CAPÍTULO XVI. Reparo.
Sábado 06 de abril, 2002. 1:58 pm
Draco no había seguido literalmente las indicaciones de Theo. «Ve y búscala. Hoy mismo si es posible», le había ordenado hacía semana y media, pero por más que había intentado encontrar una razón para hacerlo esa misma tarde, no la había hallado. Él no tenía la valentía para aparecerse de la nada frente a ella y pedirle, mucho menos rogarle, que lo perdonara por su comportamiento idiota de años atrás.
Seguía reacio a aceptar que se había enamorado de ella. ¿Cómo o cuándo había ocurrido eso? No lo sabía… Pero unos recuerdos con sabor azúcar y ácido, y un beso en su mejilla, llegaban a su mente con frecuencia, culminando siempre con un apasionado beso en su oficina. Sin embargo, su corazón volvía a romperse al evocar una mirada triste después de una cena de cumpleaños, una carta sin respuesta, una sonrisa que se quedó en el aire. ¿Por qué no había sido capaz de reconocer como amor todo lo que ella generaba en su interior?
Luego de devolver todo a la normalidad en su oficina, o al menos lo que se había podido arreglar —nunca había murmurado tantos Reparo en su vida—, empezó a caminar de un lado para otro. Todos los recuerdos vividos con ella llegaban uno tras otro, una opresión invadiendo su alma. ¿Así era como dolía el amor? ¿Acaso el amor podía generar dolor como emoción? Dolor como cuando Hermione estaba muriendo en el piso de su mansión; emoción como cuando se la encontró en una tienda del Callejón Diagon, o cuando estuvieron sentados en un jardín una noche de verano, caminando de la mano hacia un parque…
Cada vez que intentaba racionalizar sus emociones, negar sus sentimientos, la imagen de Hermione se colaba en su mente, perturbando su lógica fría y calculadora. No puede ser amor, se repetía una y otra vez, mientras su corazón latía con fuerza al recordar la calidez de su tacto, de sus besos, de su sonrisa.
Se dejó caer en una silla, apoyando la cabeza entre sus manos. «No puede ser amor» repitió esta vez en un susurro desesperado. El amor implicaba vulnerabilidad, implicaba derribar las barreras que había erigido a lo largo de los años para protegerse. Y, sin embargo, cada vez que pensaba en ella, sentía esas barreras desmoronarse, una a una.
Ve y búscala. Hoy mismo si es posible.
¿Cómo se hacía eso? ¿Cómo podía enfrentarla, mirarla a los ojos y admitir lo que apenas podía admitir ante sí mismo?
Draco, por favor no me alejes. No después de lo que hemos vivido este mes.
Esas palabras, junto con la sonrisa que nunca llegó a sus labios cuando se despidieron en la chimenea, comenzaron a atormentarlo. Hermione le había confesado que, al principio, había creído imposible que entre ellos pudiera surgir algo. Pero ocurrió, y ella había dicho que lo que tenían era especial. Pese a eso, ante su súplica, él había hecho justo lo que ella le había pedido que no hiciera: había retrocedido. Había cedido al miedo, aterrado de lo que podría perder si se permitía ser vulnerable. ¿Sería alguna vez capaz de mandar todo y a todos al demonio y aceptar que solo con Hermione había sido feliz?
En todo caso, reflexionó después, era imposible que Hermione siguiera teniendo algún tipo de sentimiento por él, no después de la forma en que todo había terminado. Entonces, ¿qué ganaría buscándola? ¿Humillarse? No. No estaba dispuesto a eso. Y aún así, en silencio, estaba rogando porque ella no lo hubiera olvidado, que en algún lugar de ese valiente corazón todavía tuviera algo de cariño por él, o al menos, la capacidad de perdonarlo. Si ella ya no lo quería cerca, al menos necesitaba su perdón.
Para la noche, el conflicto interno lo estaba ahogando. Esa constante batalla entre la razón y el corazón que le había dejado su conversación con Theo lo estaba volviendo loco. Y aunque no sabía si tendría la fuerza para enfrentar a Hermione, sabía que no podía seguir viviendo en esa agonía; pero tampoco propiciaría un encuentro. Todo había empezado de manera casual, encuentros furtivos aquí y allá. A lo mejor debía salir de su cascarón y dejarle al destino saber que estaba dispuesto a lo que fuera.
Con la fuerte convicción de que las circunstancias que una vez lo unieron a ella lo volverían a cruzar en su camino, si era lo que estaba escrito en donde fuera que esas cosas se escribieran —las estrellas o la luna para los cursis—, regresó a Malfoy Manor justo cuando sus padres se retiraban a sus aposentos. Mejor aún. No se sentía con ganas de dar explicaciones por su humor, su aspecto o la huella que hubiera dejado su rabieta matutina.
Debido a lo tarde que era y que no había probado bocado desde el desayuno, le pidió a Cavell que le sirviera algo liviano. Luego, intentando borrar de su mente la imagen de Hermione de la mano con Ron Weasley, tomó una poción de sueño sin sueños y le pidió a quien lo escuchara en alguna parte que moviera los hilos del azar y lo acercaran de nuevo a ella, porque, de otra forma, no sabía cómo lo iba a hacer él.
Draco pensó que Merlín debía tenerlo en alta estima cuando, el viernes de esa semana, Daphne y Theo lo invitaron a cenar para contarle que, luego de muchos años, los Greengrass retomarían la tradición de celebrar la llegada de la primavera con una fiesta en los hermosos jardines de la mansión. Además, aprovecharían la ocasión para anunciar el compromiso matrimonial de la menor de la familia.
—Tienes que ir, Draco —dijo Daphne con tono amenazante—. No acepto una negativa tuya. Hace años que no hacemos nada de esto, y Astoria está feliz organizando todo con ayuda de nuestra madre. En realidad, todas estamos emocionadas.
—Será un gran evento donde acudirá toda la comunidad mágica —añadió Theo.
—Sí, incluso invitaremos a los Potter y compañía. Lo siento, Draquito, pero te aguantas. Ya sabes que ellos tienen mucha influencia en el ministerio, aparte de que son invitados del novio por ser compañeros en el trabajo. Ya sabes, todos se sienten una gran familia y esas cursilerías…
—¿Mestizos y nacidos de muggles en una fiesta de los Greengrass?
—Ya nadie se acuerda de eso, Draco, por Merlín… mucho menos cuando ves lo feliz que está mi hermanita con Justin.
—¿Con quién? —inquirió abriendo los ojos con sorpresa. El único Justin que recordaba era…
—Justin Finch-Fletchley —dijo Theo con calma, mientras troceaba su carne con un cuchillo y tenedor—, el chico de Hufflepuff que en segundo también fue petrificado por el basilisco, como Granger.
—¿Cómo sucedió eso? Astoria con un nacido de muggles… —preguntó Draco sin dar crédito a lo que oía. Aparte de que desconocía por completo que Astoria estuviera saliendo formalmente con alguien, Eileen y Thomas Greengrass siempre habían defendido la pureza de la sangre, aunque habían permanecido imparciales durante la Segunda Guerra Mágica.
—El amor, Draco —respondió su amiga poniendo ojos de enamorada—. Resulta que al final el amor es más fuerte que todo eso y, claro, unos padres dispuestos a ver a su hija feliz, sin importar nada más.
Draco seguía sin dar crédito a lo que oía y, viendo a Theo, en un mudo interrogatorio que entendió bien, el mago de ojos azules alzó las cejas en un claro mensaje de «te lo dije».
—¿Hace cuánto que están juntos? —quiso saber.
—Astoria necesitaba un traslador para ir a Milán, y Justin lo gestionó. Al parecer, fue amor a primera vista.
—Nauseabundo… —murmuró Draco, quien de inmediato fue víctima de una patada por debajo de la mesa por parte de Theodore, que casi lo hace escupir el trago de vino que acababa de beber.
—Nada de eso, Draco. Ve desempolvando el cravat y el sombrero de copa de tu bisabuelo.
—¿A qué te refieres con…?
Daphne chasqueó los dedos e hizo aparecer un sobre donde podía leerse: «Señor Lucius Malfoy y familia». Draco lo abrió y sacó la invitación.
.
La familia Greengrass se complace en
anunciar el compromiso matrimonial
de
Astoria y Justin.
Donde también celebraremos la
«Fiesta de la Floración de Primavera»
Sábado, 6 de abril de 2002. 6:00 p.m.
Mansión Greengrass, Glastonbury
Código de vestimenta:
Época de la Regencia
¡Esperamos contar con
su grata presencia!
.
Así que por eso, Draco se encontraba esa tarde de sábado, a punto de dirigirse a una ridícula fiesta, con un ridículo traje de regencia que había pertenecido a uno de sus antepasados. Consistía en una levita de terciopelo azul marino con solapas de seda y de faldones largos, un chaleco de seda color crema y una camisa de lino blanco de cuello alto y rígido que lo estaba ahorcando. No sabía que era más incómodo: si la camisa, el horrible y ajustado pantalón blanco, las botas altas de cuero negro o el pañuelo de seda marfil, cuyo elaborado nudo en su cuello lo sofocaba aún más.
Con los guantes de cuero blanco y un sombrero de copa alta en la mano, esperaba pacientemente a que sus padres se unieran a él para aparecerse juntos en los jardines de la Mansión Greengrass.
Lucius se acercó acompañado de Narcissa, vistiendo un traje similar al suyo, pero la levita y el pantalón color negros y un bastón en mano; por otro lado, su madre llevaba un vestido de seda de corte imperio color púrpura —el pigmento de la élite, por supuesto—, con encajes dorados y un hermoso moño trenzado que la hacían lucir más joven. El rostro del patriarca reflejaba el poco entusiasmo que tenía por participar en la actividad, pero sabía que Narcissa lo había amenazado para que asistiera. A veces era divertido ser testigo de ese juego de poder entre sus padres.
De todos modos, Draco tampoco estaba tranquilo: la posibilidad de encontrarse en pocos minutos con Hermione lo tenía más nervioso que nunca. Rogaba que ella hubiera aceptado la invitación de Justin como compañera de trabajo, aunque claro que corría el riesgo de encontrarla con Ron. Tal idea le había impedido comer cualquier cosa ese día. Si Hermione se había comprometido o no con Weasley, seguro lo sabría esa tarde, y de esa afirmación o negación dependía el resto de su vida.
La música clásica, tocada por un cuarteto de cuerdas y un clavecín, junto con la algarabía de todos los invitados que ya habían llegado, los recibió apenas pusieron un pie en la propiedad. Situada en Glastonbury, pueblo famoso por su belleza, la mansión se encontraba rodeada de colinas verdes y floridos prados, muy acorde para la fiesta que celebraba la primavera, tradición que tenían los Greengrass años atrás y que esa tarde retomaban.
Lucius y Narcissa se separaron de Draco, quien empezó a saludar a todos los que se topaba en su camino, buscando… No fue difícil divisarla una vez que dio con varios pelirrojos en un grupo. A su lado, también estaba Harry, quién sostenía con suavidad el brazo de su esposa Ginny, Neville con Hannah Abbott, Luna con Rolph Scamander, Dean con Parvati, y uno de los gemelos con… No recordaba los nombres —tampoco le interesaban—, todos vistiendo con trajes de época.
La mayoría de las mujeres iban con tonos blanco o crema, pero Hermione llevaba un vestido de muselina color aguamarina pastel que, de manera sutil, la hacía resaltar entre los demás invitados. Delicados bordados florales en tonos plateados adornaban el redondeado escote y las abullonadas mangas cortas; la banda de satén blanco se ceñía justo debajo del busto. Llevaba guantes largos de seda blanca que llegaban hasta el codo, zapatos de satén a juego con el vestido y una delicada sombrilla también de seda blanca. Su cabello estaba recogido en un moño alto, con rizos sueltos enmarcando su rostro y adornado con pequeñas flores blancas. En el cuello, un collar de perlas a juego con los pendientes y una pulsera fina de oro.
Su corazón se había acelerado al verla. Hermione se veía elegante, etérea y serena; era como un faro que lo guiaba muy lentamente a través de la marea de invitados. Draco sintió una súbita necesidad de hacerle saber que la había visto, que estaba ahí, por ella, pero… El problema es que ellos nunca se habían hablado en público. ¿Qué le diría si se acercaba? ¿Qué pretexto usaría?
Algo cerca de ellos divisó a Pansy con su elegante prometido Blaise —un compromiso que era más una alianza estratégica que amor—, disfrutando de la atención que provocaba su elección de un vestido color burdeos, un collar de rubíes y un extravagante e imponente anillo de diamantes. Los saludó con la mano, como estaba haciendo con todos los que se encontraba, entre ellos Evangeline con Marcus Flint, y siguió su camino hacia donde estaba la futura prometida, quien llevaba un vestido color verde esmeralda y sonreía feliz a todos quienes llegaban a felicitarla. Draco no dudó en acercarse a saludarla.
Astoria no era una chica con quien Draco se hubiera relacionado mucho, a pesar de su cercana amistad con Daphne, pero se alegraba que hubiera encontrado la felicidad después del leve enamoramiento que la joven había tenido con él. En una ocasión, se había mencionado la posibilidad de que se unieran en un compromiso matrimonial, pero esa idea se desvaneció cuando se hizo evidente que no tenían ninguna conexión emocional. Eran completamente opuestos en gustos, intereses y personalidad, diferencias tan marcadas que ni siquiera un matrimonio arreglado podía darle sentido.
Justin lo saludó con cierta frialdad, algo que no le importó en lo más mínimo, y luego Draco continuó su camino, un poco más cerca, pero siempre manteniéndose al margen de la multitud, fingiendo aburrimiento.
Con andar pausado, justo cuando pasó en la línea de visión de Hermione, hicieron contacto visual. Draco esbozó una leve sonrisa, algo que pareció tomarla por sorpresa y la confundió. Sin apartar la mirada, como si quisiera que ella leyera todo en él, deslizó los dedos de la mano derecha hasta el borde del sombrero de copa e inclinó un poco la cabeza. Pudo notar un leve azoramiento en la joven y una pequeña sonrisa esbozando en sus labios. Eso era una buena señal, ¿cierto? Casi podía sentir que aquella conexión que una vez habían tenido estaba tirando de su corazón, y se preguntó si ella también lo había sentido.
Mientras Draco decidía qué hacer a continuación, la orgullosa Eileen Greengrass anunció que se realizaría un recorrido por los jardines para observar las plantas y flores encantadas que florecían con la llegada de la primavera y que ella misma cuidaba. Varios elfos se acercaron a los invitados para ofrecer jugo de calabaza frío a los invitados, y pronto todos comenzaron una visita guiada por uno de los más hermosos rincones de la propiedad.
Draco mantenía una distancia prudente. Había notado que Ron no estaba en el grupo, y eso lo alegró. Hermione se veía radiante, hablando con Harry y Ginny, todos sus amigos ajenos a la historia que habían compartido ellos dos. Sintió una punzada de celos al verla sonreír y no ser él el destinatario de sus sonrisas. Si tan solo ella…
Bastante distraído observando su espalda, su lento caminar, levantando con recato la falda apenas unos centímetros, el vaivén de la suave tela, el sol de la tarde iluminando su cabello, el aroma de las flores ovando el perfume nostálgicamente familiar en aquella caminata hacia Saint James Park, lejos de las miradas curiosas de quienes los reconocerían… Verla ahí, a pocos metros, tan cerca y lejos a la vez, con tantos sentimientos no resueltos en su interior, sabiendo que él podría ser quien estuviera a su lado en lugar de Harry o cualquier otro.
La había extrañado, dolorosamente, y empezó a preguntarse si aún le guardaría rencor, si lo odiaría por su última conversación. Deseaba, con todo su ser, que Hermione se volviera y lo mirara. Quería saber si podía ver en sus ojos alguna señal de perdón, alguna esperanza. Quería decirle tantas cosas, que por más que las había planeado en su cabeza, no lograba recordarlas, pero que quizá llegarían, si tan solo ella se volteara…
Vamos, Hermione, mírame, pensaba Draco mientras avanzaban por el sendero, ignorando las explicaciones que daba la señora Greengrass. Dame una señal…
Draco sentía su corazón latir con una mezcla de esperanza y miedo; esperando…
