Disclaimer: nada de esto me pertenece, los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia a fanficsR4nerds, yo solo la traduzco.
ALONG THE WAY
Capítulo trece
22 de diciembre – Sexto día en la carretera
Albuquerque, Nuevo México
Me desperté mucho antes que Bella. Tras el incidente de la noche anterior, habíamos puesto una comedia a la que apenas le había prestado atención. Nos sentamos cada uno en nuestra cama y evitamos hablar el resto de la noche.
Pero mi mente no había dejado de darle vueltas a todo lo que habíamos hecho y todo lo que Bella me había dicho. Tenía razón y había hecho bien en detenernos. Se estaba haciendo muy obvio que ella me atraía a más niveles que solo uno físico y necesitaba arreglar todas mis mierdas antes de intentar empezar nada con ella.
Se merecía más que que yo me lanzara a ella mientras ignoraba los escombros de mi derruido matrimonio.
Miré el reloj en la mesilla de noche. Eran las siete en Albuquerque, lo que significaba que eran las nueve en la Costa Este. Miré a Bella y vi que seguía profundamente dormida, así que desenchufé el teléfono del cargador y me levanté. Metí los pies en las botas, y cogí una chaqueta y la llave de la habitación antes de salir. Fui al piso de abajo, inseguro de dónde iba exactamente hasta que vi un banco fuera. Por suerte, estaba vacío, así que fui allí, temblando en el frío de la mañana. Me cerré bien la chaqueta y me senté, mirando mi teléfono.
Rose había vuelto a intentar llamarme la noche anterior, pero mi teléfono había estado silenciado desde por la tarde.
Respiré profundamente, marqué su número y me llevé el teléfono a la oreja.
―¿Edward? ―Rose respondió al primer tono y sentí cómo mi mandíbula se tensaba al escuchar su voz.
―Sí ―dije suavemente. No estaba seguro de qué coño estaba haciendo o qué plan tenía, solo sabía que no podía evitarla eternamente. Bella había tenido razón, tenía mierda que solucionar y eso no iba a conseguirlo evitándola.
Rose soltó un sonido estrangulado y me pregunté brevemente si estaba llorando.
―¿Estás bien? ¿Dónde estás?
Fruncí el ceño, sorprendido porque me preguntara por mi bienestar.
―Estoy bien ―dije un momento después―. Estoy en la carretera.
Rose se mantuvo en silencio. Me conocía lo suficientemente bien como para saber cómo leer mis breves respuestas, pero también era lo suficientemente terca como para presionar.
―¿Puedes venir a casa? Deberíamos hablar.
Me tensé al oír la palabra "casa".
―No voy a volver, Rose ―dije suavemente. Llegados a ese punto, ya no estaba seguro de si me refería a ese momento o a nunca.
Me di cuenta de que Rose tampoco lo tenía claro cuando hizo una pausa antes de suspirar.
―Odio hablar contigo por teléfono. Es más fácil leerte cuando estás aquí ―dijo un momento después. Sentí cómo mi agitación crecía de nuevo.
―Siento causarte molestias ―siseé.
―No, eso no es... ―Rose dejó la frase y yo levanté la mano para pellizcarme el puente de la nariz. No íbamos a llegar a ninguna parte si no dejaba de saltar.
―Lo siento ―gruñí.
―Edward, lo siento ―dijo suavemente―. Debería haber hablado contigo... Desearía haber tenido el valor de decirte cómo me sentía antes de hacerte daño.
Me estremecí, bajando la mirada al suelo entre mis piernas. Me incliné hacia delante, apoyando los codos en mis rodillas.
―Seguramente no te habría escuchado ―admití con un suspiro―. He sido un compañero de mierda.
Rose suspiró.
―Los dos lo hemos sido. ―Fruncí el ceño, clavando la mirada en una grieta de la acera para no perder el control―. Edward ―dijo Rose suavemente. Su voz sonaba aterrorizada y fruncí el ceño, preguntándome a dónde se dirigía―. Mierda, no quería contarte esto por teléfono. ―Hizo una pausa y yo me mantuve en silencio, expectante―. Estoy embarazada.
El aire abandonó mi cuerpo como si me lo hubieran sacado de un golpe. Mi corazón se detuvo y luego triplicó su velocidad en mi pecho, golpeando con tanta fuerza que fue físicamente doloroso.
―¿Qué? ―solté con la voz quebrada.
Escuché a Rose tomar aire.
―Acabo de enterarme. Estoy de dos meses.
Mi cabeza daba vueltas y me incliné más, soltando el aire lentamente.
―No es mío ―dije suavemente. Rose no respondió, pero tampoco tuvo que hacerlo. Hacía bastante más de dos meses de la última vez que nos habíamos acostado.
―Lo siento mucho, Edward ―sollozó suavemente. Inspiré tembloroso. Estaba jodidamente abrumado, pero un sentimiento sobrepasaba a los demás: alivio. Quería ser padre, de verdad que sí, pero que Rose estuviera embarazada de mí me habría complicado mucho más la vida. Era mejor que pudiéramos terminar limpiamente.
―¿Se lo has dicho? ―Me sorprendí cuando la pregunta salió de mi boca. Ni siquiera había sonado hostil y, aunque me sentía destrozado, no les guardaba rencor.
―No, todavía no ―susurró. Tragué con dificultad.
―¿Se lo tomará bien? ―Aunque Rose me había roto el corazón y me había traicionado completamente, quería asegurarme de que estaba bien. No quería que Emmett la abandonase cuando le necesitaba.
Rose se mantuvo en silencio un momento.
―Sí ―dijo lentamente―. Creo que lo hará.
Solté el aire, con las lágrimas ardiendo en mis ojos mientras levantaba la vista del asfalto.
―Llamaré hoy a Marcus para ver si conoce a algún abogado matrimonialista ―dije lentamente. La respiración de Rose se aceleró, pero no me contradijo.
―Vale ―dijo en voz baja―. Dime lo que tengo que hacer y lo haré.
Fruncí el ceño, pasándome una mano por el pelo. Era un poco tarde para aquello.
―Te lo haré saber.
Rose se quedó en silencio y me pregunté qué estaría pensando. Tenía razón, a los dos se nos daba mejor aquello en persona. Sabíamos leernos bien ―puede que demasiado bien. Decía mucho de lo poco presente que había estado que ni siquiera hubiera notado que me estaba engañando hasta hacía dos días.
―¿Estás...? ―Rose se detuvo―. ¿Estás bien?
No estaba seguro de qué estaba preguntando, qué respuesta buscaba específicamente, y suspiré.
―Estoy en ello. ―Volví a bajar la mirada a la acera y la culpa me hizo soltar las siguientes palabras―. Estoy conduciendo hasta Seattle.
Incluso aunque no la tenía delante, pude notar la sorpresa en su silencio.
―¿Estás conduciendo?
Asentí, aunque ella no podía verme.
―En realidad... ―Hice una pausa, respirando profundamente―. Estoy compartiendo coche con alguien.
Conocía a Rose lo suficientemente bien como para saber que la había dejado asombrada.
―¿Con alguien del trabajo? ―preguntó. Sonreí un poco. Era normal que asumiera aquello; sabía tan bien como yo que apenas me relacionaba con nadie fuera del trabajo.
―No. Ella, uh... era una extraña.
Rose se quedó en silencio un momento.
―¿Ella?
Fruncí el ceño, esperando a ver si decía algo más. Estaba listo para echarle en cara su hipocresía si era necesario.
―Es una locura de historia ―dije un minuto después―. Pero... sí, ella iba en coche a Seattle porque no salían vuelos de Nueva York. Así que, básicamente, he ido de autoestopista con ella.
Rose soltó un ruidito.
―¿Por eso no dejo de recibir mensajes raros del banco diciendo que nos han robado las tarjetas?
Solté una risita a pesar de que no tenía ganas.
―Sí, seguramente ―admití―. Ha sido un extraño giro de los acontecimientos. ―Mi mente fue a esa noche. Me parecía que estaba mal pensar en ese beso con Bella mientras estaba al teléfono con Rose, pero no pude evitarlo. Rose murmuró.
Los dos nos quedamos en silencio, perdidos en nuestros pensamientos. Al final, suspiré.
―Debería colgar ―dije suavemente―. Llamaré a Marcus para empezar los trámites. ―El divorcio debería ser muy sencillo. No había mucho que quisiera de Rose y nuestra vida juntos. De todas formas, la mayoría de lo que teníamos era por cortesía de sus padres.
―Vale ―contestó―. Gracias, Edward ―dijo un momento después. Pestañeé sorprendido.
―¿Por qué?
Ella suspiró.
―Te he tratado de una forma imperdonable. Sé que te he hecho daño y desearía poder deshacerlo. Sigues siendo mi mejor amigo y me odio a mí misma por lo que te he hecho. ―Hizo una pausa y tomó aire profundamente―. Pero estás llevando esto mejor de lo que me merezco. Con más amabilidad de la que merezco.
Fruncí el ceño. ¿De verdad? Yo sentía que estaba siendo frío y distante con ella.
―No te he perdonado ―le advertí―. Todavía estoy muy enfadado y dolido. ―Hice una pausa, subiendo con la mirada por la pared del edificio hacia la zona en la que estaba mi habitación, dónde Bella todavía estaba dormida―. Pero lo estoy intentando, Rose. Por el bien de los dos.
Ella suspiró.
―Estás diferente ―dijo suavemente. Yo fruncí el ceño, bajando la mirada al suelo―. Mucho más paciente y comprensivo.
Lo pensé. Ninguna de esas dos palabras se habían usado nunca para describirme. Era todo por influencia de Bella, de eso no tenía duda.
―De vez en cuando ―admití, volviendo a pasarme una mano por el pelo. Me pareció que podía sentir cómo Rose sonreía un poco y solté un suspiro―. Tengo que irme. Ya hablaremos.
―Vale ―dijo―. Gracias por llamarme.
Pasé el pulgar por el borde del teléfono metido en mis pensamientos.
―Buena suerte al dar tu noticia ―dije lentamente. Rose soltó un sonido que bien pudo haber sido una risa.
―Gracias.
―Adiós, Rose.
―Adiós, Edward.
Colgué, dándome golpecitos en la palma de la mano con el teléfono de forma ansiosa. Rose tenía razón, la forma en que estaba llevando todo aquello era diferente y eso se debía a Bella. No hacía ni una semana que la conocía y ya me estaba convirtiendo en una puta persona mejor.
Suspirando, volví a mirar la pantalla y llamé a Marcus.
―Edward ―me saludó, contestando al primer tono.
―Hola, Marcus ―dije, pasándome una mano por el pelo.
―¿Cómo te va? ―me instó. Me estaba dando la oportunidad de hablar sobre lo que era obvio que iba mal, pero sabía que, si le daba una respuesta estándar, también le valdría. Era una de las cosas que más me gustaba de Marcus.
Solté un suspiro.
―¿Conoces a algún buen abogado matrimonialista?
Marcus se quedó en silencio un momento antes de aclararse la garganta.
―Tengo el número de algunos. Te los enviaré ―dijo suavemente. Yo asentí aunque él no pudiera verme―. También tengo el número de un buen consejero si...
Le corté.
―No. Es... No.
Marcus murmuró.
―Ya veo ―dijo―. Te enviaré los números ahora mismo.
Suspiré.
―Gracias, Marcus.
―Tómate todo el tiempo que necesites, Edward. Los socios están contentos con el trabajo que has hecho, incluso mientras no estás. Estaremos aquí cuando estés listo para volver ―dijo amablemente.
Solté el aire mientras mi pecho se encogía de alivio por sus palabras. No me había dado cuenta de la ansiedad que sentía por eso hasta ese momento.
―Gracias ―murmuré―. Aprecio mucho las facilidades que me has dado ―susurré.
Marcus hizo un ruido con la garganta.
―Edward, eres una de las mejores y más brillantes mentes de nuestra compañía. Queremos que te quedes con nosotros durante mucho tiempo, pero la clave de la longevidad, sobre todo en nuestro mundo, es conseguir balancear el trabajo y la vida privada. Tienes que cuidarte. Todos estamos de acuerdo en eso.
Pestañeé mientras unas inesperadas lágrimas llegaban a mis ojos.
―Estoy trabajando en ello ―le aseguré.
Él murmuró.
―Bien. ―Hizo una pausa y le escuché respirar―. ¿Podemos hacer algo por ti?
Sacudí la cabeza.
―No, ya lo estáis haciendo. Gracias de nuevo.
―Cuídate, Edward. Llama si necesitas algo ¿vale?
Suspiré.
―Sí, claro.
―Te enviaré los contactos. Hablaremos pronto ―prometió. Asentí.
―Gracias. Hablaremos pronto.
Colgamos y me levanté del banco. Estaba congelado y seguramente Bella ya estaría despierta. O por lo menos eso esperaba, porque quería ponerme en marcha.
Volví a subir a nuestra habitación.
Dentro, las luces estaban encendidas y Bella estaba sentada en su cama, completamente vestida y con su bolsa a sus pies. Me miró cuando abrí la puerta y me sonrió cálidamente.
Su sonrisa derritió algo del frío que sentía y se la devolví, sintiéndome más ligero solo por estar a su lado.
―Buenos días ―dije, cerrando la puerta.
―Buenos días ―murmuró ella, bloqueando su teléfono. Me acerqué y me quité los zapatos, sentándome en la cama de lado para mirarla―. ¿Has dormido bien? ―preguntó. Yo asentí, levantando la mano para frotarme el cuello.
―Sí. ¿Tú?
Ella asintió con una sonrisita en la cara.
―Yo también.
Sonreí y me incliné hacia delante, apoyándome en las rodillas.
―Y, bueno ¿has elegido la ruta de hoy?
Bella sonrió más ampliamente, arrastrándose al borde de la cama. Desbloqueó el teléfono y me miró, mordiéndose el labio.
―Bueno, está un poco lejos, pero creo que hoy podríamos intentar llegar hasta el Gran Cañón.
Sonreí, verdaderamente feliz con la idea.
―¿A cuánto está?
Bella miró su teléfono, estremeciéndose.
―Como a unos 950 kilómetros.
Me encogí de hombros.
―Bueno, entonces será mejor que nos pongamos en marcha ―dije, poniéndome de pie.
Bella me sonrió ampliamente y yo solté una risita, metiendo la mano en mi mochila. Cogí ropa y fui a cambiarme rápidamente antes de salir y guardar mis cosas. Revisamos la habitación una última vez antes de bajar y Bella registró la salida mientras yo iba a guardar nuestras mochilas en el coche. Para cuando las tuve en el asiento de atrás, Bella ya venía hacia mí.
―Vale, hay una cafetería en la esquina, cerca de la salida a la autopista ―dijo, señalando carretera abajo. Asentí.
―Perfecto.
Bella asintió mientras nos subíamos al coche. Ella se puso al volante, ya que el asiento ya estaba ajustado.
―¿Alguna vez has visto el Gran Cañón? ―preguntó, arrancando.
Yo sacudí la cabeza.
―No. ¿Tú?
Bella también sacudió la cabeza mientras sacaba el coche marcha atrás.
―No y está en mi lista de cosas que hacer. No puedo creer que vaya a verlo hoy. ―Suspiró y yo reí un poco.
―Puede que sea de noche cuando lleguemos ―señalé. Bella se encogió de hombros.
―Entonces lo veré en la oscuridad y, por la mañana, podré empaparme de todo.
La miré fijamente. No iba a dejar que nada arruinara su entusiasmo y admiraba eso de ella. Para mi cabeza era muy sencillo convertir algo que me entusiasmaba en algo negativo.
Bella condujo calle abajo y aparcó frente a la cafetería. Nos bajamos y entramos corriendo, pidiendo cafés y bollos ―bueno, Bella pidió bollos. Yo pedí un sándwich de huevo; seguía sin poder tomar dulce por la mañana. Cuando tuvimos nuestra comida, volvimos al coche. Bella se colocó al volante y puso el navegador en su teléfono.
Bella salió del aparcamiento y se dirigió a la autopista. La miré mientras bebía mi café, intentando reunir el coraje para hablarle de mis llamadas de esa mañana. Ella nunca preguntaría y, con toda seguridad, estaría bien si no se lo contaba, pero quería contárselo.
―Esta mañana he llamado a Rose ―dije, simplemente soltándolo. Bella me miró sorprendida. Me miró durante tanto tiempo que me puso nervioso y le pedí que volviera a prestar atención a la carretera. Por suerte, no teníamos a nadie cerca, pero aun así...
―¿Cómo ha ido? ―preguntó por fin.
―Me ha dicho que está embarazada.
El coche dio un bandazo por la sorpresa de Bella y estiré el brazo, apoyándome en el salpicadero.
―Joder, lo siento ―dijo ella, estirando el brazo entre nosotros para coger unas servilletas y llevarlas hacia mí. Empezó a limpiarme el regazo y aquello me excitó, así que le cogí la mano para detenerla antes de que pudiera darse cuenta.
―Ya puedo yo ―le dije, cogiéndole las servilletas de la mano. Ella se sonrojó y asintió, devolviendo la mano al volante―. No es mío ―dije finalmente. Bella me echó una mirada―. Está de dos meses y... bueno, hace meses que no estamos juntos.
La expresión de Bella se transformó y la tristeza que sentía por mí se hizo aparente.
―Lo siento mucho, Edward ―dijo suavemente. Yo suspiré.
―Estoy molesto y aliviado al mismo tiempo ―admití―. Quiero tener hijos, pero no así. No al borde de un matrimonio fracasado.
Bella asintió.
―¿Qué habrías hecho si hubiera sido tuyo? ―preguntó. Yo solté un suspiro estrangulado, subiendo la mano para tirarme del pelo.
―Eso es lo que llevo una hora preguntándome ―admití―. Honestamente, no lo sé. Un hijo debería ir primero y haría lo que fuera necesario para que así fuera, pero... ―Hice una pausa, mirando a Bella. No podía seguir casado con Rose, ni siquiera aunque el bebé hubiera sido mío.
Ella me miró y pareció sentir lo que no estaba diciendo. Sonrió un poco, estirando su mano derecha y apretando mi rodilla antes de volver a agarrar con ella el volante.
―Me alegro de que hayas podido hablar con ella ―dijo un momento después―. Estoy segura de que no ha sido fácil, pero era mejor soltarlo todo que seguir acumulándolo dentro.
Asentí de acuerdo.
―Sí, supongo. ―Suspiré―. Ha sido una mierda. Lo de hablar con ella; estaba tan complaciente y tímida... No tiene nada que ver con la persona que sé que es y odio que las cosas estén tan rotas entre nosotros. Rose solía dar tanto como recibía de mí. Nadie podía ponerme en mi sitio más rápido. ―Dejé de hablar y miré a Bella. Al menos así solía ser, porque ella le había quitado ese puesto a Rose fácilmente. Cada puta cosa que salía de la boca de Bella era una sorpresa para mí y apenas conseguía mantener el equilibrio cuando estaba con ella.
Bella sonrió con tristeza.
―Puede que un día podáis ser amigos otra vez ―ofreció. Yo me encogí de hombros. No me parecía muy probable, pero ¿quién sabía? Bella tenía mucha más fe en esa mierda que yo y estaba claro que, en lo que se refería a cosas como la fe, debería hacerle caso.
Mi teléfono vibró en mi regazo y bajé la mirada para ver un correo electrónico de Marcus con unos cuantos contactos. Había subrayado uno en particular, del que decía que había sido su compañero en la universidad.
―¿Trabajo? ―preguntó Bella, echándome una mirada. Yo levanté la mirada y sacudí la cabeza.
―No, bueno, sí, pero no. Marcus, mi jefe, me ha enviado el contacto de un abogado matrimonialista que conoce.
Bella se quedó callada y yo la miré con curiosidad. Ella me echó una mirada que me permitió ver el conflicto que sentía.
―¿Qué? ―pregunté.
Ella suspiró.
―¿Estás seguro de que eso es lo que quieres? ―preguntó suavemente. Yo fruncí el ceño―. Me refiero a que tú mismo has dicho que es tu mejor amiga. Sé que ahora duele, pero si puedo ayudarte a no tomar una decisión precipitada de la que te arrepentirás más adelante... ―Dejó el resto de la frase en el aire y sacudió la cabeza―. Y esto va a sonar muy egocéntrico, pero no quiero que tomes esta decisión por mí.
―Bella ―dije lentamente―. Mi matrimonio está muerto desde hace mucho tiempo. Rose y yo nos hemos distanciado y ninguno ha tenido el deseo de arreglarlo. Hemos llegado al fin de forma natural. ―Sonreí un poco cuando ella me miró―. Tomaría esta decisión aunque nunca te hubiera conocido. Rose está enamorada de otro y los dos merecemos la oportunidad de volver a ser felices ―dije suavemente―. Pero la verdad es que escucharte hacer un comentario egocéntrico está bien. Me deja saber que no eres perfecta, después de todo.
Bella rodó los ojos y yo solté una risita.
―Imbécil ―murmuró. Volví a reír.
―Bella, hago esto porque mi matrimonio ha terminado. ¿Hay algo que estoy deseando cuando todo acabe? Ni lo dudes ―dije, mirándola. Ella me miró, abriendo los ojos como platos―. Pero eso no le quita validez a lo que voy a hacer o a la razón por la que lo hago.
Bella asintió.
―Tienes razón ―aceptó―. Lo siento. No pretendía retarte ni nada. ―Suspiró. Yo resoplé.
―Llevas retándome desde el puto instante en que nos conocimos ―señalé. Bella sonrió ampliamente―. Por si todavía no te has dado cuenta, me gusta.
Ella soltó una risita y rodó los ojos, devolviendo su atención a la carretera.
―Estás loco ―dijo, riendo.
A lo mejor me estaba volviendo loco, pero, mientras Bella fuera a estar ahí conmigo, estar loco no parecía tan malo.
Espero que os haya gustado.
La próxima actualización será el jueves y el martes pondré un adelanto en el grupo Élite Fanfiction de Facebook. Mientras, contadme qué os ha parecido este capítulo.
Gracias por leer y comentar!
-Bells
