Notas: Muchas gracias por todos los reviews que estoy comenzando a recibir! Estoy muy contenta que esta historia les esté gustando. Sé que ha empezado un poco lenta pero creí necesario primero contar todo el contexto que envuelve el destino que unirá a InuYasha y Kagome :) espero entiendan mi decisión y sigan disfrutando de esta historia

VI

Con prisa, ordenó a todos los sirvientes del castillo prepararse para la llegada de la comitiva y recibir a sus invitados como era apropiado.

—¿Crees que se trate del rey? —preguntó Bankotsu caminando a su lado por uno de los largos pasillos fríos cubiertos de ventanales con rumbo a la puerta principal de su fortaleza.

—Lo dudo. Según el guardia, es una comitiva pequeña por lo que debe ser solo un carruaje y unos cuantos escoltas —respondió Takemaru sin apartar su mirada del camino—. Pero definitivamente vienen con instrucciones suyas.

Padre e hijo se colocaron de pie el gran soportal de piedra donde iniciaba su hogar, tal como imaginó era solo un coche, por supuesto lujoso y de madera fina, el cual era escoltado por guardias debidamente ataviados con armaduras relucientes que sujetaban el orgulloso estandarte real.

Su boca de pronto le supo más amarga al observar ese perro de pelo plateado.

—Ve a buscar a tu hermano —le ordenó a su hijo sin dirigirle ni la más fugaz mirada—. Sea lo que sea, esto seguramente tiene que ver con él.

Bankotsu acató sin responder, simplemente se alejó de su lado y se apresuró hacia los campos de trigo.

Takemaru se quedó de pie en su sitio, inflando el pecho con una gran bocanada de aire.

Aún recordaba la última vez que vio aquel escudo familiar. Era un cortejo muy parecido a este que se acercaba, quizá un poco más pequeño.

Y, dentro del coche, un asustado muchacho de quince años…


El silencio de la biblioteca privada del palacio siempre la ayudaba a despejar sus pensamientos en los momentos más cruciales de su vida: la infidelidad en su matrimonio, la muerte de esa mujer que significó su tormento y, con ella, la llegada de su ilegítimo a la corte. Luego, años después, la propia muerte de su marido…

El sol del mediodía entraba con toda su luz en los ventanales de la biblioteca, iluminando todos los estantes atiborrados de libros. La reina no pudo evitar suspirar con penuria, ¿por qué?, ¿por qué estaba sucediendo esto?

Siempre pensó que, a pesar de todo, ella podría declararse como la vencedora. Ella era la reina, sería su sangre de la que hablarían los libros y cantarían las canciones los bardos y, entonces, la mancha del bastardo de la otra mujer se diluiría en el tiempo.

Pero…ahora…

—Kagura —llamó a una de sus doncellas quienes, en silencio, estaban sentadas cerca de ella.

—Dígame, alteza —respondió la aludida poniéndose de pie.

—Quiero que le escribas a tu padre —le ordenó mirando fijamente a la mujer de piel blanca frente a ella—. Que él y tu hermano, Naraku, vengan ya mismo a la corte.

—Sí, mi señora —acató con una reverencia y salió de la habitación para cumplir con su misión.

Como si esa orden se hubiera robado todas sus fuerzas, la mujer se dejó caer sobre el sillón individual que estaba detrás de ella. Cuando Lord Onigumo le insistió que tomara a su hija bajo su protección estaba segura que era para tenerla cerca para una situación como ésta.

Era arriesgado, lo sabía, jamás se había atrevido a desafiar a su hijo pero no se quedaría tranquila viendo cómo él se aferraba a insultarla al mismo nivel que lo había hecho Inu no Taisho. No. No volverían a humillarla como él e Izayoi lo hicieron veinticinco años atrás.


Mientras Kikyo se vestía en silencio en un rincón escondido del establo, InuYasha se colocó de nuevo sus pantalones de lino que utilizaba para el trabajo en el campo, también aprovechó para lavarse su pecho y hombros con ayuda de un barril lleno de agua limpia que estaba ahí para aseo o para abastecer las tinajas de agua de los animales.

—Quédate aquí —le indicó a Kikyo cuando escuchó la voz de Bankotsu quien se escuchaba acercándose.

La joven, quien se había asustado al escuchar al otro hombre, acató con un movimiento suave de su cabeza. InuYasha terminó de vestirse y caminó hacia la salida de las caballerizas.

—¡Ah!, aquí estás —le señaló su hermano al verlo, se colocó frente a él y, con las manos colocadas en sus caderas soltó una risa burlona—. ¿Qué haces aquí?

—¿Te importa? —InuYasha arqueó una ceja.

—¿Es aquí donde te encuentras con tu molinera? —Bankotsu se burló con acidez en sus palabras mientras intentaba mirar hacia dentro del establo.

InuYasha, sin estar dispuesto a soportar la insolencia de su hermano menor, lo tomó por su fina camisa, interponiéndose en su mirada entrometida—. Te lo advierto —endureció su semblante, con evidente molestia—. No te metas con eso.

—¡Vaya!, tranquilo, hermanito —Bankotsu se liberó del agarre del peliplata—. Créeme, yo no estoy en contra de que quieras casarte con ella.

—¿Y le has dicho eso a tu padre? —preguntó alejándose un par de pasos del moreno. Él solo se encogió de hombros.

—Sí, pero me ha dicho que eso no está en sus manos —respondió con desenfado—. Pero, te traigo una noticia que, si no es buena, igual te puede interesar.

—¿Qué noticia es esa?

—Acaba de llegar un coche escoltado por la guardia real —los ojos de InuYasha se abrieron de más, con expectativa.

—E-es…

—Dudo que se trate de tu hermano pero, sea quién sea, tal vez pueda interceder por ti y por…tu molinera —murmuró Bankotsu divertido por la reacción de InuYasha—. En fin, ve a ponerte algo decente. No creo que a nuestro invitado de honor le haga mucha gracia ver a un sucio peón si pregunta por…bueno, por ti.

Despidiéndose con un movimiento de manos, Bankotsu se dio la media vuelta y regresó su camino con dirección al castillo, andando con una tranquilidad que InuYasha, sabía bien, era una burla directa al caos que había logrado hacer en sus pensamientos.

Casi de inmediato, él se giró con dirección al interior del establo y estuvo a punto de perder el aliento cuando se encontró frente a frente con Kikyo quien, por supuesto, había escuchado lo que había venido a contarle su medio hermano.

Sus ojos brillaban con una esperanza que, estaba seguro, era la misma que la de él.