.

.

CAPÍTULO 03

CANDY avanzó hacia la puerta con paso resuelto, pero en cuanto tocó con la mano el frío pomo de metal, toda su valentía se hizo añicos. ¿Haría bien en salir a hurtadillas en plena noche? Aquella gente la había alojado con extrema cortesía aun sin conocerla. ¿Y ella se lo pagaba así?

Lo pensó durante unos segundos, pero al fin decidió que tampoco era tan grave echar una pequeña ojeada. Movió la manivela de hierro forjado y empujó la pesada puerta de madera maciza. Con tiento, asomó la cabeza hacia el pasillo para asegurarse de que estaba desierto. Así era; además, tan oscuro como la boca de un lobo. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, se dio cuenta de que una luz brillaba tenuemente al fondo del corredor. Al acercarse, vio que era un recodo del pasillo que continuaba hasta el comienzo de una escalera de caracol. Ese tramo estaba iluminado por una antorcha colocada en un soporte metálico, cuyas llamas proyectaban sombras titilantes en las paredes. Avanzó hacia el tiro de escalera y se detuvo un momento para prestar atención. Ni un solo ruido. Perfecto.

Comenzó a bajar los angostos escalones, apoyando una mano en la fría piedra que rezumaba humedad, mientras con la otra agarraba con seguridad una gruesa soga que hacía las veces de pasamanos. Para evitar tropezarse, mantuvo la mirada clavada en sus pies descalzos durante todo el trayecto. Éstos se encogían cada vez que los posaba sobre los gélidos peldaños, pero eso no le impidió seguir adelante. Por fin, al llegar al último escalón, levantó la vista al frente, y entonces sus labios emitieron una muda exclamación. Decenas de personas, vestidas todas ellas con pintorescos ropajes, yacían dormidas sobre el suelo. Incluso había una pareja de podencos tumbada junto a la chimenea, de dimensiones extraordinarias, que coronaba el ala norte del salón.

Cuando su sorpresa se disipó, echó un rápido vistazo a la sala; las paredes estaban cubiertas por bellísimos tapices y multitud de armas: escudos, lanzas, garrotes, picas, hachas... Además, varias armaduras, la mayoría de ellas en perfecto estado de conservación, presidían la entrada y las cuatro esquinas de la estancia. El acero brillaba lustroso por el fulgor de las llamas, confiriendo a las armaduras una sensación de movimiento irreal, como si en verdad estuviesen vivas, custodiando todo cuanto las rodeaba.

Sobre la chimenea descubrió, colgadas en forma de aspa, las dos espadas más grandes e intimidatorias que hubiera visto en su vida. Sus empuñaduras eran magníficas; en cada una de ellas había engarzados sendos rubíes de un tamaño vergonzosamente obsceno y otras muchas piedras preciosas. Las estaba contemplando embobada cuando, de repente, entró una ráfaga de viento por una de las pequeñas ventanas laterales y movió los dos tapices que colgaban del techo, a ambos lados de la chimenea. Entonces la vio: oculta a la vista, protegida por los cortinajes, había una pequeña puerta.

Lo más prudente hubiera sido no acercarse; de hecho, Candy se asombró de su propia audacia al encontrarse caminando hacia allí. Tuvo que dar varios rodeos para sortear a la gente dormida, aunque finalmente llegó a su destino. Con infinita cautela, miró a los dos podencos que se removían en un sueño agitado mientras mostraban sus intimidantes fauces.

-Perritos bonitos... -susurró-, soñad con grandes huesos y lindas perritas, pero no os despertéis, por lo que más queráis.

Al parecer, los canes le hicieron caso porque dejaron de agitarse y posaron con parsimonia sus enormes cabezas en el suelo.

-¡Gracias a Dios! -exclamó, al tiempo que soltaba el aire que había estado conteniendo-. No me gustaría para nada morir devorada por alguno de estos animales.

La puerta estaba entreabierta, así que pudo acceder a su interior sin mayores eventualidades. Frente a ella se encontró con una habitación de grandes dimensiones y otra chimenea al fondo, no tan colosal como la del salón pero sí lo suficientemente grande como para caldear toda la estancia. El fuego se estaba consumiendo y las llamas, a punto de extinguirse, sólo alumbraban en parte las paredes aledañas. Sin embargo, al fijarse con detenimiento supo con certeza que había entrado en una gran biblioteca. Los estantes se elevaban desde el suelo hasta el techo y todos ellos contenían infinidad de volúmenes. A simple vista, el tamaño de los libros era impresionante; ninguno de ellos tenía un lomo inferior al ancho de su mano. Parecían... ¿códices?

Aunque perpleja, Candy centró su atención en el resto del mobiliario.

A la izquierda localizó un gran escritorio de caoba y, junto a él, un atril de cuerpo entero que soportaba un pesado volumen abierto por la mitad. Se acercó al pedestal y echó un vistazo al contenido del libro. Parecía un diccionario, pero al no entender el idioma en el que estaba escrito, Candy cerró el tomo ayudada por sus dos manos. Acarició con reverencia la suave encuadernación de piel con guarniciones metálicas y después, abriéndolo de nuevo por la primera página, leyó lo que ponía en la portada: «Johannis Balbi de Janua. Catholicon. 1460. Johann Gutenberg».

Desconocía el significado de esos nombres, pero ¿por qué tenía la extraña impresión de que el libro era muy valioso? Una vocecita en su interior le decía que estaba delante de algo importante, aunque no supo identificarlo. Era la misma sensación que llevaba experimentando una y otra vez desde que se despertó en aquel lugar. Le mortificaba reconocer que aquello ya empezaba a convertirse en una costumbre.

Más confusa a cada momento, dejó el libro a un lado y se dirigió hacia el escritorio. La mesa estaba cubierta de pergaminos enrollados, un tintero enorme de plata y alabastro y decenas de plumas de ave. También había un pergamino extendido con un texto a medio escribir. A todas luces se trataba de una carta. Sabía que no debía hacerlo, que estaba cometiendo una imperdonable indiscreción, pero la tentación era demasiado fuerte. Al final, la curiosidad ganó la partida y Candy cogió la misiva entre sus manos. Miró a ambos lados para cerciorarse de que no había nadie y caminó hacia la chimenea. Cuando estaba a unos tres metros del fuego, el encabezamiento se hizo completamente inteligible, y entonces pudo leer en voz alta:

-Berwick, 4 de mayo de 1620.

* * *

Un intenso escalofrío subió por su espina dorsal hasta la base de la nuca, como si su cuerpo hubiera reaccionado ante algo que a ella se le escapaba.

-Interesante... Veo que sabéis leer.

Candy dio un respingo al sentirse descubierta. El pergamino se escurrió de sus manos y cayó al suelo, aparentemente olvidado. Todos sus sentidos estaban concentrados en aquella voz que acababa de escuchar. Oyó el movimiento de alguien levantándose y sus ojos volaron hacia la butaca situada frente a la chimenea, aquella que hasta ese momento había pensado que estaba vacía. Allí había una persona, y ella ni siquiera se había percatado de su presencia.

Las sombras que proyectaban las llamas recortaban una silueta alargada de anchos hombros, con las piernas ligeramente abiertas y las manos apoyadas en las caderas, en una pose genuinamente masculina. Se trataba de un hombre, de eso no cabía duda, pero no pudo verle el rostro porque estaba de espaldas al fuego, a contraluz.

-¿Quién... quién es usted?

-La pregunta es: ¿quién sois vos?

El hombre la recorrió de arriba abajo con la mirada.

Ella, consciente de la poca ropa que llevaba, intentó sin éxito ocultar las transparencias del camisón, cerrándose la bata por el cuello.

-Yo... soy Candy.

-Eso ya lo sé. Vuestro apellido. -Su voz sonó cortante.

-Lo desconozco. Ni siquiera estoy segura de mi propio nombre. ¿Quién es usted? Por segunda vez, su pregunta fue obviada.

-Os traigo a mi hogar, os proporciono techo, comida y buenos cuidados para que podáis recuperaros de vuestras heridas, y en plena noche os encuentro husmeando en los papeles de mi padre. ¿Es así como pagáis nuestra hospitalidad?

-Yo, es que...

El hombre levantó una mano de forma autoritaria y la interrumpió.

-Ahora no me digáis que tampoco sabéis cómo habéis llegado hasta esta sala, ni cómo ha llegado esa carta a vuestras manos -le increpó señalando el pergamino en el suelo.

Candy comenzó a asustarse. Por culpa de su curiosidad se había metido en un buen lío.

-Estoy esperando -agregó de modo impaciente.

El hombre caminó unos pasos hacia ella y Candy, por fin, pudo ver sus facciones. Era joven, no aparentaba más de veinticinco años. De cabello oscuro y ojos claros, su rostro expresaba una mezcla de severidad y sorpresa. Llevaba la mandíbula rasurada, aunque comenzaba a despuntar el leve asomo de una incipiente barba. Su única vestimenta consistía en unos calzones de piel parda y una camisa de lino con los cordones desanudados, lo que proporcionó a Candy una nítida imagen de su torso desnudo. Tragó saliva; tenía que admitir que se trataba de un hombre muy atractivo. Pero no, no podía dejar que sus pensamientos tomaran aquellos derroteros. Se encontraba en una situación muy embarazosa y lo que menos le convenía en esos instantes era distraerse con algo tan banal. Necesitaba buscar una excusa razonable para marcharse de inmediato de allí, ya daría las consabidas explicaciones más adelante. Aunque no existiera ninguna justificación para su conducta.

-Me desperté a media noche y, como era incapaz de conciliar de nuevo el sueño, bajé a dar una vuelta. No pretendía ser desconsiderada ni fisgonear, sólo sentí curiosidad por ver el castillo donde me han alojado tan amablemente. -Candy adoptó una actitud contrita con la que esperaba ablandar a su interlocutor-. Lo siento, estoy un poco cansada. No debí aventurarme a salir hasta haberme recuperado del todo. Si me disculpa, regresaré a mi habitación y mañana podremos hablar con más tranquilidad. Además, no estoy correctamente vestida. -De modo consciente y premeditado, Candy cerró con más fuerza el puño que sujetaba el cuello de la bata.

-En eso tenéis razón -declaró él, mientras sus ojos recorrían con intensidad el cuerpo a medio cubrir de la joven -. Aunque ahora ya no tendría mucha importancia: os he visto con menos ropa que la que lleváis puesta.

-¿Cómo?

-Cuando os encontré, ibais medio desnuda.

-¡Oh! -exclamó Candy avergonzada.

Él meditó unos instantes y al fin contestó.

-Está bien, esperaré hasta mañana. Eso sí: quiero que, cuando nos sentemos a conversar, no os inventéis ningún pretexto para huir, como estáis haciendo ahora mismo. ¿De acuerdo?

Candy, aliviada por saberse a salvo de un inminente interrogatorio, al menos durante aquella noche, asintió en silencio.

-No os olvidéis. Mañana hablaremos. Por cierto...

Ella ya estaba a medio camino de la puerta. Al oírlo se detuvo un instante, pero no llegó a volverse.

-¿Sí?

-Mi nombre es Terry. Terry Graham.

Cuando Candy abandonó la estancia no se paró a comprobar si molestaba a alguien a su paso. Cruzó rápidamente el gran salón y, en su tumultuosa huida, despertó a uno de los podencos. Éste levantó la quijada, emitió un profundo gruñido e hizo amago de levantarse, pero al ver que la intrusa se alejaba hacia las escaleras, volvió a su posición de descanso.

CONTINUARÁ