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CAPÍTULO 04
—BUENOS días, milady. Espero que hoy hayáis amanecido más tranquila que ayer.
Candy afirmó con la cabeza, pero fue algo automático. No había podido dormir en toda la noche. En realidad, ni siquiera se había acostado. Las nuevas luces del alba la encontraron sentada junto a la ventana, pensativa y completamente desubicada. Así también la encontró Martha, que se acercó hasta ella con algo colgado en su antebrazo.
—¡Santo Dios misericordioso!—exclamó al ver el rostro de Candy—. Muchacha, tenéis un aspecto deplorable. ¿Acaso no habéis dormido bien?
Candy tardó unos instantes en comprender lo que la mujer le estaba diciendo. Se levantó muy despacio y, con los movimientos de un autómata, fue hacia el aguamanil. Se miró al espejo y vio su imagen reflejada. No le extrañaba nada que Martha se hubiera sorprendido; tenía el cabello enmarañado y unas profundas ojeras de color violáceo ensombrecían su rostro.
—No he pegado ojo en toda la noche —confesó.
La anciana soltó un suspiro de consternación mientras dejaba lo que a todas luces parecía un vestido encima de la cama.
—Pues debemos hacer algo de inmediato. El joven Terry me ha comentado hace un rato que hoy sin falta hablaría con vos. Aunque he insistido en que aún no estáis totalmente restablecida, no ha dado su brazo a torcer. Os espera en la biblioteca, así que no tenemos tiempo que perder.
Nada más decir aquello, dos muchachas entraron en la habitación portando una gran tina de madera. Tras ellas, otras cuatro doncellas cargaban en ambas manos cubos repletos de agua humeante. Colocaron la tina en el centro de la estancia y después vertieron dentro el agua, bajo el atento escrutinio de la vieja sirvienta. Cuando terminaron, Martha se volvió hacia Candy.
—¿Aún estáis así? Venga, muchacha, quitaos el camisón.
—Pero...
—¿Qué ocurre?
—¿Es necesario que haya aquí tanta gente? —comentó Candy azorada.
—No es muy usual que una dama se asee sin ayuda de nadie... Bueno, en este caso haremos una excepción y me quedaré yo sola. —Con un gesto, ordenó a las criadas que salieran de la habitación—. Meteos dentro, jovencita, porque si tardáis mucho el agua se enfriará.
No muy convencida, Candy se desprendió de su camisón. Sin embargo, a medida que iba introduciéndose en el agua, fue cambiando de parecer.
—Esto es maravilloso —susurró cerrando los ojos. Sentía todas sus articulaciones entumecidas después de la larga vigilia pasada, pero el agua caliente, ligeramente perfumada con lavanda, consiguió relajarla poco a poco. Martha se acercó por detrás y empezó a frotarle la espalda con un paño enjabonado.
—Tenéis que estar presentable para el joven Terry y, sobre todo, para lord Graham. Se ha enterado de que Terry iba a hablar con vos y ha insistido en estar presente.
Candy ya sabía quién era Terry, y estaba segura de que Martha era conocedora de su pequeña incursión nocturna, aunque la anciana no había hecho ninguna referencia a aquel suceso. Prefirió
no comentar nada y se centró en el segundo hombre.
—¿Quién es lord Graham?
—Es el señor de este castillo y el padre de Terry. No debéis temerlo. Al principio os intimidará, pero más adelante comprobaréis por vos misma que el perro que ladra, poco muerde. Os voy a quitar el vendaje para ver cómo sigue vuestra herida, así que intentad no mover mucho la cabeza.
Poco a poco fue tirando de las largas tiras de lino hasta que el emplaste quedó a la vista. Al retirarlo, observó la contusión con ojo crítico. La herida se había cerrado y la costra que la cubría tenía un color bastante saludable.
—¿Os duele mucho?
—No, sólo siento una ligera molestia.
—Perfecto. Ha sanado mejor de lo que yo esperaba. Ahora hay que eliminar cualquier rastro de suciedad que pueda llegar a infectarla. Vamos, sumergid la cabeza, que os voy a lavar el cabello. Por cierto, ¿cómo es que lo lleváis tan corto?
Candy frunció el ceño. ¿A qué venía esa pregunta? ¿Y qué debía contestar? Lo mejor sería quedarse callada, y eso hizo. Se limitó a encoger los hombros en señal de desconcierto.
—No pasa nada, ya os crecerá —comentó la anciana, quitándole hierro al asunto.
Cuando terminó de enjabonarle el cabello, Martha cogió un cubo con un poco de agua y lo volcó sin más preámbulos sobre la cabeza de Candy, quien comenzó a toser sin control.
—¡Uf! Podía haberme avisado antes...
—¡Oh, lo siento! —se disculpó Martha—. Ya hemos terminado. —La instó a que saliera del agua y le tendió un gran lienzo de lino para que se secase. Mientras tanto, ella se acercó a la cómoda, abrió el cajón superior y sacó un cepillo y un peine de carey—. Venid, sentaos junto al fuego, que voy a desenredaros el cabello.
—Puedo hacerlo sola —protestó Candy.
—Tonterías; yo lo haré por vos. Además, podríais haceros daño en la herida.
Candy rezongó por lo bajo, pero obedeció. Con cada pasada del cepillo los mechones de pelo fueron perdiendo la humedad, y ella creyó que se quedaría dormida hasta que sintió que Martha empezaba a hacer cosas raras en su cabeza.
—¿Qué está haciendo?
—Peinaros, por supuesto. No pensaréis bajar con la melena suelta, ¿verdad? Veamos qué podemos hacer con este cabello tan corto.
Candy no discutió con ella, aunque no estaba muy convencida de lo que la anciana pretendía conseguir.
Al cabo de unos minutos, Martha afirmó satisfecha:
—Creo que no ha quedado tan mal, a pesar de las circunstancias. Id a miraros al espejo.
Cuando vio su imagen reflejada en el espejo, no pudo por menos que admirar el trabajo realizado. Sujeto en la parte superior, todo el cabello estaba recogido y dividido en mechones de intrincadas formas, excepto unas cuantas guedejas que enmarcaban delicadamente su rostro.
—¡Es maravilloso! Martha, tiene unas manos divinas —aseveró.
—Sólo es cuestión de práctica. Son demasiados años peinando a lady Eleonor.
—¿Quién es lady Eleonor?
—La difunta esposa de lord Graham. Murió hace dos años —musitó Martha con pena, aunque enseguida apartó de su mente tan dolorosos recuerdos—.Y ahora, vamos a vestiros.
—Pero si no tengo nada que ponerme...
—Os he traído un vestido de lady Eleonor. Sois un poco más baja que ella, así que he tenido que recoger el ruedo un palmo, pero más o menos poseéis el mismo talle. Presumo que os servirá.
—No creo que sea correcto...
—¡Bah! —le restó importancia—. Hace mucho que este castillo no alberga a ninguna joven como ella o como vos, y es una lástima que todas sus ropas estén guardadas en baúles, estropeándose por el paso del tiempo.
Martha fue de nuevo hasta la cómoda y sacó una camisola con mangas de uno de los cajones. Se la tendió a Candy y le ordenó que se la pusiera mientras ella cogía el vestido de encima de la cama. Se lo pasó por la cabeza y no la dejó contemplarse hasta que terminó de atarle todas las cintas laterales. El vestido era sublime. Se trataba de una creación en brocado color lavanda con la falda acampanada y un escote alto, profusamente elaborado. Las mangas, amplias y tan largas que llegaban a rozar el suelo, estaban adornadas con puños dentados, al igual que todo el ruedo.
Candy paseó sus manos por encima del brocado de la falda y admiró la suntuosidad de la tela.
—No tengo palabras... es precioso. Pero yo no puedo...
—Por supuesto que podéis —la interrumpió Martha. Le colocó un cinturón ornamental justo debajo del pecho y después asintió, claramente orgullosa con su trabajo—: Estáis hermosísima. Y ahora, bajemos.
Candy se quedó clavada en el sitio. Sus pies no le respondían, tenía pánico del inminente encuentro que estaba a punto de producirse. ¿Qué le preguntarían? Y lo peor de todo, ¿qué les podría responder ella? Martha se percató de su inseguridad, por lo que intentó insuflarle el ánimo que necesitaba. La cogió del antebrazo y, dándole unas cariñosas palmadas, la instó a que caminara hacia la puerta.
—No querréis hacerlos esperar todo el día, ¿verdad? Vamos, no seáis tímida. Además, no tenéis nada que temer.
Candy respiró hondo e intentó convencerse de que la anciana estaba en lo cierto. Cuanto antes pasara por aquel trago, antes sabría qué le podría deparar el futuro, un futuro incierto y tan desconocido como su pasado. Porque aunque nadie le hubiese dicho nada, ella intuía que de esa conversación dependía su vida de ahí en adelante.
* * *
Terry y su padre permanecían de pie junto a la chimenea de la biblioteca mientras charlaban de la situación actual en la frontera con Escocia, a pesar de que lord Graham ya había puesto al día a su hijo de todos los acontecimientos durante los diez primeros minutos de conversación. Desde que Martha les había anunciado que se iba al piso superior para el aseo de Candy, llevaban esperando casi una hora, tiempo más que suficiente para que la muchacha se hubiera arreglado. Aunque ninguno de los dos había hecho ningún comentario al respecto hasta entonces, dadas sus expresiones de hastío se notaba que la paciencia de ambos estaba a punto de agotarse.
—Tardan demasiado. ¿Ocurrirá algo? —comentó Terry al fin.
En ese instante la puerta se abrió y ambos hombres se giraron de inmediato. Bajo el quicio estaba Martha Campbell, nadie más. En respuesta a sus respectivas miradas de interrogación, la mujer arqueó levemente las cejas indicando su espalda y dijo:
—No os quedéis atrás, jovencita, que nadie os va a comer en esta sala.
Tras ella, con paso indeciso, apareció Candy. Iba con la cabeza gacha y las manos apretadas en un puño sobre su regazo. Desde que salió de la habitación no había dicho nada, pero es que era incapaz de articular palabra. Para empezar, el vestido que llevaba, aunque fuera muy bonito, la hacía sentirse sumamente incómoda. Era tan pesado que le impedía caminar con fluidez, amén de que en varias ocasiones estuvo a punto de caer de bruces debido a su longitud. El ruedo de la falda arrastraba por el suelo a modo de cola, y sus pies se enganchaban continuamente a medida que avanzaba. Además, la tela le picaba una barbaridad, pero le daba vergüenza admitirlo. Sin embargo, lo peor no era eso, sino el manojo de nervios que le atenazaba las entrañas. En realidad, estaba muerta de miedo. ¿Qué pasaría si la echaban de allí por haber estado merodeando en la noche como un vil ladrón? Ése era su mayor temor. No tenía ningún sitio adonde ir, al menos que ella supiera, ni tampoco a quién recurrir. En esos momentos, esas gentes que tan amablemente la habían auxiliado eran para ella el único asidero al que agarrarse dentro del caos en el que se encontraba inmersa su vida.
—Entrad, mujer, y dejad que os vea bien.
Atribulada, Candy levantó la vista hacia la profunda voz que surgía del fondo de la estancia, pero sus pies se negaron a avanzar. Sus ojos se encontraron con la mirada penetrante y azul de un hombre maduro de largos cabellos, que vestía un espléndido jubón granate sobre unas calzas color crudo. No se percató de que otro par de ojos, de un azul más intenso la contemplaban maravillados de pies a cabeza, admirando su belleza.
Terry se quedó de una pieza cuando la vio entrar. La noche anterior, a causa de la escasa luz reinante en la sala, no había podido apreciar con claridad las hermosas facciones y la silueta armoniosa de la muchacha. Pero ahora, a pleno día, esa visión le produjo una profunda impresión, tanto como para dejarlo sin habla. Fue su padre quien dio inicio a la conversación, dejándolo a él en un conveniente segundo plano.
—Antes de nada, bienvenida a mi hogar. No es frecuente ser el anfitrión de una persona y conocerla días después, pero me hago cargo de las circunstancias. Soy lord Graham Grandchester, conde de Grandchester y señor de este castillo. —Antes de proseguir con su perorata, ejecutó una perfecta reverencia—. A mi hijo ya lo conocisteis anoche. —Señaló a un
sorprendido Terry—. Espero que vuestra recuperación esté siendo satisfactoria. ¿Cómo os encontráis? —Fue entonces cuando el hombre cayó en la cuenta de su estado.— Perdonad mi poca educación. Por favor, sentaos.
Lord Graham indicó con el brazo la butaca situada junto a la chimenea, aquella donde la noche anterior Terry había permanecido oculto.
Candy observó el sillón con ojos especulativos, dudando si sería conveniente o no sentarse allí. Entonces la voz de Martha interrumpió sus elucubraciones:
—Si me disculpan, yo me retiro. Mis quehaceres me reclaman.
Candy, aterrada, se volvió hacia ella. Su rostro desencajado le suplicaba en silencio que no la dejara sola, a merced de esos hombres a los que no conocía, pero la sirvienta le lanzó una mirada cargada de ánimos y abandonó la sala.
La joven soltó un suspiro de resignación y no le quedó más remedio que caminar hacia la butaca.
Intentó sentarse con dignidad, pero la tela de la falda formó un remolino a sus pies y, al engancharse con uno de los apoyabrazos, tironeó con fuerza de su cadera, haciendo que Candy cayera sobre el respaldo de un modo muy poco femenino. Con las mejillas ardiendo por la vergüenza, se incorporó lo mejor que pudo hasta colocarse en el borde del asiento con la espalda muy erguida. Sabía que ambos hombres tenían sus ojos clavados en ella, y eso no hizo más que acentuar su nerviosismo. Sin embargo, no había olvidado que se encontraba en una situación muy delicada, así que tuvo el valor de ser la primera en hablar, a fin de aclarar las cosas cuanto antes.
—Me gustaría... yo... —su voz sonó rasgada y vacilante, como si le costara articular las palabras. Carraspeó un par de veces para intentar deshacer el nudo que se le había formado en la garganta—. Les ruego que me disculpen por mi comportamiento de anoche.
Lord Graham la miró sin comprender y después posó la vista en su hijo. Éste, simplemente, se encogió de hombros, así que el conde instó a Candy para que se explicara mejor.
—No podía dormir, por lo que salí de mi habitación para dar un paseo con la esperanza de que el sueño acudiese a mí. Cuando llegué a esta biblioteca, los vi —señaló con un dedo tembloroso los pergaminos que aún permanecían sobre la mesa—, sentí curiosidad y... deben creerme, no era mi intención husmear en esos papeles. De verdad. Sólo llegué a leer el encabezamiento de la carta.
Cabizbaja, Candy aguardó el momento en el que, con cajas destempladas, la echaran de allí por su indiscreción. El conde se tomó su tiempo en contestar pero, cuando lo hizo, su voz adquirió un matiz medio de sorpresa medio de incredulidad.
—¿Sabéis leer?
—Yo... sí. —No se esperaba para nada aquella pregunta—. ¿Por qué no iba a saber?
—¿Y escribir? —añadió.
—También —afirmó Candy con rotundidad, aunque ella misma se extrañó por la seguridad que destilaba su respuesta.
Lord Graham se frotó las sienes y comenzó a pasearse por toda la habitación como un animal enjaulado. Mientras tanto, murmuraba frases tales como «Esto cambia ligeramente las cosas... Creí que se trataba de una simple aldeana...». Al fin, se paró frente a Candy y la miró de hito en hito antes de preguntar:
—Muchacha, ¿es cierto que no recordáis quién sois? ¿Ni cómo habéis llegado hasta aquí?
Candy asintió con la cabeza, pero el hombre no se dio por satisfecho.
—¿En serio no recordáis nada? —insistió lord Graham.
—El primer recuerdo que conservo es el de despertarme en este castillo. Antes de eso, nada.
—Visto así, tendré que ampliar mi investigación por toda Inglaterra y notificar esta situación en la corte.
—¿Cómo dice? —preguntó extrañada.
—Cuando se me anunció vuestra presencia aquí, comencé a indagar por mi cuenta. Al principio supuse que seríais una campesina de los alrededores o una dama de compañía, a pesar de la insistencia de Martha y de mi hijo, por lo que limité mi búsqueda de información a este condado y los limítrofes. Al parecer, nadie os conoce por estos lares, pero es evidente que los dos tenían razón: vuestro porte, vuestra forma de hablar y los conocimientos que poseéis no dejan lugar a dudas.
Candy se quedó muda de la impresión. ¿Habían estado indagando su procedencia y no habían podido encontrar nada? Aquello era muy descorazonador. Si nadie había oído hablar de ella, eso significaba que nadie la estaba buscando. ¿O sí?
—¿Qué es lo que trata de decirme? —preguntó Candy—. No entiendo nada.
—Quiero decir que está claro que vos sois una dama. Esto es algo que no me esperaba, y ahora mismo no sé qué hacer —reconoció lord Graham con pesar, al tiempo que se hundía en el asiento de su escritorio y se llevaba las manos a las sienes—. Necesito pensar.
—Señor, no consigo captar del todo el significado de sus palabras, pero le aseguro que no es mi intención crearle más molestias que las que ya les he ocasionado. Lo he estado meditando en profundidad y he llegado a la conclusión de que lo mejor para todos será que me marche cuando esté completamente restablecida, si son tan amables de esperar hasta que eso suceda. Necesito respuestas y dudo mucho que las pueda encontrar entre estos muros.
Terry levantó repentinamente la cabeza y la observó como si se hubiese vuelto loca.
—¡Pero si aún no estáis recuperada del todo!
—Me encuentro bastante bien, ya casi no me mareo —respondió Candy mientras volvía la cabeza hacia él—. No deseo causarles más contrariedades.
—¿Mareos? ¿Y queréis iros ya? ¿A dónde, si puede saberse?
—Pues... no lo sé con exactitud. Aún no he tenido tiempo de pensarlo.
—¿Estáis diciendo que no sabéis adónde ir, no recordáis nada de vuestra vida anterior, todavía padecéis mareos, y pretendéis que os dejemos marchar en esas condiciones? —El tono de Terry fue subiendo a medida que hablaba.
—Puedo esperar a recuperarme del todo, pero entonces partiré.
—¡Eso está fuera de toda discusión! —exclamó el conde. Se levantó con ímpetu de su sillón al tiempo que la señalaba con un dedo acusador—. Jovencita, mi hijo tiene razón. Lo que vos pretendéis hacer es una locura. Os hemos acogido en nuestro hogar, así que ahora somos responsables de vos. Por lo tanto, no saldréis de estos dominios hasta que hayamos averiguado quién sois en realidad y podamos entregaros con total seguridad a vuestra familia.
—Pero ¿y si nunca logran averiguar quién soy? ¿Y si nadie reclama mi desaparición y jamás vuelvo a recuperar la memoria?
Lord Graham fijó la vista en Candy y entrecerró los ojos. Meditó durante largo rato, sopesando con detenimiento sus siguientes palabras antes de formularlas en voz alta.
—Os repito que ahora estáis bajo mi protección, y así seguirá siendo hasta que yo decida lo contrario. Si se diera el infortunado caso que vos comentáis, os quedaríais en el castillo por tiempo indefinido.
—No lo entiendo. ¿Y qué haré yo aquí mientras tanto? Necesito retribuirles de algún modo la hospitalidad que me han brindado. Yo... podría trabajar como sirvienta.
—¿Vos, una sirvienta? —Lord Graham se acercó hasta Candy en dos grandes zancadas y la tomó por las muñecas—. ¿Habéis visto estas manos? Es evidente que jamás han realizado trabajo físico alguno. Son las manos de una dama. ¿Cómo pensáis siquiera esa estupidez?
—Pero...
—No se os ocurra discutir conmigo. —La fulminó con la mirada, con tal intensidad que Candy se agarró con fuerza a los apoyabrazos y se echó hacia atrás, acobardada—. Habéis afirmado que sabéis leer y escribir. ¿Por casualidad no sabréis también sumar?
—Yo... supongo que sí.
Lord Graham volvió al escritorio para sacar del cajón izquierdo un gran libro de cuentas con la encuadernación en suave cuero negro. Después se acercó a ella y se lo puso en el regazo.
—Tomad. Id a la primera página, donde veréis una lista con muchas cifras. Intentad sumarlas hasta dar con un resultado. A la hora de la comida vendremos a ver qué tal vais.
—Un momento-respondió Candy cuando abrió el ejemplar y vio los números. Levantó la cabeza y reparó en que los hombres ya estaban junto a la puerta—. Esperen.
—¿Qué ocurre? —preguntaron los dos al unísono.
—¿Tengo que sumar todas las cifras de este libro o sólo las de la primera hoja?
—¿El libro entero? Tardaríais muchos días, incluso semanas, en realizar una cuenta de tal magnitud. Para empezar, centraos sólo en lo que os he dicho. Presumo que eso os llevará toda la mañana y parte de la tarde.
—Creo que se equivoca —le contradijo Candy—. Puedo hacerlo ahora mismo.
Los dos hombres la miraron incrédulos. Mientras tanto, ella se puso manos a la obra. Cuando quisieron reaccionar, Candy ya se había levantado y, mientras se dirigía hacia ellos, comentó con alegría:
—Lo tengo. He terminado.
—¿Ah, sí? ¿Cuánto da? —El conde, escéptico, enarcó una ceja.
—Tres mil quinientos veinticinco.
Terry escudriñó con la vista a su padre. Este no salía de su asombro.
—No es posible. —Lord Graham estaba estupefacto—. Yo tardo un buen rato en hacer sumas como ésa. ¿Cómo lo habéis hecho?
—¿Podría ser rapidez mental?
No entendieron del todo lo que la joven había querido decir, e incluso Candy se sorprendió por su propia audacia. De cualquier modo, tras digerir el hecho de que aquella mujer era increíblemente rápida en algo hasta entonces reservado a los hombres, lord Graham fue hacia ella y, al tiempo que le quitaba el libro de las manos, le ofreció su brazo.
—Muy bien, ya tenemos una tarea para vos. Ni a mí ni a mi hijo nos ha gustado nunca llevar la contabilidad de esta casa, pero viendo la facilidad que tenéis vos para el cálculo, a partir de ahora seréis la encargada de ese trabajo. Aunque ya comenzaréis en otro momento. Ahora, como buen anfitrión, tengo la obligación de enseñaros mis dominios. Venid conmigo, muchacha, y os mostraré el resto del castillo. Ya es hora de que conozcáis vuestro nuevo hogar.
CONTINUARÁ
