Hermione estaba en su hogar, rodeada de libros y documentos que había dejado para su descanso prenatal. Todo parecía en calma hasta que una punzada aguda recorrió su abdomen. Al principio pensó que era otra de las habituales molestias del embarazo, pero cuando el dolor se intensificó, supo que era el momento.

Susan, que estaba sentada junto a ella repasando papeles del trabajo, se percató rápidamente del cambio en la expresión de Hermione. Dejó los documentos a un lado y tomó la mano de su amiga, tratando de calmarla mientras la ayudaba a respirar.

-Tranquila, Hermione. Inhala profundo y exhala despacio -dijo Susan, sus ojos reflejaban una mezcla de nerviosismo y determinación.

En la cocina, Harry se encontraba sirviendo una taza de té cuando escuchó el sonido de la respiración agitada de Hermione y las instrucciones de Susan. Con el corazón en un puño, dejó caer la tetera y corrió a la sala, donde la vio en plena contracción.

-¿Es el momento? ¿Es ya? -preguntó Harry con un temblor en la voz mientras se pasaba las manos por el cabello, ya desordenado por la tensión.

-Sí, Harry. Llama a Draco y avisa a todos que es hora de llevarla a San Mungo -contestó Susan, sin soltar la mano de Hermione, que se esforzaba por mantener la compostura a pesar del dolor.

Harry sacó rápidamente su varita y envió un Patronus a Draco, que en ese momento estaba en el Ministerio atendiendo un asunto urgente. Draco, al ver al ciervo plateado de Harry que le transmitía el mensaje con voz firme, sintió que su mundo se detenía por un instante. No lo pensó dos veces y desapareció del Ministerio rumbo a casa.

Mientras tanto, la noticia se esparció rápidamente. Los señores Malfoy, que esperaban con ansias la llegada de sus nietos, llegaron poco después. Lucius trataba de mantener su habitual compostura, aunque su ceño fruncido y el constante tamborileo de sus dedos en su bastón revelaban su nerviosismo. Narcissa, por su parte, estaba más serena, con una mezcla de emoción y preocupación brillando en sus ojos.

-Hermione, querida, estamos aquí -dijo Narcissa suavemente al entrar y ver a la joven intentando respirar entre contracciones.

Draco llegó poco después, con el rostro pálido y la mirada ansiosa. Se arrodilló junto a Hermione, tomando su otra mano y mirándola a los ojos con preocupación.

-Estoy aquí, amor. Todo saldrá bien -dijo, besando su frente con ternura y sintiéndose impotente al no poder aliviar su dolor.

Los debates sobre cómo llevarla a San Mungo comenzaron casi de inmediato. Richard Granger, que también había llegado con Jean, propuso el uso de un automóvil.

-¡Santo cielo, Richard! No tenemos tiempo para eso -replicó Jean, visiblemente alterada mientras trataba de ayudar a su hija a moverse sin causar más dolor.

-¿Por qué no simplemente la aparecemos? -preguntó Lucius, mirando a Draco que negó rápidamente con la cabeza.

-Es peligroso en este estado, padre. No podemos arriesgarnos -respondió Draco, decidido.

Finalmente, después de algunos minutos de discusión que parecieron eternos, optaron por una combinación de métodos: la silla mágica que Narcissa había traído especialmente de San Mungo, que permitía transportar a la madre de manera cómoda y segura.

La sala se llenó de murmullos nerviosos y un aire de expectación mientras llevaban a Hermione. Harry se quedó al lado de Susan, ambos observando cómo el resto ayudaba a Hermione y Draco, hasta que Susan se volvió hacia Harry con una sonrisa de esperanza.

-Todo va a salir bien -susurró Susan, más para ella misma que para él.

Al llegar a San Mungo, el reloj marcaba las diez de la noche. Hermione insistió en que quería un parto al estilo muggle, lo más natural posible y sin magia.

En la sala de partos de San Mungo, la atmósfera estaba impregnada de tensión y expectación. Hermione estaba recostada en la cama, los mechones de su cabello castaño pegados a su frente perlada de sudor. El dolor era intenso, pero ella se mantenía firme en su decisión de tener un parto natural, sin ayuda de hechizos ni pociones. Su respiración era rápida y errática, pero sus ojos estaban enfocados y decididos.

Draco, vestido con su bata de medimago, se encontraba a su lado. A pesar de ser el esposo emocionado, había decidido tomar las riendas y asistir el parto, algo que había discutido con Hermione semanas atrás. Su mano sostenía la de ella con fuerza, y en sus ojos grises se veía una mezcla de amor incondicional y profesionalismo.

-Estás haciéndolo increíble, Hermione -le susurró con voz calmada, acariciando su rostro con la otra mano-. Solo un poco más, amor. Estoy aquí, y lo estás haciendo perfectamente.

Las contracciones se intensificaron, y Hermione soltó un grito ahogado que resonó en la sala. Jean Granger y Narcissa Malfoy esperaban afuera junto con el resto de la familia, mordiéndose las uñas y lanzando miradas ansiosas hacia la puerta cerrada. Harry y Susan se sostenían de la mano, con el corazón latiendo a mil por hora, mientras Teddy, Sirius y otros amigos aguardaban en la sala de espera.

-¡Empuja, Hermione! -dijo Draco, su voz con una mezcla de aliento y emoción contenida.

Hermione tomó aire y empujó con toda la fuerza que su cuerpo le permitía. La sala estaba en un silencio tenso, solo roto por los sonidos de su respiración y los latidos acelerados de los corazones de los presentes.

-Ya casi está, solo un poco más, cariño -Draco sintió que su voz temblaba, pero se mantuvo firme. No había nada que pudiera compararse con ver a los pequeños que tanto habían esperado.

Hermione apretó los dientes y, con un último esfuerzo, sintió un alivio repentino cuando el primer llanto del bebé llenó la sala. Las lágrimas brotaron de sus ojos al escuchar ese sonido, y Draco, incapaz de contenerse, también dejó escapar algunas lágrimas mientras sostenía al pequeño.

-Es un niño -dijo Draco, con la voz rota por la emoción. Levantó al bebé para que Hermione pudiera verlo, le limpio las vías respiratorias y lo colocó sobre su pecho desnudo.

-Uno más, Hermione. Lo estás logrando, eres tan fuerte -la alentó, inclinándose para besar su frente. Hermione, exhausta pero llena de determinación, asintió débilmente y se preparó para recibir al segundo.

El proceso se repitió, aunque esta vez fue más rápido. El segundo bebé nació poco después, con un llanto igual de potente que llenó la sala de una mezcla de alivio y euforia.

-Una niña -anunció Draco, sosteniendo a la recién nacida con las manos temblorosas y un brillo en sus ojos que nunca antes había mostrado. - Te dije que los médicos muggles daban información errada, mira nuestra bella princesa. ¡Merlín nadie lo va a creer! ¡La primera Malfoy en diez generaciones! Mi princesa hermosa.

Hermione dejó escapar una risa débil y emocionada mientras las lágrimas seguían corriendo por sus mejillas.

Draco, con ojos todavía humedecidos por la emoción, se aseguró de que los bebés fueran colocados sobre el pecho desnudo de Hermione, respetando el contacto piel a piel y la "hora dorada", un momento sagrado donde madre e hijos se reconocen y estrechan el vínculo inicial. Hermione, aunque exhausta, sonrió con ternura al sentir el calor de los pequeños cuerpos sobre su piel. Las diminutas uñas qué rozaban su piel. Sus respiraciones se acompasaron, y ella podía sentir cómo los latidos de sus corazones se mezclaban con los suyos, formando un único y armonioso ritmo.

Uno de los bebés buscó instintivamente el pecho y comenzó a succionar con pequeños movimientos mientras la otra bebé, con ojos cerrados y una expresión de calma absoluta, reposaba suavemente, reconociendo el olor y el calor de su madre. Hermione dejó escapar un suspiro de pura felicidad y alivio, con lágrimas que brotaban nuevamente de sus ojos, esta vez no por el dolor ni la tensión, sino por la más completa dicha.

Draco, aún con la bata de medimago, se inclinó para besar la frente de Hermione y acariciar la cabeza de cada bebé, ayudar a la nena a lactar. Era un cuadro de amor puro, un momento que ni la magia más poderosa del mundo podría replicar. Afuera, la noticia se había esparcido como un incendio en la sala de espera, donde Narcissa y Jean se abrazaban emocionadas, Harry y Susan reían y lloraban al mismo tiempo, y hasta Lucius Malfoy, siempre tan estoico, esbozaba una sonrisa orgullosa mientras Teddy, incapaz de contener su alegría, daba pequeños saltos de emoción.

En la sala, Hermione susurró, apenas audible:

-Gracias, Draco. No podría haberlo hecho sin ti.

-Eres increíble, Hermione -respondió él, con la voz temblorosa y el rostro lleno de amor-. Ellos lo saben, y yo también. Te amo, más de lo que jamás podría expresar. ¡Cásate conmigo! ¿Puedes aceptarme como tu esposo?

-Sí, pero que los bebés caminen y puedan llevar la cola de mi vestido - Dijo Hermione.

El primer llanto suave y rítmico de uno de los bebés resonó en la sala, y Hermione y Draco intercambiaron una mirada llena de promesas. Ese momento, esa hora dorada, se quedaría grabada en sus corazones para siempre, como el comienzo perfecto de una vida que apenas empezaba para sus pequeños hijos.

Minutos más tarde tras limpiar a los bebés y ayudar a Hermione los trasladaron a una sala especialmente para ella.

La puerta de la sala se abrió lentamente y Narcissa entró con lágrimas en los ojos. Detrás de ella, Jean, Harry y Susan miraron la escena con expresiones de pura alegría. Teddy, desde el umbral, se asomó emocionado y susurró:

-Ahora sí, ¡tendré más amigos para jugar!

Draco y Hermione rieron suavemente, sabiendo que su vida acababa de cambiar para siempre, de la manera más maravillosa posible.


La luz del amanecer comenzaba a teñir el cielo con tonos suaves de rosa y dorado mientras Draco y Hermione, con los corazones rebosantes de amor, se preparaban para llevar a sus bebés a casa. Hermione, aún con el cansancio y el dolor postparto que le causaban los loquios, se sentía más fuerte que nunca. Las molestias eran solo un recordatorio de la lucha y la entrega que había significado traer a sus bebés al mundo, y en ese momento, cada punzada valía la pena.

Draco empujaba con cuidado el cochecito doble, revisando cada detalle para asegurarse de que los pequeños estuvieran cómodos. Sus ojos brillaban de orgullo y ternura mientras miraba a sus hijos, que dormían plácidamente.

-¿Estás segura de que estás bien, amor? -preguntó Draco, acercándose a Hermione y pasándole un brazo por la cintura para brindarle apoyo.

Hermione sonrió, apoyándose en él con gratitud. Sus ojos castaños mostraban el agotamiento, pero también la satisfacción plena de quien acaba de realizar el mayor acto de amor imaginable.

-Sí, Draco. Estoy bien. Dolorida, pero feliz. Más de lo que nunca creí posible.

Ambos intercambiaron una sonrisa cómplice antes de seguir avanzando por el pasillo de San Mungo, donde familiares y amigos los esperaban para despedirlos. Narcissa abrazó a Hermione suavemente, cuidando de no presionar demasiado, y Lucius, en un gesto inusualmente cálido, le dio unas palmadas a Draco en la espalda mientras miraba a los bebés con curiosidad y admiración.

-Cuida bien de ellos, Draco. Y de ella -murmuró Lucius con un leve tono de emoción en la voz.

-No tienes que decírmelo dos veces, padre -respondió Draco, su voz firme y decidida.

Harry, Susan, Theodore, Pansy y Blaise se acercaron para despedirse, todos con sonrisas y palabras de cariño.

Teddy, que ya había preparado dibujos para los nuevos miembros de la familia, se subió de puntillas para darle un beso en la mejilla a Hermione.-¿Puedo ir a jugar con ellos cuando crezcan? -preguntó, con los ojos llenos de emoción infantil.

-Claro que sí, Teddy -respondió Hermione, conmovida-. Serás el mejor primo mayor que podrían tener.

- Hija, si requieres ayuda llámame -Jean la abrazó - necesitas mucho descanso, no temas en pedirle ayuda a los elfos o a mí... A veces el sueño nos gana.

Richard solo abrazó a su hija, que ahora era madre. Sentía deseos de llorar, mas retuvo las lágrimas.

Finalmente, Draco y Hermione se despidieron y salieron del hospital, la brisa fresca acariciando sus rostros. Subieron al coche encantado que Draco había preparado con hechizos de confort y seguridad, y durante el trayecto a casa, el silencio era roto solo por el suave murmullo de los bebés y el latido compartido de los corazones de sus padres.

Al llegar a casa, Draco ayudó a Hermione a sentarse cómodamente en el sofá mientras colocaba a los gemelos en una cuna mágica que había preparado semanas antes. Observó a su familia con una mezcla de orgullo y amor indescriptibles.

Hermione, acomodada con una manta sobre las piernas, miró a Draco y luego a sus hijos. Sus ojos se llenaron de lágrimas, no de tristeza, sino de la abrumadora sensación de felicidad que se había apoderado de ella.

-Lo logramos, Draco. Tenemos todo lo que alguna vez soñamos.

Draco se sentó a su lado y la envolvió en un abrazo, depositando un beso en su frente.

-Sí, y apenas comienza.

Los bebés, en su cuna, emitieron un suave gemido, y ambos padres rieron, mirándose con complicidad. Las paredes de su hogar, una vez silenciosas, ahora se llenaban de vida, amor y promesas de un futuro brillante, en el que juntos enfrentarían todo, con risas, con lágrimas y, sobre todo, con un amor que no conocía fronteras.

Fin.


Gracias por acompañme en esta historia.

Hasta pronto, nos leemos en una próxima historia.

Atte: MissJackson-RJ