Capítulo 26
Epílogo
Escocia. Verano 1923 (Siete días después)
- ¡Por Dios, Annie! ¡Apresúrate!
- ¡Espera, Archie! - exclamó emocionada, mirando el todo a su alrededor - ¡¿No es esto precioso?! ¡Mira ese paisaje! ¡Las montañas! ¡Éste lugar es increíble!
- ¡Annie! ¡Por favor! ¡Vamos atrasados! - espetó, impaciente.
Archie tomó la mano de su prometida y la llevó prácticamente a rastras a la mansión Andrew que se levantaba majestuosa en la cima de una pequeña colina. Pasaron aprisa por el ancho pasillo de la entrada principal rodeado de hermosos y amplios jardines. El imponente edificio era del siglo XVIII y había pertenecido a la realeza escocesa. Se situaba en las afueras de Edimburgo en el pequeño poblado de South Queensferry, a orillas del río Forth. La familia Andrew, adquirió la propiedad a mediados del siglo XIX y la había habitado desde entonces, siendo la principal morada del máximo líder.
Esa mañana de verano, tenían concertada la cita con el Patriarca para pedir su anuencia para contraer matrimonio y hacer a Annie parte del Clan. La reunión se había fijado a las nueve de la mañana en punto. Archibald sabía que, según las estrictas reglas de la familia, él estaba a punto de incurrir en una falta.
- Definitivamente fue muy mala idea hacerte caso en venir caminando desde el hotel- dijo a Annie, mientras ajustaba su impecable kilt con los colores característicos de su Clan.
- ¡Cariño, Exageras! Hemos llegado puntuales- respondió, ayudándolo a acomodar el tartán azul.
- No los conoces querida...
- Archie... No me asustes. -le advirtió, con el cejo fruncido. El joven puso los ojos en blanco, tratando de guardar la serenidad - Relájate querido, estás muy tenso -le sugirió, mirándolo de arriba abajo -Por cierto ¿No te he dicho lo increíblemente apuesto que te ves vestido así?
- No, no me lo has dicho- se irguió, con una sonrisa.
- Pues lo estás, además el azul te sienta de maravilla. Me gusta, es un color original, nunca antes había visto un kilt de esa tonalidad.
- Bueno, es una de las características que hacen especiales a los Andrew. También hay muchas historias que los hacen únicos, una de mis favoritas es cuando el jefe del Clan cruzó los mares para rescatar a su amada que estaba prisionera en un convento mexicano.
- ¡¿De verdad?!
- Puede ser solo una leyenda, no lo sé, pero me gusta, es muy romántica. Ya te la contaré- dijo, guiñándole el ojo.
Aunque pasaron apenas unos minutos para ser atendidos, la espera se les hizo eterna. Desde que habían llegado a Escocia, Archie se había sentido ansioso por la reunión. El motivo de sus nervios no eran solo por el permiso que iba a solicitar, sino también porque por fin, después de largos meses, estaría frente al hombre por el que sentía admiración aún sin conocer personalmente.
Cuando las puertas se abrieron, fueron recibidos por un mayordomo de gesto adusto que lucía perfectamente uniformado en traje oscuro y guantes blancos. Sin demora, les invito a pasar al salón de estar, mientras les informaba que ya aguardaban por ellos.
- ¡Archibald Cornwell! – inconscientemente, se encogió de hombros al escuchar la severidad de la voz que lo nombraba.
- ¡Tía Elroy!
- Archibald, ¡llegas un minuto tarde!
- Lo siento- dijo, mirando a Annie por el rabillo del ojo.
- Sabes que la puntualidad es una regla de educación inquebrantable. Espero que tengas una buena excusa.
- Sólo fue un minuto tía...
- ¡Ni uno sólo! Debiste estar aquí cinco minutos antes de tu cita con el patriarca. ¿Acaso crees que él te estará esperando hasta que quieras? Y tú, niña...
- Elroy, Elroy, ¡por favor!
La pareja se miró con sorpresa al ver al hombre que se acercaba a ellos. A pesar de que se toparon con él una sola vez, el anciano de gruesos anteojos era alguien difícil de olvidar.
- Por Dios, Elroy- espetó, dirigiéndose a la anciana -Deja al muchacho tranquilo, sólo cometió un pequeño error.
- Pero usted es...- susurró Archie, sorprendido.
- Ernest Andrew, para servirles- dijo, haciendo una ligera venia -Señorita- Con galantería, tomó la mano de la asombrada chica y la besó cortésmente.
- Ernest, ¡no seas condescendiente! - le reprendió.
- No lo soy prima, sólo estoy diciendo que no lo volverá a hacer ¿No es así Archibald? - le guiñó un ojo, con complicidad.
- ¿Eh? Sí tía Elroy, no volverá a suceder. ¿Me perdonas? - sonrió con dulzura.
- Está bien- cedió, bajando la guardia- Y deja de mirarme así, sabes que desde niño me has convencido con esa preciosa sonrisa tuya.
- Gracias tía. Mira, quiero presentarte a mi prometida, Annie Britter.
- Madame- saludó, haciendo una elegante reverencia -Es un placer conocerla.
- Annie Britter, como has podido observar, las reglas de ética y educación en este clan son muy valoradas, espero que estés lista para incorporarte a ellas.
- Lo estoy madame. Nada me dará más gusto que unirme a la familia y sus costumbres.
La anciana asintió con la cabeza, analizándola detenidamente.
- Muy bien- intervino Ernest -Iré a anunciar su presencia ante el patriarca. Vengan conmigo.
Caminaron por un largo y amplio pasillo en cuyas paredes había retratos al óleo de hombres y mujeres pertenecientes al clan.
Cada uno de los cuadros tenía al pie el nombre de quien se trataba y el año de su nacimiento y defunción. A su paso, Annie miraba los rostros de algunos de los antepasados de los Andrew. Apretó levemente el brazo de su novio con notable nerviosismo. Con un guiño y una sonrisa, Archie le envió un mensaje de aliento y apoyo al tiempo que tomaba la mano que se aferraba a su antebrazo.
En un solo movimiento, Ernest abrió de par en par las puertas de un amplio salón cuyo interior estaba lleno de más imágenes.
- "El salón de los Patriarcas"- anunció, con orgullo.
En las paredes de lujosa habitación, estaban colocados por orden cronológico los retratos de cada uno de los líderes desde que se había fundado el Clan. En el centro, había una larga y sólida mesa de aproximadamente veinte plazas, y del techo colgaban cuatro candelabros de cristal y plata que iluminaban perfectamente la estancia cerrada en donde no entraba la luz del sol con el fin de conservar las pinturas.
- Nunca había entrado a este lugar- dijo Archie, mirando todo a su paso.
- Lo creo. Este lugar sólo es ocupado cuando hay reuniones importantes de líderes o invitados especiales.
- ¡Ah! Ya veo- rio -y como yo soy un invitado especial...- bromeó.
- Lo eres, jovencito- respondió con seriedad - Nuestro líder te tiene en muy alta estima. De hecho, te estaba esperando para su ceremonia de presentación ante toda la familia.
- ¡¿A mí?!
- Sí, a ti. El evento será en cinco días.
- No estaba enterado ¿pero no comprendo por qué...?
- Me tengo que ir- interrumpió -En un momento vendrán a atenderles. Mientras, exploren un poco el lugar.
- ¡Oiga! – le dijo al anciano que estaba por salir de la habitación -Usted es el hombre que conocimos en la biblioteca de la casa de Albert Ardley ¿verdad?
- Sí, lo soy- con una sonrisa, desapareció por la puerta.
- ¿Has escuchado, Annie? Todo esto es muy extraño...- dijo, una vez que estuvieron solos.
- Bueno, alégrate que te consideren alguien importante- respondió, mientras examinaba los cuadros.
- Sí, pero...
- Querido ¡no pienses tanto! mejor ven conmigo a ver todo esto, es muy interesante.
Archie se colocó a su lado y miró el cuadro que tenía frente a él.
- William Angus Andrew, 1645-1680; William Davis Andrew 1660- 1720; William Wallace Andrew...- leyó, una a una las descripciones que tenía al calce cada uno de los retratos.
- ¿Te has fijado? ¡Todos se llaman William! - dijo, sorprendida.
- Sí, según la tradición el primogénito debe llevar el nombre de su padre. En algún momento se rompió este legado por seguridad de todos. Los Andrew fueron de las familias que no estuvieron de acuerdo con la unificación con los ingleses y se revelaron; es por eso que muchos quisieron acabar con el Clan por ser de los más poderosos y ricos, ya que representaba una amenaza para la corona. Fue ahí cuando omitieron el nombre, de hecho, también hubo algunas variantes del apellido. Hasta donde recuerdo, hace pocas generaciones se retomó esta tradición del nombre William. Mira, éste ya no lo lleva.
- Carmichael Ron Andrew, 1725- 1760...
Un sonido que provenía de algún lado de la gran mansión llamó la atención de ambos jóvenes, quienes se miraron sorprendidos al escucharlo. Guardaron silencio para afinar el oído y distinguirlo mejor.
- Eso que se oye es...- preguntó Archie sin terminar la frase.
- ¡Sí! ¡Es un bebé! ¡y está llorando! - exclamó Annie, con emoción - ¿Será del patriarca o de alguno de los sirvientes?
- No tengo idea.
Las notas del Nocturno op.9, no. 2 de Chopin comenzaron a sonar en un piano de forma suave y clara. Al poco rato de que la dulce melodía comenzará, el llanto cesó.
- Umm, ¿qué pensaría el maestro Chopin si supiera que su música es ideal para calmar a un desconsolado pequeñito? - dijo Annie, divertida.
- Pensaría que ha hecho muy bien su trabajo. Si su música puede calmar a un bebé, ¡puede calmar a cualquiera! - rio.
- ¡Eres malo, Archie!
- Ven, baila conmigo, es una pieza preciosa.
Se movieron lentamente al ritmo de la música. Después de que la sonata terminara, Annie se separó y fue a la pared opuesta.
- Ahora Debussy- dijo, al escuchar la siguiente interpretación - ¡Qué crio más afortunado!
- Así, será el nuestro- le respondió, con un guiño.
En su recorrido, a la joven le llamó la atención ver que el último cuadro de los líderes estaba tapado con una manta.
- ¿Por qué este está cubierto? -
Archie le echó un rápido vistazo y volvió su atención a lo que estaba leyendo.
- Debe ser el retrato del nuevo Patriarca. Seguro lo van a develar hasta después de la ceremonia.
La mirada de Annie se posó en el retrato que estaba junto. Con curiosidad, se acercó y lo miró detenidamente. Abrió sus grandes ojos azules al darse cuenta del extraordinario parecido del hombre de la pintura con el fallecido amigo de su prometido.
- William Callen Andrew- murmuró -¿Querido?
- Dime- respondió distraído, desde donde estaba.
- ¿No te parece que este hombre se parece mucho a.?
- Archibald, Señorita Britter- Ernest, les llamó desde la puerta -Llego la hora.
Annie y Archie, se miraron el uno al otro azorados. Él la tomó de la mano y de manera involuntaria se la apretó con fuerza mientras miraba al sonriente el anciano.
- Tú te quedarás aquí- se dirigió al muchacho -Ella, ira conmigo.
- ¿A dónde la lleva? - preguntó Archie, con el cejo fruncido.
- Tu prometida debe conocer primero a la esposa del Patriarca. No te preocupes hijo, te aseguro que de inmediato se harán muy buenas amigas. Señorita Britter- Ernest le ofreció su brazo, invitándola a ir con él.
Con una sonrisa, Annie correspondió al gesto del caballero y salió de la habitación, no sin antes articular un "Te amo" silencioso a su desazonado prometido.
Al quedarse sólo, Archie comenzó a respirar profundamente con el fin de controlar su excitación. A pesar de que desde que tuvo la charla con Tom no había sufrido ni un ataque de ansiedad más, en ese momento, su sistema nervioso no estaba en las mejores condiciones.
- Calma, calma- se dijo y volvió a respirar.
Cuando oyó girar el picaporte de la puerta, esperó con expectación.
- Buen día- le saludaron.
La sorpresa al ver a la persona que tenía frente a él fue tal, que involuntariamente dio un paso hacia atrás y se sujetó de una silla para tener un poco de la estabilidad que sentía que perdía. De todas las personas del mundo, a él era a quien menos esperaba ver en ese lugar.
- Ge... ¡George!
- Joven Cornwell, me da mucho gusto volver a verlo- le dijo, con una sincera sonrisa.
- A mí también, pero ... ¿Qué haces aquí? - inquirió, tratando de comprender su presencia -Espera... ¿Qué acaso eres...?
- ¿El Patriarca? - respondió, sonriendo -No, él es mi jefe.
- ¡¿Tu jefe?!
- Así es.
- ¿De manera que la premura de salir de América hace un año era por venir a ponerte al servicio del que iba a ser el nuevo líder? ¿Pero cómo es que estás relacionado con los Andrew?
- Esas preguntas se responderán muy pronto, no sea impaciente.
- George, no me hables con tanta formalidad ¿quieres? Quedamos en tutearnos.
- Cierto- sonrió -Lo importante es que hoy será un día importante para ti y tu futuro. Pero antes, quisiera saber si recuerdas lo que hablamos la última vez que nos vimos.
- ¿Lo del perdón? - bufó -George, sé que me lo dijiste por Candy y su marido, pero la realidad es que no quiero, es más, ni siquiera lo he intentado. Me resulta muy difícil pensar en ellos como dignos del perdón de cualquiera.
- Archie, eso te beneficia más a ti que a cualquier otra persona. Sobre todo, porque es algo que tendrás que practicar con regularidad.
- Lo sé, es que es tan complicado. He asistido estos últimos meses con un psicoterapeuta y hemos hablado de eso. Pero...
- Que no haya "peros" Archibald. Eres un hombre honorable y de buen y gran corazón. El rencor amarga la vida y destruye el alma.
Archie lo miró pensativo. Por muchos meses, se había negado a tener noticias del matrimonio Grandchester por los sentimientos de rechazo y de ira que le provocaba el tan solo pensar en ellos. Su terapeuta constantemente le había dicho que el perdón empezaba partiendo de sí mismo para después otorgarlo a otros, pero la realidad era, que él mismo no se perdonaba el no haber sido del todo sincero con Albert en su último encuentro y, de alguna manera, se sentía culpable. Debido a los acontecimientos que tuvieron lugar antes de emprender su viaje a Escocia, Archie consideró que quizá era el momento de cerrar por completo esa fase de dolor y enojo, sobretodo, por la nueva vida que iba a comenzar como esposo de Annie. El cerrar ese ciclo le daría sin duda la oportunidad de empezar de cero en otro nuevo y mucho mejor.
- Está bien- dijo, después de un rato de meditarlo -Intentaré practicarlo.
- ¡Pues qué bien!, porque precisamente hoy será una magnífica oportunidad para hacerlo.
- ¿Hoy? - lo miró, desconfiado - ¿Por qué lo dices? ¿Qué pasará hoy? – Preguntó confundido. George suspiró.
- Acompáñame por favor, ha llegado la hora de que conozcas al Patriarca.
- ¿No lo veré aquí?
- No, esa era la intención, pero le surgió un pequeño, digamos... "inconveniente" y prefiere recibirte en la sala de música.
Ambos caminaron por el pasillo por donde habían llegado y cruzaron el espacioso y elegante recibidor. A medida que avanzaban, el sonido de las teclas del piano tocando Moonlight de Beethoven se iba haciendo cada vez más nítido. Se conmovió al escuchar la nostálgica melodía y no pudo evitar que a su memoria llegara el recuerdo de su estimado amigo.
- Hemos llegado- anunció George, parado en una puerta - ¿Estás listo?
- Sí, lo estoy.
- Sólo una cosa más...-Archie lo miró expectante -Antes que nada, espera a que termine la melodía.
George abrió y dejó pasar al joven al interior del salón. Después de que la puerta se cerró tras él, Archie, miró todo a su alrededor. Era una hermosa estancia, con finos muebles y mucha luz natural que entraba por los grandes ventanales que tenían una hermosa vista a las amplias extensiones de jardín y, a lo lejos, se podía apreciar un cristalino lago.
Caminó un poco, y al centro de la habitación, pudo apreciar un espléndido piano de cola que era tocado por un pianista al que no podía ver, pues una gran cuna adornada con telas de seda y tul se interponía entre ellos. Giró un poco la cabeza y en una mesa observó un gramófono que se le hizo particularmente conocido. Enarcó las cejas al ver el aparato musical, pero inmediatamente obvio el hecho de que eran dispositivos cada vez más comunes en los hogares, en especial si estos eran acaudalados.
Por un instante, se quedó parado e inmóvil sólo escuchando la melancólica sonata. En ese momento, a sus oídos llegaron los tenues sonidos guturales que hacia el bebé que yacía en la cuna. Lentamente se acercó, y con suavidad asomó su cabeza para ver al pequeño. Una amplia sonrisa se dibujó en su rostro al ver al hermoso rubio que dormía plácidamente envuelto en sábanas blancas. Era un precioso niño de piel blanca y sonrosada y una capita fina de cabellos de oro. Supo que era varón, por el escudo de los Andrew que colgaba junto con las telas de tul que lo rodeaban. Por lo general, la insignia sólo se les otorgaba a los hombres desde el momento de nacer, y mayor motivo había para que se hiciera esa distinción, si como en este caso, el recién nacido era el futuro heredero del Clan.
Cuando levantó su vista pudo apreciar la espalda de la persona que tocaba el instrumento enfundada en una chaqueta de un azul más oscuro que el suyo. Aun en esa posición, se percató de que era un hombre joven y evidentemente en buena forma. No le cupo duda de que se trataba del padre del pequeño cuando vio el cabello rubio que le rozaba levemente la nuca de forma desordenada.
Con sigilo, dio unos pasos de forma lateral para rodear la cuna y tener un mejor ángulo para verlo. A medida que avanzaba, se iban revelando ante él los rasgos del misterioso hombre que había salvado el legado de todo un Clan. Por generaciones, su nombre se recordaría como el héroe que le había devuelto el honor a una familia a punto de la decadencia por la ambición de unos cuantos. Tras otro paso, pudo ver en su perfil una nariz respingada y la bien cuidada barba que adornaba su rostro; vio su ceño fruncido, concentrado en la música y sus manos de dedos largos y bien formados.
- La forma de la cara... Esas manos... El porte... Se parece mucho a.…- se dijo a sí mismo, completamente aturdido.
Archie se llevó una mano a la boca conteniendo el aliento una vez que estuvo frente a él. Aunque el hombre seguía con la cabeza agachada y su mirada fija en el teclado, supo inmediatamente de quien se trataba.
- Albert- musitó
Sin dejar de tocar, Albert levantó lentamente su vista y le miró con los ojos azules llenos de lágrimas, esbozó una débil sonrisa y una lagrima cayó en las teclas del piano cuando volvió su vista hacia abajo.
- Albert- articuló nuevamente, con un hilo de voz. Sin poder evitarlo, Archie comenzó a llorar en silencio.
Cuando el último acorde sonó, la habitación se quedó en profundo silencio. Archie estaba completamente petrificado mirando a quien creía muerto desde hace un año.
- Hola, Archie- dijo, rompiendo el silencio.
- ¡Tú! - espetó, con los ojos muy abiertos.
- Sí, soy yo.
- Pero ¿cómo? Yo... ¡Yo te vi muerto! ¡Estuve en tu funeral! Yo...
- No, lo siento amigo, no era yo- aseveró, ante el atónito gesto de Archie.
Albert se acercó y le tocó el hombro en señal de apoyo. Aquel tacto fue demasiado para Archie que reaccionó con brusquedad.
- ¡No! ¡No me toques! - gritó, quitando la mano con violencia- ¡No me llames amigo! ¡Me mentiste! - le señaló con el dedo - ¡Todos ustedes me mintieron!
- Sí, te mentimos, pero hubo un motivo muy poderoso para hacerlo. Sólo déjame explicártelo...
- ¡No! ¡Me largo de aquí!
- ¡Espera!
El llanto del bebé los distrajo de la discusión. Albert se acercó a la cuna y levantó al pequeño en sus brazos.
- Hijito mío, no llores, papá está aquí- le susurró al oído, moviéndolo de un lado a otro. Archie miraba la escena boquiabierto - ¿Puedes tocar la campanilla para que vengan por él?
- ¿Qué? ¿Dónde? - respondió, saliendo de su asombro.
- Ahí, arriba del piano.
Archibald tocó la campana y siguió contemplando a Albert arrullando a su hijo. Miró como con una ternura que jamás había visto, el amoroso padre le susurraba una canción de cuna en gaélico a su retoño.
Gille beag ò, leanabh lag ò
Chiquito, niño frágil
Gille beag ò, nan coarach thu;
El chiquito de la oveja eres
Gille beag ò, gille lag ò
Chiquito, niño frágil
Gille beag ò nan caorach thu.
El chiquito de la oveja eres.
Gille nan caorachan, gille nan caorachan
Chico de la oveja, chico de la oveja
Gille nan caorachan, gaolach thu.
Chico de la oveja, mi cariñito eres.
Aunque para ese entonces el pequeñito ya había dejado de llorar, Albert le repetía la copla una y otra vez, interrumpiéndose solo para darle delicados besos en la diminuta cabecita. La puerta se abrió y una anciana regordeta de grandes gafas entró deprisa.
- Pony, ¿Puedes llevártelo un momento? - le preguntó, entregándoselo en los brazos.
- ¡Claro que sí! A este angelito podría quedármelo toda la vida. Ven acá pequeño Archie, la abuelita Pony te llevará a dar una vuelta al jardín.
- ¡Archie!... Él... se llama...
- William Archibald Andrew- le contestó la mujer -Pero a todos nos gusta decirle Archie ¿no es un hermoso nombre?
Sin esperar respuesta, Pony se dio la vuelta y salió de la habitación con el bebé en su regazo.
- William Archibald... ¡le pusiste mi nombre a tu hijo!
- Por supuesto, es el nombre de mi mejor amigo.
- Albert...
- Escucha, sólo te pido que me des la oportunidad de explicarte algunas cosas, si después de saber todo lo que tengo por decirte, decides irte y alejarte de mí, te juro por mi hijo que respetaré tu decisión y no te molestaré jamás.
Archie miró hacia el amplio ventanal un instante. A su turbada mente, vinieron las recientes palabras que George le había mencionado "El rencor amarga la vida y destruye el alma".
Muy en contra de su voluntad, decidió dejar que Albert le explicara sus motivos, aunque por un momento dudo, que estos fueran lo suficientemente convincentes como para otorgar un perdón de forma inmediata. Sin embargo, sabía que de alguna manera estaba en deuda con él y fue más ese sentimiento de culpa lo que lo movió a acceder.
- Muy bien- dijo -Te escucho.
Albert sonrió aliviado.
- ¿Te parece si caminamos por el jardín mientras hablamos? - sugirió Albert.
- Sí, creo que un poco de aire me sentará bien. Sólo dime algo antes de salir.
- Tú dirás.
- ¿Quién es la madre del niño? Te juro que estás alturas ya nada me sorprende.
- La madre del pequeño Archie, es la única mujer con la siempre deseé tener hijos.
- ¡¿Candy?!
- No hay otra...
- Pero ella... ¿qué edad tiene el pequeño?
- Apenas cuarenta días- sonrió. Archie sacudió la cabeza.
- Vamos, tienes mucho que explicarme- caminó hacia la puerta con paso decidido - Agradece a Dios que estoy en perfecto estado de salud, a otro con tanta impresión, ya le hubiera dado un infarto.
Albert rio divertido.
Desde la ventana, George observaba a los jóvenes que se alejaban caminando a paso pausado por los jardines, ataviados en su kilt azul. En su interior, rogó que pudieran llegar a un buen acuerdo. Se querían como hermanos, de eso no cabía duda. Además, ambos se necesitaban en sus respectivas vidas. Uno, por el hermano que perdió y el otro, por el que nunca tuvo. Deseo con todo su corazón que la amistad no solo se renovara, sino más bien se fortaleciera.
Albert y Archie caminaron unos metros en silencio respirando el fresco aire de la mañana. Cada uno por su lado estaba sumergido en sus cavilaciones.
- Creo que lo primero que tengo que hacer es presentarme- dijo, Albert de pronto - Mi nombre es William Albert Andrew y en realidad no hay mucho que te pueda decir del pasado, la mayoría de las cosas ya las sabes, sólo que no las relacionaste con la familia.
- Espera...- dijo, deteniéndolo en su andar - ¿Me quieres decir que tú eres aquel Patriarca misterioso que se creía había muerto?
- Así es. Si haces memoria, el último día que nos vimos te conté todo acerca de mí. Omití algunas cosas precisamente para que no hicieras conjeturas, por ejemplo, lo de la guerra y lo que siguió después de mi amnesia.
- Es verdad, sólo me dijiste que fuiste, pero al preguntarte el motivo fuiste evasivo ¿ahora me lo vas a decir?
- Bueno, el motivo por el que fui a la guerra era para buscar a Alistair y devolverlo a casa. Lamentablemente esto no lo logré gracias a que, desde América, Douglas y los demás estaban más ocupados en tratar de matarme que en proporcionarme todas las herramientas para encontrarme con él y llevármelo de regreso. Sólo George era el que me brindaba la ayuda que podía. Cuando nos enteramos que tú también te habías enlistado, nos encargamos de que por ningún motivo te enviaran al frente.
- ¡Tú fuiste hasta allá por mi hermano...!
- Así es, aunque lamentablemente no logré llegar a Francia, pues los oficiales corruptos que habían comprado mis parientes no me lo permitieron y constantemente me enviaban a combate, la última vez fui al frente alemán. Cuando me enteré que Stear había muerto, George tramitó todo para mi regreso, pero para buena suerte de Douglas pasó lo del tren y me dieron por muerto.
- ¡Malditos! - Archie frunció el entrecejo y apretó los puños con fuerza - ¡Nunca me imaginé que fueran capaces de tanto!
- Sí, como ves, teníamos que acabar con ellos a como diera lugar. Una vez que me recuperé, George se enteró que estaban metidos en el tráfico de alcohol. Martin nos contactó con alguien que estaba en ello y así fue como nos involucramos. Gracias a nuestros conocimientos de negocios crecimos rápido, la intención era llamar su atención para que nos contactaran para así poder tenerlos cerca. Lo logramos, pero lo que pasó después no lo teníamos previsto.
- ¿Lo que paso después?
- Douglas me identificó por una foto en un diario y vino hasta Nueva York a matarme y lo peor es que casi lo logra por segunda ocasión
- ¡¿Qué?! ¿Cuándo fue eso? - preguntó, contrariado.
- El último día que nos vimos... Te contaré qué paso.
-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-
- ¿Albert Ardley?
- ¿Quién es usted? - pregunté, totalmente asombrado de ver a ese hombre frente a mí.
- Mi nombre es David Collins- me contestó, apuntándome con un arma. Yo levante las manos, indefenso.
- ¿David Collins? Perdone caballero, si le conozco no le recuerdo y no sé cómo ha podido llegar usted hasta aquí.
- No, usted no me conoce, pero si conoció a mi esposa, Susana Marlow. ¡Los vi en el Plaza!
- Susana...- pensé -Espere, yo sólo cruce un par de palabras con ella ayer, pero no la conozco. Estaba alterada y necesitaba ayuda, yo sólo...
- ¡Cállese! - gritó, sin dejar de apuntarme - Grandchester me dijo que usted era el amante de Susana, pero en el hospital, en su delirio por la anestesia lo llamó a él: "Terry, Terry" dijo; así que, ante la duda, ¡los mataré a los dos! Ya le he dejado una nota diciéndole que se prepare porque hoy se muere.
- ¡Escúcheme, Collins! Yo no tuve nada que ver con su esposa, yo...
Me quedé atónito cuando lo vi caer de rodillas y sangrando a la altura del corazón. Dejó caer la pistola y después de eso, se desvaneció totalmente. Yo estaba aterrado.
- Vaya, vaya, vaya...- vi a un hombre salir desde atrás de un pilar -de manera que el intachable hijo de William Collen estuvo a punto de ser asesinado por un lío de faldas- Chasqueó la lengua -Mal, mal, muy mal- dijo, observando el silenciador de su arma - ¿Qué pensaría tu padre de verte en situación tan inmoral?
- Quizá lo mismo que pensaría de ti al verte convertido en un criminal, tío Douglas- le espeté, furioso - ¡Qué es una vergüenza!
- Puede ser...- me contestó con cinismo, mirándome fijamente -Es por eso que para evitarte la pena de ver "mi vergüenza" he venido a matarte. Pero cuál fue mi sorpresa que ¡por poco me ganan! - rio a carcajadas - ¡Eso no lo podía permitir! A nadie le daré el placer de acabar con tu vida, ese, me lo he reservado para mí...- me dijo, apuntándome con el arma -y después de que lo haga, iré tras George y tu amiguito y sobrino el joven Cornwell.
- ¡No! - grité - ¡Estás perdido Douglas Andrew!, puede que por fin logres tu propósito de asesinarme, pero ¡te juro por Dios que de esta no saldrás invicto! Hay mucha gente buscándote y si me pasa algo tú eres el principal sospechoso, ¡es mejor que te rindas!
- ¡Jamás! Prefiero morir que ver a tu padre triunfar sobre mí. Lo aborrecí más que nada en el mundo por quitarme mi derecho al liderazgo, así que, después de que lo quité del mapa, juré acabar con todo su legado, ¡contigo se acabará esa maldita sangre, así sea lo último que haga!
- ¡¿Tú mataste a mi padre?!- bramé, enardecido.
- ¡Sí, y prepárate para alcanzarlo! - tiro del martillo y me apuntó directamente en la cabeza, cerré los ojos esperando el final de mi vida. Me estremecí al escuchar dos fuertes detonaciones detrás de mí. Abrí los ojos y miré a Douglas llevándose una de sus manos al estómago.
- ¡¿Qué rayos estás haciendo, Neal?!- le inquirió, con un rictus de dolor en rostro, tratando de soportarse en sus piernas.
- Lo que debí hacer desde que me enteré que nos traicionaste a todos, vejete decrépito ¡acabar contigo como la hiena que eres! Por tu culpa mi padre está muy grave y si él se muere ¡Tú también!
- Eres un idiota, Neal... No sabes lo que haces...- murmuró, tratando de contener con ambas manos la sangre que brotaba.
- ¡Oh! ¡Claro que lo sé! ¡Por primera vez en mi vida sé lo que tengo que hacer! - dijo, acercándose.
En un último intento, volvió a apuntarme y jaló del gatillo. La bala que salió se desvió alcanzando solo a rozarme el brazo, debido a que Neal le metió un fuerte golpe en la cabeza con el chicote de la pistola. Esta vez, Douglas Andrew cayó muerto.
- ¡Baja el arma! - ordenó un hombre pelirrojo al que no conocía, que venía acompañado por George y Frank, el mayordomo.
Neal bajó con cuidado el arma y subió los brazos en actitud de rendición.
- ¡William! ¡Estás herido! - George, completamente alterado, jaló de mí sacándome de la piscina y me puso una toalla en la lesión.
- Estoy bien, solo es un roce.
- ¡Ven, salgamos de aquí! ¡Por Dios, estás helado! - exclamó, al tocarme - ¡Frank! Trae una bata y algo para curarlo ¡rápido!
- Sí, señor.
Para ese entonces, por lo menos media docena de hombres, incluyendo a Martin, le apuntaban a Neal quien los miraba muerto de miedo.
- Neal Leagan- le dijo el pelirrojo -Creo que está de más que te diga que quedas arrestado.
- ¿Arrestado? ¡Pero si yo le salve la vida! - gritó, señalándome.
- En eso tiene razón- intervine -De no ser por él, ahora mismo estaría muerto.
- Señor Ardley- habló el joven desconocido -Neal tiene cargos de tráfico, extorsión, intento de asesinato y fuga.
- ¿Quién es usted? - inquirí, frunciendo el entrecejo.
- ¡Ah! William, él es Michael Sloan, es policía de Chicago. Lleva algún tiempo tras los Andrew y los Leagan por lo del tráfico de alcohol. Es amigo de Capone y él fue quien se encargó de la seguridad de Ernest. Eso le permitió profundizar en su investigación con respecto a la familia y, atando cabos, llegó hasta nosotros. Sabe quién eres tú realmente.
Lo miré enarcando las cejas, impresionado. Sloan asintió en silencio.
- Señor Johnson, creo que aquí hay un problema que resolver. Si fuera tan amable...
- Claro... Martin...-le nombró George.
- ¡Todos fuera! - ordenó, entendiendo de inmediato el mensaje.
Cada uno de los hombres bajo su revólver y salieron del área. Solo Martin se quedó junto a George, Neal y el mayordomo que me limpiaba la herida del brazo.
- Usted se puede quedar- le dijo el policía a Frank -Muy bien- continuó -Como veo la situación podemos tomar ventaja de ella.
- Explíquese- le dije.
- Bueno, en vista de que usted iba a simplemente desaparecer marchándose a Europa, que mejor que hacerlo para siempre yéndose de este mundo. Aquí tenemos dos cadáveres, uno lo suplantará a usted.
- ¡¿Qué?! Pero ¿cómo?...
- Es fácil, hasta donde sé, pocas personas lo conocen realmente y lamento decirle que ninguna de ellas se arriesgaría a ser abiertamente relacionado con usted por los rumores de a qué se dedicaba. Así que, si se le da por muerto, pocos tendrán las agallas de asistir a su funeral.
- En eso tiene razón el policía, William- dijo Martin - Una cosa es que todos se reunieran aquí por ser un lugar abierto y otra que se distingan como tus amigos. No creo que nadie se quiera arriesgar, mucho menos si la policía está implicada.
- ¿Pero ¿cuál sería el móvil del asesinato? - pregunté
Se llevó la mano al mentón, pensativo. Miró a su alrededor y sus ojos se posaron en el cuerpo de Collins.
- Dígame ¿quién es él? - cuestionó
- Hasta donde sé, él se llamaba David Collins. Vino aquí porque alguien le dio la falsa información de que yo era amante de su mujer.
- Y, ¿no?
- ¡No! ¡Claro que no! Apenas ayer cruce un par de palabras con ella.
- ¡Pero traía un arma!, venia dispuesto a matarte William- Indicó George.
- Sí, pero Douglas lo mató primero a él... Pobre hombre- dije, con pesar.
- Bueno, pues ahí lo tiene, será un crimen pasional.
- Pero alguien que me conozca podría ver que no soy yo el del ataúd.
- Eso es fácil, pueden solicitar que permanezca cerrado, tratándose de un homicidio, los que asistan supondrán que no quedó en buenas condiciones- aseguró
- ¿Y qué pasará conmigo? - preguntó Neal.
- ¡Tú irás a la cárcel! - sentenció Martin.
- Pero ¡¿por qué?!
- ¡¿Cómo que por qué?! ¡Muchacho tonto!
- ¡Esperen! - intervine de nuevo -Debemos reconocer que quién acabó con ese criminal fue Neal. Si estoy vivo es por él.
- William ¿A dónde quieres llegar? - cuestionó George, con el ceño fruncido.
- Sólo estoy diciendo que podríamos darle una oportunidad para reivindicarse, finalmente, él estuvo manipulado todo el tiempo por ellos.
- ¡Sí, así es! - aseguró rápidamente - ¡Ellos me manipularon todo el tiempo!
- ¡Cállate! - le regañó Martin.
- Pero yo tengo que llevármelo- dijo Sloan -En este caso puede haber un desaparecido pero dos no.
- Seguro encontrará la forma de que permanezca lo menos posible en la prisión- le sugerí -Eso sí Neal- le dije con severidad -Ya no vivirás más de los Andrew, buscarás la forma de vivir con un empleo honorable y entrarás a algún tipo de rehabilitación.
- Sí, sí... Está bien... ¿Y qué pasará con mi padre?
- Sí tú padre sobrevive, irá a la cárcel, por él no hay nada que se pueda hacer- dijo el policía -Bien, ya que ha escuchado- se dirigió a Frank -usted se encargará de todos los trámites funerarios y asegúrese que nadie de los que trabajan aquí metan sus narices en este asunto. Corra la voz de que su patrón ha muerto.
- Lo que ordene, señor.
- ¿Sus hombres son de fiar? - preguntó a Martin.
- Sí, lo son. Ellos saben lo que les espera en caso que no lo sean- aseguró
- Lo sé... Lo sé, muy bien- murmuró -Pues si estamos todos listos, es hora de llamar a la policía local y que empiece el espectáculo.
Martin y Frank salieron del lugar, llevándose a Neal para ser custodiado hasta que llegaran los oficiales. Antes de irme, me volví hacia Sloan, pues la duda de sus verdaderos motivos para ayudarnos me carcomía.
- ¿Por qué me está ayudando? - le pregunté directamente
- Bueno...- dudo un poco antes de responder -Creo que lo que le han hecho es muy injusto y merece una oportunidad de recuperar todo lo que le quitaron de manera tan vil. Hasta donde deduzco, usted se involucró en todos esos negocios más que por sus propios intereses, fue por recuperar el honor de su familia y eso me habla de una honorabilidad y nobleza como no había visto antes.
- Gracias- fue lo único que pude decirle.
- Ahora, váyase a un lugar seguro y empiece una nueva vida. Albert Ardley ha muerto hoy, mañana renacerá William Andrew.
Le sonreí. George y yo nos giramos para marcharnos a casa de Pony antes de que alguien nos viera. Justo cuando salíamos, volvió a hablar.
- Señor Johnson, lo de mi amigo Al sigue en pie ¿No es así?
- Por supuesto, cuente con ello. Martin sabe lo que tiene que hacer.
- Me alegro... seguro con todo esto me harán jefe de la policía de Chicago en un año- dijo, con una sonrisa sugerente.
- Me aseguraré que sea antes- le respondió -Mas tarde ultimaremos detalles.
- Me parece bien- sonrió - ¡Buena suerte, señor Andrew!
-o-o-o-o-o-o-o-o-
- Y eso fue lo que sucedió. Después de eso, al cabo de unos meses, nos enteramos de la muerte de Neal, fue una pena, nosotros lo dejamos en libertad con la condición de que rehabilitara, pero no lo hizo y acabo sus días asesinado en aquel terrible lugar por una deuda de narcóticos. Así nos lo hizo saber Sloan.
Archie y Albert miraban el paisaje de las colinas escocesas que se levantaban esplendorosas en ese día soleado. Se quedaron un rato en silencio, escuchando sólo el sonido del viento que pegaba suavemente en sus rostros. Archie meditó en todo el relato que se le había dado a conocer y en ese instante, supo que no tenía ningún derecho a juzgar las acciones de Albert, dadas las circunstancias, lo más honorable seria estarle total y absolutamente agradecido por lo que hizo por todos ellos.
- No tengo palabras para externar todos los sentimientos que hay dentro de mí en éste momento, Albert. - dijo, rompiendo el mutismo -Todo eso que hiciste es...
- Bueno, no soy tan santo como crees- rio- Sólo hice lo que la cabeza de una familia debe hacer por los suyos, ni más, ni menos. Además, también lo hice por mí.
- Albert...- Archie lo miró con cierta nostalgia.
- Sea cual sea tu decisión acerca de nuestra amistad, quiero que sepas que siempre tendrás las puertas abiertas de mi casa. Nunca dudes en acudir a mí en cualquier momento, sea lo que sea, estaré siempre para ti.
- Gracias- sonrió -Pero me temo que después de lo que me has contado, no puedo apreciarte como un amigo.
- Entiendo...- Asintió, mirando hacia el suelo.
- Si me permites, ahora deseo quererte como un hermano...- Albert levantó su vista y abrió sus grandes ojos azules -Si estás de acuerdo, claro.
- ¡Por supuesto! ¡Por supuesto que sí! - Ambos se abrazaron un instante, palmeándose la espalda con fuerza.
- Gracias por todo Albert...- le dijo, separándose - ¿O debo llamarte Sir William? O mejor aún ¡Tío abuelo! - bromeó, riendo.
- ¡Oh, no! ¡por favor! No hagas eso, Candy me lo dice constantemente, le sirve para divertirse un rato a mis costillas.
- ¡Candy! ¡Cierto! ¿Cómo fue que te encontraste con ella?
- Bueno, ese día ella habló a la mansión y le informó a George que Terry se las llevaba a Londres. Él le dijo que se marchara tranquila, pues nosotros partiríamos al día siguiente y de una vez por todas solucionaríamos esa situación. Al llegar, nos llevamos la gran sorpresa de que Terry voluntariamente le había dado el divorcio. Gracias a los contactos de George, tramitamos lo más rápido posible los papeles de la separación y una vez libre del compromiso, nos casamos de inmediato. Eso me costó un gran disgusto con la tía Elroy, pero cuando supo que Candy estaba embarazada se olvidó de todo y nos dio su bendición.
- ¿Y Terry? ¿Qué pasó con él?
- ¿Qué? ¿Acaso no sabes lo que pasó con Terry?
- La verdad es que no, todo este tiempo me había negado a tener noticias de ellos. De alguna manera les culpaba de lo que te había sucedido y pues...
- Ya veo... Entonces es hora de que hables con Candy ¿Te parece bien?
El sonido de una melodía en el piano, mezclado con algunas risas femeninas y una infantil, llegaron hasta los oídos de Albert y Archie conforme se acercaban nuevamente a la mansión.
Cuando cruzaron la puerta del salón de música, miraron con agrado a la pequeña Eleonor que bailaba al son de un vals interpretado por Annie, mientras Candy con el bebé Archibald en brazos, reía al ver a la niña girar sobre sí misma.
- ¡Archie! ¡Archie querido! - Interrumpió, al percatarse de su presencia.
- Hola, Candy- le saludó, acercándose a ella, dándole un cálido abrazo.
- ¡Oh! ¡Archie! ¡Cuánto te he extrañado! - exclamó, con la voz entrecortada por la emoción.
- Y yo a ti querida- le dijo, abrazándola de nuevo.
- ¿Ya has conocido a nuestro hijo? ¡Le hemos puesto tu nombre!
- Sí, hace un momento le conocí.
- ¡Toma, cárgalo!
Con un poco de temor, recibió al niño entre sus brazos.
- Hola pequeño- le habló al bebé -Eres hermoso, te pareces tu tío Archie. Tus padres hicieron bien en ponerte mi nombre.
- ¡Vamos, Archie! ¡eres un arrogante! - bromeó Annie, acercándose a él.
- ¡Qué! ¡es la verdad! - rio
- Mejor dame a mi hijo, mientras tú hablas un poco con Candy- dijo Albert - Annie ¿Nos harías el honor de interpretar otra melodía para que Eli y yo podamos bailar un poco con su hermanito?
- Por supuesto, Sir Andrew.
- Albert, llámame Albert- le guiñó el ojo.
Archie y Candy salieron a una pequeña terraza con vista al lago. Ella se recargó en la baranda y cerró los ojos para disfrutar del fresco aire matutino. Archie observó que el rostro de la joven irradiaba paz y bienestar; muy lejos había quedado aquel gesto amargo que le vio cuando la visitó en su casa hace poco más de un año.
- Se te ve muy feliz, Candy.
- Lo soy- respondió, con una sonrisa - lo soy, inmensamente. Nunca en mi vida me imaginé que pudiera existir este tipo de felicidad.
- Me alegro que la tengas, en verdad te la mereces- le sonrió, sinceramente.
- ¡Oh! ¡Gracias querido! ¿En verdad lo crees?
- ¡Claro que lo creo! ¿Por qué crees que no?
- Bueno, sé que estabas enfadado conmigo y tenías todo el derecho de estarlo. Annie me ha contado que pensaste que había traicionado a Albert y no te culpo Archie, mi comportamiento en todo este asunto no daba lugar a la confianza.
- Lo siento Candy, yo...
- Querido, no digas nada, sé que reaccioné tarde, pero afortunadamente lo hice a tiempo. Sin embargo, lamento todo lo que les hice pasar a Annie y a ti. Ella ya me ha perdonado, espero que un día tú también puedas hacerlo.
Archie pudo ver la sinceridad en las lágrimas que corrían por el rostro de Candy. En ese momento, pudo ver que no sólo él había cambiado en el tiempo en que pasó, sin duda, ella también lo había hecho y la madurez que les dio la experiencia a ambos era notable.
- ¡Ven acá! - le dijo, atrayéndola hacia él para abrazarla.
Candy se acurrucó en sus brazos mientras continuaba llorando.
- No llores más querida, todo estará bien...
- ¿Eso significa que me perdonas? - inquirió, entre sollozos.
- Sí, te perdono, así como perdoné a Albert, y a mí mismo.
- Gracias Archie- Expresó, sonriente.
- Pero dime ¿Qué pasó con Terry?, Albert me dijo que voluntariamente te dio el divorcio- preguntó, extendiéndole un pañuelo para que limpiara su rostro.
- ¡Oh! ¡Terry! - exclamó, limpiando sus lágrimas -Bueno, Eleonor habló con él y le hizo ver que tenía que pensar antes que nada en el bienestar de Eli. Gracias a ello, él pudo recapacitar y aceptar que ya era inútil que permaneciéramos juntos. Pero se dio la amenaza de muerte que le hizo el esposo de Susana y salimos de Nueva York de inmediato. Afortunadamente me dio tiempo de avisarle a George y gracias a ello, Albert pudo encontrarme. Después de haber firmado el último papel del divorcio él se volvió a América con su madre y ambos se mudaron a California.
- De manera que ahora está triunfando en el cine...
- Sí, él está adaptándose a la industria y pues, no está solo…- dijo con cierta picardía.
- ¿No?
- Susana está con él.
- ¡No! - exclamó sorprendido.
- Al final, se sintió conmovido por todo lo que ella aguantó, hasta casi dar la vida por él, y ahora viven juntos, aunque no se han casado. Ella se ha dedicado a escribir guiones para cine, ya que lamentablemente, no puede actuar más por la amputación de su pierna.
- Vaya... ¿Y visita a la niña?
- La realidad es que no mucho, pero le escribe una carta a la semana.
- Todo esto me cuentas es... Impactante Candy- dijo, sobando su barbilla
- Lo sé, pero Eli está bien y yo...
- Tú eres feliz- completó
- Sí, muy, ¡muy feliz!
Caminaron del brazo lentamente hacia el salón de música. Candy le terminó de dar los detalles de su vida en los últimos meses y Archie le contó de la insignia de Stear. Cada uno por su lado se sentía ligero, sin más cargas en los hombros.
- Dime algo... ¿qué hiciste cuando te enteraste que Albert era el patriarca? - Preguntó Archie, antes de entrar al salón.
- Bueno, al principio me llevé una fuerte impresión, pero inmediatamente lo amé más por ser el maravilloso hombre que es.
- Sí, el maravilloso señor Ardley- dijo él, con una sonrisa.
- Nuestro maravilloso señor Andrew- respondió, radiante.
Al abrir la puerta, se toparon con la agradable sorpresa de que todos estaban allí. Mientras George sostenía al pequeño Archie entre sus brazos; la tía abuela y Pony tomaban el té junto con Ernest, charlando amenamente. Por su lado, Albert había subido a Eli a sus pies y bailaba con ella al ritmo del Vals en do menor op. 62 no. 2 de Chopin. La niña sonreía y miraba como Albert, con delicadeza, se movía de un lado a otro.
Archie se acercó hasta el piano donde Annie tocaba y le guiñó un ojo; ella le sonrió y al ver el semblante de su prometido, comprendió que por fin las cosas se habían arreglado y que una vida mejor les esperaba a todos.
- ¡George! Te ves muy bien así- bromeó, Archie.
- Bueno, a su padre lo conocí un poco más grande y no me costó nada hacerme cargo de él. Este pequeño pronto será mi ahijado y me aseguraré que tenga el padrino más consentidor del mundo. - respondió, con una sonrisa.
- Pero con disciplina- se oyó una voz tras ellos -Si no fuera por los límites que me pusiste, hoy quien sabe que sería de mí.
- ¡Oh! ¡Vamos, William! Ese será trabajo tuyo, el mío es mimarlo.
- ¡George! - le reprendió
- ¡Como todo un abuelo! - rio, Archie.
- ¡Nada de eso! Soy muy joven para ser un abuelo.
- Tan joven como su novia- dijo, Albert.
- ¡¿Novia?! ¡Vaya! Eso sí es una sorpresa- exclamó, mirando asombrado a un ceñudo George.
- Sí- continuó, Albert -Ahora mismo está en Londres con sus padres, pero vendrá a la ceremonia de presentación. Se llama Daisy
- Archie no está interesado en saber de mi vida personal, William- habló, malhumorado.
- ¡Oh! ¡claro que me interesa! - sonrío, con picardía.
Después de un rato, los tres hombres decidieron tomar una copa y fumarse un habano en la biblioteca. Pusieron al tanto a Archie de la situación de los negocios y le propusieron que fuera el representante del patriarca en América. El joven prometió pensarlo, pues de alguna manera ya había levantado una empresa propia. Albert y George aceptaron la tregua, no sin antes ofrecerle convenientes fusiones con otras instituciones.
Cuando fueron llamados para el almuerzo, se dispusieron a cambiar sus ropas por algo más informal. Antes de salir, Archie les detuvo en la puerta.
- Gracias Albert, Gracias George, no me alcanzará la vida para pagarles todo lo que hicieron por mí, por mi hermano y por toda la familia- externó, con sinceridad.
- Estamos a mano, tú me salvaste de mi soledad y me has dado algo más valioso que todo este emporio, me diste un hermano y eso no se paga ni con todo el oro del mundo.
La felicidad que flotaba en el ambiente, hizo de ese día de verano algo inolvidable para cada uno de los estaban ahí. Atrás habían quedado la traición, el engaño y la tragedia; las luces verdes y los corazones rotos. Desde ese momento, cada uno supo que una nueva era había llegado a sus vidas, y desearon con todo su corazón que las bendiciones fueran abundantes para todos y, con esta esperanza, vivirían con intensidad el presente y forjarían un maravilloso futuro.
Fin.
El Maravilloso Señor Ardley.
Por Clodette Ardley
