El prado resplandecía bajo el suave toque del sol. Kore reía mientras las ninfas llenaban su cabello de flores. Sus dedos ágiles trenzaban margaritas y violetas entre sus cabellos rojizos, decorándola como si fuese una extensión misma del campo.
—Eres tan afortunada, Kore, —dijo Calíope, una de las ninfas, mientras colocaba un jazmín sobre su oreja.— Tu madre te ama como nadie. Te cuida como un tesoro invaluable.
Kore sonrió débilmente, bajando la mirada.
—Sí, mi madre me ama, pero a veces me siento como un ave en una jaula de oro. No conozco nada más allá de este prado. Ni siquiera a mis tíos, los dioses.
Las ninfas intercambiaron miradas nerviosas. Era un tema delicado, y ninguna deseaba incomodar a la joven diosa. Finalmente, Eco habló con voz suave.
—Kore, el mundo fuera de este lugar no es como imaginas. Está lleno de guerras y crueldad entre los mortales.
Calíope añadió rápidamente:
—Y tus tíos, los dioses… no son como tu madre. Son poderosos, sí, pero también brutos y llenos de deseos que muchas veces traen caos.
Kore frunció el ceño.
—¿Acaso piensan que no puedo cuidarme sola? No quiero vivir mi vida entera aquí, sin conocer nada ni a nadie más.
La tensión se aligeró cuando Dafne se levantó de un salto, su cabello ondeando como una cascada dorada.
—¡Ya basta de palabras tristes! ¡Juguemos a las escondidas!
Kore sonrió con entusiasmo, feliz por el cambio de tema.
—¡Sí! Juguemos.
—Yo contaré primero, —dijo Calíope, cubriéndose los ojos con las manos mientras comenzaba a contar en voz alta.
Entre risas, Kore y las ninfas corrieron a esconderse entre los árboles, arbustos y pequeñas colinas del prado. Las risas de Kore se mezclaban con los murmullos del viento mientras buscaba el mejor escondite.
En otro lugar, Hades regresaba hacia la entrada del Inframundo, su mente ocupada con el caos que había dejado atrás en el Monte Etna. Pero no estaba solo. Afrodita y Eros lo seguían en silencio, ocultos entre las sombras de los árboles.
—Por favor, madre, suelta ya este capricho —suplicó Eros, agotado.
—¡No puedo rendirme ahora! —replicó Afrodita, con una sonrisa traviesa iluminando su rostro.
Antes de que Eros pudiera detenerla, Afrodita le arrebató el arco y una flecha de su carcaj. Sin pensarlo dos veces, tensó el arco y disparó hacia Hades, apuntando con precisión divina.
Hades, ocupado con sus pensamientos, no reaccionó a tiempo. Sintió un impacto extraño, como si el cosmos de otro dios lo hubiese alcanzado por la espalda. Se detuvo en seco, su mirada recorriendo el entorno con sospecha.
—¿Quién anda ahi? —murmuró con una mezcla de desconcierto e irritación.
Miró a su alrededor, buscando la fuente de aquella perturbación. Al principio, no vio nada fuera de lo común, pero entonces una suave risa femenina llegó a sus oídos.
Hades entrecerró los ojos, convencido de que Afrodita y Eros estaban detrás de la jugarreta. Se acercó a unos arbustos que se agitaban levemente con la brisa, seguro de que encontraría a la diosa y su hijo escondidos allí. Sin embargo, al apartar las ramas, lo que vio lo dejó sin palabras.
Kore, aun escondida entre los arbustos, levantó la mirada al sentirse descubierta y se encontró frente a frente con el dios del Inframundo. Un par de ojos esmeralda lo miraban con curiosidad e inocencia.
El corazón de Hades latió con una fuerza que nunca antes había sentido. Era como si cada fibra de su ser respondiera al simple hecho de verla. Su piel nívea, su cabello decorado con flores y su expresión pura y desconcertada lo dejaron completamente embelesado.
Kore, por su parte, se quedó inmóvil, observándolo con una mezcla de asombro y temor. Sabía que no era un mortal, pero tampoco se parecía a ningún otro dios que hubiera imaginado.
Hades, incapaz de apartar la mirada, trató de recuperar la compostura.
—¿Quién… eres? —preguntó, su voz más suave de lo que esperaba.
Kore parpadeó, sorprendida por la pregunta.
—Soy Kore, hija de Deméter.
El nombre resonó en la mente de Hades como un eco lejano, pero todo lo que podía pensar era en la calidez que irradiaba aquella joven diosa, un contraste absoluto con su propio mundo sombrío.
Desde la distancia, Afrodita empalideció, mientras Eros permanecía inmóvil, incapaz de procesar lo que acababa de suceder. La jugarreta, que había comenzado como una travesura inofensiva, ahora prometía desatar un caos monumental. De entre todas las mortales y diosas, Hades había posado su mirada en Kore. La hija de Deméter.
La diosa más protegida de todo el Olimpo, intocable y custodiada con fervor por su madre, quien no toleraría que nadie—ni siquiera un dios—se acercara a su hija sin su consentimiento. Afrodita tragó saliva, dándose cuenta de la magnitud de su imprudencia.
Había encendido una chispa en el cosmos, pero desconocía el alcance del incendio que podría desencadenarse. Las consecuencias no solo caerían sobre Hades y Kore, sino también sobre los dioses que los rodeaban, incluido ella misma. Afrodita había puesto algo en marcha, algo que cambiaría el destino de todos los implicados.
