NUNCA OLVIDÉ AMARTE
CAPÍTULO 3
POR LU DE ANDREW
OoOoOoO
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—¿Candy? ¿Qué haces aquí?
Annie Britter, amiga y colaboradora de Candy en la galería, se sorprendió al verla en su oficina. Se suponía que estaba trabajando desde casa, solo de vez en cuando se aparecía en la galería para arreglar algún pendiente.
—¡Oh, Annie! Bueno, sucede que ya vendré diario a trabajar — contestó Candy con su mejor sonrisa, tratando de no demostrar todo lo que sentía en su interior.
—¡Pues me parece fenomenal! — dijo Annie sentándose frente al escritorio de su amiga —. Eso significa que Albert se encuentra mejor, ¿no es así? — siguió diciéndole muy entusiasmada, solo que algo en la expresión de su amiga la hizo dudar de su aseveración.
—En realidad, no. Eh, es que, bueno…no tiene caso que me quede en casa, verdaderamente no contribuyo en nada a su recuperación, entonces tal vez estorbe, o algo parecido.
Trató de sonreír y falló miserablemente pues terminó con un sollozo. Annie corrió a abrazarla, tratando de consolarla. No está acostumbrada a ver a Candy perder la compostura de esa forma a pesar de estar al tanto de la vida tan complicada y llena de presiones que ponen sobre ella su madre, su esposo y el peor de todos, su "mejor amigo", sin embargo, la única vez que trató de decirle a Candy algo al respecto, ella no se lo permitió.
—Perdóname, Annie — le dijo Candy secando sus traicioneras lágrimas —. Tú no tienes porqué soportar mis lloriqueos.
—¡Candy, por Dios! ¿De qué hablas? Eres un ser humano que está en todo su derecho de expresar sus emociones cuando le venga en gana. Si quieres llorar, llora — hizo que la viera a los ojos, pues esquivaba su mirada —. Soy tu amiga y en ningún momento te voy a juzgar.
Candy sintió como si un dique se rompiera dentro de ella. Tenía muchas emociones acumuladas dentro de ella, se sentía inútil siendo consciente que siempre hacía lo que los demás le decían, simplemente para tener su aprobación. Estaba exhausta, no sabía qué hacer, decir o pensar. Verdaderamente estaba cansada de su forma de ser.
—¿Qué sucedió realmente, Candy? — preguntó Annie una vez que la rubia se calmó un poco.
—Qué no sucedió, querrás decir — contestó Candy más tranquila y dispuesta a contarle todo a su amiga.
Le contó lo sucedido desde la bendita cena de beneficencia hasta lo sucedido el día anterior con George, sin pasar por alto la actitud de la enfermera. A medida que hablaba, Annie tenía que controlar su carácter, porque simplemente no comprendía como Candy estaba completamente cegada por su amistad con Terry. No es que le quitara culpa que tenían su madre, o Albert, pero Terry era el que más peso ponía sobre sus hombros. Desde que conoció a Candy en la escuela preparatoria, siempre notó que su amistad con Terry era demasiado posesiva de parte de él hacia ella. Y no sabía por qué, pero estaba segura que él tuvo que ver con la separación de Albert y Candy. Las dos veces, en su juventud y una vez casados. Y lo lamentaba mucho, pero Candy esta vez sí la escucharía, aunque se enojara con ella.
—¿Ya has hablado con los médicos de la condición de Albert?
—La verdad es que no. Solo tengo su expediente médico, pero ni siquiera he tenido las fuerzas para leerlo.
—¿Y eso por qué?
—¿Bromeas? ¿Qué pasará cuando lea que se accidentaron él y Elisa porque iban juntos?
—Candy — Annie suspiró con cansancio —. Es un reporte médico, no un informe policial. Además, ¿cómo sabes que iba con Elisa…? Espera, no me digas, Terry te lo dijo.
—Pues, sí. Sabes que él hace todo lo posible para que las malas noticias no me lleguen de sorpresa.
—Más bien diría que hace todo lo posible para crear esa desconfianza entre tu esposo y tú. En todos los años que tengo de conocer a Albert, nunca he visto que siquiera vaya acompañado de alguna mujer, y qué casualidad que Terry siempre sabe y está pendiente de cada una de sus "multiples" aventuras. ¿Nunca has pensado en eso? ¿Acaso alguien más te ha dicho algo parecido?
—Lo cierto es que no, solo Terry. Pero, ¿no me oíste cuando te dije que lo vi abrazado de Elisa? Y no hizo nada por alcanzarme.
—Tuvo un accidente, ¿sí recuerdas? ¿Sabes siquiera a qué hora se accidentó?
En ese momento Candy sintió como si un balde de agua fría le hubiera sido arrojado, al darse cuenta que su amiga tenía razón. No sabía absolutamente nada del accidente de Albert, pero lo que era peor era que no tenía ni idea de si alguna vez podría volver a recuperar la memoria. ¿Al menos podría volver a caminar? ¿Qué pasaba con ella? Se había convertido en la clase de mujer que había jurado no ser. Como su madre, preocupada más por la superficialidad de las cosas que de lo que de verdad importaba. El sentimiento de impotencia volvió.
—Pues ya ves, tal vez George tiene razón y no soy la más indicada en cuidar de él.
—¡Ay Candy! No pienses de esa forma, eres la mujer más fuerte e independiente que conozco. Has aguantado los malos tratos de tu madre, el desplante continuo que hace de tu trabajo porque no estudiaste lo que ella quiso para ti. La forma tan…extraña en que sobrellevas tu matrimonio, nunca lo he entendido, pero me imagino que si sigues con Albert es porque todavía sientes algo por él, ¿no?
Candy lo pensó un momento. Sí, era cierto. Seguía sintiendo algo por Albert, aunque no sabía con exactitud si era amor, o solo costumbre.
—No sé con claridad qué clase de sentimientos tengo hacia él, pero…
—Aún hay algo.
—Sí.
—Y luego, está Terry —. Continuó Annie con su idea principal.
—Annie —, dijo Candy sobando sien, se sentía aturdida, y esos giros en la plática no le ayudaban —. No entiendo qué tiene que ver él aquí. Es solo un amigo que ha estado conmigo en las buenas y las malas, siempre apoyándome.
—Y no lo estoy negando, pero también debes de reconocer que siempre ha puesto una enorme carga sobre tus hombros. ¿Cuándo fue la última vez que platicaste con él y se limitó a eso? A una plática normal, común y corriente, sin mencionar las palabras clave como: Albert, amante, infidelidad, divorcio. Hace tres meses presencié la plática que tuviste con él, ¿recuerdas? Fuimos a cenar después de una buena adquisición que, Albert por cierto, te ayudó a obtener para la galería, lo que derivó en una buena comisión para nosotros. Estabas feliz, haciendo planes acerca de lo que seguía a partir de ahí, ¿y qué pasó? Terry se dedicó a aplastar los buenos ánimos, informándote que Albert consiguió esa pieza, gracias a su amante en turno. Por si no recuerdas, me fui a los cinco minutos, porque una vez que empiece nadie lo para, y la verdad no soporto escucharlo. ¿Cómo lo puedes hacer tu?
—Bueno, la verdad es que hay veces que me desconecto de su plática — confesó con una media sonrisa —. Pero generalmente, pues sí, es cierto que la mayoría del tiempo su conversación gira alrededor de Albert.
—Su conversación gira "en contra" de Albert, querrás decir — se hizo un silencio un poco incómodo mientras ambas meditaban en las últimas palabras dichas por Annie —. Mira Candy, a riesgo de parecer intrigosa o metiche, me gustaría que consideres mis palabras. Todo este tiempo has dejado que tu vida la dirijan terceras personas, y que las…" buenas intenciones" de Terry lo único que provoquen sea una ruptura en tu relación con Albert. Y no estoy diciendo matrimonio, porque es lo que menos tienen, pero no vas a negar que una relación amistosa sí existía al principio entre ustedes dos. ¿No te has puesto a pensar que tal vez este es un buen momento para empezar de cero? ¿Tomar las riendas de tu vida sin permitir que otros te digan qué hacer, o qué es lo correcto?
Candy la miró con lágrimas en los ojos. Tal parecía que era lo único que hacía por decisión propia, y reconocía que su amiga tenía razón. La influencia de varias personas en su vida la han llevado a sentirse como una marioneta en un pequeño teatro de mala calidad.
—Tienes razón. Es sol que…
—¡Candy! ¡Oh por Dios, cómo puedes hacerme esto y dejarme sin saber nada de ti en todos estos días! — llegó Terry muy alterado. Annie solo pudo poner los ojos en blanco, ya sabía lo que eso significaba. Él le reclamaría en un tono pasivo-agresivo, la haría sentir mal, y ella terminaría cediendo a lo que sea que él le exigiera. Si tan solo le hubiera dado más tiempo para convencer a su amiga que se alejara de él…
—Candy — la llamó Annie no quería quedarse a ser testigo de lo que sucedería —. Me voy, tengo muchas cosas que hacer, solo… piensa en lo que hablamos, ¿está bien? — y contrario a lo que pensaba, Candy dejó parado a su amigo y fue hasta ella a darle un abrazo.
—Gracias por todo, Annie. ¿Cenamos mañana?
—Está bien — se dispuso a irse no sin antes mirar con disgusto a Terry —. Nos vemos Terry.
—Annie — se vio obligado a decir. Lo cierto era que no soportaba a esa mujer como amiga de Candy, y ya ansiaba la hora de alejarla de la rubia —. Tu amiga cada vez que me ve me quiere desaparecer con la mirada.
—Pues creo que el sentimiento es recíproco, ¿no es así?
Terry la vio con incredulidad. Siempre se encargaba de hacerle ver a Candy que Annie no lo quería para influir en su manera de ver a su amiga, y nunca le había contestado algo como eso. Observó como se sentaba detrás de su escritorio, como si quisiera crear una distancia entre ellos. ¿Qué estaba pasando?
—¿De qué hablas, Candy? Yo siempre he tratado de llevarme bien con ella y ella simplemente…
—Simplemente no te cae bien, nunca lo ha hecho, y ella responde de la misma manera en que tu le hablas, la ves y la tratas. ¿Crees que no me he dado cuenta? Por favor Terry, no creas que soy estúpida.
—¿Qué, pero, de qué hablas? No pienso que eres "estúpida", es solo que si ella te dijo que yo…
—¡No es necesario que me diga nada! ¡Yo lo he visto! Que no te haya dicho nada en todo este tiempo es porque no quería iniciar una absurda discusión como la que estamos teniendo, porque tú eres el primero en quejarse de ella.
Él la miró por unos segundos sin saber qué decir. Candy estaba de malas y sabía que así no sacaría nada bueno, al contrario, la alejaría más de él. Así que optó por doblar las manos, por ahora.
—Tienes razón — le contestó finalmente —. Discúlpame, no quiero pelear contigo. Solo deseo que me digas cómo has estado en todo este tiempo.
—Pues he estado cuidando a Albert, ¿qué querías que hiciera?
—Bueno, me lo imaginaba, pero, ¿ya le pediste el divorcio?
Ahí estaba la temida pregunta. Era como el pan de cada día, y ella se sentía empachada. Se puso de pie y le dio la espalda intentando pensar con coherencia y darse tiempo para saber qué responder.
—¿Por qué no vamos a comer? — preguntó volteando a verlo con una sonrisa en el rostro. Iba a intentar distraerlo de los temas que le incomodaban. Aunque lo dudaba. Y mientras él le ayudaba a ponerse su abrigo con una enorme sonrisa, se dio cuenta de la tensión que le provocaba la sola presencia de su amigo. ¿Desde cuándo era así? Y lo más importante, ¿por qué se daba cuenta ahora?
Terry los condujo hasta el restaurant de su preferencia. Ordenó por ella y eligió el vino más caro de la carta.
—Lo mejor para mi pecas — dijo.
"Siempre le decía eso", pensó Candy. Había veces que deseaba que le invitara un hot dog que vendían en la calle, siempre y cuando no se sintiera presionada con el tema de Albert. Un inminente dolor de cabeza comenzaba en ella y deseó que Terry olvidara el "tema".
Cosa que, evidentemente no hizo.
—¿Y para cuándo le pedirás el divorcio? Candy, no te puedes sentir obligada a seguir con él. No importa si perdió la memoria, lo que te hizo está vívida en la tuya, tu sí recuerdas todo el dolor y humillación que has pasado por su culpa. ¿Y si nunca vuelve a recordar? ¿Te quedarás con él, por el simple hecho de que no te recuerda?
—Terry…
—¡No Candy! ¿Hasta cuándo vas a permitir que…?
—¡Basta! — el dolor iba en aumento y golpeó la mesa con su puño cerrado. Varios clientes voltearon a verlos, pero a ella no le importó —. No pienso permitir que me hables de esa manera, nunca más — dijo más tranquila —. Por lo que te pido que respetes mis decisiones de ahora en adelante. Entiendo que te preocupe mi matrimonio con Albert, pero ya es tiempo que me permitas tomar mis propias decisiones, para bien o para mal. Te doy las gracias por todo lo que has hecho por mí, pero creo que ya no es necesario que me cuides tanto.
—No me pesa ayudarte o estar contigo, sabes que lo hago con gusto — contestó sin procesar realmente sus palabras y la reacción de su amiga, ¿qué estaba pasando con ella?
—Ya lo sé, pero no quiero ni deseo ser una carga para nadie.
—No lo eres. Yo solo quiero ayudarte y que Albert no…
—Terry, por favor. Si en realidad eres mi amigo, te pido que nunca vuelvas a tocar el tema de Albert, él es mi esposo y yo sabré cómo manejar mi relación con él, especialmente ahora en su condición — acercó su mano a través de la mesa y estrechó la de su amigo. En realidad, lo quería mucho porque siempre había estado a su lado, apoyándola en todo —. Por favor — le suplicó de nuevo.
Terry sintió de pronto que necesitaba romper algo. Quiso reclamarle y gritarle furioso, el puño que mantenía debajo de la mesa, lo apretó tanto que estaba seguro que sus uñas le habían provocado heridas. Era muy difícil disimular la rabia acumulada, pero tenía que aparentar por su bien… como siempre había hecho cuando se trataba de la mujer que tenía frente a él.
—¿Terry? — le habló Candy de nuevo, su amigo se veía perdido en sus pensamientos y pasaron un par de minutos en silencio.
—Perdona es que me quedé pensando en que tienes razón. He traspasado los límites y…te ofrezco una disculpa — sonrió forzadamente, esperando que se viera como una sonrisa genuina.
—Gracias.
Al terminar de cenar, en un silencio un tanto incómodo, le acompañó hasta su casa. La hermosa mansión Andrew que Albert había heredado de sus padres y en donde habían establecido su residencia permanente. No es que a Candy no le gustara, pero ese lugar funcionaba para una familia grande. No para un par de personas que a penas y comían juntos.
Terry por otro lado, veía con envidia la mansión. La empresa que recibió de su padre estaba casi en bancarrota. No era para menos, un hombre bebedor y mujeriego que pocas veces se interesaba en la empresa y solo estaba sobrio cuando necesitaba inyectar dinero al negocio…para continuar con su vida licenciosa. En una de esas ocasiones conoció a la mujer que era madre del pelinegro, una joven inexperta, que resultó no serlo en realidad, que solo tuvo al chico para sacarle dinero al padre y así continuar con sus estudios. Demás está decir que lo dejó a su suerte con su padre a la semana de nacido.
Así que esa era la realidad de Terius Grandchester, de nada servía tener un apellido rimbombante si luchabas día con día para sacar adelante una empresa que se caía a pedazos. A penas y ganaba lo suficiente para mantener el estilo de vida al que estaba acostumbrado, incluso, veces se preguntaba por qué se esforzaba tanto. Pero viendo la mansión que tenía enfrente, recordó que siempre había envidiado a Albert Andrew. Él tenía todo, fortuna, casas, sus padres muertos, y chicas a sus pies. Él quería tener todo de la misma manera, y lo único que tenía era a su padre muerto.
—Gracias Terry. Luego te llamo, ¿sí? — dijo Candy una vez que estaban enfrente de su puerta, le dio la espalda y entró —. ¿Cómo está todo, Mitch? — le preguntó a su mayordomo cuando llegó hasta ella para ayudarle con su abrigo.
—Todo normal, señora. El señor George estuvo prácticamente todo el día acompañando al señor. Se fue hace un par de horas.
—Bien. ¿Albert está despierto?
—Lamento decirle que en todo el día solo despertó unos minutos — comentó preocupado. Conocía a la pareja desde que eran adolescentes, así que les tenía cariño.
—Eso no está bien, ¿verdad? Es decir, no puede estar sedado todo el tiempo, ¿no es cierto?
—Tiene razón. Si me permite decirlo, no creo que la manera en que la enfermera lo cuida, sea la más adecuada. El señor no ha dado muestras de mejoría. Según lo que me informaron sus padres, al señor le dieron la oportunidad de ser tratado en casa, siempre y cuando el médico a cargo de su caso hiciera visitas regulares. En estas casi tres semanas, no ha puesto un pie aquí, así que me pregunto qué es lo que está sucediendo.
—Y supongo que mi desinterés no ha ayudado mucho al caso — afirmó ella, teniendo un mal presentimiento —. Mis padres me dieron su expediente médico, pero no recuerdo dónde lo puse.
—Una de las empleadas me lo dio, enseguida se lo traigo.
—Gracias. Solo que estoy muy cansada, ¿puedes ordenar que me lleven la cena a mi habitación y ahí llevarme el expediente? Solo paso a ver si por casualidad está despierto.
—Como ordene señora.
Candy subió las escaleras meditando en todo lo que sucedió ese día y en lo que pudo hablar con Mitch. Desde un principio tuvo un mal presentimiento acerca de Eleonor, pero quiso pensar que era solo el rechazo que sintió por la enfermera. De verdad esperaba equivocarse y solo fuera su paranoia, porque, ¿qué ganaría Eleonor con impedir la recuperación de Albert?
Cuando entró a la habitación, todo estaba en penumbras, solo una lámpara estaba encendida a un lado de su cama. Se acercó sigilosamente, aunque estaba segura que por más ruido que hiciera Albert no se despertaría.
—Lo siento tanto Albert — le dijo tomando una de sus manos —. Mezclé mis sentimientos en todo esto y no he sido lo suficientemente responsable con tu enfermedad y tu condición, te prometo que a partir de este momento estaré cuidando de tu bienestar.
—¿Candy? — preguntó Albert despertando de pronto al sentir su presencia.
—Albert, discúlpame no quería despertarte — le dijo Candy, esperando que no la hubiera escuchado.
—No te preocupes, al contrario, me da gusto que estés aquí. Ya no quiero dormir, me siento cansado todo el tiempo, y sin tu compañía este día que me revitaliza, no puedo hacer otra cosa.
Ella se sonrojó por la indirecta muy directa, al parecer Albert la había extrañado, y eso le gustó.
—Pero estuvo contigo George durante el día, ¿no es así?
—¿Pero te imaginas despertar y ver a un señor bigotón malhumorado, en lugar de una hermosa mujer de ojos verdes? — se sonrojó aún más.
—¡Qué cosas dices!
—Es la verdad, además… — un fuerte bostezo interrumpió lo que quería decir —, odio sentir tanto sueño. ¿Hasta cuándo me voy a sentir así?
La vulnerabilidad que Candy vió en sus ojos, la hizo olvidar inmediatamente el bochorno que sintió hace unos momentos. Quiso asegurarle que todo estaría bien, pero lamentablemente no podía hacerlo. Sin embargo, se aseguraría que eso cambiaría a partir de mañana.
—No lo sé, pero te prometo que voy a hacer todo lo posible para tener respuestas claras a partir de este momento.
—Gracias Candy — bostezó nuevamente, empezaba a quedarse dormido otra vez.
—¿Por qué motivo me das las gracias?
—Por…estar…conmigo…
La rubia solo observó como volvía a dormir.
—Descansa.
Al salir, se topó de frente con Eleonor quien la miró sorprendida, no esperaba encontrarla ahí.
—Señora, no creo que sea buena idea que esté en la habitación de su esposo, el señor George pidió que…
—Ya sé lo que pidió el señor George, gracias por recordármelo, pero yo soy esposa de Albert Andrew y no pueden impedir que lo vea. Así que limítate a hacer para lo que se te paga y déjame a mi el resto. Buenas noches.
La dejó parada, con la palabra en la boca, porque vio sus intenciones de responderle. Y ella deseó decirle más cosas, pero no estaba segura de la mayor parte de ellas, además, ya estaba cansada emocionalmente y solo quería descansar. Al entrar a su recamara notó que el servicio ya había dejado una cena ligera y a un lado se encontraba el folder con la información de Albert. Solo esperaba que lo que encontrara en ese folder, no le rompiera más su corazón.
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La habitación estaba hecha un desastre, parecía que un tornado había pasado por ahí. La mujer se adentró y su pie chocó con una silla rota. Todo estaba a oscuras, solo la silueta del joven frente a una ventana se proyectaba a causa de la luz que entraba por el ventanal.
—¿Qué rayos haces aquí? — habló él con su voz un tanto rasposa —. ¿No se supone que deberías estar cuidando de Andrew?
—Se supone, pero su flamante esposa llegó a visitarlo y al parecer le importa poco lo que diga George Johnson.
—¡¿Qué?! ¡¿Y la dejaste con él?!
—Bueno, no pude hacer nada porque ella entró a verlo cuando yo bajé a tomar mis alimentos y lo dejé solo. Además, no le puedo prohibir que lo vea, no es tan fácil como tu piensas, soy su empleada, no su madre.
Él se acercó por fin hasta una lámpara que estaba en el suelo y la levantó para encenderla. Cuando la habitación se iluminó, ella se dio cuenta que su mano estaba sangrando y corrió al baño por el botiquín para poder atenderlo.
—Te estás preguntando que pasó aquí, ¿no? — le preguntó mientras le curaba la herida que atravesaba su palma izquierda. Ella no contestó —. Esto querida Eleonor, es lo que sucede cuando las cosas no salen como las planeo, cuando no puedo darle un puñetazo a una pequeña mujer de ojos verdes, y ponerle el ojo morado — comenzó a reír como si hubiera dicho algo muy gracioso —. Imagínate, tiene los ojos verdes, ¡y yo desee ponérselos morados! Pero tranquila, ya desfogué todo lo que sentía, ahora solo falta pensar.
—Terry, yo comprendo que tus sentimientos por Candice sean fuertes, pero, ¿no crees que tal vez sea mejor para ti olvidarla? — él la observó un momento y comenzó a carcajearse más fuerte.
—¿De qué hablas? ¿Tú crees que hago todo esto porque estoy perdidamente enamorado de Candice White Andrew y quiero separarla de su marido para casarme con ella y vivir felices para siempre?
—¿Entonces de qué se trata esto? Siempre creí que…
—Debo admitir que me sigue atrayendo como al principio, pero ahora no busco una historia de amor con ella. Yo tengo mis motivos y mis planes, no te los pienso decir porque todavía no confío tanto en ti, pero yo sé lo que quiero para esa parejita, y para mí también, no te preocupes. Pero recuerda que en esos planes, estás tú, dispuesta a ayudarme, o al menos eso me dijiste cuando me fuiste a buscar, ¿no es así?
La alejó de él bruscamente y comenzó a buscar su celular. Eleonor solo lo observó con cierto miedo sin saber qué pensar. Por un momento pensó en alejarse de él y no ayudarle más, pero algo se lo impedía. Pero, ¿cómo podía ayudarle, cuando no sabía los verdaderos planes de Terry? ¿Y si tenía que dañar a alguien más? ¿Su consciencia le permitiría ayudarle a dañar a otras personas?
—Entonces, ¿me ayudarás?
—Sí.
—Perfecto.
La sonrisa del hombre frente a ella debió tranquilizarla, pero hizo todo lo contrario.
