INUYASHA NO ME PERTENECE, PERO LA TRAMA SÍ
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ADORABLE CONFUSIÓN
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DEDICADO A LILIANA NAJERA
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CAPITULO 10
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Kagome no creía lo que veían sus ojos.
Una cosa era volver a ver a ese majadero, y otra enterarse que él no era el chofer de la familia, sino el mismísimo señor Spencer.
¿Me engañó desde el principio?
¿Por qué?
Él la miraba atentamente y luego siguió desayunando como si nada, cortando los chorizos del típico desayuno ingles que tenía enfrente.
― ¿Sorprendida?
― ¿Qué haces aquí…? ―Kagome quería tener el poder el fulminarlo con los ojos.
―Es mi casa ¿Por qué no debería estar aquí?
Kagome decidió recomponerse. Comenzaba a entender que lo de él siempre fue un engaño y un juego. Quizá hizo una apuesta, como escuchó que era habitual entre los ricos. Una que hizo sin importarle que rompiera corazones en el proceso. Como el suyo, por ejemplo.
― ¿Qué significa esto?
Bankotsu se limpió de nuevo las comisuras de los labios con parsimonia y le hizo un gesto a Shippo que estaba con los ojos como platos, para que bajara.
El niño se marchó enseguida porque entendió que allí había un problema extraño de adultos.
―Imagino que debe sorprenderte mi posición y hubieras actuado diferente en el pasado de haberlo sabido ―le increpó Bankotsu con una sorprendente tranquilidad.
―Él que mintió sobre sí mismo fuiste tú.
―Y de no haberlo hecho, hubieras seguido con tu juego de seducción con más fuerza ¿Qué los hombres de billetera abultada no son tu pasatiempo favorito? Me hice pasar por un conductor y me temo que no pasaste la prueba de honestidad en esa oportunidad ―agregó él con una mirada cargada de resentimiento.
Kagome se sintió terriblemente insultada.
¿Qué se creía este jugador de mujeres para pintarla como la villana? Cuando el villano siempre fue él.
―Me largo ―anunció ella yendo hacia la puerta.
―Me temo que no puedes ―él no se movió de la silla
― ¿De qué hablas?
―Sabes de la cláusula que le impuse a la pequeña empresa de tu amiga. Además de la penalidad monetaria, me aseguraré que nadie en este país vuelva a contratarla por su mal habito de incumplimiento de contratos.
― ¿Qué…? ―Kagome se asustó.
― ¿Crees que el contrato lo hizo un chico de trabajo de medio tiempo en una imprenta? Lo redactó uno de los mejores abogados de New York para asegurarme que nadie lo rompa o intente jugarme sucio ―Bankotsu bebió un trago de su té―. Puedes irte y arruinar a tu amiga o cumplir tu contrato y cobrar un excesivamente buen salario, así que tú decides.
Kagome regresaba al punto de partida.
Ella vino esta mañana, temiendo la penalidad monetaria contra Midoriko y ahora se enteraba del veto que le impondrían si Kagome se negaba a cumplir el contrato.
Sin duda lo peor era enterarse que Bankotsu, que estaba detrás de todo, no era un mero empleado de la casa, sino el maldito dueño.
Kagome ya no quería oírlo así que salió del lugar, bajando las escaleras con prisa. Su corazón latía con más fuerza y todavía no creía que esto le estuviera pasando.
Corrió rápidamente hacia la habitación de servicio y sacó su móvil.
Googleó Bankotsu Spencer.
Y la información confirmatoria de que era una estúpida le saltó a la cara.
Una biografía detallada en Wikipedia y varias páginas de entrevistas, con numerosas fotos.
Era el CEO del Earl London Bank, con asiento principal en Londres y sedes en toda Europa y parte de Estados Unidos.
Todas las paginas hablaban de la genialidad de este graduado de negocios que heredó una pequeña compañía financiera y que transformó en el acaudalado y prestigioso banco que era ahora.
Las páginas de Wall Street no dejaban de alabarlo con las inversiones que estaba realizando para expandirse íntegramente en los Estados Unidos, que ya contaba con sedes en Manhattan y en Washington.
Tardó unos segundos en clickear la parte de Vida Personal, de algún modo temerosa de lo que pudiera encontrar.
Según la web, era soltero y tenía un hermano menor que no se involucraba en los negocios, un dandy que dedicaba a gastar su fortuna.
Un ridículo alivio se apoderó de ella, pero se sacudió para quitarse esas inoportunas ideas.
¿Tan rico y se dio el tiempo de mentirle sin ninguna razón?
Una lagrima inoportuna salió de ella, pero se limpió enseguida.
El asunto era grave.
Pese al nuevo descubrimiento, no pensaba arriesgar a Midoriko, una mujer que generaba trabajo para madres solteras como ella que se veían en dificultades. No le fallaría a ella y tampoco a Jakotsu, quien dio la cara para recomendarla.
Podría seguir con el trabajo y cobrar el salario.
Además, los millonarios como ése nunca se quedaban en casa. Si quería vengarse de ella por algún motivo desconocido o jugar con ella, que lo haga, ella siempre salía adelante pese a todo.
Tendría que cuidarse muchísimo que él no averiguara de su hijo y en caso que lo hiciera, utilizaría la herramienta de la mentira, podría culpar a Koga o algún ligue de una noche de ser su padre en caso que él lo descubriera. No creía que pasara y menos que le importara.
¿Cómo rayos se metió en este problema?
En eso, los ruidos de que alguien tocaba la puerta la despabilaron.
Era Shippo y traía un iPad en la mano.
El mocoso mascaba un chicle.
―Cielos, no sé qué ocurre aquí, pero parece que ustedes dos ya se conocían ¿fuiste una perra con él?
―Niño bocazas…
―Él me dijo que revisaras el iPad si es que vas a seguir el contrato.
Para su desgracia Kagome ya había decidido así que tomó el iPad de las manos de Shippo.
Deslizó los dedos y buscó las notas donde salían las tareas.
Tareas diarias de Kagome Davis.
Preparar té diariamente y llevarla al despacho de la segunda planta dos veces al día, por la mañana y antes de marcharse.
Acompañar como caddie al señor Spencer en los juegos del golf y pasa pelotas en los de tenis. El señor Spencer iba al club tres veces a la semana.
Asistir al señor Spencer cuando él trabajara en el despacho de la casa
Prohibido marcharse antes de que él le diera el visto bueno.
A medida que leí Kagome no cabía de asombro de la desfachatez de ese hombre.
―Yo que tú me alegraría, ya no necesitarás limpiar la casa tú sola ―comentó Shippo―. ¿Cuándo me contarás de que se conocen con él?
Tantas imágenes le venían a la mente de Kagome de aquel mes lleno de recuerdos, cuando vivieron aquel romance veraniego que en la mente de ella siempre fue algo más.
Además, siempre vería a Alec en él.
―Hace un tiempo, en un malentendido ―se excusó Kagome.
Shippo la estudió unos momentos. No creía la historia, pero no iba a insistir si nadie se lo contaba.
―Entonces ¿te vas a quedar?
Ella no tenía más opción hasta que se le ocurriera algo para zafar.
Asintió con la cabeza.
―Entonces sube a la segunda planta y prepara el té, porque se molesta si no tiene para beber mientras está trabajando en su despacho.
Ella volvió a subir las escaleras, seguida nuevamente de Shippo, pero al empujar la puerta, la mesa ya estaba siendo limpiada por una mucama y la silla que él ocupaba ya estaba vacía.
Shippo le mostró donde se guardaba el té favorito de Bankotsu.
El Earl Grey, que tomaba en todo momento.
Mientras Kagome terminaba de hervir el agua y cuando giró para preguntarle a Shippo cuál era la tetera que se usaba, el niño de nueva cuenta había desaparecido.
Kagome no tuvo más opción que arreglarse como podía, y buscó un juego con una taza.
Encontró una bandeja y se encontró con otro problema.
¿Cuál demonios podría ser el mentado despacho?
No había ningún empleado cerca en ese momento, así que se aventuró. Comenzó a tocar las puertas porque no sabía cuál era el protocolo y en una de ellas, empujó directamente.
Se topó con una habitación enorme, que era el doble del pisito donde vivía Jakotsu con sus amigos.
Una cama de estilo europeo que destilaba lujo, un par de sillones con cojines y una especie de escritorio. Sofisticado, ordenado y limpio como toda la casa, pero esa habitación era diferente.
Podía percibir un olor familiar en el ambiente.
Uno que llevaba tiempo añorando y extrañando.
Un aroma fresco y marino, sin duda mezcla de algún perfume carísimo y los naturales de alguien.
Lo identificó de inmediato y cerró la puerta al darse cuenta.
Esa era la habitación de Bankotsu, además estaba prácticamente en la mejor locación de esa planta.
Se recompuso tratando que la bandeja no se le cayera y escuchó sonidos tras una puerta que estaba semiabierta al otro pasillo.
Ese era el despacho.
Ella empujó la puerta y entró.
No le iba a dar el gusto de darle un saludo o una reverencia a ese imbécil, que estaba sentado mirando atentamente su laptop y no la miraba.
Ella ingresó dejando cerca de él la bandeja.
―El té ―informó y al inclinarse para dejarlo, el mismo delicioso olor de la habitación se le metió por las narices. Quedó un poco atontada, pero se recobró de inmediato, pero al incorporarse su rostro quedó relativamente a pocos centímetros de la cara de Bankotsu.
Prácticamente podía arrojarse y nadar en el mar azul de esos ojos claros.
Sólo fueron unos segundos y Kagome se alejó de inmediato.
―Asumo que aceptaste cumplir con el contrato.
― ¿Qué remedio tengo…? Mientras reciba mi salario a tiempo, no me quejaré…
Él rió de lado y se sirvió una taza.
Apenas bebió un trago cuando volvió a bajar violentamente la taza, dándole un susto a ella.
― ¿Qué diablos es esto? Está frio…
Que maldita suerte la suya, mientras buscaba el despacho y se entretenía oliendo su habitación, el maldito Earl Grey se enfrió.
Se apuró en coger la taza y la tetera.
―Lo voy a cambiar….
―Y que no se repita de nuevo ―advirtió él―. También te recuerdo que debes permanecer uniformada mientras trabajas en la casa ―Bankotsu la miró de pies a cabeza―. Tampoco se te permite tutearme en público y sólo disculpo tu grosería porque estamos en privado, pero no lo dejaré pasar la siguiente vez. Es algo establecido en el contrato.
Aquella agria respuesta fue un recordatorio de que lo que ambos eran en realidad. Ya podía sacarse de la cabeza que él podría tener algún dejo nostálgico por ella, como sí le pasaba a Kagome.
―Descuida, no se volverá a repetir ―respondió la joven con tono seco antes de salir para preparar otra tetera del maldito té.
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Kagome estaba agotada, pese a que ahora tenía menos tareas que antes. Quizá era parte del cansancio moral y emocional de volver a ver a Bankotsu, quien ahora la trataba como una sirvienta, sentado desde su poltrona de superioridad.
Tuvo que pedirle autorización para retirarse.
Él leía algo en el despacho y sólo se limitó a hacerle un gesto que sí, ya podía largarse.
Revisó su móvil.
Hoy no podía ir nadie a buscar a Alec así que debía apurarse, quizá tomar un taxi para no perder el tiempo.
Shippo jugaba con un iPad cerca de la ventana de la planta baja que daba a la calle.
―Nos vemos mañana, niñato.
― ¿Cuántas veces tengo que decirte que no soy un niño?
Kagome salió apretando su bolso y viendo a la calle, por si veía pasar a un taxi para hacerle la para.
Pero cuando pretendía cruzar la calle, una sombra le salió al encuentro dándole un espanto.
Era Koga.
― ¡Me diste un susto de muerte, imbécil! ―Kagome tenía sus manos en el pecho.
― ¿Acaso no puedo venir a buscarte al trabajo? Antes yo te llevaba a tu casa ¿recuerdas?
A buena hora este idiota venía con viejas batallitas y además que tuviera las agallas de averiguar donde trabajaba ahora. Seguro la estuvo siguiendo.
―Eso fue antes de que descubriera que me engañabas con todas las clientas del restaurante, sin contar a Janice ¡por dios, Koga! Terminamos hace más de dos años y no quiero verte.
Pero él se volvió a acercar lo que hizo que ella le diera un empujón.
― ¿No estas liado con Janice? Vete, no quiero verte.
Pero Koga volvió a insistir, cogiéndola de los hombros. Tenía mirada de loco.
―Si no hubiera aparecido ese estúpido chofer, tu hubieras vuelto conmigo ¿Qué pasó? Cargas con su bastardo y mandaste tu vida al tacho, eres realmente estúpida. ¿Cómo fue posible que me hayas podido olvidar?
Kagome intentó desasirse, pero Koga era mucho más fuerte y fue imposible.
― ¡Déjame ya! ¡Vete!
Repentinamente alguien apareció y le dio un empujón a Koga, que lo envió directamente al suelo.
Kagome se quedó de piedra cuando notó que su salvador no era algún buen vecino, sino Bankotsu.
Era como una sombra enorme que cubría la escena.
El otro sorprendido fue Koga de verlo frente a frente e hizo un esfuerzo para ponerse en pie y volver a atacar al recién llegado sin mediar palabras.
Pero Bankotsu no le dio tregua, le dio una zancadilla y con un puntapié lo hizo caer del suelo, antes de volver a cogerlo de las solapas de la camisa y darle dos golpes de puño que dejaron a Koga en el suelo y con la nariz sangrando.
Kagome se llevó las manos a la cabeza.
― ¡Oh por dios!
No sabía si acercarse a ver que los puños de Bankotsu estuvieran en buen estado o ver la nariz rota de Koga.
―Largo ―le ordenó Bankotsu―. Ella te dijo que te vayas.
Koga pestañeaba sorprendido hasta que al fin cayó en la ficha.
― ¿Qué carajos? ¡Pero si es ese imbécil de nuevo! ―gritó Koga, limpiándose la sangre de la nariz―. ¡Soy ciudadano estadounidense, tengo más derechos que tú!
Kagome se percató que Koga había reconocido el rostro de Bankotsu y la desesperación hizo mella en ella.
Koga podía gritarle allí la verdad de la existencia de Alec y mandar al carajo todas sus previsiones.
CONTINUARÁ
Hermanitas, comenzaron los desastres.
Se viene otro finde con actualizaciones porque yo también quiero ver más cosas de estos tontos.
¿Será que ya se enterará Bankotsu de la existencia de Alec?
Antes que nada, mis agradecimientos PAULITA, VALENTINE HIGURASHI, BENANI0125, IMAG04, NEFFER, LUCYP0411, CONEJA, ANNIE PEREZ, RUEDA9363, LILIANA NAJERA, TAISHOKAGOME787, TERECHAN19.
Vuelvo enseguida.
Paola.
