Esta pareja necesita más amor y entonces tuve que hacer ésto owó


Después de finalmente resolver sus diferencias, Yudias y Zwijo unieron fuerzas para detener la guerra en Velgear de forma pacífica con Rush Duels. Yudias estaba feliz de que finalmente Zwijo aceptara su punto de vista y, permaneciendo en Velgear, comenzaron un plan para difundir la paz entre sus enemigos.

Transcurrieron semanas y todo parecía bastante bien; hasta ahora sus enemigos estaban aceptando tener Rush Duels y parecían hasta disfrutar de ello.

Zwijo la mayoría de las veces se mantenía al lado de Yudias cuando éste combatía en duelo, como espectador, ya que podría ser peligroso... o eso decía. Sin embargo, Yudias dudaba de que pudieran estar en un verdadero peligro. Claro, ignorando el hecho de que la ciudad Mutsuba, Velgear y sus amigos se vieron en problemas anteriormente por tener duelos.

¡Pero aquí no había problema! Mejor resolver las cosas así que con armas.

Hoy, Yudias, ahora comandante, estaba contra un enemigo mientras Zwijo observaba a un lado como usualmente.

"¡Equipo a Galáctica Xiphos con Galáctica Oblivion!" dijo el ojiverde mientras colocaba las respectivas cartas en su disco de duelo. "¡Ahora! Ataco a tu monstruo con—," de repente, un fuerte tosido interrumpió el duelo.

Zwijo comenzó a toser, y Yudias se detuvo unos momentos para observarlo. "Zwijo, ¿estás bien?"

El otro velgeriano continuó tosiendo hasta que sintió algo en su garganta, escupiendo después en su mano un pétalo de flor, cosa que lo dejó perplejo.

Existía un mito de que los velgerianos podrían sufrir de la enfermedad de Hanahaki. Pero era sólo eso, un mito, un cuento de hadas, y aunque parecía muy poco probable que pudiera ocurrir en la vida real, Zwijo ahora estaba, ocultando hábilmente en su puño, el hecho de que ahora podía toser flores.

En serio esperaba que esto fuera alguna clase de nueva habilidad extraña que El Creador había puesto en él desde un inicio por puro capricho.

Toser flores era… humillante.

Pero ahora no era el momento adecuado para esto… lo que sea que esto fuera. Yudias estaba en un importante duelo y para nada quería interrumpir ni preocupar a su ahora comandante, por lo que mantuvo en todo momento una expresión neutra y seria tan fácil y practicada que nadie notaría nada malo.

"¿Zwijo?"

"No es nada," lamentablemente su voz lo delató, ya que su garganta estaba toda rasposa ahora. Aún así, podía seguir disimulando. "Algo de irritación en mi garganta, nada más. Concéntrate en tu duelo, tu oponente espera tu próximo movimiento," afortunadamente nadie presente alcanzó a ver el pétalo color azul que yacía su puño. Sin embargo, su expresión perfectamente trabajada para verse impasible era algo que Yudias sí podía detectar: sabía que Zwijo estaba preocupado y hasta molesto, pero no sabía por qué.

"¡Oye! ¡Querías que jugara a este maldito juego, así que presta atención!" se quejó enojado el enemigo, haciendo que Yudias se centrara nuevamente en el duelo y su oponente.

"¡A-Ah, lo siento!"

Y ahora que el duelo se había reanudado, el ex-comandante podía pensar un poco sobre lo que estaba pasando.

Hanahaki, qué aflicción tan miserable.

Según cuentan, uno puede comenzar a toser flores cuando uno está… perdidamente enamorado de alguien. Hay muchas variaciones, tanto como que es por amor no correspondido, como que solamente es un sentimiento muy intenso. Lamentablemente, todas las variaciones llevan a una conclusión, Hanahaki es incurable a menos que sus sentimientos sean correspondidos.

Que el corazón de uno lo lleve a tal humillación y debilidad iba en contra de la naturaleza misma de Zwijo como guerrero. Y sin embargo... no podía negar lo que estaba sucediendo dentro de su propio cuerpo.

Sus ojos violetas vagaron inconscientemente hacia Yudias mientras éste continuaba su duelo.

Era él. No había ninguna otra opción.

Si está enfermedad era algo real, y vaya que no hay forma de negar el pétalo escondido en su mano, Zwijo solo podía pensar que Yudias era la única opción.

¿Pero en serio era amor? El no se sentía así. Claro, apreciaba a Yudias más que a nadie en la galaxia entera y haría cualquier cosa por él. ¿Pero amarlo? No podía creerlo.

¿Sospechaba Yudias algo? Zwijo esperaba que no. El otro ya tenía suficiente en que concentrarse como para preocuparse por unas estúpidas flores.

Por ahora, solo podía esperar y observar, ocultando sus síntomas lo mejor que podía.

El duelo continuó.

Afortunadamente, no sintió la necesidad de toser más flores durante el resto del duelo. Y así, parece ser que todos olvidaron completamente que su compañero actuó un poco extraño momentos atrás. Incluso Zwijo se sintió que, lo que fuera que haya sido eso, tal vez fue evento de una sola ocasión y no había realmente necesidad de preocuparse por nada.

El duelo terminó y afortunadamente su oponente aceptó con entusiasmo esta opción pacífica. "¡Esto es realmente divertido!" elogió el alienígena antes de ir y abrazar a Yudias en una muestra de afecto.

"¡Ja, ja, ja, gracias por entender!" El joven velgeriano rió contento y regresó la pequeña muestra de afecto a su ahora ex-enemigo. Era la primera vez que un oponente se ponía tan feliz de haber perdido, pero Yudias estaba más que de acuerdo con gestos afectuosos y pacíficos.

Zwijo en cambio se inquietó internamente ante el repentino contacto físico entre ambos, claro, su expresión no denotaba absolutamente nada, sabiendo que tales muestras de camaradería y confianza eran necesarias para cimentar la frágil paz que estaban forjado.

Sin embargo, aquella comezón en su garganta regresó.

"Ejem… creo que es suficiente por hoy. Debemos planear el siguiente campo de batalla," con una voz rasposa que fallidamente intentó disimular, sus ojos se dirigieron brevemente hacia su ahora aliado en la paz. "Le agradecemos pueda ayudarnos a difundir los Rush duels a sus camaradas y reiterar que estamos en contra de la guerra y violencia. Asimismo, ofrecemos nuestra ayuda para cualquier tema no violento donde pudiéramos dar soporte," Zwijo ofreció un apretón de manos por puro protocolo solo para despachar a su invitado.

Cuando el otro alienígena finalmente se retiró, Yudias miró a Zwijo con bastante intensidad, examinándolo.

Parecía estar bien... pero era obvio que estaba bastante distraído con algo.

"¿Estás bien?" preguntó nuevamente, acercándose a su compañero mientras su expresión se tornaba preocupada.

Zwijo resistió el impulso de alterarse ante tal gesto. Tan reservado como siempre, pocos podían afirmar conocer sus pensamientos. Lamentablemente Yudias siempre había podido ver a través de él, maldita sea su perceptividad.

Decidiendo que no iba a preocuparlo más de lo que ya se estaba alterando, decidió responder con una expresión firme, una máscara ante sus emociones. "Estoy bien. Solo..." dudó, eligiendo sus palabras cuidadosamente para tranquilizarlo sin revelar la verdad completa. "Como dije, aún me molesta la garganta. Pero no impedirá nuestro trabajo. No te preocupes por mí; he soportado cosas mucho peores en batalla," era lo más cerca que estaría de admitir que algo andaba mal. Odiaba parecer débil, pero tampoco deseaba mentirle a… su camarada.

"¿Tienes la garganta irritada?" preguntó el más bajo, inclinando la cabeza. "En ese caso, deberías tomarte un día libre, Zwijo... es mejor descansar ahora antes de que esto pueda terminar en una gripe," pensó que el otro estaba teniendo los primeros síntomas de un resfriado común. "¡No te preocupes por el trabajo! Puedo arreglármelas solo, tú vuelve a tu habitación y descansa".

"¿Y dejarte enfrentar a nuestros próximos oponentes solo? Nunca. Se necesita más que una mera irritación para derribarme," aunque entendía que el otro estaba siendo amable, no necesitaba descanso. Necesitaba soluciones.

Y sinceramente, tampoco quería dejar a Yudias solo. ¿Qué tal si algo malo le pasaba? Tenía que estar ahí para estar seguro que ningún enemigo quisiera regresar a usar sucias tácticas violentas contra el ingenuo velgeriano.

"...Zwijo..." Yudias llamó amablemente, pero firme, interrumpiendo su tren de pensamientos. "Estoy bien por mi cuenta," confirmó una vez más. "Y, pensando de esa manera, es mejor que descanses uno o dos días antes de que esto empeore y necesites estar en cama por una semana completa por estar enfermo."

Zwijo puede ser terco. Pero Yudias también lo era cuando la salud de un amigo estaba comprometida.

El más alto hizo una pequeña mueca, tenso. El tono gentil pero firme del menor lo tomó por sorpresa, al igual que la tranquila preocupación en esos hermosos ojos verdes de Yudias.

Ah…

Su pecho se siente extraño ahora.

Pasó un largo momento donde Zwijo solo miraba a Yudias con varios sentimientos que ya no sabía controlar ni entender. Se sentía perplejo por el suave regaño pero a la vez irritado por lo mismo. Y a la vez, no podía evitar sentir quién sabe qué cosa observando esos brillantes ojos.

Mejor no seguir pensando en esto. Suspirando pesadamente, decidió ceder por ahora. "Te preocupas demasiado," gruñó, pero su voz ya no tenía filo. "Un guerrero no flaquea, sin importar la dificultad." Sus ojos encontraron los de Yudias firmemente. "Sin embargo... concederé esta batalla, si no la guerra. Tomaré un día de descanso solo para que estés tranquilo."

"¡Muy bien~!" sonrió feliz y cálidamente hacia él. "Descansa, Zwijo… más tarde te llevaré la cena a tu habitación."

Zwijo asintió brevemente en respuesta, sintiéndose extraño ante la cálida sonrisa del menor. Se aclaró la garganta, que se le había tensado incómodamente otra vez, antes de girar para dirigirse a su respectiva habitación mientras el otro retomaba sus deberes.


Fiel a su palabra, se retiraría a su habitación, pero no era momento de descansar o estar de ocioso. Una vez solo, se puso a investigar esta extraña enfermedad con determinada calma. No era que realmente estuviera preocupado por lo que pudiera pasar con él, sin embargo, no quería ser una carga ni molestia para los demás, sobre todo para Yudias.

Un día no era suficiente para resolver tal misterio, pero era un comienzo. Además, centrar su atención en el enigma ayudaba a ahuyentar otros pensamientos… inquietantes, que intentaban infiltrarse cada vez que esa suave sonrisa se le venía a la mente, y que le causaba esa extraña sensación en el pecho.

Como era de esperarse, no había ningún libro que describiera la enfermedad de Hanahaki, al menos no a plena vista, apenas algunos cuentos infantiles la mencionaban brevemente, pero no pasaban de referencias artísticas.

Y así transcurrió el día, enfocado en una investigación a partir de bases de datos, disponibles en la nave, que podía acceder fácilmente desde su habitación.

Ya de noche, alguien llamó a la puerta y sin esperar realmente una respuesta, este alguien entró como si nada, cargando una bandeja de comida en manos. "¡Hola, Zwijo! ¡Te traje la cena!" comentó alegre Yudias, quien había decidido dejarle su espacio para descansar.

Zwijo, con toda la frustración y rigidez en sus hombros, levantó la vista de un artículo que había estado estudiando intensamente y rápidamente camufló su expresión al notar que era el ojiverde.

"Yudias," murmuró en un saludo antes de guardar la inútil investigación con un ceño fruncido, apagando la pantalla de la tableta y dejándola descansar sobre la mesa. "¿Ha habido contacto con la siguiente facción?" intentó disimular con una conversación trivial.

"Solo un par de duelos después del último con Ducray… todo bien," respondió mientras pasaba y le entregaba a su compañero un plato de sopa. "Toma, esto te hará bien para la gripa," ofreció con una dulce sonrisa mientras se sentaba en el borde de la cama del mayor, decidiendo estar cerca por si Zwijo se sentía débil o requiriera ayuda.

"Gracias," y para agregar al listado de cosas humillantes en el día, su estómago hizo un ruido vergonzoso cuando pudo percibir el fragante aroma de la sopa. Al haber estado tan concentrado todo el día investigando, había olvidado comer y ahora su cuerpo le reclamaba.

Aún sentado en el escritorio, decidió probar el caldo, el cual logró calmar su garganta irritada, mas no su mente agobiada.

"Cuéntame los detalles, ¿hubo algún inconveniente? ¿Nadie se portó agresivo?" preguntó con genuina preocupación antes de tomar una cuchara y nada más. No comería hasta confirmar qué Yudias estaba bien y que nadie le había puesto un dedo encima.

El joven Velgeriano sonrió y negó con su cabeza. "No te preocupes, como dije, todo salió bien y sin complicaciones."

Esa sonrisa y palabras fueron suficiente alivio para su cansada mente, por lo que, después de afirmar como signo de haber escuchado, reanudó su cena. "Quiero imaginar que ya cenaste, ¿verdad?"

"¡Umn!", el menor afirmó vibrante como siempre y Zwijo no pudo evitar una pequeña sonrisa. "¿Y tú? ¿Has estado leyendo?" preguntó mientras movía las piernas como si fuera un niño en una sala de espera.

Antes de tener una respuesta, sus ojos verdes se posaron en un pétalo azul que estaba en el suelo, el cual tomó para juguetear con él.

El rubio, al notar hacia dónde miraban esos ojos verdes, no pudo evitar tensarse, sus ojos se estrecharon al ver el indicio del pétalo que ahora giraba entre los dedos del otro.

Aun así, un pétalo no debería ser indicio de nada para el menor, por lo que decidió disimular el tema.

"….Sí, pasé el tiempo leyendo. Nada en particular," comentó mientras terminaba su sopa, por ahora el resto de la comida podía esperar. Ya no tenía hambre así que dejó la bandeja a un lado.

Para su mala suerte, el menor encontró otro pétalo y otro más, los cuales fue a recoger.

No podía creer que hubiera sido tan descuidado en su propia habitación. Zwijo ya estaba sudando frío esperando que el otro no se diera cuenta de la humillante verdad.

"¿Te gustan las flores?" Preguntó el ojiverde con su tan perfecta y preciosa sonrisa. "Ah, hay también en tu hombro," y con toda la confianza del mundo, Yudias se acercó para tomar dicho pétalo.

Zwijo se tensó, su pecho se contrajo con la cercanía e instintivamente buscó apartarse del otro, levantándose de la silla y sintiendo otra vez esa horrible sensación en su garganta.

No pudiendo evitarlo, volvió a toser. Lamentablemente esta ocasión no tuvo oportunidad de reaccionar y algunos pétalos volaron alrededor, sorprendiendo a ambos.

Maldita sea.

"…", ante una pequeña pausa que se sintió como horas, Yudias fue el primero en hablar. "¿La enfermedad de las flores?"

Maldita sea, no podía creer su mala suerte que Yudias aparte supiera de esto.

"No te preocupes," tosiendo, giró a otro lado. "He soportado peores cosas en la vida; unas cuantas flores no me derrotarán donde enemigos más feroces han fracasado."

"¿…?", el joven velgeriano inclinó la cabeza, confundido.

Yudias conocía sobre Hanahaki por cuentos de niños. Y claro, los cuentos de niños siempre tienen finales felices por lo que, a diferencia de Zwijo, desconocía por completo que podría existir riesgos y consecuencias con esta enfermedad.

De cualquier modo, aún sin dirigirle la mirada, Yudias podía notar que su compañero estaba claramente angustiado.

"Zwijo…. No tienes que lidiar con tu enfermedad solo. Déjame cuidarte," ofreció con una sonrisa tierna. "Aparte, toser flores no suena tan mal," intentó animarlo. "Tus flores son bonitas."

"…"

Yudias era tan ingenuamente hermoso y la vista hizo que el corazón de Zwijo acelerara y la picazón en su garganta aumentara.

Tragó con dificultad, sintiendo otra vez esa punzada en su pecho mientras otra tos se acumulaba. Pero la contuvo con fuerza, negándose a toser más pétalos frente al otro.

"No soy tan frágil como para necesitar cuidados como si fuera un bebé," gruñó, aunque la ronquera arruinó la severidad que pretendía. Girándose para enfrentar a Yudias, Zwijo compuso de nuevo su expresión seria. "Y… aunque sea… 'bonito', como dices. Es algo que no quiero seguir haciendo," lo iba a dejar ahí, no quería arruinarle su… romanticismo a esta enfermedad ni mucho menos preocuparlo. "Esta enfermedad amenaza solo mi mando, mientras no comprometa nuestra misión, es mi carga para soportarla." Su tono no aceptaba discusiones.

Sin embargo, esos ojos verdes, llenos de gentil preocupación, lo hacían titubear, mientras otra punzada lo atacaba más profundamente que antes. ¡Malditos estos sentimientos por debilitar su resolución! Los dedos de Zwijo se cerraron en puños a sus costados, con las uñas clavándose en sus palmas.

"Bueno… yo creo que se ven hermosos, y dudo sinceramente que alguien te haga algún comentario sobre esto. Te respetan mucho," Zwijo soltó una pequeña carcajada ante eso, como si el mundo real fuera un cuento de hadas o como si todos tuvieran un buen corazón como el inocente de Yudias.

Yudias por supuesto, ignoró esa respuesta. "Y… si la tos te lo permite, entonces creo que no hay problema que regreses al trabajo, si eso es lo que deseas hacer, no creo que la tos empeore de todos modos."

"…"


Que El Creador bendiga esa pequeña e ingenua mente de Yudias.

Los días pasaron y, como Zwijo ya se esperaba, la tos se agravó.

Al inicio era tolerable, rachas de tos que ocurrían una o dos veces al día. Pero la secuencia aumentó y la intensidad también.

Y por supuesto, ya no era un secreto que el ex-comandante de la primera división tosía florecitas de un precioso tono azul.

Era humillante estar ahí, todos observando mientras él tenía que retirarse de la sala dejando un rastro de pétalos tras suyo.

Sus investigaciones tampoco habían dado muchas respuestas. Pudo encontrar investigaciones y teorías que hablaban sobre su enfermedad, sin embargo… nada de eso pintaba bien.

No fue hasta dos semanas después que su salud en serio se empezó a ver comprometida. Ahora los pétalos que tosía, tenían ocasionalmente gotas de sangre.

Esta ocasión, Zwijo por voluntad propia decidió tomarse unos días de vacaciones.

Tal vez, dejar de ver a la fuente de su malestar le ayudaría a sanar.

El también se estaba volviendo ingenuo.

Su primer día de vacaciones y no pasó ni dos horas antes de que Yudias tocara a la puerta.

"Zwijo, te traje algo de comer. Le hará bien a tu garganta que tomes suficientes líquidos," comentó el joven velgeriano mientras abría la puerta.

Zwijo solo gruñó débilmente en respuesta y el ojiverde lo encontró tirado en la cama… literalmente. El rubio por una vez, permitiendo que otro vislumbrara detrás de su severa fachada, aunque solo fuera por la comodidad que ofrecía estar recostado. No se sentía de ánimos para siquiera mantener una plática con el menor, mucho menos de buscar aparentar que todo estaba bien.

No se sentía bien.

Preocupado, Yudias dejó la bandeja a un lado y se aproximó a él, acercando una pequeña y muy posiblemente suave y cálida mano sobre el cuello del mayor. "¿Te lastima mucho la garganta?"

Pero, en lugar de querer confirmar si realmente esas manos se sentían bien sobre su cuerpo, Zwijo, de repente abrumado y algo atemorizado por la cercanía, optó por alejar a Yudias con un pequeño manotazo, y de inmediato una sensación de malestar le abrumó mientras la náusea lo invadía de repente. Su garganta se contrajo espasmódicamente mientras un impulso de querer vomitar ahogaba cualquier otro pensamiento.

Yudias, alarmado, ignoró el pequeño manotazo y comenzó a preguntar qué ocurría, sin embargo el rubio solo lo apartó desesperadamente, inclinándose sobre el borde de la cama justo a tiempo para que los pétalos y flores brotaran violentamente de su boca en una ráfaga húmeda de vómito.

El menor se sobresaltó ante la escena, instintivamente empezó a frotar su espalda en señal de apoyo, pero luego su mano se detuvo cuando vio la cantidad de pétalos y flores que salían de su compañero.

Pasaron momentos de dolorosas arcadas antes de que finalmente el asalto cesara, dejando a Zwijo jadeante y tembloroso por el esfuerzo. El horrible sabor de bilis y flores le recubría la lengua; escupió más pétalos en el suelo con una mueca de disgusto.

De todas las cosas malas que le podrían pasar, tenía que vomitar flores frente a la pequeña y hermosa causa de su enfermedad.

Morir era mucho mejor a estas alturas.

"Vam...bi...du," logró decir con voz ronca, avergonzado por semejante muestra de debilidad. Nunca antes su cuerpo lo había traicionado tan completamente. La preocupación brillaba fresca en los ojos verdes de Yudias, pero Zwijo lo apartó de nuevo, demasiado exhausto en ese momento para dar explicaciones. "A-gua..." Fue todo lo que pudo pedir con su garganta destrozada. Sus entrañas seguían retorciéndose de manera desagradable, amenazando con más arcadas, y las primeras semillas de verdadero miedo comenzaban a echar raíces en el pecho de Zwijo ante esta escalada.

Antes de que el menor pudiera decir o preguntar algo, se levantó de inmediato a traer un vaso de agua. "Aquí…", le pasó el vaso frío antes de sólo quedarse ahí, ligeramente perdido sobre qué hacer.

El mayor aceptó el vaso con gratitud, bebiendo lentamente para calmar su garganta destrozada. Aunque ayudó poco contra la persistente náusea y el sabor desagradable que aún impregnaba su boca.

Mientras trabajaba para calmar su rebelde estómago, Zwijo estudió a Yudias de reojo, evaluando su reacción. El otro velgeriano parecía comprensiblemente sorprendido y angustiado por este giro de los acontecimientos, con sus manos cerradas sobre sus propias piernas sin saber cómo ayudar.

A Zwijo le irritaba parecer tan débil, pero negarlo no le serviría de nada ahora. Sabía que ese secreto de que esto podía terminar mal ya no podría mantenerse, habiendo sido presenciado por el otro.

"L-Lo… siento…" Con una voz grave y áspera, se disculpó con el menor. "No era m—…"

"No te disculpes," Yudias interrumpió al notar lo drenado que se encontraba su compañero. "Si es por el manotazo, está bien, entiendo que tu garganta te duele y entonces soy yo el que debería disculparse por no haber puesto atención."

"Eso no es tu culpa…", explicó cansado, no atreviéndose a ver ni a Yudias ni al desastre que yacía a un lado de su cama. "Lo siento."

¿Por qué las cosas eran tan complicadas?

Peor a estar sufriendo los ahora horribles síntomas de esta enfermedad, se sentía horrible de haber alzado su mano contra alguien tan puro y brillante como lo era Yudias.

No había forma en que el menor siguiera queriendo permanecer cerca después de tal acto de traición ni repugnante espectáculo que le siguió.

Y sin embargo, el ángel que era Yudias, solo ofreció comprensión y esperanza.

"Todo estará bien. Lo prometo," comentó una dulce voz, tomando su mano entre las suyas.

Tenía razón. Las manos de Yudias eran suaves y cálidas.

Eran perfectas.

Zwijo se tensó al principio, siempre incómodo ante tanta gentileza. Pero el toque del otro velgeriano era cálido y tan gentil, estabilizador en su sincero cuidado y preocupación, que lentamente logró relajarse un poco.

El ojiverde no estaba realmente seguro de qué estaba ocurriendo, estaba asustado de hecho, pero necesitaba mantenerse calmado y fuerte por Zwijo. "Dime tus síntomas... ¿desde cuándo… estás vomitando flores?"

No tenía caso ocultar sus síntomas.

"Tu… sabes cuando empezó," respondió Zwijo con algo de vacilación. Admitir debilidad no le resultaba fácil, ni siquiera ahora. "Una irritación en la garganta, pronto acompañada de pocos pétalos cuando tosía. Parecía una simple molestia entonces." Frunció el ceño con una expresión sombría. "Pero como has presenciado, esta aflicción ha escalado rápidamente más allá de lo imaginable. Nunca me había enfrentado con un oponente tan insidioso como para convertir mi propio cuerpo en mi enemigo desde adentro."

Apretó su mano libre en un puño cerrado, la frustración disputándose con no poca cantidad de miedo en su endurecido corazón de guerrero. Pero se obligó a sí mismo a continuar con voz tranquila: "Ahora parece las flores se han propagado a otras partes de mi cuerpo si… tomamos este evento como un indicio. No sé cuánto tiempo más podré seguir funcionando así." Por primera vez desde que comenzó este problema floral, una verdadera sensación de impotencia y frustración se filtró en el usualmente frío tono de Zwijo.

Yudias asintió ante su explicación, entendiendo más que nada que Zwijo realmente necesitaba consuelo. El menor no era médico y claramente no sabía cómo ayudarlo en ese momento. Pero al ver la evidente angustia y el pánico en esos ojos violetas, sabía cuál era el siguiente paso.

"Ven aquí…", dijo mientras daba una palmadita en su regazo, invitándole a que se recostara y descansara su cabeza sobre él.

"…"

Zwijo se tensó reflexivamente ante la invitación, su orgullo resistiéndose a la idea de exponerse tan vulnerablemente ante otro, ante Yudias. Pero una nueva oleada de náusea lo hizo detener cualquier protesta, recordándole crudamente lo poco de control que realmente tenía en este momento sobre si mismo. Por tanto, con mucho cuidado y no totalmente de acuerdo con esto, se colocó lentamente en el regazo del menor, girando su rostro en dirección contraria al cuerpo del otro con un ruido que se asemejaba a un quejido.

Mejor ver el desastre florar de su cuarto que aprovecharse más de la bondad del menor y ocultar su rostro contra su abdomen. Idea que le atraía y a la vez le mortificaba.

Mejor no pensar en eso.

La sensación de las piernas de otro sosteniendo su cabeza y hombros era algo nuevo, incómodo en su intimidad, pero innegablemente reconfortante por la promesa de cuidado y seguridad que le ofrecía.

Con mucho esfuerzo, se enfocó en calmar su caótico interior, cerrando sus ojos y decidiendo enfocarse en esos suaves dedos que comenzaron a acariciar su largo cabello.

"Gracias, Yudias," agradeció en voz baja. El orgullo ya no podía exigir más de él; aceptaría el pequeño consuelo que se le ofreciera y rezaría para que ayudara en su recuperación.

Más que nada, deseaba escapar de esta horrorosa situación, regresar a su acostumbrado papel de fortaleza y mando. Pero por ahora, solo podía ceder el control a los cuidados competentes del menor y enfrentar cada nuevo horror a medida que llegara.

"¿Te sientes todavía con náuseas?" preguntó Yudias con suavidad mientras su otra mano descendía para acariciar suavemente el abdomen de Zwijo.

Un suspiro escapó de Zwijo ante las tiernas caricias de Yudias, los nudos en su estómago comenzando a desenredarse lentamente bajo esos toques reconfortantes. La amenaza de vómito seguía presente, pero centrarse en esa voz calmante y suaves manos lo ayudaba a anclarse en el presente.

"Aún tengo el estómago revuelto," murmuró en voz baja, el orgullo demasiado desgastado para enmascarar tal vulnerabilidad estando solo con Yudias. "Tus… manos parece ayudar a reducir la sensación, aunque sea un poco." Todavía le avergonzaba necesitar tanto cuidado, pero negarlo no le ganaría nada. La supervivencia debía ser su prioridad.

"No tienes que lidiar con esto solo. Encontraremos una solución, te lo prometo."

Escuchar la sincera promesa de Yudias le provocó emociones encontradas. Por un lado, Zwijo anhelaba entregar completamente esta implacable aflicción a manos más dignas, confiar en que el capaz guerrero que era Yudias, los liberara a ambos de esta pesadilla. Sin embargo por otra parte, aprovecharse de la bondad del menor, dejarlo cargar con esa tarea y preocupación de cuidar de él, era algo que le hacía querer alejarlo.

"Descansa, Zwijo," como si Yudias supiera que su mente estaba siendo un caos, interrumpió sus pensamientos con sus palabras, su permiso de seguir siendo egoísta. Y como si no fuera suficiente lo que ya estaban haciendo por el, el joven velgeriano comenzó a tararear una canción sin detener en ningún momento las caricias.

"No soy un bebé," protestó débilmente, encogiéndose un poco de hombros.

"Jeje, lo sé. Pero aún así, es una canción que escuché en la Tierra y quiero practicarla, así que estás condenado a tolerar mi tarareo," y el menor reanudó su gentil melodía.

Estar ahí era reconfortante, Yudias era la persona más pura y hermosa que podía existir en todo el universo, y aquí estaba, brindándole toda su atención y cariño desinteresado…

Porque Yudias era así.

Podría encontrarse a un enemigo, a un desconocido… a alguien que le hizo daño incluso… y aún así, el menor iría a ofrecer todo su apoyo incondicional a quien sea que lo necesitara.

No tenía que ser egoísta. Yudias no era suyo. No había razón para sentirse mal por recibir la bondad del menor.

Justo cuando estaba rindiéndose al cansancio, una débil tos lo obligó a bajar la mirada hacia el desastre que manchaba el suelo, viendo los vividos colores de tonos de azul de las flores que yacían en el suelo, mezclados con pequeñas gotas de sangre.

Su tos se intensificó y él solo buscó cubrir su boca.

La sensación era diferente ahora. Aún era la sensación de flores raspando su garganta, pero esta ocasión, la humedad prevalecía entre la nauseabunda sensación.

Su mano estaba ahora cubierta de sangre entre algunos pétalos igualmente completamente cubiertos en carmesí, enviándole un pinchazo de miedo a su mente que parecía nublarse cada segundo.

Era demasiada sangre para su gusto. Una mala señal, incluso sus sentidos casi desvanecidos lo sabían.

Intentó levantarse alarmado, pero volvió a caer, sin fuerzas. Por encima de él, el tarareo calmante de Yudias y sus toques suaves creaban un oasis de tranquilidad en medio de la tormenta de pánico por lo que Zwijo decidió solamente aferrarse a eso y rendirse.

Si iba a morir, este era el mejor lugar y momento, aquí con Yudias cerca de él.