CAPÍTULO X. Evanesco.
Lunes 03 de mayo, 1999. 7:35 am
Draco abrió los ojos y se quedó viendo el techo de su habitación. Las paredes se elevaban con majestuosidad por varios metros sobre él; el cielo raso y vigas en madera de roble que habían perdurado durante cientos de años, formando un bello entramado. El hermoso candelabro de hierro forjado, el escudo familiar en el centro que estaba rodeado por algunas figuras de dragones y serpientes en colores brillantes y con detalles en oro, así como los lujosos tapices que cubrían las paredes de piedra o los cortinajes en las amplias ventanas. Todo había sido elaborado por los mejores artesanos de la época en que se construyó Malfoy Manor, evidenciando el poder, la riqueza y la opulencia de una familia como la suya.
Ese no siempre había sido su dormitorio; de hecho, estaba ubicado en un ala que había permanecido varios siglos sin uso. Pero después de lo ocurrido en la mansión, él no había podido volver al que había sido el suyo hasta hacía un año.
Sí… Un año había pasado…
Aquello parecía tan lejano como una terrible pesadilla, y sin embargo, al salir de su habitación y recordar que ahora él y sus padres residían en otra ala de la casa debido a que habían decidido clausurar las estancias donde se había centrado todo, lo ocurrido se volvía tangible. Había sucedido, y no podía borrarlo de su memoria con facilidad.
Y es que, al finalizar la batalla, se les había dado dos opciones: Azkaban o Malfoy Manor. En aquel momento, Draco no supo qué era peor. Su hogar había sido mancillado por la muerte; sus paredes habían quedado impregnadas de magia oscura y sangre. Pasaron varias semanas hasta que pudieron limpiar todo, y aún así había habitaciones que Narcissa había decidido clausurar de manera definitiva. Mudarse a otra de las tantas propiedades jamás se contempló: los Malfoy nacían y morían en Malfoy Manor. Pero Azkaban… pues… aunque ya no estaría custodiada por dementores por orden del ministro de magia provisional Kingsley Shacklebolt, no dejaba de ser un horrendo lugar lleno de descomposición y muerte, según la propia experiencia de su padre. Así que no, Draco no sabía qué era peor: una cárcel de oro deshonrada o una de podredumbre.
Después de que, literalmente, el polvo se asentó en Hogwarts, se curaron las heridas, se hicieron funerales —entre ellos el de su tía, al cual no asistieron—, se atraparon a los mortífagos y se lloró de alegría por la muerte de Tom Riddle, el mago tenebroso que los había pisoteado por tantos meses, los Malfoy volvieron a respirar cierta paz y tranquilidad, aunque los primeros días estuvieran vigilados por los aurores del ministerio, en espera de un juicio.
Harry Potter había salido victorioso luego de que Voldemort se hubiera confiado creyéndolo muerto —gracias al engaño de Narcissa—, pero entonces estaban quienes señalaban a los Malfoy como responsables de muchas malas acciones —en realidad, a los mortífagos en general—, y por supuesto que ellos estaban bajo escrutinio, a pesar de que no habían participado en la Batalla de Hogwarts en el bando del Señor Tenebroso ni se habían ido del Gran Comedor después del desenlace. ¿Acaso era tan difícil entender que los tres no habían tenido opción? ¿Que los tres habían sido forzados a besarle los pies al megalómano esperando ganar con eso un minuto más de vida?
Tal parecía que no importaba el por qué o cómo, ellos habían sellado su destino al seguir al Señor Oscuro y, por lo tanto, debían pagar las consecuencias de sus acciones, por lo que serían interrogados por el Wizengamot.
Había tomado una decisión: demostraría la verdad esperando obtener su libertad. Contaría cómo había actuado bajo una presión insoportable, cómo su vida había pendido de un hilo a cada momento, sin ninguna otra opción. Explicaría que, debido al fracaso de Lucius en una misión, había sido obligado a tomar la Marca Tenebrosa siendo aún menor de edad y, por ende, a jurar obediencia absoluta. Al final, eso era lo único que importaba: quedar libre de cargos. No volvería a Hogwarts como estaban sugiriendo que debían hacer todos los que habían dejado inconcluso el año anterior. Aparte de que no quería volver a ese lugar, no necesitaba los EXTASIS para manejar sus negocios, pero sí necesitaba la libertad.
Una vez logrado eso, se dedicaría a tiempo completo a los negocios familiares y dejaría atrás todo lo relacionado con la guerra, Hogwarts, el ministerio… y Hermione. Quizá en algún momento presentaría los exámenes de manera independiente para no dejar esa etapa inconclusa, pero no deseaba volver al lugar que, salvo por contadas excepciones, solo malos recuerdos le traía.
En las afueras del Tribunal Diez, donde días después juzgaron a Lucius Malfoy, la tensión de su madre era palpable. Draco, sentado a su izquierda, sostenía su mano y le hacía pequeños roces sobre la zona del dorso al alcance del pulgar, pensando en lo que podría estar pasando adentro, ya que no les habían permitido entrar. El Wizengamot y Shacklebolt habían aceptado la audiencia privada en la que, abogando por los tres, su padre les daría información crucial para dar con los mortífagos que habían logrado escapar, y confiaban en que eso redujera su condena. Al menos, tenían la tranquilidad de que Narcissa no había cometido ningún delito: ser esposa y madre de un mortífago y acoger a un megalómano en su casa contra su voluntad no lo era. No podía decirse lo mismo de él, que había usado la maldición Imperius en Madam Rosmerta. Para su fortuna, cuando por órdenes de Voldemort había utilizado la maldición Cruciatus, esta había sido declarada legal, sumado a que nadie le habría reprochado que torturara a otros mortífagos.
Pasaron horas antes de que su padre saliera y les comunicara el veredicto: los tres habían sido absueltos, gracias en parte al testimonio de Harry Potter, quien insistió en que su madre le había salvado la vida en el Bosque Prohibido. Muchos mortífagos lo habían tachado de cobarde por no haber tenido las agallas de asesinar, de su falta de violencia al torturar, de su nula sed de sangre. En ese momento, Draco comprendió que quizá su aparente cobardía había sido, en realidad, su salvación, y que, al final, sería esa misma debilidad la que podría abrirle el camino hacia la redención.
Al final, se confirmó que Snape siempre había estado del lado de Dumbledore —tal y como este se lo había revelado poco antes de morir— y que, incluso, habían planeado su propia muerte con tal de librar a Draco de esa peligrosa misión. A su manera, Severus había protegido a los estudiantes de los mortífagos, en lealtad al antiguo director, siempre cuidando no ser descubierto por Lord Voldemort. Por eso nunca atacó a los Carrow, pero tampoco a los alumnos.
La noticia de su muerte siendo asesinado por Nagini y después de saber toda la verdad, le dolió en lo más hondo del corazón, no solo a él, sino también a sus padres. Draco se lamentó el haber creído que todo se trataba de un juego de poder y deseó haber confiado más en el profesor, en ese hombre que, en su silencio, lo había protegido, incluso cuando él mismo no lo entendía.
Harry Potter había contado la historia de Severus Snape para dar a conocer su heroísmo, el heroísmo silencioso de un hombre que, a pesar de sus fuertes diferencias personales, también lo había protegido en varias ocasiones. Gracias a eso, ahora, el retrato de quien había sido su profesor favorito, colgaba entre los de otros directores en el despacho de Hogwarts.
Cuando Garrick Ollivander reabrió su tienda en el Callejón Diagon unos meses después de los juicios, los tres asistieron para obtener varitas nuevas. Después de eso, la familia se auto confinó en la mansión, esperando que el tiempo pasara; su único contacto con el exterior eran las sesiones de terapia del Programa de Apoyo Psicológico Mágico. El ministerio habría creado una división especializada en salud mental mágica, compuesta por un equipo de sanadores de San Mungo entrenados en el tratamiento del trauma, quienes realizaron diagnósticos personalizados para establecer un plan de acción para cada persona involucrada directamente. Este programa se dirigía especialmente a los alumnos de Hogwarts del último curso, quienes habían vivido en carne propia el régimen de los hermanos Carrow, y a aquellos que habían sufrido la pérdida de seres queridos o compañeros, o que habían vivido en constante miedo y peligro. Esto porque, además de los efectos emocionales y psicológicos, en algunos magos y brujas se habían detectado dificultades para realizar magia con precisión debido a bloqueos emocionales.
Draco no había podido librarse del programa; había sido una orden directa de Kingsley. Al principio, asistía a sesiones de terapia semanales que con el tiempo se fueron espaciando. En ellas, se usaban encantamientos calmantes y técnicas mágicas para manejar recuerdos dolorosos. También le enseñaron hechizos de protección emocional para controlar episodios de pánico o ansiedad, apoyándose en magia rúnica como recurso inmediato en caso de crisis emocionales derivadas del estrés postraumático. Además, le recetaron pociones restauradoras del equilibrio, específicamente diseñadas para calmar las emociones, regular el sueño y prevenir pesadillas —aunque estas últimas no siempre funcionaban tan bien como él desearía—. Lucius y Narcissa también se habían beneficiado de estas pociones, aunque se negaron a participar en las terapias. Draco no había sido muy abierto a hablar, pero no podía negar que ese apoyo que recibía de los profesionales comenzó a ser clave para superar la guerra.
Así transcurrieron trescientos sesenta y cinco días, teniendo escaso contacto con el mundo mágico y enterándose de todo lo que pasaba sólo por medio de la prensa escrita. En cierto modo, podía decirse que esos doce meses los había vivido tranquilo después de todo lo ocurrido.
Draco se levantó y caminó hasta al cuarto de baño dentro del dormitorio, donde su elfo ya tenía todo preparado para su aseo personal. Para él todos los días eran iguales, no había fines de semana ni feriados. Había pasado doce meses aprendiendo el tejemaneje de los negocios familiares y, además, estaba planeando con Theo en fundar un laboratorio de investigación y elaboración de pociones, con la intención de comercializar sus productos mágicos a nivel internacional, compitiendo con otras grandes empresas europeas. Parecía increíble, pero así era. Algo propio y no heredado.
Casi ninguno de sus antiguos compañeros de Slytherin habían regresado a Hogwarts para repetir el último año, algo que le importaba poco, salvo por ciertas ocasiones en las que se encontraba extrañando ciertos momentos compartidos con ella… pero era mejor no pensar en eso.
Draco se duchó y luego se miró al espejo. Aunque había dormido pocas horas debido a una pesadilla —constantes recordatorios de todo lo que había vivido—, su aspecto había mejorado bastante. Atrás habían quedado las profundas ojeras, el rostro cadavérico, las puntas de cabello rostizadas, las heridas de guerra. Incluso aquella espantosa marca en su antebrazo izquierdo se había ido al morir Voldemort, dejando apenas una extraña cicatriz. Había ganado en peso y gallardía, y sin embargo, aunque en el exterior todo parecía haber vuelto a la normalidad, sus convicciones habían sufrido una transformación. Como bien decían, nadie atravesaba el infierno y emergía sin haber cambiado.
Se tomó el tiempo para arreglarse: impecables túnicas negras hechas a la medida, zapatos de cuero de dragón, la mejor colonia… Parecía como si nada hubiera pasado por aquella etapa en la que el simple acto de peinarse o asearse se le había negado como castigo. Quizá por eso ahora todo formaba parte de un esmerado ritual que valoraba y disfrutaba. Luego de observarse con satisfacción en el espejo de cuerpo entero en el vestidor, salió al dormitorio y se dirigió al cómodo sillón ubicado junto a una pequeña mesa en una zona de la amplia estancia, donde lo esperaba una humeante tetera de plata esterlina y una bonita taza de fina porcelana. Era el momento de tomar un poco de té negro con bergamota mientras hojeaba El Profeta, costumbre que había adquirido durante los tiempos difíciles, esperando encontrar algo…
Una fotografía en la primera plana, en la que aparecían Harry, Ron, Neville y Hermione, llamó su atención. Leyó el encabezado el cual se refería al primer aniversario de la derrota del Señor Tenebroso y la develación de un monumento en los jardines del castillo de Hogwarts en homenaje a todos los caídos. Frunció el ceño. Como si eso fuera a devolverles la vida, pensó con fastidio.
Se enfocó en lo que le interesaba. Ella vestía el uniforme de Gryffindor y ellos el de auror, lo que confirmaba que la joven había vuelto a Hogwarts; no le extrañaba, era algo muy propio de Hermione, terminar lo que había comenzado, incluso después de la guerra. Se veía… bien. Su aspecto físico ya recuperado, como si nada de lo ocurrido hubiera dejado huella en ella. Eso le provocó una sensación extraña en el pecho, algo parecido a la alegría, aunque no lo quisiera admitir del todo.
No podía apartar la mirada de su figura, del suave movimiento de su cabello largo suelto, de su expresión tranquila. Aún irradiaba esa fuerza inquebrantable, incluso en ese momento donde volvían a recordar la guerra que todos querían dejar atrás.
Una pequeña sonrisa por algo que Longbottom había dicho a su lado le provocó un pinchazo en su corazón. Eso le recordó cuán ajeno era él al mundo de Hermione, ese en el que parecían sonreír a pesar de la oscuridad que habían atravesado.
La nostalgia lo invadió una vez más. Se imaginó a sí mismo caminando por los pasillos de Hogwarts, encontrándose con ella por casualidad en la biblioteca o en la Torre de Astronomía. ¿Se hablarían? ¿Ella le sonreiría como lo había hecho con Neville? ¿Lo llamaría Draco otra vez? ¿Cómo habría sido todo sin ya tener una guerra entre ellos?
Pero rápidamente desechó esos pensamientos. ¡Qué tontería! Lo más probable era que no se relacionaran, que ya no hubiera nada que los uniera. En realidad, nunca había existido más que casualidades y nada ganaba volviendo a ese tema.
Tomó un sorbo de su té, dejando que el calor del líquido disipara cualquier rastro de esos sentimientos mientras bajaba por su esófago. Terminó de pasar con rapidez todas las páginas del periódico y, tras ojear la última, conjuró un Evanesco para desaparecerlo de su vista. Se recostó al respaldo del asiento, cerró los ojos y exhaló profundamente. De manera inconsciente, estaba acariciando el anillo de sello en su mano derecha. Cayendo en cuenta que estaba delineando la M, abrió los ojos. Era hora de bajar a desayunar con sus padres.
Mientras se acercaba, aparte del saludo matutino de algún antepasado desde de un marco dorado, escuchó la voz de su padre despotricando sobre el espectáculo mediático que el ministerio seguía desplegando en torno a Potter y lo ocurrido hacía un año.
—Que lo superen… o es que cada año tendremos la misma basura de noticias… —refunfuñó mientras untaba mermelada sobre un esponjoso bollo de pan. Vestía de negro de pies a cabeza, como siempre había sido lo usual en él, y aunque se veía diferente a los meses pasados, las ojeras debajo de sus ojos grises denotaba que esa noche tampoco había logrado dormir bien. Ninguna poción era infalible y era evidente que los demonios que aún lo atormentaban eran más fuertes… Él y su padre eran físicamente tan parecidos pero distintos a la vez…
—Buenos días, Draco —saludó su madre con tono amoroso. Vestía una sencilla túnica color verde esmeralda que realzaba sus bonitos ojos azules. Llevaba el largo cabello rubio recogido en un moño bajo que parecía hecho a la carrera, algo que, por supuesto, estaba muy lejos de ser cierto. Nada en su madre era dejado al azar.
Draco se inclinó para darle un suave beso en la mejilla, y el delicado perfume de lirios y jacintos que siempre lo hacían sentir protegido lo envolvió. Luego hizo un ligero asentimiento de cabeza a su padre para después sentarse junto a Narcissa en la elegante mesa de seis puestos donde siempre se reunían a esa hora.
La mesa estaba vestida con un mantel de lino blanco impecablemente planchado y adornada con fina porcelana. En el centro, un cesto de pan brioche recién horneado, dorado y suave, emanaba un aroma tentador que se mezclaba con la fragancia sutil del ramo de fresias frescas de varios colores dispuesto en un jarrón de cristal. Había una pequeña fuente con mermelada de ruibarbo, otra con mantequilla, arándanos y pera en trozos dispuestos en una fuente de plata junto a un pequeño bol de yogur, lonchas de diferentes quesos dispuestas en una pequeña tabla de madera de olivo. También una tetera de plata con el mejor té de Darjeeling, junto con una jarra de leche fresca y un azucarero de cristal. En el lugar donde siempre se sentaba había un plato con huevos y salchichas, y jugo de naranja recién exprimido servido en una copa de cristal tallado.
Cada mañana el mismo festín, cada día era el mismo ritual, nada fuera de lugar, todo milimétricamente preparado para complacerlos. Cada día una copia del anterior.
—Draco. —Oh no, pensó. El tono de Lucius le heló la sangre y sintió que la garganta se le cerraba, por lo que, cuidando de no producir sonido, colocó el tenedor con lo que había estado a punto de comer sobre el plato—. Tú madre y yo hemos estado…
En ese momento, sintió que la rabia se apoderaba de él, comenzando en su pecho y extendiéndose por las extremidades. Sus manos temblaban imperceptiblemente, y la tensión en su mandíbula era tan fuerte que temió romperse los dientes. Sintió que su rostro se endurecía, la piel tensándose alrededor de los ojos y los labios curveándose en una mueca de desprecio que no pudo controlar. La atmósfera de la habitación cambió y casi podía sentir su magia salirse de control.
—¿Qué sucede, hijo? —preguntó Narcissa una vez que Lucius se quedó sin palabras. Draco hubiera querido tener un espejo cerca para ver su propio rostro, ya que su madre se había puesto muy pálida y sus ojos cargados de preocupación. El patriarca lo veía con desconcierto, casi con miedo.
—Lo que sea que me vayan a pedir, la respuesta es no —dijo con fingida calma. No sabía qué podían querer esta vez, pero en tiempos pasados, muchas conversaciones habían iniciado con la misma entonación en la frase y nunca había traído nada bueno.
—¡No exageres! Ni siquiera sabes…
—No, padre —dijo arrastrando las palabras mientras se levantaba con decisión, aunque siempre con el respeto que le habían inculcado desde que recordaba. La servilleta de tela que estaba sobre su regazo, cayó al piso—. En absoluto voy a permitir nada de lo que esté pensando, mucho menos si tiene que ver con un posible matrimonio con quien usted crea conveniente. Nunca más quiero volver a escuchar algo como «los Malfoy debemos» o «nuestro linaje puro y antiguo». ¡Nada! ¡Jamás!
Draco veía a su padre con intensidad, sus puños apretados al lado del cuerpo. Sentía que podía lanzar llamas de fuego si tuviera la capacidad, y el gesto de sorpresa en los rostros de sus progenitores le confirmó sus sospechas. Por supuesto que era algo que sabía que tocarían en cualquier momento, sobre todo después de cumplir los diecisiete, pero estaba próximo a cumplir los diecinueve y, por lo general a esa edad, los magos de sangre pura ya tenían sus contratos matrimoniales finiquitados, solo en espera de poner una fecha. Él ni siquiera tenía una posible novia, o más bien, no tenía interés en tener una.
—Draco… —susurró Narcissa—. Solo queremos lo mejor para ti.
—No queremos imponer nada, sino asegurarnos que tengas un futuro acorde a nuestras tradiciones.
—¿Tradiciones? No me interesan, padre. Eso no me sirvió de nada antes , y tampoco quiero pasar el resto de mi vida siguiendo lo que personas que vivieron hace siglos esperan que haga. Si me disculpan, he perdido el apetito.
Sin voltear a mirarlos, Draco se dirigió a la chimenea para trasladarse a la mansión de Theo y seguir con los detalles finales de su proyecto. Habían encontrado un bonito inmueble en Gloucestershire que cumplía con lo que requerían, y esa tarde visitarían al dueño para hacerle una oferta de compra.
Se metió en la chimenea y lanzó los polvos Flu. Una vez en casa de su amigo, se dirigió hacia el estudio, pero unas risas en el vestíbulo llamaron su atención, así que cambió de dirección. Se encontró con Daphne y Theo, ambos en batas de levantarse de satén a juego; él diciéndole algo al oído que provocaba que ella riera. Esos dos nunca se detenían… Al percatarse de su presencia, ella se sonrojó con intensidad.
—Creí que estabas en Zurich comprando las últimas chucherías para la boda —comentó Draco alzando una ceja, intentando no reír. Su mal humor se había esfumado con solo la presencia de sus mejores amigos.
—No es tu asunto —respondió Daphne, risueña. Sus ojos verdes parecían esmeraldas recién pulidas, brillando con picardía.
—¿Te caíste de la cama? —inquirió Theo sin soltar el abrazo de su prometida—. Es muy temprano.
—Problemas en el desayuno —repuso Draco, frunciendo el ceño.
—¿Se dieron cuenta de que dejaste plantada a Evangeline Lestrange?
—Olvídate de esa bruja —pidió con una mueca de fastidio.
—Ella es hermosa —dijo Daphne con voz soñadora.
—No te llega ni a la suela de los zapatos —contradijo Theo dándole un beso en una mejilla.
—Lo sé —aseguró con picardía—, pero no puedes negar que tiene una piel envidiable.
—Ni loco quiero cerca a la hija de Rabastan, por más hermosa piel que tenga. Es un alivio no tener ningún contacto con ellos desde que murió mi tía.
—¿Qué fue entonces? —Draco vio a Theo sin entender—. Lo del desayuno…
—No quiero hablar de eso.
—Acompáñanos entonces, íbamos al comedor.
—¿Sin bañarse? —preguntó Draco con asombro. Theo era super quisquilloso con ciertos hábitos.
—Nos hemos bañado como a las cuatro de la mañana —dijo Daphne con tono meloso, dándole un sensual beso en la mejilla a su futuro esposo.
—No me interesan esos detalles, Daphne.
—Eres un amargado, deberías conseguirte una novia —comentó ella peinando el cabello de Theo—. Así serías tan feliz como nosotros, ¿cierto, amor?
Daphne lo besó en los labios luego de que él asintiera. Ambos estaban completamente enamorados el uno del otro. Era envidiable su relación… pero tal parecía que el amor era algo que Draco nunca llegaría a experimentar, algo que simplemente no estaba escrito en su destino.
—Se supone que no deberías estar acá; el matrimonio es el sábado… qué les costaba esperar… —recriminó Draco, intentando parecer enojado aunque, en realidad, no le importaba lo que hicieran sus amigos, ni las estúpidas costumbres de las familias sangre pura de no mantener contacto íntimo hasta el casamiento con sus parejas para evitar los embarazos fuera del matrimonio. Theo y Daphne tenían ya un tiempo manteniendo un noviazgo, pero solo hacía tres meses se habían comprometido.
—No seas amargado, Draco —dijo Theo pasando a su lado camino al comedor—. Como bien dijiste, el matrimonio oficial es el sábado. Nosotros llevamos casados algunas semanas.
—Hicimos una linda ceremonia en el monumento de Avebury, mira nuestros anillos —agregó la joven con orgullo, mostrando una mano sin sortija.
Theo sacó su varita y deshizo el encantamiento de camuflaje que llevaban ambos en sus dedos anulares para develar los anillos. El anillo de Daphne era una joya ancestral de oro blanco, cuyo brillo suave y elegante ha sido mantenido a lo largo de los siglos. La banda tenía un intrincado diseño de filigrana en todo el contorno, con patrones que parecían entrelazarse como enredaderas, simbolizando la eternidad y el amor perdurable. En el centro, un hermoso zafiro azul profundo, tallado en una forma ovalada y encajado en un bisel de oro cuyo color recordaba los intensos ojos azules de Theo. A ambos lados de la gema, dos pequeños diamantes cuyo brillo añadía un poco de luz sin eclipsar la belleza del zafiro.
—Amor eterno, fidelidad y sabiduría —leyó Theo la discreta inscripción en runas antiguas grabadas en la parte interna de su propio anillo, una réplica casi exacta del de Daphne, pero más ancha la banda y más discreto el zafiro. El amor que sentía por esa mujer desbordaba por cada poro de su piel.
—Gracias por invitarme —dijo fingiendo estar dolido.
—Solo queríamos estar nosotros dos —dijo ella soltando a Theo y abrazándose a él. Draco la amaba como a la hermana que nunca había tenido—. Podrás compartir nuestra felicidad el sábado.
—Lo sé —le dijo con ternura, besando la rubia coronilla de la muchacha—. De verdad deseo que sean muy felices. Theo lo merece. —Draco sonrió y previó lo que sucedería.
—¿¡Theo!? —Daphne se zafó de su abrazo y le golpeó el pecho, indignada—. ¿¡Y yo qué!?
—Pobre Theo, bien que le dije que lo pensara mejor—siguió Draco con su broma.
Ya habían llegado al comedor y Theo estaba pidiéndole al elfo que pusiera un plato más en la mesa. La expresión de Daphne hizo que no pudiera aguantar más y soltara una carcajada. Theo, sin dejar de sonreír, se dispuso a mimar a su esposa, susurrándole que no le hiciera caso, aunque no tenía nada de susurro porque Draco escuchaba cada palabra con claridad. Eres perfecta, dijo al final y ella le sacó la lengua a su amigo, quien sonreía ampliamente.
Después del desayuno, Daphne, algo triste por separarse de su prometido, regresó a casa de los Greengrass con la promesa de que se verían en la noche. Ellos ultimaron algunos detalles para la propuesta del inmueble que querían comprar y luego, Theo no pudo contener su curiosidad e insistió en saber qué había pasado en el desayuno. Draco se pasó las manos por el cabello en actitud casi desesperada, y murmuró:
—Apostaría cada maldito galeón de la bóveda a que quieren que me case…
