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PRÓLOGO
EN algún lugar al norte de Inglaterra, varios siglos atrás.
Como si una fuerza superior hubiese movido unos hilos, en cuestión de segundos las densas nubes que cubrían el firmamento se hicieron a un lado, dejando a la vista la perfección de la luna llena.
Su reflejo se introdujo directamente a través del pequeño ventanuco e iluminó las frías y húmedas paredes de aquella tétrica celda. De repente, un rostro ceniciento deformado por múltiples magulladuras se interpuso entre el haz de luz y el interior de la mazmorra. Observó con rabia el cielo estrellado que se vislumbraba en el claro abierto y, fijando su vista en la pálida cara de la noche, murmuró unas palabras ininteligibles. Una mano se aferraba a los barrotes oxidados mientras la otra, cerrada en un puño, se alzaba desafiante hacia el exterior. Cerró con fuerza los párpados y, durante un instante, el tiempo pareció detenerse. Hasta que sus palabras rompieron el silencio que reinaba en la oscuridad:
- An té nach mbaineann a chosa don talamh agus a eitlíonn ar nós éin seilge; an té a bhfuil nasc naofa ag a cholann leis na Daracha; té an chroí briste a bhfuil saol duairc aige dá bharr, dá mhéid é nach baol dó scaradh le gach aon ní; an té a thaistealós tríd na n-aoiseanna is trí spáis chun muid a scaoileadh saor, agus de bharr a ghníomhartha gheobhfaidh sé píonós cothrom ón té a ndearna feall ar a chine féin.
"Aquel cuyos pies no toquen el suelo y vuele cual ave rapaz; aquel que en su cuerpo lleve el sagrado vínculo con los robles; aquel cuyo corazón roto haya conseguido que su vida sea yerma, tanto como para que no le importe romper con todo; aquél vendrá a liberarnos a través del tiempo y del espacio, y gracias a sus actos, recibirá justa penitencia quien ha traicionado a su misma sangre"
En ese preciso momento, muy cerca de los muros, un potente rayo impactó de lleno sobre el tronco seco de un viejo olmo. Entonces abrió de nuevo los ojos. Los tenía inyectados en sangre. Hizo amago de sonreír, aunque lo único que sus labios pudieron componer fue una mueca grotesca, justo antes de que un velo blanco cubriera sus pupilas. Su cuerpo cayó desmadejado contra el suelo, pero sus ensangrentados dedos seguían firmemente cerrados. Entre ellos podían entreverse unas cuantas piedras grabadas con símbolos extraños.
El destino estaba sellado.
Tendrían que transcurrir varios siglos hasta que el círculo se completara, hasta que la profecía tuviese lugar. O quizá no tanto tiempo...
Condado de Berwick, en la actualidad.
El viento silbaba con furia entre los árboles, agitando violentamente las ramas a su paso. Nubes plomizas oscurecían el cielo y, de repente, todo vestigio de vida desapareció. De repente, todo vestigio de vida desapareció. Los frailecillos dejaron de trinar, las gaviotas se dispersaron hacia los acantilados y los tejones corrieron a refugiarse en sus guaridas. El bosque se quedó vacío, a excepción de una figura solitaria que permanecía allí erguida, mortalmente quieta, inmune al azote de la tempestad.
Vestía de blanco, con una prenda liviana de estilo retro que le llegaba hasta los tobillos y que, al igual que una taimada serpiente, se arremolinaba entre sus piernas de modo implacable. Los tirantes del vestido no llegaban a proteger sus desnudos brazos, cruzados con fuerza alrededor del pecho. Hacía ya tiempo que el chal que cubría sus hombros había volado por la fuerza del viento. Su cabello rubio, enmarañado y repleto de hojarasca, ocultaba unas facciones contraídas por el dolor, aunque tan sólo el apenas perceptible e incontrolado movimiento de sus hombros al llorar evidenciaba ese sufrimiento.
Sola, al pie de una frondosa arboleda ensombrecida por el cielo encapotado, resultaba una visión casi espectral. A su alrededor, el lúgubre ulular del viento se asemejaba a una legión de fantasmas que, procedentes del inframundo, volvían para reclamar la atención de los vivos con su lamento desgarrado.
Sin embargo, ella sólo tenía en mente la imagen de un fantasma en particular.
Esa mañana se habían cumplido seis meses desde la muerte de Anthony. Aunque ya casi no podía recordar su voz, el vacío que sentía en su interior la seguía desgarrando como el primer día, desde el mismo momento en el que aquella maldita llamada de teléfono que le informó de su fallecimiento la había sumido en una honda desesperación.
Él había sido su vida, su razón de ser. Ya nada tenía sentido para ella.
Todos los días maldecía a Dios por su muerte y, a su vez, le rezaba con fervor para que, al menos, le concediese el incierto estado de la demencia. Si eso sucediera, podría entregarse sin reservas a la dulce calma de la ignorancia que acompaña a los delirios de locura. Así se olvidaría para siempre del sufrimiento, del dolor y de la pena. Pero Dios no la escuchaba.
Ahora sólo vivía, si a eso podía llamársele vida, a base de recuerdos. Recuerdos de cómo lo conoció, cuatro años atrás en Oxford, gracias a un choque fortuito en los pasillos de la universidad. Ella llegaba tarde a clase, como siempre. Corría cargada de libros cuando, al girar la última esquina que la separaba del aula, se topó de bruces con él.
Los apuntes salieron volando, pero ella no llegó a caer porque unos fuertes brazos la sujetaron antes siquiera de haber parpadeado. Balbuceó una tímida disculpa, sus ojos se encontraron y la llama se prendió.
Una inocente invitación a la cafetería de la facultad dio paso a otras salidas fuera del entorno académico y, cuando quiso darse cuenta, ya estaba perdidamente enamorada. Lo mismo le había sucedido a Anthony.
Su mundo se centraba ahora en aquellos cuatro años, en la evocación de multitud de anécdotas acaecidas junto a él.
Inconscientemente, llevó una mano hasta la base de su cuello, donde descansaba el único recuerdo tangible que le quedaba de él. Se trataba de un simple cordón de cuero negro, enfilado con unas toscas piedrecillas grabadas con unos extraños símbolos. Era una joya carente de valor material, parecía más bien una baratija de mercadillo, pero para ella estaba dotada de un incalculable valor sentimental.
Él se lo había regalado un día antes de su terrible accidente, confesándole que ese colgante había pasado por su familia de generación en generación, aunque nadie sabía explicar con certeza el porqué de su importancia. Al parecer, el abuelo Martín le había explicado a su nieto antes de entregárselo que era una especie de amuleto que protegía de todo mal a quien lo llevara consigo.
¡Menuda suerte la suya!
Con su puño aferrando firmemente las cuentas, Candy mantuvo la mirada perdida hacia la pradera que había servido de escenario para tantos encuentros felices con Anthony, mientras una lágrima solitaria descendía por su mejilla.
Otro doloroso recuerdo que atesoraba en su interior. En aquella época del año el campo ya estaba florecido, completamente cuajado de prímulas, amapolas y lirios sobre un manto de fresca hierba de un verde intenso. Un mar de colores alegres que hoy se veían apagados, como si el paisaje también recordara y la acompañara en su tristeza.
Aunque Candy no era capaz de ver eso. Ella tenía la vista clavada en un punto concreto situado al otro extremo, en un viejo roble hacia el que dirigió sus pasos como si fuera una autómata.
Era un árbol centenario, el último que se conservaba de un antiguo bosque ya inexistente debido a la deforestación. En unos meses iban a comenzar a edificar en la zona, pero ese roble había conseguido librarse de la tala gracias a la presión de multitud de personas que le guardaban un cariño especial. A lo largo de la historia, el árbol había sido espectador mudo del amor que se habían profesado numerosas parejas de enamorados, tal y como atestiguaban las profundas cicatrices que surcaban su corteza.
Candy se acercó y observó detenidamente todas las marcas hasta que dio con la que buscaba.
Con lágrimas ya incontroladas fluyendo por su rostro, acarició dulcemente unas letras muy conocidas para ella: «AC». Las imágenes del día en el que fueron escritas le llegaron como en un destello.
Era un soleado domingo de julio. Aquella mañana habían decidido organizar un picnic en las afueras de la ciudad y, tras una pequeña excursión por la zona, descubrieron la existencia del viejo roble. Presos de la curiosidad, comenzaron a leer todas y cada una de las inscripciones grabadas en el tronco, hasta que una en concreto llamó su atención. Los trazos eran ya muy tenues y estaban parcialmente ocultos por una capa de musgo, pero cuando Anthony la retiró con sus manos, no dio crédito a lo que veían sus ojos:
«MDCXXI. Un amor que perdurará eternamente a lo largo del tiempo. W C».
Aquella inscripción era antiquísima, y así se lo indicó a Candy.
Ella, con un cuidado reverencial, pasó la palma de la mano sobre las marcas. De inmediato la sacudió un estremecimiento indescriptible que la hizo tambalearse, pero Anthony la sujetó con convicción, protegiéndola entre sus brazos hasta que ese extraño aturdimiento desapareció.
Entonces la arrastró consigo a los pies del árbol, que a los pocos minutos fue testigo excepcional de su primer encuentro de pasión.
Horas más tarde, para sellar de forma indeleble aquel maravilloso momento y hacer que el recuerdo de su amor perdurara para siempre, como el de los enamorados de la antigua inscripción, hicieron lo que tantas otras parejas habían hecho mucho antes que ellos: dejar su propia marca.
«Hasta que esos amantes se vuelvan a encontrar en este mismo sitio. Hasta la eternidad».
Ésas habían sido las palabras expresadas por Anthony después de que Candy grabara en el tronco sus iniciales.
Rio amargamente.
¡Qué injusta era la vida! Aquella eternidad de la que Anthony había hecho mención se le antojó imposible. No volvería a amar como lo había amado a él, ya no sentiría jamás la dicha de un amor correspondido. Todo eso se había ido con su partida, pensó abatida.
Tocó por última vez la marca grabada en el tronco y una fuerza invisible la atrajo para que, a su vez, también posara sus manos sobre la antigua inscripción. Al instante sintió un escalofrío similar al del primer día. No pudo soportarlo más y echó a correr, alejándose de aquel lugar repleto de dolorosos recuerdos.
No supo hacia dónde se dirigía; sólo quería desaparecer de allí cuanto antes.
Atravesó la pradera a la carrera y, sin pensarlo, volvió a internarse en las profundidades de la arboleda. La tempestad que minutos antes pugnaba por comenzar se desató violentamente, al tiempo que una fuerte lluvia arremetía contra el suelo. Candy intentó buscar cobijo, pero el bosque era una trampa demasiado fácil. Desorientada e incapaz de permanecer allí parada, corrió sin rumbo fijo. Las ramas más bajas de los árboles le golpeaban la cara y los hombros sin piedad, lastimándola cruelmente, y la maleza que crecía salvaje por doquier se le enredaba en el vestido, impidiéndole avanzar.
En su ansia por alejarse de aquel lugar que le generaba aquella desagradable sensación de angustia, no fue consciente de que se acercaba peligrosamente al risco que delimitaba la arboleda del mar.
Cuando se dio cuenta, ya era demasiado tarde. Intentó frenar, pero unas piedras situadas al borde del acantilado se desprendieron a sus pies, haciendo que perdiera el equilibrio y se precipitara sin remedio al vacío.
Mientras caía inexorablemente hacia las profundidades de aquella inmensa masa de agua, lo último que le vino a la mente fue la imagen de su adorado Anthony.
Parecía alejarse de ella, mirándola con suma tristeza, como si aquél fuese un adiós definitivo entre ellos.
Emitió un grito, mezcla de miedo y desesperación, y luego todo se volvió negro.
CONTINUARÁ
