Si, esa pregunta estaba mejor, porque también reflejaba la preocupación y el mal momento que estaban viviendo todos sin ella. Robin estaba esforzándose con Jimbe y Franky para poder seguir el rumbo que había dejado trazado la peli naranja, sin embargo, ese esfuerzo estaba siendo tan grande que notaban como realmente se estaban retrasando. Además, no tenían la experticia de Nami, por lo que las corrientes y el clima les estaba jugando una muy mala pasada.

Luffy cerró los ojos por un momento. No sabía porque, lo necesitaba. Quizás para cambiar la ansiedad que producía el no saber o cómo actuar en una situación asi. De una forma algo enrevesada, su imaginación le daba una bella y curva silueta de una mujer con largos cabellos hechos de brillantes y cálidas estrellas. Tanto, que su luz era naranja. Esa silueta le hacía sentir cosas que le eran difícil de explicar, pero fácil de abrazar y, a pesar de no ver un rostro o mueca, se podía notar como se expresaba. No había que hacerlo de una forma tan efusiva como Sanji, pues lo odiaba, pero se dejaba querer con todo el corazón. Tenía una delicada forma de andar y, a pesar de ser un desdoblado dibujo de su cabeza, podía escuchar una risa cantarina, casi como la de un petirrojo.

"¡Capitán! ¡Tierra a la vista!" escuchó gritar por parte de Usopp

Suspiró, abrió los ojos y dio gracias antes de mirar.

Era la segunda isla a la que llegaban después de navegar sin su única navegante por más de cinco meses. No quería admitir que era humillante el gran retraso que tendría ante Torao o Jaggy, pero no podía hacer nada más. La única isla que se habían topa no era muy poblada, solo para el log-pose y los víveres, pero poco más. La ausencia de ella había pesado tanto, que no sentía que se hubiera movido de aquel lugar.

Simplemente se había quedado en aquel día que ella los había abandonado.

No quería admitir que cada vez dibujaba más a aquella silueta como Nami, perfeccionando cada pequeño recoveco de galaxia, sombra y destello en una figura celestial que podía abrazar en sus mejores sueños. Cada vez estaba más con los ojos cerrados, dejando que el pasar de los días fluyeran con tal de seguir teniendo presente a aquella silueta a su lado. Y, de pronto, esos días se habían vuelto los meses más largos de su vida.

Pero había que pisar tierra firme y comer la más grande de las tartas de mandarinas.

Pensó que ya estaban atracando cuando todos se fijaron que era una isla con presencia de la marina. Todos suspiraron, decepcionados. Necesitaban comprar y no podían esperar, a lo que decidieron rodear la isla, esconder el navío y reducir el tiempo lo máximo posible el tiempo en aquel lugar.

Disfrazados de la mejor forma, Zoro, Jimbe y Chopper se quedaron vigilando Sunny. Luffy, con el disfraz menos elaborado, se dejó llevar por las pintorescas calles del pueblo, apartándose del resto del grupo. No podía negar que, después de estar con solo el inmenso mar como paisaje, alegraba la vista ver exageradas vidrieras de llamativos colores, de las paredes rocosas de las casas y la paz del pueblo. Nadie lo conocía y eso le dejaba probar los dulces que aquellos puestos le dejaba,

Seguro que a ella le hubiera gustado este sitio… - pensó por un momento Luffy

Al darse cuenta de su pensamiento, se paró en seco. Sacudió su cabeza y siguió adelante, borrando cualquier idea. Quería evitar ese supuesto o siquiera tenerla a ella en mente, ya que siempre lo acompañaba esas molestas sensaciones a las que no quería hacer frente. Esa extraña mezcla de mariposas que no le dejaba comer tranquilo y deseaba probar cosas que no quería decir en voz alta. De la misma forma, habían ideas y sensaciones, que bajaban tan rápido como lo hacían subir, por lo que se sentía tan mareado que no quería ni estar en la cabeza del Sunny. Y había algo que no quería admitir, ese incómodo calor…

No, no era el momento y el lugar.

Luffy siguió descubriendo aquel pueblo, esquivando los pocos marines y probando dulces, hasta que dio con una extraña cafetería. Estaba apartada, era algo oscura y, cuando quiso entrar, la puerta chirrió con tal intensidad que más de una mirada se giró hacia él. Como siempre, los ignoró y fue a la barra, en donde pidió una buena jarra y algo que lo acompañara.

Nada más llegar el pedido, quiso devorarlo de inmediato, pero un muy reconocible aroma a mandarinas inundó de golpe sus fosas nasales y paró sus manos a escasos centímetros de la comida. Ese olor afrutado iba acompañado de un toque floral, algo que, claramente, le pertenecía a Nico Robin. Sin perder un solo segundo, empezó a buscar el origen de ese aroma que tanto chocaba con el natural del lugar.

En una esquina, apartadas, algo en las sombras, pudo distinguir a su leal nakama. Estaba riendo y hablando animadamente con alguien que no terminaba de distinguir. Su espalda era como el de las siluetas que estaba imaginando, con ese color vibrante, pero con una gran diferencia: que verla real, le estaba dando esas emociones y sensaciones de las que tanto quería huir.

Era ella, sin duda alguna.

"¡Nami!" gritó pletórico al ver que era la muchacha con la que Robin estaba hablando.

Luffy no pudo contenerse ningún solo instante. Verla ahí, hablar con su nakama, con aquella suave sonrisa, un poco manchada por algo que no podía diferenciar, era algo que no se esperaba y era la mejor de las sorpresas. Finalmente, tras meses a la deriva, ahí estaba a la única persona que los podía llevar a la aventura, la única mujer que veía como su navegante…

Sin perder un solo segundo, saltó todo obstáculo hasta llegar a su lado. Se abalanzó sobre ella, buscando ese efusivo y necesitado abrazo. Añoraba su calor, el suave contacto de su piel, ese fuerte olor a mandarinas y, sobre todas las cosas, que ella le devolviera con la misma intensidad ese abrazó.

Sin embargo, ella se apartó de una forma torpe y pudo ver la desaprobación en sus bellos ojos castaños. No lo miraba, solo a la arqueóloga, quien seguía con su rostro impasible y aquella taza de porcelana entre los dedos. Confuso, quiso insistir, pero ella terminó por levantarse de la silla y darle la espalda.

Ofendido, quiso reclamarle que no se fuera de su lado. Que le explicara al detalle porque se había marchado. Que no le permitía que volviera a hacer esa estupidez y que siempre le perdonaría sus faltas. Porque ella era Nami, su navegante. Sin embargo, al querer tocar su hombro derecho, lo noto.

Dio un paso atrás.

Su mirada escrutó cada centímetro de Nami.

Y simplemente sé quedó en el sitio, sin saber que decir.