Capítulo 38
— Definitivamente... el sexo musical entrará en mi escala de mejores momentos a tu lado —susurró Edward en mi oído haciendo que me estremeciese de pies a cabeza.
Me giré entre sus brazos para poder mirarle a los ojos y allí me quedé colgada ¿cómo era capaz que, a pesar de tiempo que había pasado, siguiese igual de idiotizada ante el brillo de esos orbes?
— Debemos hacer algo... movernos, vestirnos... —murmuré distraída— tus padres llegarán en cualquier momento y no creo que vernos en este estado les guste demasiado.
Pues estábamos sobre el banquito del piano, Edward sentado y yo en sus rodillas, ambos desnudos, acariciándonos y besándonos cada pocos minutos.
— Tienes razón —ronroneó en mi oído—. Aunque... quizás podría secuestrarte y encerrarte en mi habitación completamente a mi merced.
— Edward... —mi voz salió en un quejido tembloroso.
— No te imaginas las ganas que tengo de ti, princesa... creo que podría hacerte el amor una semana entera y todavía querría más —sus palabras no hicieron más que encender de nuevo la hoguera en el centro de mi vientre y sentí que podría derretirme entre sus manos. Todo eso sin ponerme ni un solo dedo encima.
— Lo... —carraspeé— lo mejor será que nos vistamos —murmuré con un pequeño ápice de cordura que logré encontrar.
Edward puso mala cara en un primer momento, pero finalmente decidió hacerme caso y en pocos minutos ambos estábamos en el salón de la casa de los Cullen, completamente presentables y viendo algo en la televisión, pero no recuerdo el qué porque mi mente no dejaba de evocar las imagines del encuentro que habíamos tenido sobre el piano.
— Carl... —se escuchó la voz de Esme en un quejido lastimero— me duelen los pies... esta noche tienes que darme uno de esos masajes que te salen tan bien.
— ¿Un masaje con final feliz? —se escuchó la voz de Carlisle con una pizca de picardía.
Un risa nerviosa por parte de Esme inundó el pasillo y miré a Edward con diversión, ya que la expresión de su rostro era todo un poema, supongo que no será divertido descubrir que tu padre y tu madre tienen ese tipo de conversaciones, aunque escuchando a Carlisle era fácil adivinar de donde había sacado Edward su actitud juguetona en el sexo.
— Ven conmigo a la habitación, que te daré el mejor masaje de tu vida justo antes de la cena... —agregó Carlisle después de unos segundos de silencio en los que realmente no quiero saber lo que estaban haciendo.
Edward se puso en pie de golpe con el ceño fruncido y una expresión casi dolorosa en su rostro, yo ahogué una carcajada y me tapé la boca con una mano. Estaba segura de que estaba completamente sonrojada por el esfuerzo de contener la risa.
Se escucharon más risitas, en este caso por parte de ambos y oímos como subían los escalones a toda velocidad, Edward y yo nos miramos a los ojos, él continuaba con esa expresión medio adolorida y yo todavía contenía las ganas de reír.
— No es gracioso —susurró provocando que no pudiese aguantar más y estallase en carcajadas.
Unos segundos después, cuando conseguí dejar de reír, vi a Edward paseando con nerviosismo por la habitación mientras murmuraba cosas sin sentido.
— ¿Qué te ocurre? —pregunté sin poder ocultar lo divertida que me parecía la situación.
— Esto no es gracioso —gruñó pasando una mano por sus cabellos.
— Venga Ed... piensa que en el fondo es bonito —murmuré poniéndome en pie y colocándome a su lado para que se detuviese—, pese a los años que llevan juntos, ellos se siguen amando y eso es muy difícil... pero lo están consiguiendo.
Me miró de reojo y suspiró.
— Si lo piensas así no es tan malo... —musitó— pero no puedo quitarme esa imagen de la cabeza... ahora mismo estarán desnudos y... ¡ugh!
Volví a estallar en carcajadas.
— Te he dicho que no es gracioso —se quejó infantilmente.
— Es algo que llevan mucho tiempo haciendo... piensa que si no lo hiciesen tú no estarías aquí... —palabras equivocadas, me miró como si me fuese a salir una segunda cabeza que se lo fuese a comer de un solo bocado—. Está bien... solo no pienses en ello... intenta concentrarte en algo que no sea tus padres teniendo sexo.
— Solo hay una cosa que me ayudará a no pensar —susurró lentamente y sin dejar de mirarme a los ojos.
— Esa mirada no presagia nada bueno... —murmuré dando un paso atrás para alejarme de él.
— No solo es bueno... es algo fantástico —ronroneó.
— Edward... —mi voz sonó ronca por más que quise intentarlo— tus padres pueden escucharnos...
— No lo harán —negó con la cabeza y sonrió de lado haciendo que un estremecimiento de anticipación recorriese mi espada—, están demasiado ocupados...
No lo vi venir y cuando quise darme cuenta estaba sobre el hombro de Edward y este estaba subiendo las escaleras a toda velocidad. Intenté parecer enfadada, después de todo, esa no era la mejor situación, pero en el fondo quería estar con él, sentirlo de nuevo piel con piel y olvidarme de todo lo que nos rodeaba.
La puerta cerrándose de golpe y después el sonido del seguro hizo que un cosquilleo de anticipación comenzase a inundar mi vientre. Edward me dejó caer sobre una superficie mullida, tardé muy poco en descubrir que era una cama y al mirar a mi alrededor descubrí que estaba en una de las pocas habitaciones de la enorme casa de los Cullen que no había visitado, podría parecer raro, ya que llevaba varios meses viviendo allí, pero sentía que si me ponía a inspeccionar habitación por habitación eso sería algo así como una falta de respeto hacia Esme y Carlisle, que tan amablemente me han permitido estar con ellos todo ese tiempo.
— Después si quieres te hago un tour... —murmuró Edward sacándose la camisa de golpe y haciendo que un par de botones saliesen disparados— pero ahora necesito toda tu atención... —dicho eso se tumbó sobre mí y comenzó a besarme.
Intenté detenerlo, no porque fuese algo que quería, pero Carlisle y Esme estaban teniendo sexo a solo unas habitaciones de distancia, pero mis pensamientos racionales parecían estar completamente en desacuerdo con mis necesidades y lo único que hice fue enredar una de mis manos en su cabello y la otra la dejé que se deslizase a lo largo de su espalda maravillándome una vez más con la perfección que poseía.
— Nunca volveré a irme tanto tiempo... —murmuró contra mi cuello justo antes de darme un ligero mordisco—, cuando vayas a la universidad seré como tu sombra... no te permitiré irte sola.
No pude evitar reír ante sus palabras, parecía un niño pequeño enojado porque había perdido su juguete y al fin lo había encontrado. Pero mi risa se detuvo cuando Edward envistió con su miembro erguido contra mi sexo. Todavía nos separaban varias capas de ropa, pero fue suficiente para hacerme desear más... mucho más.
Mi ropa comenzó a desaparecer a toda velocidad, así como la de Edward, que tampoco tardó en estar completamente desnudo y entre mis piernas. Gemí vergonzosamente cuando su miembro rozó la entrada de mi sexo y este palpitó por más... necesitaba más. Me había excitado sin apenas rozarme y estaba completamente necesitada de todo lo que él quisiese darme.
Edward se incorporó hasta quedar de rodillas y me miró a los ojos intensamente, sentí como me derretía bajo el escrutinio de su intensa mirada y todas las dudas, si es que me quedaba alguna realmente, se borraron de mi mente dejándome completamente entregada.
— Gírate —me pidió en un rápido susurro.
Obedecí completamente sin voluntad y me puse a cuatro patas entregándome por completo a él. Lo escuché exhalar con fuerza y sentí una de sus manos acariciando mis nalgas, un escalofrío recorrió mi espalda y un suave gemido escapó entre mis labios.
— ¿Me has echado de menos? —ronroneó mientras continuaba dando suaves caricias en mi nalga.
— Sabes que sí... —jadeé cuando uno de sus dedos rozó mi sexo premeditadamente.
— ¿Cuánto? —preguntó de nuevo.
Uno de sus dedos se adentró por completo en mi interior y apreté los dientes con fuerza para evitar gritar.
— Mucho... —gemí.
— Demuéstramelo... —exigió alejando sus manos de mí.
— Edward... —gimoteé meciendo mis caderas.
— Dame una de tus manos —me pidió con voz ronca.
Lo miré sobre mi hombro y la expresión de su rostro envió un latigazo al centro de mi vientre. Extendió una de sus manos hacia mí y, como pude para no caerme, doblé mi brazo hacia atrás hasta que él me sujetó con fuerza por el antebrazo y flexionándolo lo pegó a mi espalda... inmovilizándome. Si ya me había sentido sometida las otras veces que habíamos utilizado esa posición, en ese momento y con mi brazo completamente inmóvil, me sentí completamente a su merced... pero no tenía miedo ni sentía incomodidad.
Un suspiro tembloroso abandonó mis labios cuando, con su mano libre, volvió a acariciar mis pliegues, esparciendo mi humedad y penetrándome ligeramente. Mi cuerpo entero tembló y casi pierdo el equilibrio y caigo contra el colchón, ya que solo tenía un brazo soportando mi peso.
Su miembro se adentró en mí de un solo golpe y sin avisar, el aire abandonó por completo mis pulmones y ante el envite mi cara golpeó contra la almohada, ahogué un grito contra ella, sintiendo en todo mi cuerpo el impacto de sus caderas contra mi trasero y como su carne se adentraba por completo en mí. Edward sujetó mi otra mano, ya que yacía inmóvil a mi lado, también flexionó mi brazo y lo colocó a mi espalda sobre el otro.
Sus arremetidas se volvieron casi salvajes y se impulsaba de mis brazos para penetrarme con más fuerza. Cada vez que nuestras pieles chocaban yo gritaba contra la almohada de nuevo y él dejaba salir un gruñido casi animal.
Aquella sensación que tanto había echado de menos a lo largo de esos meses separados comenzó a formarse bajo mi ombligo, cada vez que Edward entraba en mí se acrecentaba y me hacía perder todo contacto con la realidad. Podía sentir perfectamente la sangre recorriendo mis venas a toda velocidad, escuchaba mi corazón latiendo desaforado y el pulso acelerado en mis sienes, una capa de sudor cubría mi cuerpo y mi garganta ya dolía de tanto que había gritado.
Y todo explotó...
Cerré mis ojos con fuerza y comencé a ver lucecitas de colores, el agarre de Edward en mis brazos se intensificó y eso me hizo tensarme ante una pequeña punzada de dolor que recorrió mi espalda. Edward rugió y grité todavía más fuerte cuando sentí que se derramaba dentro de mí.
Se dejó caer a mi lado, soltándome en el proceso y golpeando con su aliento cortado en jadeos contra uno de mis hombros desnudos y me quedé aturdida, inmóvil... intentando encontrar las fuerzas para moverme, buscando en algún lugar de mi mente un motivo para ponerme en movimiento... y no lo encontraba. Solo los labios de Edward en mi espalda, sus manos acariciándome justo después de sus besos, fueron capaces de darme ese poco de realidad que necesitaba para bajar de nuevo a la tierra.
Giré mi cabeza hacia el lado donde él estaba y nuestras miradas se cruzaron, sonreí sin fuerzas mientras todavía intentaba acompasar mi respiración. Edward se acercó hasta unir nuestras frentes y suspiró.
— Siento haber sido tan rudo... —susurró contra mis labios.
— Ha estado bien... —exhalé— ha sido interesante...
Comenzó a reír y no pude evitar acompañarle, con sus manos alejó un mechón de cabello que caía contra mi mejilla acariciándome a la vez y me besó en los labios castamente.
— Será mejor que bajemos —añadió segundos después, asentí, ambos nos pusimos en pie y comenzamos a vestirnos.
— Tenías que habernos avisado de que tu viaje se adelantaba —reclamó Esme a Edward una vez más.
Él solo rodó los ojos y sonrió.
— Si hubiese avisado dejaría de ser una sorpresa —murmuró divertido.
— ¿No irás a ver a tu novia? —preguntó su madre segundos después haciendo que casi me atragantase con el vaso de agua que estaba bebiendo.
— Ya la he visto... —Edward me miró de reojo y Carlisle negó con la cabeza a la vez que reía bajito.
Mi ceño se frunció y contuve un bufido... malditos Cullen... no había quien los entendiese.
La cena continuó con tranquilidad después de eso, se sirvió el postré y lo degusté en silencio mientras Carlisle y Edward discutían sobre un caso importante del bufete. Esme se excusó unos minutos para llevarle un poco de postre a Kate y a las niñas y suspiré al recordar que desde aquella discusión en la cocina de los Cullen, nada había vuelto a ser igual con ella, incluso con mi traslado casi permanente a la casa de Carlisle y Esme, la relación con Kate se había enfriado por completo. Ahora ella se pasaba prácticamente todo el día en la casita de la piscina y era Esme la que iba a visitarlas para saber cómo se encontraban.
Todo eso me dolía, sobre todo porque sentía que yo tenía la culpa de ese distanciamiento, me había comportado con ella de un modo un poco infantil y caprichoso, vale que ella tampoco estaba hablando con propiedad cuando atacó a Edward, pero ambas podíamos haber sido un poco menos orgullosas y pedir disculpas. Kate era como mi segunda madre, pero como realmente no lo era, su orgullo la predecía... y a mí me pasaba exactamente lo mismo con ella.
Esme, que era muy perceptiva para ese tipo de cosas, intentó interceder en un par de ocasiones, pero siempre desistía al ver que no conseguía nada, ni Kate ni yo dábamos nuestro brazo a torcer, aunque en el fondo estaba segura de que nos moríamos por hacerlo.
— Las niñas ya están dormidas... —dijo Esme con una sonrisa entrando de nuevo al comedor—, Kate las llevó a ver el lago Michigan y volvieron agotadas.
Una punzada en mi estómago me recordó que yo había prometido llevarlas a hacer turismo por la ciudad, pero con la partida de Edward y mi posterior depresión, además de ese absurdo distanciamiento con su madre, había estado también distanciada de Mía y de Maguie...
— ¿Todo bien? —preguntó Edward mirándome fijamente.
Asentí desviando la mirada, Edward me había recriminado en alguna ocasión por la situación que estábamos acarreando, aunque no me echaba a mí toda la culpa, Kate también tenía su parte. Pero él creía absurdo que no nos hablásemos por una discusión que podía haberse solucionado con un lo siento... pero había pasado tanto tiempo que no me sentía con valor para decirlo.
— ¿Qué tal está tu novia? —la pregunta de Esme dirigida a Edward me tomó por sorpresa, mi mano se quedó paralizada en el aire justo cuando iba a introducir un pedazo de pastel en mi boca, miré a todos de reojo y, al ver que nadie me prestaba atención, dejé el cubierto en el plato a la vez que lo alejé empujándolo ligeramente... se me había quitado el apetito de golpe.
— Mamá... —rezongó Edward—, ya te he dicho que las cosas no son tan fáciles.
— Solo quiero saber —refutó ella—, me preocupo por mi hijo, creo que eso no es un delito.
Edward suspiró y se pasó una mano por su cabello, yo mordí mi labio inferior con nerviosismo e intenté ponerme en pie, pero una mirada de Esme me detuvo y me senté de nuevo. No sabía exactamente por qué, pero algo en sus ojos me dijo que no sería buena idea contradecirla en ese momento.
— Está bien mamá... —susurró Edward sin emoción removiendo su pedazo de pastel distraídamente.
— ¿Cuándo podré conocerla? —no estaba mirando directamente ya que me sentía avergonzada y un poco fuera de lugar, pero sentí el poder de una mirada sobre mí y eso hizo que mi estómago se contrajera a causa de mis nervios intensificados.
— Mamá... —resopló— Ya te he dicho que no es tan sencillo, nuestra relación es complicada.
— Pero no me has explicado por qué —aseveró frunciendo los labios—. Entiendo que es tu vida y debes tomar tus propias decisiones, pero puedes contar con tus padres para ellas, nosotros te apoyaremos y te guiaremos si eso es lo que necesitas —Edward miró a su padre de reojo y él negó imperceptiblemente con la cabeza, algo que me dejó un poco confundida.— Cariño, sabes que te queremos y haremos lo que sea por ti...
— Lo sé... —suspiró Edward—, pero esto es algo que se me escapa de las manos, no es tan sencillo como salir a la calle de su mano y llevar el mundo por bandera.
— Edward... —la voz de Esme se tiñó de tanta ternura que hasta se podía percibir como derramaba miel y cariño por cada uno de sus poros— Puedes confiar en mí... en nosotros —corrigió mirando a Carlisle y este desvió la mirada avergonzado, lo que hizo que tanto ella como yo frunciésemos el ceño—. Somos tus padres y siempre te apoyaremos y lucharemos por lo que es bueno para ti.
Edward dejó salir el aire lentamente y se pinzó el puente de la nariz, sabía que en ese momento estaba teniendo una lucha interna. El problema de decir lo nuestro no solo era el miedo de que lo enviasen a la cárcel, que lo tenía como era obvio, pero le asustaba más el qué dirán de la gente y la posición en la que yo quedaría. Lo habíamos hablado muchas veces y él siempre me había dicho que le asustaba pensar lo que la gente pensaría de mí... algo absurdo, ya que yo sería la menos perjudicada en ese caso, pero no entendía a razones por más que intentase explicárselo.
Edward me miró unos segundos, en su mirada pude apreciar todo lo que estaba sufriendo por no poder decirle nada a su madre, sobre todo por las palabras de Esme, que eran dulces y comprensivas, sin obligarlo y simplemente dándole ánimos.
— Lo sé mamá... —murmuró mirándome directamente a los ojos antes de mirarla a ella—. ¿Puedo quedarme unos días aquí?
Esme jadeó y lo miró perpleja durante unos segundos, Carlisle rio divertido y negó de nuevo con la cabeza.
— Claro que puedes quedarte —añadió Carlisle al ver que Esme tan solo miraba a su hijo con el ceño fruncido y no decía nada—, todo el tiempo que quieras... esta siempre será tu casa.
Edward asintió y sonrió a su padre, que volvió su atención a su plato completamente vacío. Pero Esme continuó en la misma posición, mirando fijamente a Edward casi sin parpadear y con una expresión difícil de explicar, estaba entre el enfado, la frustración y las ganas de ponerse en pie y abofetearlo. Me habría reído en otro tipo de situación, pero como tampoco sabía muy bien el porqué de su estado, no me atreví a hacerlo.
— ¿No comes más? —me preguntó Edward mirando mi porción de pastel casi intacta, negué con la cabeza y él resopló—. Bella... tendrías que comer más, continuas estando muy del...
— ¡Ya está bien! —chilló Esme interrumpiéndolo mientras se ponía en pie y tiraba su servilleta con fuerza contra la mesa—. ¿Me queréis tomar por tonta? —sus ojos estaban fijos en Edward, pero podría jurar que también me estaba mirando a mí y eso me obligó a encogerme un poco en la silla—. No me mires así... —gruñó señalándolo con un dedo—. ¡Y tú tampoco! —su mirada me taladró y ahí sí que me asuste.
— Mamá...
— Esme... —susurraron Edward y Carlisle casi a la vez.
— Oh no... ya me he cansado de tantas tonterías —chilló una vez más cerrando las manos en puños—. Me vais a escuchar... ¡los tres! Porque tú eres tan culpable como ellos, Carlisle Evan Cullen —si estuviese en el lugar de Carlisle en ese momento habría echado a correr despavorida, pero él se enderezó y achicó sus ojos mientras la miraba.
— ¿Qué pasa? —le preguntó él con tranquilidad.
Esme también entrecerró los ojos y creí que se tiraría sobre su marido y lo correría a golpes, pero tan solo bufó.
— ¿Te atreves a preguntarme qué pasa? —preguntó con tranquilidad, pero por su tono era totalmente claro que de tranquila tenía más bien poco.
— Mamá... —intentó interferir Edward.
— Tú no hables —gruñó sin mirarlo—, contigo comenzaré ahora... y con la señorita sentada a tu lado también —me tensé en la silla y miré a Edward suplicándole que hiciese algo, pero él parecía tan sorprendido y asustado como yo.
— Esme... tomémonos las cosas con calma —intentó poner paz Carlisle.
— No... no me puedes pedir eso —negó efusivamente con la cabeza y algunos cabellos se soltaron de su elegante recogido dándole un aspecto fiero y salvaje—. Tú menos que nadie tienes autoridad para pedirme que me tranquilice, tú... —avanzó un paso hacia él y Carlisle se puso en pie de golpe—, que sabes todo prácticamente desde el principio y no te has dignado a decirme nada.
— Esme... es cosa de los chicos, ellos tienen que tomar sus decisiones yo solo les he escuchado y aconsejado —se defendió Carlisle y su voz tembló en las últimas palabras.
— ¡Pero también podían haber contado conmigo! —alzó la voz de nuevo—. Pero no... ¡qué va! Uno cruza medio país para casarse en Las Vegas sin avisar a nadie y el otro... ¡el otro no es capaz de presentarme a su novia!
— Mamá... —volvió a interrumpir Edward.
— ¡Te he dicho que te calles! Soy tu madre y tengo autoridad sobre ti, siempre la tendré —lo silenció en solo dos segundos.
Los tres nos miramos fijamente, no sé muy bien porque, continuaba sin comprender el por qué Esme había estallado en ese momento. Los motivos eran evidentes, la falta de confianza de sus hijos en ella, ¿pero por qué justo en esa cena y ante un comentario tan inocente por parte de Edward? Porque todo comenzó a desbordarse cuando él le preguntó si podía quedarse unos días en su casa...
— Espero una respuesta Carlisle... —siseó cruzándose de brazos.
Él interpelado se removió nervioso y pasó una mano por su cabello despeinándose completamente, pareciendo una copia adulta de Edward, pero más rubio.
— Cariño... yo no... verás... —balbuceó incoherentemente.
— ¿Sabes qué? —preguntó Esme interrumpiéndolo—. No me importa en este momento... pero tú y yo hablaremos más tarde y tendrás mucho que redimir.
Su mirada volvió a Edward y por ende a mí, que ante los gritos me había asustado y estaba prácticamente pegada a él.
— Espero también una explicación por tu parte... por la de los dos... —recalcó mirándome directamente— ¿por qué no habéis confiado en mí?
— No sé de que hablas mamá... —murmuró Edward mirando sus manos que jugueteaban nerviosamente con la servilleta en su regazo.
— ¿Qué no sabes de que hablo? —chilló escandalizada—. No te imaginas las ganas que tengo en este momento de azotarte como si fueses un niño pequeño... ¡yo no he educado a un chiquillo malcriado!
— Esme... —intervino Carlisle.
— Te he dicho que te calles tú también... ¿es qué nadie puede hacerme caso? —enfatizó mirando al techo—. Edward, estoy esperando un explicación y tú Bella... te he dado cobijo en mi casa, me he desvivido para que te sientas querida y no has tenido la confianza suficiente para contármelo... ¿por qué? —su pregunta fue un simple susurro, pero me estrujó el corazón por todo lo que pude leer en su mirada.
— No metas a Bella en esto... —gruñó Edward poniéndose en pie—. Te quiero mamá... y te respeto, pero a Bella déjala fuera de todo esto.
Esme sonrió casi imperceptiblemente y se acercó a Edward hasta quedar frente a él, alzó la cabeza para mirarle a los ojos y los suyos, aunque pretendían estar tristes y enojados, brillaban con ternura.
— ¿Por qué no has confiado en mí? —le preguntó en un murmullo—. Lo habría entendido, te habría apoyado al descubrir que es lo que de verdad querías, que ella es la que te hace feliz...
— Mamá...
— Lo único que importa es que la ames... lo demás da igual —continuó Esme.
— ¿Da igual todo? —preguntó Edward mirándola fijamente y ella asintió—. ¿Ves? Por eso mismo es por lo que le conté todo a papá y no a ti... porque tú eres demasiado fantasiosa y romántica, vives en tu mundo de flores rosa y todo lo demás deja de tener importancia para ti cuando la palabra amor está de por medio. Pero en el mundo real no pasa eso, en el mundo real puedo ir a la cárcel, puedo arruinar mi vida o la suya... ¿es que eso no te importa?
— Claro que me importa... ¿acaso piensas que soy idiota? —le recriminó frunciendo el ceño—. Pero sé que solo será cuestión de tiempo.
Edward suspiró y pasó una mano por su cabello con desesperación repetidas veces dejándolo mucho más revuelto de lo habitual. Después me miró de reojo y caminó hasta colocarse detrás de la silla donde yo estaba sentada todavía, completamente paralizada y sin saber muy bien que hacer o decir. Él apoyó las manos en el respaldo de la silla y suspiró pesadamente, movió uno de sus dedos acariciando mi espalda desnuda y toda mi piel se puso de gallina ante su tacto.
— ¿Desde cuándo lo sabes? —le preguntó a su madre con un hilo de voz.
Esme rodó los ojos y sonrió.
— ¿Importa más el cuándo... o el cómo? —preguntó con suspicacia y sin dejar de sonreí.
— Sí... —Edward alzó una de las comisuras de sus labios en un gesto irónico y miró a su madre—, también importa el cómo...
— ¿Y tú? —preguntó Esme mirándome, en esa ocasión, sin una pizca de todo el enojo y la mala leche que tenía antes—. ¿Por qué no has confiado en mí para esto? Sabes que no me habría enfadado, habría intentado ayudarte objetivamente igual que lo hice con tu problema con Kate.
— Esme yo... —dije con un hilo de voz— ¿de qué hablas exactamente? —pregunté sin entender del todo todavía.
Carlisle comenzó a reírse pero se detuvo en cuanto Esme lo miró durante dos segundos, Edward colocó las manos en mis hombros y me dio un ligero apretón... me sentí estúpida y lenta por estar presente en toda la conversación y no enterarme de la misa mitad.
Esme sonrió con dulzura y se sentó a mi lado en la silla que antes ocupaba Edward, tomó una de mis manos y con la otra colocó un mechón de mi cabello tras mi oreja. Meses atrás eso me habría incomodado, todavía no podía aceptar tanto cariño de una mujer que no fuese mi madre, pero con el tiempo aprendí a valorarlo y atesoraba esas pequeñas muestras de afecto como lo que eran.
— Si es que eres tan joven... —murmuró casi para sí misma y miró a Edward unos segundos antes de suspirar—, pero eres la persona más fuerte y madura que he conocido...
Se me hizo un nudo en la garganta y Edward, después de dar otro apretón a mis hombros, frotó mis brazos en una caricia que me hizo estremecer.
— No habría imaginado nadie mejor para Edward... —susurró Esme mirando a su hijo con los ojos vidriosos— te merecías a la mejor mujer cariño y creo que...
Esme continuó hablando pero yo no era capaz de procesar ninguna de sus palabras ¿lo sabía? ¿Esme lo sabía y estaba de acuerdo? ¿De verdad lo aceptaba sin problemas?
— ¿Cómo...? —pregunté con voz estrangula interrumpiendo lo que fuese que ella estaba diciendo.
Me miró unos segundos sin dejar de sonreír y le dio un apretón a mi mano.
— Una madre conoce a su hijo y el cambio de Edward fue muy significativo. Desde el principio supe que había una chica —explicó mirándonos a ambos intermitentemente—. Cuando fui al apartamento para conocer a esa "supuesta chica" y me encontré con Bella comencé a atar cabos. Situaciones que presencié, retazos de conversaciones que había oído... todo comenzó a tener sentido, pero cuando de verdad lo confirmé fue cuando la trajiste a cenar aquí en tu primera visita después de que te fueses a New Heaven... —sus ojos brillaron y vi a Edward negar con la cabeza y sonreír—. La mirabas de un modo tan intenso... tal y como tu padre me mira a mí... y tú... —me miró y me estremecí— eres solo una niña, pero se te ve tan enamorada... cuando él está en la misma habitación es como si lo demás dejase de existir para ti. No os voy a negar que me costó aceptarlo, pasé varios días intentando buscarle sentido... ¡por dios! Ella es menor de edad... pero después pensé que eran tan solo ocho años... Calr es seis años mayor que yo... solo son dos más —se encogió de hombros sonriendo y miré a Edward de reojo, que observaba a su madre casi sin parpadear y con una expresión de adoración—. Sé que esto es muy difícil... para ambos, pero podíais haber contado conmigo, podría haberos ayudado, al menos... podría haberos dicho que lo que os pasa no está mal... hasta hace unos años era lo más normal del mundo que ancianos se cansasen con jovencitas... no entiendo porque ahora es tan inmoral.
— Mamá... —murmuró Edward.
— Que sí, que sí... —lo interrumpió— el ser humano fue teniendo más conciencia de lo que hace con el paso de los años, pero no con lo verdaderamente importante. Es completamente ilegal que un hombre enamorado pueda estar con la mujer que ama porque es menor de edad, pero un desalmado puede torturar un animal hasta matarlo y a eso le llaman arte taurino —rodó los ojos y suspiró—. Yo os quiero mucho a los dos, a ti prácticamente como una hija —añadió mirándome— y de verdad que podría haberos ayudado a afrontar las consecuencias de esto que tenéis.
— ¿Ya no vas a ayudarnos? —pregunté asustada.
Ella sonrió y me miró con falso reproche durante un instante.
— También tendré que darte a ti unos azotes jovencita... ¡claro que voy a ayudaros! Sois mis niños y lo que de verdad importa en vuestra felicidad.
Nos quedamos en silencio unos largos minutos, cada uno de nosotros metido en sus propios pensamientos, pero no era capaz de pensar nada coherente. Dentro de mi cabeza todo era una maraña de acontecimientos sin sentido que no era capaz de poner en orden.
Miré a Edward y él parecía concentrado en lo que pensaba, así como Esme, que ambos miraban un punto indefinido, como si realmente no estuviesen allí. Y cuando miré a Carlisle tuve que hacer un gran esfuerzo para no estallar en carcajadas cuando lo vi caminar lentamente y sin hacer ruido hacia la puerta de salida, cuando lo descubrí llevó un dedo en sus labios pidiéndome que guardara el secreto y desvié la mirada apresuradamente para evitar descubrirlo. Se escuchó suavemente como la puerta principal se abría y Esme se tensó, miró a su espalda y buscó a Carlisle desesperadamente, al no encontrarlo gruñó y entrecerró los ojos.
— ¡Carlisle Evan Cullen! —vociferó—. ¿A dónde crees que vas? —la puerta de entrada se cerró de golpe y ella se puso en pie de un salto y comenzó a caminar hacia allí—. Te vas a enterar en cuanto te atrape... te vas a quedar sin masajes con final feliz durante semanas... —murmuraba por lo bajo a la vez que salía de la habitación.
Miré a Edward que tenía una expresión mortificada y me devolvió una mirada llena de significado.
— Nunca me pidas un masaje con final feliz... —suplicó— creo que no podré borrar esa imagen de mi mente en toda mi vida.
