El departamento de Hermione se había convertido en un espacio lleno de calidez y vida. Las paredes estaban adornadas con fotografías y recuerdos mágicos, y el aire olía a una deliciosa mezcla de hierbas y especias que Draco estaba usando para la cena. Hermione, con cinco meses de embarazo, descansaba en el sofá, sus manos sobre el vientre mientras miraba una película en la televisión. Los días recientes habían sido una mezcla de emociones intensas y momentos tranquilos como este, que disfrutaba enormemente.
De repente, sintió un pequeño golpeteo en su abdomen. Al principio lo ignoró, pensando que era uno de los movimientos típicos de sus intestinos, pero pronto el golpe se hizo más fuerte y repetido. Intrigada, levantó la blusa y observó cómo la piel de su vientre se movía visiblemente. Era como si los gemelos estuvieran peleando por espacio.
—¡Draco, amor! —llamó con una mezcla de emoción y nerviosismo.
Draco, que estaba en la cocina concentrado en un estofado, soltó de inmediato la cuchara de madera y corrió hacia ella. Se arrodilló junto al sofá y colocó una mano sobre el vientre de Hermione. Cuando sintió las patadas vigorosas de sus hijos, sus ojos grises se llenaron de lágrimas de pura emoción.
—Son nuestros pequeños guerreros —susurró con la voz temblorosa, acariciando suavemente el vientre de Hermione.
En ese instante, el sonido de la chimenea anunciando una visita los interrumpió. Las llamas verdes parpadearon y, un momento después, Narcissa y Lucius Malfoy emergieron con elegancia. Narcissa se sacudió un poco las cenizas de la túnica y esbozó una sonrisa que no pudo ocultar del todo.
—Sabía que estaban esperando un bebé —dijo Narcissa, con un brillo en los ojos que mezclaba emoción y una pizca de reproche—. ¿Y no pensaron en contarme? Me siento un poco traicionada.
Draco se puso de pie rápidamente, pasando un brazo protector alrededor de Hermione y mirando a sus padres con una mezcla de precaución y determinación.
—Madre, padre, la razón por la que no lo mencionamos es... porque soy consciente de nuestras tradiciones, de cómo los Malfoy han visto a los mestizos hijos de muggles y muggles en el pasado —admitió Draco, su voz firme pero sincera.
Lucius, que había estado observando en silencio, asintió ligeramente. Había un aire solemne en su expresión, pero también una aceptación que parecía nueva.—Es cierto, Draco. Nuestra conducta en el pasado no fue la mejor. Pero este bebé —añadió con un leve arqueo de cejas—, es mi nieto o nieta. Y nada podría cambiar eso. No había necesidad de ocultarlo.
Hermione, que había estado escuchando con atención, esbozó una sonrisa y se aclaró la garganta.
—En realidad, son gemelos —reveló, observando las expresiones sorprendidas de los padres de Draco—. Y, bueno, supongo que todo lo que dice Corazón de Bruja es cierto después de todo.
Narcissa rodó los ojos con elegancia, su sonrisa volviendo a su rostro.
—Corazón de Bruja, por favor. Nunca me he molestado en leer esos chismes. Prefiero enterarme de lo que realmente importa de primera mano.
El ambiente se relajó y, por primera vez en mucho tiempo, la sala del departamento se llenó de risas y alegría compartida. Era un momento en el que las diferencias del pasado se desvanecían y solo quedaba el amor y la esperanza por lo que estaba por venir.
En el departamento de Harry, una luz tenue iluminaba la habitación. Estaban acostados en el sofá, abrazados mientras un disco giraba en el tocadiscos llenando el aire con una suave melodía. Susan, con una expresión relajada y una leve sonrisa, acariciaba el rostro de Harry con una ternura que lo hacía olvidar las tensiones del día. No eran una pareja tradicional, no había etiquetas ni promesas, pero ambos sabían que había algo especial entre ellos.
Susan lo miró a los ojos, un destello juguetón bailando en su mirada.
—¿Sabes? Alguna vez escuché que los embarazos son como la gripe, se contagia con solo estar cerca —empezó, con un tono que denotaba que estaba a punto de compartir una de sus observaciones ingeniosas—. Daphne está embarazada de tres meses y no para de hablar de lo mucho que odia el aroma de las cebollas. Y estoy bastante segura de que Pansy también está esperando un bebé, se pasa el día quejándose del aroma a jazmín del perfume de Daphne cuando pasa por la oficina. Y claro, yo tengo un mes de embarazo.
Harry soltó una risa baja, imaginándose a las dos brujas discutiendo por cosas tan simples.
—Bueno, tiene sentido. En mi departamento hay un par de colegas cuyas esposas resultaron estar embarazadas, y siempre... —de repente, se detuvo a mitad de la frase. El cerebro de Harry conectó las palabras de Susan con una lentitud impactante. Parpadeó, procesando lo que acababa de escuchar.
—¿Qué dijiste? —preguntó, levantándose un poco y mirándola con los ojos muy abiertos.
Susan arqueó una ceja, una sonrisa se dibujó en sus labios al notar la reacción de Harry.
—Dije que tengo un mes de embarazo —repitió con una mezcla de diversión y ternura.
El corazón de Harry latió con fuerza, su respiración se aceleró y, por un momento, no supo qué decir. La sorpresa, la incredulidad y una alegría inesperada se mezclaron en su rostro.
—¿Un mes? —repitió, como si necesitara confirmarlo una vez más.
Susan asintió, su sonrisa se ensanchó y acarició la mano de Harry que yacía en su regazo.
—Sí, y aunque no tengo síntomas ni nada, lo confirmé hace un par de días.
El silencio se instaló por un momento mientras Harry procesaba la noticia. Luego, una sonrisa genuina, cálida y llena de asombro se extendió por su rostro. La abrazó, riendo con una mezcla de alivio y emoción.
—Merlín, Susan... ¡vamos a ser padres! ¡Tenemos que casarnos pronto! — Harry beso la frente de Susan — ¡Hagamos esto de la manera correcta!
—Pero estar embarazada no significa que quiera casarme... —Susan se sonrojó.
—No. Pero Merlín, mi madre crió un hombre responsable y, desde ahora en adelante tu y nuestro bebé son mi familia. No voy a dejarte sola. — Rio un poco de los nervios — ¡vamos a ser padres! ¡Voy a ser papá!
La risa de Susan se unió a la de él, y por primera vez en mucho tiempo, Harry Potter sintió que el futuro estaba lleno de esperanza y aventuras positivas.
En el departamento de Pansy, la tensión era palpable. Theodore estaba de pie frente a ella con un bol de uvas, con una gran sonrisa en el rostro, pero sin prever lo que se le venía encima.
—¡¿Cómo pudiste embarazarme, Nott?! —gritó Pansy, su voz llena de frustración y pánico mientras señalaba su vientre con una mano temblorosa.
Theo apenas tuvo tiempo de responder antes de que ella con magia le lanzara un cojín, seguido de una lámpara y, finalmente, el pesado sofá, que lo alcanzó en el pecho y lo hizo caer hacia atrás, dejándolo inconsciente en el suelo. Pansy, al darse cuenta de lo que había hecho, dejó escapar un jadeo y corrió hacia él, aterrorizada.
—¡Theo, Theo! —susurró, arrodillándose a su lado mientras las lágrimas llenaban sus ojos—. No puedo perderte... ya he fallado tantas veces en mis relaciones, y ahora... ahora temo que arruine también esto. No quiero perderte como amigo, no quiero que te vayas... —sollozó, acariciándole el rostro.
Theo abrió los ojos lentamente, sacudiendo la cabeza para despejarse, y la miró con ternura. Tomó su mano entre las suyas y la apretó suavemente.
—Pansy... jamás te dejaría. Vamos a estar bien. No soy como tus exmaridos; tú eres todo lo que quiero —le dijo con voz calmada, mirándola a los ojos con una seriedad que calmó el temblor en sus manos—. ¿Sabes qué haremos? Vamos a celebrar. No pienses en lo que pudo salir mal antes; ahora estamos juntos y eso es lo que importa.
Aún con lágrimas en los ojos, Pansy asintió, reconfortada por sus palabras. Theo se levantó con algo de dificultad y le sonrió, sosteniéndola por los hombros para tranquilizarla.
—Vamos, salgamos a comer algo —dijo, y ambos rieron un poco, aliviando el ambiente tenso de antes.
Más tarde, llegaron a un pequeño restaurante encantado en el Callejón Diagon, donde eligieron una mesa junto a la ventana. Todo parecía en calma hasta que vieron a Blaise y Ginny en una mesa cercana. Blaise sostenía a una adorable bebé de tres meses que, con mejillas sonrosadas y grandes ojos, miraba con curiosidad el mundo a su alrededor.
—¡Blaise! —exclamó Theo, sonriendo mientras se acercaban. Blaise les devolvió la sonrisa, notando cómo Pansy se aferraba del brazo de Theo, algo que no pasó desapercibido para Ginny.
—¡Theo, Pansy! —saludó Ginny, sonriendo—. Vaya, ¿y qué se celebra?
—Un pequeño anuncio —respondió Theo, mientras Pansy, un poco sonrojada, sonreía suavemente—. Vamos a tener un bebé.
—¡Oh, eso es maravilloso! —exclamó Ginny, levantándose para abrazar a Pansy, que apenas podía contener la emoción y los nervios.
—¡Felicidades! —añadió Blaise, guiñándole un ojo a Theo antes de ofrecerles la bebé para que la cargaran—. Vayan acostumbrándose; dentro de poco tendrán uno en brazos todo el tiempo.
Pansy tomó a la bebé con cuidado, mirándola con ojos brillantes mientras el miedo daba paso a la esperanza. Ella y Theo compartieron una mirada cómplice, sabiendo que esta nueva etapa, aunque llena de incertidumbre, era algo que ambos deseaban vivir juntos.
La sala de Grimmauld Place estaba iluminada por el fuego crepitante en la chimenea, creando sombras danzantes en las paredes llenas de recuerdos y viejos retratos. Sirius estaba de pie junto a una vitrina, hojeando un álbum de fotos mientras tarareaba una vieja canción. Mientras Teddy jugaba con legos.
Susan y Harry entraron tomados de la mano, y al ver a su padrino, Harry carraspeó para llamar su atención.
—Sirius, tenemos algo que contarte —dijo Harry, su voz llena de emoción contenida.
Sirius levantó la vista, sus ojos grises se iluminaron al ver la expresión de Harry. Cerró el álbum y lo dejó a un lado, acercándose con una sonrisa que marcaba arrugas en las comisuras de sus ojos.
—¿Qué es, Harry? No me digas que por fin vas a mudarte a este agujero... —bromeó, aunque su tono era cariñoso.
Harry intercambió una mirada con Susan, quien asintió. La habitación parecía sostener el aliento mientras Harry pronunciaba las palabras.
—Susan y yo vamos a tener un bebé.
El silencio fue roto por un jadeo de sorpresa de Sirius, quien parpadeó varias veces antes de que su rostro se iluminara con una sonrisa tan amplia que parecía iluminar toda la sala. Dio un paso hacia ellos, y luego, en un gesto inesperado, lanzó un grito de júbilo.
—¡Voy a ser abuelo! —exclamó con una carcajada que resonó en la habitación.
Sin contener su emoción, Sirius se giró y agarró a Kreacher, que pasaba por allí con un montón de ropa de cama. El elfo soltó un gruñido de sorpresa cuando Sirius lo levantó y lo envolvió torpemente en una manta, acunándolo como si fuera un bebé.
—¡Mira, Kreacher! Practicaré contigo para cuando llegue mi nieto —anunció Sirius, con los ojos brillantes de felicidad.— aunque estoy seguro que mi nieto será más bello que tú, tienes una cara que de cerca da miedo.
El elfo doméstico frunció el ceño, su arrugada cara aún más arrugada de lo normal, y murmuró algo ininteligible. Sin embargo, sorprendentemente, se quedó quieto, sin rechistar demasiado, como si entendiera lo especial que era ese momento para su amo.
Teddy, que estaba jugando con un par de legos en la esquina, dejó de lado su actividad y se levantó de un salto.
—¡Voy a tener más amigos para jugar y cuidar! —gritó emocionado, corriendo hacia su habitación. Los adultos se quedaron mirando, con risas en sus rostros, mientras el niño rebuscaba entre sus cosas.
Regresó sosteniendo una pequeña caja musical, con la pintura desgastada y unos detalles dorados que brillaban con el reflejo del fuego.
—La compré con mis ahorros —dijo, ofreciéndosela a Susan con un orgullo infantil—. Es para que la uses cuando no puedas dormir.
Susan tomó la caja con ojos vidriosos, conmovida por el gesto. Se arrodilló frente a Teddy y lo abrazó con fuerza.
—Gracias, Teddy. Es el regalo más hermoso que he recibido.
El ambiente se llenó de risas, alegría y promesas de un futuro lleno de amor y nuevas aventuras, mientras Sirius seguía practicando con un Kreacher que, aunque refunfuñaba, escondía una leve sonrisa en su cara arrugada.
