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CAPÍTULO 01

CONDADO de Berwick, primero de mayo de 1620.

Terry despertó bastante mareado, tumbado boca arriba, ebrio aún por los estragos del alcohol. Sentía que estaba a punto de morirse, y no era para menos, dado su lamentable estado. Ni siquiera lograba recordar cómo había llegado hasta la cama después de la fiesta. Una tenue sonrisa emergió de sus labios al rememorarla, pero murió en el mismo instante en el que una arcada pugnó por salir de su garganta. ¡Cómo se arrepentía de haber bebido tanto! Parecía que su estómago tuviese vida propia...

Inhaló dos profundas bocanadas de aire y, en un intento de buscar un bálsamo para su malestar, volvió el rostro hacia la ventana, por donde entraba el aire fresco de la mañana. No encontró el alivio que esperaba. Tenía la boca pastosa y todos los músculos del cuerpo doloridos, como si la noche anterior hubiera hecho un intenso ejercicio y ahora se resintiese por el esfuerzo realizado. Efectivamente, tanta ingesta de vino por su gaznate había acabado por pasarle factura. Aun así, intentó levantarse, pero una dolorosa punzada en la frente acabó con sus ya poco dispuestas intenciones. Creyó que le iba a explotar el cráneo, tan fuertes eran las palpitaciones que le taladraban las sienes. Para evitar males mayores, se dio la vuelta en la cama con deliberada lentitud hasta colocarse boca abajo y, mientras cubría su cabeza con la almohada, se juró que jamás volvería a probar una gota de alcohol en lo que le restara de vida.

Momentos después, el chirrido de los goznes de la puerta puso fin a su precario descanso. Alguien entró a hurtadillas en la habitación, aunque el susurro de aquellos vacilantes pasos bastó para sacar a Terry del letargo en el que estaba a punto de caer de nuevo.

No tuvo que girarse para saber quién era. Martha siempre le llevaba el desayuno a la cama, pero en aquella ocasión bien podría habérselo evitado. Al menos tuvo la deferencia de no intentar despertarlo, como solía hacer todos los días, y abandonó el cuarto en completo silencio, cuidándose de no molestar con su intromisión. Sin embargo, Terry fue incapaz de conciliar el sueño tras la visita.

El olor de la comida no hizo sino incrementar sus náuseas. Tuvo que sacar fuerzas de flaqueza para levantarse, pero después, sin mostrar ningún tipo de remordimiento, apartó de un manotazo la bandeja que descansaba a los pies de la cama y volcó todo su contenido en el suelo. Mientras se lamentaba por su mala suerte y farfullaba un juramento, caminó con paso renqueante hacia una esquina de la habitación, donde al fin pudo aliviar sus ya incontenibles espasmos estomacales.

Una hora más tarde, convenientemente aseado y bastante contrariado tras haber aguantado con estoicismo la monumental reprimenda de Martha por su irrefrenable comportamiento con el desayuno, Terry salió a dar su paseo matutino a caballo por la playa.

Aunque la fresca brisa de la mañana y la tranquilidad de aquel idílico entorno invitaban a perderse en un momento de solaz, no pudo disfrutar como otros días de los primeros rayos de sol primaverales. Los largos mechones de cabello castaño que caían por su rostro no podían evitar que la intensa luz del astro rey lastimara sus ojos, azules como el zafiro pero enrojecidos por la resaca. Tras un quejumbroso gemido cerró los párpados, agachó la cabeza y, soltando las riendas, se dejó guiar por su caballo, un espléndido ejemplar de color negro y porte elegante, patas vigorosas y cuello largo y musculoso.

El mar estaba en calma, una novedad desde hacía meses, así que Terry aprovechó para alargar un poco el paseo por la playa. De ese modo permitiría que Zar refrescase sus patas y, a su vez, también daría a sí mismo y a su dolorida cabeza un poco de descanso. Sólo rasgaban el silencio el alegre graznido de las gaviotas, que revoloteaban libres bajo un despejado cielo azul, y el suave murmullo de las olas rompiendo contra la orilla. Todo lo demás era un remanso de paz, lo cual agradeció en una muda plegaria.

Cabalgó sin rumbo fijo durante varios minutos, hasta que sintió que el animal modificaba su velocidad al adentrarse en terreno pedregoso. Abrió los ojos, y entonces advirtió que se estaban aproximando a la ensenada, muy cerca de los acantilados.

A juzgar por la posición del sol, Terry dedujo que pasaría de mediodía; ya era hora de volver a casa. Obligó a su montura a girar grupas; aún no había acabado de hacerlo cuando atisbó algo a lo lejos que captó su atención. Al fondo de la ensenada, entre los peñascos situados bajo el precipicio, le pareció ver el cuerpo de un hombre. Espoleó a Zar en aquella dirección, pero tras llegar. Tras llegar al pie del barranco y desmontar, descubrió que no se trataba de un hombre, sino de una mujer.

Parecía estar en ropa interior, a tenor de la extraña enagua que llevaba puesta. La prenda se le había subido de forma indecente por encima de la rodilla, mostrando con total claridad un muslo esbeltamente torneado. El cabello, rubio como el sol de mediodia, le llegaba a la mitad de la espalda, aunque la mayor parte de éste se extendía desperdigado sobre las rocas, totalmente empapado y cubierto por las algas.

Le dio la vuelta lentamente para no lastimarla. Se encontró con un rostro marfileño de delicadas facciones, con unas largas pestañas que enmarcaban sus párpados cerrados. Era una mujer joven y, además, muy bonita. Tenía los labios amoratados y la piel muy pálida, un mal indicio a su entender, pero al tomarla entre sus brazos constató que aún estaba caliente. Además, apreció una tenue pero constante respiración.

Seguía viva.

Entonces buscó en su cuerpo signos de heridas graves y sólo encontró una pequeña contusión en la nuca cubierta de sangre.

Desvió la mirada de la chica para inspeccionar la zona. Al corroborar que la playa estaba desierta, tomó una rápida decisión. Levantó a la joven en brazos, se desprendió con rapidez de su capa y la cubrió con ella. Después, depositó el cuerpo inerte sobre el lomo de Zar y acto seguido montó él, indicando al animal que emprendiera la marcha de vuelta al castillo.

* * *

Durante el camino de regreso la muchacha no dio indicios de despertarse. Nada más cruzar el foso y llegar a la barbacana, dos guardias armados se acercaron a Terry, curiosos por ver qué era lo que traía su joven amo a lomos del caballo.

Él los detuvo con una orden seca.

—¡Rápido, que alguien vaya a buscar a Martha!

Al entrar en el patio de armas, un palafrenero se aproximó presto para hacerse cargo de la montura. Antes de entregarle las riendas, Terry solicitó su ayuda para bajar el cuerpo de la joven. La cargó de nuevo entre sus brazos y después, con paso decidido, avanzó hacia el portalón de entrada. En aquel preciso instante, una mujer de avanzada edad, con el cabello gris recogido en un moño bajo, salió por la puerta mientras se colocaba presurosamente un chal de lana sobre los hombros.

—¿Qué ha ocurrido?

—Ahora no es momento para dar explicaciones. Esta mujer está herida.

La anciana no preguntó nada más. Se limitó a posar una de sus curtidas manos sobre la frente de la chica, aunque la apartó de inmediato, como si hubiera tocado una brasa candente.

—¡Santo Dios misericordioso! Está ardiendo de fiebre. Rápido, llevémosla dentro.

Martha entró en el castillo seguida por Terry y comenzó a dar órdenes a diestro y siniestro.

—Amy, corre a la cocina a por un caldero de agua caliente; Greys, busca todas las mantas que encuentres; Jane, ve a mis aposentos y tráeme mis ungüentos. ¡Vamos, no os quedéis mirándome embobadas y haced lo que os digo! —les urgió con determinación.

Minutos después, la muchacha descansaba tendida sobre una mullida cama, y Martha instaba a Terry a salir de la habitación.

—Vuestra presencia ya no nos es de utilidad, mi señor; nosotras nos ocuparemos de ella. Ahora deberíais ir en busca de vuestro padre e informarle de este suceso antes de que se entere por otros cauces y suba dando gritos.

Terry asintió en silencio y se fue.

No habían pasado más de dos minutos cuando la puerta volvió a abrirse y entró una de las sirvientas, cargada con multitud de mantas. Martha le ordenó acercarse.

—Ven aquí, Greys. Vamos a retirarle estas ropas empapadas.

No costó mucho desvestirla porque llevaba poca ropa. Ninguna de las dos articuló palabra, aunque no hacían más que intercambiar continuas miradas de confusión.

Martha, con ojo crítico, observaba detenidamente las extrañas prendas; su mente era un hervidero de preguntas sin respuesta. Como veía que sus elucubraciones le estaban haciendo olvidar el motivo por el que se encontraba allí, las desechó de un plumazo y continuó con su tarea.

Cubrieron a la joven con varias mantas de lana y, a continuación, limpiaron la suciedad que tenía enredada en el cabello. Greys miraba de reojo a la anciana, su rostro mostraba una evidente curiosidad. Se moría de ganas de comentar todo lo que estaba pasándosele por la cabeza pero, al parecer, o Martha no se había dado cuenta, o no quería hacer alusión alguna al respecto. Pero llegó un punto en el que no pudo contenerse más y expresó con palabras lo que ambas llevaban pensando desde hacía un rato y callaban por precaución.

—¡Qué muchacha más extraña! ¿Os habéis fijado en lo extravagante de su indumentaria? Jamás había visto algo similar. Y su cabello... demasiado corto para que sea el de una dama. Sólo espero que el joven Terrence no se meta en problemas por haberla traído hasta aquí.

—Calla, necia. No seas imprudente —le reprobó Martha, aunque en su fuero interno pensaba lo mismo—. Eso es algo que no nos concierne a ninguna de las dos. De cualquier modo —aventuró, a pesar de saber que quizá estaba hablando demasiado—, yo creo que sí es de noble cuna. Fíjate en sus facciones: son demasiado exquisitas, tal vez aristocráticas. Además, observa sus manos: dedos largos, delgados, bien formados... —le volvió las palmas para que Greys pudiera verlas, y entonces se dio cuenta de un detalle que hasta ese momento le había pasado desapercibido.

Guardó silencio unos segundos, para estudiar con detenimiento la muñeca izquierda de la joven, y después siguió con su disertación—, y su piel es increíblemente suave. Me da la impresión de que estas manos jamás han trabajado —afirmó con rotundidad, ocultándolas a continuación bajo las mantas—. Lo que no entiendo es qué le ha podido suceder. Sea como sea, ya habrá tiempo para despejar nuestras dudas. Ahora, nuestro deber es sanarla. —Hizo una breve pausa para contemplar el enfebrecido rostro de la mujer y después añadió—: Hay que bajarle la temperatura de inmediato. Ve ahora mismo a la cocina y haz que me busquen en la despensa unas cuantas cosas. Escucha con atención...

Martha enumeró a conciencia lo que necesitaba, asegurándose de que Greys memorizara una por una todas las partes del pedido. Después la dejó ir. Mientras tanto, ella tomó un paño de lino de un arcón, lo mojó con agua fresca de una jofaina y se lo colocó a la joven sobre la frente. A continuación, comenzó a inspeccionar el cuerpo en busca de posibles lesiones, hasta que dio con un gran bulto en la nuca. Tras estudiar minuciosamente la contusión, se acercó a la cesta que le había traído Jane, hurgó en su contenido y sacó un pequeño tarro cubierto por una hoja de parra. Lo abrió e introdujo dos dedos hasta embadurnarlos de una sustancia parduzca, pegajosa y bastante maloliente. Extendió el emplaste por la hinchazón, colocó encima unas hojas de centaura, salvia y varios pétalos de flor de espino blanco y sujetó la cataplasma con una venda enrollada alrededor de la cabeza.

Cuando Greys entró en el cuarto se encontró a la anciana cómodamente sentada al borde de la gran cama con dosel. Se percató de que había cerrado todos los postigos de las contraventanas y de que en la chimenea ubicada al fondo de la estancia ardía un gran fuego, avivado por tres robustos troncos de roble que crepitaban con avidez. Sin embargo, Martha no permanecía ociosa: con infinito cuidado, para no lastimar el vendaje ni la herida, cepillaba el lustroso y sedoso cabello hondulado y rubio de la muchacha. Una gran mata de pelo que relucía con el resplandor de las llamas se extendía a lo largo de su rostro, enmarcándolo de forma sublime.

—Parece mentira que seas tan joven y a la vez tan lenta. Trae eso aquí —señaló el hatillo que Greys portaba entre sus manos

—. ¿Lo has encontrado todo?

—Sí, señora, aunque la cocinera me ha tenido que ayudar porque yo desconocía la existencia de alguna de las hierbas que me pidió —murmuró contrita.

Martha, arrugando el ceño, le arrebató el paquete. Tras cerciorarse de que no faltaba nada, extrajo de su cesto un gran mortero de madera bastante ajado, en cuyo interior echó varias semillas de girasol, dos hojas de ulmaria y las raspaduras de un trozo de corteza de sauce. Molió los ingredientes con el almirez hasta formar una pasta seca a la que añadió un poco de agua caliente y, acto seguido, vació el recipiente en el caldero de cobre que hervía sobre el fuego, no sin antes lanzar al agua un manojo de hierbaluisa. Lo removió todo con un gran cucharón de madera hasta que el líquido adquirió un clarísimo tono verde musgo, tomó una pequeña cantidad y la vertió en un cuenco.

—Ahora debemos conseguir que ingiera esto.

La anciana posó el pulgar en la barbilla de la joven y con los dedos índice y corazón estiró sus fosas nasales hacia atrás. De esta forma le abrió la boca, para después tirar con la otra mano de la base de la garganta hacia abajo.

—Greys, comprueba que no queme y empieza a verter la tisana dentro de la boca. ¡Ve más despacio! No quiero que se ahogue —le increpó.

Cuando el cuenco quedó vacío, Martha le limpió las comisuras de los labios, acomodó los almohadones alrededor de su cabeza y se aseguró de que estuviera convenientemente arropada.

A continuación le indicó a la sirvienta que su presencia ya no era necesaria y esperó a que se marchara. Entonces lo guardó todo dentro del cesto, incluidas las ropas empapadas que llevaba la muchacha. Después se dirigió hacia la cama y sacó el brazo izquierdo de la mujer de debajo del cobertor, dejando que la tenue luz de las llamas lo iluminara. Una simple tira plana de cuero marrón atada con un nudo y que rodeaba su muñeca destacaba frente a la extrema palidez de la piel del antebrazo. Debido a su vista cansada, Martha tuvo que acercarse un palmo para poder ver mejor las letras que habían sido grabadas a fuego en el cordón. Tras leer la inscripción, de sus labios brotó una única palabra:

—Candy...

* * *

Terry entró silenciosamente en los aposentos privados de lord Graham. Últimamente el conde pasaba en aquella estancia la mayor parte de las tardes, a excepción de cuando se acercaba al pequeño cementerio, situado tras la capilla del castillo, para visitar la tumba de su adorada esposa. En esos momentos, su padre se encontraba de pie junto al gran ventanal de arcos ojivales y miraba a un punto indeterminado del exterior.

De porte imponente, era uno de los hombres más altos que Terry había conocido, tanto que sus anchas espaldas empequeñecían todo cuanto estuviera situado a su lado. Su espesa cabellera negra, moteada de hebras grises, le rozaba los hombros. Unos mechones rebeldes se agitaron cuando la brisa vespertina entró por la ventana.

El conde de Grandchester era desde hacía muchos años uno de los nobles de más confianza del rey Jacobo. Pese a su edad, aún conservaba la musculatura del gran guerrero que fuera antaño, resultado de un duro adiestramiento. Era el primero que blandía una espada a tempranas horas de la mañana y ejercitaba su cuerpo hasta la extenuación para hacerles ver a sus hombres que no se esperaba de ellos menos de lo que podía dar de sí su propio señor. Su actitud inflexible en el entrenamiento y anteriormente en el campo de batalla lo habían llevado a formar la milicia mejor preparada de Inglaterra, mucho mejor que la del propio ejército inglés, cuestión que al rey no le había pasado desapercibida. Por esa razón, años atrás éste lo había nombrado general en jefe del término fronterizo con Escocia. Quería defender esa zona de las posibles incursiones de sus vecinos, las cuales estaban a la orden del día. Sospechaba que el principal motivo de aquella decisión radicaba en que ante posibles guerras internas un aliado como el conde, en conjunción con su numeroso ejército particular, podría evitar cualquier intento de destronamiento.

Lord Graham ya no encabezaba las filas de sus tropas; había pasado el mando a su segundo, sir Peter Doyle, meses después de morir su esposa. Aunque físicamente se mantenía en perfecta forma, el estado de languidez en el que se había sumido tras la muerte de lady Eleonor le imposibilitaba afrontar como debería una responsabilidad así. La pena producida por tan funesta pérdida había hecho mella en su coraje y determinación.

—Padre, ¿podéis atenderme un momento?

Si el conde se sorprendió por su llegada, no lo demostró. Ni siquiera se giró para encararlo.

—No te había oído entrar, hijo mío —murmuró en voz queda.

—¿Qué estabais mirando? —Terry se puso a su altura y desvió la mirada hacia donde lord Graham aún mantenía fija la suya.

—Nada en concreto. Sólo estaba pensando.

Terry clavó la vista en el perfil de su padre. Torció el gesto al apreciar en él un profundo cansancio. Cansancio y dolor. Las arrugas que, desde hacía tiempo, surcaban su rostro se habían intensificado, y una mirada vaga y cetrina le hizo pensar que por otra noche consecutiva no había descansado nada. Durante muchos años, lo habían considerado un hombre muy apuesto; su mandíbula prominente y una nariz aguileña, a la par que unos ojos cautivadores de mirada arrogante, habían provocado multitud de suspiros entre las damas. Sin embargo, aquellos ojos de color gris plomizo, antaño brillantes y desafiantes, ahora se encontraban apagados, sin vida.

—Necesitáis dormir un poco, padre. La vigilia constante no os hace nada bien.

El hombre suspiró con resignación y negó con la cabeza. Ojalá fuese tan fácil...

—Muchacho, ¿de qué querías hablarme?

Terry respiró hondo y se dispuso a narrarle lo sucedido.

Lord Graham lo escuchó con aparente desinterés, sin mostrar su opinión en ningún momento, hasta que su hijo terminó de hablar.

—¿Estás seguro de que no es una campesina de la aldea? —preguntó al fin.

—Estoy seguro. De ser así, sin duda la habría reconocido. Además, por lo poco que la he visto, no parece en absoluto una simple aldeana.

Lord Graham dirigió a su hijo una mirada significativa. A sus oídos habían llegado multitud de rumores referentes al manifiesto interés que demostraba Terry ante cualquier muchacha agraciada que se cruzase en su camino, aunque se abstuvo de hacer comentarios. Al fin y al cabo, él también había sido joven.

—Si no es de los alrededores, entonces ¿cómo podremos averiguar su procedencia?

—Tendremos que esperar hasta que alguien la reclame o ella misma nos lo explique cuando despierte, si es que eso llega a ocurrir. Mientras tanto, lo único que podemos hacer es investigar por nuestra cuenta.

El conde no rebatió la propuesta, pero calló unos instantes y meditó su siguiente pregunta.

—¿Crees prudente alojar a una desconocida en nuestro hogar? Podría ser una espía.

—¿Una espía? Lo dudo. En el estado en el que la encontré, me inclino más a pensar que ha sido víctima de una agresión.

—¿Crees que se recuperará?

—No lo sé. Tenía un buen golpe en la cabeza y ardía de fiebre. De cualquier modo, no subestimemos las artes curativas de Martha.

Lord Graham afirmó con un gesto seco, corroborando así que confiaba plenamente en la capacidad de sanar de la vieja sirvienta.

—En cuanto sepas algo, házmelo saber. Por mi parte, ordenaré efectuar algunas indagaciones por los alrededores. Y si se despierta, quiero hablar con ella de inmediato. ¿Entendido?

—Por supuesto, padre. Os mantendré convenientemente informado de cualquier novedad.

* * *

Pasaron tres días sin que la muchacha despertara, aunque sí evidenciaba una notable mejoría. La fiebre había remitido casi por completo y la herida en la nuca cicatrizaba bien, sin mostrar signos de infección; pero aún no había recuperado la conciencia, algo que tenía a la anciana muy preocupada.

Martha se acercaba al cuarto con frecuencia para cambiar el vendaje de la cabeza o colocar las mantas que la cubrían, y que la joven en sueños apartaba de su cuerpo, ya que eso era lo único que podía hacer por ella. Todo lo demás ya estaba hecho y sólo quedaba esperar.

Era casi la hora de la cena cuando Martha se dispuso a realizar su visita rutinaria a la enferma. Iba cargada con un gran cesto lleno de ropa de cama limpia que acababa de recoger de las cuerdas. Las piezas de tela, lavadas a la orilla del riachuelo de frías y límpidas aguas que circundaba el castillo, aún conservaban el refrescante olor de la ropa secada a la brisa, con ligeros retazos de leña y brezo. Ése era el último cesto que le quedaba por subir a los aposentos privados de la planta superior. Decidió que dejaría reposar tranquila a la joven durante toda la tarde, para no tener que moverla al cambiar las sábanas y perturbar su descanso hasta que fuese estrictamente necesario. Al pisar el último peldaño, casi chocó de bruces con Greys, quien en ese momento doblaba la esquina de forma precipitada con la intención de bajar. La joven se paró de golpe y comenzó a respirar de forma agitada por la falta de resuello.

—¿Se puede saber dónde vas tan alterada?

—Precisamente bajaba a buscaros. No os lo vais a creer. Se ha despertado.

—¿Y la has dejado sola? —Martha apartó de un empellón a la sirvienta y se dirigió rauda hacia el dormitorio—. ¿Ha dicho algo? —preguntó sin volverse.

—No le he dado tiempo. Estaba cerrando los postigos de las ventanas porque ya comenzaba a refrescar, cuando he oído una ligera exclamación a mis espaldas. Me he dado la vuelta para ver qué sucedía y la he descubierto observándome con los ojos abiertos como platos. He salido directamente a buscaros.

Martha no esperó más. Abrió la pesada puerta de madera y entró.

Al girarse hacia la cama, vio que la muchacha estaba incorporada y se disponía, no sin esfuerzo, a levantarse.

—¡No os mováis! —gritó.

Rápidamente dejó el cesto abandonado en el suelo y corrió hacia ella.

La joven se paró en seco al oír la imperiosa orden. Se quedó mirando fijamente a la anciana con una expresión inescrutable pero no dijo nada, sólo se agarró como pudo al borde de la cama y se apoyó de forma vacilante sobre uno de los varales del dosel. Martha supo que estaba a punto de desplomarse, así que, sin pensarlo, la cogió por los hombros para sujetarla. Después, la ayudó a reclinarse lentamente sobre los almohadones.

—Aún estáis muy débil —la reconvino—. No debéis levantaros u os marearéis, tal y como acaba de suceder.

—¿Don... dónde estoy? —preguntó la muchacha con voz quebrada.

—Chsss... tranquila. Estáis a salvo. Ya habrá tiempo de explicaciones.

—Pero...

—No digáis nada. Cualquier pequeño esfuerzo puede ser excesivo para vos.

—Estoy un poco confundida... —La muchacha movió la cabeza, claramente turbada.

—Es normal después de lo que os ha pasado, pero no os preocupéis, pronto os recuperaréis del todo. Lo único que debéis hacer ahora es quedaros quieta e intentar dormir. Dentro de un rato subiré a traeros un poco de caldo. Necesitáis alimentaros.

—Tengo el estómago revuelto..., no sé si podré digerir algo —respondió en tono quedo.

—Lo sé, pero aun así lo intentaremos.

La mujer miró de medio lado a la anciana con escepticismo, y al cabo dijo:

—¿Quién es usted?

La aludida esbozó una tímida sonrisa.

—Me llamo Martha Campbell. No intentéis hacer más preguntas y descansad.

Entonces caminó hacia la puerta pero se detuvo cuando ya tenía la mano en el pomo. Tras dudar un instante, se volvió por última vez.

—Una única pregunta, si me lo permitís. Vuestro nombre es Candy, ¿no es cierto? —comentó mientras señalaba con un dedo la pulsera que rodeaba su muñeca.

La joven alzó la vista de las sábanas, con la confusión patente en sus facciones. Después, pasó paulatinamente la mirada del rostro de la sirvienta a su propio brazo, y sólo entonces murmuró:

—Yo... no lo recuerdo.

CONTINUARÁ