DISCLAIMER: Los personajes de ésta historia NO me pertenecen, sólo a Rumiko Takahashi. La historia SÍ es de mi autoría. Las canciones descritas tampoco me pertenecen, son usadas sólo con fines "ilustrativos".


CAPÍTULO 4

Verdes colinas, enormes rocas, casas y pendientes en tono anaranjado pasaban a toda velocidad. El atardecer en verano era realmente un paisaje digno de admirar, verlo viajando en un shinkansen era un placer. Causaba en Kagome una agradable sensación, la cual duró solo un instante al recordar la razón de encontrarse en aquel viaje. Los nervios no le daban descanso. No deseaba que su plan para esa noche terminara en un desastre.

Después de mucho pensarlo, aceptó la invitación que un mes atrás había recibido, además de la intervención de Sango.

Realmente quería ver a Hojo, confesarle sus sentimientos como él lo había hecho con aquel beso robado y que aún lo tenía grabado en sus labios, en su mente y en su corazón. Deseaba tener la certeza de que todo estaría bien, sin embargo, un extraño presentimiento se alojó en lo más profundo de su corazón.

-Espero todo esto valga la pena- Suspiró.

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-¡Rayos!, necesito caminar más deprisa- Apresuró el paso mirando el reloj en su muñeca, 8:00 pm. El viaje en el shinkansen fue rápido, se encontraba a buen tiempo al salir de la estación, y si bien podía pagar un taxi, no se daría el lujo de derrochar el poco dinero que le quedaba ya que si el plan A no funcionaba, el B bien podría ayudarla, aunque no estaba del todo segura. Razón por la cual se encontraba caminando por las vacías calles de Atami.

El hotel se encontraba cada vez más cerca, así que decidió descansar un momento, los zapatos la estaban matando.

-¿Cómo permití que Sango me convenciera de usarlos?- miró sus tacones de plataforma, quería quitárselos y aventarlos lejos de ella. Antes de que pudiera hacerlo su atención fue captada por el cúmulo de gente reunida a las afueras del hotel Atami Fufu. Quedó sorprendida, la cantidad de personas reunidas era descomunal. Los flashes de las cámaras eran constantes al igual que los gritos ensordecedores y llenos de emoción del público femenino. La duda pudo con ella, comprobando si el sitio era el correcto; al hacerlo, recuperó el aliento y continuó su camino. Tanta era su impresión que apenas y se percató que a su lado circulaban autos de gran lujo. Observó aquel desfile sopesando tanta vanidad.

Los autos eran estacionados frente a toda la aglomeración para que pudieran descender una o dos personas, que al ser reconocidas los gritos aumentaban su intensidad.

-¿Cómo es posible que sea la única que no tiene la menor idea de quiénes son aquellas personas?- Susurró para sí misma.

Por desgracia no supo cómo acceder al hotel, el único camino era la entrada la cual se encontraba adornada por una larga alfombra roja donde aquellos personajes desfilaban. Decidió alejarse un momento y esperar a que tal espectáculo terminara para poder entrar.

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-¡Ah! ¡Ha llegado! ¡Está aquí!- algunas jóvenes gritaban de entre tantas. De súbito, antes de que pudiera llegar a un lugar más apartado, estuvo a punto de ser arrastrada por la multitud que corría en su dirección. Sin prestarle atención, pasaron por su lado. Confundida giró sobre sus pies y así observó lo que provocaba tanto furor, la escena era divertida: los guardias crecieron en gran medida actuando como una valla humana, tratando de controlar el desborde de feromonas que deseaba acercarse más a su objetivo, ya que la valla de metal que minutos antes se encontraba allí desapareció.

-Pobres hombres- pensó divertida. Increíblemente, aquellos guardias tenían una exorbitante fuerza, se esforzaban en detener la emoción de tantas mujeres.

Un auto deportivo rojo se acercaba, la prensa no dejaba de registrar el momento, esperando ver al protagonista de tal alboroto. Toda la atención se encontraba en aquel auto, ningún guardia custodiaba la entrada, era su oportunidad.

-Ahora o nunca- Aprovecharía tal distracción.

Rápidamente ingresó al hotel sin ningún problema; no dio ni diez pasos al entrar y se detuvo fascinada por la belleza de aquel lugar, sin duda el hotel era la versión elegante de un ryokan. El camino continuaba y a los costados se encontraba una vasta vegetación. En aquella época los colores verdes resaltaban en todo su esplendor. Kagome no había visto unos tallos de bambú tan enormes.

-Hermoso- Sonrió maravillada. Se detuvo en lo que parecía ser un puente, tomándose del barandal apreciando el riachuelo que cruzaba por aquel lugar, siguiendo su trayecto hasta perderse de vista.

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Sandra Kudbika poseía una gran popularidad por ser una de las modelos más sexis y hermosas de Polonia, peculiaridades que Inuyasha consideró para elegirla como su acompañante en aquella velada, y por qué no, disfrutar de su compañía el resto de la noche. Necesitaba urgentemente liberarse de su abstinencia. Después de lo sucedido con Michael no tuvo más encuentros "clandestinos", como los solía llamar su madre. La sensual mujer a su lado le calmaría, la fortuna estaba de su lado, aprovecharía las vacaciones que ella tenía en Japón.

Habían pasado ya unas semanas desde la última vez que había visto a Kagome, esa chica le provocaba dolores de cabeza. Le era inaceptable su comportamiento cuando estaba cerca de él. ¡No conocía absolutamente nada de ella!, en todo el sentido de la palabra y sin embargo, extrañamente, su cuerpo reaccionaba ante su presencia, anhelante, como si la espera por el reencuentro hubiese terminado, y eso le desconcertaba de la misma manera como le intrigaba.

-¡Keh! Me estoy volviendo loco- Se burló de sí mismo.

Necesitaba un descanso mental, después de tanto reflexionar, había decidido pasar un tiempo en la casa de campo de sus padres en Osaka, disfrutar de sus actividades favoritas, para despejar su mente. No tuvo la intención de regresar a Tokio hasta que las vacaciones dieran por terminadas, sin embargo, la invitación que recibió le inquietó, y por si fuera poco, Miroku lo visitó con el objetivo de convencerlo para asistir a la dichosa fiesta esa; nunca admitiría ante nadie la buena razón que su primo le ofreció para finalmente terminar por aceptar, claro, bajo sus propias condiciones.

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-Acaso ¿no tienes curiosidad de saber por qué Hojo desapareció por algunos años, tan repentinamente, para después volver a estar presente en el ojo público?- Recordó la conversación que sostuvo con Miroku.

-No tiene por qué importarme lo que haga o deje de hacer ése- era su última palabra, no iría.

-Bueno, pero… Tú y yo somos unos libertinos, ni lo hemos tratado de esconder. En todas nuestras relaciones somos directos al aclarar que no es nada serio. Sin embargo, tal parece que nuestro amigo dejó un corazón roto en cierto restaurante al desaparecer nuevamente. Ese podría ser nuestro estilo, pero no el de Hojo. Además, hay ciertos rumores que rodean a la familia Akitoki, quizá "eso" podría ser la razón de...- Inlcuso si lo pensaba a detalle, aún no comprendía las acciones de Hojo. Observó la reacción de Inuyasha.

Miroku no entendía por qué pero cualquier cosa relacionada con Kagome, a su primo le interesaba. Le parecía divertido verlo actuar como nunca antes, disfrutaba molestarlo, más aún cuando la señorita no le correspondía, el hecho de saberlo rechazado le emocionaba, y era justo lo que también más le impresionaba. Inuyasha no era el tipo de hombre que le gustase rogar, mucho menos cuando ya había sido rechazado.

Desde la llegada de Kagome a sus vidas, Inuyasha se comportaba diferente, lo supo desde el momento en que fueron a desayunar a aquel restaurante donde ella trabajaba, el brillo que vio en sus ojos terminó por confirmar que aquella chica le gustaba, incluso más de lo que estaba dispuesto a admitir. Podía engañarse incluso a él mismo, pero era evidente el gran interés que sentía por la chica.

Miroku conocía perfectamente a su primo o eso creía, pues lo más natural al percatarse del evidente interés que ella mostraba por Hojo, era que Inuyasha tomara distancia y se olvidara de todo. Cuál fue su sorpresa al darse cuenta que no intentaba siquiera alejarse de ella, todo lo contrario la buscaba incluso a escondidas, él mismo lo descubrió unas semanas después de su primera visita al Royal Host. Tenía toda la intención de volver a ver a Sango, la amiga de Kagome, cuando a lo lejos reconoció el auto de Inuyasha, sólo atino a reír por la situación.

Siendo un hombre lleno de conocimientos por primera vez desconocía tal comportamiento, fue así que decidió tener una conversación con su tía Izayoi, quien respondió a todos sus cuestionamientos. Cada dato nuevo acerca de la sangre Taisho le apasionaba. Toda aquella información no hizo más que incrementar su curiosidad de ver el desenlace de aquella relación. Más decidido que nunca ayudaría a su primo, de hecho, toda la familia estaba en entera disposición en ayudar al más joven de los Taisho.

-¡Keh!- Inuyasha contestó irritado. –No sé cómo es que estás tan bien informado. Pero de acuerdo, te acompañaré. Y no, no es por lo que piensas.- Pero era justamente por lo que Miroku pensaba, mas nunca lo admitiría, no frente a él.

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Los recuerdos se desvanecieron al sentir como unos dedos traviesos rosaban seductoramente su mano, sonrió como respuesta, definitivamente tendría una larga noche.

A lo lejos vio como el gentío se acumulaba para recibirle.

-Vaya, aún no debutas oficialmente y ya tienes una gran cantidad de seguidoras- dijo Sandra en un perfecto inglés.

-¿Celosa?- preguntó él con ironía.

-Para nada. No hay comparación, soy famosa mundialmente- Sonrió victoriosa.

-Pon mucha atención cuando realice mi debut- Le dirigió un guiño el cual la hizo sonrojarse. -Bien, hemos llegado, ¿estas lista?-

-Siempre-

Inuyasha rio ante la altivez de Sandra, parecía ser muy competitiva. Se preguntaba si mostraría esa misma energía en la cama. Con solo pensarlo su cuerpo reaccionó al instante.

El sonido ensordecedor de gritos y clics de cámaras fotográficas llegó a sus agudos oídos al descender del vehículo, no creía que algún día se acostumbrara a tal bullicio. Hizo un esfuerzo enorme para bloquear tanto ruido y solo escuchar lo necesario.

-Cuida de él- su voz sonó un poco más dura de lo que planeaba. El joven portero sólo asintió al ver la mirada amenazante de Inuyasha cuando éste le entregó las llaves de su auto.

Al momento, otro portero abrió la puerta del copiloto mostrando a su invitada. El asombro de los asistentes era evidente, nadie se esperaba tal encuentro.

Inuyasha ofreció su brazo a Sandra mientras dibujaba una sonrisa arrogante en su rostro, entendía por qué todos los presentes quedaron pasmados, estaba presentando a su nueva "amiga", como acostumbraba llamarlas. Nadie era tonto para no saber lo que él quería decir, y no era para menos, Sandra no se comparaba con las otras modelos que lo acompañaron en eventos pasados, podía imaginar la cara de Miroku.

El par de primos eran conocidos, como "el dúo donjuán". Amplió más su sonrisa al recordar todos los otros apodos que se ganaron por llevar a eventos a una mujer distinta, además de ser encontrados en situaciones un poco comprometedoras, acercamientos que duraban más de lo debido o uno que otro beso fugaz; y agradecía que conocieran sólo eso y no lo que sucedía en las habitaciones de los hoteles.

Mientras desfilaban por la alfombra, los reporteros no perdían el tiempo; haciéndoles preguntas sobre su "amistad", tratando de conseguir algún chisme nuevo que publicar, a lo que cortésmente eludían o negaban.

-¿Es cierto que has terminado la relación que mantuviste con Michael?- Una reportera se atrevió a preguntarle sobre el tema que en las últimas semanas lo rodeaba.

-La única relación que tengo con Michael es laboral, posiblemente colaboraremos en alguna revista nuevamente, pero no es algo que yo decida.- Mentira, no estaba dispuesto a trabajar más con la modelo, lo decidiera su manager o no, pero eso no tenía por qué saberlo el mundo entero. Antes de que pudieran continuar con el interrogatorio, siguió su camino junto a Sandra.

-¿Quién es Michael?- susurró Sandra para que solo él le escuchara. Percibiendo en el tono de su voz más curiosidad que reproche cuando le preguntó.

-Nadie en particular- respondió sin darle importancia.

-Entiendo- sonrió irónica ante su respuesta, era obvio que aquella mujer había sido una de sus tantas aventuras.

Sandra conocía la fama que rodeaba a Inuyasha. Era modelo y uno de los temas principales entre sus colegas era el "apasionante japonés", Inuyasha Taisho. Aquellas que tuvieron la fortuna de salir con él en algún momento, era lo que más comentaban.

Ella no era santa y mucho menos pura, le gustaba mucho probar lo que los buenos amantes masculinos pudieran ofrecerle, estaba ansiosa por conocer a Inuyasha. Sus vacaciones en Japón habían sido el mejor pretexto para acercarse a él, nunca esperó que él fuera quien primero se acercara al invitarla a una celebración. Por supuesto no se negó, encantada acepó, finalmente comprobaría lo que las demás tanto cuchicheaban cada vez que se reunían.

Es increíblemente guapo, y si eres afortunada, no tendrás por qué dormir sola- Recordó las conversaciones con sus colegas. Curiosa por tal actitud de ellas al verlas cerrar los ojos cuando hablaban de él; seguramente disfrutando de los recuerdos que les dejó aquel sinvergüenza; ella deseaba vivirlo, después de todo le gustaba acostarse con hombres dotados en el arte de la pasión.

-Con que el mejor ¿eh?… Eso está por verse- Pensó con picardía.

-¡Sandra! ¡Sandra!- Un reportero pedía a gritos su atención.

Con caballerosidad, Inuyasha acompañó a Sandra hasta el reportero. Sin prestarle atención a la conversación, miró hacia la multitud, regalando una sonrisa galante a todas sus admiradoras, aumentando el entusiasmo de cada una de ellas.

Lo admitía, el lugar era relajante y a pesar de toda la aglomeración podía escuchar perfectamente el fluir del riachuelo, además de percibir la frescura de la naturaleza, el sutil y agradable olor a jazmín y vainilla.

-Vainilla, delicioso- no pudo evitar cerrar los ojos disfrutando y llenarse los pulmones de aquella fragancia tan exquisita. El recuerdo llegó a su mente de manera tan repentina que le dolieron los párpados al abrirlos. Con disimulada desesperación la buscó, sabía perfectamente a quién pertenecía aquel delicioso aroma.

Y ahí estaba Kagome, a unos metros de él, en la entrada del hotel. Parpadeó repetidas veces, asegurándose de que no se trataba de una ilusión. Era ella, no conocía a nadie más que pudiera tener aquella deslumbrante cabellera azabache. La siguió con la mirada, viéndola caminar dando vueltas sobre sí misma, admirando el lugar hasta detenerse en lo que parecía ser un puente.

-Hermosa- Pensó, aún sin desperdiciar la oportunidad de observarla descaradamente, de pies a cabeza, sin perder detalle alguno de su figura. Aquel vestido color durazno le quedaba perfecto, le permitía contemplar la blancura de sus piernas; tragó saliva. Hasta ese momento se percató de lo seca que se encontraba su garganta. Observó cada curva de su cuerpo, perdiendo el aliento. ¿Cómo era posible que reaccionara de tal manera?

Había tocado tantos cuerpos femeninos y en ése preciso momento sus manos temblaron, deseaba delinear el alcance de aquellas curvas con sus dedos. Trago una vez más saliva, se conformaría hacerlo tan sólo con la mirada. Finalmente miró su perfil, deseó acomodar aquel mechón rebelde que se negaba a permanecer tras su oreja. Estaba encantadora. En una vehemente súplica, pidió ver el profundo color de sus ojos. Y aunque no esperaba que le fuera concedido su deseo, lo deseó con más intensidad.

Dios!- el aliento le hizo falta cuando ella lo miró. Su rostro sorprendido y desconcertado le divirtió, y se descubrió sonriéndole jovialmente. Se preguntó qué tenía que hacer para que aquel momento no terminara. Su sonrisa se borró al momento cuando ella rompió contacto visual para mirar a Sandra.

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Kagome respiró una última vez el aire fresco, era delicioso, había ayudado a tranquilizarla, después de todo, si quería cumplir su cometido, relajarse era el primer paso.

Sería algo sencillo, buscaría a Hojo, le entregaría su obsequio y le declararía sus sentimientos, no tendría por qué sentirse tan nerviosa. Estaba por dar su primer paso hacia la valentía mas sus pies no respondieron, se paralizó al sentir una extraña corriente eléctrica recorrer su espalda. Era intensa y extrañamente agradable, juraría que ya había experimentado lo mismo con anterioridad, sin lograr recordar cuándo ni dónde.

Se sentía observada, ¿la habrían descubierto?, quizá… Se arriesgó a mirar hacia la entrada. Esperaba descubrir a los guardias dirigiéndose hacia ella para sacarla, pero lo que se encontró fue la brillante y penetrante mirada ámbar de Inuyasha.

-Pero qué… ¡¿Qué hace él aquí?!- ahora estaba sorprendida. No era posible que incluso en aquel lugar se lo tuviera que encontrar. –Por… ¿Por qué no deja de sonreír de esa manera?- Aquella sonrisa que le regalaba la confundió, comenzó a sentir las mejillas calientes. Estaba por quedarse perdida ante su mirada, pero el resplandeciente brillo a su lado llamó más su atención, apartando su vista de él la posó sobre la hermosa mujer que le acompañaba. Pasados unos segundos, recobró la compostura y rompió cualquier contacto visual.

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-¿Inuyasha?- la voz de Sandra se escuchó por segunda vez.

-¿Disculpa?- Volvió la mirada en Sandra, tratando de seguir el hilo de la conversación.

-Sin duda él lo hará- rió divertida junto al reportero, dando por terminada la entrevista.

-Inuyasha, ¿qué ocurre?- Sandra cruzó su brazo con el de él caminando hacia la entrada. Le dedicó una disimulada mirada; definitivamente era un chico extremadamente guapo, sin embargo, era todo un misterio. –Me pregunto si podremos formalizar algo en un futuro- Un pensamiento fugaz pero atractivo pasó por su mente. Prestó más atención a sus fabulosos ojos dorados que no la miraban, parecían buscar algo. Dirigió su vista hacia la misma dirección pero no vio nada, sólo el camino hacia el salón social.

-No es nada.- Respondió nervioso. Kagome había desaparecido, ni su olfato ni su agudo oído pudieron localizarla. Miles de preguntas vinieron a su cabeza pero sólo una lo inquietaba. ¿Qué estaba haciendo ella en aquel lugar?

Era la celebración del cumpleaños de Hojo, era muy probable que haya sido invitada, si así era entonces... Presintió que algo no andaba bien. Sabía la clase de familia que eran los Akitoki, y muy probablemente no era del conocimiento de la joven el rumor de aquel evento.

No pretendía ser descortés con Sandra, después de todo era su invitada, sin embargo, al ver a Kagome, ya no estaba seguro de continuar con su compañía.

-¡Rayos! ¿Pero qué carajos?- Regresó su mirada a Sandra, ella lo examinaba interrogante.

-No, no, no, ¡no!- No tenía que fijarse en nadie más, la mujer más sensual de Polonia estaba colgada de su brazo y le sonreía coquetamente ¿Qué más podía pedir? Le devolvió la sonrisa. Él también tenía sus propios planes esa noche. El asunto que Kagome tuviera con Hojo no era de su incumbencia. Trató de convencerse a sí mismo.

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El salón social se encontraba abarrotado de personas, en su mayoría, empresarios altamente reconocidos, incluidos algunos socios de su padre, como bien pudo observar Inuyasha.

-Parece más un banquete empresarial que una fiesta de cumpleaños ¿no lo crees?- dijo Miroku acercándose a su lado.

-¿Querías globos de colores, inflables y caramelos?- Inuyasha sonrió divertido.

-Y unos payasos también.- bromeó. –Estos eventos son tan aburridos- sorbió un poco del vino que ofrecían.

-Fuiste tú el que insistió tanto en venir, no te quejes- tomó la copa de vino que le ofreció un camarero.

-Bueno, ya no importa… Sé de muy buena fuente que la familia Himura ha venido. Quizá las sospechas sean ciertas y esto se ponga un poco más interesante.- Nuevamente bebió de su copa mientras miraba fijamente a su primo.

-Será más interesante cuando termines con todo el vino. Pero si lo que dices es verdad, entonces ¿qué demonios hace Kagome en éste lugar?- frunció el ceño.

La razón de su ceño fruncido se debía a que algunos meses atrás las revistas no paraban de cotillear la posible alianza entre la familia Akitoki y los Himura, alianza que involucraba a sus herederos: Hojo y la hija mayor de los Himura, Tsuki. Si aquel evento era para formalizar el compromiso, entonces Kagome...

-¿Ella está aquí? ¿Cómo…?- miró atónito a su primo sin terminar de formular la pregunta.

-La vi en la entrada principal pero le perdí la pista- intentó buscar con discreción a Kagome entre el gentío.

-¿Invitarla sabiendo de los Himura? Es muy extraño, creí que él sentía algo por la chica, no creo que sea tan canalla como para…- abrió sus ojos, concluyendo en sus pensamientos. ¿Cómo era posible que Hojo le hiciera tal maldad a Kagome?

-Por favor caballeros, llevan un buen rato sin dejar de murmurar, ¿qué tanto cotillean?- Sandra los interrumpió, pestañeando inocentemente, como niña pidiendo toda la atención posible.

-Oh, disculpe hermosa dama. Creo que no nos han presentado, mi nombre es Iwamura Miroku, el primo favorito de Inuyasha- Tomó con elegancia su mano para después depositar un beso sobre ella, recibiendo una sonrisa burlona por parte de Inuyasha.

-Sandra Kudbicka. Es un placer conocerte, he visto tu trabajo como modelo, impecable he de mencionarte- Sonrío coqueta.

-El placer es todo mío y agradezco mucho tus palabras. Espero que mi primo sea buena compañía, pero no lo dudes, si necesitas que te auxilie, con mucho gusto estoy a tus órdenes.- con una mirada divertida se volvió hacia a su primo, hablando lo más bajo posible para que solo él lograra escucharlo. -¡Dios! ¡La misma en persona! Eres un pillín primo, un pillín.- Le codeó su brazo mientras le guiñaba el ojo de manera cómplice.

Inuyasha sonrió con suficiencia, sabía bien que Sandra era una de las modelos más deseadas en Europa, después de todo, las sesiones fotográficas en revistas para caballeros volvían loco a cualquiera.

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Kagome se encontraba en el lugar más apartado de toda aquella gente tan elegante, justo a lado de lo que parecía ser la cocina.

-¿Realmente es la fiesta de cumpleaños de Hojo?- Miró una vez más la invitación, no se encontraba perdida, sin embargo lo parecía. Aquellas no eran justamente el tipo de personas con las que Hojo se involucraría.

-¿Es usted la señorita Higurashi?- dio un brinco ante el inesperado llamado. Aquel hombre, tan elegante como los demás, la miraba sin expresión alguna.

-Sí… yo… Sí, soy yo- respondió nerviosa.

-Acompáñeme por favor, la señora Akitoki solicita verla- Amablemente le mostró el camino, invitándola a seguirlo.

-Oh no, se equivoca, yo solo vine a…- Tan solo quería hablar con Hojo, lo más pronto posible.

-Sígame por favor.- Insistió aquel hombre.

Miró molesta al caballero frente a ella, resignada le siguió. ¿Qué querría decirle la madre de Hojo? ¿Él le habría contado sobre ella? ¿Hojo estaría esperándola junto a su madre? Los nervios comenzaron a consumirla.

No tardaron mucho en llegar a su destino. Aquel hombre se detuvo ante una puerta gris tocando sobre ella. Recibiendo un "adelante" por respuesta.

-Pase por favor.- Y así el hombre se retiró al cerrar la puerta detrás suyo.

La señora Akitoki se encontraba sentada sobre un sillón en medio de la habitación, tomando una taza de té. Vestía un hermoso kimono tradicional color pistacho claro, adornado con hermosas flores bordadas y con un elegante obi color dorado que adornaba su cintura.

¿Cómo debía saludarla? ¿Qué debía decir? ¿Por qué la había llamado?

-Buenas noches, señora Akitoki.- Tenía tanto que preguntar, y lo único que pudo decir fue un saludo, con una reverencia más formal de lo que pretendía.

-Higurashi Kagome, finalmente puedo conocerte en persona- la serenidad en la voz de la señora Akitoki difería de su serio semblante. -Verás, en los últimos meses hemos oído hablar mucho de ti. Gracias al tonto deseo de Hojo por experimentar nuevas aventuras, fue lo que llevó a apartarse de nosotros y conocerte a ti.- El desprecio y el alivio se unieron en su expresión despreocupada. Kagome no sabía qué decir, sin entenderlo, se sentía acusada por aquella señora.

-Afortunadamente, hace unos meses pudimos contactarlo, le suplicamos regresara a casa pero no entendió razones sólo hasta que supimos de ti. Ja, sólo así él aceptó, bajo condiciones que me tienen muy molesta, he de admitir... Pero ahora dime Higurashi, ¿mi hijo te habló de nosotros?- la acusación en su voz fue notoria.

La pregunta la turbó, aún así trató de rememorar las conversaciones con Hojo en las que el tema principal fueran sus padres, mas no logro recordar ninguna. Cada vez que preguntaba acerca de su familia, él siempre evadía la pregunta y cambiaba la conversación rápidamente.

Nunca supo si tenía hermanos, el nombre de sus padres o a qué se dedicaba su familia; incluso podría jurar que no sabía más que su nombre, su comida y película favorita. Se asombró de lo desconocido que ahora le parecía ¿Y se había enamorado de él? Creyó que para estarlo era suficiente con embelesarse con su forma de ser y de su amabilidad. La pregunta de la señora Akitoki la hizo reflexionar casi a punto de quedarse perdida en sus pensamientos, respondió a la cuestión con toda honestidad y con inquietud.

-No, señora Akitoki, nunca los mencionó.- Miró directamente a aquellos ojos color miel, idénticos a los de Hojo, para que viera en ellos ninguna intención de ofenderla o herirla.

-Lo supuse.- No aceptó ni rechazó su honestidad, restándole importancia a su respuesta, como si ya lo supiera.

-Hojo ha sido un hijo rebelde en estos últimos años, ha estado evadiendo la gran responsabilidad que le corresponde afrontar como único heredero de la familia Akitoki. Nos pidió, con gran insistencia, un tiempo para poder disfrutar de la vida, sin embargo, un día se fue sin avisar y se excedió del tiempo acordado, lo cual a mi marido y a mi nos disgustó en gran manera. Tuvimos que perseguirlo, pero cada vez que lo encontrábamos, buscaba la forma de desaparecer, hasta ahora. Creyó que podía ocultarse, incluso trató de mantenerte en el anonimato y no era para menos, nunca aceptaríamos a una chica de clase tan baja como tu. Tuvo que enfermarse mi esposo para que él reflexionara sobre sus acciones y regresara a casa, razón por la cuál, ahora, tú estás aquí.- Era sorprendente la tranquilidad con la que mencionaba tales palabras, como si estuviera muy acostumbrada a despreciar a las personas.

-Yo, yo no sé por qué…- No entendía absolutamente nada de lo que estaba sucediendo, ella sólo fue a ése lugar con la intención de felicitar a Hojo y para hablar con él, no estaba preparada para recibir la furia de la señora Akitoki. No, no, no. Aquella mujer estaba totalmente equivocada. No permitiría que le hablara de ésa manera, ella no había hecho nada malo.

-No entiendo porqué me trata de ésta manera y no se lo voy a permitir. Recibí una invitación para celebrar el cumpleaños de Hojo y eso es lo que vine a hacer, cualquier otro asunto, es entre él y yo, no de nadie más- No evitó levantar su mentón, en defensa propia.

-¿Cómo, cómo te atreves…?- Los nervios de la señora Akitoki estaban por descontrolarse.

-Ya me escuchó, yo vine hasta éste lugar porque recibí una invitación de Hojo, sólo vine a verlo a él.- Esperó por otro insulto de su parte pero en su lugar la sonrisa de satisfacción de aquella mujer no la previó.

-Debes saber que fui yo quien envió la invitación… pero esta bien, permitiré que converses con mi hijo, él te confirmará para lo que has venido- Su sonrisa fue suficiente para ponerla nerviosa, mas no se lo mostraría.

-¿Ella me invitó?- Estaba cada vez más confundida.

-Hojo se encuentra en la habitación contigua, puedes retirarte- Con poca sutileza, la despachó con un gesto despectivo de su mano como si de servidumbre se tratara.

Kagome giró sobre sus talones, sin mirar atrás. Sin despedida alguna, se marchó cerrando la puerta tras ella, dejando a la madre de Hojo con una sonrisa victoriosa.

Llevaba ya un buen rato parada frente a la puerta donde se encontraba el nombre "Hojo" en una placa dorada pulcramente lisa. Su temblorosa mano quedó suspendida en el aire por un largo rato.

Tenía la sensación de sólo ser un peón en un juego en el que no entendía las reglas. Tenía tantas preguntas y a pesar de ello; al recordar las palabras de la señora Akitoki; por alguna extraña razón no quería enfrentarse a lo que Hojo tuviera que decirle. Sin embargo, estaba decidida a terminar lo que había comenzado, aquel beso que él le había dado meses atrás, lo sintió con total sinceridad, se aferró a ello y finalmente tocó la puerta.

-Ya casi estoy listo, te dije que me dieras cinco minutos- Escuchó la voz de Hojo al otro lado de la puerta, su corazón latió velozmente. Tocó una vez más sin decir palabra alguna. Escuchó los pasos acercarse.

-Madre, te dije que…- La sorpresa que mostró al abrir la puerta, no dejó en duda que no esperaba verla ahí.

-¿Podemos hablar?- Quería ser la Kagome sonriente y amable que siempre él le pedía que fuera, más no lograba traerla de vuelta, no hasta que todo aquello se aclarara.

-Kagome, ¿qué estás…? ¿cómo…?- Aún con todas las dudas reflejadas en su rostro, la invitó a pasar-.

Verlo vestido de smoking dentro de aquella habitación lujosa sólo provocó en Kagome sentirse fuera de lugar, comenzó a comprender lo que la señora Akitoki le dijo momentos antes.

-Kagome…- Soltó su nombre en un suspiro, uno que percibió con añoranza, desesperación y tristeza.

-¡Feliz cumpleaños!- Le mostró la mejor sonrisa que pudo mientras extendía su mano hacia él dándole su regalo.

-Kagome, yo no… yo no puedo aceptarlo- Estaba desesperado, quería huir. Buscó una y otra vez en su mente alguna explicación a aquella incómoda situación, la razón del por qué ella se encontraba en aquel lugar.

-Tal vez no es un regalo a los que estas acostumbrado a recibir, pero yo…- Aún con el brazo estirado, se vio interrumpida por el llamado a la puerta.

-¡¿Hojo?! ¿Estás listo? Tus padres nos esperan- una dulce voz femenina se escuchó al otro lado de la puerta.

-Sí, en un momento salgo- Gritó mientras miraba con resignación a una Kagome que no dejaba de verlo, desconcertada.

-Te espero en el lobby, quieren que entremos juntos al salón, no tardes ¿de acuerdo?- El sonido de tacones se fue alejando poco a poco.

-Hojo, tú…- ¿por qué la escondía? Se desesperó al no ver reacción alguna en él.

-Kagome, por favor, no salgas de ésta habitación, te prometo que te explicaré todo en cuanto regrese, te suplico, no te vayas hasta que yo vuelva ¿esta bien?- Tomó sus manos, acercándose a ella, suplicándole que hiciera caso a sus palabras.

-Muy bien, aquí te esperaré- No tenía otra opción, algo estaba por suceder, lo presentía. Si tenía que esperar para averiguarlo, lo haría.

-Gracias Kagome, pase lo que pase, no te vayas- Besó sus manos, con un ansia que le robó el aliento. Ella sólo pudo asentir.

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-Damas y caballeros. Es un placer tenerlos presentes en ésta noche tan especial. La familia Akitoki se complace con su presencia y agradecen su compañía en ésta velada para celebrar el vigésimo cumpleaños de su hijo. Con ustedes, Akitoki Hojo-. El maestro de ceremonias aplaudía mientras se apartaba para dar paso al susodicho.

Tsuki iba tomada del brazo derecho de Hojo, mientras caminaban hacia el centro del salón. Como era costumbre en eventos de la alta sociedad, comenzaría el baile, el cual protagonizarían ellos dos.

Inuyasha observó detenidamente a la pareja, intentando averiguar las intenciones de Hojo. Si él estaba comprometido con la hija mayor de los Himura, entonces Kagome…

-Maldito- Nuevamente su ceño comenzó a fruncirse, esta vez con más dureza.

Había estado buscando por todas partes el paradero de Kagome, sin tener éxito. Su instinto no presentía nada bueno. Y aún sin entender la razón, no permitiría que le hicieran daño.

Ante tal sentimiento, recordó lo que sus padres le mencionaron tiempo atrás y se prometió averiguar más sobre aquella leyenda que cubría a toda la familia Taisho. Su comportamiento para con la chica podía tener alguna relación con aquello, o al menos eso creía. Sólo de algo estaba completamente seguro, no estaba enamorado de ella.

La única manera de obtener información sería ir directamente con Hojo; para su suerte el señor Akira, un empresario amigo de su padre, se acercó a él para presentarlo ante los Akitoki.

-Señor y señora Akitoki, ha sido un placer estar en tal celebración, todo ha sido espléndido-. Con una gran sonrisa, el señor Akira se inclinó para saludar a los padres de Hojo. -¡Muchas felicidades joven Hojo! No cabe la menor duda que el mejor regalo está a su lado. Señorita Himura, felicidades a usted también.- Se inclinó una vez más cortésmente hacia Tsuki.

-Es un placer contar con su compañía señor Akira- Respondió el padre de Hojo con una respetuosa reverencia.

-Gracias por la invitación, de no haber venido me habría perdido de éste gran acontecimiento- Río de buena gana, bastante animado. Habló un poco más acerca de los grandes beneficios de aquella unión y de los futuros negocios con los Akitoki. Inuyasha empezaba a impacientarse, podía sentir la curiosidad de los señores Akitoki en él, no dejaban de mirarlo cada tanto; esto tampoco pasó desapercibido por el señor Akira.

-Oh, qué descortés de mi parte. Señor y señora Akitoki, permítanme presentarles a Inuyasha Taisho- Posó una mano sobre su hombro para presentarlo.- A decir verdad, esperaba ver a su padre, pero me da un gran gusto volver a ver su muchacho después de tantos años- Sonrió hacia Inuyasha reafirmando que era verdad lo contento que estaba.

-Buenas noches- Con toda la elegancia que poseía, hizo una reverencia en muestra de respeto. La cual no pasó desapercibido, por sus anfitriones. Por un lado, los señores Akitoki mostraron su más grande respeto. Sucedía siempre lo mismo cuando se presentaba como un Taisho. Todos tenían presente el poder de su familia.

Miró por el rabillo del ojo y notó el sonrojo de la señorita Himura. Detuvo su mirada un momento en ella, no lo negaría, era linda y tenía gracia, como toda joven de su círculo social, concluyó así que era la indicada para Hojo, eran tal para cual, muy disciplinados ambos.

-Felicidades a ambos por su compromiso- Fue el momento de enfrentarse a Hojo, río por dentro al verse un poco más alto que él.

-Gracias Taisho, espero sigas disfrutando de la fiesta- Tal parecía que tenía actitud para tal atrevimiento, sin dejarse amedrentar por su apellido ni por su aspecto físico. Para Inuyasha, éso fue lo de menos, no se iría hasta saber qué tramaba.

-Gracias. Si me lo permites, me gustaría hablar un momento contigo-. Fue notoria la sorpresa en el rostro de Hojo. Sabía quién era aquel joven, lo había visto muchas veces en televisión, lo reconoció por aquella audición a la que asistió Kagome para entrar a la academia Shikon; además conocía el legado de su familia, la más poderosa en todo el país; la más reconocida y respetada en su círculo social.

-Claro, vayamos por una bebida- Sin levantar sospechas, se alejaron de sus padres y de Tsuki. Tardaron unos metros en llegar a la mesa de bebidas, en todo el trayecto no hubo palabra alguna de uno con el otro.

-Dime ¿qué estás tramando?- Inuyasha no esperó a cortesías, tan directo como siempre soltó la pregunta a un Hojo totalmente confundido.

-¿Disculpa? ¿A qué te refieres con...?-

-Keh. No preces feliz con tu compromiso pero te has resignado a aceptarlo, si es así, dime ¿por qué invitaste a Kagome?- No perdía ningún detalle de la expresión corporal de Hojo, se daría cuenta de cualquier indicio de mentira. Por ahora sólo mostraba asombro y confusión.

-¿Conoces a Kagome?- Mientras miraba a Inuyasha, su mente buscaba alguna explicación lógica a toda esa situación.

-Responde a lo que he preguntado- Incluso para Inuyasha le parecía absurdo; no podía decirle "no, no la conozco, sólo tengo un deseo tremendo de protegerla"; a pesar de no poder expresarlo no haría caso omiso a ése deseo.

-Yo… yo no la invité, no sé qué hace ella aquí- Comenzó a ponerse nervioso, no sabía cómo solucionar la situación, pensó que la mejor manera era esconder a Kagome de todo y todos para después encontrar una oportunidad de ausentarse e ir con ella para conversar con calma, pero no tuvo oportunidad alguna, su madre no dejaba que abandonara la celebración. Miró hacia el camino que conducía a su habitación, así también miró un momento hacia sus padres y entonces lo supo, su madre, ella había invitado a Kagome.

-¿Dónde está ella?- No necesito de sus agudos sentidos para asegurarse de que no mentía, el chico estaba totalmente confundido. Estaba perdiendo la paciencia, no decía nada, ni siquiera lo miraba, eso le molestaba de gran manera. El enojo en su expresión lo tomó por sorpresa. Miró hacia dónde él lo hacía y, sin que se lo dijera, comprendió quién había sido la responsable de que Kagome estuviera allí.

-¿Dónde está ella?- Preguntó una vez más, sacaría a Kagome de aquel nido de cuervos.

-Taisho… No sé cómo es que conoces a Kagome, sin embargo, éste asunto no te compete-.

-No me vengas con…-

-No es muy cortés de tu parte preocuparte por otra mujer cuando tienes a una acompañante tan deslumbrante...- Se limitó a señalar con la cabeza a Sandra quien se acercaba a ellos.

Inuyasha cerró su puño con fuerza, se había olvidado por completo de Sandra. Nuevamente se cuestionó qué demonios ganaba con hacerse el héroe, después de todo, parecía no agradarle a Kagome, no dio una muy buena impresión de sí mismo la última vez que se vieron. Ella tampoco pidió su ayuda, entonces ¿para qué tanto empeño por protegerla? Sin embargo, aquella fuerza ajena a su entendimiento lo impulsaba a buscarla y a no permitir que le pasara nada malo.

Maldición!- Se volvería loco.

-Buenas noches- Saludó Sandra al llegar a su lado. -Permíteme felicitarte por tu cumpleaños y tu compromiso- sonrió amablemente ante un Hojo anonado por su belleza. -Espero no te moleste si me llevo a Inuyasha- una vez más no necesito más que mover coquetamente sus pestañas para convencer a quien ella quisiera.

-Muchas gracias ¿señorita…?-

-Sandra.-

-Sandra. Espero que sigan disfrutando de la velada, permiso- Hojo giro sobre sus talones y los dejó solos.

-¿Sabes? Creí que sería más sencillo permanecer a tu lado, pero pareces agua entre mis dedos, te escapas sin que pueda hacer algo para detenerte- Estaba molesta por no ser el centro de atención para él.

Todo marchaba bien camino al hotel pero la actitud de Inuyasha cambió minutos después de llegar. Su interés desapareció, que ni tiempo dio para que pudiera evitarlo. Sólo pudo observar que su atención estaba en algún sitio del salón, no dejaba de mirar para todas partes, en otros momentos murmuraba con su primo, quien sabe qué tanto. Comenzó a hartarse de la situación, nadie antes la había tratado de esa manera, y le sorprendía que precisamente fuera Inuyasha quien lo hiciera. A esas alturas, ella ya lo tendría rodeado entre sus piernas, demostrándole lo apasionada que podía llegar a ser… Ya era suficiente, no abandonaría su principal cometido. No se quejaba de la atención que Miroku le otorgaba, se lo agradecía, después de haber sido dejada de tal manera, mas su objetivo era el ambarino. No, no permitiría que nada ni nadie le arruinara sus planes.

-Sandra, lo siento. No ha sido mi intención dejarte sola, es sólo qué…- ¿Cómo explicar algo que ni él entendía?

-Me han dicho que el jardín tiene una vista impresionante, vayamos a verlo ¿quieres? Creo que necesitas despejar un poco la mente- nuevamente movió sus pestañas.

-Sí, está bien, vayamos- Dudoso de su decisión, era lo mínimo que podía hacer después de haberla hecho pasar un mal momento. Además, necesitaba tomar aire fresco. La situación con Kagome tenía que olvidarla, por su propio bien. Le daría la razón a Hojo, ése asunto no le competía.


22-04-2024 / 10:34 pm

N.A: Finalmente he vuelto para terminar lo que comencé.

A casi 10 años, 9 exactos, desde que publiqué el primer capítulo. Desde entonces mucho ha cambiado, mucho he cambiado, pero la historia nunca dejó mi mente y muchas otras más comenzaron a surgir. No sé cómo le haré pero quiero continuar con esto.

Quiero dedicar éste capítulo a una escritora a quien admiro mucho y que en gran parte ha sido quien me ha motivado, sin querer, a seguir escribiendo: Anyara, muchas gracias por inspirarme, no sé si llegues a leer esto... ¡Muchas gracias!