— ¿Estás segura de esto, madre? —Eros no estaba convencido con la idea de Afrodita. Podrían meterse en problemas monumentales con el dios del Inframundo. Solo pensarlo le causaba escalofríos.
Afrodita, en cambio, estaba más que convencida de que la aparición de Hades era lo mejor que le había pasado en siglos.
— Eros, amado hijo, ¿acaso no ves esta increíble oportunidad que tenemos frente a nosotros? Por primera vez en siglos, Hades visita el reino de los vivos. Un pequeño pichón de una de tus flechas, y podremos ver al Señor del Inframundo volverse loco de amor como cualquiera de nosotros, —decía la diosa de la belleza, riendo como si ya pudiera ver el resultado.
Eros no entendía lo divertido de ver a Hades enamorado. Sabía poco del dios: regente del Inframundo, frío y siniestro, según decían. No parecía ser alguien que tomara bien las "bromas" de Afrodita.
— ¿Por qué no lanzamos flechas a los mortales? Así como hicimos con Paris y Helena, madre.
— Oh, Eros, los mortales son predecibles y aburridos —replicó Afrodita, rodando los ojos con hastío.
— ¿Y qué hay de Zeus o Poseidón? Podemos lanzarles flechas a ellos. Ya sabes que no necesitan mucho para iniciar una nueva aventura amorosa.
Afrodita negó con un gesto dramático.
— Hera no soportará una infidelidad más de Zeus, y ni hablar de Anfitrite. La última vez pensé que el dios del mar perecería ante la furia de su esposa. No, Hades es nuestro objetivo perfecto.
— ¿Por qué insistes en esta broma a Hades?
Afrodita alzó la vista hacia el cielo, buscando una respuesta en las alturas. Recordó la fama de su tío: temido, solitario y oscuro. Incluso Zeus trataba con precaución al dios del Inframundo. Sin embargo, el Hades que había visto no parecía malvado ni siniestro, sino tímido e incomprendido.
— Desde el inicio del cosmos, querido hijo, Hades ha sido temido por todos. Basta con oír su nombre para que tiemble el más poderoso de los reyes mortales. Pero cuando lo vi, me pareció un dios de lo más... normal. No tiene esa aura oscura que todos describen.
— ¿Insinúas que todo lo que sabemos de él es mentira?
— No puedo asegurarlo, porque no lo conozco realmente. La última vez que lo vi, tú aún no habías nacido. Pero me pregunto si el Hades que todos temen no es más que un dios incomprendido.
— Eso explica tu curiosidad, madre, pero ¿qué tiene que ver eso con lo que planeas hacer?
Afrodita sonrió, como si ya estuviera trazando un plan aún más elaborado.
— En el momento en que lo vi, me pareció un ser muy… solitario. Tal vez nunca ha sentido amor, ni ha conocido la calidez de otro ser. Además, ¿Hades enamorado? Imagina que sus ojos se posen en una simple mortal. O un mortal. ¡O en Hera! Zeus lanzaría rayos hasta por los oídos.
Eros soltó un profundo suspiro, rendido ante la obstinación de su madre.
— Está bien, lo haré.
— ¡Gracias, querido hijo! —Afrodita se abalanzó sobre él en un abrazo efusivo.— Ahora solo hay que esperar que Hades regrese del Monte Etna para llevar a cabo nuestro plan.
Minutos después, escucharon pasos acercándose.
— Eros, ven, hay que ocultarnos, —susurró Afrodita, tirando de su hijo hacia unos arbustos rebosantes de flores.
Desde su escondite, Eros observó cómo Hades caminaba hacia ellos. Su porte elegante y presencia imponente contrastaban con las ojeras que acentuaban su rostro pálido.
— Alista una de tus flechas, —le susurró Afrodita, emocionada.
— Muévete un poco, madre. Es difícil hacerlo contigo tan pegada a mí, —se quejó Eros.
— ¡Apresúrate! Vas a perderlo.
— ¡Que te muevas!
Entre el forcejeo y los susurros, no notaron que Hades ya estaba frente a ellos, observándolos con desconcierto.
— ¿Podrían explicarme qué están haciendo? —dijo con voz firme, cruzando los brazos.
Afrodita y Eros se congelaron al escuchar la voz autoritaria de Hades, quien los miraba con una mezcla de desconcierto y desdén. Afrodita, siempre carismática y rápida con sus palabras, intentó tomar el control de la situación.
—¡Señor Hades! Qué grata sorpresa—dijo mientras soltaba el arco de Eros y se ponía de pie con gracia, acomodándose la túnica como si no acabara de ser descubierta en plena travesura.
Eros, por su parte, rodó los ojos, aún sujetando el arco con fuerza. Conocía demasiado bien a su madre y sabía que su discurso iba a ser cualquier cosa menos convincente.
—No me trates como un idiota, Afrodita —replicó Hades, cruzando los brazos. Su mirada fija en el pequeño arco y la flecha dorada en las manos de Eros dejaba claro que no necesitaba explicaciones.
—Yo jamás osaría pensar tal cosa, mi señor. Simplemente estábamos... practicando. Sí, practicando para perfeccionar las habilidades de Eros. Ya sabes cómo es la juventud, necesitan supervisión constante—dijo, sonriendo con una dulzura tan evidente que resultaba sospechosa.
Hades arqueó una ceja, escéptico.
—¿Practicar? ¿Conmigo como objetivo?
Eros soltó un suspiro de derrota y dejó caer los hombros, incapaz de sostener la mentira de su madre.
—Está bien, lo admitimos. Mi madre tuvo la idea de lanzar una flecha, pero no era nada personal. Solo... queríamos probar algo diferente.
—¿Probar qué exactamente?—inquirió Hades, avanzando un paso más cerca. Su presencia, aunque imponente, no era agresiva. Más bien parecía genuinamente interesado en entender las motivaciones detrás de la escena.
Afrodita vaciló un instante. No estaba acostumbrada a que alguien la enfrentara con tanta calma y frialdad. Decidió ir por la verdad, o al menos por una versión decorada de ella.
—Oh, tío Hades, solo queríamos ayudaros. Me pareció que quizás os vendría bien experimentar un poco de amor. Algo que os saque de esa soledad que seguramente pesa sobre vuestros hombros.
Hades la miró fijamente, su expresión imperturbable, pero sus ojos delataban una chispa de incredulidad.
—¿Y decidiste que la mejor manera de "ayudarme" era emboscarme con una de las flechas de tu hijo?—su tono era frío, pero no agresivo. Más bien, parecía estar evaluando la lógica detrás del plan.
Eros levantó la mano, tratando de suavizar el momento.
—Yo tampoco estaba de acuerdo, para que conste.
Afrodita bufó.
—Por favor, tío. Imagínalo por un segundo. ¿No sería maravilloso sentir mariposas en el estómago? ¿Vivir una pasión tan intensa que olvides el peso de tu... bueno, de tu reino?
Hades suspiró profundamente, su paciencia evidentemente puesta a prueba.
—Afrodita, te agradezco la intención, pero no necesito que juegues con mi vida como si fuera uno de tus pasatiempos. Mi reino y mis deberes no son algo que pueda descuidar, y ciertamente no son compatibles con las ideas románticas que te fascinan.
La diosa intentó replicar, pero Hades levantó una mano para detenerla.
—Si realmente deseas "ayudarme", entonces respeta mis decisiones y mis límites. Ahora, si me disculpan, tengo asuntos más importantes que atender.
Y con eso, el dios del Inframundo se dio la vuelta, dejándolos solos entre los arbustos. Afrodita y Eros lo observaron marcharse, en silencio por primera vez en lo que parecía una eternidad.
—Bueno... eso salió peor de lo que esperaba —dijo Eros finalmente.
Afrodita frunció el ceño, cruzando los brazos.
—Oh, cállate. Esto no ha terminado.
