—Raúl es un cretino—Jinbei aseguró decididamente.
—¿Quién?—Trad despegó la mirada de su tablet absolutamente desconcertado.
—¡Raul, Trad! Hablo de Raul—le repitió como si fuese obvio y el problema era suyo al no comprender algo tan simple.
—Claro—intentó seguirle la corriente, pretendiendo que en absoluto no era la primera vez que escuchaba ese nombre en su vida—. Pero recuérdame una vez más, ¿quién es Raúl?—pidió pacientemente con una ceja arriba.
—¡Un idiota, Eso es lo que es! Él solía jugar conmigo cuando era niño y era irritante. Luego creció, hizo todo este alboroto para que lo invitara a BC Sol cuando retomé el equipo ¡Y un día simplemente lo dejó y empezó a competir contra mi en el campeonato! ¡Aún más irritante! Ese bastardo siempre estaba sonriendo como si fuera mejor que yo. Lo detestaba. Antes de la liga mundial, ¡Antes de nuestra pelea… él se retiró! ¡Se retiró, Trad! ¡Como si yo no valiera nada!—Gritó tremendamente indignado—Dejó la arena para ser un aburrido y fracasado entrenador.
Trad arqueó una ceja hacía él.
—¡No me mires así! Tú no eres un fracasado—¿Entonces es aburrido?—. Raúl sí. ¿Puedes creer que vive en su camioneta ahora? Era de los mejores en la liga y ahora vive en su camioneta. Ese viejo es un vagabundo bueno para nada—concluyó haciendo chirriar sus dientes de la rabia, saliendo tras de su escritorio en su brillante silla de ruedas, su rostro arrugado con frustración—. Vamos al gimnasio, necesito ver cómo van todos—cambió de tema repentinamente, fácil como si ni siquiera importará.
En ese momento Trad no le prestó demasiada atención como un hecho relevante. Ni siquiera estaba seguro de qué se esperaba que hiciera con esa información y para ser completamente honestos, la lengua de Jinbei estaba algo suelta desde que su cabeza había empezado a trabajar más en piloto automático que en plena conciencia, entonces no pensó que tuviera demasiada importancia.
Pero para su sorpresa mientras más ida estaba la cabeza de Jinbei, más veces Trad escuchaba el nombre de Raúl—demasiadas para ser alguien a quien supuestamente detestaba con su alma—. Generalmente en anécdotas.
Pero en otras ocasiones mucho más entrañables, Jinbei parecía perderse por un instante y llamaba a su amigo de la infancia y hablaba con él como si estuviera justo en su cara. Cómo si estuviera perdido en otra época.
Luego de todos esos fragmentos incompletos de información que Trad recibía todo el tiempo, la conclusión más factible que pudo sacar fue que aunque Jinbei lo negara por su vida, ambos eran más que simples rivales o conocidos. Ellos eran amigos. Los mejores amigos se atrevía a asumir. Siempre juntos a la batalla, hasta que por razones de la vida Raúl dejó BC Sol y Jinbei lo entendió y lo aceptó por la paz.
Pero luego Raúl abandonó la liga justo en el momento más alto de la carrera de ambos y Jinbei ya no pudo entender más y sintió que lo dejó solo, que lo traicionó como nadie nunca lo había traicionado. Podía sonar dramático, pero Trad comprende.
Después de todo Jinbei lo dió todo de él. Trató todos los días de su infancia para ser lo bastante fuerte para llegar a Raúl en la final. A Jinbei le dolía porque trató siempre de ser un buen amigo.
Apoyó a Raúl en todos los combates a los que pudo ir. Esperó cada noche fuera de su gimnasio sin importar el cansancio solo para poder jugar un rato con él. Estuvo ahí, se quedó a su lado y aún así Raúl lo dejó todo sin avisar antes de su enfrentamiento final y nunca se apareció en su puerta para darle una explicación.
Y Jinbei tampoco en la suya para buscarla.
Separados, el joven Kuroda nunca dejó de jugar, porque esa era su pasión. Secretamente guardando siempre en su pecho la amarga esperanza de que algún día Raúl aparecería frente a él como por acto de magía, como un rival, como entrenador o simplemente como su amigo y finalmente le daría las razones que tanto deseaba saber. Algo. Lo que sea. Alguna excusa al menos.
Pero ese tipo de historias de abuelitos nunca tienen final feliz y la verdad es que no hay nada más frágil que los sueños de un hombre y eso era triste. Dejó salir el aire en sus pulmones. Día largo.
Pasó a Jinbei su tableta con las estadísticas de la semana actualizadas y se permitió distraerse observando por la ventana a los bladers correr por todo el club como era rutina. Pero repentinamente el anciano llamó rápidamente su atención de la forma en la que Trad más odiaba lo hiciera, pero que a Jinbei no podía importarle menos.
—Creo que voy a morir pronto—el dueño comentó casual, cómo si hablara de hacer las compras.
—Jinbei—quiso esquivar por costumbre, evidentemente asustado del morbo.
Trad realmente detestaba cuando el dueño se ponía en ese plan.
—¿Por favor, puedes cerrar la boca por una vez? Estoy siendo serio—Jinbei lo cortó con autoridad, sin embargo sonaba paciente y cortés—. Es obvio que no me queda mucho tiempo antes de que me arrojen tierra y sé que no soy el más fácil para nadie últimamente, entonces necesito que me ayudes con algo lo antes posible antes de que me acusen de senil—pidio con seriedad, sus cejas rectas y severas—. Quiero organizar mi testamento—reveló en tono neutro.
No pudo evitar girar atónito a verle la cara. No tiene sentido. Nada de lo qué sea que estuviera pasando ahora podría acabar ni remotamente bien de ninguna manera.
—Jinbei, ya tienes un testamento. Lo hiciste el año pasado, ¿recuerdas?—le señaló con prudencia.
—No me trates de tonto, muchacho—lo regañó girando su silla hacia las grandes ventanas de la oficina—. Claro que lo recuerdo, fue un martirio. Me encantaría olvidarlo. Todos mis hijos se creían con derecho a opinar sobre mi legado y al final… escribieron en ese papel lo que todos querían y no voy a negar que no está mal, pero puedo hacer algunos cambios. Nada demasiado loco—lo hizo ver como un asunto minúsculo.
Sí, algo en el "nada demasiado loco" era sospechoso.
Especialmente porque Trad nunca insinuó que fuera de esa manera.
—Un par de cambios minimos de los que solo sepamos tú, mi abogado y yo—Jinbei le dió una mirada perspicaz analizando sus reacciones, dejando en claro con la mirada que esperaba la mayor de las discreciones.
Si Jinbei pudiera prescindir de Trad para esto, probablemente lo haría. Pero el dueño necesita un testigo presente a la hora de los cambios.
No pudo evitar reír divertido por el surrealismo, finalmente entendiendo todo.
—¿Así que este siempre fue tu plan? ¿Esperar a que todos te quiten los ojos encima y empezar a tachar todo en la hoja?—lo acusó con una ceja arriba.
—Meh, algo por el estilo. No hay tal cosa como un "plan". Nunca quise creer que tendría que hacer esto en primer lugar, es decir, siempre odie la idea de escribir a conciencia "qué hacer con mi dinero cuando me muera", pero sé que si lo ignoro mis hijos empezarán a señalarse unos a otros por su pedazo. Y si no hacía el trámite público para ellos… ¡Jamás me darían un minuto de paz!—se quejó con lo que solo podía llamarse honestidad rebelde, el sol bañando su cara con nostalgia, aún con sus arrugas el alma del domador de leones seguía intacta—No digo que sean malos. Yo los crié y no crié gente mala, Trad. Pero lo he visto una y otra vez, familias enteras divididas por la maldita plata. No puedo permitir que el apellido Kuroda se convierta en uno más impreso en los titulares amarillistas sobre algún ridículo caso fiscal por una herencia que en realidad no le importaba a nadie. Por eso no dudé en complacerlos. Les di tiempo suficiente para ganar, pero si no me he muerto aún es porque ese testamento no tenía que efectuarse. Así que aquí estamos—bostezó cansado—. No seré capaz de morir en paz si no dejo de lado lo que todos esperan de mi y hago lo que yo quiero hacer. Y no pongas esa cara con tus cejas molestas, te garantizo que a mis hijos no los empobrecera quitarles un poco de lo que de hecho no tienen. Sin embargo, en otras manos algunas cosas podrían cambiar vidas y darle valor a esta fortuna y yo ya estoy viejo para eso de la presión familiar. ¿Entonces qué dices?,
¿Me darías una mano con esto?, Aunque honestamente necesito más tus ojos y piernas—pidió determinado con una sonrisa pícara.
Trad casí pudo gemir de preocupación. Iba a meterse al ojo del huracán.
—Me meteré en tantos problemas con estas personas—se quejó pasivo, sintiendo como los costados de su cabeza empezaban a palpitar con molestia.
—No me digas que te da miedo—el anciano se lo retó incrédulo.
El carácter de Jinbei, siempre tan dócil.
—Ah, claro que me asustas. ¿Me darías un minuto? Tengo que calmarme para hacer cita con tu abogado, por favor—notificó con cuidado.
Aún no estaba muy convencido con la idea. No sabía con certeza ni como lucía el dichoso testamento original, ni como los "cambios triviales" de Jinbei lo harían lucir. Tampoco cabía duda de que en cuanto los Kuroda notaran los cambios en la herencia tendrían un sin fin de preguntas divertidas para hacerle a su testigo y asesor—osea él.
Pero si esa era la desición de Jinbei, Trad la seguiría así tuviera que discutir al tú por tú con el mismísimo diablo.
—¡Tomate todos los que quieras!—el dueño estuvo más que complacido con su respuesta—Solo recuerda que todo debe permanecer extremadamente secreto. No quiero a nadie enterándose de nada de nada y cuando digo nadie es nadie. Y hablo especialmente de mi familia. Eso incluye a Free y a Kristina, eh—aclaró desde el minuto cero.
—Esta bien. Entendido. sin Kris, ni Free para esto. Tienes mi palabra—prometio solemne.
—¡Perfecto! Con eso es todo—celebró sonriente—. Puedo comenzar a sentir como el peso va cayendose de mis hombros ¿Desde cuándo soy tan ligero?—murmuró al viento como una reflexión, quizás para si mismo—Creo que casí podría tomar una siesta—y antes de notarlo, ya estaba roncando.
Trad movió con gentileza su silla de ruedas hasta algún lugar más cómodo en la oficina, en donde el sol no le pegará groseramente en la cara y cubrió las frágiles piernas del dueño con una manta escondida entre las comodas. Recogió algunos papeles que ocuparía a lo largo de la jornada y se dispuso a salir sigiloso como entró, intentando no molestar porque no es como si Jinbei durmiera lo suficiente últimamente. Lo sabe porque Trad ha estado recibiendo correos suyos sobre el trabajo a altas horas de la madrugada que no sabe cómo tiene la energía para redactar.
Entonces Trad lo escuchó, otra vez ese nombre que ya había oído tantas veces, hasta el punto en el que también sentía conocerlo.
—¿Ah? Ya basta, Raúl. Tu risa es espeluznante—balbuceó el anciano entre sueños.
Al parecer, el testamento no era lo único incando su peso sobre los hombros de Jinbei.
—Disculpe las molestias. ¿Es usted Raúl Salas?—Trad se atrevió a preguntarle al anciano que tomaba despreocupamente el sol.
—¿Me hablas a mí, muchacho?—El viejo lo miró de arriba a abajo con suspicacia y luego se fue desconfiado hacía atrás—Ya, a ti te conozco. Eres el entrenador ese de BC Sol—lo reconoció observador, subiendo sus lentes empañados para quitárselos de la cara—. ¿Qué se supone que quieres? No puedo acercarme mucho a nada que tenga que ver con esas personas—explicó rápido como una flecha mientras cuidaba sus costados.
Trad también dio un paso hacía atrás por reflejo, Raúl resultó ser una gran explosión de energía pura y sin conteo regresivo antes. Tenía que admitir que eso lo ponía un poco nervioso y a la defensiva, pero aún así asintió en comprensión.
—Pues me temo que lo busco justo por eso, señor. Verá—empezó a contarle, pero al final se arrepintió a mitad de la oración—El tema es un tanto sensible, ¿podemos hablar… adentro?—preguntó con cierta duda, husmeando desde lejos lo poco que podía ver del interior de la camioneta.
—No sé si sea una bu…—el anciano trató de objetar con una sonrisa tensa.
Para ser honestos, Trad definitivamente no estaba abierto a un "no." en este punto del día, así que antes de que Raúl pudiera empezar a negarse, trad ya había entrado grosero como no estaba orgulloso. Todo fuera por Jinbei.
¡Pero que bueno que entró! Trad amaba el taller de BC Sol y estaba muy cómodo en su nueva oficina, pero esta camioneta es el paraíso de cualquier entrenador. ¿Por qué se quejaba Jinbei de que viviera ahí? La verdad, esa camioneta podría dejarlos fácilmente en vergüenza a todos.
—Wow. Qué buen lugar tienes aquí. ¿Dónde compras todo este equipo?—el joven preguntó muy interesado.
—¡Hey! ¡Más despacio, jovencito! ¿A ti quien te invito a entrar? ¡Y yo fabricó mi propio equipo!—lo gritoneó ofendido mientras evitaba que Trad manoseara sus cosas como un niño pequeño.
No podía saberse qué tan en serio iba el anciano con su furia.
—¡¿En verdad?! ¡Eso es impresionante!—casi pierde el aire de la sorpresa—Todo luce tan perfecto. Que admirable. Yo no tendría el tiempo—meditó silbando de la impresión.
Todo ese equipo debió llevar cientos de horas de trabajo para estar en condiciones—¡y si que estaba!—. Las piezas brillaban como si hubieran salido de la fábrica ayer. Absolutamente impecable. La nuca de Trad, a quien no le faltaba nada, le empezó a picar con envidia, pero de la buena. Podría levantarse y aplaudir de pie el trabajo de Raúl. De verlo Jinbei se llevaría una grata sorpresa con el hombre.
—¡Por supuesto que no tendrías tiempo! Eso pasa cuando trabajas para un club: ¡No hay tiempo para nada! Especialmente si es de BC Sol de quien hablamos. Son todos un montón de amargados, estirados e insípidos—El anciano juzgó duramente.
—Soy de BC Sol—frunció el ceño con cierta indignación.
—Ya sé. ¿No me oíste antes? ¡Si es que de solo verte me lo confirmas! ¡Lo tienes escrito en toda la frente!—el viejo se burló sin siquiera intentar contener la carcajada descarada que abandonó sus labios.
Vale, empezaba a entender porque Jinbei no dejaba de despotricar sobre lo irritante que era. La verdad se quedaba corto. Muy rudo.
Trad hizo un esfuerzo consciente para olvidarse del—muy impresionante—equipo y volvió a concentrarse en su misión. Él había venido por una razón.—juraba que—tenía otras prioridades.
—Raúl, el tema es este—dejó atrás "el baile" y empezó su historia tomando asiento—: me da pena decirlo pero lo más probable es que Jinbei vaya a morir pronto—anunció con seriedad.
Y de repente Raúl ya no reía, ni despotricaba, ni… nada. Era como si toda la energía de su cuerpo se hubiera drenado de repente. Cayó en seco frente al adolescente.
—¿Qué dices, muchacho?—interrogó a la defensiva, repentinamente construyendo un muro frente a él.
—Lo que es. Lo que dice su doctor y lo que dice él. A Jinbei no le queda lo que se dice "mucho"—explicó.
Era ahora o nunca. Jinbei ni siquiera sabía que estaba aquí. Quizás Trad se estaba metiendo en terreno difícil al involucrarse en algo que no le correspondía, pero si Jinbei y Raúl tenían tanto miedo de darse las caras, alguien tendrá que intervenir antes de que se les acabe el tiempo y no puedan reclamarse más.
Tampoco había que ser muy perceptivo para darse cuenta de que el anciano estaba visiblemente afectado por ello. No dudó en acercarse hasta Raúl y tomó sus manos respetuosamente entre las suyas.
—Por eso le pido por favor, Raúl, que venga conmigo a BC Sol y se despida de él.
Jinbei escucho los golpes rítmicos en la puerta de su oficina y levantó la vista de sus estadísticas con curiosidad. No recordaba haber llamado a nadie. ¿Qué podrían querer?
—Adelante—concedio el anciano.
—Muchas gracias, Permiso—en lugar de la cantarina voz jovial de sus beybladers, escuchó la voz gruesa y horrible de algún anciano.
Luego ese mismo viejo rió.
Jinbei reconocería esa risa impertinente y escandalosa en cualquier lado.
No es posible, simplemente no. Jinbei no veía a Raúl y Raúl no veía a Jinbei, eso fue lo que acordó cada uno en silencio cuando Raúl lo abandonó en la liga hace tantos años, entonces ¡¿Qué hace el anciano Raúl en su oficina?!
—Mis ojos me engañan—Raúl fue el primero en atreverse a hablar, descarado como siempre—¿Qué veo? ¡¿Un viejo decrépito?!—señaló al dueño en la silla de ruedas, evidentemente haciendo un drama.
—¡Pues quizás estás viendo tu reflejo en la ventana! ¿No tienes espejos en tu camioneta?—Jinbei arqueó una ceja ofendido.
Raúl soltó una risita divertida y se acercó lentamente al escritorio del dueño. Se sentó frente a él y observó con cuidado y detalle al que había sido su amigo de la infancia y leal compañero por muchos años. El entrenador estaba incrédulo, podría decirse.
—No puedo creer que estoy frente a ti—Raúl suspiró, sintiendo la nostalgia trepar por su garganta.
—Pues no deberías de estarlo. Vete por donde viniste—se enfurruñó molesto.
Raúl sonrió como quien no entiende algo. Los años realmente debían estar llevándose a Jinbei. El dueño de BC Sol siempre ha sido terco como una mula y duro como una montaña, pero Jinbei también era el niño más dulce del mundo entero—¡y el más gracioso también!—. Todas esas cursilerías tenían que seguir ahí en algún lado. Quizás tras todos los muros que construyen los hombres a cierta edad.
Y si alguien sabe como sacarlas a la luz, ese es Raúl.
—Haz hecho un grandioso trabajo, Jinbei—el entrenador lo felicitó.
—Tuve una buena carrera—respondió cortante, pero su entrecejo se suavizó un poco.
—Eso es cierto, pero no hablo solo de eso—murmuró relajado—, haz hecho muchas cosas buenas con tu vida. Empezaste un club, hiciste negocios, y tuviste una gran familia. Sin duda haz tenido una trayectoria de vida impresionante. Te felicito.
Por un rato Jinbei no quiso responder, simplemente no quería.
Y cuando lo hizo no fue sobre eso.
—Raúl, en todos estos años nunca pude entender por qué te fuiste—Jinbei finalmente hizo las preguntas que quería hacer—. Si querías ser un entrenador, ¿Por qué no esperaste? No. No tenías la
obligación de cumplir mi deseo, sin importar que tanto haya luchado por ellos. Creo que lo que realmente quiero saber es… ¿Por qué ya no quisiste volver a mi lado?
Raúl por primera vez no rió, simplemente sonrió con pena y suspiró.
—Las respuestas son todas las mismas. Sentí vergüenza—confesó—. Cuando éramos niños en ese torneo que debió ser nuestro enfrentamiento final, yo no me esforcé nada de nada—rio amargamente—. Yo solo dejé de jugar. En la liga me dirían prodigio y tal vez sí lo era porque de alguna manera gane todos mis enfrentamientos h pensé que sería suficiente, pero cuando te vi en las semifinales duro como una piedra, con una pasión ardiente como un volcán, supe que te decepcionaria tanto—bajo el tono al final—. Te darías cuenta de inmediato que las únicas veces que entrene en el año fueron contigo, que simplemente no me interesaba y tú trabajaste tan duro para vencerme que dejar que vieras lo patético que era… me dio miedo y renuncie. Yo… creí que necesitaba tiempo. Que volvería a disculparme y seríamos los de siempre otra vez, pero ya sabes cómo es Mientras más días pasaban, luego semanas, meses, años, más vergüenza sentía de volver a verte. Supongo que cuando eres joven piensas que tienes todo el tiempo del mundo y un día despiertas y ves que no es así, porque ya no eres joven. Ambos habíamos hecho nuestras vidas cada quien por su lado cuando me di cuenta que ya no éramos más que un recuerdo de la infancia del otro. ¿Por qué volver?
—Creo que prefería no saberlo—jinbei se quejó sorprendiendolo—. Eso es patético. Estoy aún más molestó que antes—sus manos ancianas temblaron de rabia—. Todos estos años en los que pensé que no significaba nada para ti y tú solo vienes y dices que nunca me hablaste porque… ¿Porque te daba pena? ¿Qué eres?, ¿Un marica?
—¡No digas esas cosas! Querías la verdad y te la di—le gruñó ofendido con las mejillas rojas como un tomate—. Y que yo sepa tu nunca me buscaste tampoco, eh. ¡¿Cuál es tu excusa, tonto?!
Jinbei parecío retraerse por un momento.
—bueno, la verdad es que—intentó explicar sin perder su dignidad, pero estaba teniendo problemas para eso—yo pensé que me odiabas y… me dió miedo confirmar—susurró con vergüenza, sintiendo sus propias mejillas empezar a calentarse.
—¡¿Ah?!, ¡¿Escuche bien?! ¡¿Qué clase de tontería es esa?!
—¡Es que como ni te presentaste a nuestra pelea yo presente que te daba tanto asco que no me querías ni ver!—se justificó rápidamente—Y como luego no recibí ni una carta, entonces pensé "Sí. Raúl debe odiarme. Algo habrá pasado".
—¡¿Y por qué nunca preguntaste?!—gritó confundido.
—¡Te escribí muchas veces!—le contesto Jinbei.
—¡¿Y donde están esas cartas?!—Raúl lo señaló acusadoramente.
Jinbei pareció pensárselo.
—No me acuerdo. ¿En el sótano del club?
Raúl lo observó entre atónito y absolutamente desconcertado.
—¿Qué hacen el sótano del club?
—Ahí las guardaba—explicó como si fuese razonable.
—¡No guardas las cartas, las envías, idiota! ¡Por eso las escribes!—le regañó.
—¿Qué te hace pensar que yo quería enviarlas?—murmuro con vergüenza.
Ambos suspiraron cansados y frustrados. Sorprendentemente, fue Jinbei quien empezó a reír descontroladamente. El pecho de Raúl se calentó con nostalgia. Su risa seguía sonando exactamente igual que cuando era niño.
—¿Qué diablos nos pasaba?—preguntó entre risas—¿Me estás diciendo que no nos hablamos en todos estos años porque a los dos nos daba pena? ¡Debimos ser los niños más maricas de todos!
Antes de darse cuenta Raúl estaba riendo también.
—Sí, creo que básicamente fue eso, ¡Ni las colegialas llegan a tanto!
—¡Esta debe ser la discusión más ridícula que he tenido!
Rieron juntos como cuando eran jóvenes y viriles. Cuando tenían energía y sueños, simplemente felices. En el momento en el que se vieron a los ojos por un instante eso eran. Simples niños el día en el que se conocieron.
Jinbei tenía un rostro extranjero que no se parecía a nada que Raúl Haya visto antes, con ojos rasgados y furiosos pero una sonrisa gentil y una lengua plateada, era un niño muy dedicado que sentía todo a mil. Y aunque siempre dijera lo contrario, fue él quien no soltó al otro.
Raúl por el otro lado tenía el cabello claro como el sol, la sonrisa más grande que Jinbei haya visto jamás y la actitud más descarada que alguien podría tener. Siempre reía escandalosamente y era difícil de entontrar. Entonces empezar a jugar juntos fue un alivio para ambos.
Eran niños que pensaban muy diferente, pero aún así, los mejores amigos.
—Perdoname, Raúl. He sido injusto contigo todos estos años—se disculpó Jinbei contento de ver a su amigo frente a él.
Realmente podría llorar de alegría y alivio en ese momento.
—Te perdono si tú me perdonas, ¿Trato?—ofrecio Raúl.
Después de todo, ninguno fue de mucha ayuda para resolver esta situación.
—Trato—estrecharon sus manos.
Pasaron la tarde platicando de sus vidas. Qué habían hecho, a quienes conocieron, qué habían logrado, qué habían perdido, Jinbei incluso le mostró las dichosas cartas que escondía en el sotano como su mayor secreto y todos los proyectos que guardaba para el club ahí. Cuando la tarde empezó a caer, Raúl finalmente se levantó de la silla.
—Bueno compañero, debo irme. Me encantó hablar contigo otra vez, creo que me hice veinte años más joven—Raúl bromeó haciendo un par de saltos.
—¡No presumas de esas piernas!—se quejó Jinbei señalando su silla de ruedas.
Ambos rieron.
—¡Veámonos de nuevo alguna vez!—el dueño pidio contento, con una sonrisa tan alegre y pura como hace mucho no dejaba escapar.
—¡Por supuesto! ¡No te voy a olvidar!—Raúl le prometió con una reverencia al japonés, quitando su sombrero y saliendo de la oficina con su paso chocho pero de alguna manera rápido y ágil.
Cuando Raúl cerro la puerta, asintió a Trad con gratitud y se desapareció rápidamente.
Misión cumplida.
Trad dejo pasar un tiempo y entró a la oficina como si nada. Actuando completamente normal.
—Quieto ahí—Jinbei lo llamó con un poco de tos—. Eres un sucio metiche—lo apuntó acusadoramente.
¿Realmente podía llamarlo metiche cuando fue Jinbei quien le estuvo dando por meses información que no pidió esperando que simplemente adivinar qué hacer con ella? No. Trad solo entró en donde la puerta ya estaba abierta.
—No sé de qué hablas—se hizo el desentendido.
—Claro, y ese viejo tonto vino porque fue a terapia y de repente entendió que debía tomar acciones en la vida—se burló con ironía.
Dejaron pasar el tiempo trabajando hasta que Jinbei volvió a llamarlo otra vez.
—Hijo—atrajó su atención en voz baja—, Gracias.
Trad sonrió complacido, pero aún así negó.
—No tengo idea de qué está pasando.
—¡¿Qué ganas con mentir?!
Discutieron un poco y luego Jinbei paso un rato hablando de Raúl, hasta que de la nada abrió los ojos sorprendido y pareció ofenderse.
—¡Ese viejo decrépito me dijo viejo decrépito! ¡Es un cretino! ¡¿Quién díantres se cree?!
—¿Quién?—cuestiono Kristina entrando a la oficina sin avisar.
—¡Kristina, escúchame bien! En la ciudad hay un entrenador todo viejo y decrépito llamado Raúl, ¡Él es una terrible influencia para el club! Cuando estes a cargo ¡No debes dejar que se acerque!
—¿En serio?—Kristina preguntó intrigada.
—¡Claro!
—¡Jinbei!—Trad lo regaño.
—¡Déjame aconsejar a mi nieta!
El joven entrenador gimió cansado y se fue de la habitación sin mirar a nadie y sin preocuparse demasiado por contextualizar.
Después de todo, Kristina era lo bastante lista como para saber que su abuelo no iba en serio, ¿Verdad?
