Queridos lectores,
¡Bienvenidos a un nuevo capítulo!
Recuerden que este fanfic es una historia inspirada en los personajes de Twilight, con una trama que toma inspiración de El Conde de Montecristo para explorar los temas de venganza, redención y justicia.
¡Espero que disfruten este capítulo tanto como yo disfruté escribirlo! Como siempre, estaré ansiosa de leer sus comentarios y saber qué les ha parecido.
POV Bella
El auto avanzaba por las calles bañadas de luz suave de la tarde. Miré a Tony desde el asiento del conductor y noté que parecía un poco más concentrado que de costumbre. Habían pasado los últimos días ocupados entre sus entrenamientos y las reuniones familiares, pero podía sentir que aún tenía algo rondándole en la mente.
Finalmente, él rompió el silencio.
—Mamá, ¿Adónde fue mi tía? —preguntó, mirando por la ventana como si no quisiera hacer contacto visual directo.
Solté una pequeña risa de nerviosismo; Alice se encontraba ahora mismo con Edward, pero Tony no debía saberlo.
—Se tuvo que ir temprano —le respondí, arqueando una ceja y esbozando una sonrisa—. ¿Ya la extrañas?
Tony se encogió de hombros y luego sonrió.
—Pues... no sé. Me pareció que le gustó el entrenador —dijo en voz baja, como si estuviera confesando algo secreto. Luego, aclaró rápidamente—. O... bueno, creo que al entrenador le gustó ella, en realidad. Se le quedó mirando un buen rato.
Parpadeé y luego solté una risa, divertida por la ocurrencia de mi hijo.
—¿De verdad? ¿El entrenador se quedó mirando a Alice? —pregunté, tratando de no sonar demasiado interesada.
—Sí. No sé, solo pensé que... —comentó Tony, encogiéndose de hombros, y luego soltó una carcajada—. A lo mejor me lo imaginé, ¿pero te imaginas? Sería algo raro.
—Definitivamente raro —coincidí, fingiendo que todo esto no me importaba tanto como en realidad me importaba—. Pero, bueno, tu tía Alice es encantadora. No me sorprendería que llamara la atención de cualquiera, pero tu tía está locamente enamorada de su marido.
Tony rió un poco.
—Sí, el tío Jasper es genial —dijo, pero luego su expresión cambió, mirando hacia el frente. Noté el leve cambio de humor en su rostro. Después de un rato, Tony volvió a hablar, con tono pensativo.
—La inauguración del centro deportivo está cada vez más cerca —comentó—. Estoy emocionado, pero un poco nervioso. Va a ser la primera vez que compita en algo tan importante.
Asentí, alentándolo con una sonrisa.
—Vas a hacerlo increíble, Tony, no tengo dudas. ¿Y el entrenador? ¿Te ayuda a prepararte bien? —pregunté, aprovechando para averiguar un poco más.
Tony asintió con una sonrisa de satisfacción.
—Sí. Es muy estricto, pero también es el mejor —admitió—. Me da muchos consejos, y la verdad es que me hace sentir mejor cada vez que hablamos. A veces siento que me entiende de un modo que... no sé, no puedo explicar.
Me sorprendí al escuchar la confianza que mi hijo depositaba en Edward. Intenté que no se notara mi reacción y seguí conversando, fingiendo una tranquilidad casual.
—¿Así? ¿Consejos sobre el deporte, o cosas en general? —pregunté, tratando de no sonar demasiado curiosa.
Tony bajó un poco la mirada, su expresión ensombreciéndose apenas.
—De todo, en realidad —dijo, como si estuviera admitiendo algo que aún no había puesto en palabras—. Va a sonar horrible lo que voy a decir, pero... a veces siento que papá y yo no tenemos la misma manera de ver las cosas. Al principio pensé que era porque él es un adulto y yo no, pero con mi entrenador no siento eso. Él parece comprenderme en un nivel muy profundo.
Lo miré con ternura, aunque en mi mente la sorpresa comenzaba a crecer. ¿Qué tan profunda era la conexión entre Tony y Edward? Algo en el modo en que lo describía me hacía sentir una mezcla de alegría por él y, al mismo tiempo, una inquietud que no podía explicar.
—No es horrible, hijo. Me alegra que tengas a alguien en quien confías tanto y que tengas la madurez para ver las cosas de esa manera —respondí suavemente, sintiendo que mis palabras le ayudaban a reafirmar la importancia de esa conexión para él.
Después de esto, el silencio se instaló en el auto, cada uno sumido en sus propios pensamientos. Volví la mirada hacia el camino, pero mi mente no podía dejar de pensar en Edward. ¿Qué estaba haciendo realmente?
…
Estaba en la cocina, revisando lo que había en la despensa para decidir qué hacer de comer. A la vez, calculaba cuánto tiempo necesitarían Edward y Alice para hablar; luego, tenía planeado llamarle a Alice y así, con suerte, sería mi turno de acribillarla a preguntas. Tony estaba sentado en la barra de la cocina. Le había preparado un plato de fruta picada, y ahora él estaba concentrado en su tarea de matemáticas. De fondo se oía el murmullo de la televisión; había puesto el noticiero, una costumbre que tenía de encender la tele sin prestar demasiada atención a lo que pasaba en la pantalla.
Pero, de repente, dejé de hacer lo que estaba haciendo. Algo captó toda mi atención: el nombre de Jacob Black resonó claramente desde la televisión. Inmediatamente me giré hacia la pantalla, tratando de seguir la noticia. Al principio, me costaba descifrar de qué hablaban, ya que no había seguido la historia desde el comienzo.
El periodista, con su voz grave y pausada, explicaba:
—…las acciones de Black Industries han caído de forma significativa en los últimos días. Según fuentes, esta disminución se debe a una reciente inversión que realizó la empresa en una nueva compañía de automóviles eléctricos, la cual prometía innovaciones revolucionarias en el sector. Sin embargo, han surgido informes preocupantes: tras una investigación de rutina, se descubrió que el domicilio fiscal de esta nueva compañía no es más que un almacén vacío, con solo un vehículo en su interior. Aunque el CEO, Jacob Black, ha asegurado a los inversionistas que no hay motivos para entrar en pánico y que todo está bajo control, persisten dudas sobre la viabilidad y transparencia de esta inversión. La empresa enfrenta ahora una gran presión para demostrar que este proyecto es, efectivamente, legal y rentable.
El periodista continuó con el informe, pero yo ya no escuchaba. Sentí cómo una especie de escalofrío me recorría, una mezcla de incredulidad y temor. Todo esto sonaba… demasiado extraño.
Mi concentración fue interrumpida por la voz de Tony.
—El sábado que pasé con mi papá… casi no lo vi —comentó, estaba viendo hacia el televisor—. Estuvo todo el tiempo en reuniones y se veía muy nervioso.
Lo miré, tratando de mantener una expresión neutral, aunque las palabras del noticiero seguían resonando en mi mente.
La imagen de Jacob, entusiasmado y lleno de orgullo por su nueva sociedad con Anthony Masen, invadió mis pensamientos. Recordé cómo había mencionado, casi fanfarroneando, que se había hecho socio de una empresa de automóviles llamada... ¿Volturis Motors? Algo así. Ahora, a la luz de lo que acababa de escuchar en el noticiero, las piezas empezaban a encajar de forma inquietante.
Sentí un escalofrío recorrerme desde la nuca hasta los pies. ¿A esto se refería Edward con "vengarse"?
Edward había regresado para ajustar cuentas, tal vez esto solo era el inicio de algo mucho más grande y elaborado.
—¿Con quién se reunió? —le pregunté a Tony, tratando de que mi voz sonara casual, aunque sentía cómo se aceleraba mi corazón.
Él solo levantó los hombros, distraído.
—No sé, era mucha gente —respondió, y luego frunció el ceño—. Pero sí me pareció raro que se reuniera por trabajo en fin de semana. ¿Será cierto lo que dicen en las noticias, mamá? —preguntó, con un dejo de preocupación en la voz.
Tomé aire, buscando las palabras.
—No lo sé, hijo —le dije, dándole una pequeña sonrisa para tranquilizarlo—. Voy a hablar con Jacob, ver cómo está y asegurarme de que todo esté bien.
Tony asintió, pero aún se notaba inquieto. Acaricié su hombro mientras intentaba contener el torbellino de pensamientos en mi mente. Sabía que Edward estaba detrás de todo esto, que movia los hilos en las sombras para orquestar la caída de Jacob, y me hacía sentir como si estuviera pisando suelo desconocido.
El noticiero ya había pasado a otra noticia, pero mi mente seguía atrapada en lo que acababa de escuchar. El viernes, Jacob había quedado de recoger a Tony. Esa sería mi oportunidad. Le preguntaría directamente si todo estaba bien, intentar desentrañar algo más de esa maraña que parecía haberse tejido a su alrededor sin que yo lo notara del todo.
Intenté enfocarme en preparar la comida, pero la intranquilidad se había instalado en mí. No podía ignorar el escalofrío que me recorría al pensar en los verdaderos motivos de Edward, ni el miedo de que esta fuera una prueba más de que su venganza apenas comenzaba.
…
Finalmente, decidí marcarle a Alice después de dos horas de espera. Contestó al primer timbrazo, sin darme tiempo ni de saludar.
—Sigo con él —dijo, y de inmediato añadió—. Y no, no voy a decirte nada.
—Alice —repliqué con tono de reproche—, tú me acribillaste a preguntas, ¡yo también tengo derecho a saber!
—Sí, pero Edward está siendo muy claro en que no quiere que te diga nada —respondió, bajando un poco la voz.
Respiré hondo, intentando mantener la calma.
—¿Y yo? ¿No abogué yo para que te contara a ti, Alice? Al principio, él ni siquiera quería decirte nada...
De pronto, Alice me interrumpió, pero no parecía estar dirigiéndose a mí.
—¿Qué es eso de que no querías contarme nada? —le preguntó a Edward, como si lo tuviera justo ahí al lado. Pude escuchar una respuesta, pero su voz sonaba apenas como un murmullo lejano y frustrante. No alcanzaba a entender qué decía.
—Alice, ¿has visto las noticias? —pregunté rápidamente—. Están hablando de una dificultad financiera que está teniendo Jacob. ¿Edward tendrá algo que ver con esto?
Hubo un momento de silencio, y luego Alice le lanzó la pregunta directamente a él.
—¿Tienes algo que ver con que Jacob esté en los noticieros? —escuché que le decía. Esta vez, Edward respondió algo, pero de nuevo, su voz no llegaba lo suficientemente clara. Yo estaba pegada al teléfono, desesperada, queriendo captar cada palabra que él decía.
—Edward… tienes que decirme… —insistió Alice, ahora con un tono de urgencia y preocupación en su voz. La conversación entre ellos siguió en murmullos que apenas lograba entender.
Finalmente, escuché a Alice suspirar, frustrada.
—Bella, te llamo después, ¿de acuerdo? —dijo rápidamente antes de colgar sin esperar mi respuesta.
Me quedé mirando el teléfono, intentando calmar la mezcla de ansiedad y enojo que me llenaba. No me gustaba esta sensación de estar al margen de algo que claramente me afectaba.
…
Alice no me marcó, sino que llegó a eso de las 10 pm a mi casa.
—Antes de que me bombardees con preguntas, ten—estiró su mano y me entregaba lo que parecía una carta. La vi interrogante, pero solo me animó con la mirada, la deje pasar y nos sentamos en el sillón, abrí la carta, era de parte de Edward.
Isabella,
Hay cosas que necesitas saber, y esta es la única manera en que puedo decírtelas sin explotar, sin dejar que todo el odio y la furia se vuelvan un caos incontrolable.
Jacob era como un hermano para mí, eso ya lo sabías. Era alguien en quien confiaba más que en mí mismo, alguien a quien jamás imaginé que tendría que llamar "enemigo." Durante años, lo consideré alguien en quien podía poner mi vida. Pensaba que él haría lo mismo por mí. Resulta que todo ese tiempo él ya me había traicionado, y tú… tú lo acogiste en mi lugar.
Voy a contarte lo esencial, porque sé que estás llena de preguntas, y por insistencia de Alice, aunque en este momento no siento que te deba nada, quiero que entiendas de una vez por todas en qué se convirtió mi vida gracias a él… y gracias a ti, también. No sé si tienes idea de la magnitud de lo que viví, de lo que pasé en esos años, pero al ver en quién te convertiste a su lado, me di cuenta de algo claro: que verte ahora me llena de una furia que ni siquiera puedo disimular. Sé que no todo fue culpa tuya, pero tampoco puedo fingir que tu papel en esto fue insignificante. No puedo ignorar el hecho de que elegiste a ese hombre, que pusiste a mi hijo en sus manos mientras yo me desmoronaba.
La primera vez que hablamos te dije que caímos en Corea del Norte. Nos capturaron. Jacob estaba herido, y como un idiota lo protegí. En ese momento no lo sabía, pero años después supe que su padre no solo tenía el poder de sacarnos a ambos, sino también el de asegurarme una liberación rápida. Pero él no hizo nada. Me dejó allí como si no fuera más que una sombra que podía desvanecerse sin consecuencias. No pienso comunicarte el como lo hizo, porque es algo que lo sabrás en su momento, pero los dos sabían lo que estaban haciendo. Ocho años. Ocho años de tortura, de hambre, de frío. Las marcas las puedes ver; lo que no puedes ver es el infierno en el que mi mente ha estado desde entonces. Y durante todo ese tiempo, cada día, cada segundo, pensé en ustedes. Ben me había advertido que Jacob no era lo que aparentaba, que su lealtad era solo una fachada. Al principio me negaba a creerlo, pero con el tiempo entendí la verdad. Él sabía lo que me estaba pasando, y decidió no volver. Decidió dejarme en ese lugar para morir.
Salí de esa prisión de milagro, por un accidente: Un terremoto destruyó el edificio donde me tenían, un edificio que apenas se sostenía en pie. Entre los escombros, logré escapar, aunque no tenía idea de a dónde ir. En esos años encerrado, mi furia se había convertido en algo más profundo, en una necesidad de venganza. No sabía a quién dirigirla, pero estaba seguro de algo: Jacob estaba en el centro de esa traición. En ese entonces ni siquiera sabía que tú habías sido parte de su vida. No podía imaginar que mi dolor también venía de tu lado.
Salir de Corea del norte no fue fácil. Me tomó poco más de un año. Mis benefactores, que vieron en mí una causa, me ayudaron, me mantuvieron oculto, puesto que mi aspecto físico me delataba al instante, me enseñaron lo básico para sobrevivir en un país hostil, y después de mucho tiempo, logré cruzar a China. Allí, todo fue otra pesadilla. Llegué sin nada, ni un solo centavo, ni papeles, ni ropa decente. Sobreviví como pude, a duras penas, y finalmente logré llegar a la embajada. Ahí es donde descubrí la verdad. Fue ahí donde vi los registros y encontré la realidad de la que había sido expulsado. Me enteré de que te habías casado con Jacob, y que él había criado a mi hijo, como si fuera suyo, mientras yo me hundía en el olvido.
En la embajada pude poner todo en orden, accedieron a no hacer gran alboroto acerca de que me habían encontrado, incluso accedieron a no marcar al contacto de emergencia que irónicamente eras tú, pase varias semanas ahí, en lo que todo se aclaraba y la identificación del ejercito llegaba, por suerte todo el dinero que me habían depositado durante esos años seguía ahí, intacto. Un recurso, al menos, que podía usar. Sabía que regresar no iba a ser sencillo, y que necesitaba más. Después de eso, regresé al ejército, como me correspondía. Si quieres comprobarlo, puedes buscarlo tú misma. Está todo en los registros: el día exacto en que mi estatus cambió de "desaparecido" a "activo", y el día en que me dieron de baja definitiva. Cumplí mis últimos meses de contrato, sin ningún interés de nadie, ni de ti, y tristemente de mis padres tampoco, ¿Acaso siquiera intentaste saber qué había pasado conmigo? ¿O simplemente asumiste que estaba muerto y te diste por vencida?
Desde lejos, observaba, analizaba, planeaba cada paso. Sabía que, si iba a volver, no iba a hacerlo como una víctima.
Me acusaste de que pude haber regresado antes. Quizá. Pero ¿a qué? ¿A ver cómo el hombre que traicionó todo lo que alguna vez significó para mí vive la vida que debería haber sido mía? ¿A encontrarme con que tú, mi amor de siempre, habías elegido a mi peor enemigo para compartir tu vida? ¿Para qué mi propio hijo me viera como un extraño y quizá me rechazara? No. Sabía que tenía que construir algo antes de regresar, algo que me diera fuerza para enfrentarme a ustedes dos. Necesitaba saber que cuando volviera, tendría la fuerza para arrebatarles todo lo que alguna vez me quitaron.
Y ahora, aquí estoy, ya trece años después, frente a las ruinas de lo que alguna vez fuimos.
Ahora, ya sabes cómo volví y por qué. Y sé que te preguntas qué voy a hacer. Tranquila, ya no tengo interés en hacerte daño. Aunque jamás podré perdonarte, ya no quiero vengarme de ti. Pero si vas a decirme algo, quiero que sea la verdad.
Hay algo que necesito saber, algo que no puedo dejar pasar. ¿Por qué te casaste con él? Y no me digas que fue porque pensabas que estaba muerto y te dejé sola. No me vengas con excusas baratas, porque sabes muy bien que no estabas sola. Tenías a Alice, a mis padres, a tu madre. Tenías estudios, una vida por delante, opciones para criar a nuestro hijo sin necesidad de depender de nadie. Incluso podría entender que hubieras llegado a enamorarte de alguien más. Pero… ¿por qué él? ¿Por qué precisamente él? Era mi mejor amigo, Isabella. ¿No se te cruzó por la cabeza lo enfermizo que era? ¿No te hizo dudar, ni por un instante, el pensar en lo que eso significaba?
E.
La carta de Edward temblaba en mis manos. La furia y el dolor que emanaban de sus palabras parecían consumirme, y cada inhalación me costaba un esfuerzo monumental. El aire se volvió denso y pesado, como si quisiera atraparme en su abrazo opresivo. Las lágrimas comenzaron a fluir sin control, desdibujando la vista del cuarto que me rodeaba.
Alice estaba allí, sentada a mi lado, su expresión era una mezcla de preocupación y compasión. Sentía su mirada en mí, pero era incapaz de sostenerla. A medida que las palabras de Edward resonaban en mi mente, me preguntaba si alguna vez había sido feliz con Jacob, si él había sido más que una distracción para huir de la culpa que me perseguía desde la desaparición de Edward. El dolor en mi pecho se hacía cada vez más intenso, y la desesperación se adueñaba de mí.
La habitación se sintió como un castillo de naipes derribado por un soplo de viento, y me preguntaba cómo había llegado hasta aquí. Tony estaba en su recámara, dormido y ajeno a la tormenta que se desataba en mi interior. Mi hijo, mi ancla en medio del caos, también estaba atrapado en esta red de decisiones equivocadas. La culpabilidad me ahogaba, y cada lágrima que caía parecía llevarse consigo un pedazo de mi alma.
Alice intentó hablarme, pero su voz se convirtió en un murmullo distante mientras la tempestad de emociones me envolvía. Me sentí completamente sola, incluso con su presencia a mi lado. El brillo de la televisión al fondo y la risa de los personajes en la pantalla se convirtieron en un mero fondo gris, irrelevante ante la angustia que me azotaba. Las imágenes de Edward, su sonrisa, su risa, todo lo que habíamos compartido, se mezclaban con los recuerdos de mi vida con Jacob, una vida que ahora se sentía vacía, como una cáscara sin contenido.
Me abracé a mí misma, como si de esa forma pudiera contener el caos que me inundaba. Sabía que la confrontación era inevitable, que las preguntas que había estado evitando regresarían con una fuerza implacable. La carta en mis manos se convirtió en un símbolo de mi culpa, de la verdad que había estado ignorando. No solo había perdido a Edward; había traicionado mi propia esencia, mi propio amor.
Las lágrimas seguían fluyendo, y aunque Alice estaba allí, su presencia no hacía más que recordarme la soledad de mi elección. La noche se tornó oscura y silenciosa, pero en mi interior, el tumulto seguía creciendo, como un volcán a punto de estallar.
Sabía que Edward tenía razón. La excusa que me había repetido hasta convencerme —que lo hice por Tony, que no podía sola— se desmoronaba frente a la verdad que Edward, como siempre, había visto en mí. La misma verdad que me negaba a aceptar, pero que él desenmascaraba con su sola presencia, con esa mirada capaz de desnudarme el alma.
La verdad era mucho más cruda, mucho más dolorosa. Me había casado con Jacob por cobardía. No por amor, ni siquiera por comodidad. Me había casado con él por pura vergüenza, por miedo. No quería enfrentar lo que realmente sentía, ni reconocer mis propias debilidades. Aquel matrimonio había sido un reflejo de mi propio carácter, de las grietas en mi fortaleza que prefería ignorar.
Edward había sido mi mundo, tan completamente, que ni siquiera el hijo que crecía dentro de mí pudo ocupar ese lugar. Anthony, aunque era su hijo, no lograba apagar el vacío inmenso que dejó Edward. No podía soportar la idea de que otros, como Alice o su familia, fueran testigos de esa oscuridad en mi interior, de ese odio hacia la criatura que crecía en mi vientre, y que me recordaba a cada instante la ausencia de su padre. Era algo tan vergonzoso, tan desesperado, que apenas podía soportarlo yo misma.
Jacob me propuso matrimonio, y aunque al principio pensé, igual que Edward, en lo enfermizo que era, también vi en eso una vía de escape. Él no me juzgaría. Él no señalaría mis deficiencias ni vería mi rechazo a mi propia maternidad. Era el único en quien podía confiar para verme así de rota. En el fondo, sabía que era más que una amiga para él, que me quería de una forma en que ni yo misma me permitía quererme. Jacob se convirtió en la única persona que pude soportar a mi lado en el cascarón vacío en que me había convertido.
Y aunque luego Anthony se volvió mi mundo, aunque entendí que hubiera podido salir adelante sola, para entonces ya era demasiado tarde. Había tratado de creer que era la mejor decisión, que habíamos construido una familia perfecta. Me engañé a mí misma hasta que las paredes de mi propio autoengaño comenzaron a colapsar. Ahora, enfrentada a la furia y al dolor de Edward, todo el peso de mi cobardía caía sobre mí, y no había excusas suficientes para borrar la verdad.
Alice intentó hablarme, su voz parecía venir desde algún lugar muy lejano, difuso. "Tranquila, Bella… respira", susurraba, mientras me tomaba de los hombros con delicadeza, buscando sostenerme en medio del abismo en el que me estaba hundiendo.
Pero no podía estar tranquila. La carta de Edward ardía entre mis dedos, las palabras se repetían una y otra vez en mi mente, cada línea como una estocada que me recordaba todo lo que había hecho y, peor aún, lo que había evitado enfrentar durante todos esos años.
Intenté apartar la mirada de sus letras, pero era como si esas frases se hubieran incrustado en mi piel. "¿Lo enfermo que eso era?" Claro que lo supe, siempre lo supe. Pero era como si hubiese caminado voluntariamente hacia una mentira porque era más fácil que enfrentar lo que realmente sentía, lo que realmente era. Me apoyé en el borde del sofá, intentando controlar el temblor en mis manos, pero no podía. No podía hacer que el dolor, la vergüenza, y la culpa desaparecieran.
—Bella, mírame— insistió Alice, su tono suave, pero firme. Mi mirada se alzó hacia la suya y, por un segundo, pensé en decirle la verdad, en contarle que Edward había visto en mí lo que yo no quería ver. Que sí, había sido cobarde, que me había casado con Jacob porque era la única forma de escapar de mi propio dolor. Pero el peso de esas palabras era demasiado.
—No puedo... no puedo...— susurré al borde de las lágrimas, mientras mis manos temblaban al apretar la carta contra mi pecho, como si pudiera detener con eso el dolor que me carcomía desde dentro.
Alice me abrazó entonces, sin decir nada más. Me sostuvo mientras el silencio caía como una pesada manta sobre nosotras. Las lágrimas empezaron a brotar sin control, primero lentas, luego incesantes, hasta que no pude contener los sollozos. Cada lágrima era un recuerdo, una mentira, una decisión de la que me arrepentía con cada fibra de mi ser.
Había querido tanto a Edward, había vivido tanto por él que cuando él desapareció, yo también me desvanecí. Jacob fue la opción fácil, el refugio en el que pude ocultar mi debilidad y mis miedos. Pero ahora, en ese instante, me quedaba claro que nunca había dejado de amar a Edward y que, en el fondo, había traicionado tanto a él como a mí misma.
Alice siguió sosteniéndome, en silencio, mientras me rompía.
Se quedó conmigo esa noche, escuchando mis murmullos sin sentido. A la mañana siguiente me levanté de nuevo, Edward quería la verdad, se la daría, me levanté a escribir como lo hizo él, una carta.
Edward,
No sé si alguna vez podrás entender por qué hice lo que hice, o si acaso yo misma lo entiendo completamente. Pero sé que, después de tu carta, no puedo seguir fingiendo. Me pediste la verdad, y aunque me aterra desnudar lo que realmente siento, te la debo, incluso si ya es demasiado tarde.
Desde el momento en que desapareciste, mi vida se convirtió en un desierto. No había sol, no había propósito. Te busqué, Edward, aunque quizá nunca con la fuerza que tú habrías querido. Pero lo hice, hasta que la desesperanza se convirtió en costumbre. La gente me decía que debía seguir adelante, que debía pensar en nuestro hijo. Y, sin embargo, en aquellos días, no había nada que pudiera amar realmente. Incluso cuando llevaba a Anthony en mi vientre, en vez de una promesa de vida, él se sentía como una extensión de mi propia pérdida. Me avergüenza decirlo, pero él no era suficiente para llenar el vacío que dejaste. Nunca fue suficiente.
Jacob… Él llegó cuando más rota estaba, y quizá él vio en mí algo que yo misma no me atrevía a enfrentar. No puedo justificar lo que hice, y sé que para ti debe sonar incomprensible. Pero él no me pedía nada, no esperaba nada. Yo no era más que un cascarón vacío que él aceptó, tal como era, sin preguntas, sin juzgarme. Él era… una salida fácil, Edward. Un refugio en el que podía esconder mi cobardía, mis defectos, mi debilidad. Sabía que él no vería lo rota que estaba, o, si lo hacía, que no le importaría. No tenía la fuerza para enfrentar mi vida sin ti, y casarme con él fue la manera en la que me convencí de que podría construir algo parecido a la estabilidad, aunque fuera solo una ilusión.
Cuando dices que pude haber criado a Anthony sola, tienes razón. Pude haberlo hecho, pero estaba demasiado cegada por el miedo. Era una cobarde, Edward. Y lo sé, lo supe siempre. No fue por amor a Jacob, ni siquiera por una verdadera necesidad de él. Fue porque él no era tú. No me exigía, no me miraba con la intensidad que tú lo hacías, esa mirada que me obligaba a ver mi propia verdad, a confrontarme con quien realmente soy. Jacob era cómodo, seguro en su propia manera. Yo no quería amor en esos momentos, Edward, quería una salida. Me aferré a él porque no tenía la valentía de enfrentar el dolor que tu pérdida me causaba, y sobre todo, porque no quería enfrentar el tipo de persona en la que me había convertido.
Sí, fue enfermizo. Fue una elección que ahora no puedo justificar ni disculpar. Me duele saber cuánto te fallé, cuánto me fallé a mí misma y a nuestro hijo. Anthony merece más de lo que le di, merece una madre que sea honesta, valiente. He sido egoísta, y la verdad es que tú lo sabías, lo viste desde el principio. Me casé con Jacob porque era lo más fácil, porque me hacía sentir menos sola en mi propia miseria. Y esa es la verdad que nunca quise admitir.
Sé que nada de esto puede enmendar el daño que te hice. No espero perdón, ni siquiera que entiendas. Solo quiero que sepas que me duele haberte fallado. Cada día, en cada rincón de esta vida que construí sobre mentiras, siento la pérdida de lo que tuvimos y lo que podría haber sido.
Escribo esta carta sabiendo que mis palabras no cambiarán nada. Pero si te sirve de algo, al menos ahora sabes la verdad. La verdad que durante años he tratado de enterrar, sin éxito. La verdad de que tú, Edward, has sido y siempre serás mi única realidad. Todo lo demás ha sido una sombra, un intento fallido de llenar el vacío que dejaste.
Te fallé, y no puedo cambiarlo. Pero no quiero seguir escondiéndome de lo que realmente siento.
Isabella
Justo cuando terminé de escribir la carta, sentí el peso de cada palabra resonando en mi pecho, como si al fin hubiera sacado algo que llevaba demasiado tiempo guardando. Sabía que esta carta no cambiaría nada, pero al menos, por primera vez en años, sentía que había dicho la verdad. Sin excusas, sin esconderme.
En ese momento, Alice apareció en la cocina, su expresión de incertidumbre reflejaba la intensidad de la noche que habíamos compartido. Me levanté y, sin decir una palabra, le tendí la carta. Mis manos temblaban levemente, pero hice un esfuerzo por mantener la compostura.
—Se la das, por favor —le dije, mi voz apenas un susurro.
Alice tomó la carta y me miró a los ojos, buscando algo en mi expresión, tal vez algún signo de arrepentimiento o esperanza, pero solo encontró determinación. Sabía que ella tenía la manera de localizar a Edward, algo que él mismo me había negado. Quizás fue su manera de decirme que no quería más contacto conmigo, de poner una barrera que, en su mente, debía ser definitiva. Había sido claro, implacable en su postura: nunca me perdonaría. Y lo entendía, lo entendía de una forma tan dolorosa y real que sentía que debía respetar su decisión.
Respiré hondo, sintiendo que al fin había dado el primer paso para aceptar esta nueva realidad. Era hora de tomar responsabilidad, de controlar los daños y dejar de huir de las consecuencias de mis decisiones. Ahora todo estaba en sus manos, y yo solo podía enfrentar lo que viniera con el valor que por tanto tiempo me había faltado.
—Gracias, Alice —dije, sosteniendo su mirada un segundo más antes de desviar la vista—. Por todo.
Ella me dedicó una mirada comprensiva, como si entendiera el peso que estaba tratando de soportar. Sin decir nada, asintió y salió de la cocina, dejando que el silencio de la mañana se asentara de nuevo.
Me quedé allí, inmóvil, sintiendo cómo el último resquicio de esperanza me abandonaba poco a poco.
Pero esta vez haría las cosas bien. Hace años, Edward había salido de mi vida, dejándome rota, y en mi desesperación y cobardía, había tomado decisiones equivocadas. Me había aferrado a lo que sentí como un refugio, aunque en el fondo sabía que sólo estaba tratando de huir de mi dolor, de mi vergüenza, de mi incapacidad para enfrentar la pérdida.
Ahora, Edward había vuelto, pero no para estar conmigo, no para retomar lo que habíamos dejado atrás. Esta vez estaba aquí para enfrentarme con mi verdad, para hacerme ver que las decisiones que tomé me habían llevado a este punto. Y aunque eso me dolía, entendía que ya no podía aferrarme a excusas ni a ilusiones. Había fallado en demasiadas cosas, y él no me perdonaría nunca.
Pero esta vez haría las cosas bien. Ya no era la misma joven que se había roto en mil pedazos al perderlo; ahora era madre, alguien que tenía que pensar más allá de su propio dolor. Era hora de ser fuerte, de controlar los daños, de aceptar mis errores y vivir con sus consecuencias. Edward merecía una vida sin cargas y sin las sombras de mis errores. Tony merecía una madre que fuera honesta consigo misma y lo suficientemente valiente para enfrentar las cosas como eran, sin esconderse en las decisiones de otros.
Esta vez, no esperaría perdones ni finales felices. No buscaría justificarme ni intentar repararlo todo. Solo afrontaría lo que viniera, con la mirada en alto, sin dejarme arrastrar por el miedo o la culpa. Porque si Edward y yo no teníamos un futuro juntos, al menos me quedaba la certeza de que, por fin, estaba tomando el control de mi vida.
Miré por última vez hacia el pasillo, donde Tony dormía plácidamente, ajeno a las tormentas que se desataban en mi interior. Y me prometí a mí misma que, pasara lo que pasara, esta vez sería mejor.
…
No supe si Edward había leído mi carta o no. No le volví a preguntar a Alice por él; no quería saber, ni escuchar detalles que sólo me hicieran sentir peor. Mi lugar estaba claro, y Edward también lo había dejado claro. Acepté que mi presencia en su vida no le servía más que para recordarle cosas que él prefería dejar atrás. Así que, a pesar del dolor, intenté respetar su decisión.
El día que hice la carta acudí a la farmacia, había olvidado tomarme la pastilla del día siguiente, pero estaba en el tercer día, aun podía, según la etiqueta del empaque. Esperaba que si fuera efectiva, calculé en mi mente cuando debía saber si no se había producido un embarazo, en dos semanas.
A Tony, lo llevaba a sus entrenamientos religiosamente. No era sólo por su entusiasmo y sus ganas de mejorar; había una parte de mí que temía las repercusiones de los planes de Edward sobre nuestra vida, sobre todo por lo que pudiera significar para nuestro hijo. Sabía que Edward estaba empeñado en exponer a Jacob, en hacer justicia a su manera, y aunque ya no estaba en posición de interferir, al menos intentaba proteger a Tony de cualquier sombra que esa situación pudiera arrojar sobre él.
Aún así, mantenía mi distancia. Dejaba a Tony en la entrada del gimnasio y esperaba en el auto hasta que terminaba. No importaba cuánto intentara convencerme de que debía respetar su decisión; la verdad era que me quemaba por dentro saber que Edward estaba tan cerca, y al mismo tiempo, tan lejos de mí. Sabía que él no quería que me acercara, que no me necesitaba en esta nueva vida, pero, aun así, no podía evitarlo. Aún lo amaba, con la misma intensidad de antes, y eso no cambiaría. Era absurdo, casi cruel conmigo misma, seguir deseando su cercanía cuando todo en él gritaba distancia.
Cada vez que llevaba a Tony a los entrenamientos, me quedaba sola en el auto, incapaz de apartar la vista del edificio en el que él se encontraba. Mis ojos lo buscaban, aun cuando sabía que no me correspondía. De vez en cuando, lo veía salir, charlando con Tony, sus sonrisas fáciles, sus gestos paternales. Esas escenas me arrancaban el alma, porque me recordaban lo que habíamos perdido y lo que nunca podríamos recuperar. Y aunque sabía que no era bien recibida en su vida, no podía evitarlo: allí estaba, en la distancia, atrapada en el silencio, aferrándome a lo único que me quedaba de él, aunque solo fuera una mirada fugaz, un instante robado desde la distancia.
No podía apartar mi amor, no podía olvidarlo. Edward era mi única verdad, aun cuando él ya me había relegado a un rincón olvidado de su mundo. Era consciente de lo patético que resultaba, de lo fácil que hubiera sido evitar la angustia si tan solo me apartara y dejara de aferrarme a recuerdos que ya no tenían lugar, pero no lo haría. Porque, aunque él no quisiera, aunque me apartara de su vida, yo siempre lo buscaría.
…
Jacob apareció a la puerta justo a la hora en que habíamos acordado, con esa sonrisa que hacía tiempo ya no me transmitía seguridad, sino incomodidad. Había notado que últimamente él también parecía más tenso, sus gestos menos despreocupados, como si algo en su interior se derrumbara poco a poco, aunque sin admitirlo.
Antes de que se llevara a Tony, decidí aprovechar para preguntar directamente sobre el artículo que habían sacado en el noticiero. No había pasado desapercibido para nadie en la ciudad, y los rumores sobre irregularidades en la empresa donde había invertido comenzaban a volverse más insistentes.
—Jacob, ¿es cierto lo que salió en el noticiero? Sobre la empresa de vehículos y las irregularidades… —le pregunté con firmeza, intentando no sonar acusatoria, pero sí determinada. Sabía que no podía evadir más preguntas como estas.
Jacob se tensó. Desvió la mirada un segundo y luego volvió a mirarme, como si intentara medir sus palabras.
—No tienes que preocuparte, Bella. Son solo rumores, exageraciones de los medios. Nada de eso es real —contestó con una tranquilidad que no me convencía del todo. Pero vi en su expresión algo que no era común en él: una chispa de preocupación, como si internamente temiera que esta vez las cosas estuvieran fuera de su control.
No insistí, aunque su respuesta dejó una sensación de incomodidad en mi pecho. Vi a Tony, emocionado de salir con su padre, ajeno a cualquier tensión entre nosotros. Lo despedí con un abrazo y observé cómo se iban, sintiendo una mezcla de alivio y temor.
Algo dentro de mí sabía que esto era solo el principio, que la venganza de Edward nos arrastraría a un torbellino del que tal vez no saldríamos ilesos.
¡Y así llegamos al final de este capítulo tan lleno de revelaciones! ¿Qué les pareció las cartas entre Edward y Bella? ¿Fue todo lo que esperaban o tal vez se quedaron con ganas de más respuestas? Ahora que ambos han dejado las cartas sobre la mesa (¡literalmente!), ¿creen que Edward bajará un poco su guardia o seguirá con su plan? Y Bella, ¿estará lista para enfrentarse a todo lo que se viene después de esta confesión?
¡Déjenme sus teorías y predicciones! Sus comentarios siempre son mi parte favorita, y me inspiran a seguir escribiendo. ¡Nos leemos en el próximo capítulo!
Mantengase saludables y felices!
