Afrodita sentía la frescura del césped bajo su espalda, mientras el calor del sol de Apolo acariciaba su rostro. Su rubia y larga cabellera se extendía alrededor como un halo dorado. Estaba aburrida en el Olimpo, así que había decidido descansar en Enna y pasar tiempo con su hijo Eros, quien se entretenía lanzando flechas de amor a mortales y dioses por igual. Sin embargo, las tías y sobrinas de Afrodita habían decidido evadir el amor, escondiéndose de las flechas de Eros durante siglos. Este comportamiento le resultaba francamente irritante, ya que le había privado de sus habituales enredos amorosos para pasar el tiempo.
Podía culpar a Zeus y Hera, o a Poseidón y Anfitrite, cuyos matrimonios plagados de infidelidades habían arruinado la percepción del amor para muchas diosas. Cansada, intentó distraerse observando los enredos de los mortales, pero ni siquiera estos lograban sacarla de su tedio. "Qué fastidio", pensó la diosa, dejando escapar un suspiro.
Se levantó del césped de mala gana, sus ojos recorriendo el paisaje que la rodeaba. A lo lejos, risas cantarinas atrajeron su atención. Giró la cabeza para ver un grupo de oceánidas jugando con una joven de cabellos rojizos. Observándola con más detenimiento, reconoció a Kore, la hija de Deméter y Zeus.
La pequeña Kore, siempre bajo la estricta protección de su madre, vivía aislada de los demás dioses. Deméter la mantenía cerca de las ninfas, quienes además de compañeras eran sus guardianas. Kore desconocía el mundo más allá de los prados donde recogía flores y jugaba inocentemente. "Es como un pájaro enjaulado", pensó Afrodita con un toque de lástima.
De repente, un saludo la distrajo de sus pensamientos. Al voltear, se encontró con Atenea y Artemisa, quienes se acercaban con sonrisas amables.
—Vaya, ¿qué las trae por aquí? —preguntó Afrodita, sorprendida.
—Yo las invité. —Eros apareció detrás de Artemisa, con una sonrisa traviesa. —Pensé que la pequeña Perséfone podría disfrutar de algo de compañía adicional, querida madre.
Afrodita asintió, volviendo a mirar a su joven media hermana. Por un momento, imaginó lo solitaria que debía sentirse bajo las reglas de su madre.
—Puede que tengas razón, hijo mío. Ser hija de Deméter debe ser frustrante.
—No seas injusta, Afrodita. Sabes que el verdadero problema es Padre, además de los otros dioses que no respetan los límites —interrumpió Atenea, con un suspiro.
Mientras las diosas conversaban, Afrodita desvió su atención hacia Kore nuevamente. La joven parecía tan ajena al mundo que Afrodita sintió un repentino deseo de ayudarla. Pero sus pensamientos se vieron interrumpidos por un movimiento a la distancia.
Entre las sombras, una figura oscura se deslizaba con sigilo. Intrigada, Afrodita se levantó y siguió la silueta, escondiéndose detrás de un árbol robusto. Entonces lo vio: Hades, su tío, el señor del Inframundo. "¿Qué hace aquí?", se preguntó. Era raro verlo fuera de su reino.
—Sé que me estás siguiendo. Muéstrate. —La voz grave y autoritaria de Hades la hizo estremecer.
Afrodita salió de su escondite con nerviosismo.
—Perdóneme, señor Hades… yo solo… —titubeó, sonrojándose.
Hades la observó con curiosidad, como si tratara de reconocerla. Finalmente, una chispa de reconocimiento apareció en su mirada.
—¿Afrodita? ¿Eres tú?
—Sí, mi señor Hades. ¿No me reconoce?
—Has cambiado mucho desde la última vez que te vi. Discúlpame, sobrina. —El dios parecía incómodo, quizá porque había pasado siglos sin interactuar con su familia.
—¿Qué lo trae a la superficie? —preguntó Afrodita, genuinamente intrigada.
—Tifón ha causado problemas nuevamente. Necesito asegurarme de que no haya abierto un portal hacia el Inframundo —respondió, cansado.
Afrodita se estremeció al imaginar el reino de los muertos. Hades notó su reacción y, con una leve inclinación de cabeza, concluyó la conversación.
—Con tu permiso, debo irme.
Mientras él se alejaba, Afrodita lo observó con atención. "Debe ser muy solitario", pensó. Pero entonces, una idea brillante cruzó su mente.
—¡Es una oportunidad única, no puedo desperdiciarla! —exclamó emocionada mientras corría a buscar a Eros.
