Capítulo 1:

Una Mirada a Mi Vida, Un Suceso Inesperado


Fue un día tremendamente agotador. Una vez más, el idiota de mi jefe había perdido los archivos más importantes y, como siempre, me tocó a mí recuperarlos.

—¿No puedes ser más rápido? ¡Muévete si no quieres terminar en Recursos Humanos! —

Los de arriba sabían perfectamente cuánto temíamos los asalariados la amenaza de un despido, así que no tuve alternativa.

En un mundo distópico, la única manera de sobrevivir era trabajar hasta el agotamiento.

Los funcionarios de alto rango lo sabían bien y, por eso, siempre se aprovechaban.

Si cometían un error, solo tenían que señalar al eslabón más débil y descargar sobre él toda la culpa.

Esa era la vida en el siglo XXII, un tiempo en el que nadie protegía a los trabajadores, ni a los seres humanos de bajos recursos.

Pasé horas recorriendo pisos, peleándome con sistemas obsoletos y lidiando con empleados igual de cansados que yo, quienes apenas levantaban la mirada para atenderme y atender mis demandas.

Y para cuando logré reunir todos los documentos, mi espalda y piernas ardían como el infierno, cada fibra de mi cuerpo rogaba por un descanso.

'Moriría sin problema justo ahora.'

Pensé de manera irónica, sin embargo ver los autos a alta velocidad pasar cerca de mí me hizo reconsiderar el suicidarme.

'Sí un auto me aplastara... Sería doloroso.'

Me estremecí con la idea, por lo que rápidamente la deseché.

Salí del edificio con una lentitud que solo los exhaustos entienden, soportando el peso de mi maletín y de un día que no parecía tener fin.

A lo lejos, la lluvia ácida golpeaba las calles, formando pequeños riachuelos en las grietas de las banquetas, dando el característico paisaje desolado.

'Otro día termina. Otra moneda en el bolsillo.'

Me dije intentando apaciguar el cansancio, pero...

Fue entonces cuando lo vi.

—Ayúdame... —

El hombre que se arrastraba por el suelo, cubierto con un traje para la lluvia ácida, tomó mi tobillo.

Sostenía con insistencia su abdomen, mientras la sangre ya se derramaba sobre el suelo sucio.

'¿Fue víctima de un asalto por dinero? ¿Comida? ¿O debía algo algún sindicato del bajo mundo?'

Indague para mis adentros.

Este tipo de situación sucedía bastante a menudo, por lo que mi pensar no sería errado.

Quizá ésta persona tenía la esperanza de que pudiera ayudarlo.

No obstante.

'No tengo los recursos.'

También estaba la otra cara de la moneda.

'¿Y sí trata de engañarme?'

En un mundo globalizado y podrido, las estafas eran comunes, así que debía de ser extremadamente cuidadoso.

—No me toques. —

Tuve que apartarlo con una patada. No era mi intención dejarlo morir en la acera si estaba realmente herido, pero en un mundo tan cruel, descuidarte era firmar tu sentencia de muerte.

Miré hacia adelante, fingiendo no haber visto nada. Subí al tren que estaba a punto de partir y me obligué a no mirar atrás.

No era la primera vez.

—¡Ayuda...! —

Pero eso no significaba que fuera más fácil.


Al llegar a mi departamento, la primera sensación que me golpeó fue el silencio.

No era un silencio cómodo o reparador, sino uno opresivo, el tipo de vacío que te recuerda lo solo que estás.

—Llegue a casa... —

Dije como una mala costumbre, como cuando mi madre estaba viva y venía a recibirme con sus cálidos abrazos. Y una sonrisa igual de cálida.

—Deberia dejar de hacerlo. —

Volví a reprimirme.

Cerré la puerta detrás de mí, dejando caer mi maletín al suelo.

El sonido de los documentos y las carpetas golpeando el piso fue lo único que rompió la larga quietud.

Me dirigí a la cocina, si es que podía llamarse así. Un espacio estrecho con un fregadero que goteaba constantemente, una pequeña hornilla y una nevera casi vacía. Al abrirla, la vista era desoladora: una botella de agua, que por cierto era un lujo, comida sintética y una barra de sustituto de proteína.

No era mucho, pero para el mundo que vivía era... Afortunado.

'Esto debería ser suficiente,' Pensé, sacando la barra y mordiendo un trozo sin calentarla siquiera.

No sabía cocinar, y aunque ésto no era un impedimento para usar el horno, ahora no me apetecía usarlo para ablandar mi comida.

El agua de la botella sabía rancia, e hice un par de muecas llenas de desagrado, pero no podía permitirme desperdiciarla.

Luego.

Me dirigí al baño con una clara intención.

Giré la llave de la ducha, esperando que saliera agua, aunque sabía que solo tendría un par de minutos antes de que se agotara el tanque.

El chorro fue frío y débil, pero eso no me detuvo.

Lavé mi cuerpo con movimientos mecánicos, intentando ignorar el temblor de mis manos y el ardor en mis ojos. Y aunque fue difícil al principio, llega un momento en el que te acostumbras.

Junto a las desagradables sensaciones.

Al salir, me paré frente al espejo empañado y apenas pude reconocer al hombre que me miraba de vuelta.

Mi rostro estaba más delgado de lo que recordaba, las ojeras profundas marcaban mi agotamiento, y el cabello desordenado era prueba de días sin cuidado.

—Parezco un cadáver. — Murmuré al aire, y volteando mi mirada regresé a la habitación principal.

Era un espacio tan pequeño que apenas podía caminar entre la cama y el escritorio donde descansaba mi computadora.

Todo estaba exactamente como lo había dejado esa mañana: la cama sin hacer, una pila de ropa sucia en la esquina y el único objeto que realmente tenía importancia para mí, el visor que me conectaba a YGGDRASIL.

Me vestí rápidamente y pronto, me senté frente a la pantalla, dejando que el peso del día se asentara en mis hombros.

'¿Cómo llegué a esto?'

Era una pregunta que evitaba hacerme, pero en momentos como este era imposible ignorarla.

La mayoría del dinero que ganaba, lo invertía en el juego.

Había sacrificado comidas, ropa nueva e incluso un lugar más cómodo para vivir, solo para mantener mi suscripción y coleccionar ítems raros.

Para muchos, era una locura.

Para mí, era una forma de escapar.

El juego había sido mi refugio, el único lugar donde podía ser alguien más, alguien que importaba.

Pero ahora que cerraría para siempre, sentía que me quedaba sin nada.

Con un suspiro pesado, me conecté.

No tenía ganas, pero sabía que si no lo hacía, lo lamentaría por toda mi vida.


YGGDRASIL, el DMMO-RPG más popular del mundo. Un juego que, tras trece años en línea, había anunciado su cierre inminente.

—Ugh... —

En un mundo donde la única diversión eran los juegos en línea, perder mi favorito —donde había hecho tantos amigos reales— era devastador.

Aunque no tenía ganas de conectarme, me convencí de hacerlo por última vez.

Quizá algunos de mis antiguos compañeros del gremio aparecerían para despedirse.

Pensé de manera ingenua, casi inocente.

Pero cuando el único que se presentó fue Hero-Hero, y apenas por unos minutos, supe que había esperado demasiado.

'¿Me esforcé todos estos años en cuidar la tumba de Nazarick para nada?'

Una amarga ira burbujeó dentro de mí.

'¿De verdad fui el único que valoró esto? ¿El único idiota que sacrificó horas de sueño para jugar y compartir con el gremio?'

—¡No me jodas! —

Golpeé la lujosa mesa con fuerza. Pero, tras el arrebato, me di cuenta de algo que había estado ignorando:

Todos escogieron el mundo real.

¿Podía culparlos?

No. Todos libraban sus propias batallas. Era natural priorizar la realidad sobre un juego.

¿Debería hacer lo mismo?

Después de deliberarlo, llegué a la dolorosa respuesta.

—Sí... —

Era hora de despedirme.

Decidí quedarme hasta el cierre del servidor.

Quería recorrer la tumba de Nazarick por última vez. Teletransportándome entre los pisos, recordé todos los detalles que habíamos construido con tanto esfuerzo: los esqueletos del primer nivel, el hielo del cuarto, la jungla del sexto. La tesorería. ¡Todo!

Pero cuando faltaban diez minutos para el final, una idea me cruzó la mente con cierta picardía.

'¿Y si un guardián de piso me acompaña al cierre?'

Tomé el Báculo de Ainz Ooal Gown y seleccioné al NPC más cercano, y pronto le asigné una nueva instrucción con aire dramático:

—Serás mi guardián y protector de ahora en adelante, mi compañero hasta el final. —

Lo dije como si estuviera hablando con una persona real.

Aunque había un cierto tono juguetón.

El traje ajustado y elegante, junto a la sonrisa demoníaca hacía de ese momento, la cereza del pastel.

'Parece que somos malvados y secuaces. ¿No es el final digno de un Overlord de mi nivel?'

Pensé con diversión.

Y teletransportándonos fuera de Nazarick, observé la luz del cierre acercarse.

—Casi es la hora... —Anuncie, sintiendo el peso de la realidad.

Sabía que, cuando el final del servidor llegara, sería desconectado de forma forzada, y que el breve daño a mi cerebro me dejaría un dolor de cabeza monumental.

Pero no me importó.

Este final era la culminación de lo más importante de mi vida, por lo que me forcé a soportar.

Cerré los ojos y despidiéndome, sentí las lágrimas correr.

Pero entonces, algo extraño sucedió.

1...

2...

3...

4...

Mi conciencia, la que se supone debía ser arrancada a la fuerza, no se desvaneció.

De hecho.

El cronómetro que anunciaba el cierre, volvió a correr desde cero.

5...

6...

7...

8...

—¿Qué...? —

Un escalofrío recorrió mi cuerpo.

Abrí los ojos... y vi una mirada preocupada, una mirada de diamante, fija en mí.

—Mi señor, ¡Señor Momonga! ¿Se encuentra bien? —

—¿Eh...? ¿Demiurge? —

Intenté parpadear, pero algo... ¡Algo se sentía mal!

—Me alegra que pueda responderme. ¿Este era el "acompañamiento" al que se refería mi Señor? ¿Sabe dónde estamos? —

Miré a Demiurge y luego a nuestro entorno.

'Esto no es Nazarick.'

Y, cuando él volvió a hablar, me di cuenta de algo aterrador:

'¿Desde cuándo los NPC tienen voz propia?'

Realmente... me sentía mareado.

¿Qué es lo que estaba pasando?