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Jusenkyo Assault Unity

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«Capítulo 2: Una pequeña broma»

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El desconcierto y la expectación se apoderaron del ambiente. Algunos se reclinaban en las sillas con un ángulo de aburrimiento, pero la gran mayoría parecían altamente intrigados.

Ranma contuvo el aliento sabiendo que había captado su atención.

—Jusenkyo Assault Unity —repitió manejando a la perfección el ritmo de su ensayado discurso—. Estáis en una unidad de élite en la que se reúnen los mejores talentos de Japón en áreas… diversas —dijo con un deje de duda—. Os esperan semanas de duro entrenamiento antes de enfrentarnos a nuestra primera misión, por lo que os rogaría máxima cooperación. Esto no es un campamento, necesitamos resultados y no podemos fallar.

"Otra vez" pensó Ranma para sus adentros, mirando serio hacia los nuevos reclutas mientras sus dos hombres de confianza le secundaban.

—¿Jusenkyo? ¿Qué demonios es Jusenkyo? —susurró Tarô con desprecio.

—Si no os sentís lo suficientemente comprometidos con este proyecto es el momento de marcharos, todo lo que se hable dentro de estas paredes será estrictamente confidencial. La revelación de esta información a terceros será considerado un delito de traición, y será juzgado con la máxima pena. De nuevo, ¿alguien quiere pensárselo? —-continuó Ranma, algunos se removieron en sus asientos, pero nadie habló, el silencio resultó ser una respuesta lo suficientemente satisfactoria.

—Bien, empecemos con las presentaciones, aunque estoy seguro de que algunos de vosotros ya habéis tenido la oportunidad de charlar —Ranma miró hacia la pizarra e hizo lo prometido, presentando de forma genérica a los asistentes ante las miradas suspicaces de los demás. Akane se ganó, de hecho, la desconfianza de varios de ellos ante su rango de militar, al igual que Shinnosuke como policía. A la mayoría no les gustaban las personas implicadas en nada que tuviera que ver con la justicia o el gobierno, por no decir que muchos se habían visto más de una vez con sus culos sentados en una cochina celda.

Pero si estaban allí era porque todos, a partir de ese momento se convertirían en un equipo, y deberían de dejar sus desconfianzas y malos gestos a un lado. Al menos en teoría.

—A partir de este momento todos sois cadetes, y vuestra formación empieza ya, no podemos perder el tiempo. Os espero en quince minutos en la pista de atletismo —zanjó el tal Saotome con un gesto de cabeza, firme y disciplinado, lo cual hizo sospechar a Akane que él también era un muy severo miembro de algún cuerpo de seguridad.

Salieron de la sala entre cuchicheos y miradas que volaban sobre los hombros. Todos se dirigieron a donde les había citado el hombre de la trenza, y esperaron.

No tardó en aparecer, con un cronómetro colgado al cuello y con sus recuperadas gafas de sol. Llevaba también una carpeta debajo del brazo y miró hacia el cielo, como adivinando que era un día maravilloso para hacer un poco de deporte.

—Bien, comencemos, diez vueltas a la pista, ¡ya! —dijo iniciando su cronómetro ante la incrédula mirada de unos pocos, Akane por supuesto no se encontraba entre ellos. Adoraba correr.

El trote fue estimulante, al menos eso pensó ella, pero muchos de sus compañeros obviamente no opinaron igual. Shinnosuke pudo mantener el ritmo, y ese tipo, el tal Kuno también corrió muy bien. El de las gafas sorprendentemente no lo hizo mal, y Ukyo básicamente fue la más rápida de todos, con muchísima diferencia.

Tarô llegó a la meta andando y rezongando mientras que Azusa se había detenido después de dos vueltas para arreglarse el maquillaje, y después se había dedicado a animar sentada en una gran roca.

Ranma no parecía feliz. Meneó la cabeza y resopló hacia el cielo, como pidiendo paciencia a un ser superior.

—Vale, hay que entrenar la resistencia —dijo rindiéndose—. Vamos a ver que tal vais de fuerza.

Y señaló hacia una soga gruesa, llena de nudos y colgando de un árbol que nadie se había atrevido a podar, un gigantesco roble de tronco inabarcable y cuya sombra prometía un buen refugio en las horas más calurosas del verano.

Los cadetes volvieron a murmurar entre ellos, pero lo intentaron, cada uno a su manera.

Ukyo trepó al árbol directamente por el tronco, como un mono y de forma impresionante. Azusa y Tarô hicieron piña común argumentando que era una maldita locura.

Shinnosuke trepó algunos metros antes de detenerse exhausto, al igual que Akane.

Kuno se negó a tocar la cuerda, y el chico de gafas intentó subirse, cayéndose de culo.

Ranma parecía aún menos feliz que antes.

—Es el primer día, ¿que tal si vamos al gimnasio y vemos que tal os manejáis en una pelea?

Eso pareció animar a Tarô, quien se crujió los nudillos con impaciencia. Minutos después todos se encontraban repartidos por parejas mientras Ranma los observaba como un halcón. Había dado instrucciones claras: intentar derribar al oponente, nada de golpes bajos ni en la cabeza, y sobre todo no extralimitarse ni hacer daño a los compañeros.

Akane se encontró frente a Kuno, el baboso rico la miraba magnánimo.

—No voy a hacerte daño bella doncella, será rápido.

—Ah, ¿sí? —respondió con sorna—. Gracias.

Y se le echó encima, la joven militar tuvo que admitir que era rápido, más que eso, pese a su apariencia era bueno. Le esquivó con una finta, pero él no se desequilibró, Akane aprovechó el impás para disparar una patada directa a su espalda.

Kuno la esquivó por poco y la revaluó más cauteloso.

Akane le sostuvo la mirada mientras alzaba los puños en actitud defensiva. Kuno volvió a atacar, ella levantó un pie, giró con el contrario y se dejó atrapar. Kuno rio victorioso, hasta que Akane le aplicó una aprendida llave de judo y le lanzó por encima de su cabeza en un viaje sin billete de vuelta, directo contra la lona. Todos los demás enfrentamientos se detuvieron un instante para admirar el vuelo de Kuno y su duro aterrizaje.

Akane jadeó y alzó la vista para encontrarse con los ojos azules de Ranma clavados en ella, el cual levantó una ceja en gesto apreciativo antes de seguir evaluando a los demás.

Tarô se había liado a golpes con el pobre Mousse sin atender a las instrucciones, cosa que enfadó a Ranma y les tuvo que separar. Azusa se había rendido antes de empezar, por lo cual Shinnosuke se había enfrentado a Ukyo, y llevaban ya un buen rato dando vueltas a la lona, él intentando atraparla, ella alejándose y esquivando.

Ranma les interrumpió impaciente.

Ukyo argumentó que ella solo luchaba con armas arrojadizas, de hecho, solo sabía lanzar estrellitas puntiagudas que se guardaba en una muy disimulada solapa, en el borde de su camisa.

El instructor se llevó las manos a la cara y se frotó el puente de la nariz, justo entre los ojos. Cuando intentó echar mano de su cronómetro se dio cuenta de que Azusa lo llevaba al cuello y estaba jugando con los botones.

—¡Sois… ! —empezó perdiendo los nervios y poniendo las manos en forma de garra, se detuvo un momento, tomó aire, contó hasta cinco—. Necesitáis muuuuuucho entrenamiento, muchísimo, una barbaridad. ¡Vais a conseguir que nos maten a todos, joder! —masculló—. Mañana os quiero en la pista principal a las seis de la mañana, vamos a dar un paseito matutino por el bosque. Podéis iros, menos tú —dijo señalando hacia uno de los cadetes, concretamente hacia el chico de las gafas quien estaba empapado de sudor y bastante despeinado.

—¿Yo?

—Si, tú. Hibiki quiere hablar contigo —dijo antes de darse la vuelta y comenzar a caminar con pasos rápidos. Después se giró, regresó sobre sus pasos, le arrebató a Azusa su cronómetro y volvió a reanudar la marcha mientras Mousse le seguía como un perrito apaleado.

—Petit bulle… —jadeó Azusa con la mano extendida hacia el cronómetro robado, después la cerró en un puño y apretó los dientes—. Te encontraré —se dijo, dejando claro que le faltaba un tornillo, básicamente como a todos los demás.

Akane también se encontraba cubierta de sudor, así que se encaminó hacia su habitación con la intención de tomar una ducha y después comer algo.

—Eh, poli —dijo la voz de Tarô, quien dio alcance a Shinnosuke y le pasó un brazo por los hombros—, tu cara no me suena, ¿no eres de Tokio?

—¿Conoces a muchos policías en Tokio? —respondió Shinnosuke algo perplejo.

—Deberíamos pelear.

—¿Ahora?

Tarô se encogió de hombros.

—Me hace falta una pelea de verdad, no contra freaks o chicas, ¿te apuntas?

Akane se detuvo, ofendida. Se giró y se cruzó de brazos, mirando a ambos chicos con intensidad. Ellos se quedaron en el sitio, al igual que todos los demás.

—Quizás tengas que comerte tus palabras —dijo con los dientes apretados.

—¿Crees que puedes ganarme? Eres una soldadita muy mona, pero en una pelea de verdad no tienes nada que hacer.

—Soy teniente —gruñó Akane, aunque quizás debería decir que "había sido" teniente.

Tarô silbó y se acercó a ella con los ojos brillantes y la sonrisa interminable. Una víbora evaluando al ratoncito que va a tragarse entero.

—Bien, si el poli no quiere estoy dispuesto a pelear contigo.

Regresaron a las lonas. Shinnosuke tenía el ceño fruncido y Kuno parecía expectante. Ukyo se quedó en la puerta, mirando hacia afuera por si aparecían algunos de los instructores, mientras que Azusa se sentó en el suelo, dispuesta a disfrutar del espectáculo.

—Deberíamos guardar fuerzas, Saotome parece enfadado y mañana nos espera una paliza —dijo Shinnosuke en un vano intento por frenar aquella pelea, pero Akane no parecía dispuesta a dar marcha atrás, y Tarô tampoco.

—Ella sabe pelear —intentó tranquilizarle Kuno—. Y Saotome puede irse al infierno —añadió con una sonrisa, lo cual secundó Tarô con una afirmación de cabeza.

—Que le den por culo —rio Tarô mientras subía los puños y miraba a su contrincante. Akane también se puso en posición de combate. No es que le agradara especialmente el chico de la trenza, pero reconocía en él la responsabilidad que acarreaba y el peso del mando. Algo que una vez ella también tuvo.

No obstante no contestó, sabía que defender a los superiores frente a la tropa no reportaba ningún tipo de beneficio, y desde luego no quería fama de lamebotas. Miró a Tarô y apretó los dientes cuando le vio avanzar.

Su estilo de lucha era sucio y enredado, tosco en el mejor de los casos, pero demonios si no era rápido. Akane recibió un golpe que le rozó las costillas, y con eso bastó para que escupiera una bocanada de aire. Se retiró sin dar muestras de dolor, apoyó las piernas con más fuerza en el suelo. Hizo un barrido que desequilibró al luchador, pero en su caída la arrastró con él. Pronto Akane se vio braceando e intentando hacerle una llave al bestia de Tarô, mientras él la agarraba por las piernas y los brazos, se tumbaba sobre su espalda y le retorcía un brazo, hasta que finalmente la militar dejó de forcejear.

—Interesante —dijo él evaluando el creciente enfado de la chica, todos sus músculos a tensión bajo él. Akane besaba la lona con rabia desmedida mientras el tipo, que pesaba tranquilamente el doble que ella se levantaba con lentitud.

—¿¡Qué te parece interesante!? —ladró cuando al fin la liberó y ella se retorció para volver a plantarle cara.

—No te rindes con facilidad, pero en una pelea en la calle te habría matado con el primer golpe. Los malos suelen llevar cuchillos, ¿lo sabías?

—¿Y tú eres uno de esos "malos"? —preguntó con su cabello corto revuelto y la respiración agitada, con la humillación calentando sus mejillas.

—Sí, y mucho —confesó con una sonrisa orgullosa, agachándose frente a ella—. Pero me estoy reformando, ¿no lo ves? Podría ser bueno contigo.

Akane puso cara de asco, Tarô rio encantado.

—Ni lo sueñes —respondió levantándose de golpe y colocándose la ropa, Azusa se puso junto a ella y le sacó la lengua a Tarô.

—No seas cerdo, somos compañeros. Los chicos solo pensáis en una cosa —dijo meneando su melena castaña con indignación y tomando la mano de Akane, conduciéndola hacia la salida en una muestra de solidaridad que nadie le había pedido.

Akane le dirigió una última y anhelante mirada a Shinnosuke, quien no había dicho ni una palabra al respecto. Si algo le había quedado claro es que el chico no iba a dar una sola muestra de reconocimiento por su parte, lo cual solo podía significar dos cosas: O bien la estaba evitando, o la había olvidado por completo.

Las dos dolían casi igual.

Ukyo se unió a ellas, las tres caminaron hacia las habitaciones.

—Tarô es un peligro —murmuró Azusa mirando por encima de su hombro, hacia la puerta aún abierta del gimnasio—. Ten cuidado, es de los que se te mete en las bragas sin que te enteres.

Akane la miró escandalizada.

—¡No pensaba…!

—No es mi tipo —añadió Ukyo a la conversación, como si alguien le hubiera preguntado.

—Con lo guapo que es y no tiene ni un yen en la cartera, de hecho, no tiene cartera —Azusa suspiró ignorando su comentario—. Solo cuchillos.

—¿¡Lleva cuchillos!? —preguntó Akane, cada vez más escandalizada.

—En las botas —dijo la ladrona con un asentimiento—, pero en serio, ten cuidado con ese bruto.

—¿Por qué has intervenido? —preguntó con desconfianza.

—Las chicas debemos protegernos entre nosotras.

Y Akane la miró por primera vez de forma apreciativa. No podía decir que ella supiera mucho sobre la amistad femenina. Bueno, tenía a sus hermanas, por supuesto, con las cuales tenía una relación excelente, incluso más que eso, ellas eran su mayor apoyo.

Pero Akane, acostumbrada a moverse en ambientes hediondos y copados de testosterona había aprendido a no extender su mano hacia las amistades, pues demasiadas veces se había llevado una decepción.

Y aquello resultaba nuevo de una manera refrescante. Azusa, a pesar de estar loca y ser una ladrona de primera parecía bastante entretenida, quizás por eso mismo.

—Ya he revisado los cierres y pestillos de nuestras habitaciones y los baños, la seguridad es importante —dijo la ninja, las otras dos asintieron dubitativas.

Llegaron hasta su cuarto compartido y se fueron directas a las duchas. Por suerte las instalaciones estaban pensadas para comitivas mucho mayores, por lo que las cabinas de ducha eran más que suficientes para ellas tres, y aún sobraban unas cuantas.

Mientras el agua golpeaba las blancas baldosas y las chicas se afanaban en asearse Azusa puso música con su teléfono, y Akane olvidó su humillación en la lona aderezado con su desengaño amoroso. Se vistieron a toda prisa, después de tanto ejercicio estaban hambrientas.

—Pero en serio —continuaba Azusa, que una vez que arrancaba a hablar era difícil que echara el freno—, ¿Os habéis dado cuenta de que no hay cobertura en los teléfonos? ¿Qué se supone que hagamos todo el día?

—¿Entrenar? —aventuró Akane.

—Mejorar nuestras técnicas de espionaje — aportó Ukyo, quien se había dejado el cabello suelto y vestía con su camisa ninja ligeramente entreabierta, de forma relajada.

—¡Despertad! Estamos en el paraíso, es el paraíso de los tíos buenos —jadeó con un suspiro ante la aterrorizada mirada de Ukyo (quien no parecía haber tenido demasiado contacto con el género masculino), y el ceño fruncido de Akane—. No nos queda más remedio que dejarnos querer.

—¡Azusa! —gritó Akane sintiendo cómo se le coloreaban las mejillas mientras miraba a ambos lados del pasillo, como si alguno de los aludidos fuera a aparecer de improviso—. No hemos venido a eso.

—¿Te has fijado en Saotome? Da calores solo de verlo, ¿y sus segundos? No sé cuál está más bueno. Pero Tarô es impresionante, y el policía tampoco está nada mal… No disimules Akane, llevas poniéndole ojitos desde el primer día.

—¿Qué? —saltó la aludida, quizás demasiado chillona para parecer inocente.

—No te culpo, en serio, a mí también me enloquecen los hombres de uniforme. A veces me dejo detener a propósito para que me pongan las esposas —rio bajito, Akane aceleró el paso sin saber dónde meterse.

—Los hombres son una distracción —incidió Ukyo—. Pero es cierto que algunos resultan… a-atractivos —concluyó con un leve tartamudeo.

Azusa frenó en seco.

—¿Cuál te gusta? —dijo con los ojos brillantes.

—A mí no…

—Ya deja de cotorrear Azusa —dijo Akane llegando al comedor, recibiendo la nueva estancia y su delicioso olor a guiso de ternera como un bálsamo para su agitado corazón.

Las tres chicas se sentaron juntas y las señoras no tardaron en servirles generosas raciones de sopa, guiso y arroz. Akane comenzó a comer intentando evitar las entrometidas preguntas de la ladrona, cuando un conocido chico se sentó frente a ella.

Era Mousse, quien parecía renovado y sonriente.

—¿Te ha pasado algo bueno? —preguntó Akane en tono confidencial, el chico parecía estar en el limbo.

—Más que eso. Hay una sala de telecomunicaciones llena de equipos, ¡y necesitan que los maneje y repare! —dijo excitado, se ajustó las gruesas gafas y detrás de ellas sus ojos verdes como esmeraldas brillaron de auténtica dicha—. El grueso de la banda es descomunal, ¡y lo tienen ahí! Es casi como tener un satélite de emisión para nosotros solos. Y las bases de datos… ¡Acceso ilimitado a cientos de ellas! Hace días habría matado solo por tener la oportunidad de ver algo así y ahora lo controlo yo.

—Wow, suena interesante —aportó Akane—. Entonces, ¿tú si tienes conexión?

—Solo yo —sonrió como un demente—, guárdame el secreto.

Ella asintió con un deje de envidia, parecía que Mousse acababa de encontrar su lugar.

—Así al menos podrás hablar con tu familia, seguro que están preocupados —añadió Akane, como meditando en voz alta, pero ante la seriedad del chico cambió su expresión soñadora por otra llena de congoja—, disculpa, no quería molestarte.

—No me has molestado, es solo que no tengo a nadie que se preocupe por mí —dijo encogiéndose de hombros, como si la tristeza de aquella afirmación ya le hubiera carcomido hasta los huesos, hasta la misma médula, hasta que ya no doliera.

Akane se removió en el sitio.

—Si te pasara algo yo me preocuparía —dijo sincera, él arrugó el ceño—, ahora somos amigos —concluyó con una pequeña y amigable sonrisa, una que sintió que sí podía regalarle a aquel triste y solitario muchacho.

Él también le dedicó una sonrisa breve y cordial, una que parecía querer decir "no te creo, pero gracias". Comieron en silencio, o al menos lo intentaron, porque Azusa parecía haber estado guardando su lengua y ahora no paraba de parlotear como una loca. Akane se fijó en que sus manos se movían mientras lo hacía, con agilidad y sutileza. Ella también era una maestra en su campo, el del embaucamiento y el robo.

Todos lo eran a su manera.

¿Y ella? ¿Qué buscaban en ella?

Seguro que habían leído su historial, ¿sabrían del motivo de su degradación? Eso la hizo sentir inquieta, por supuesto que lo sabían. Sus manos temblaron, de repente no tenía hambre.

Apartó la comida y se ausentó un instante para ir al baño a refrescarse.

A su regreso los demás cadetes ya estaban siendo dirigidos hacia la sala grande, aquella en la que les habían reunido esa misma mañana, con las sillas de oficina desgastadas y la amplia mesa.

Allí les esperaba Ryu, con mirada afilada y los ojos entrecerrados. Delante de cada una de las sillas había varios manuales, de más de cuatro dedos de grosor.

—El manejo de situaciones complejas, técnicas de asalto básicas y el espionaje será una de nuestras tareas —dijo de corrido antes de señalar los gruesos volúmenes que los cadetes tenían delante de sus mesas—. Entiendo que todos sois adultos, y que si os pido que os estudiéis este compendio de técnicas básicas lo tendréis listo para mañana. Antes de practicar necesito que sepáis cómo atar un cable de vida, o algo tan básico como no delatar una posición, o sustraer un efectivo sin armar alboroto.

—¿Se refiere a secuestrar? —susurró Akane, pálida.

—Así que empezad leyendo hasta la página doscientos diez, podéis hacerlo en cualquier lugar, pero procurad no molestar. Eso es todo —dijo retirándose y dejando a todos pasmados.

Sopesaron el grueso manual, Akane lo abrió observando que la letra era realmente pequeña.

Eso la mantendría ocupada hasta la cena.

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Akane se sentó contra uno de los muros de hormigón, en un lugar de fresca sombra entre varios árboles que asemejaban una diminuta extensión del bosque, alejada de la algarabía de Azusa, la soberbia de Kuno o las protestas de Tarô. No la dejaban concentrarse, y de veras que necesitaba hacerlo si tenía que leer y entender todo aquello.

No sabía que tuviera que estudiar, el manual describía una serie de situaciones y técnicas que jamás se había planteado. Ella era una militar, su entrenamiento había estado férreamente basado en el cumplimiento de las órdenes de sus superiores, aunque bien era cierto que ella jamás había brillado en ese sentido.

¡Había hasta ejercicios de resolución deductiva! Empezó intentando interiorizar la primera lección sobre una operación de asalto básica en un emplazamiento con agentes armados. Y llevaba casi media hora de intensa lectura cuando escuchó unos pasos ligeros acercándose.

Alzó la vista para descubrir al capitán Saotome, solo, sudando y sorprendentemente descamisado. Parecía haber estado trotando y ahora se había detenido a recuperar el aliento sin percatarse de su presencia.

Akane estaba acostumbrada a estar rodeada por hombres, o al menos eso solía decirse a sí misma, pero desde luego no ese tipo de hombres. Se lo quedó mirando con ojos fijos, mientras su cerebro absorbía aquella imagen como si se tratara de agua para un sediento.

¿Cómo había dicho Azusa? Daba calor sólo de mirarlo, y eso que hasta el momento sólo le habían visto con gruesas prendas que le tapaban entero.

La militar aspiró una silenciosa bocanada de aire cuando le vio pasarse una pequeña toalla por la frente. Ranma Saotome era una maldita visión erótica; con sus caderas estrechas y su imposiblemente delineado abdomen, que se extendía por la cinturilla baja de su pantalón deportivo marcando una perfecta "uve" de perdición. Sus brazos fuertes y musculosos, su pecho plano y bien formado, con unos pectorales tallados a cincel, y su espalda… Su espalda era ancha, musculosa y absolutamente perfecta, y terminaba en un trasero que si la vista no le fallaba, también parecía perfecto.

Akane dejó caer la mandíbula sin poder evitarlo, las manos se le quedaron flojas.

Ranma terminó de secarse el sudor y ajeno a su intenso escrutinio volvió a ponerse la toalla alrededor del cuello, el sol débil de la tarde coloreó de dorado su piel y su salvaje cabello negro se agitó con la ligera brisa, después se enganchó a la rama baja de un árbol y comenzó a hacer dominadas, alzándose en portentoso y perfecto equilibrio, dejando su abdomen absolutamente expuesto a unos ojos marrones que no podían apartarse de aquellos músculos.

Las cejas de Akane se alzaron aún más ante semejante espectáculo, y sin poder evitarlo el manual se le cayó de las manos con un sonoro y delator estrépito. Las mejillas de la muchacha se colorearon en menos de una décima de segundo mientras el capitán alzaba la vista y esta vez sí, la sorprendía de lleno. Detuvo su ejercicio y ella se apresuró a recuperar su manual, el cual había caído haciendo una voltereta y se había cerrado. Ni siquiera recordaba lo que había estado leyendo antes de que él llegara.

Maldita fuera, ¡ella no era una mirona! Se apresuró a recuperar sus cosas y su orgullo del suelo por segunda vez en lo que iba de día, y estuvo a punto de conseguir escapar, pero claro, no iba a tener tanta suerte.

—¡Espera! —dijo su voz de trueno, y ella apretó la mandíbula maldiciendo una y mil veces, se giró aún colorada, como una puñeterísima colegiala.

—No pretendía interrumpir sus ejercicios, capitán —dijo sin saber muy bien por qué se estaba disculpando, ya que ella estaba allí antes.

—Ya estaba por irme —dijo él en un tono un tanto tenso, tomó la toalla que tenía sobre los hombros y se la pasó discretamente sobre el cuello—. ¿Qué hacías aquí?

—Pensé que sería un lugar tranquilo para leer —dijo ella mostrándole el grueso manual que él miró apenas una décima de segundo.

—Bien, continúa. Mañana haremos una buena marcha matutina, deberías irte a dormir temprano —aconsejó con un cabeceo, y tal y como había llegado, se marchó al trote. Akane esperó a que se alejara lo suficiente antes de dejarse caer hasta el suelo y taparse la cara, mortalmente avergonzada.

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—Debe ser una puta broma… —masculló Tarô mirando hacia la mochila de veinte kilos de peso, pero Ranma no parecía ni mucho menos de broma.

—Debéis llevar peso para fortalecer las piernas —dijo sin ningún rastro de piedad en su tono de voz.

Los presentes miraron los inmensos petates con diferentes expresiones de pasmo.

—¡Nadie dijo que sería fácil! —gruñó el capitán cruzándose de brazos, mientras los cadetes sostenían las cargas entre quejidos y gruñidos.

—¡Señor Saotome! —exclamó Azusa, llamando la atención de todos—. Me caigo —dijo antes de que su mochila la empujara de espaldas al suelo, cediendo totalmente a la fuerza de la gravedad. Ranma suspiró de forma tan audible que los demás comprendieron que se encontraba exasperado.

—BIEN, tú puedes llevar la mitad del peso. ¡En marcha!

E iniciaron el ascenso. El pequeño sendero de montaña nacía no muy lejos de su base. Salieron al exterior por la misma puerta que habían atravesado al llegar y Ranma les guió a través del bosque por un camino estrecho y lleno de piedras.

Esquivaron ramas y zarzas, y ascendieron a ritmo constante sin detenerse ni un instante, a los treinta minutos algunos de los cadetes jadeaban y otros tantos empezaban a retirarse algunas prendas. El sudor rodaba por sus sienes mientras sus piernas temblaban ante el ejercicio. A la hora Azusa se sentó y pidió que la dejaran morir allí mismo, Tarô comenzó a tirar de ella con la ayuda de Shinnosuke, mientras que Kuno cerraba la comitiva apoyado sobre un palo que había encontrado.

—¡Vamos! ¡No os quedéis atrás!

Sudaban profusamente, tanto que Mousse comenzó a retirarse las gafas de rato en rato para secar las gotas de sudor y el vaho, lo cual provocó que se equivocara un par de veces de camino y Akane tuvo que salir en su busca, agarrándolo para que no se perdiera.

Ukyo caminaba en sepulcral silencio, lentamente y con los dientes apretados.

Dos horas y media más tarde, Ranma se detuvo.

—Tenéis diez minutos de descanso —anunció, sentándose alejado de ellos.

La comitiva se dejó caer desbaratada en el suelo.

—Va…a… matarnos —gimió Azusa, despeluchada y brillando con sus mallas ajustadas rosas.

—Es un sádico —gruñó Tarô a su lado—, y un cabrón.

Akane miró por encima de su hombro, temiendo que el capitán pudiera escucharlos. Ella también estaba agotada, afortunadamente su entrenamiento militar la había acostumbrado a las marchas extenuantes, aunque nunca hasta ese punto.

—Ahorrad fuerzas —dijo Shinnosuke dejándose caer cerca de ella y tomando su cantimplora—. Creo que ahora viene lo peor.

Y no se equivocaba, a la terrible subida le siguió una dolorosamente larga bajada. Las rodillas les flanqueaban y el sol en algunos tramos no les daba cuartel. Resbalaban por las rocas sueltas, se rasparon las piernas, los brazos y las mejillas.

Para cuando regresaron a la base ya había pasado por mucho el medio día, y al agotamiento colosal les acompañaba el hambre y el escozor en la piel a causa del sudor resbalando sobre las heridas.

—Siete horas —Ranma consultó su cronómetro—. Deberíais haberlo hecho en cinco, mañana lo repetiremos. Id a ducharos.

Y se dirigió hacia el edificio principal, caminando más rápido de lo que cualquier habría considerado humanamente posible después de siete malditas horas de caminata. Vieron su mochila desaparecer antes de desparramarse en el suelo.

—¿Qué… ha dicho… ? —jadeó una moribunda Azusa

—Que quiere matarnos —respondió otro jadeante Mousse, todos los demás asintieron.

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Inmisericorde, Ranma les esperaba de nuevo a las seis de la mañana.

Esta vez no preguntaron si estaba de broma o no, sabían perfectamente que no lo estaba.

Rezongando agarraron sus pesadas mochilas y siguieron al capitán, aunque esta vez Ranma tomó un nuevo sendero, uno que les llevó hasta riscos de piedra por los que tuvieron que trepar y dar saltos, hasta que alguno de los reclutas temió gravemente por su vida.

Les dejó descansar junto a un arroyo y después les guió con pasos ligeros de regreso a la base, donde volvieron a caer como fardos de paja mientras él consultaba su cronómetro con el ceño fruncido.

—No habéis mejorado nada —dijo con un gruñido de frustración—. Mañana entrenaremos fuerza.

Y así hicieron.

Al día siguiente les puso a levantar pesados sacos rellenos de piedras mientras corrían de un lado a otro de la pista de atletismo. Azusa dijo que le había dado un tirón y se sentó sin intención de levantarse. Akane estuvo muy tentada de hacer lo mismo.

Al caer la tarde, un muy desesperado Ryu intentó darles una clase práctica de desarme de enemigos mientras los cadetes se esforzaban por no dormirse en pie.

Lo mismo le pasó a Ryoga, quien necesitaba instruirlos en estrategia y planificación. Incluso puso diapositivas, pero para cuando encendió las luces absolutamente todos dormían sobre la gran mesa de la sala de reuniones

Los sucesivos días no fueron diferentes, solo que volvieron al gimnasio y allí en vez de enfrentamientos comenzaron a entrenar poses marciales y ejercicios de repetición, hasta que sus músculos gritaron "basta".

Después de una semana el ambiente, más que de camaradería e ímpetu juvenil, podía describirse como de hastío y agotamiento.

—Vas a hacer que renuncien —dijo Ryoga una noche, tras su quinto intento de dar una clase con escaso éxito—. ¡Les estás torturando, Ranma!

El chico de la trenza torció el gesto, se encontraban dentro del ala masculina, aunque bastante alejados de los dormitorios de los reclutas. Tanto Ranma como Ryu y Ryoga contaban con su propio dormitorio, pero tenían por costumbre reunirse justo antes de dormir. La mayoría de las veces solo charlaban, pero otras bebían y recordaban viejos tiempos.

Para ello habían acondicionado una sala a modo de salón, con sofás y sillones ajados, algunos rescatados de contenedores de basura. Una nevera llena de bebidas y una pequeña mesita sobre la que, de vez en cuando, extendían planos y marcaban flechas y círculos en dispares estados de embriaguez.

—No pueden sostener un arma en ese estado, se van a pegar un tiro en un pie —aportó Ryu dándole un largo trago a un botellín de cerveza.

—Están muy verdes —Se defendió Ranma, cruzándose tozudamente de brazos—. Tienen que ganar fuerza y resistencia, y deben hacerlo en menos de un mes.

—Sé realista, nadie podría seguirte el ritmo en menos de un mes, ni siquiera en menos de cinco años —volvió a decir Ryu.

—Nos odian, hay que darles un descanso o huirán a través del bosque —resolvió Ryoga recostándose en uno de los sillones menos estropeados—. Además, ni siquiera pueden comunicarse con el exterior, van a acabar locos.

—Sabéis que no podemos permitirnos los mismos errores —cortó Ranma, dejando sobre la pequeña mesita una lata de bebida que había estado retorciendo entre las manos—, o esta vez nosotros también acabaremos muertos.

—Son nuestro nuevo equipo, y cuando terminen el adiestramiento tendremos que confiar plenamente en ellos, deberíamos empezar a levantar un poco el pie del acelerador —insistió Ryoga en un intento de ser conciliador.

—Ni hablar, no soy un maldito blando como vosotros. Sabéis tan bien como yo que el adiestramiento es crucial. Ya tendrán tiempo de aprender estrategias y manejo de armas, necesito que sepan correr, y necesito que sepan luchar —Su mirada azul zafiro atravesó a sus dos colegas, quienes se retorcieron en sus sitios, incómodos.

—Ranma, entiende que las personas tienen un límite… —intervino de nuevo Ryu.

—Eso lo entiendo perfectamente. Esta vez dejadme hacerlo a mi manera, ¿de acuerdo?

Sus segundos le miraron y asintieron dubitativos, sabiendo que si al maldito capitán Ranma Saotome se le metía algo en la cabeza era muy difícil hacerle cambiar de opinión.

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—Akane, despierta.

Los ojos de la militar se abrieron con lentitud, había sido un largo y duro día, las piernas apenas la sujetaban y el sueño había caído sobre ella como un grueso y pesado cobertor.

—¿Azusa? —preguntó enfocando el pequeño rostro de su compañera de habitación.

—Vamos, vístete —La apresuró , dejando caer sobre ella algunas prendas de ropa—. Te necesitamos.

—¿Qué pasa? —Akane se incorporó y finalmente miró a Azusa entre las neblinas de oscuridad, la pequeña chica llevaba su largo cabello recogido en una exuberante coleta y se había puesto sus ropas más oscuras, las cuales consistían en tonos muy apagados de fucsia.

—Vamos a vengarnos del capitán Saotome —dijo con alegría mal disimulada en su voz—. Tarô y Shinnosuke se apuntan.

—¿Shinnosuke? —dejó escapar su nombre entre sus labios antes de poder arrepentirse, Azusa sonrió como una loba, con todos sus dientes.

—No seas aburrida, ven —insistió una vez más—. Te prometo que nos vamos a reír.

Akane terminó de despabilarse, miró hacia la tercera cama y la encontró desocupada, Azusa se encogió de hombros.

—Suele irse por las noches, ya sabes que es un poco rara —aclaró, como si eso explicara algo. Akane comenzó a vestirse mientras hablaba en voz bajita, aunque realmente en aquella ala no hubiese nadie más.

—¿Pero qué queréis que hagamos?

—Tarô te explicará los pormenores, a mí solo me ha dicho que nos reunamos a media noche, cerca de sus habitaciones.

Akane sintió los nervios abrazar la boca de su estómago, tragó saliva mientras se ponía unos pantalones deportivos y una chaqueta de cremallera con capucha. Se enfundó sus botas y siguió a Azusa por el pasillo.

—¿Y si nos pillan? —susurró nerviosa, como si las mismas paredes tuvieran oídos.

—No nos pillarán, me han prometido que va a ser algo absolutamente inofensivo.

—Si está Tarô implicado seguro que no es tan "inofensivo".

Caminaron juntas, atravesaron un pequeño patio interior y deambularon por aquellos pasillos anchos de hormigón, sin adornos ni señales, hasta que se detuvieron en una intersección. Dos sombras les salieron al encuentro.

—Habéis venido —dijo Tarô con voz ronca, parecía contento, o al menos lo más contento que le viera desde que le había conocido. Akane alzó la vista hasta Shinnosuke, el cual la saludó con una pequeña sonrisita.

Eso tuvo una reacción extraña en ella, se le aceleró un poco el corazón. Ese simple gesto valió para que sus estúpidas esperanzas renacieran, como zarcillos verdes en una parra seca. Akane se alegró de que la oscuridad no dejara ver el sonrojo de sus mejillas, se ajustó aún más la capucha de la sudadera.

—¿Y qué se supone que vamos a hacer? —preguntó, y Tarô sacó un pequeño botecito de entre los pliegues de su ropa.

—Solo una pequeña broma —contestó agitando el contenido—. Tinte de pelo rosa.

Akane abrió los ojos de forma desmedida, sin creerse lo que acababa de escuchar.

—Si nos pilla nos matará. Además, eso no está bien.

—Tampoco está bien darnos una paliza y retenernos a costa de sobornos. Piensa que es una pequeña compensación por todo lo que nos está haciendo pasar. Mañana nos vamos a reír un montón.

La chica tomó aire, no quería formar parte de aquello, pero estaba cansada y Shinnosuke parecía relajado, hasta le había sonreído… Después le vino a la memoria el musculado torso del capitán y sus palabras ásperas el primer día después del entrenamiento.

La verdad es que no sabía bien qué pensar, pero temía que ya era un poco tarde para echarse atrás. Finalmente la fuerte mano de Shinnosuke tirando de ella terminó por borrar de un plumazo todas sus dudas, hasta sumir a su cerebro en un embriagante estado de felicidad. Qué tonta era.

Las cuatro figuras avanzaron silenciosas hasta encontrar estrechos corredores que terminaban en un pequeño módulo lleno de puertas. Tarô hizo una señal de alto y todos se acuclillaron tras una esquina.

—La habitación de Saotome es la tercera a la derecha —dijo mirando a sus compinches de uno en uno—. Le he estado vigilando, suele pasar el rato con sus segundos en la habitación de la izquierda. El plan consiste en echar esto en su champú sin que se entere.

Akane asintió, nerviosa. Era una broma inocente, una absoluta chiquillada, no tenían por qué pillarlos, y en todo caso el capitán no sufriría ningún daño.

—Vamos —indicó lanzándose a recorrer los metros que les separaban, los otros tres le siguieron, Tarô abrió apenas un resquicio de la puerta de la habitación—. Despejado —anunció en un susurro, y todos excepto Shinnosuke se metieron dentro.

Una extraña sensación flotó entre ellos, la inquietud y los nervios estaban a flor de piel.

—Si aparece Saotome nos avisará—explicó Tarô rápidamente, tendiéndole el bote de tinte a Azusa—. Venga rubita, date prisa —dijo haciéndole un guiño, y la pequeña ladrona le devolvió una sonrisa pícara mientras encendía una pequeña linterna que llevaba en el escote y se metía en el baño privado de Saotome, Akane fue con ella, sobre todo para no quedarse a solas con el imbécil de Tarô.

—Azusa, nos vamos a meter en un lío —jadeó, ella siempre había sido la estudiante ejemplar, cumpliendo las normas a rajatabla. Decir que se sentía inquieta era quedarse terriblemente corto.

—Acabaremos en seguida, ayúdame a encontrar el champú.

Alumbradas por la luz blanca de la linternita, Akane palpó en la omnipresente oscuridad del cubículo de ducha hasta que dio con un bote, lo alzó hasta sus ojos y asintió. Entre las dos se las apañaron para desenroscar la tapa y volcar el contenido en el lavabo, y después sustituirlo por el color de fantasía. El trabajo estaba hecho.

—Oh, ¡joder! —escucharon jadear a Tarô desde el otro lado de la estancia—. ¡Salid de ahí echando hostias, ya viene!

No les hizo falta más para saber que sus peores temores iban a cumplirse todos al mismo tiempo. La voz tomada y monocorde del capitán resonó en el pasillo, despidiéndose de sus segundos. Akane y Azusa se miraron espantadas.

—Hay que esconderse —dijo la ladrona tomando a su amiga de la mano y arrastrándola fuera de la ducha—. Rápido, bajo la cama —susurró empujándola, y ambas chicas se apretujaron en el suelo, respirando el olor a lejía y con el somier (mucho mejor que el suyo, por cierto), sobre sus cabezas. Tarô había elegido el armario y los tres se quedaron callados como muertos.

Saotome entró en su habitación, encendió la luz y se sentó en la cama con un resoplido de fastidio. Akane y Azusa contuvieron el aliento, de hecho la militar se llevó ambas manos a la boca, como si el capitán tuviera la capacidad de escucharla respirar.

—¿Creen que soy duro?, tendrían que haber conocido a mi padre… —rezongaba frases inconexas, sin demasiado sentido. Después suspiró y comenzó a desvestirse. Ambas vieron con sus corazones desquiciados y jadeos ahogados como al suelo, frente a ellas, caía todo un despliegue de ropa masculina. Y después sus pies desnudos se encaminaron hacia la ducha.

Abrió el grifo, y el agua cayendo amortiguó todos los demás sonidos.

—Salgamos ahora —susurró Azusa, empujando a Akane para que la siguiera en su escape, y la morena con el corazón brincando y los oídos taponados de puro espanto asintió y reptó hasta salir de debajo de la cama. Todavía con medio cuerpo fuera, y arrastrándose como lagartijas escucharon al capitán comenzar a blasfemar.

—¿Qué mierta es esto? ¡Hijos de…!

Akane sintió una bola helada en sus tripas y la adrenalina invadiéndola, igual que en mitad de un campo de tiro. Azusa huyó como una bala de debajo del somier y ella la siguió, enredándose con las ropas del capitán, tropezando y después precipitándose hacia la puerta como una desesperada, dónde Tarô y Shinnosuke les hacían gestos para que se apresuraran.

Y entonces escucharon las fuertes pisadas.

—¡SÉ QUE ESTÁIS AHÍ! —chilló su voz profunda y terriblemente cabreada, y si alguno de ellos había pensado que Ranma Saotome era un sádico, ahora no tenían ni idea de lo que les esperaba.

—¡Corred, corred! —chilló Tarô logrando agarrar la mano de Azusa y dando un tirón de la pequeña chica, llevándosela consigo en su huída por el pasillo. Akane los siguió, consiguió salir por la puerta y ver sus espaldas desapareciendo en las sombras. Sus piernas rápidas acostumbradas a la carrera ya estaban esprintando cuando unas poderosísimas manos detuvieron su fuga en seco.

El miedo se apoderó de todas sus funciones motoras cuando se sintió vapuleada, y medio segundo después izada en el aire, agarrada por la pechera de su sudadera siendo brutalmente estrellada contra la pared.

El golpe la dejó sin aliento, el dolor paralizante la recorrió entera, jadeó buscando aire mientras le pitaban los oídos y se retorcía como un pez fuera del agua.

—¡TE VOY A…!

El puñetazo se detuvo a solo dos centímetros de su nariz. Estático, desconcertado, el capitán Saotome la reconoció a pesar de la oscuridad. Estaba mojado, chorreaba agua rosada por todo su cuerpo y apenas le había dado tiempo de anudarse a la cintura una pequeña toalla de baño. Sus ojos se encontraron, sus pupilas se agrandaron mientras abría mucho los ojos por la impresión, las de ella se encogieron consumidas por el pánico.

Akane se quedó muy quieta. Muerta, estaba muerta y se lo había buscado ella solita.

El agarre se aflojó, y la militar tomó aire con un restallido. Sus piernas tocaron el suelo y en ese momento recuperó el suficiente sentido común para desaparecer más rápido que el viento, escapando de la inmóvil figura del hombre en el pasillo.

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¡Holaaa!

Muchas gracias por la maravillosa acogida y por todas las expectativas que ha levantado este fic. Me hace super feliz saber que tantas de vosotras seguís apoyándome durante todo este tiempo, compartiendo nuestro bonito fandom, ¡y viéndolo crecer! ¡Bienvenidas y bienvenidos si es la primera vez que lees algún fic de Ranma! (Que si es la primera vez no empieces por este, también te digo XD).

He intentado responder a todas las reviewa que me habéis dejado, aunque a los invitados obvio no puedo, pero estoy igualmente agradecida por todos los comentarios.

¿Se empieza a poner interesante? Yo diría que Akane se ha metido en un problema, y que Ranma no es de los que ponen la otra mejilla, jijiji.

Gracias a mis betas Lucita-chan y SakuraSaotome por todos sus buenos consejos, espero que juntas consigamos llevar este fic a buen puerto.

Por cierto ¡SakuraSaotome ha estrenado un nuevo fic! "Todo es culpa tuya", una pequeña historia de humor que seguro que os saca una sonrisa. Echadle un ojo.

Mil besos y nos leemos pronto.

LUM