Ranma 1/2 no me pertenece. Todos los derechos están reservados a su autor original, Rumiko Takahashi. Esta obra es escrita sin fines de lucro. Fanfic para participar en la Fiesta de Halloween de Mundo Fanfics Inuyasha y Ranma con el tema #Leyenda.Relato basado en la leyenda mexicana de El callejón del beso.


Te besaré en el callejón.

Entró a la habitación de la menor de los Tendo, con mucha precaución y con sus movimientos limitados. Miró a la joven durmiente, en aparente paz. Sonrió aliviado.

Ya era una costumbre que adquirió después de lo sucedido en Jusenkyo. Siempre había dicho que no tenía miedos, salvo los gatos, claro estaba. Pero, para su mala suerte, descubrió algo peor que esa fobia.

Perder a Akane para siempre se convirtió en la fobia que jamás podría superar. Desde que regresaron, se volvió un guardián que no la dejaba en paz. Así lloviera, o hiciera un calor infernal, siempre se aseguraba de que no le ocurriera nada. La seguía cuando podía, y la recogía cuando iba a la estación de tren o de autobús.

Si Akane estaba en paz, el también.

No había peligro alguno alrededor de ella, así que decidió volver a su habitación. Antes de irse, la miró por última ocasión. Su sonrisa se amplió, y finalmente, emprendió el camino hacia su cuarto.

Llegó y esquivó con cuidado las patas de panda de su padre. También tuvo especial cuidado en no pisar la mano de su madre, que se mantenía extendida gracias al profundo sueño que la había atacado. Se recostó nuevamente en su futón, sin poder despegar de su mente la imagen de Akane durmiendo. Era la chica más hermosa que jamás haya visto. Cuando le decía que no era linda, se trataba de un escudo para proteger su corazón. Ahora, ya no tenía problema alguno en admitirlo.

De hecho, ya estaba harto de que Shampoo, Ukyo, e incluso Kodachi creyeran que eran su mejor opción. No. Para él, Akane siempre fue la única que ocupó su alma.

Los nervios le estaban carcomiendo, y quizá se arrepentiría de no poder dormir en toda la noche. En unas horas estaría partiendo hacia Yokohama junto a la clase entera para un viaje escolar, y a él no se le había ocurrido mejor idea que aprovechar esa salida lejos de los locos de costumbre para poder decirle a Akane lo que sentía, sin rodeos, y siendo honesto. Declararse no parecía ser una tarea sencilla, así que se encontraba una y otra vez repasando los posibles diálogos en su mente.

Imaginar la respuesta de Akane le ponía la piel de gallina. Estaba seguro de que aceptaría sus avances. Podía notar como la relación entre ambos había escalado aún más, y es que simplemente necesitaban un empujoncito para poder decir sus verdades de frente. Su estómago burbujeó, y la pequeña risita se hizo paso, teniendo que ocultarla debajo de la colcha del futón.

Por ese día, se olvidaría del miedo a perderla, o a que le pasara algo.

Ese día, la felicidad lo alcanzaría.

Parte 5.-Enfrenta tus miedos I.

Tatewaki avanzaba, corriendo apresurado. Las escaleras estaban pareciéndole algo demasiado eterno. Tal vez si lo eran. No sabía exactamente si solo habían sido segundos, o minutos los que corrió en ese pasillo, pero definitivamente ya estaba harto de no llegar a ningún lugar. O al menos, así fue, hasta que se topó con un portón de herrería con detalles de dragones.

Abrió la puerta, y otro pasillo le aguardó. Corrió sin pensar en si algo le atacaba, o si había trampas ahí. Izquierda. Derecha. Hacia enfrente. Siguió la dirección que ese camino marcaba, hasta que dio de frente con una especie de mazmorra. Las antorchas empotradas Iluminaban ligeramente. Pero el frío se sentía fatal.

De pronto, sus oídos captaron gruñidos y sonidos metálicos. Luego, gritos desesperados de un hombre. Corrió de nueva cuenta en la dirección que captaba, sosteniendo fuertemente su boken. Finalmente llegó al destino indicado.

Ahí, en la jaula, estaba Ranma. Su piel ya comenzaba a cubrirse de moretones pronunciados, además de que el sudor perlaba su frente. Lo miró embestir contra la jaula, una y otra vez, con ímpetu. Y en uno de esos intentos, el de trenza terminó cayendo hacia atrás. Pudo notar que se levantó con dificultad, quizá aturdido por el tiempo que llevaba intentando escapar fallidamente.

—No lo vas a lograr.— Pronunció Tatewaki, acercándose fanfarrón.

En cuanto el de trenza escuchó la voz del odioso chico, volteó su mirada hacia enfrente. Rodó los ojos, y jadeó profundo. —¿Qué haces aquí? ¿Acaso también te atrapó?

—¿Crees que soy tan débil como para que eso ocurra? Soy el rayo azul de Furinkan. Soy ágil, poderoso. Nada puede contra mi.

Gruñó con molestia. —Ya déjate de juegos.— Ranma se acercó a los barrotes de la jaula, tomando entre sus manos los elementos metálicos, aferrándose desesperado. —Si tu estás aquí, significa que Akane también. ¿En dónde está ella?

—Deberías calmarte…

—Dije, que… ¡¿En dónde está?!

—Nos separamos para buscar el pergamino, al chico pato y a ti.— Respondió atónito ante el tono en el que el de trenza le habló.

—Entonces, con mayor razón debo salir de aquí. ¡Maldita sea!

El mayor de los Kuno se estremeció por el estruendo producido cuando el de ojos zafiro se lanzó sin miramientos a los elementos metálicos. —Sé que no nos llevamos bien, pero, no creo que debas comportarte así.

—¿Así como?

—Violento e irracional. Pareces un loco.— Cruzó sus brazos, con el semblante serio.

El de trenza jadeó irónico. —Tú no lo entenderías.

—Si me lo explicas, si.

Agachó la mirada. —No lo harías. Crees que te importa Akane, crees que la amas, pero no lo haces. Si lo hicieras, no la hubieses dejado venir hasta acá. Si lo hicieras, comprenderías el por qué estoy enloquecido por salir de aquí.

El kendoista se sintió extraño. Podría jurar que ver a Saotome en ese estado le generó empatía. Se conmovió ante lo que presenciaba, y hasta cierto punto, le dolió. Debía admitir que ni siquiera él se sentiría tan desesperado por saber de Akane Tendo hasta llegar al punto de hacerse daño de esa forma. Carraspeó incómodo ante la revelación que tuvo en ese momento.

Ranma volvió a moverse desesperado. Justo era lo que no quería que pasara. Si Akane se encontraba en esa mansión, su vida peligraba por completo. —¡Maldición!

El de trenza seguía embistiendo la jaula, aún si el dolor le invadía por completo. Akane estaba en su mente, y su objetivo, más allá de ayudar a Ming Ue, era ver a su prometida sana y salva. Los recuerdos en Jusenkyo golpeaban su mente. No podía permitir que la sonrisa de ella se apagara otra vez, no lo soportaría.

—¡Akane!

Al escuchar el grito potente de Ranma, el mayor de los Kuno suspiró. Estaba bien, lo aceptaba. Ni él amaba de esa forma tan loca a Akane Tendo. Caminó y colocó el sello en los barrotes.

El brillo que salió del metal, de color dorado, iluminó la mazmorra por completo. Ranma siguió empujando su cuerpo, pero tan pronto como el sello comenzó a actuar, la sensación de fortaleza iba regresando a él. Los barrotes comenzaron a ceder, uno por uno, cayendo como fichas de dominó. Y, finalmente, en el último movimiento, Ranma salió disparado hacia enfrente, cayendo de bruces al suelo, jadeando fuertemente por el esfuerzo físico al que se vio sometido.

Limpió su sudor en la frente, y la risa salió de su cuerpo de forma natural. Su fuerza había regresado por completo.

Mientras tanto, Tatewaki le observó desde su posición. La melancolía se abrió paso en él. ¿Debía aceptar una derrota? ¿Acaso perdió contra Ranma Saotome? Le costaba un poco aceptarlo, pero, ¡demonios! Le estaba teniendo respeto al chico por ser más perseverante que él.

—¿Estás bien, Saotome?

—Si.— Volvió a sonreír. —Lamento... lamento haberte hablado de esa forma.

De acuerdo, eso era nuevo hasta para él. Nunca le había pedido perdón de manera sincera, y menos con amabilidad. —Saotome, acepto tus disculpas. Soy un hombre honorable, y sería descortés de mi parte no hacerlo.

El de trenza se levantó lento, y cuando estuvo completamente de pie, miró a su superior, suavizando su semblante. —Gracias, Kuno.

Ese agradecimiento le hizo sentir una pequeña pizca de calidez. A pesar de ser su rival en el amor, no podía negar que miró la realidad que le costaba discernir desde hace tiempo. —Akane debe estar en algún lugar de la casona. Descuida, estará bien.

Su comportamiento anterior fue brusco, pero escuchar lo último le alivió. Tal como Ryoga se lo dijo horas antes, ahora su superior se lo afirmaba. Eso es lo que debía creer. Debía enfrentar su miedo, plantarle cara a la muerte. Akane ya la había burlado, y en esta ocasión no sería diferente. —Bien, entonces no hay tiempo que perder.

Salieron de las mazmorras pensando en cosas diferentes. Tatewaki se preguntaba si debía dejar de luchar por Akane Tendo.

Ranma, por otra parte, estaba dispuesto a luchar por ella.

Ukyo caminaba a través del largo pasillo oscuro que se ocultaba detrás de la puerta que atravesó mientras huían de las flechas. A cada paso que daba, su respiración se volvía más y más errática. La iluminación de las velas empotradas en la pared no ayudaba a calmar su incipiente sensación de inestabilidad, y además, comenzaba a hacer frío en el lugar.

—Tranquila, Ukyo. No debes dejar que te afecte.— Murmuró para si misma. Se limpió la nariz con un pedazo de papel que tenía en su bolsillo, y continuó con su recorrido.

Llegó a una especie de portón grande, decorado con motivos de serpientes. Supuso que se trataba de una habitación importante, por lo que desenfundó la espátula que cargaba consigo, y un poco nerviosa, abrió la puerta. El rechinido que resonó le pareció eterno. Cuando logró abrir la habitación, se percató de que no había rastro de ningún mueble en el lugar.

La realidad, es que era una especie de mini laberinto, repleto de espejos enmarcados en oro puro. Cada espejo poseía una apariencia normal. Extrañamente no había signos del paso del tiempo. Ni telarañas, ni resquebraduras.

Parecía que esa habitación se había congelado por completo.

—¿Hola? ¿Hay alguien ahí?— Decidió preguntar.

No obtuvo ninguna respuesta. Ante eso, comenzó a adentrarse al cuarto, temblando sin saber si era por el frío existente, o por el miedo ante lo desconocido de la situación.

Su silueta se veía reflejada en los cristales, pero había algo extraño en esos objetos. Si, podía verse a través de ellos, solo que una de las figuras se movió de manera extraña, como si cobrara vida propia. Esa Ukyo tomó la espátula y la estrelló frente a ella, provocando en el cristal grietas de las cuales emanó sangre.

—¡¿Que demonios?!— Trató de alejarse, sin embargo, chocó contra otra de las superficies detrás de ella.

En ese momento, escuchó un misterioso eco resonando por todo el lugar. Agudizó el oído, logrando captar que se trataba de la canción que solía cantar junto a Ranma. Usagi to kame, es decir, la canción de la Liebre y la Tortuga, estaba siendo fuertemente interpretada por una voz desconocida. Sonaba calmada y tranquila, aunque luego, la tonalidad cambiaba a una de completo terror. Confundida, tomó su espátula y la colocó frente a ella a modo de defensa.

Unas risas se escucharon, y luego de ello, la voz de una niña pequeña se hizo presente.

Eres lenta, Ukyo Kuonji.

—¿Quién eres? ¡Muéstrate!

Ella es la tortuga. Y tu eres la liebre.

Apretó fuertemente los dientes. —¡¿De que hablas?! ¡¿Quien eres?!— Para estas alturas, a Ukyo se le había pasado un poco el efecto de la gripa.

Akane Tendo es la tortuga. Te has dormido, Ukyo Kuonji. Te lo han ganado.

—¡Tatsuo! ¡No sé si seas tú quien me está poniendo esta trampa. Pero no caeré en tus sucios jueguitos!

No importa la velocidad de la tortuga. De todos modos, tardará toda la noche.

En todos los espejos que la rodeaban, los recuerdos de ella y Ranma jugando con esa canción se reflejaban. Cruelmente le mostraban la felicidad infantil y la inocencia con la que vivían, antes de que los sentimientos se hicieran más fuertes.

—No lo vas a lograr...— Murmuró, ya un poco afectada ante todo.

Voy a dormir una siesta aquí.

La imagen cambió por la de ella y su padre persiguiendo a Genma y a Ranma, quienes se llevaban el carrito de okonomiyakis que era de su propiedad. Después, Ukyo, siendo una niña aún, se alistaba para empezar a aprender a cocinar alimentos. Luego, los recuerdos de ella escondiendo su femineidad se hicieron presentes. No deseaba hacerlo, pero su corazón, despechado y dolido, le indicaba que, luciendo como hombre, tal vez sería más fácil obtener venganza por el dolor que le hicieron pasar.

Ukyo, con furia, golpeó otro de los cristales, haciendo que sangre saliera nuevamente de ahí. —Basta...

Fallé, dormí demasiado.

Ella no estuvo ahí, así que no entendía por qué estaba viendo eso. Era la imagen de Akane, inconsciente, siendo sostenida en los brazos de Ranma. Se veía agua por todas partes, y un lugar completamente destruido. La piel de la joven de cabellos cortos estaba pálida, y el semblante de Ranma era el más deprimente que jamás le haya visto. Cuando perdió su fuerza, teniendo que encontrar la moxibustión, el chico de trenza daba paso a la tristeza. Pero, en ese cuadro, era peor el asunto.

¡Akaneeeeeeeee!

—¡Ran-chan!— Enojada rompió otro de los cristales, y comenzó a correr en el laberinto de espejos que la mantenían cautiva.

¡Déjame decirte que te amo! ¡Akaneeeeeeeeeee!

—¡Basta!— Las lágrimas salían a borbotones, y su pecho dolía, escocía por saber la verdad. —¡Todo eso es mentira! ¡Nada es real! ¡Solo es una trampa!

Ukyo Kuonji es una ingenua. A Ranma Saotome le gusta Akane Tendo.

—¡No es verdad!

La liebre perdió. La tortuga ganó.

Destruyó cada espejo que le mostraba la imagen de Ranma llorando por Akane. Pisaba los pedazos de cristal sin cuidado, sintiendo como se rompían con su propio peso. Corría y corría, tratando de alejarse de cada una de esas visiones dolorosas que le mostraban a la fuerza. —Basta... por favor...

Ukyo Kuonji es una perdedora. Nunca tendrá a nadie que la ame.

Nadie que la ame. Nadie que la quiera como ella quiere a Ranma.

A excepción de Konatsu, quien le esperaba en casa. Konatsu, la única persona que le había procurado con su gripa. Ni siquiera Ranma se interesó en saber de su estado de salud. Además, recordó lo que Akane les dijo antes de partir en esa aventura.

—Peligro. ¡Lo dice quien le pone mil y un hechizos para atarlo a su lado! Ustedes también son despreciables. ¡Siempre atosigando a Ranma! ¡Jamás lo dejan en paz! ¡Son peores que las sanguijuelas! ¡Parecen una estúpida plaga que nunca se va, que siempre le hace daño!

Akane y Ranma negaban lo que sentían. Sin embargo, y en el fondo de su corazón, Ukyo lo sabía. Todo era real. Se amaban con irremediable locura. En cambio, ella, junto con Shampoo y Kodachi solo se dedicaban a asediarlo y molestarlo.

Nunca estuvo en China. No fue testigo de lo sucedido, y aún así, esa visión se reflejaba para mostrarle la cruel realidad. Ella quería a Ranma, pero, ¿el la quería a ella como más que una amiga? ¿Y si simplemente estaba forzando algo que claramente no tenía futuro?

Se detuvo, limpiando sus lágrimas con el dorso de su mano. Miró nuevamente hacia su alrededor, escuchando aún las risas y el cantico burlesco. Tomó la espátula con más ímpetu, y se colocó en posición de pelea. Primero, debía luchar contra lo que sea que la estuviese hostigando para poder completar la misión y que esa fantasma se vaya al más allá. Luego de ello, ordenaría sus sentimientos.

—¡No te tengo miedo! ¡Anda! ¡Muéstrate!

En ese momento, los espejos cobraron vida. Cada uno se movía robótico, pero con total destreza. Ukyo se repitió a si misma que no debería temer. Lucharía para poder salir de ahí con vida.

Shampoo logró llegar a una especie de recibidor elegante. Eso si, se le había complicado el asunto, porque había al menos tres puertas frente a ella, y cada una le podía llevar a un lugar clave, o bien, a una trampa mortal. Escogió la de enfrente, abriéndola decidida a enfrentar lo que sea que pasara. Era una amazona, una guerrera innata, dispuesta a luchar contra lo que se le atravesara.

Se adentró en el espacio oscuro, en donde no había ninguna luz alumbrando. Preparó los bomboris con intenciones de defensa personal, y adoptó la posición de ataque. La puerta se cerró de forma violenta, y el frío se hacía paso en su piel. No sintió temor. En si, ella nunca experimentó el miedo hacia algo en específico, porque era valiente.

O al menos, eso es lo que creía con arrogancia.

La sala se iluminó, mostrando en medio una visión muy triste para ella. Se trataba de Ranma herido, con múltiples rasguños cubriéndolo por toda su epidermis. Además, sus ropas se encontraban rasgadas, y había rastros de sangre en algunas partes de su piel.

—¡Airen!— Exclamó, corriendo apresurada hacia él.

Sin embargo, en cuanto se acercó lo suficiente, Ranma se desvaneció por completo. Shampoo terminó cayendo de bruces hacia el suelo, pero sin soltar su arma.

¡Vete!

La voz de Ranma se hizo eco por todo el lugar. Confundida, miró a todos lados, buscando la fuente de ese sonido brusco. No encontró nada, por lo que supuso que sería una trampa de las que, seguramente, Tatsuo dejó por toda la mansión. —¡Tu no ser airen! ¡¿Quién ser?! ¡Mostrarte!

Podrás ser una mujer que cualquier hombre quisiera tener. Pero no eres ella. No eres Akane.

—¡Calla! ¡No hacerte caso!

Las imágenes del fatídico momento en Jusenkyo comenzaron a mostrarse en todas partes de esa habitación, como hologramas que le enseñaban la cruel y dura realidad. Primero, Ranma luchando contra ella, tratando de encerrarla en uno de los huevos de los que fue víctima. Luego, la imagen de la lucha contra Saffron, en la que Akane se sacrificó al usarse como escudo. Y luego, Ranma sosteniendo el cuerpo de Akane, destrozado, llorando, y gritando con amargura el nombre de la chica de cabellos cortos.

¡Akaneeeeee!

—¡Basta!

Lanzó los bomboris en dirección al reflejo de Ranma sosteniendo a Akane, sin embargo, este se desvaneció. Luego de ello, un montón de figuras parecidas a Akane Tendo la rodearon, tomadas de las manos y sonriendo con maldad.

¿Qué pasa, Shampoo? ¿Por qué estás triste? ¿No quieres venir a nuestra boda? ¿O es que acaso no estás feliz con eso?

—Tu no ser real...

La risa cristalina salió de los labios de la joven de ojos chocolates. —Claro que lo soy, boba. Es solo que no aceptas que yo gané.

—Para ya...

Es la verdad. Ranma me ama. El me quiere a mí. A ti te detesta. A ti te odia.

—¡Calla!

Se adelantó a atacar a una de las tantas Akane falsas frente a ella, pero en cuanto lo hizo, un grito ensordecedor resonó en el lugar. Aquél molesto sonido hizo que se tapara los oídos, y luego, vio sangre regada en el suelo. Siguió el rastro hasta encontrar el cuerpo de Ranma, sangrando irremediablemente. La piel blanquecina estaba pálida, maltrecha. Se miró las manos, comprobando que estaban llenas de esa sustancia carmesí que destilaba el hombre frente a ella.

¿Shampoo?

Akane apareció de una de las esquinas de la habitación. Sus ojos indicaban una gran satisfacción, y sonreía maquiavélica.

Gracias por matarlo. Es un infeliz, ¿no lo crees?

Confundida, se acercó. Esa chica no era de esa forma. La joven de las Tendo se caracterizaba por ser bondadosa. Si fuera ella, estaría llorando al ver el cuerpo de un supuesto Ranma en el piso. —Akane no ser así. Akane no ser cruel...

El idiota simplemente no te deja las cosas claras. Merecía su destino.

La silueta de Akane se deformó, y en esta ocasión, su propia imagen se reflejó. Una copia de su persona le estaba mirando, desafiante. Era como si en ese cuarto, una presencia tomara forma de su peor miedo.

Abrió los ojos de par en par.

Su miedo.

Tal vez ella tenía miedo de perder a Ranma para siempre, pero no por Akane. Quizá, en el fondo, ya estaba resignada a nunca obtener su amor como hombre. Sin embargo, lo estaba lastimando al no considerar sus sentimientos, al grado de matar cualquier rastro de cariño que él pudiese tener con ella, incluyendo la amistad.

Akane tenía razón. Ellas solo eran un estorbo. Una plaga atosigante.

A quien realmente tenía que temerle no era Akane. Era a ella misma.

Tragó saliva, y bufó. Adoptó una posición de pelea, retando a su propia copia. —Soy una amazona. Tengo leyes que cumplir, pero si esas leyes lastiman a quien más amo, entonces lucharé contra ellas. No te tengo miedo, Shampoo.

—Entonces, que comience la batalla.

Kodachi Kuno se caracterizaba por tener un espíritu de combate interesante. No se rendía, e incluso, usaba las mejores tácticas para derrotar a sus enemigos. Aunque, claro, esa era la forma elegante que tenía para decir que hacia trampa. Consideraba que en la lucha y en el amor, todo se valía. Cuando era niña, su competitividad le impulsaba a actuar de esa forma descarada. Pero, había una excepción ahora que era más grande.

Por Ranma Saotome era capaz de cometer trampas. El chico le había embrujado, adormeciendo sus sentidos más cuerdos. La verdad, es que no podía culparse. El asistir a un colegio exclusivo para chicas provocaba en ella las ganas tremendas de tenerlo solo para ella. Es por eso que estaba dispuesta a derrotar a Akane Tendo, una vez que la aventura terminase.

Abrió sin cuidado la puerta delante de ella, entrando a una especie de vestidor con maniquís luciendo kimonos de colores variados. Rojo, azul, morado, verde. Todo un arcoíris lleno de fulgor.

—¡Bah! Pensé que habría algo tétrico.— Desenvolvió su listón, manejándolo con destreza para tomar uno de los maniquíes y estamparlo en la pared. —Bien. Repasaré mi plan. Emboscaré a Tendo en alguna parte de la mansión, y le obligaré a entregarme el pergamino para que así, Ranma-sama y yo los unamos. Y luego, lo besaré en el callejón.— Soltó su característica risotada.

Pero, de pronto, sintió un golpe en su brazo con un objeto extraño. Su listón trató de tomar lo que impactó en su piel, pero fue fallido, ya que pudo ver a los maniquíes moviéndose, atacándole directamente.

—¡Suéltenme!

Parece que fuiste emboscada, Kodachi Kuno.

Trataba de removerse, pero entre más lo hacía, las manos de los maniquíes se aferraban a ella, clavando las extremidades en su uniforme del colegio. Se reían de ella, burlándose por la forma en la que se estaba viendo acorralada.

Si Akane Tendo te ha ganado, nosotros también te ganaremos.

—No es verdad. ¡Akane Tendo no me ha ganado!

¡Claro que si! Te quitaron a tu Ranma-sama, y lo mejor es que fue sin trucos, ni trampas como las que usas. Te ganaron limpiamente.

Hizo un pequeño intento por escapar, aunque en vano, porque se le aferraron aún más. La burlas no las estaba tolerando. Nadie se burlaba de Kodachi Kuno de esa forma. —¡Quiten sus manos de mi!

¡Vas a perder, porque solo le estorbas a Ranma!

No, ¡imposible! Ella perdía muy pocas veces. Con dolor, recordó como la chica de la trenza le venció en el desafío por Ranma. Y, con su corazón aún más adolorido, las palabras que Akane Tendo les lanzó como veneno a todas ellas. Un estorbo, eso es lo que era.

Tal vez, esas cosas decían la verdad, y muy posiblemente, Ranma no la amaba a ella. Ni los somníferos, ni las múltiplex trampas habían funcionado. Y si en todo ese tiempo nada de lo que hacía daba resultados, ¿Qué le hacía pensar que lo haría en el futuro? Gruñó, y con fuerza, se quitó a los monigotes de encima. Luego, corrió hacia donde estaba su listón, tomándolo de vuelta y moviéndolo como un látigo.

—Nada de trampas en esta ocasión. ¡Vamos a pelear honestamente!

Akane avanzaba poco a poco, con el temor invadiendo cada poro de su piel. Si recordaba las veces en las que había entrado a las casonas del terror, podía dilucidar que en ninguna ocasión había sentido tanto terror como en ese instante. Si Ranma estuviese ahí, ella se le aferraría al brazo, buscando protección en él. Irónicamente, ahora era su turno de enfrentarse a sus miedos. Podía ser estúpido, pero ella de verdad no soportaba las historias de fantasmas ni los demonios. Los detestaba, aunque creía saber el por qué.

Cuando era pequeña, su madre falleció cerca de la fecha del obon. Y cuando estuvo yendo al cementerio, creyó haber visto al fantasma de su madre. Aunque eso podría haberse considerado como algo hermoso, para su pequeña mente de niña pequeña, resultó lo más aterrador posible. Encima, después de aquello, a Nabiki se le ocurrió hacer una maratón de películas de terror, las cuales terminaron de provocarle la repulsión hacia toda clase de seres paranormales que pudiesen existir en la tierra.

Ahora, ella misma terminó embarcándose en la difícil misión de encontrar la segunda mitad del pergamino. Pero, si era honesta, le importaba más rescatar a Ranma y al pobre de Mousse, que los monstruos o fantasmas acechando en esa mansión.

Llegó hasta una especie de cuarto extraño en el que la atmósfera era, por no decir menos, aterradora. Abrió cautelosa el portón que dividía los espacios, y lo que la recibió resultaba increíble. Las paredes negras estaban llenas de garabatos en color rojo. Caracteres chinos se traslapaban, mostrando una especie de mensaje encriptado. Quizá se trataban de hechizos realizados por Tatsuo en vida, aunque no parecía ser así. La tinta estaba algo fresca, además, el cuarto era largo, extenso.

Al fondo de esa interminable habitación, un cofre de color negro se vislumbraba. Brillaba con una luz verde, y se movía inquieto. Si no se equivocaba, tal vez ahí estaba la segunda mitad del pergamino. Era eso, o se trataba de una criatura espeluznante.

Suspiró profundamente, tratando de apaciguar su temblor. —Akane, tranquilízate. Puedes hacerlo. No tengas miedo.— Se sobresaltó cuando escuchó como el cofre hizo un movimiento brusco. —N-no hay nada que temer... L-los fantasmas no te van a detener...

Dio un paso. Luego otro. Y luego, otro más. Caminó lento, con la suficiente cautela para poder responder ante cualquier situación inesperada. Su respiración se hacía paso en el ambiente, resonando impasible, y sus manos, temblorosas, se apretaron firmemente entre ellas. Un pequeño ruido hizo que adoptara la posición de defensa, deteniéndose.

—¡¿Quien está ahí?!

No obtuvo respuesta alguna. Ante eso, volvió a avanzar.

Inesperadamente, escuchó un suave llamado dirigido a ella.

Akane...querida...

Esa voz... —¿Mamá?

Akane... hija mía... ven a mis brazos...

Era imposible que fuese su madre. Ella estaba muerta. Seguramente se trataba de una trampa de Tatsuo. Él era lo suficientemente inteligente como para poder ver sus debilidades. Frunció el ceño, e inmediatamente volvió a emprender camino a través de esa fría habitación. Con cada paso que daba, la valentía se abría paso en ella. Lentamente su miedo comenzaba a ceder, aun cuando una figura fantasmal se comenzaba a manifestar a su lado.

Akane... ¿ya no me quieres?

—Si lo hago, madre.—Respondió firme. Seguía avanzando, tratando de hacer llevadera la situación.

Akane, sé que eres una buena niña. Y por eso mismo, te pido un favor.

—Dime, madre.

No vayas por el pergamino.

De nueva cuenta, frenó su marcha. Ya estaba a mitad del salón, y que ahora mismo le dijera eso resultaba conveniente para el fantasma. —¿Qué dijiste?

¿Sabes que a Ranma no le gustaría que te expusieras de ese modo?

En las paredes del lugar, comenzaron a formarse unas visiones intrigantes para ella. El momento en el que su vida se vio eclipsada por su decisión imprudente de tomar el Kinjakan apareció reflejado en la superficie.

Has sido imprudente desde niña. Siempre metiéndote en problemas, ¿o es que acaso no recuerdas cuantas veces te peleabas con niños?

Su corazón comenzaba a escocer, y sus ojos a humedecerse. Si, era imprudente. Y es por eso que quería seguir con su misión, porque debía demostrarle a Ranma y a si misma que ella era capaz de enfrentarse a las adversidades. —Sé que es arriesgado, pero lo haré.

Ranma ha sufrido mucho por tu culpa. Hija, ¿no sabes que él no ha podido conciliar bien el sueño?

—¿De que hablas?

Confundida, miró el resto de las paredes del lugar. En uno de los muros, Ranma aparecía cargando su cuerpo inerte en el Monte Fénix. Enfrente de ella, Ranma estaba entrando a su habitación por la noche, mirando a la joven con una expresión de alivio y lágrimas en los ojos. Y en otra de las caras del lugar, su prometido se mantenía entrenando de forma asidua. Tal como ella lo hacía hace meses.

Sabía que Ranma no estaba tranquilo todo el tiempo, pero jamás se imaginó que le haya afectado a ese punto. —No lo sabía...— Murmuró, estirando uno de sus brazos, tratando de tocar falsamente la cara de su prometido.

Akane, mi cielo, no le hagas sufrir más de lo que ya está padeciendo. Deja la misión, y solo rescátalo. Dale el pergamino a Tatsuo.

Apretó sus puños. No, su madre no le diría eso. Resultaba conveniente que le dijera que entregara el pergamino a Tatsuo. Corrió rápidamente hacia el cofre negro. Cuando llegó, lo pateó con fuerza, logrando abrir el candado. —Lo lamento. Pero sé que no eres real.— Tomó el pergamino entre sus manos, y se enderezó firmemente. —¡Tú no eres mamá! Ella no me diría esas cosas, porque desde que era pequeña me alentaba a pelear por lo justo.

Una risotada malvada se escuchó estruendosa. En esta ocasión, a pesar de encontrarse sola, no sintió pavor. Los fantasmas podían ser reales, y aunque le quisieran hacer daño, ella no dejaría de luchar. Tenía un motivo más allá para superar sus miedos, y era Ranma. Por él, sería capaz de luchar.

Niña tonta. No sabes en lo que te has metido.

—¡Sí que lo sé! ¡Estoy harta de sentirme culpable por lo que sucedió en Jusenkyo!

Si fuese así, no te expondrías a esto.

Su respiración estaba agitada, pero su alma y corazón no dejaban paso a la oscuridad. —Ranma... ¡Ranma es mi prometido! ¡Lo amo, y es por él que lucharé con todo lo que tengo! ¡Ya no más miedo! ¡Ya no más culpas!

¡Muere!

El humo de color negro comenzó a formarse, mostrando poco a poco la figura de Mousse, sonriente. La enorme katana perteneciente a Tatsuo le señalaba con su punta afilada. —Entrégame el pergamino, y nadie saldrá herido.

—No lo haré. Además, la mitad de Takahiro no la tengo en este momento.

—Que chiquilla tan idiota. ¿De verdad vas a sacrificarte por un asunto que no es de tu incumbencia?

—Si. No me conoces, pero los Tendo...No. ¡Los Saotome somos feroces!

Soltó una carcajada inmunda. —Odio el sentimentalismo de los humanos. Solo es debilidad absoluta.

—¡No lo es!

—Ya veremos que tan capaz eres de cumplir la misión.

Ella escuchaba la voz de Ranma dentro de sí, animándola. Meses entrenando sin descanso no serían en vano, y le demostraría que podía luchar. Adoptó posición de pelea, recordando la palabra clave que el hechicero le dijo para activar un encantamiento poderoso contra fantasmas. Solo tenía una oportunidad de usar ese encantamiento, pero no le quedaba de otra. Además, estaba el escudo de Ming Ue para protegerse.

Es entonces que los pocos objetos en la habitación levitaron, aproximándose hacia ella. Akane logró esquivar algunos cuantos, mientras que pateaba los que podía. Estaba haciendo lo mismo que en la tienda de antigüedades, pero no le iba a funcionar. Uno de los postes con velas voló hacia ella, quien esquivó realizando una maniobra en la que dio vuelta por el suelo, y comenzó a correr hacia la puerta.

—¡Vuelve aquí!— Mousse desapareció de donde estaba, y se manifestó frente a Akane, blandiendo la katana y logrando rajar una parte de la falda de la chica. El chico comenzó a caminar en círculos, tratando de infringir daño en la joven de pelos cortos. Ella se mantenía esquivando los ataques, aunque cada vez resultaba más complicado. No fue hasta que estuvo a nada de cortar su piel, que ella decidió usar la primera oportunidad de encantamiento.

—¡Hielo!— Gritó con fuerza.

En cuanto la palabra fue dicha, Mousse dejó de atacar. Se sintió débil, comenzando a parpadear ligeramente, y se estancó en una sola posición. —¿Qué es esto?

—Un hechizo de la familia Xu. Escucha, rescataré a mi prometido, y juntos lograremos ayudar a Ming Ue. Tú no eres nadie para impedirlo.

Akane abrió la puerta, y comenzó a correr en los pasillos oscuros, con la valentía en ella.

Ya no más culpabilidad.

Ya no más miedo.

Akari, Ming Ue y el hechicero Xu habían arribado al callejón. Ahí debían hacer el ritual indicado para poder derrotar a Tatsuo. Mientras la entrenadora de cerdos acomodaba las velas de la forma en la que el hombre le indicó, Ming Ue caminaba entre los balcones del callejón. Se sorprendió al notar que la gente se encontraba lejos del lugar, como si no supieran de lo que estaba sucediendo con Tatstuo.

—Si lo saben.

Al escuchar la voz del señor Xu, Ming Ue miró hacia abajo. —No esperaba menos de la magia de su familia, señor Xu.

El hechicero sonrió, siguiendo con su labor de trazar el símbolo para el ritual en el suelo. —Lo saben, es por ello que no desean acercarse al callejón. Las personas nativas de este lugar poseen cierto sentido desarrollado que detecta la magia, así sea en poca cantidad.

—Vaya... cuanto ha cambiado todo desde que morí.

—Es natural, han sido muchos años.— Sonrió. —Por cierto, Ming Ue... ¿por qué la condición para el escudo protector es un beso?

Con picardía, alegó. —Porque lo necesitan. ¿Acaso no notó cierta tensión entre Ranma y Akane?

—Era demasiado palpable. Es por ello que también coloqué un encantamiento extra en el anillo.

—¿Un encantamiento extra?— Ming Ue observó el cielo despejado, el cuál, ya comenzaba a mostrar los colores correspondientes al atardecer. —A decir verdad, creo que necesitarán más que un encantamiento para confesar sus más profundos sentimientos.

—Les dije que deben enfrentar sus miedos. Sobretodo, Ranma Saotome. Ese chico la ama tanto, que le es imposible dejar atrás el temor que le paraliza.

Akari no pudo evitar que una suave risa saliera de sus labios. Definitivamente los fantasmas y los magos eran más suspicaces de lo que pensaba. Con todas sus fuerzas, deseaba que la misión saliera viento en popa.

Los dos jóvenes salieron del sótano, llegando a la recepción de la mansión. En cuanto pisaron el suelo fino, a Tatewaki le asaltaron los escalofríos de tan solo recordar lo sucedido anteriormente.

—Odio este lugar. Unas flechas endemoniadas nos atacaron a todos.

El de trenza examinó el lugar. Si bien lo lógico era subir las escaleras e ir a las demás puertas en la parte de arriba, su instinto le dijo que sería mala idea. Por debajo de las escaleras, un pasillo extenso se mostraba ante ellos. Agudizó la mirada, pero al no distinguir ningún peligro señaló hacia esa dirección.

—Opino que vayamos a ese lugar.

Kuno asintió. —De acuerdo.

Caminaron por el pasillo, hasta que llegaron a una especie de patio central. Un jardín lleno de excentricidades, como una fuente en desuso enorme, de oro puro. Estaba lleno de bambú en algunas de las jardineras, pero no se veía sospechoso.

Tatewaki supuso que podrían descansar un poco, más que nada, para que Ranma recuperara las fuerzas perdidas.

—Saotome, ¿te has sentido bien? El hechizo de esa celda era muy fuerte.

Ranma estiraba si cuerpo. —Si, me encuentro en perfecto estado...

Un estruendo se hizo eco en el jardín, ahuyentando a los pocos pájaros que había ahí. Sus cabezas giraron en todas direcciones, buscando la fuente de ese sonido. Su sorpresa fue grande cuando, de la parte de arriba, un arco gigante aparecía, apuntando hacia ellos con un manojo de flechas de metal.

—¡No otra vez!— Exclamó el kendoísta, ya con fastidio en su voz.

El de trenza tomó una vara de bambú con la fuerza suficiente como para aguantarla, y le dio vuelta. —Kuno, debemos unir fuerzas.

—De acuerdo, Saotome. Por hoy, seremos mejores amigos.

—No lo consideraría así, pero lo que tu digas.

Las flechas fueron lanzadas hacia ambos, y en cuestión de segundos, el par de chicos logró golpear los proyectiles, mandando a volar lejos las flechas. Por desgracia, una de esas puntas logró rozar a Ranma en el brazo, rompiendo su camisa china y provocando una minúscula herida. No le tomó importancia, pues el único objetivo debía ser luchar sin descanso. Ese arco hizo lo imposible para ambos. De quien sabe donde, extrajo otro puñado de flechas, y las lanzó hacia ellos.

Mientras golpeaban cada oleada de artefactos, el de ojos azules analizaba la puerta que se encontraba cruzando el jardín.

—Debemos ir a esa puerta, ¿crees que puedas seguirme el paso?

—Saotome, estás hablando con el rayo azul de Furinkan. Es obvio que lo lograré.

—Entonces, ¡corramos!

Ranma y Kuno corrieron rápidamente hacia la salida, tratando de esquivar las flechas que lanzaba ese maldito arco embrujado. Una de ellas rozó la mejilla de Kuno, provocando que su piel se abriera y la sangre brotara. Se tocó la mejilla, comprobando que le habían herido. Pensó en la posibilidad de tener una marca en su hermosa piel, lo cual le enojó de sobremanera.

—¡A Kuno Tatewaki nadie le hace cicatrices!

Ante la atónita mirada del de trenza, Kuno se paró antes de abrir la puerta de salida, y con su boken golpeaba los proyectiles, a la velocidad que más le permitía su cuerpo. Cada flecha caía destrozada, y en cuanto el arco encantado se quedó sin objetos para lanzar, Ranma aprovechó y arrastró al idiota con él, sacándolos de ahí. Atravesaron el umbra, deteniéndose para recuperar el aliento.

—Vaya, gracias Kuno.— La sonrisa apareció en su rostro, y alegremente palmeó el hombro de su superior. —Quien diría que a veces no eres un inútil de tiempo completo.

—¿Qué dijiste?— Kuno, molesto, comenzó a perseguir con su boken a Ranma, tratando de propinarle un buen golpe por el apelativo tan lindo. Sin embargo, al pisar un punto determinado, el piso se abrió, logrando que cayera hacia un agujero oscuro.

Ranma, desconcertado, asomó su cabeza a ese lugar. Pero no hubo rastros del chico. Extrañado, y sin saber que hacer exactamente, estaba a punto de tirarse para ir con él, hasta que una voz conocida le llamó la atención.

Ranma...

—¿Akane?

Ranma... por aquí...

Era extraño, pero no había tiempo para dudar. Caminó hacia enfrente, atravesando una nueva puerta, con la esperanza de encontrar a quien tanto ha estado buscando. Lo que no sospechaba, es que entraría en la cueva del lobo