No sabía cuál era peor prisión: su habitación o su cabeza.
Law no dejaba de dar vueltas en la pequeña sala, tumbarse en la gran cama, ducharse o tomar algo del minibar, buscando borrar aquella imagen de Nami con Luffy. Sabía que las lucubraciones y los estrambóticos escenarios eran simples sombras de todo aquello que llegaba a imaginar de un momento que podía significar el todo y la nada. Aunque no podía dejar de crear mil y un momentos de ellos dos, al ver a Nami en una situación que con él jamás había estado.
De solo pensar en ese momento, esos odiosos celos lo invadían una vez más.
Ese maldito grado de intimidad, ese visible lazo, aquella perfecta burbuja entre ambos, las sonrisas, las miradas, de lo que fuera que estuvieran hablando con tal intensidad que llegaba a opacar el resto del mundo…
Todo ello sin un beso y a penas contacto.
Todo ello con otro pelinegro.
Y él, como un estúpido, mirando de lejos, interpretando el papel del espectador inútil, sin hacer absolutamente nada más que salir corriendo de aquel lugar, como un mal despechado. Siendo completamente consciente de que, en ese momento, por mucho que tuviera su impoluto uniforme de capitán marine, carecía de cualquier autoridad para poder romper con aquella burbuja y decirle a Luffy que, aquella hermosa mujer, era de él. Más cuando sabía que las cosas estaban extrañas entre ellos después de que no pasaran su primera noche juntos. Y él, como un estúpido, mirando de lejos, interpretando el papel del tonto que s
¿Qué podría recriminarle a alguien con la que no había dibujado bien los límites de su extraña y carnal relación?
No.
Simplemente no.
Y esa palabra de dos sílabas lo tenía completamente desencajado. Desde ese día, tampoco sabía bien que eran. ¿No debió ser una noche de agradecimiento solamente? ¿Era el inicio de una de esas historias de libro? ¿Qué demonios eran? Nuevamente, silencio. Nunca habían hablado, solo él había ejercido su autoridad sobre ella de tal forma que se veía molesta.
Aunque, ¿si había marcado bien como ella era de él, no decía que también ocurría a la viceversa? ¿No estaba cómoda con él?
Y, a todo ello, se debía sumar la bizarra situación con Corazón y aquellas red flags. Nunca dudaría de su tutor y, si él la estaba investigado por algo, aunque fuera muy pequeño, para él era más que suficiente. A penas le había dado datos debido a la privacidad de la Marina, pero confiaba en el rubio, así que no había lugar a dudas.
Harto de ahogarse en su propia tormenta emocional, sin saber cómo siquiera dar una respuesta real a todo lo que estaba ocurriendo, Law terminó por buscar un outfit casual y salir de la habitación. No podía más consigo mismo y estar en aquellas cuatro paredes solo lo oprimía más y más.
Nada más salir a la calle, se dio cuenta de que era de noche. Noto un poco de hambre y como, siendo consciente de que aún no quería ver a Nami, se dirigió a otro establecimiento. Sabía que era un buen momento para regresar a la fortificación, ya que no solo empezaría a poner distancia entre Nami y él, también le serviría para tener de cerca a sus nuevos enemigos.
Aunque la idea de compartir techo con alguien tan loco como Luffy y toda su extraña tripulación de pirados… no.
Terminó por entrar en otro restaurante. Era algo más familiar, de aquellos que la música ambiente, que se opacaba por las familias y el ruido de las cocinas. Él solo, en una esquina con un plato de arroz con pollo y curry, saboreando cada cucharada queriendo borrar todos los pensamientos negativos que había tenido hasta la fecha.
Pero ni el fuerte sabor de las especias, ni el fuerte olor de la cerveza casera, ni tierno pollo podían ayudarlo de la misma forma que un encuentro con su sirena. Si bien pudo dejar de pensar en ella mientras masticaba, aquella muchacha de cabellos naranjas había logrado tocar las fibras más sensibles de lo más profundo de su corazón.
Al salir, decidió coger el camino más largo de vuelta, decidiendo su próxima agenda en contra de aquella vaga marina que tenía delante de él. Con sus esquemas y planos mentales, estructuró varias ideas, sin fijarse en como de a poco, se iba quedando solo en las nada concurridas calles, completamente perdido en la idea de cómo organizar grupos de trabajo y obligarlos a sudar la camiseta de la marina, en lo que por accidente chocó con un gyojin.
La sorpresa se hizo más que visible en su rostro. Algo que el hombre pez paso por alto y siguió caminando sin prestar atención a su presencia y reacción.
Era cierto, a sus ojos él debía ser un simple humano caminando, no el capitán marine.
De igual forma, Law lo siguió con la mirada hasta cruzó la siguiente calle, perdiendo al gyojin de vista. No se pudo fijar si tenía algún tatuaje, pero al no recordar que la gran mayoría de habitantes eran humanos, por fuerza debía ser de la banda de Arlong.
No se había perdido de su mente como ese, entre otros tantos carteles de se busca, eran piratas perdidos de una larga lista de se busca.
Sabía que ya no lo podía seguir, pero entró en el callejón del que salió. No estaba del bien iluminado, había basura en las esquinas y su olor era más que cuestionable. Igualmente entró y escuchó unos pequeños sollozos. Eran como los maullidos rotos de un gato, que tenían mayor eco por la soledad de dicho callejón. Solo entonces parpadeó para percatarse de como una delicada figura femenina se acercaba a trompicones. Se veía herida, maltrecha, con un caminar bastante torpe, del cual se podía intuir que le habían dado una golpiza. Asombrado, se acercó a ella, pero antes de que pudiera reaccionar, le dio un manotazo y siguió adelante.
Era Nami.
La bella Nami, con moretones en las partes visibles de la piel.
Insistió más, pero ella se revolvía como una gata que no quería estar presa de él. Harta de su insistencia por caminar sola a donde fuera, la agarró fuerte del brazo y pegó contra su pecho, mientras que usaba la habilidad de su fruta para poder transportarse con un shambles tirando una de las monedas que tenía en el bolsillo. Tras varios tiros, pudo llegar finalmente a su habitación, donde la tiró de mala gana contra la cama y buscó su querido botiquín.
Con esa mejora en la iluminación y notando el líquido secarse en sus manos, pudo fijarse en cada herida abierta y moretón. Ella insistía con taparse, con cierta ansiedad, mientras que era incapaz de mirarlo en ningún momento. Molesto con su esquiva actitud, la empujó nuevamente a la cama. Ella se quejó, mientras que se revolvía entre las sábanas, sin poder escaparse de como él se posicionaba encima de ella, cerrando sus caderas entre sus rodillas.
Por fin, tras 24 horas, se miraban frente a frente. Chocando un brillo dorado de los ojos grisáceos de Trafalgar, de genuina preocupación, mientras que los orbes de chocolate de Nami estaban completamente opacados por unos sentimientos tan negativos que llegaban a abrumar al más incauto.
"Además de marine, debías tener habilidades de una fruta del diablo… estupendo" musitó ella finalmente, con cierto desagrado en su tono de voz.
"Deja de ser tan terca" le respondió en el mismo tono enfadado.
"Tan solo, no me quites ninguna prenda"
Él asintió, sintiendo que era un acuerdo muy a medias y, sin perder el equilibrio, de a poco fue curando sus heridas. Sentía el mundo arder y no dejó de quedarse de que por lo menos acomodara sus prendas hasta que la curara bien. Sin embargo, podía respirar la decepción y el dolor que su cuerpo expresaba. Podía notar como ella simplemente no aceptaba que estuviera descubriendo datos suyos que, claramente eran de su desagrado.
Una vez terminó, ella expresó que quería ducharse. Se apartó para que pudiera usar su baño, aunque por un momento, agarró su aun maltrecha muñeca. Ella se quejó y le dio una muy mala mirada, de la cual él sintió que el mundo se paraba, para mal. La quitó y se quedó con las ganas de hablar.
La decepción era más que palpable en el marine. ¿Solo ella tenía derecho de enfadarse de aquella manera? ¿Y él? Vale que no estuvieran siendo la pareja más honesta del mundo, pero tampoco podía indignarse de aquella manera.
Indignado, se levantó de la cama y entró en el baño. Lo primero que le sorprendió fue la densidad del vapor, ella debía estar bañándose en agua hirviendo para que alcanzara tal opacidad. Por otro lado, no dejaba de escuchar el ruido del bote de gel y, cuando se fijó en la perfecta figura de la mujer de cabellos naranjas, se fijó que la espuma también era una cantidad generosa.
Law tragó seco. Era como observar un espejismo del desierto. Ella no estaba haciendo nada de un simple juego de seducción, no estaba inmersa en atraparlo o haciendo el mínimo esfuerzo para llamar su atención. De una forma automática, se desnudó a medida que se acercaba a ella y, antes de que pudiera quejarse o decir nada, simplemente la abrazó por detrás.
"No mires" suplicó ella, temblando a pesar de la temperatura del agua que estaba usando en ese momento.
"No te enfades" demandó de vuelta, reafirmando su agarre con tal de que no se pudiera escapar de tener un momento íntimo "y vamos a la cama"
"Ve primero"
A regañadientes, tuvo que acceder. Aun desnudo, terminó por esperarla sentado al borde de la cama, dando la espalda a la puerta del baño. A pesar de querer hablar tantas cosas con ella, de ponerse al día con todo lo que tenían pendiente y querer despejar cuál era su relación con Luffy, no podía dejar de pensar que quería estar con aquella mujer de inmediato.
Notó como de pronto, se pagaron las luces. La habitación apenas estaba iluminada y, sus ojos solo podían ver negro en un parpadeo. Notó una gruesa tela delante, un fuerte tirón y, sobre todo, sus delicadas manos pasearse por cuerpo, dejando un hormigueo del que no podía escapar y le dejaba la piel de gallina.
"Nami-ya…" suspiró su nombre mientras notaba como sus manos se deslizaban por su húmedo torso desnudo
"Déjate llevar" susurró en contra de su oído ante de dar una pequeña y placentera mordida.
Law se inundó en un mar de sensaciones placenteras, con el corazón a mil por hora, completamente a merced de aquella sirena. Solo podía suspirar, jadear y gruñir ante las placenteras caricias de la señorita, el paseo de su lengua, el delicado tacto, notando constantemente como su sudor se entremezclaba con su humedad por la ducha. Le llegaba a susurrar cosas al oído en un tono perdido en su propia lujuria, del que solo le provocaba querer responder, pero era imposible ante la intensidad que ella proyectar. La temperatura no dejaba de subir y sus manos, impotentes, querían alcanzarla, pero ella esquivaba cualquier contacto hasta, finalmente, su erección se rozaba con una boca.
Antes de que pudiera articular una sola vocal, ella selló sus labios y notó como entraba en ella. Escuchó como gemía en contra de su boca, en lo que se acomodaba. Sus manos fueron las que guiaron las suyas hasta llegar a sus finas caderas y notó como sus uñas se clavaban en la espalda, iniciando un fuerte vaivén al que debía ayudar. Pero su ayuda iba con intereses, bajando un poco más hasta sus firmes nalgas.
Escuchar sus gemidos reprimidos en contra de él eran su nueva adoración. Buscó llegar hasta el final, profundizando hasta la fibra más sensible de ella. Necesitaba todo de ella y, siquiera notar su piel completamente desnuda, en la forma más primaria, solo acrecentaba esa necesidad. Ella lo terminó por ahogar en sus modestos pechos, en lo que notaba como se corría sobre su miembro y, a pesar de ello, seguía en ese fuerte bote del cual solo él podía apremiar para llegar al punto más alto.
Aunque sonara algo asqueroso y básico, quería ser el único que pudiera correrse dentro de ella.
Aun dentro de ella, la abrazó fuerte mientras se dejaba caer sobre la cama, acomodándola sobre su pecho en lo que recuperaba el aliento en una respiración lenta pero constante. Quiso quitarse la venda, verla completamente desnuda y extasiada por su propia iniciativa, pero ella lo paró. No comprendía su pánico tras compartir tantos encuentros de esa índole que podía asegurar que su piel tenía su esencia tatuada.
"Nami-ya…"
"No lo hagas…" pudo verbalizar ella mientras se acomodaba y hacía que su miembro saliera de ella "por favor…"
Aun borracho de la pasión que había bebido de ella, simplemente asintió y subió sus manos por su esbelta figura hasta acariciar sus cabellos, pudiendo besar su coronilla. Ella siguió ese movimiento, con esos finos dedos temblando, cerciorándose de que no se quitara la venda. Ella se acomodó mejor para robar breves besos de aquellos desgastados labios. Law, completamente sumiso, solo podía implorar por más roces como aquellos labios que lo enmudecían con ese simple gesto.
Perdió la cuenta y la hora, solo podía estar pegado a ella, buscando atenciones y mimos como un pequeño, en un juego bastante suave por parte de la peli naranja. Ella ya había dejado claro que no quería hablar, solo compartir ese íntimo momento. Sus manos estudiaron cada herida, cada milímetro de su piel a ciegas, dibujando su figura en la mente, aumentando la intensidad en lo que ella lo guiaba y susurraba de tal forma, acompañada por unos movimientos que desencadenarían un nuevo encuentro.
Constante.
Solo ellos dos, en su forma más primitiva.
Con una necesidad que solo la persona que lo acompañaba lo podía hacer.
"Eres mío, Law, solo mío" llegó a escuchar la entrecortada y extasiada voz de su amante mientras repetían esos actos lascivos que lo enloquecían cada vez más.
Ni un pirata, ni un compañero marine, ni un enemigo… nadie había hecho a Trafalgar D. Water Law ponerse de rodillas. Nami, la simple camarera y trabajadora de un puesto de frutas, era la primera y única mujer que lo había logrado.
A la mañana siguiente, Law despertó sin la venda. Parpadeó varias veces hasta darse cuenta de que aun estaba al lado de ella, acurrucados bajo las muy enredadas y algo manchadas mantas. Acarició sus cabellos y estuvo tentado a mirar debajo para ver su desnuda figura, sin embargo, decidió respetar su intimidad y simplemente se fue a dar una ducha helada, dispuesto a enfrentar el día.
No podía negar que aun se sentía en una nube. Después de amanecer sin ella, verla feliz al lado de otro hombre y en un estado algo golpeada seguramente por hombres pez, no se imaginaba que tuvieran tal fuerte noche.
Si que le llamaba la atención la insistencia la dejara ver con su ropa más bella, ella al desnudo, pero tampoco la quería presionar más de lo que debía. Bajo el agua helada, se dio cuenta de que era un buen momento para aclarar, conocerla un poco más y saber cómo, aquella hermosa y única sonrisa de oreja a oreja podía ser suyo.
Al salir, con una toalla solo tapando de cintura para abajo, observó que Nami se estaba levantando y vistiendo a toda prisa. Se la veía apurada y, sobre todo, muy nerviosa. Más al notar como ya había salido del baño.
"Llegaré tarde a la taberna…" se excusó rápido. "ya me debe estar esperando…"
¿Quién la estaba esperando? ¿Por qué esas prisas? Un puntazo de celos le cayó en las costillas.
"¿A ver a Luffy?" preguntó a bocajarro, sin disimular su asco
"¿Perdón?" preguntó ella asombrada
"Te vi con Luffy en el callejón… ¿También es tu amante?"
Aquellas preguntas sonaban a una pareja completamente recelosa de sus compañías. Nami paró en seco, solamente faltando los zapatos por calzar, dedicando una mirada no solo de desagrado, también de pura decepción. Dando a entender que no le gusto esa reacción en lo absoluto.
"No" respondió con tono seco
"Nami-ya…"
"Law" lo paró antes de que pudiera pedir todo lo que realmente quería saber de ella "¿Lo has visto?"
Aquella pregunta descolocó por completo al capitán. Negó con la cabeza, pensando que se refería a su cuerpo desnudo. Nami suspiró, con un alivio más que sospechoso. Pero no iba a insistir, pues podía ver como ella no quería seguir con esa conversación ni con nada. Igualmente, Law no podía evitar odiar como no conocía nada de ella.
"Esa hermosa sonrisa… solo la quiero para mí, Nami-ya. Te quiero solo para mí" habló el lado más posesivo e infantil de Trafalgar.
"¿Y cómo?" preguntó ella, dejando asomar cierto enfado "¿Quedándote en un lugar que no te interesa lo más mínimo? ¿Obligándome a ir contigo si te mandan a otras islas? ¿haciéndome esperar como una idiota, con tu hijo, mientras tienes aventuras bien lejos? No, gracias, pero no. No es para nada el futuro que dibujo, sabiendo que eres un marine con una fruta… dime, ¿Quién más lo sabe?"
Law quedó mudo. Era la primera vez que alguien le habla de esa forma. Y aquello lo había enfurecido. No era para nada el dibujo que tenía de una buena mañana a su lado y, verla tan a la defensiva, solo creaba cierta rabia. Como si tuviera que seguir alguna norma no escrita… y Trafalgar nunca caía en esos juegos.
"Márchate con Luffy entonces. Qué él te haga gemir como yo"
"Luffy por lo menos no me hace estas preguntas y me hace sentir bien sin tener que metérmela"
Con esa hiriente afirmación, Law vio como aquella sirena de cabellos naranjas terminaba de marcharse sin compartir una sola silaba más, dándole a entender al capitán del norte que sabía que no quería seguir en el este, se marcharía sin ella y, muy malamente, tenía algo que ver con el otro capitán del este y, al que vería a partir de ese momento como rival, Monkey D. Luffy.
