DISCLAIMER:

Este es un trabajo de ficción, inspirado en el universo de Harry Potter y en los personajes que tanto amo. No intento, bajo ningún motivo, tomar autoría del trabajo original de J.K. Rowling. Todos los derechos pertenecen a la creadora de esta increíble saga.

Capítulo XVII

Revelaciones

Harry quedó completamente atónito, tanto que tuvo que obligarse a parpadear varias veces, como si eso pudiera aclarar la escena que acababa de vivir frente a él. Se pellizcó el brazo derecho, buscando la certeza de que no estaba soñando. Al confirmar la realidad, giró bruscamente hacia su amigo, buscando desesperadamente una explicación lógica. Ron, por su parte, estaba lívido, su piel casi tan pálida como el pergamino, y su labio inferior temblaba ligeramente, traicionando el terror que lo invadía. Estaba tan asustado como Harry, si no más.

—¿L-lo escuchaste? —preguntó Ron, su voz temblando—. Su voz… estaba dentro de mi cabeza. Sentí como si… se me revolviera el cerebro.

Los ojos de Harry brillaron con una mezcla de emoción y miedo.

—A mí también me pasó —admitió—. Pensé que me estaba volviendo loco.

—Me dijo que las cosas pronto iban a cambiar y que había alguien cercano a nosotros que ocultaba algo.

Harry lo miró con sorpresa, y sin pensarlo dos veces, decidió compartir lo que había escuchado.

—Nadie más lo vio —dijo Harry, sintiendo cómo el peso de la revelación se asentaba entre ellos—. Y además… —extendió la mano, mostrando a Ron la bolsa de terciopelo—. Me dio esto antes de desaparecer.

Ambos se miraron por un instante, sin palabras, pero con una certeza compartida: no sabían qué contenía aquella bolsa, pero sabían que era crucial, algo capaz de cambiar el rumbo de todo. Después de asegurarse, una vez más, de que nadie los observaba, hicieron una seña discreta al mesero, pidieron una cerveza y se dirigieron a la mesa más apartada del lugar, intentando no levantar sospechas. Cuando las bebidas llegaron, Harry levantó su tarro hacia Ron, en un gesto silencioso de complicidad, como si ese brindis fuera una pausa antes de lo inevitable.

—No tengo idea de lo que hay aquí dentro —dijo, levantando el tarro hacia su amigo—, pero lo que sí sé es que necesito prepararme mentalmente. —Sonrió nerviosamente, buscando algo de valor en esa pequeña broma—. Para eso, un trago no vendría mal.

—Ahora estamos hablando en serio —replicó Ron, devolviéndole la sonrisa—. ¡Salud, mi buen amigo!

Ambos levantaron sus tarros y se empinaron la bebida, dejando que el líquido ardiente descendiera por sus gargantas. Con un leve suspiro de aliento, abrieron la bolsa al instante. Dentro, encontraron tres objetos: un broche grabado, un papel doblado y un anillo.

—¿Qué demonios? —exclamó Ron, tomando el broche entre sus manos para examinarlo más de cerca. Sus ojos se posaron en la inscripción—: "De Thistlewood M." —leyó, frunciendo el ceño—. ¿Quién diablos es Thistlewood M?

—No tengo la menor idea, Ron —respondió Harry, concentrado en el anillo que también llevaba grabado el mismo nombre.

—Dumbledore y sus acertijos —se quejó Ron, irritado—. ¿Por qué nunca dice las cosas directamente? Ni siquiera después de muerto nos lo pone fácil.

Harry reflexionó por un momento.

—Si Dumbledore se manifestó ante nosotros solo para darnos esto, debe ser de suma importancia —dijo, con un aire pensativo. Luego, tomó el papel, lo desdobló y comenzó a leer en voz alta.

"Dos ramas de un mismo árbol, diferentes en su crecer,

una en tierra humilde, otra con raíces de poder.

Aunque el viento las aparte y las haga parecer distantes,

cuando se unen sus hojas, el bosque se vuelve constante.

Solo juntos vencerán la sombra que amenaza,

pues la magia más fuerte es aquella que abraza.

Thistlewood, M."

Ron, cada vez más desconcertado, observaba atentamente la reacción de Harry, incapaz de descifrar del todo la maraña de emociones que cruzaban su rostro. Al principio, pensó que estaba molesto, pues Harry fruncía el ceño mientras murmuraba el contenido de la nota una y otra vez. Pero luego, su expresión cambió; su frente se arrugó y su mirada se desvió hacia el suelo, como si estuviera perdido en pensamientos oscuros. Sin embargo, al mirarlo con más detenimiento, Ron captó un destello en sus ojos, un brillo dorado que no pudo ignorar. No era confusión ni preocupación. Era emoción. Una chispa de adrenalina que vibraba bajo la superficie.

—Esto tiene que ver con Voldemort —le dijo Harry, la convicción palpable en su voz—. Estoy seguro.

Ron se estremeció.

—¿C-cómo lo sabes? —preguntó, nervioso.

—Mis sueños no han cesado. Y… —lo miró furtivamente—. No quise mencionarlo antes, pero… mi cicatriz ha comenzado a dolerme últimamente.

—Harry… —un escalofrío le recorrió la espalda—. Quien-Tú-Sabes está muerto.

—No lo está —respondió Harry con firmeza—. No quería admitirlo, pero dentro de mí lo sé. Todos estos ataques… precisamente a magos hijos de muggles… —suspiró, consciente de la gravedad de sus palabras—. Es obra de él y los mortífagos. Estoy convencido.

Ron cerró los ojos, y en su mente se agolparon recuerdos fugaces que había intentado enterrar. Imágenes que prefería olvidar lo golpearon con fuerza: sus pies corriendo a toda velocidad, el eco ensordecedor de gritos desgarradores a su alrededor, fragmentos de concreto desplomándose peligrosamente cerca. El caos, el miedo, los gritos interminables. Escenas de una guerra que había creído dejar atrás, una guerra que no deseaba revivir. El conflicto donde el mago más temible de todos los tiempos había caído, y que ellos, contra todo pronóstico, habían ganado. Pero aquellos recuerdos, por mucho que los ocultara, seguían vivos dentro de él, latentes en lo más profundo. Ron abrió la boca para responder, pero fue interrumpido.

—¡Harry, Ron! —gritó una voz familiar mientras se acercaba—. ¡Los he estado buscando por todo el lugar!

Se volvieron para ver a Ginny, esbelta y pecosa, que se dirigía hacia ellos con una sonrisa. Habían acordado encontrarse en ese lugar.

—Vaya —rió al sentarse—. No tardé tanto en llegar, pero veo que ya tienen prisa por embriagarse. Tendré que ponerme al corriente. —Enrolló las mangas de su camisa hasta los hombros—. ¡Mesero! ¡Tráigame un tarro de su mejor cerveza!

Ambos se miraron, y en silencio, comprendieron que esa conversación tendría que esperar. Después de todo, Ginny había sido una de las más afectadas por la guerra, y ese tema era un tabú para ella.

—¿Les comió la lengua el gato? —preguntó, observándolos con una risa traviesa—. ¿O acaso ya están tan ebrios que no pueden hablar?

—No, lo siento —respondió Ron, apresurándose a encontrar una excusa—. Estábamos intentando descifrar cuál fue la estrategia que utilizó McMullin en el último partido.

—Quidditch… ¿por qué no me sorprende? —replicó ella, robando un trago de su bebida—. Hombres… no saben hablar de otra cosa.

Ambos hermanos continuaron hablando pero Harry sintió como el volumen de sus voces bajaba poco a poco, comenzando a perderse en sus pensamientos. La observó en silencio de manera disimulada recorriendo su cuerpo, cada centímetro, con una mezcla de tristeza y culpabilidad. A pesar de mantener el porte y seguridad que siempre la caracterizó, él sabía que cada gesto que la pelirroja hacía estaba marcado por lo que la guerra le había arrebatado. Cuando Ginny se subió las mangas de la camisa, Harry sintió un nudo en el estómago al ver su brazo derecho, o más bien, la ausencia de él. Amputado hasta el codo, la piel cicatrizada se fundía con los recuerdos de la guerra.

Continuó recorriendo su cuerpo, hasta detenerse en su cuello, donde las cicatrices trazaban líneas irregulares, profundas, pareciendo testigos de una lucha que nadie debería haber soportado. Luego, Harry se fijó en uno de sus ojos, que ya no veía, cubierto por una ligera opacidad. Le fue imposible no notar la prótesis que sustituía su pie, moviéndose con la misma fluidez que si fuera parte de ella.

Ginny sonreía con una fuerza que parecía desafiar todo lo que sufrió. Ella seguía siendo la misma Ginny que conoció, hermosa y vivaz, pero también era una versión de ella que llevaba en el cuerpo y en el alma las marcas de un trauma que, pese a todo, poco a poco había conseguido quebrarla. Y todo eso era su culpa.

Dentro de su mente, contó hasta tres antes de unirse a la conversación, disimulando con cuidado el caos que lo desgarraba por dentro. El miedo lo consumía al imaginar que, si Ginny descubría que Voldemort seguía con vida, su fortaleza se desmoronaría en un llanto desesperado, derrumbando la frágil estabilidad que había intentado construir con tanto esfuerzo.

No pudo evitar pensar en Hermione. ¿Estaría bien? Con todas sus fuerzas, deseaba que su ausencia en las últimas horas se debiera a un simple contratiempo y no estuviera relacionada con todo lo que estaba ocurriendo. La idea de perderla era intolerable; no podía permitirse perder a nadie más.

—-

Se sobresaltó al darse cuenta de que se había quedado dormida. No tenía idea de cuánto tiempo había pasado. Al intentar moverse, sintió unos brazos pálidos rodeándola, firmes y protectores. Draco Malfoy la mantenía apretada contra su cuerpo, su espalda encajada perfectamente en el pecho de él, que se alzaba y descendía en una respiración tranquila.

Quiso voltearse, pero la calidez de la piel desnuda del rubio le hizo detenerse por un instante. Su pecho seguía descubierto, y el rubor se esparció rápidamente por su rostro. Una maraña de emociones la invadió: nervios, un cosquilleo intenso en su vientre, y una cálida sensación que la envolvía por completo.

El rubio inclinó su cabeza, apoyando su barbilla suavemente sobre su cabello, como si su contacto fuera lo único que lo mantuviera en paz. La abrazó con más fuerza, como si temiera perderla en cuanto aflojara su abrazo, y en ese momento ella comprendió que él tampoco quería soltarse.

—Malfoy —murmuró con voz temblorosa—, perdona… no quería quedarme dormida, solo estaba muy cansada.

—Puedes dormir todo lo que quieras —respondió él con una dulzura que hizo que su piel se erizara—. Te tengo aquí, conmigo, y no voy a dejar que nada te pase.

Desvió la mirada, evitando el contacto con esos ojos grises que parecían desnudar su alma. Draco no apartaba la vista de ella, sus ojos fijos en cada movimiento que hacía, escaneándola con una intensidad que la hacía sentirse vulnerable, como si pudiera leer cada pensamiento que intentaba ocultar. Su profunda y fría mirada la ponía terriblemente nerviosa, haciendo que su corazón se acelerara ante su cercanía, mientras trataba de mantener la compostura.

—Creo que deberíamos seguir avanzando —dijo fingiendo estar tranquila pero sin mucho éxito, girándose ligeramente, su voz un tanto más firme—. No creo que sea muy seguro quedarnos aquí.

—He puesto hechizos de protección alrededor —respondió Draco, su tono adoptando una gravedad inesperada—. Avanzaremos en unas horas, cuando el sol empiece a bajar. —Hizo una pausa antes de añadir, con una seriedad que ella no había oído antes—. Conozco esta zona muy bien, y aunque te cueste creerlo, es más seguro movernos bajo la luz de la luna.

Un golpe de realidad la sacudió de repente, como una ráfaga helada. Su corazón comenzó a latir con fuerza, y la ansiedad se apoderó de ella, apretando su pecho. Estaban huyendo. Draco había traicionado a su familia, a Voldemort, a los mortífagos. Y Voldemort... Voldemort seguía con vida. Sabía que los estaban buscando, y si los encontraban, no habría piedad. Serían torturados, llevados al límite, y su muerte sería lenta, cruel, una agonía interminable.

Quiso levantarse, pero la ansiedad la invadía, revolviéndole el estómago. Apoyó una mano en el suelo, intentando estabilizarse, pero sus piernas no le respondían, temblaban. Flaqueó. Fue entonces cuando sintió el brazo de Malfoy sujetándola, firme. Al mirarlo, vio cómo sus ojos habían perdido todo rastro de calidez, volviéndose fríos y oscuros. Él también lo sabía. Lo que había pasado entre ellos, ese beso desesperado, no había sido más que una huida. Un intento desesperado de cerrar los ojos y escapar, aunque fuera por unos instantes, de la aterradora realidad que les aguardaba.

La posibilidad de salir con vida de aquella situación era, en el mejor de los casos, mínima. Y, sin embargo, Malfoy la había salvado. Al bajar la mirada, vio la marca tenebrosa en su brazo izquierdo, oscura y vibrante, con su poder aún latente. Un nudo de culpa le oprimió el pecho. Él la había salvado, y ahora lo buscaban, queriendo matarlo. Antes, por muy terrible que fuera, él estaba a salvo, protegido por su lealtad al enemigo, un miembro más del bando oscuro. Pero ahora todo había cambiado. Malfoy lo había arriesgado todo por ella, lo había dejado todo atrás para sacarla de allí.

Un dolor agudo se instaló en su pecho. Esto era su culpa. Si no hubiera hablado con él, si no hubiera interferido en su vida, él seguiría en su mansión, cumpliendo el destino que le habían impuesto, tal vez una vida oscura, pero al menos con cierto resguardo. Pero ahora, su mundo estaba derrumbándose. Intentó contener las lágrimas, pero no pudo. Primero una, luego otra, resbalaron por sus mejillas, calientes y pesadas. Giró su rostro hacia Malfoy, buscando esos ojos grises que tantas veces la habían desconcertado. Pero no la miraba. Su mirada sombría se perdía en el suelo, mientras sus rasgos cansados se dibujaban más nítidos ante sus ojos.

Él estaba agotado. Su cabello rubio, ahora más largo, caía desordenado sobre su frente. Su cuerpo parecía más delgado, casi desnutrido. Las ojeras profundas y la dureza en su rostro mostraba una vida que había sido implacable con él. Y ahora, por su culpa, todo se estaba desmoronando.

—Malfoy… —logró murmurar entre sollozos—. No sabes cuánto lo siento… Nunca podré perdonarme por esto… Todo es mi culpa.

Las lágrimas la vencieron, y se derrumbó, sollozando sin control. Él la abrazó, en silencio, sosteniéndola como si quisiera protegerla del peso de sus propias culpas. Volvió a posar sus ojos en ella, pero esta vez no había dureza en su mirada, solo silenciosa, mientras la contemplaba en su vulnerabilidad, rota y desconsolada.

Draco la tomó suavemente por la barbilla, levantando su rostro para verla de cerca, como si quisiera grabar en su memoria cada trazo, cada expresión, cada fragmento de ella. Sus ojos grises escudriñaban su rostro, intentando absorber todo, como si este momento pudiera desvanecerse en cualquier instante.

—Granger —dijo con una calma insospechada—, nada de esto es tu culpa.

Hermione intentó hablar, pero las lágrimas que nublaban su vista le dificultaban mantener los ojos abiertos.

—Lo siento… —sollozó, luchando por controlar su voz—. En verdad lo siento, todo esto es por mi culpa.

Draco negó suavemente, sin apartar la mirada de ella, su tono suave pero firme.

—Granger, tú no me obligaste a hacer nada —repitió—. Esta decisión la tomé yo. De hecho... Era algo que llevaba mucho tiempo pensando. Y el verte nuevamente y escucharte, solamente reafirmó lo que yo sabía —Suspiró, su voz quebrándose ligeramente—. Yo nunca… yo nunca he querido ser como él. No soy como él.

Hermione, aún entre lágrimas, abrió los ojos marrones, tratando de procesar lo que Malfoy decía. Su rostro, generalmente imperturbable, estaba ahora marcado por una tristeza insondable, un peso que no había visto antes.

—No quiero ser como mi padre —continuó, su tono aún más oscuro, casi desgarrado—. No quiero ser parte de toda esa… mierda.

Cada palabra que pronunciaba estaba cargada de un dolor profundo, oculto bajo la superficie de una frialdad forzada. Aunque intentaba mantener una fachada de indiferencia, su voz revelaba cuánto le dolía, cómo ese odio y esa traición lo quemaban por dentro, como si una herida invisible lo estuviera consumiendo.

—Él haría lo que fuera por mantener su posición —dijo Draco con amargura—, lo que fuera… Y quiere que yo siga sus pasos. Pero ahora… ahora soy prescindible. Siempre lo he sido. En cualquier momento, cualquier pequeño error habría sido suficiente para desecharme, como lo hizo con mi madre.

Hermione tembló al oír esas palabras, la crudeza de lo que insinuaba la golpeó como una bofetada. No podía ser… ¿Lucius Malfoy? ¿Sería capaz de…?

—Sí, Granger —dijo Draco, confirmando su peor temor—, él la mató. Para demostrar su lealtad. La desechó como basura en la calle. —Su voz se quebró mientras continuaba—. No dejó nada de ella.

Draco bajó la cabeza, soltando la barbilla de Hermione, y se giró ligeramente, intentando ocultarse, como si la vulnerabilidad que acababa de mostrar fuera una herida abierta que no quería que ella viera. El peso de todo lo que llevaba dentro, todas las cicatrices que había intentado ocultar, finalmente lo estaban consumiendo.

—Malfoy, yo… —la voz de Hermione apenas era un susurro— no tenía idea… Lo siento tanto.

Hermione lo miró, su corazón roto por todo lo que acababa de descubrir. Todos siempre lo habían visto como un reflejo de su padre, pero en ese momento, entendió que había mucho más detrás de esa fachada que Draco había erigido. Ella siempre tuvo razón. Él no era como Lucius.

Lentamente, Hermione acercó su mano temblorosa hasta rozar su mejilla, permitiendo que su tacto suave aliviara la distancia que siempre había existido entre ellos.

—Siempre lo supe —murmuró, con sinceridad en cada palabra—. Algo en mí me decía que tú no eras feliz. No importaba lo que dijeran los demás en la escuela... Yo te veía, y sabía que estabas sufriendo.

Titubeó un segundo, como si eligiera cuidadosamente las palabras, mientras acariciaba su rostro con delicadeza. Sus ojos, aún enrojecidos por las lágrimas, brillaban con una dulzura palpable.

—Quise acercarme —continuó, con una voz rota— pero no sabía cómo. Siempre había algo entre nosotros. Las casas, nuestras familias... siempre hubo una barrera.

Malfoy giró lentamente su rostro hacia ella, sus ojos grises buscando los de Hermione, escudriñándola con una intensidad que la estremecía. A pesar de su frialdad habitual, había algo en su mirada que delataba su vulnerabilidad.

—Quiero que sepas algo —dijo, mientras mantenía el contacto visual, sus palabras cargadas de una sinceridad que parecía dolerle—. Ya no estás solo. Yo estoy contigo. No me importa lo que pase, ni siquiera si me matan por todo esto. Voy a estar contigo hasta el final.

Él posó su mano sobre la de ella, aún descansando en su mejilla, y en un intento torpe, intentó apartarla.

—No he hecho nada para merecer tu afecto —murmuró, con una amargura que le quebraba la voz—. No merezco ser amado, no después de todo lo que he hecho. Tú... tú no sabes.

Pero Hermione no se dejó vencer. Su otra mano encontró el camino a su otra mejilla, obligándolo a mirarla, sus ojos marrones brillando con una fuerza casi dolorosa.

—Todos merecen ser amados —le dijo, sonriendo con ternura—. Todos... y eso te incluye a ti.

Draco la miró, incrédulo. Sus labios temblaron, y su voz quebrada apenas pudo salir de su garganta.

—¿Por qué? —susurró—. ¿Por qué me amas? ¿Por qué yo?

Ella lo miró con todo el cariño que había guardado tanto tiempo en silencio.

—Porque te veo —respondió suavemente, sus ojos brillando al revelar lo que siempre había sabido—. Siempre te he visto, Draco. Veo lo que eres en realidad, más allá de todo lo demás.

Las palabras de Hermione lo dejaron desarmado. Por primera vez en su vida, alguien lo había visto de verdad, no como el heredero de una familia oscura, no como el enemigo, sino como un ser humano. Sus ojos grises, normalmente fríos, brillaron con una emoción que no podía esconder, y un leve rubor tiñó sus mejillas pálidas. Con una mezcla de nerviosismo y necesidad, acercó su rostro al de ella, hasta que sus labios finalmente se encontraron en un beso suave, tierno.

Pero pronto, ese beso tierno se transformó. La necesidad, la desesperación contenida, explotaron en un beso ansioso, cargado de hambre, de todo lo que no sabía cómo decir. Era la primera vez que alguien lo aceptaba así, sin máscaras, sin las expectativas de su familia o la oscuridad que siempre lo había rodeado. Besó con una urgencia que parecía intentar transmitir todo lo que nunca había dicho, lo que no sabía cómo expresar con palabras.

Hermione intentaba seguir el ritmo, sus besos inexpertos y torpes, pero llenos de sinceridad, mientras él la envolvía con una pasión que la hacía temblar. Para Draco, ese beso lo era todo. Quería que ella entendiera, sin palabras, lo agradecido que estaba, lo mucho que ella significaba para él. Quería contarle que siempre la había observado en Hogwarts, maravillado por su inteligencia, por su valentía, por lo hermosa que siempre le había parecido, incluso cuando no sabía cómo acercarse a ella.

Y, sobre todo, quería que supiera que la razón por la que la había tratado mal durante tanto tiempo no era porque la despreciara, sino porque no sabía cómo acercarse, cómo llamar su atención sin romper las apariencias que debía mantener. Nunca lo hizo por odio... sino porque no sabía cómo manejar lo que sentía.

Entre cada beso, Malfoy logró murmurar con voz entrecortada:

—Yo... también —susurró, mientras sus labios recorrían el contorno de su mandíbula, descendiendo con suavidad hacia su cuello.

Cada beso que depositaba sobre su piel era más urgente que el anterior, una mezcla de pasión y desesperación. Se aferraba a ella como si sus labios pudieran sellar una promesa de eternidad en cada caricia, besando su cuello con una intensidad que la hacía estremecerse, hasta llegar a su clavícula.

—Yo también... —repitió, casi jadeando, sin poder contener el torrente de emociones que lo invadía—. Yo también siempre te he visto.

Las palabras escapaban de su boca entre besos ansiosos, como si temiera que fueran las últimas que tendría oportunidad de decirle.

—Y estaré contigo —finalmente susurró, con un tono decidido —. Sin importar lo que pase.

Hermione no pudo contener un suave gemido de placer, permitiendo que las sensaciones la envolvieran por completo. Su respiración se aceleró y, en un susurro cargado de deseo, murmuró:

—No pares... por favor, no pares.

Sus palabras fueron casi una súplica, llenas de anhelo. Él, al escucharla, las tomó como una promesa silenciosa. Sin detenerse, continuó, cada movimiento más decidido, atento a cada reacción de su cuerpo, como si su única misión en ese instante fuera prolongar aquel momento de conexión profunda entre ambos.