- Tres -
Los colores de la mañana ganan terreno a las sombras grises del amanecer, pero la temperatura parece no haberse elevado un grado. Echa un vistazo través del boquete en el muro para hacerse una idea más aproximada de la hora. La sala del consejo está a un par de sus furiosas zancadas cuando Solas, por fin, se las apaña para detenerla al posar una mano sobre su antebrazo. Vira hacia él con una máscara impasible a la que solo la delatan un par de ojos más ojerosos que de costumbre. Se traga la pregunta que tenía en mente, si está sufriendo el frío, parece una preocupación tan trivial que el solo mencionarla le merecería un bufido de exasperación.
—¿Vas agregar algo?
Solas se da cuenta de que se ha quedado en silencio más de lo que es cómodo. Se yergue, eleva el mentón y entrelaza las manos sobre su espalda.
—Estaría repitiéndome, me temo.
Lavellan aprieta el cuerpo, como si intentara encogerse sobre sí misma, agobiada por el frío de la fortaleza, justo como el ha conjeturado, o quizá como una manifestación física de lo pesado que le resulta hablar con él ahora. Una expresión frustrada eclipsa la máscara de la Inquisidora.
—No —suspira con exasperación mientras se estremece debajo del abrigo. Mira en otra dirección—. Por favor.
—Sabes lo que opino.
Solas concluye su oración y advierte que ha vuelto a herirla sin querer. Las circunstancias actuales medran su voluntad. Lavellan, una persona bastante práctica para tratarse de una maga dalishana, y de un ánimo más bien jovial, tiene la creencia de que las lágrimas no se emplean como algo útil.
Sin embargo, son lágrimas lo que enturbia el brillo de sus ojos ahora. Si va a ser justo, y puede rescatar uno de los defectos de la dalishana y convertirlo en una cualidad, es el alto grado de terquedad en sus acciones. Nunca llega a derramar lágrimas. Lavellan permite que el feroz líquido se estanque dentro, y Solas teme el día en que estas consigan ahogarla.
—La decisión se tomó —dice con tirantez—. No voy a cambiarla.
—Los guardas grises son culpables de lo que ha ocurrido con Marian Hawke. —Las palabras prácticamente se le escapan. Al instante se da cuenta de que ha sido un golpe demasiado cruel.
Sospecha que ha cruzado un límite. Durante un momento, está seguro de que, idiota él, ha conseguido lo que una lista de considerable longitud plagada de desgracias no logró: ha provocado llanto en la voluntariosa inquisidora.
Percibe como su propio semblante frío se desmorona en una expresión de consternación que raya en el horror.
Llanto no, por favor.
No obstante, la reacción que obtiene es mucho peor. Ella obliga a sus labios a contorsionarse en una mueca de amargura. La imitación fallida de una sonrisa. Intuye lo mucho que le duele, la punzante sensación que tira de los músculos alrededor de su boca.
—A veces ese odio que profesas por ti mismo tiene la horrible facultad de envenenar a quienes te rodean, Solas.
El desconcierto surca la mirada del elfo. Lavellan ha vuelto a mirar más allá, a meterse debajo de su piel para descubrir algo que, si bien no podrá comprender por completo, es más de lo que nadie ha podido, con total seguridad, afirmar sobre él en mucho tiempo.
La puerta a su espalda rechina al abrirse y Leliana emerge de la sala. Sus ojos sospechosos permanecen sobre el par de elfos un instante. Asiente en su dirección a modo de saludo, le dirige un informe de un puñado de palabras a la Inquisidora y sigue con su camino tratando de aparentar que no le resulta extraño algo de él.
A cada persona en Feudo Celestial le resulta extraño algo, si no todo, de él. Razones no faltan.
A Lavellan no. Pocas veces se digna a estudiarlo siquiera, porque es innecesario. Ella sabe que algo no está nada bien con él... y de todas formas, no pierde oportunidad para estirar una mano en el intento de alcanzarlo, de pescarle antes de que caiga definitivamente. Hacia dónde, ella no puede ni imaginarlo.
Necia, piensa Solas con tristeza. No obtendrá nada bueno al final.
Patética excusa de elfo, agrega la voz dentro de su cabeza. Miserable, tendrá que sacudirse el agarre de esa mujer algún día, porque a él lo aguarda lo otro —recuerdos en la soledad, mientras vuelve a cometer errores intentando subsanar otros errores. Está atrapado, sería un acto en extremo vil y egoísta obligarla a compartir la carga de aquellos pecados también, así que, por más doloroso que pueda llegar a ser para ambos, la dejará ir. La libertad de Lavellan perfila como una prioridad. El clan dalishano ya había deformado bastante un espíritu único en belleza y complejidad, no iba él a contribuir atándola, arrancando virtudes como si se tratara de los pétalos de una flor. Justo como hace ahora.
Desiste, saboreando algo amargo y distinguiendo el vacío en la boca del estómago ante la inminente pérdida —una más, una y otra vez—, y le permite avanzar hasta la gran puerta.
—Lamento la impertinencia, Inquisidora.
N/A: Jo, he tenido este drabble parado en el Doc Manager durante MESES, y al darme cuenta de que no se dignará mejorar, he decidido sacarlo. La oportunidad de explotar el tema de este prompt -"lágrimas"- la quemé al final del capítulo anterior sin querer xD Tengo que revisar más a consciencia esa endiablada lista antes de ponerme a escribir, srsly.
