Disclaimer: nada de esto me pertenece, los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia a fanficsR4nerds, yo solo la traduzco.


ALONG THE WAY

Capítulo seis

18 de diciembre – Segundo día en la carretera

Memphis, Tennessee

Bella estaba dormida cuando salí del baño. Estaba acurrucada en la cama, con las mantas hasta la barbilla y una sonrisa en la cara. Fruncí el ceño. No sabía que la gente de verdad sonreía dormida.

Me aseguré de apagar las luces de la habitación antes de ir a mi cama. Enchufé el teléfono en la mesilla de noche y me metí bajo las mantas, gimiendo un poco. Sentía todo el cuerpo contracturado de tener que ir encogido todo el día en el puto coche. No tenía ni idea de cómo iba a llegar a Washington de una pieza.

Cogí mi teléfono y miré mi correo por hábito antes de dormirme. Tenía un par de correos sencillos y envié las respuestas antes de abrir la aplicación del mapa. Seguíamos muy lejos de Washington.

Miré un par de rutas en la aplicación, intentando estimar cuánto íbamos a tardar en cruzar el país. Ya no me importaba pasar tiempo con Bella, aunque seguramente lo mejor sería que pudiéramos separarnos cuanto antes ―iba a desarrollar serios problemas de autoestima si seguía comparándome con ella.

Bella hizo un ruidito y yo miré al otro lado de la habitación. Se había dado la vuelta en la cama, y tenía una mano bajo la barbilla y la boca ligeramente abierta. Casi parecía una niña mientras dormía. No podía verla bien con la débil luz de mi teléfono, pero me tomé un momento para mirarla. Cuando estaba despierta, sus ojos captaban todo lo que yo hacía. No tenía muchas oportunidades de mirarla detenidamente.

Su nariz estaba un poco torcida, como si alguna vez se la hubiera roto y se la hubiera curado un poco descolocada. Había una fina capa de pecas en su nariz y mejillas, pero muy débil ―como si no le hubiera dado el sol en mucho tiempo. Hasta dormida parecía buena gente. ¿Cómo era posible?

Sus labios se movieron y murmuró algo. Sonreí un poco. Hablaba en sueños. Me pregunté si diría algo interesante.

Aparté la mirada de ella, devolviéndola a mi teléfono. Me ardían los ojos y estaba agotado.

Cerré el teléfono, lo dejé en la mesilla y me acomodé en la cama. No era del todo incómoda y, antes de darme cuenta, me había quedado dormido.

* . *

19 de diciembre – Tercer día en la carretera

Memphis, Tennessee

De alguna manera, conseguí levantarme incluso más agotado de lo que había estado cuando me quedé dormido. Pestañeé con dificultad y mis ojos fueron registrando que la habitación todavía estaba oscura. ¿Me había despertado algo?

Miré hacia la cama de Bella. Estaba vacía y, un momento después, me di cuenta de que podía escuchar la ducha. Gemí y mi cabeza volvió a caer en la almohada mientras mis ojos se cerraban. Si había soñado, ya no podía recordarlo.

Me quedé ahí tumbado un minuto antes de suspirar y darme la vuelta para mirar mi móvil. Miré la pantalla con el ceño fruncido, dándome cuenta de que ni siquiera eran las seis todavía. ¿Bella había puesto una alarma o es que se levantaba temprano?

Tenía unos cuantos correos más que respondí. Nada urgente y nada que viniera de Rose o Emmett, aunque tampoco esperaba que siguieran intentando ponerse en contacto conmigo.

La puerta del baño se abrió y levanté la mirada. Bella había dejado la luz del baño encendida y se movió por la habitación en la oscuridad, seguramente para no despertarme; eso hacía que quedase iluminada desde atrás y, en la débil luz, pude ver que solo llevaba puesta una toalla. Me quedé helado, preguntándome si debería avisarla de que estaba despierto ―estaba seguro de que, si lo supiera, no estaría rebuscando en su bolsa prácticamente desnuda.

Parte de mí quería quedarse callado. No porque quisiera mirar como un pervertido los hombros desnudos de Bella o lo que fuera, sino porque apreciaba el hecho de que parecía muy cómoda en mi compañía aunque apenas nos conocíamos. Todo en Bella parecía sencillo, aunque estaba empezando a darme cuenta de que era mucho más complicada de lo que yo reconocía. Aun así, parecía que Bella no jugaba a nada ―las cosas eran como eran. Hacía años que no tenía cerca a alguien así. Quería quedarme callado porque quería que Bella siguiera con su existencia como era, sin complicaciones y sin interrupciones.

Pero mentir y mirarla era bastante pervertido, así que me moví en la cama, llamando su atención.

―Hola ―dije, sentándome.

Las manos de Bella agarraron la toalla e, incluso en la oscuridad, pude notar cómo sentía vergüenza porque la hubiera pillado con solo una toalla encima.

―Hola, lo siento. Creí que seguirías dormido ―dijo, cogiendo su mochila. Yo sacudí la cabeza.

―No, no te disculpes. Haz lo que tengas que hacer ―dije. Bella asintió y bajó la mochila de la cama, entrando en el baño y cerrando la puerta. Yo suspiré y encendí la luz de la lamparita de la mesilla. Probablemente debería levantarme, vestirme y recoger mis cosas. Cuánto antes saliéramos a la carretera, mejor.

Me bajé de la cama, gimiendo al sentir los músculos agarrotados. Echaba de menos hacer ejercicio y, definitivamente, necesitaba estirar.

Fui a dónde había tirado la bolsa de plástico que Bella me había dado y la recogí del suelo. A lo mejor podía ponerme mis pantalones otro día; no pensaba llevar pantalones de chándal en público. Cogí los pantalones, estremeciéndome por las arrugas y la idea de tener que ponérmelos por tercer día consecutivo. Cogí la camiseta gris de Elvis que Bella me había comprado y la miré con cautela. Tendría que ponérmela con los pantalones, porque de ninguna manera iba a ponerme otra vez la camisa. La idea me dio escalofríos, pero sabía que no podía quejarme. Pararía a comprar ropa en cuanto tuviera la oportunidad.

La puerta del baño se abrió y levanté la mirada hacia Bella. Llevaba puesta una camisa verde de manga larga y vaqueros. Su pelo seguía húmedo. Me sonrió y sus ojos se abrieron un poco de más cuando me vio sin camiseta. Ya había visto mi pecho ―el día anterior cuando llamó a la puerta de mi habitación de hotel. Sabía que tenía buen aspecto porque me esforzaba en que así fuera y me sentí profundamente satisfecho cuando los ojos de Bella permanecieron en mi torso un poco demasiado. Por fin esa mujer respondía a algo de una puta forma normal.

La miré fijamente, esperando que sus ojos llegaran a los míos y, cuánto más tardaba, más divertido me parecía. Bella no era preciosa de la misma forma que Rose, pero tenía algo cautivador e intrigante. Era guapa de una forma para nada obvia y no pude evitar sentirme alagado porque ella me notara.

La mirada de Bella subió por fin por mi torso y se encontró con la mía. Estaba tan sonrojada que toda su cara y cuello estaban de color rosa. Me pregunté hasta dónde llegaría el sonrojo.

Cuando nuestros ojos conectaron, no capté nada de vergüenza porque la hubiera pillado mirando ―a pesar del sonrojo― y la miré intrigado. Era más atrevida de lo que había creído.

Tenía unos labios carnosos, pero no debido a la cirugía, sino de forma natural y, de repente, quise saborearlos, morderlos. Quise bajar mis labios por su cuello, por esa suave piel que estaba tan rosa. Quería perseguir ese sonrojo hasta el olvido.

Quería decirle algo, pero no estaba seguro de qué ―mi repentino deseo por ella me había pillado con la guardia baja.

Abrí la boca, puede que para hablar, puede que para explicar que mi matrimonio se estaba disolviendo y que estaba bien que mirase, porque yo también estaba mirando; pero Bella sacudió la cabeza, rodando los hombros mientras apartaba la mirada.

―Yo... uh... ―Hizo una pausa, mirando la mochila que había dejado en su cama―. He terminado... en el baño, si lo necesitas ―dijo por fin. Yo fruncí el ceño, sacudiendo la cabeza para aclarar mis pensamientos.

―Genial, gracias. ―¿En qué había estado pensando? Definitivamente, seguía casado y, aunque planeaba dejar a Rose, no iba a ir detrás de la primera mujer que me miraba. Era mejor que eso.

Y Bella era mejor que todas las cosas perversas que quería hacerle.

Cogí mi bolsa y fui al baño, cerrando la puerta mientras soltaba un fuerte suspiro. Hacía mucho que no me corría. Solo tenía tensión acumulada. Bella era muy dulce, pero no era mi tipo. No sobreviviría en mi mundo y yo necesitaba a alguien que pudiera seguirme el ritmo.

Me miré en el espejo. Tenía la sensación de que Bella no tendría problema ninguno en seguirme el ritmo y que, de hecho, sería yo el que tendría que seguírselo a ella.

Me recorrió un escalofrío al pensarlo y fruncí el ceño.

Esos pensamientos eran improductivos y no ayudaban en nada. Bella y yo nos separaríamos en unos días y, una vez que estuviera fuera de mi vida, se olvidaría de mí para ponerse a salvar el planeta o algo así.

Incluso aunque estuviera interesado en Bella, no había manera de que alguien como ella quisiera a alguien como yo. Ella era pura y yo estaba demasiado contaminado.

Con eso en mente, me vestí mientras ignoraba la tremenda erección que tenía de imaginar lo que quería hacer con y a Bella. Yo estaba caliente y ella era una mujer razonablemente atractiva ―era simplemente biología.

Me quedé en el baño hasta estar completamente vestido y arreglado. Conseguí afeitarme y hacer que mi polla se calmase, así que, teniéndolo todo en cuenta, estaba siendo una mañana productiva.

Llevaba de nuevo mi pantalón de vestir, con el bóxer de Elvis y la camiseta que Bella me había comprado. Me puse los calcetines de Elvis y me eché la sudadera sobre el brazo antes de dejar el baño. Bella estaba envuelta en su abrigo, sentada al borde de su cama hecha mientras miraba su teléfono. También había hecho mi cama. La miré con el ceño fruncido.

Ella levantó la mirada hacia mí, pero no me miró a los ojos y yo fruncí el ceño aún más.

―¿Listo? ―preguntó.

Yo crucé la habitación y retiré el cargador del móvil del enchufe de la pared. Tiré con un poco más de fuerza de la necesaria y salió de golpe, chocando contra la mesilla de noche.

―Vamos.

* . *

Bella levantó la vista de su teléfono y me miró con el ceño un poco arrugado. Habíamos estado muy callados desde que habíamos dejado Memphis hacía ya unas horas. Lo cierto es que solo nos comunicamos sobre quién iba a conducir ―yo― y cuándo íbamos a parar a comer. Habíamos cogido café y bollos en un Starbucks al salir de Memphis, demasiado impacientes como para esperar a que nos sentaran en el restaurante del hotel.

Nos habíamos subido al coche, había puesto la ruta por la que me había decidido la noche anterior y ya no habíamos vuelto a hablar.

En ese momento se podía notar la tensión, aunque no estaba seguro de qué era lo que había cambiado en concreto. A ver, sabía que había habido un momento de tensión sexual, pero eso había sido hacía bastante tiempo. ¿Se sentía avergonzada por ello o simplemente se estaba haciendo la tímida? A lo mejor tenía una pareja que no había mencionado. Por alguna razón, esa idea me irritó y le di vueltas en mi cabeza durante unos treinta segundos antes de no poder seguir guardándome la pregunta.

―¿Estás casada?

Su cabeza se giró tan rápido hacia mí que estuve seguro de que se había hecho daño.

―¿Cómo?

La miré y luego señalé con la cabeza el anillo de compromiso que llevaba en su mano derecha. Ella siguió mi mirada hasta sus manos y pude notar como sus dedos se encogían un poco. Hmmm...

―No, uh... es el de mi madre ―dijo, sacudiendo la cabeza―. Mi padre me lo dio cuando me fui a la universidad. Quería que tuviera algo de ella cuando estuviera lejos de casa.

Asentí, sintiéndome solo un poco apaciguado.

―¿Y novio? ―Me detuve un momento, evaluándola―. O novia. ―Mi voz salió demasiado alta al preguntar por una novia, pero a lo mejor por eso tenía ese carácter cambiante, porque notaba que me fijaba en ella y no le interesaban los hombres.

Bella me miró con sus oscuras cejas arqueadas mientras su boca se retorcía con diversión.

―No. Ninguno de los dos ―dijo, sacudiendo la cabeza. Fruncí el ceño. ¿Significaba aquello que no tenía o que no estaba interesada? Tenía una prima que era asexual, un concepto que no terminaba de entender, pero que respetaba igualmente. Menuda suerte tendría si de repente me veía detrás de una mujer a la que no le interesaba el sexo con ningún género. Antes de poder preguntarle, Bella se sacudió el pelo.

―Mi vida es mi trabajo. Es difícil encontrar a alguien con la paciencia suficiente como para aguantarlo ―dijo, encogiéndose de un hombro. Yo solté un suspiro. Sabía perfectamente cómo se sentía.

―¿Siempre has querido enseñar? ―pregunté, echándole una mirada. Ella frunció el ceño.

―No, la verdad es que eso ha sido algo accidental. ―Sacudió la cabeza―. Pero me gusta la idea de un horario relativamente flexible. Además, me llama lo de la oportunidad de investigar y seguir aprendiendo.

La eché una mirada. Cuando empecé a buscar trabajo, a mí me habían movido dos cosas: el prestigio y el dinero. Parecía horrible admitirlo, pero eso había sido lo único que nos había importado a Rose y a mí cuando empecé a trabajar al salir de la facultad de derecho.

Dios, de verdad era un idiota superficial.

―¿Alguna vez has pensado en trabajar en una universidad que esté más cerca de tu padre? ―pregunté, mirándola. Bella me miró sorprendida―. Bueno, a ver ―dije, reculando―, no es que tengas que estar cerca ni nada, pero si es tu única familia... ―Dejé el resto de la frase en el aire. Todo lo que salía de mi boca me hacía sentir un imbécil. Sería mejor que me quedase callado.

Bella suspiró.

―Sí lo he pensado. También es algo sobre lo que hemos discutido. Mi padre nunca intentaría retenerme, pero a mí me preocupaba dejarle solo cuando me fuera a la universidad. Iba a renunciar a mi beca para ir a la UW, pero él no quería ni oír hablar de ello. ―Ella frunció un poco el ceño y yo la miré con curiosidad. Por supuesto que había conseguido una puta beca para Harvard. Aunque no tenía ni idea de porqué eso me sorprendía llegados a ese punto―. Llevo ya unos años en New Haven, pero no lo siento como mi hogar. Me gustaría hacer de New York mi hogar, pero ya veremos. Siempre hay algo que... como que falta siempre que pienso en convertir algún sitio en mi hogar. Pero sé que no puedo rendirme todavía. No puedo volver a Washington hasta que sea el momento correcto. Todavía tengo mucho que conseguir en la Costa Este. Mi padre me daría una patada en el trasero si renunciase a eso. ―Pude sentirla mirándome, así que le devolví la mirada―. ¿Qué hay de ti? ¿New York es tu hogar?

Fruncí el ceño. Lo cierto era que nunca lo había pensado. Rose y yo llevábamos ya unos años viviendo en New York y, aunque ella había crecido allí, yo siempre había pensado en la ciudad como el lugar en que vivíamos. Si lo pensaba bien, no había considerado ningún sitio como mi hogar desde que me había ido a la universidad.

―Supongo que Washington es mi hogar ―dije lentamente―. He tenido casas y apartamentos por todas partes y llevo años viviendo en New York, pero siempre ha sido el lugar en el que vivo. ―Le di golpecitos al volante con mi pulgar. ¿Cómo no se me había ocurrido nunca que no llamaba "hogar" al apartamento en el que vivía con Rose.

Bella murmuró a mi lado y le eché una mirada. Podría decirle lo que había hecho Rose. No quería hablar de ello, pero sabía que Bella me escucharía. Me dejaría desahogarme y puede que incluso se pusiera de mi lado, aunque, con mi suerte, Bella sería demasiado racional como para ponerse del lado de alguien en ese espectáculo de mierda. Si iba a contárselo a alguien, quería que fuera a Bella.

Pero no era capaz de soltar las putas palabras.

Cuando quedó claro que no iba a decir nada más, Bella se aclaró la garganta.

―¿Cuáles son tus vacaciones soñadas?

La miré sorprendido.

―¿Qué?

Ella asintió, cambiando de postura para mirarme mejor. Yo devolví la mirada a la carretera antes de volver a mirarla a ella. Estaba tan mona, mirándome con sus enormes ojos llenos de expectación mientras esperaba que respondiera su tonta pregunta. No pude evitar que una pequeña sonrisa se extendiera por mi cara mientras reía suavemente.

―Honestamente, no lo sé. Hace años que no cojo vacaciones. ―Fruncí el ceño. Rose y yo hacíamos los viajes obligatorios juntos, apareciendo en los lugares correctos en las temporadas correctas, pero eso no eran descansos. Era más jodido trabajo.

No había pensado en cogerme vacaciones desde la universidad.

Bella hizo un pequeño sonido y la miré.

―Todo trabajo y nada de diversión. ―Bella chasqueó la lengua. Yo resoplé, rodando los ojos mientras ella soltaba una suave risita. Fue un sonido agradable y dulce. Para nada sexy como la risa algo ronca de Rose, pero, de alguna manera, la risa de Bella sonaba más real. Me sorprendió verme deseando volver a escuchar ese sonido de inmediato.

La miré mientras ella se volvía a mover en su asiento, girando todo su cuerpo hacia mí.

―Vale ―dijo, dando una palmada―. Vacaciones favoritas, entonces.

Quería saber cuáles eran sus vacaciones soñadas, pero me di cuenta de que todavía no le había preguntado. Así que asentí, guardándome la idea mientras consideraba su pregunta.

―No sé ―dije lentamente―. Supongo... ―Dejé la frase en el aire mientras lo pensaba bien. Si cualquier otra persona me hubiera hecho esa pregunta, le habría dado una respuesta estándar, pero quería decirle la verdad a Bella―. A los ocho años, mis padres nos llevaron a Montana ―dije un momento después. Bella asintió y se sentó bien―. Fuimos en coche desde Washington. El hermano de mi padre se mudó a Kalispell cuando se casó y fuimos a visitarles. ―Sonreí satisfecho, recordando el viaje―. Nunca habíamos estado en el coche todos juntos más de un par de horas y no sé en qué estaban pensando mis padres. En Ellensburg Alice y yo ya nos estábamos peleando, y mi madre tuvo que sentarse en el asiento trasero para separarnos. Los primeros cien kilómetros fueron una pesadilla.

Miré a Bella y la vi sonriendo ampliamente.

―¿Conseguisteis llegar? ―preguntó. Yo asentí.

―Lo hicimos. Al final, mi madre me sentó en el asiento delantero con mi padre y ella se quedó atrás con Alice. Acabamos pasándolo muy bien, sobre todo porque fuimos al lago Flathead con nuestros primos cuando llegamos a Montana. Fue una pasada. Pasamos allí toda la semana antes de volver a casa y, para entonces, Alice y yo habíamos aprendido a llevarnos un poco mejor y pudimos ir juntos en el asiento trasero sin volvernos locos. ―Reí. Destacaba como uno de los mejores viajes familiares que habíamos hecho. Alice y yo nos llevábamos bien en general, pero ese viaje había sido un punto de inflexión para nosotros.

Bella sonrió soñadora.

―Háblame más de tu familia.

Fruncí el ceño. No estaba seguro de cuánto podía decirle con honestidad. Hacía años que no les veía y, aunque Alice intentaba meterme en chats grupales con nuestros primos, al final acababa por no responder. Si no era por trabajo, era un inútil para comunicarme.

―Bueno ―dije lentamente―. Mi madre tiene una hermana, como ya te he dicho. Ella y su marido viven en Alaska. Tienen tres hijas; Irina tiene dos años más que yo, Tanya un año menos y Kate es de la edad de Alice. ―Miré a Bella para ver si ese era el tipo de información que buscaba. Me señaló con un gesto de la cabeza que siguiera y yo fruncí el ceño―. Irina se casó hace unos años con un francés y viven en París con su hija. ―Fruncí el ceño. No era capaz de recordar la edad de su hija porque solo la había visto una vez, el año anterior. Había sido pequeña, pero no había preguntado cuántos años tenía. Nunca llamaba a Irina, a pesar de haber estado en París varias veces por trabajo los últimos años. Sacudí la cabeza―. Tanya vive en California, creo. ¿En la zona de la Bahía? ―Al menos ahí había estado la última vez que había hablado con ella hacía casi un año y medio―. Katie está en Seattle, cerca de mis padres. Se casó el verano pasado y esa fue la última vez que los vi a todos. ―Kate me había llamado durante casi dos semanas, suplicándome que fuese a su boda. Conseguí dejar libre un fin de semana para visitar Seattle, lo que había sido tiempo suficiente para ir a su boda, y eso había sido todo. Mi madre se enfadó porque no me quedase más, pero, honestamente, había tenido suerte de que me quedase tanto tiempo.

―¿Tienes una relación cercana con tus primas? ―preguntó Bella, sacándome de mis pensamientos. La miré.

―Katie es con la que más relación tengo. Alice y ella son mejores amigas y, cuando estaban en el instituto, Kate vino a vivir con nosotros. La aceptaron en la academia de danza a la que iba Alice, así que se mudó desde Alaska para ir a la escuela con nosotros y poder bailar con Alice. ―Katie había sido como otra hermana y normalmente me llevaba mejor con ella. Era mucho más fácil de llevar que Alice.

―Eso suena muy divertido. ―Bella suspiró. La miré.

―Supongo. Con ellas dos estaba bastante superado en número. ―Hice un puchero. Bella soltó otra risita y yo sentí cómo mi ceño se suavizaba. Joder, que sonido tan dulce.

―¿Y de parte de tu padre?

Asentí, pensando. El lado de mi padre era un poco más complicado.

―Mi padre tiene un hermano mellizo, Peter. Él y su esposa, Charlotte, tienen dos hijos, Randy y Mary. Ellos son los que viven en Montana ―dije, mirándola. Ella asintió, señalando que me seguía―. Randy tiene treinta y cinco años; es el mayor de todos mis primos. Mary tiene un año más que yo. Era divertido jugar con ellos cuando éramos niños, aunque ellos fueran mayores que nosotros. Eran muy pacientes y, como vivían en el campo, tenían los humos menos subidos que Alice o incluso yo. Tal vez ellos eran más mayores, pero nosotros éramos mandones y ellos eran pacientes, nos seguían bien. ―Reí y Bella resopló con una risa, sacudiendo la cabeza―. Y bueno, la hermana pequeña de mi padre es Siobhan. Su marido y ella viven en Seattle y tienen una hija, Maggie. Creo que ahora tendrá unos veinticinco años. Pero con ella no tengo tanta relación, aunque sé que Katie, Alice sí la tienen ya que viven cerca. ―La última vez que hablamos, Alice había parloteado sin parar sobre cómo todavía se juntaba con las chicas, incluso aunque mi hermana estaba a punto de tener su primer hijo.

―Cuantas chicas ―comentó Bella. Asentí, mirándola.

―Sí, casi siempre me doblaban en número cuando era pequeño. ―Resoplé. Ella rio y yo sonreí un poco.

―Estoy segura de que te iba bien ―dijo, sacudiendo la cabeza. La miré, preguntándome qué quería decir con eso.

―¿Tú tienes primos? ―pregunté. Bella suspiró.

―No. Mis padres eran ambos hijos únicos. He sido literalmente solo yo toda mi vida.

Fruncí el ceño, mirándola. No podía imaginar crecer sin estar todo el rato siendo molestado por una hermana o algún primo. Alice era mi única hermana, pero tenía la energía de cuatro y, literalmente, no podía imaginar mi vida sin ella. Era una fuerza masiva.

―¿Quieres tener hijos? ―¿De dónde coño había salido esa pregunta? Bella me miró sorprendida y yo la miré, encogiéndome de hombros. Ya no podía retirarlo y, además, tenía curiosidad.

―Sí ―dijo un momento después―. Bueno, siempre he planeado tenerlos. Quiero un par porque, aunque adoro a mi padre, no le desearía a nadie más la soledad de mi infancia. ―Suspiró―. Tendré hijos, algún día ―dijo en voz baja y me pregunté si intentaba convencerse a sí misma. Lo entendía, de verdad―. ¿Qué hay de ti? ¿Quieres tener hijos?

La miré con la garganta cerrada. Quería explicarle lo de Rose, contarle a Bella mi dilema. Ella me entendería. Lo entendería.

Me pasé la lengua por los labios y me concentré en la carretera.

―Sí ―dije después de una larga pausa―. Sí quiero tenerlos.


Espero que os haya gustado.

La próxima actualización será el jueves y el martes pondré un adelanto en el grupo Élite Fanfiction de Facebook. Mientras, contadme qué os ha parecido este capítulo.

Gracias por leer y comentar!

-Bells