En el acogedor salón del departamento de Hermione y Draco, la luz de las lámparas mágicas reflejaba un brillo cálido en las paredes, mientras la pareja estaba sentada en el sofá disfrutando de una noche tranquila. Draco leía un libro de hechizos antiguos mientras Hermione acariciaba su vientre, sintiendo los suaves movimientos de los gemelos.

La tranquilidad se rompió cuando se escucharon golpes animados en la puerta. Draco levantó la vista con una ceja arqueada, y Hermione sonrió al intuir quiénes podrían ser.

—¡Adelante! —gritó Hermione, y la puerta se abrió de golpe, revelando a Harry, Susan, Pansy y Theodore, todos con sonrisas radiantes y energía desbordante.

—¡Espero que estemos interrumpiendo algo! —dijo Harry con una risa mientras entraba con Susan de la mano. Theo seguía detrás, intentando detener a Pansy, que ya se había adelantado para abrazar a Hermione.

—¡Hermione, Draco, tenemos noticias! —exclamó Susan, sus ojos brillando de emoción.

—¡Espera, espera! ¿Por qué tengo la sensación de que esto va a ser algo muy loco? —murmuró Draco, cerrando su libro y poniéndolo a un lado.

—Bueno, porque lo es, Malfoy —dijo Theo con una sonrisa pícara, mientras Harry se aclaraba la garganta y levantaba una mano dramáticamente.

—Hemos venido a anunciar... —comenzó Harry, pausando como si fuera un presentador en un espectáculo—. ¡Que Susan y yo vamos a tener un bebé!

La habitación estalló en exclamaciones y felicitaciones. Draco parpadeó y luego sonrió ampliamente.

—¡Eso es fantástico, Potter! —dijo Draco, levantándose y abrazando torpemente a Harry, que se rió de la falta de costumbre de su antiguo rival al mostrar afecto.

—¡Y hay más! —gritó Pansy, levantando una mano como si estuviera en un concurso de preguntas—. ¡Theo y yo también estamos esperando no bebé, sino tres!

—¿Tres? —Theo quedó más que sorprendido—¿me estas diciendo que tengo mejor puntería qué Draco? ¡Merlin! ¡Voy a cuidarte más que al triple!

Hermione se quedó con la boca abierta y luego empezó a reír tanto que sus ojos se llenaron de lágrimas. —¡Es una invasión de bebés! —exclamó ella, llevándose las manos al vientre, donde los gemelos se movían, como si también quisieran participar en la celebración.

—¡Esto es como una epidemia de embarazos! —bromeó Draco, pasándose una mano por el cabello y mirando a todos—. Alguien debería advertir a los demás que no beban del agua del Callejón Diagon. Está claro que algo le han echado.

Todos se echaron a reír, incluso Pansy, que últimamente no soportaba las bromas de Draco.

—Esperen, ¿eso significa que entre todos tendremos... cuántos bebés? —preguntó Susan, fingiendo contar con los dedos.

—¡siete! —respondió Hermione emocionada, señalando su propio vientre y luego a las otras dos parejas.

Theo levantó las manos en señal de asombro y bromeó:—Por Merlín, estamos fundando una guardería.

—Más bien un equipo de Quiddicth, sin duda mi bebé será el mejor buscador como su padre —añadió Harry, y todos rieron de nuevo mientras se sentaban juntos, compartiendo la alegría y la emoción del futuro que los esperaba. La habitación se llenó de risas y felicidad, un momento de unidad que ninguno de ellos olvidaría.


Meses después en una tarde tranquila en el apartamento, Hermione se encontraba sentada en el sillón, acariciando su vientre de siete meses. Sus ojos brillaban de deseo cuando de repente giró hacia Draco, que estaba leyendo un libro sobre cuidados mágicos neonatales.

—Draco, ¿sabes qué se me ha antojado? —preguntó, con una sonrisa traviesa.

Draco levantó la mirada, medio divertido y medio preocupado.

—¿Qué se te antoja, amor? —dijo, con la voz calmada, pero listo para salir corriendo si era algo complicado de conseguir.

—Whiskey de fuego —respondió Hermione, estirando las palabras como si fueran una canción.

Los ojos de Draco se agrandaron de golpe. Cerró el libro y se acercó a ella rápidamente.—¿Whiskey de fuego? ¡Ni pensarlo, Hermione! Es licor y no es seguro para los bebés.

Hermione hizo un puchero que podría haber derretido el corazón de cualquier dragón.—Solo un sorbito, Draco. No quiero una jarra, Lo he estado pensando toda la semana y hoy es más fuerte que nunca —explicó, mientras acariciaba su vientre en círculos.

Antes de que Draco pudiera seguir negándose, la chimenea del apartamento brilló con un destello verde y de ella emergió Narcissa, impecable como siempre. Llevaba un pequeño paquete envuelto en papel brillante y sonrió al ver a la pareja.

—¿Interrumpo algo? —preguntó, colocando el paquete sobre la mesa.

—Mamá, perfecto que estés aquí —Draco fue a saludarla con un beso en la mejilla, y luego señaló a Hermione con una mezcla de preocupación y resignación—. Hermione tiene antojo de whiskey de fuego y estoy tratando de hacerle entender que no puede tomarlo.

Narcissa soltó una risa suave y maternal, dirigiéndose hacia Hermione.

—Oh, Draco. Los antojos no siempre deben cumplirse al pie de la letra —dijo, dándole una palmada en el hombro a su hijo—. Escúchame, querida —continuó, mirando a Hermione—, con un simple sorbo, apenas un toque en los labios, y el olor será suficiente. No necesitas más que eso para calmar el antojo.

Hermione miró a Draco con esperanza, y él, tras un suspiro profundo y una mirada de resignación, asintió.

—Está bien, pero solo un sorbo y nada más —le advirtió con un tono protector.

Narcissa abrió un pequeño frasco que había traído consigo y lo acercó a Hermione. Esta lo tomó con cuidado, llevándolo a su nariz para olerlo. El aroma picante y dulce del whiskey de fuego la envolvió, trayendo un alivio inmediato. Luego, humedeció apenas los labios con una gota que Narcissa le sirvió y cerró los ojos, saboreando el toque cálido y fuerte de la bebida.

Cuando abrió los ojos de nuevo, una sonrisa de satisfacción se dibujaba en su rostro.—Era justo lo que necesitaba, gracias —murmuró, recostándose de nuevo en el sofá con una expresión serena.

Draco dejó escapar un suspiro de alivio y se sentó junto a ella, pasando un brazo por su hombro.—Me alegra que te sientas mejor, pero la próxima vez, espero que tu antojo sea algo más sencillo… como manzanas —dijo en tono de broma.

Narcissa, satisfecha con la situación, se sentó frente a ellos, disfrutando del momento familiar.

—Oh, Draco, tendrás que acostumbrarte. Los antojos no se pueden controlar tan fácilmente. Y tú, querida, siempre que te falte algo, sabes que estamos para consentirte —dijo, dirigiendo una mirada cariñosa a Hermione.

Hermione sonrió, agradecida y feliz, sabiendo que su familia, aunque poco convencional, estaba ahí para ella en todo momento.


Días después durante la noche, mientras Draco y Hermione estaban cómodamente instalados en su apartamento, listos para dormir, Hermione comenzó a moverse inquieta en la cama. Draco, ya con los ojos cerrados, notó que ella no paraba de dar vueltas y murmuró con voz adormilada:—¿Todo bien, amor?

Hermione suspiró y se giró hacia él.—Es solo que... se me ha antojado un helado de chocolate artesanal —dijo, con una mezcla de vergüenza y deseo.

Draco abrió un ojo, un tanto confundido.—¿Helado de chocolate? —repitió, aún procesando—. ¿A las once de la noche?

—Pero tiene que ser artesanal, de esos que tienen chispas de chocolate y un sabor intenso del cacao—aclaró Hermione, recalcando lo importante que era ese detalle.

Draco se sentó en la cama, desperezándose.

—De acuerdo, voy a buscarlo. Aunque no sé si el Callejón Diagon tenga helado a estas horas… —murmuró, poniéndose sus zapatos y tomando su varita.

Hermione le lanzó una mirada de súplica. —Por favor, Draco… de verdad lo deseo. No pensé que fuera tan fuerte, pero ahora siento… no sé, una presión en el vientre —dijo, llevándose una mano al estómago.

Al escuchar esto, Draco no dudó ni un segundo más. Le dio un beso rápido en la frente y salió del apartamento, determinado a encontrar el helado a toda costa. Bajó por las chimeneas hasta el Callejón Diagon, donde comenzó a buscar.

Probó primero en Florean Fortescue's, que aunque ya estaba cerrado, encontró al encargado guardando las últimas cosas del día.

—¿Perdón? —preguntó Draco con una sonrisa apurada—. ¿Tendrás algún helado de chocolate artesanal? Mi amada… está embarazada, y bueno, antojo de última hora.

El encargado se rió, comprendiendo la urgencia de Draco.

—Lamento decirte que hoy ya no nos queda helado de chocolate. Si quieres, tengo de calabaza y canela...

Draco negó con la cabeza.—No, tiene que ser de chocolate y… cuanto más artesanal, mejor.

El encargado se encogió de hombros y le deseó suerte. Draco salió y recorrió todos los rincones del callejón, cada tienda que podría tener algo de comida, pero no encontró lo que buscaba.

Frustrado y pensando en la promesa que le había hecho a Hermione, decidió buscar a la única persona que le ayudaría en una misión tan inusual. Con un toque de su varita y un paso rápido, se dirigió al departamento de Harry.

Golpeó la puerta insistentemente hasta que Harry, en pijama y con el cabello más desordenado de lo normal, le abrió con una expresión de sorpresa.—¿Draco? ¿Qué haces aquí? ¿Pasó algo con Hermione?

Draco asintió con una mezcla de seriedad y desesperación.—Harry, necesito tu ayuda. Hermione quiere helado de chocolate artesanal… y en el Callejón Diagon no hay. Necesito que me ayudes a encontrarlo en el mundo muggle.

Harry se rió suavemente, comprendiendo la situación.

—Claro, entiendo perfectamente. Susan también tuvo sus antojos hace una semana, fui corriendo a buscar fresas al otro lado del mundo... Vamos, déjame ponerme algo decente y te acompaño mi novia duerme.

Unos minutos después, ambos estaban abrigados y listos para salir. Harry comenzó a guiar a Draco hacia algunas heladerías muggles del centro de Londres que recordaba.

—¿Sabes que en el mundo muggle es bastante raro buscar helado a las once de la noche? —comentó Harry mientras caminaban rápidamente.

Draco suspiró, lanzando una sonrisa irónica.—Pues en el mundo mágico también, pero a veces creo que no existe lo raro cuando Hermione está embarazada. Lo que ella quiere, ella debe tenerlo.

Harry soltó una risa mientras lo guiaba por las calles vacías.—Eres un buena pareja, Malfoy. Nunca imaginé verte corriendo por un antojo de helado. Antes eras… más frío.

Draco sonrió con una mezcla de orgullo y autocrítica.

—Tienes razón, Potter. Pero Hermione y estos bebés me tienen en un punto al que nunca imaginé llegar. Y honestamente… me gusta, hace días quiso Whiskey de fuego —admitió, con una sonrisa sincera.

Finalmente, llegaron a una pequeña heladería que aún estaba abierta. Entraron, y al acercarse al mostrador, Draco se sintió esperanzado.

—Por favor —pidió al encargado, que los miraba algo extrañado por la prisa y la expresión de desesperación de Draco—. Necesito un litro de helado de chocolate artesanal, con chispas de chocolate y un sabor intenso del cacao... Es una emergencia.

El encargado levantó una ceja, mirando de reojo a Harry, que simplemente asintió en señal de apoyo. Finalmente, el hombre se encogió de hombros y llenó un gran envase con helado de chocolate.

Draco pagó rápidamente y sujetó el envase como si fuera un tesoro, suspirando aliviado.—Gracias, Harry. Eres… un buen amigo.

—Para eso estamos. Solo procura que no se le antoje algo más al volver —bromeó Harry mientras ambos salían de la tienda.

Volvieron a toda prisa al apartamento de Hermione, y Draco apenas cruzó la puerta cuando le mostró el helado.

—¡Hermione! Lo conseguí.

Hermione, que se encontraba en el sofá, le dedicó una sonrisa de alivio y alegría. Sin perder tiempo, tomó una gran cuchara y empezó a comer el helado, saboreando cada bocado como si fuera lo mejor que había probado.

—Draco, eres increíble. Justo como lo quería —le dijo con dulzura.

Draco y Harry se sentaron cerca, exhaustos pero aliviados.

—¿Te das cuenta de que corrimos por Londres como locos por este helado? —dijo Harry en tono de broma.

Draco solo asintió, sin arrepentimientos.—Vale la pena, Potter. Todo vale la pena si ella y los bebés están felices.