—Bip, bip, bip, bip —Sonaba una y otra vez una alarma. La pequeña criatura antropomórfica de pelaje brillante se apresuró a dejar los planos que estaba diseñando para ir de un lado a otro de la habitación en que se encontraba y frenar aquel sonido y descubrir qué lo había provocado en primer lugar.
—¿Un mobiano corrupto? Es extraño. Ya ha pasado un año y no ha habido mayores liberaciones de caos por parte de Sonic ni ningún otro ser —decía el zorro hablando para sí mismo—. Sea como sea, será mejor detenerlo e investigar antes de que los terrícolas sepan más de lo que deberían saber.
Acercó su mano a su frente, donde se hallaba aquella joya cuadrangular que adornaba su rostro, la cual brilló por un instante tras el cual habían aparecido una bolsa marrón acordonada y un anillo casi negro con algo parecido a una perla incrustado. Paso siguiente, el extraterrestre colocó sobre uno de sus dedos enguantados el anillo oscuro y extrajo un sencillo anillo dorado de su bolsa y procedió a lanzarlo a unos metros de él, haciendo que el objeto redondo creciera en tamaño y brillantez, apareciendo también la imagen de un paisaje árido y rocoso en su interior.
Paso siguiente, el alienígena corrió y saltó hacia el anillo, encontrándose tras el salto en el lugar seco que el aro había mostrado, donde también estaba este último objeto agujereado, ahora viéndose en su interior el laboratorio donde el zorro se hallaba previo a saltar. Pronto, la argolla redujo su tamaño hasta poder caber en un dedo nuevamente y cayó en el suelo. Su propietario la recobró con rapidez y la guardó en su bolsa, la cual procedió a acercar a su gema, para que esta segunda resplandeciera otra vez y el objeto castaño desapareciese.
—Muy bien —expresó el canino para sí mismo—. Ahora, ¿dónde estás?
El vulpino se dispuso a obtener mediante el destello de la piedra en la sección superior de su faz un dispositivo que él había creado, el cual tenía la función de rastrear a aquellos de su misma naturaleza, pero su pregunta fue respondida con rapidez cuando se escuchó un rugido feroz a la distancia.
Con su fino oído el inventor detectó el lugar del que provenía el sonido y enroscó sus colas a gran velocidad para elevarse y volar hacia aquel sitio. Presurosamente halló al ser que produjo ese ruido, deteniéndose en una pequeña meseta desde donde podía ver al ser con claridad. Se trataba de un gigantesco felino azulado de enormes colmillos y afiladas garras. La uniformidad de su pelo se veía arruinada por una piedra preciosa rosada en su hombro derecho. Poseía también una cola fina y alargada que movía de manera agresiva, creando agujeros en las mesetas a su alrededor al chocarla con ellas. Sus párpados estaban unidos, por lo que era probable que no podía ver.
—Un gato mobiano corrupto —declaró el de pelaje dorado—. Es obvio no debo preocuparme porque me vea, pero debe tener un muy buen olfato y oído, por lo que debo moverme con cuidado.
El felino respiró profundo y con prisa acercó la nariz hacia el lugar donde se hallaba el de la joya en la frente, quien rápidamente despegó antes de que la gran criatura pudiera destrozarlo al igual que hizo con la formación terrestre en que hace poco se hallaba parado.
—Será difícil acercarme —estableció el extraterrestre mientras adquiría de un chispazo de su joya un objeto amarillo de forma similar a un diapasón—. Veamos si funciona.
El monstruo azul movió sus orejas al haber captado el sonido de las colas en movimiento del amarillo, ante lo cual se paró sobre sus patas traseras y trató de asestarle un golpe con su garra. El más pequeño esquivó por poco la descomunal pata de la bestia y se acercó un poco apuntando su dispositivo hacia el cuadrúpedo, oprimiendo un botón del objeto, lo que provocó que éste liberara una especie de rayo amarillo que se desvaneció tras recorrer unos pocos metros.
—Tengo que trabajar en su rango de alcance —pensó el de las dos colas.
La colosal alimaña se movió de modo brusco tras detectar el olor del zorro de nuevo, por lo que este último se movió hacia una meseta mucho más alta que el resto allí.
—Bien, evaluemos la situación —inició el vulpino un monólogo mientras guardaba el dispositivo que acababa de usar, desvaneciéndolo mediante el fulgor de la roca en su rostro—. Es muy grande, así que no puedo hacerle frente con mis otros inventos, por lo que el desestabilizador es mi única opción para derrotarlo, pero si quiero usarlo, tendré que acercarme, pero, ¿cómo?
El inventor miró a su alrededor. Observó lo angostos que eran los tres caminos que la criatura podría utilizar para huir.
—Sin duda no podrá colarse a través de ellos o tardará mucho destruyéndolos, por lo que no podrá salir de esta zona en el corto plazo —analizó el alienígena—. Ahora, en cuanto a acercarme lo suficiente, ha logrado encontrarme tres veces, pero siempre tarda unos segundos, por lo que lo mejor será llegar rápida pero suavemente desde donde no pueda detectarme, como desde… aquí.
La mente del blondo hizo el resto, la joya en su frente brilló y en un instante había en su espalda una mochila a la que le sobresalía una cuerda. Se acercó a los bordes de la meseta y observó que el gran felino se hallaba dando giros a la meseta donde él se encontraba con un ritmo constante. Calculando en donde estaría el gato tras unos segundos, el zorro dio unos cuantos pasos hacia atrás para después ganar velocidad y saltar con el propósito de ser jalado por su peso y caer cada vez más rápido hacia la gran criatura. Cuando se halló cerca, tiró de la cuerda en su mochila, y al momento siguiente salió de esta una gran lona que frenó su descenso, lo que le otorgó un aterrizaje suave sobre el lomo del monstruo azul.
Sin perder tiempo, el vulpino invocó otra vez aquella arma que había intentado utilizar con anterioridad, y punzó con ella a la bestia, presionando el botón de modo que la última no pudiese siquiera empezar a agitarse. Aparecieron rayos sobre el cuerpo del enorme felino y un aura amarilla lo envolvió, pero eso duró poco, pues ambos efectos se interrumpieron repentinamente, quedando sólo marcas brillantes alrededor de la pata delantera derecha, pata trasera izquierda y cuello de la criatura, dando paso a que a ésta, ahora paralizada, se le desprendieran del torso aquellas partes, como si las hubieran cortado con mucha precisión.
Cuando el torso empezó a caer ante la falta de equilibrio, el vulpino hizo de sus apéndices posteriores una hélice nuevamente y contempló como, antes de caer por completo, las extremidades, cabeza y tronco de la criatura explotaban una tras otra.
Feliz que todo haya terminado, el zorro descendió y buscó aquella joya que irrumpía en el pelaje azul del gran gato, encontrándola pronto gracias a su rosado que resaltaba entre el color terracota del lugar. Tras dar con ella, la sostuvo por un momento en su puño y al siguiente la roca yacía suspendida en una burbuja transparente de tonalidad ambarina que el blondo sostenía en su mano. Bastó con un toque por parte de la criatura en la parte de arriba de la esfera para que ésta y su contenido desaparecieran.
—Si ese mobiano logró surgir, otros podrían llegar a hacerlo —razonó el raposo—. Debería encargarme de que no despierten aquí una vez más.
Tras un destello de la roca de su frente, tenía en frente una caja negra casi tan grande como él. En el centro, donde se unían los bordes de la tapa y la pared frontal, había un pequeño cuadrado con curvas que simulaban ser huellas dactilares, en el cual el zorro, tras quitarse su guante, puso su dedo índice derecho, lo que hizo que la caja se abriera.
Tras levantar por completo la tapa del contenedor, flotando salió de esta una esfera verde y brillante que se elevó a varios metros de altura, y una vez alcanzados su brillo se volvió cíclico. Tras un minuto en el aire, la esfera retomó su resplandor permanente y salió un sonido del baúl, que fue la antesala de la aparición de una gran masa negra que se dividió en pequeños ríos que se dispersaron por el sitio, escalando las paredes y reptando por el suelo hasta detenerse en puntos particulares de donde removieron la arena y las rocas hasta hallar piedras preciosas, que se apresuraron en agarrar y llevar de regreso a la caja para repetir el proceso.
—Cuidado pequeño —advirtió el zorro recogiendo un pequeño objeto que se había quedado atrapado en la tierra circundante a la caja.
Medía menos de un centímetro. Negro pero brillante, era como una esfera que tenía dos conos pegados en extremos opuestos y emitía una pequeña fuerza cuyo vector apuntaba hacia un pedazo de la masa negra que probablemente estaba compuesta por varios de los mismos objetos.
—Seguro no quieres perderte la diversión —expresó el zorro sonriendo ante el hecho de estar hablándole a un robot sin inteligencia antes de soltarlo y que este se lanzara hacia sus semejantes.
—Bien, ahora que resolví ese asunto…—dijo el extraterrestre suspendiendo su oración y convocando un objeto tubular—, debo saber qué lo causó en primer lugar.
El alienígena comenzó a dar vueltas a la tapa de lo que parecía ser un labial, pero cuyo contenido no lo parecía en absoluto, pues se trataba de un pequeño foco de luz roja que comenzó a encenderse y apagarse en ciclos lentos acompañados de un sonido cuando el de pelaje dorado oprimió un botón en la base del tubo.
—Veamos qué hay por aquí —habló al acercarse a una de las tres vías que salían de aquel lugar y estirar el brazo en que sostenía el objeto brillante.
La luz se comportó como lo había estado haciendo.
—Mmm, podría ser, pero será mejor revisar los otros dos caminos —declaró el rubio dirigiéndose a otra de las salidas y repitiendo el gesto con el dispositivo.
Los ciclos se hicieron más lentos.
—En definitiva, no —estableció el ser previo a repetir el proceso con el siguiente camino.
La luz y el sonido redujeron aumentaron la frecuencia.
—Debe ser por aquí —afirmó el raposo para después caminar hacia adelante.
Guiado por el cambio en los periodos de su aparato, el vulpino avanzó a través de los sinuosos caminos de aquel desértico lugar. A medida que avanzaba el tiempo la luz se apartó del sitio y cuando su visión nocturna de zorro no fue suficiente para ver muy lejos, el alienígena se vio obligado a emitir energía lumínica desde la piedra en su frente. Fue agotador, pero al final halló lo que buscaba en el instante en que su artefacto disminuyó la velocidad de sus iteraciones y dio unos pasos hacia atrás con el fin de que las incrementara al máximo de nuevo, indicándole que estaba cerca:
—Este es el lugar en que el caos es más potente, por lo que su fuente debe estar cerca —afirmó la criatura.
Tras ponerle tapa y regresar su artefacto a su ceñidor, de nuevo dio luz a la gema en su frente para obtener lo que a simple vista era un palo largo con un aro pequeño en uno de sus extremos acompañado de una pantalla algo más abajo y un gran disco en su otra punta. Alguien culto habría sabido que se trataba de un detector de metales.
Haciendo uso del instrumento, el extraterrestre comenzó a dar vueltas en el lugar en que se encontraba y aguzó el oído para detectar el más leve cambio en la rapidez con que se repetían los sonidos del artilugio a medida que giraba. Tras unos pocos minutos, halló el punto específico en que el sonido era más frecuente.
Tras apagar y desaparecer el sensor que utilizó, el zorro dejó la linterna que llevaba cerca de él, se quitó los guantes que llevaba, poniendo en uno su anillo negro y comenzó a cavar hasta tocar algo duro. Tras unos cuantos tirones, aquel objeto se encontraba fuera de la tierra.
Se veía como una licuadora, excepto que no tenía cable alguno, tenía pequeñas ranuras en la parte en que estaría la perilla para cambiar la velocidad de las aspas y su jarra era redonda como una pelota y encerraba lo que parecía ser una brillante esmeralda cortada a la perfección que flotaba en su interior.
—Es un expansor de caos de la era uno —aseguró el canino—, pero, ¿cómo pudo haber estado activo tanto tiempo sin que la gema se agotara? ¿cómo es que ninguna otra gema se despertó hasta ahora?
Dándole vuelta al objeto, el blondo halló su botón de apagado y lo pulsó, provocando que la joya en su interior perdiera su brillo, dejara de flotar y descendiera con suavidad dentro de la máquina.
Una vez desactivado, el zorro puso otra vez el objeto en la posición adecuada y quitó lo que, de ser una licuadora, sería su tapa, procediendo a extraer la esmeralda y hacer con ella lo que hizo con la joya del gran felino.
—Bien, ahora solo debo volver por las gemas.
Una vez que contempló terminada su misión, el alienígena se puso sus manoplas y su anillo y se dispuso a volver a su planeta llevando consigo el artefacto que había descubierto y que había posicionado bajo su brazo y contra su torso. Acercó su mano a su frente con la idea de traer su bolsa acordonada a su mano, pero algo lo detuvo, algo que le hacía cosquillas en las costillas. Giró el artefacto que había contenido la esmeralda y contempló, haciendo uso de su visión nocturna de zorro, un pequeño objeto alargado que bailaba movido por el viento y se hallaba atrapado en una de las ranuras, el cual emitía un fresco olor.
—Parece que la pregunta no era cómo se activó—dijo el zorro sosteniendo un pequeño pelo rubio pálido en su mano—, sino quién lo activó.
Recuerdo que al escribir este capítulo por primera vez hice que Tails usara un abrigo porque pensaba hacer que las gemas de mi universo sintiesen frío y calor, pero luego decidí que no era necesario.
En cuanto a los robots de la caja negra, están basados en los microbots de Big Hero 6, los cuales combiné con el poder del Miraculous ladybug de la serie homónima, lo que se verá más adelante, porque, si bien el que los héroes de esa obra puedan encargarse de manera tan fácil de los daños provocados durante sus batallas elimina parte de las consecuencias de los actos de los héroes y, por tanto, un potencial conflicto para ellos, me parece un buen recurso ya que de esa forma no se tiene que pensar en la forma en que los gobiernos de cada lugar donde ocurran las batallas lidiarán con los gastos de las reparaciones de los mismos, claro que espero no sonar como un tonto hablando de la necesidad de rellenar huecos argumentales siendo que tal vez los haya dejado dentro de mi historia.
