah… gracias, hermano…— murmuró Kouichi, mirando hacia el piso.
Pero entonces, el perfume volvió. Kouichi levantó la cabeza justo a tiempo para ver a Ayemi regresar por el pasillo, y esta vez fue Kouji quien se quedó congelado.
—Ayemi— saludó Kouji, su tono más animado de lo normal.
—¡Kouji!— respondió ella con una sonrisa amplia, deteniéndose frente a él.
—¿Cómo estás?— preguntó Kouji, inclinándose ligeramente hacia ella.
—Bien, gracias. ¿Y tú?— respondió Ayemi, sintiendo un leve calor en sus mejillas.
—Vine a traerle el desayuno a este distraído— dijo, señalando a Kouichi con un gesto despreocupado—. Lo olvidó otra vez.
Ayemi rió suavemente, sacudiendo la cabeza.
—Tu hermano siempre ha sido así. Es muy distraído— comentó, mirándolo de reojo.
Kouji dejó escapar una pequeña risa.
—Toda la vida— respondió, devolviendo la mirada.
Ambos intercambiaron una sonrisa que, aunque parecía casual, tenía algo más en el fondo, algo que ninguno de los dos estaba dispuesto a reconocer todavía.
Finalmente, Ayemi, un poco nerviosa, apartó la vista y se ajustó un mechón de cabello.
—Bueno, debo volver al trabajo. Nos vemos luego— dijo, alejándose rápidamente.
Kouji la observó irse, sin poder evitar que una sonrisa suave se quedara en su rostro. Mientras la veía desaparecer por el pasillo, un pensamiento fugaz cruzó su mente, y una ligera sonrojez apareció en sus mejillas.
Kouichi, por su parte, miró a su hermano en silencio, sintiendo una incomodidad que no podía explicar.
Mientras tanto, en la casa de la familia Himi había un aire de melancolía que Izumi sintió de inmediato al entrar. Cada rincón parecía susurrarle recuerdos de Yutaka. La disposición de los muebles, las fotos en las paredes y el aroma del té que la señora Himi siempre preparaba la transportaron a un tiempo en el que todo parecía más simple, más lleno de vida.
La señora Himi la recibió con una sonrisa cálida, envolviéndola en un abrazo firme.
—Izumi, gracias por venir. Me hace muy feliz tenerte aquí—dijo con una dulzura que solo podía venir de una madre.
—Gracias por invitarme, señora Himi—respondió Izumi, devolviendo el abrazo con afecto sincero.
La llevaron al comedor, donde una mesa perfectamente dispuesta la esperaba: tostadas recién hechas, mermeladas caseras, fruta fresca y un té aromático que tanto le gustaba a Yutaka. Izumi se sentó, aunque su mirada se desviaba constantemente hacia un cuadro en la pared, una foto de Yutaka riendo durante uno de sus cumpleaños.
—Siempre me gustó esa foto—dijo Izumi suavemente, casi en un murmullo—. Esa sonrisa…
La señora Himi giró para mirar el cuadro y suspiró, cargada de nostalgia.
—Sí, es una de mis favoritas. Ese día estaba tan feliz… o al menos, eso creíamos. Ahora me doy cuenta de que quizá estaba ocultando cómo se sentía en realidad.
Izumi sintió un nudo en la garganta. Acarició su taza de té con las manos, buscando las palabras correctas.
—Él siempre quiso hacerla feliz—murmuró—. Quería que estuviera orgullosa de él.
La señora Himi apretó los labios, como si contuviera una emoción que no quería dejar salir.
—Lo sé, pero ahora entiendo que le pedí demasiado… que le exigí cosas que tal vez no eran para él. No se lo dije suficiente, pero siempre estuve orgullosa de Yutaka, incluso cuando decidió seguir su corazón con la música.
Izumi extendió una mano para tocar la de la señora Himi.
—Él lo sabía. Yutaka sabía cuánto lo quería.
La señora Himi le devolvió un apretón suave y asintió, pero sus ojos traicionaban la tristeza que llevaba dentro. Para aligerar el ambiente, Izumi cambió de tema.
—Quería contarle algo… Takuya me ofreció quedarme en su departamento mientras ahorro para mudarme por mi cuenta.
La expresión de la señora Himi cambió de inmediato. Sus cejas se fruncieron ligeramente, y su tono adquirió un matiz de preocupación.
—¿Vivir con Takuya?
Izumi notó la tensión en su voz y asintió, tratando de sonar despreocupada.
—Solo sería algo temporal, hasta que pueda estabilizarme económicamente.
La señora Himi suspiró profundamente, dejando la taza en la mesa.
—Izumi, sé que Takuya ha sido un gran apoyo para ti y Tomoki. Le estoy agradecida por cómo los ha cuidado todos estos años. Pero no creo que sea una buena idea…
Izumi frunció el ceño, confundida.
—¿Por qué no?
La señora Himi se tomó un momento antes de responder, como si midiera sus palabras con cuidado.
—Por muchas razones, Izumi. La primera… Yutaka siempre fue celoso de tu relación con Takuya. ¿Recuerdas la primera pelea seria que tuvieron?
Izumi parpadeó, sorprendida, mientras un recuerdo enterrado emergía de su mente.
—Fue por Takuya—continuó la señora Himi, con un tono más severo—. Yutaka me lo confesó. Se sentía incómodo con lo cercanos que eran ustedes. Él sabía que antes de estar juntos, tú y Takuya tuvieron algo, que hubo sentimientos entre ustedes.
Izumi sintió como si el aire se volviera más denso.
—Eso fue antes de Yutaka—replicó, aunque su voz sonó más insegura de lo que pretendía.
—Tal vez fue antes—dijo la señora Himi, fijando su mirada en ella—, pero esos sentimientos estuvieron ahí, y Yutaka lo sabía. A él siempre le preocupó que esa conexión entre ustedes fuera más fuerte de lo que querían admitir.
Izumi se quedó en silencio, apretando los labios. Las palabras de la señora Himi resonaban en su cabeza, llenándola de una confusión que no había sentido en mucho tiempo.
—Izumi, no estoy juzgándote—agregó la señora Himi, con un tono más suave—. Pero tienes que ser consciente de cómo esto podría percibirse. Compartir un espacio con Takuya, tan pronto después de perder a Yutaka… podría traer más problemas que soluciones.
Izumi miró hacia el cuadro de Yutaka. Su sonrisa, que solía reconfortarla, ahora parecía cargar con un peso invisible, como si él mismo estuviera juzgándola desde ese rincón de la habitación.
—Lo pensaré—dijo finalmente, con un hilo de voz.
La señora Himi asintió, aunque su preocupación no se desvaneció por completo.
—Hazlo. Y piensa en lo que Yutaka significaba para ti, en lo que él habría sentido. Solo quiero lo mejor para ti, Izumi, pero también quiero que recuerdes lo que fue importante para él.
Izumi asintió lentamente, incapaz de hablar más. Ambas retomaron la conversación hacia temas más ligeros, pero la sombra de Yutaka seguía presente, como un puente invisible entre ellas que nunca desaparecería.
