DISCLAIMER: Los personajes de ésta historia NO me pertenecen, sólo a Rumiko Takahashi. La historia SÍ es de mi autoría. Las canciones descritas tampoco me pertenecen, son usadas sólo con fines "ilustrativos".
CAPÍTULO 5
—No importa qué, regresaré por ti.
—Por favor, no te vayas. Llévame contigo —Pedía a sollozos.
—Oh mi pequeña, por favor no llores. Yo… no puedo quedarme y tampoco puedo llevarte conmigo, no ahora, pero te prometo que volveré por ti.
—¡No! ¡No te vayas! ¡Mamá! —Luchaba contra quien le impedía ir con su madre. Sin embargo sus pequeñas fuerzas no pudieron contra las manos sobre sus hombros mientras era arrastrada dentro de aquel lugar al que una vez llamó hogar.
El dolor y desesperación que sentía ante el abandono, la hizo despertar.
—Sólo fue un sueño— Tocó su pecho tratando de calmar los latidos acelerados de su corazón, limpiando el rastro de las lágrimas sobre su rostro.
Se desperezó y miró el reloj a su costado, 22:15. Se sorprendió de la hora. Ya había transcurrido un buen rato desde que Hojo le pidiera esperarlo. No supo en qué momento se quedó dormida, tuvo un vago recuerdo de lo aburrida que estaba en aquella habitación; no creyó que él tardaría tanto. Perdió la noción del momento en que se recostó en aquella cama quedando completamente dormida. Un descuido fatal de su parte, no conocía a nadie en aquel lugar y ella en su estado más vulnerable dejaba a que cualquier persona le hiciera daño.
Acomodó su vestido y peinado, había sido suficiente, buscaría a Hojo para pedirle una explicación. No era muy amable de su parte, además de poco caballeroso, dejarla tanto tiempo esperando. Cuando creyó estar lista, salió de la habitación con una clara intención, no importaba qué ni quién, nadie le impediría hablar seriamente con Hojo.
Comenzó a trazar un plan en su mente que le permitiera encontrar a Hojo en la fiesta y al mismo tiempo pasar desapercibida, al menos para los padres de Hojo, no quería volver a enfrentarse con la señora Akitoki.
Yendo en dirección al salón principal, algo llamó su atención en una de las habitaciones. En la parte central de la puerta, reposaba un pequeño pero hermoso ramo de flores blancas; le pareció curioso que fuese la única puerta en ser adornada con tal ornamento. Puso los ojos en blanco al ver el descuido de dejar la puerta abierta, su intención de cerrarla fue interrumpida al reconocer la voz de Hojo provenir de dentro de la habitación.
—¡Hojo! —Emocionada, estuvo a punto de entrar cuando escuchó una segunda persona respondiendo a la conversación. Era la misma dulce voz de la mujer que había llamado a la puerta cuando ambos se encontraban en la habitación de Hojo. Se quedó paralizada sin saber si debía interrumpir o retirarse.
—Debes estar agotada, dejaré que descanses —Hojo procuró esconder su anhelo por salir de la habitación, estaba preocupado por Kagome, la había dejado sola mucho tiempo.
—¡Espera! Yo… —Tsuki era una chica muy tímida, no podía expresar sus sentimientos tan abiertamente, sin embargo, debía intentarlo.
—Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que nos vimos —Continúo diciendo mientras tomaba su mano, como si con ello evitara que se le escapara. Esperaba que acudiendo a los recuerdos compartidos, trajera también el sentimiento de aquel tiempo.
—No he olvidado aquella promesa que hicimos. ¿La recuerdas? Prometimos permanecer juntos por el resto de nuestras vidas —Suspiró, transmitiendo con su mirada la intensidad de sus sentimientos y lo dispuesta que estaba por reclamar que tal promesa fuese cumplida en su totalidad.
—Sí, la recuerdo muy bien Tsuki. —Suspiró resignado. Debía reconocer que prefería que ella la hubiese olvidado. Teniéndola ahí con aquella mirada suplicante, lo hacía sentir aún más culpable.
Había sido un adolescente, uno enamoradizo que quedó hechizado ante la belleza juvenil de Tsuki al ser presentados por sus familias. Con el tiempo su amistad se convirtió en atracción para finalmente prometerse amor eterno; ella sería la primera y única para él, y él el primero y único para ella. Una inocente promesa que Hojo lamentaba dudar en cumplirla. Después de todo, no podía corresponder con la misma intensidad que ella sentía por él… Estaba claro quién había roto la promesa, pues no pudo evitar enamorarse de Kagome.
El silencio se hizo presente, contrario al cúmulo de palabras que ambos tenían por decir. Tsuki no era tonta, se había percatado de la actitud de Hojo, siendo muy diferente de aquel chico de quien se enamoró. En aquél tiempo estaba segura de ser correspondida, ahora temía perderlo; sabía por parte de su futura suegra que él se había involucrado con una chica, era una fortuna que el compromiso era un hecho. Estaba decidida en aprovechar la situación para volver a enamorarlo.
Por otro lado, Hojo estaba perdido en sus tormentosos pensamientos, no hallaba la manera de enfrentar a sus padres ni a Tsuki, mucho menos a Kagome, su corazón le pedía ir por ella, pero el deber se lo impedía. No se perdonaría por todo el daño que le provocaría pero no tenía ninguna otra alternativa. La compañía de su padre estaba por ir a la quiebra, tenía un deber con su familia, y la familia era lo primero, continuaría con su decisión hasta el final.
—Hojo, yo… no quiero pasar la noche sola. Quédate conmigo, por favor— La anhelante voz de Tsuki se tornó mucho más coqueta. Siendo tan hipnotizante que había traído a Hojo desde sus pensamientos, sorprendiéndolo por tal cambio.
Frente a él ya no se encontraba Tsuki, la muchachita tímida y delicada a quien deseaba proteger, ante él tenía a una hermosa mujer que deseaba estar a su lado, quien a pesar de los años aún guardaba sentimientos por él. Fue así que comprendió que a partir de ése momento se convertiría en el malo en una historia, lamentaba que no pudiera ser de otra manera.
Con suavidad, acarició las suaves y delicadas mejillas femeninas, sintiéndola temblar ante el contacto. Una satisfacción secreta al ver su reacción, lo motivó a dar el siguiente paso. Fue acercándose lentamente a sus labios.
—Hojo, yo… —Trató de decirle cuánto lo amaba, pero él no permitió que continuara. Selló sus labios en un suave beso. Él intentaría recuperar aquellos sentimientos olvidados. Quizá, con el tiempo, volvería a amarla como lo hizo años atrás.
El beso se tornó más exigente, la entrega de ella lo animó a besarla con más ahínco, lamiendo su labio inferior pidiendo permiso para profundizar el beso. Ella gustosa aceptó abriendo más sus labios para recibirlo mientras se dirigían hacia la cama.
—¡Señorita Higurashi! ¡Ahí está! —Dos guardias gritaban mientras con paso rápido se dirigían hacia su dirección.
Hojo sintió un frío recorrerle la espalda al escuchar los gritos, obligándolo a separarse súbitamente de Tsuki, dirigiendo su mirada hacia la entrada de la habitación. La puerta se encontraba abierta en su totalidad mientras Kagome los observaba atónita.
—Kagome… —No pudo evitar suspirar su nombre, lleno de aflicción. Su intención de ir hacia ella se vio interrumpida por su mirada, nunca la había visto tan molesta, sus lágrimas amenazaban con fluir sin control.
—Dis... Disculpen la interrupción —El enfado estaba a punto de convertirse en tristeza, sin darles oportunidad a que la vieran llorar, cerró la puerta y se echó a correr quién sabe hacia dónde, debía irse de ése lugar cuanto antes.
—¡Espera Hojo! ¿Quién es esa chica? —preguntó desconcertada mientras impedía que fuera tras ella. En su mente las piezas del rompecabezas comenzaban a encajar.
—Perdóname Tsuki, te lo explicaré más tarde, ahora… —En ése momento estaba desesperado por ir tras Kagome.
Como pudo se deshizo del agarre de Tsuki, abrió violentamente la puerta y miró hacia ambos lados, tratando de averiguar la dirección que debía tomar. Vio a los guardias corriendo, llamándolos les ordenó que dejaran de perseguirla, él se encargaría de ir por ella. Claramente los hombres no estaban de acuerdo, tenían órdenes estrictas de encontrar a Kagome y no permitir que se encontrara con Hojo. Pero él fue más rápido y los despistó. Debía de llegar a ella a como diera lugar.
Cuando la vislumbró, corrió más rápido para poder alcanzarla.
—¡Espera! —Tomó su mano, deteniéndola.
—¡No! ¡No! ¡Suéltame! —Su voz se quebró, reprendiéndose por su debilidad. No tenía tiempo para llorar, quería huir rápidamente de aquel lugar. Entendia que ahí, ya no había nada para ella.
—Por favor Kagome, déjame explicarte —Con voz muy baja le suplicó. No quería que todo terminara mal entre ellos. Después de todo, el amor que tenía por ella era genuino.
—Estuve esperándote como me lo pediste ¡Por horas! Y tú ¡Estabas a punto de...! —No podía siquiera imaginarlo. Comenzaba a levantar la voz con cada frase que decía.
—Puedo explicarlo, así que no te vayas —La tomó del brazo fuertemente, impidiendo que se le escapara.
Ella se preguntaba si sería buena idea escucharlo.
—No, sería inútil. ¿A qué llegaríamos? después de todo… —Pensó. Ella ya lo tenía claro, sería sólo cuestión de que él lo entendiera.
—¿Y luego? ¿qué pasará después? —Le devolvió una mirada que lo congeló.
—Seamos amigos. —Soltó sin siquiera ponerse a pensar lo que implicaban sus palabras, sólo no deseaba estar lejos de ella.
—¡¿Qué?! ¿Acaso has perdido la cabeza? Después de todo lo que ha pasado ¿me pides ser tu amiga? —Era el colmo. El dolor y la rabia luchaban en su interior, no le daría el gusto de humillarla aún más.
—Ja, ahora entiendo las palabras de tu madre, y ¿sabes qué? Tomaré su consejo, te prometo que no volverás a verme en tu vida —La forma en que la señora Akitoki decidió hacerle ver la realidad, había sido cruel, sin embargo, tenía su mérito al evitarle más molestias.
De un simple manotazo, se deshizo del agarre con el que Hojo la tenía y así continuó su camino. Sin contenerlo más, comenzó a llorar… Cuando finalmente se permitió enamorarse, todo había resultado tan mal. Se sentía tremendamente decepcionada, traicionada, humillada...
Después de lo que le pareció una eternidad, vislumbró a lo lejos una puerta transparente, sin meditar demasiado, corrió hacia ella para por fin salir de aquel sitio. El sonido de los gritos de Hojo se acercaban más y más, pensó en trabar la puerta con algo, pero eso le quitaría demasiado tiempo. Con una última mirada, se despidió y aún con el corazón lastimado, le deseo lo mejor.
—¡Hojo! ¿pero qué crees que estás haciendo? ¿Dónde está Tsuki? —La severa voz de su madre lo detuvo, mientras lo intersectaba en el pasillo.
—Madre, ahora no, yo tengo… Kagome, tengo que explicarle que… —Respiró con dificultad, intentando evadir a su madre que no lo dejaba pasar.
—No tienes por qué, tu deber está con tu familia y con Tsuki, olvídate de ella —Lo tomó por los brazos deteniéndolo.
—Madre tú… —La miró sorprendido por la conclusión a la que estaba llegando. —¿Fuiste tú quién la invitó? —Claramente él no había sido —¡Dímelo! —Exigió saber. Después de que Kagome mencionara a su madre, todo en su mente comenzó a tener sentido.
—¡Sí, así es! ¡Fui yo quien la invitó! quería que viera y entendiera que ella nunca será bienvenida en nuestra familia. Y no voy a permitir que cambies todo por esa muchachita. ¡Tu padre te necesita! —Sabía que al mencionar a su padre, todo estaría a su favor, en esos momentos era su talón de Aquiles.
Estaba a punto de estallar con toda su ira contenida, pero analizó la situación. Quizá era mejor dejar las cosas así, él había regresado con su familia por el estado de salud de su padre y por la empresa pronta a declararse en quiebra. Lo peor sería prometerle a Kagome algo que no podía darle.
—Muy bien madre, haré lo que me pides, pero a cambio te pido que la dejes en paz, no te atrevas a hacerle daño, ni ahora ni nunca —La miro serio, tomando el lugar que le correspondía. Si de esa manera podía proteger a Kagome, lo haría sin pensarlo.
—Muy bien, lo haré si cumples tu palabra —Sacudió una pelusa imaginaria de su vestimenta, como si finalmente se deshiciera de un problema. —Anda, aquí viene Tsuki, compórtate como has prometido hacerlo—.
—Lo haré pero antes, sólo quiero despedirme de Kagome. —Con la palabra en la boca, dejó a su madre para reanudar su búsqueda.
—Señora Akitoki, ¿a dónde va Hojo con tanta prisa? ¿sucede algo? —Reflejaba sincera preocupación.
—No querida, descuida, no debes preocuparte por nada, ya regresará. —Sonrío, a pesar del disgusto por ver a su hijo salir corriendo tras la chiquilla. Lo único que la tranquilizó era tener la certeza de que regresaría. Sin más volvieron al gran salón.
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Inuyasha esperaba aclarar sus ideas, mientras daba un paseo tranquilo por el jardín; sin embargo, en ése momento estaba de todo menos tranquilo. Tenía a Sandra colgando de su cuello mientras le besaba apasionadamente. En repetidas ocasiones intentó separarse, mas no tuvo éxito, ella exigía la atención que él le negó momentos antes.
La situación le pareció muy extraña; él siempre disfrutaba de tener a una bella mujer entre sus brazos, pero sintió una culpabilidad inexplicable. Aún más el hecho de que a esas alturas, no tuviera a su amante abierta de piernas mientras se hundía salvajemente en su interior, por decir menos. Sólo estaba ahí, intentando torpemente separarse de ella. Lo admitía, nunca había vivido algo parecido, no sabía cómo debía actuar, qué debía hacer, cómo negarse a lo que antes estaba acostumbrado a exigir de una amante.
Finalmente decidió que no la detendría, la dejaría tomar lo quisiera de él, después de todo, una vez más no creía alcanzar la cúspide de satisfacción que tanto buscaba, había sido así en todos sus anteriores encuentros y estaba completamente seguro que no sería diferente en ésta ocasión.
Terminó por corresponder a sus besos y caricias que con ahínco ella le otorgaba, intentando hacerlo con la misma pasión que lo caracterizaba.
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Kagome continuó corriendo por aquel pasillo lleno de vegetación. Miró tras suyo, comprobando que Hojo ya no la seguía, continuando en un caminar pausado, comenzaban a dolerle los pies. Mientras, las lágrimas brotaban sin descanso.
—Es increíble que él sea la misma persona con la que conviví hace unos meses —Se preguntaba una y otra vez si tan inmadura le había parecido para que se burlara de ella tan cruelmente. Que tonta debió parecer aquella vez que la besó. El recuerdo hacía que sus lágrimas se volvieran más gruesas. No importaba si alguien la veía en tal estado, dejaría que su ser se desahogara, dejando salir todo para ya no tener nada más de él.
Vio el riachuelo y lo siguió, recordando que éste mismo pasaba también por la entrada. Estaba a punto de dar vuelta, deteniéndose por un instante. Como último acto de dignidad, giró tras de sí y como si la familia Akitoki la observara lanzó una promesa.
—No permitiré que nadie más se atreva a tratarme así —Susurró. A pesar de las copiosas lágrimas que derramaba, su mirada irradiaba determinación.
—¡Nadie! —Gritó con energía, para nuevamente emprender su camino desapareciendo tras el muro de bambú.
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Inuyasha tenía tomada de la cintura a Sandra, mientras la sostenía contra el muro de vegetación que les rodeaba. Ella gustosa ladeaba su cabeza para que tuviera un mejor acceso a su cuello mientras abrazaba y acariciaba su espalda. Comenzó a enrollar su vestido para poder meterse entre sus piernas, hasta que un grito los sorprendió.
—¡Nadie! —
Tanto él como Sandra, se separaron, mirando a la persona que les observaba boquiabierta, con ojos llorosos.
—Oh… perdón. Yo no… no era mi intención… —No sabía qué decir, estaba comenzando a sonrojarse por la situación en la que se encontraba aquella pareja. Su mirada se topó con la dorada de Inuyasha, sorprendiéndose aún más por la extraña sensación que le provocó. Retrocediendo unos cuantos pasos, avergonzada, pero los gritos de Hojo la alertaron, la había alcanzado.
—Disculpen —Hizo una reverencia a modo de disculpa y comenzó a correr con dificultad.
Un frío helado recorrió todo su cuerpo, la lujuria que había conseguido aumentar, desapareció por completo. De todas las personas, tenía que ser precisamente Kagome quien lo encontrara en aquella situación. Comenzó a abrochar su camisa la cual estaba completamente abierta, estaba dispuesto a seguirla. Se preocupó al ver la dirección de sus pensamientos; debía pedirle perdón, ¿perdón de qué? ¿Por qué se sentía tan culpable? No era el momento de pensar sobre ello. La sensación de protección surgió de manera intensa, ella estaba llorando.
—Espera, Inuyasha ¿qué crees que haces? ¿Quién es esa chica? Oh no, no, no. No te atrevas a dejarme de esta manera. —Lo miraba boquiabierta al verlo acomodarse la ropa. Mientras ella intentaba hacer lo mismo con su vestido.
Inuyasha tomó la decisión de acompañar a Sandra para dejarla en protección de su primo, así podría ir tranquilamente tras Kagome. Sin embargo, Hojo llegó corriendo hacia donde ellos, deteniéndose al verlos.
—Disculpen la interrupción —Pidió disculpas con una pequeña reverencia, para así dejarlos solos.
—¿A dónde crees que vas? —Inuyasha, furioso, acortó la distancia entre ellos, tomándolo del cuello con violencia.
Había visto los ojos de Kagome, sumado a su grito y el estado en el que se encontraba, no le costó comprender lo qué sucedía, más aún cuando Hojo venía de la misma dirección. Sintió la sangre hervir por todo su cuerpo.
—¡Suéltame! ¿Qué rayos te sucede? —Trató de zafarse del agarre, pero la fuerza de Inuyasha le ganaba por mucho.
—¿Qué fue lo que le hiciste a Kagome? —El recordar sus lágrimas era suficiente para él, la protegería de cualquiera que le hiciera daño.
—Deberías preocuparte por tus propios asuntos Taisho. —Con una sonrisa burlona, señaló con su cabeza hacia Sandra, quien los miraba confundida.
Tal comentario lo turbó, aflojando el agarre. Hojo aprovechó tal descuido, separándose para salir disparado de ahí. El maldito tenía razón, debía poner en orden sus asuntos y hacerlo cuanto antes, no permitiría que Hojo llegara primero hasta Kagome.
Sandra lo escudriñó sin decir palabra alguna. Lo vio tomar su celular y llamar a quién sabe quién; sin comprender lo que él decía en japonés, trató de averiguar qué sucedía con sólo observar sus movimientos. Dado los acontecimientos, se asombró por la conclusión a la que estaba llegado.
—Sandra, lamento mucho todo esto, Miroku vendrá por ti y te llevará al hotel, yo… Tengo que irme. —Esperando que lo disculpara, emprendió su camino tras Kagome.
Sandra realmente estaba impresionada por lo que presenciaba. Debería de sentirse completamente ofendida, decepcionada… Si bien en parte lo estaba, le intrigaba aún más ver a Inuyasha ir tras una mujer, todos conocían de su fama, a él lo perseguían las mujeres.
—Vaya, vaya, esto es interesante. —Con gracia maliciosa, decidió divertirse con la situación, ya se le ocurriría un plan para sacarle provecho a sus circunstancias.
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Mientras tanto, Inuyasha corría desesperado, agudizando sus sentidos sentidos para percibir el dulce olor a vainilla. No era tan difícil de encontrar entre tantos olores, el aroma de Kagome era único. Finalmente percibió rastro de ella, lo guiaba a la entrada y tomaba una sola dirección; comprobaría si su olfato estaba en lo correcto.
—¡Oye tú! —Corrió hacia el guardia de la entrada. —¿Has visto pasar a una joven por aquí? —Con sus manos trató de explicar su estatura.
—Así es mi señor. El joven Hojo ha salido en su búsqueda. No es seguro que una jovencita como ella ande sola por las calles a estas horas de la noche. Pero me temo que no podrá dar con ella, cuando quise mostrarle la dirección que había tomado, él salió corriendo en dirección contraria sin atender a mis gritos. —La preocupación del señor era genuina.
—¿Qué dirección tomó la joven? —Inuyasha agradeció que Hojo fuera tan tonto.
—La muchacha me preguntó cuál era el camino más corto hacia la estación y le indiqué aquel camino, le mencioné que podría esperar mientras yo llamaba un taxi pero ella, disculpándose dijo algo como "es demasiado costoso", me agradeció y se echó a correr —Señaló con su brazo hacia su izquierda. —Pero dudo que llegue a tiempo, el último shinkansen sale a las once. —
—Muy bien, le agradezco señor. Estoy seguro de que los Akitoki deben estar preocupados por su hijo, ya se ha ausentado demasiado tiempo. Por favor, comuníquese con la señora Akitoki, para que pueda hacer que su hijo regrese a su celebración. Yo me encargaré de la joven —Inuyasha miró su reloj frunciendo el ceño al ver la hora. Pidió al portero traer su auto rápidamente, este no tardó en obedecer su órden al verlo tan molesto.
Su reloj marcaba las 10:55 pm. Tenía que apresurarse.
—¡Maldición! Esa tonta, se atreve a venir hasta Atami sin dinero… —Suspiró frustrado. —¿Qué hará si no llega a tiempo? —Su preocupación aumentó.
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—Tengo que llegar, tengo que llegar— Kagome trató de restarle importancia al intenso dolor en sus pies, tenía que alcanzar el último tren hacia Tokio; pero el dolor se hacía cada vez más insoportable. Aún con todo ello, se permitió sonreír con orgullo el haber corrido con aquellos zapatos sin doblarse el tobillo. Era algo estúpido pero al menos le hacía olvidar por un momento su poca fortuna.
El miedo la asaltó al no verle fin a su trayecto, si perdía el tren tendría que buscar un lugar dónde pasar la noche y dudaba que existiera un sitio económico en la zona, para lo único que le alcanzaba era para un hostal. Esa fue motivación suficiente para emprender una última carrera, corrió lo más rápido que le permitía el dolor en sus pies.
—¡Esperen! ¡No! —Daba sus últimos pasos mientras veía al shinkansen perderse en el horizonte. La entrada a la estación ya se encontraba cerrada. Su agotamiento físico y mental la derrotó, dejándose caer sobre el asfalto. Comenzó a llorar nuevamente, estaba siendo una noche de lo más espantosa.
Escuchó el ruido de un auto detenerse tras ella, miró por sobre su hombro y distinguió a Inuyasha descender de aquel deportivo.
—Lo que me faltaba —Pensó, disgustada, al verlo dirigirse hacia ella.
Inuyasha no tardó en llegar a la estación, manejó lo más rápido que pudo para asegurarse de alcanzarla. Cuando llegó y divisó su silueta, su corazón se tranquilizó al saberla cerca, mas no esperaba verla caer al suelo, algo no andaba bien. De inmediato paró el auto y salió a toda prisa para auxiliarla. Esperaba encontrarla triste y cansada, pero su aspecto hizo que se le comprimiera el corazón.
—¿Tanto ama a ése idiota? —Pensó con desconsuelo, lo único que atinó a preguntar fue: —¿Te encuentras bien? —Sabía que no lo estaba, pero necesitaba escucharla decirlo.
Ella desvió su mirada nuevamente hacia el suelo. No quería causar lástima en nadie, pero estaba tan cansada de pensar y de llorar que sólo asintió, sabiendo que no lo convencería.
—Claro que no te encuentras bien, ven, déjame ayudarte. —Le tendió la mano para ayudarla a pararse, a cambio recibió su negativa. —¡Vamos mujer! No deberías quedarte ahí sentada —No era su intención ser brusco con ella, pero le molestó su rechazo.
Kagome no recibió bien su comentario. —¿Acaso piensa que estoy así por gusto? ¡Cretino! —Estuvo a punto de gritarle que no podía siquiera ponerse de pie, que le dolían tremendamente sus talones. Él no entendía nada, ¿de qué serviría explicarle?
Con la dignidad que le quedaba y su orgullo debilitado, consiguió ponerse de pie, tratando de ocultar su rostro lleno de dolor. Intentando mantener el equilibrio dio un primer paso, arrepintiéndose al instante por la punzada de dolor que le recorrió todo el cuerpo y sin poder evitar doblarse, cayendo nuevamente. Fueron los brazos de Inuyasha que la sostuvieron antes de que sucediera.
—¡Maldito seas! Ése estúpido de Hojo… Me aseguraré de que lo pagues —Prometió para sí mismo, responsabilizando a Hojo por provocar tal estado en Kagome.
Sintió sus delicados brazos rodear su cuello, aferrándose a él en busca de sostén. Mirando sus pies descubrió el problema.
—Perdona, yo… me duelen terriblemente los pies —Avergonzada por su situación trató de ocultar su rostro. Tras unos segundos de silencio, comenzó a sentirse incómoda al no recibir ninguna respuesta. Atreviéndose a levantar su vista, se encontró con el hermoso dorado de sus ojos, perdiéndose por un instante en la profundidad de su mirada.
Inuyasha era incapaz de moverse sin tener que evidenciar la emoción que sentía de tener a Kagome así, tan cerca, tan vulnerable… Estaba descubriendo sensaciones que no creía poseer. Aquel gesto de timidez, le había provocado tanta ternura, que no dejaba de mirarla, con la esperanza de saber si ella tenía más para él.
—Ah, Kagome, ¿qué me estás haciendo? —Deseaba tanto protegerla así como besarla. —¡Maldición! —se maldijo por tal pensamiento.
—Ven, te llevaré en mi auto —Antes de cometer alguna locura, debía atender a Kagome. Sin embargo, sintió la tensión de su cuerpo entre sus brazos. La vió escudriñar su auto, preguntándose qué tanto estaría pensando para fruncir tan fuerte su ceño. Nuevamente su mirada estaba puesta en él, mientras su rostro reflejaba desconfianza.
—Descuida, sólo necesito descansar un momento para reponer fuerzas. Una vez hecho, emprenderé nuevamente mi camino. —No sabía si se lo decía a él o a ella misma.
—¿Te desagradan los deportivos? —Bromeo.
—Hace unas horas llegaste al hotel con una acompañante. ¿Qué dirá cuando se entere que alguien más ocupa su lugar? No dudo que algún paparazzi te haya perseguido y si te encuentran con "otra más…"—A Inuyasha se le borró la sonrisa y la culpabilidad lo abrumó. Kagome se estaba refiriendo a sí misma como "otra más". ¿Qué podía decir ante su aquello? ¿Qué impresión le estaba dando? Definitivamente ninguna buena, después de todo, ella los había descubierto en una situación indecorosa. Y ahora dejaba a Sandra por ayudarle a ella… Era un completo idiota.
—Yo… ella… sólo somos amigos —Su cerebro trató de detener a su lengua sin tener éxito. Con evidente pánico, la miró y se sorprendió de ver su indiferencia. Ella hablaba en serio cuando dijo que sólo necesitaba descansar un momento, pues comenzó a soltarse de su agarre, poniéndose de pie nuevamente. Su estatura volvió a la normalidad cuando se quitó las plataformas. No perdió detalle al darse cuenta de que le llegaba hasta poco más abajo de su barbilla.
—Ya me siento mejor, gracias —Sacudió su vestido como si se limpiara, acción que hirió a Inuyasha. —Deberías volver, estoy segura que debe estar preocupada por ti. Me despido —Su andar era irregular, mintió al decirle que se sentía mejor, pero no deseaba permanecer más tiempo cerca de él. Comenzaba a ponerla nerviosa, sumado a que no deseaba perder la poca dignidad que le quedaba. Con la cabeza bien en alto, caminaba hacia quién sabe dónde y no le importaba, necesitaba alejarse de él, ya después se preocuparía de buscar dónde pasar la noche.
Su orgullo podía ser una de sus fortalezas pero en ése preciso instante decidió ser su debilidad. Al no mirar por dónde caminaba, pisó una piedra lastimándose e hiriéndose aún más, cayó nuevamente al suelo y con ello también su dignidad.
Alcanzó a escuchar el motor del auto encenderse. —Sí, mejor que se vaya, así podré lamer mis heridas tranquilamente —Pensó, restándole importancia a la situación. Las llantas rechinaron un par de veces hasta que nuevamente dejó de escucharse el motor.
Revisó su pie, lo tenía mucho más hinchado y estaba sangrando de su planta, tenía que conseguir un botiquín de primeros auxilios.
—Admiro tu fortaleza, no así tu terquedad —La voz de Inuyasha tras suyo la sobresaltó. —Ven, si no es en mi auto, será en mis brazos. —Verlo agacharse para tomarla y cargarla como si nada, la dejó sin habla.
—¡¿Estás loco?! ¡Suéltame! ¡Esto es mucho peor! ¡Tus brazos…! ¡Ella…! —No pudo seguir reclamando sin tener que describir la situación en la que los había encontrado; sintió las mejillas arder. Forcejeo con más ganas de que la soltara.
Sus palabras eran tremendos golpes para él. Ella no deseaba ser abrazada por los mismos brazos que antes rodeaban a otra mujer. Ahora, las palabras de su madre tomaban sentido: "Algún día te arrepentirás si continúas con esta vida que llevas hijo, y cuando suceda no te gustará…". Sí, tenía toda la razón. El rechazo de Kagome lo lastimaba como nada más en el mundo.
Estaba volviéndose loco por sentirse tan vulnerable, cuestionando su estado mental. Ya tendría tiempo de analizarse con detenimiento, por ahora la seguridad de ella era su prioridad.
—Y me puedes decir ¿dónde pensabas pasar la noche? —Su pregunta la distrajo. Inuyasha aprovechó el momento y comenzó a caminar al tenerla ya tranquila.
—¿Conoces un hostal económico por aquí cerca? —A regañadientes aceptó su ayuda, realmente la necesitaba.
—¿Un hostal? O no mujer, no permitiré que te quedes en un lugar así. —Pensó mientras sorteaba las posibles maldiciones que recibiría al proponerle lo que tenía en mente.
—¿Dejarás tu auto? —Kagome miró tras ellos, viendo su deportivo estacionado en un lugar sin seguridad. —¿No te preocupa que alguien se lo robe, lo choque, lo arañe, que le caiga tan siquiera una gota de agua? —Era su última oportunidad para que la dejara en paz.
—Tú me preocupas más —No esperaba que lo comprendiera, ni siquiera él lo hacía, mas no era ninguna mentira.
—¿Qué significa eso? —Deseo preguntarle, sin atreverse a hacerlo. —¿A dónde me llevas? —Cambió de tema por la incomodidad de su respuesta.
—Vamos al hotel —Sintió la tensión en el pequeño cuerpo femenino.
—Por favor, no al Atami Fufu —Apretó su saco entre sus manos en súplica, acurrucándose más en sus brazos. No quería enfrentarse de nuevo a los Akitoki.
—Ni loco te llevaría de vuelta con el idiota de Hobo Bobo —Y lo decía en serio. La risita de Kagome, hizo que una parvada de mariposas revolotearan en su estómago. —Kagome, quiero que confíes en mí. ¿Crees poder hacerlo? —La apretó más a su cuerpo.
—No te conozco ni tú a mí y no me gusta deberle favores a nadie, serías la última persona en todo Japón a quien le pediría ayuda. —Suspiró y continuó diciendo —Pero estoy hecha un desastre, no tengo dinero, ni siquiera puedo andar sobre mis pies, y has sido precisamente tú quien me ha ofrecido su ayuda. —Estaba completamente segura que todo lo peor que podía sucederle, sucedió, no tenía nada más que perder. —Confiaré en ti, Inuyasha—-
El silencio reino el resto del trayecto, la tranquilidad de la noche los envolvió mientras el sonido del verano los acompañó. Sin embargo, toda una revolución se estaba llevando a cabo en el interior de Inuyasha. Kagome había dicho por primera vez su nombre, sonaba tan bien que no sabía si sería capaz de permitir que alguien más lo dijera, porque estaba dispuesto a escucharla sólo a ella.
Deteniéndose, miró unos instantes a Kagome; no bromeó al aceptar confiar en él, tanto así que se quedó dormida en sus brazos, sonrió al ver lo linda que estaba. No dejó pasar la oportunidad de disfrutar del calor de su cuerpo y del delicioso aroma que desprendía, llenando sus pulmones de él, asegurándose de nunca olvidarlo.
—Espero no te moleste si te llevo conmigo al hotel donde me hospedaré. —Se acercó a su oído susurrando sus intenciones, no esperaba respuesta alguna pero necesitaba aclarar que se comportaría como todo un caballero, con la esperanza de que su subconsciente estuviera al tanto de sus planes.
—Reservé dos habitaciones, te quedarás en una de ellas. —Siguiendo su camino, le platicó sobre sus planes, aunque en realidad una era para Miroku y la otra se suponía la ocuparían él y Sandra, pero no tenía por qué decírselo. Las cosas resultaron diferentes y no deseaba que fueran de otra manera. Frunció el ceño, no le agradaba la idea de que Sandra y Kagome compartieran la misma habitación, tenía que resolverlo en cuanto llegaran.
—¡Inuyasha! —Vio a Miroku agitar su brazo en lo alto mientras se acercaban al hotel, lo estaba esperando.
A Miroku le había sorprendido que Inuyasha le pidiera el favor de llevar a Sandra al hotel donde se hospedarían, no era que le molestara en lo absoluto, más bien no comprendía el hecho de haber abandonado a una mujer como ella, preguntándose qué lo habría orillado a hacerlo.
—¿Qué sucedió? ¿Por qué te fuiste de la fiesta así sin más? ¿Y tu auto? —Miroku lo bombardeó de preguntas mientras se acercaba más a la entrada. Todas sus cuestiones fueron resueltas al ver el bulto que su primo llevaba entre sus brazos.
—Hojo —Fue lo único que Inuyasha pudo decirle, resumiendo la situación en el culpable.
—Sandra está en una de las habitaciones que reservamos, parece algo molesta, creo que le debes una explicación. —Rascó su cabeza compadeciéndose de su primo.
—Kagome necesita descansar —Bajó su mirada a ella, la ternura dedicada no pasó desapercibida para Miroku.
—¿Aún piensas pasar la noche con Sandra? —conocía la respuesta pero quería asegurarse de que él entendiera en qué posición se encontraba. —No es de caballeros que disfrutes de la noche mientras la jovencita… —Se contuvo de continuar con su insinuación, la mirada que Inuyasha le dirigió le gritaba que se cayara.
—No pienso dejarla sola. Pediré otra habitación. —Se sintió incómodo por cómo Miroku lo miraba, se prometió explicárselo después.
—El hotel está repleto, los invitados que no alcanzaron reservación en el Atami Fufu, se hospedaron aquí, así que, podrías dejar a Kagome y a Sandra juntas o… —Ni siquiera estaba animado en terminar su idea, no estaba seguro si Inuyasha estaría de acuerdo con su resolución.
—Yo cuidaré de Kagome. Mañana me disculparé con Sandra —no había otra manera.
—No será necesario. —Los dos hombres voltearon hacia la mujer que caminaba en su dirección.
—Sandra, yo… —Inuyasha buscaba las palabras precisas para disculparse.
—En serio, no es necesario que te disculpes. —Caminó hasta estar frente a él, miró a la joven en sus brazos, compadeciéndose de ella, estaba en un estado deplorable —Debes llevarla a tu habitación, pediré que te lleven un botiquín de primeros auxilios —Había visto sus pies descalzos y lo lastimados que se encontraban. En su voz no existía ni un ápice de rencor, dejando al par de primos más que sorprendidos.
—Y joven Miroku, si no es mucha molestia, ¿podría quedarme a descansar en su habitación? —Su tono de voz cambió a una con picardía muy bien disimulada.
Miroku se volvió hacia Inuyasha, esperando su permiso de manera discreta y silenciosa. Obteniendo como respuesta su afirmación. Ambos conscientes de lo que implicaba.
—Por su puesto mi bella dama, por favor, le mostraré el camino. —Le sonrío amablemente.
Una vez dentro de la habitación, recostó a Kagome sobre la cama cuidando de no despertarla. Revisó sus pies decidiendo que por la mañana los curaría, si lo hacía en ése momento la despertaría. Después de cubrirla con mantas, decidió velar por sus sueños desde la ventana.
Todo esto lo estaba sobrepasando, pero se prometió a sí mismo que en cuanto regresara a Tokio conversaría largamente con sus padres. Después de todo, en ése momento no podía pensar con tranquilidad, los sonidos de la habitación contigua le incomodaban, no por el hecho de saber exactamente lo que sucedía, más bien por lo poco discretos que estaban siendo, más aún cuando sus oídos eran capaces de percibir cualquier sonido a pesar de los muros. Rió con ironía al pensar que aquella noche debía ser él quien disfrutara de la compañía de Sandra y no Miroku, pero no se arrepentía de su decisión. Miró nuevamente hacia la cama, Kagome respiraba tranquilamente, ajena a los alaridos de la pareja.
Tomó su celular y comenzó a hacer llamada tras llamada, solicitando que todo lo que pedía estuviera dispuesto a primera hora de la mañana en el hotel donde se encontraba.
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Los primeros rayos de sol comenzaban a filtrarse por las cortinas de la habitación tocando su rostro haciéndola despertar. Estiró sus brazos desperezándose e inspeccionando el lugar.
—Dónde… ¿Dónde estoy? —Lo último que recordaba era estar en brazos de Inuyasha.
Se incorporó violentamente, espantada, al imaginar lo que pudo haber pasado, miró de un lado a otro, la habitación estaba vacía. Por acto reflejo tocó su cuerpo, comprobando que aún llevaba puesto su vestido.
Olvidó por completo su mal en la planta de sus pies, que al momento de levantarse e intentar caminar hacia la puerta frente a ella, se cayó por el dolor que aquello le provocó.
—Auch, ¡rayos!, como duele —Comenzó a masajear su pie.
La puerta se abrió de golpe e Inuyasha entró apresurado al escuchar el fuerte golpe. La razón se encontraba a unos cuantos pasos cerca de él. Kagome estaba tirada en el suelo.
—Pero ¿qué rayos… ? Te dejo sola un instante y mira lo que sucede. Ven, déjame ayudarte. —La tomó entre sus brazos con delicadeza.
Kagome se dejó hacer, sorprendida por la actitud protectora de Inuyasha. Incapaz de reconocer a aquel joven que semanas atrás se había comportado tan grosero con ella en la cafetería donde trabajaba.
—Gra… gracias. Olvidé que me dolían tanto los pies—Avergonzada por su torpeza.
—¿Deseas ir al baño? —La vió asentir como respuesta, sonriendo por lo tierna que se veía al estar tan avergonzada.
El baño era realmente enorme, miró hacia el gran ventanal mientras Inuyasha la dejaba a la orilla de una enorme tina.
—Preparé el baño, espero que sea agradable la temperatura. Aquí dejo toallas y ropa para que estés más cómoda —Señaló la silla que se encontraba a un lado de la tina.
—Pero… ¿cómo…? ¿en qué momento…? —Kagome miró pasmada la situación. Preguntándose dónde había conseguido la ropa. Recordando a la mujer que acompañaba a Inuyasha la noche anterior y lo miró con reprobación —No usaré nada que sea de tu amiga, no creo que sea correcto que yo… —Se vio interrumpida por la voz exasperada de él.
—Deja de rechazar cada vez que ofrezco mi ayuda, por favor. —Suspiró resignado. —Mandé a comprar la ropa, espero que sea de tu talla. Ahora, tómate tu tiempo, estaré esperando afuera, llámame cuando me necesites —Comprendía su desconfianza, el tema de su "amiga" quedaba pendiente por resolver.
Lo vió salir de la estancia, quedando unos segundo más mirando la puerta. "Llámame si me necesitas", recordó sus palabras provocando una sensación de grata seguridad que la hizo sonreír, durando tan sólo un momento, agitando su cabeza como si así pudiera deshacerse de la sonrisa y sus pensamientos. Comenzaba a creer que estaba volviéndose loca. No le gustaba la idea de deberle favores a nadie, y a Inuyasha ya le debía demasiado, comparado a lo que ella pudiera ofrecerle, no estaba segura de cómo agradecérselo. Sin embargo, admitía que de no ser por su ayuda, no sabía a dónde hubiese parado.
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Incómoda era poco lo que sentía al ser observada intensamente por Sandra, quien se encontraba sentada frente a ella. Inuyasha la había llevado al restaurante del hotel a desayunar, y antes de que comenzaran a comer él había salido disculpándose por tener que dejarla sola. No había pasado mucho tiempo cuando Sandra llegó y tomó el asiento frente a ella.
—¿Sabes? Ayer tenía planeado pasar una maravillosa noche en compañía de Inuyasha —Tomó un trozo de fruta, saboreando su sabor —Pero los planes cambiaron de último momento —No esperaba que comprendiera, sólo quería divertirse un poco incomodándola.
—Disculpa que haya arruinado tus planes. Debo dar por hecho que ustedes ¿son pareja? —Sandra se sorprendió del perfecto inglés de Kagome.
—¡¿Qué?! ¡No! ¡No! Para nada, sólo somos… amigos —La miró horrorizada por tal conclusión.
Kagome no supo cómo interpretar su negativa, sin duda no llegaría a comprender el comportamiento de personas como ellos.
—Lamento mucho lo sucedido anoche —Kagome sólo atinó a ofrecer una reverencia disculpándose desde su asiento, dejando a Sandra asombrada. —No sé cómo recompensarte por haber interrumpido tu… tu velada. Espero algún día poder hacer algo por ti —La sinceridad e inocencia de Kagome, le hicieron comprender la razón del por qué Inuyasha tenía tanto interés en la chica.
—No tienes porqué disculparte, en serio. A fin de cuentas sí disfruté de mi velada —Sonrío, recordando la intensa y apasionada noche que tuvo con Miroku, haciendo ruborizar a Kagome, después de todo, los había visto salir de la misma habitación muy sonrientes. —En fin, estoy segura que ésta no será la última vez que nos veamos. Puedo asegurar que seré yo quien te ayude en un futuro. Toma, llámame si necesitas algún consejo —Le entregó una tarjeta.
—¿Disculpa? —Por cortesía aceptó aquella tarjeta, un tanto confundida.
—Me agradas. Estoy ansiosa por ver cómo terminará todo esto. Así que permíteme darte mi primer consejo: no pienses demasiado las cosas, déjate llevar —Con un guiño y una sonrisa cómplice, se despidió.
Kagome no perdió de vista su andar, realmente era una mujer muy hermosa, pero como todos los de su calaña, estaba loca. —¿Consejo? ¿Dejarme llevar? —Rió por lo bajo, al parecer de ahora en adelante se encontraría con más personas así.
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El dolor de cabeza no le daba descanso. Recostado en el enorme sillón que decoraba su habitación, repasó mentalmente cada acción que había hecho aquella mañana.
—Nada fuera de lo normal —Concluyó para sí mismo. Entonces ¿por qué carajos, al final Kagome decidió regresar a Tokio, sola?
Aquella mañana había dejado a Kagome desayunando sola con el fin de preparar todo para su regreso a Tokio, asegurándose que todo lo que solicitó por llamada estuviera en orden; el auto, un par de sandalias y una muda de ropa nueva para que ella estuviera lo más cómoda posible… ¿Y para qué? Ella simplemente rechazó todo lo que le ofreció. Lo único que aceptó de él fueron las sandalias, prometiéndole que se las pagaría.
—¡Maldición! ¡No quiero su dinero! —gritó con frustración.
—Entonces, ¿qué deseas de ella? —Sus pensamientos nuevamente lo invadieron. Era suficiente, se levantó decidido a conseguir respuestas.
22-11-2024 / 00:14 am
N.A: ¡Ah! Finalmente estoy de regreso con un capítulo más de ésta historia. Es un milagro que haya escrito dos capítulos y un ONE SHOT en un año XD
Me llevó mucho tiempo éste capítulo, perdí la cuenta de cuántas veces lo edité, y aún así tiene errores, una disculpa por ello. u.u
En "Mañana de otoño" mencioné si alguien se daría cuenta del común denominador de mis historias, bueno no es tan difícil... Todas están y serán inspiradas en canciones que me gustan. Ésta historia, por ejemplo, está inspirada en la canción con el mismo nombre de Girls' Generation. Además de tener referencias de un anime que después revelaré su nombre, no deseo hacer spoiler :V Sumado a un K-Drama, de los "viejitos", que también me iluminó la imaginación. XD
Siempre quiero publicar en un 21 pero la vida no coopera XD
¿Qué opinan del capítulo? Desde ahora pensaré en cómo no alargar demasiado la historia, quiero hacerla más dinámica. ¿Algún consejo? (^.^)'
Demasiado bla, bla... bye. :3
