Atención: este capítulo contiene escenas explícitas

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Harry no hizo acto de presencia hasta la mañana siguiente. Parecía cansado y taciturno, pero su expresión se animó al ver el colgante roto que descansaba sobre la mesa.

-Se rompió sólo -explicó Astoria-. Uno de los eslabones está partido, y la piedra también.

-Tiene sentido, considerando lo que vimos anoche -Harry se sentó, exhalando un suspiro.

-¿Le habéis atrapado? -preguntó Draco, intuyendo que la respuesta no iba a ser muy halagüeña.

-Dejad que os lo cuente desde el principio. Zabini nos estaba esperando; de alguna forma había previsto que íbamos a atacarle.

-Quizá pudo ver mis pensamientos a través del colgante -sugirió Astoria-. Puede que yo no fuera capaz de ocultar nuestras intenciones.

-No te culpes por ello, sabíamos que era una apuesta arriesgada. Sea como fuere, no estaba solo, Montague también estaba allí.

-¿Montague? -Draco frunció el ceño, sorprendido.

-Habían transformado el yate en un laberinto lleno de trampas y nos costó llegar hasta ellos. Se habían encerrado en el dormitorio de Zabini. Por cierto, gracias por contarnos la existencia de la cerradura de seguridad -Harry inclinó la cabeza hacia Draco-. Montague luchó contra nosotros, pero Zabini estaba distraído. Tenía esto en la mano, y parecía muy enfadado -Harry depositó sobre la mesa un trozo de cadena plateada, idéntica a la del colgante-. Estaba intentando lanzar una maldición, pero algo salió mal y la cadena se reveló contra él.

-Quizá fue la razón por la que el colgante se rompió -sugirió Astoria-. Él no sabía que la cadena estaba dañada.

-De alguna forma, Zabini consiguió llegar al vestidor y desaparecerse antes de que lo atrapáramos.

-¿Qué? ¿Le habéis dejado escapar? -Draco le miró con incredulidad, pero Harry levantó una mano.

-La situación no es tan grave como parece -explicó-. Cuando detuvimos a Montague descubrimos que estaba bajo la maldición Imperius y que parte de su memoria había sido borrada o modificada. Los hechizos no eran perfectos, quizá por la falta de tiempo, y eso nos ha permitido restaurar parte de sus recuerdos y avanzar en el caso.

Harry sacó un pergamino y lo abrió.

-Para empezar, creemos que Williamson pudo haber sufrido un ataque similar. Zabini pudo haberle atacado antes de la boda y utilizarle como chivo expiatorio para depositar la bomba. Mis compañeros están intentando recuperar su memoria para esclarecer lo que pasó.

-¿Y qué pasa con Blaise? ¿Vais a dejar que se escape sin más? -insistió Draco.

-Al contrario, con las nuevas pruebas que tenemos he conseguido activar una orden de búsqueda y captura internacional. Es posible que intente esconderse o usar poción multijugos, pero no tiene a dónde ir -Harry sonrió con satisfacción-. Y por lo que veo, tampoco puede seguiros -observó, señalando los restos del colgante.

-¿Y qué hacemos ahora?

-Seguir con vuestra vida normal. Mantendremos un par de agentes para vuestra protección, pero no deberíais encerraros en casa. Aunque recomiendo que Greengrass sea estudiada de nuevo por los expertos en maldiciones para comprobar que todo está bien -añadió, y Astoria asintió con expresión grave-. Os mantendremos informados de las novedades.

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Draco se despertó temprano, sin recordar lo que había soñado. Por extraño que pareciera, no tenía la sensación de haber sufrido una pesadilla. Por otro lado, esos eventos eran cada vez más infrecuentes desde que dormía junto a Astoria.

Draco sonrió al sentirla abrazada a su pecho. Aquella sensación de calidez le llenaba de una felicidad indescriptible. Ahora siempre dormían desnudos, como si la presencia de la ropa sólo fuera un estorbo innecesario.

Pero Astoria no estaba dormida, y al sentir su movimiento se acurrucó mejor, cambiando la posición de su brazo. Draco se estremeció al sentir el roce de sus dedos, suave pero intenso a la vez.

Ella siguió acariciándole, de forma aparentemente inocente, y aun así, casualmente rozando aquellas zonas que le hacían temblar. Draco cerró los ojos y contuvo un gemido al sentir las yemas de sus dedos bajando lentamente hacia su cintura.

Astoria le besó el pecho, rozando con los labios su pezón, mientras que con los dedos jugaba a hacer círculos en su vientre, cada vez más abajo, rozando con deliberada lentitud la parte superior de su pubis.

-Astoria...

En respuesta, ella le besó, lenta y sugestivamente, acariciando sus muslos antes de arañarlos. Draco gimió, y el sonido quedó atrapado por la boca de Astoria.

Sintió sus uñas trazar finas líneas sobre su piel, ascendiendo poco a poco, hasta llegar a la ingle. Allí sabía qué punto tocar para hacer que Draco se estremeciese bajo ella, y él se rindió a la placentera sensación, luchando por no mover su cuerpo.

Hubiese sido muy fácil cambiar las tornas y atrapar a Astoria bajo su cuerpo, pero le gustaba dejarse tocar y permitir que ella jugase con su él a su antojo.

Se estremeció de deseo al sentir los dedos de Astoria, cada vez más atrevidos, rozándole y evadiendo deliberadamente sus zonas más sensibles, con una promesa juguetona de lo que estaba por venir.

Cambiando ligeramente de posición, Astoria acarició finalmente la sensible piel de los testículos, y Draco ahogó un gemido, notándolos palpitar bajo la cálida palma de su mano.

Un relámpago de placer le recorrió mientras ella masajeaba con cuidado, primero uno, después el otro, apretando con delicadeza, haciendo que se agitase. Draco mantenía los ojos cerrados y respiraba agitadamente a través de los labios entreabiertos, atrapado por la excitación y el placer.

Y por fin, Astoria movió su mano, acariciando su pene, y rodeándolo con sus delicados dedos. Comenzó a masajearle lentamente, y al abrir los ojos, Draco pudo ver su mirada cargada de deseo, y sus mejillas sonrojadas.

Astoria aceleró sus movimientos, provocando una nueva oleada de placer. Le estaba mirando fijamente, estudiando su expresión, y Draco apenas podía hacer nada, salvo rendirse al toque de su mano, estremeciéndose cada vez que ella le tocaba el glande, deseando que sus movimientos fuesen más rápidos o más fuertes pero a la vez disfrutando de aquella placentera tortura.

Pensó que llegaría a eyacular. El placer era tan intenso que le agarrotó el vientre, y su gemido fue perfectamente audible en la oscuridad de la habitación. Y sin embargo, esa pequeña oleada eléctrica no desembocó en nada, sino en un estremecimiento que le dejó con ganas de más.

Astoria sonrió con picardía, y moviéndose con decisión se arrodilló entre sus piernas y se apartó el pelo de la cara. Aquello, junto con la mirada que le lanzó, hizo que Draco la desease más aún.

Inclinándose sobre él, Astoria cubrió la base de su pene de besos, moviéndose lentamente hacia la punta. La rozó con los labios, y Draco tuvo que recurrir a toda su fuerza de voluntad para no agarrarla del pelo y guiarla hasta donde él quería.

Podía sentir su cálido aliento, y la punta húmeda y ardiente de su lengua, torturándole con su cercanía. Su corazón latía con tanta fuerza que hacía que su miembro palpitase de deseo.

Y entonces lo notó: la boca de Astoria, caliente hambrienta, rodeándole, succionándole, alimentándose de él. No había otra sensación que acaparase su atención, sólo esa boca maravillosa, esos labios suaves, esa lengua insistente y juguetona que sabía cómo volverle loco.

Draco no se dio cuenta de cómo su cuerpo se arqueaba, o cómo sus manos se agarraban con fuerza a las sábanas. Ni siquiera era consciente de los ruidos ahogados que escapaban de sus labios o de su respiración cada vez más rápida y entrecortada.

Sólo estaba pendiente de la boca de Astoria dándole placer, ayudada por su mano. Sintió cómo aceleraba el ritmo, quizá guiada por sus gemidos, y por un momento, sintió cómo un relámpago de placer le consumía las entrañas, agarrotando todo su cuerpo. Inconscientemente, apoyó una mano sobre la cabeza de Astoria, suplicándole en silencio que no parase, que no dejase decaer ese placer.

¿Es esto lo que ella siente?

Astoria continuó jugando con su boca y su lengua hasta que su cuerpo se relajó, y entonces, mirándole con deseo, se colocó sobre él, sentándose a horcajadas sobre sus caderas.

Draco sintió la cálida humedad que empapaba su vulva, y gimió cuando ella comenzó a moverse, rozándose contra él, dándole placer con el toque de su cuerpo.

-Me gusta cuando disfrutas así -jadeó ella, con voz rasposa. Sus pupilas estaban dilatadas y su cara contraída en una expresión de puro deseo.

Draco se estremeció bajo ella, prisionero de sus caricias y de sus movimientos. Se sentía incapaz de moverse, pero le excitaba verla tomar el control.

-Úsame -gruñó. Ella le respondió con una sonrisa lujuriosa.

-¿Qué te crees que estoy haciendo? -y no mentía, Astoria estaba usando su erección para masturbarse, rozando su clítoris contra la punta de su miembro. Draco pensó, por tercera vez, que eyacularía encima de ella, pero sólo una inmensa ola de placer le atenazó, haciendo que sus oídos pitasen ¿Cómo era posible que Astoria tuviese ese poder sobre él?

Ella le besó apasionadamente, frotando todo su cuerpo contra él, y Draco recorrió su espalda con las manos, hundiendo sus dedos en su piel y arañándola.

Masajeó su nalga, mientras que con la otra mano atrapaba la nuca de Astoria. La besó como mi quisiera beber de ella. La deseaba. La deseaba intensamente.

A tientas, alargó la mano hasta la mesilla para coger su varita, y pronunció mentalmente el hechizo de protección. Astoria adivinó lo que quería, y moviendo sus caderas se posicionó de tal forma que la entrada de su vagina quedó tentadoramente en la posición perfecta para ser penetrada.

-Astoria...

-Dímelo. Dime lo que quieres -ordenó, con la voz cargada de deseo.

-Quiero que me folles. Úsame.

No le dio tiempo a decir nada más, pues en un rápido movimiento, Astoria hizo descender sus caderas, envolviéndole súbitamente dentro de ella. Estaba tan mojada que Draco no sintió resistencia alguna, sino una inmensa calidez que le dejó ciego de placer.

No se dio cuenta de que había gritado, pero sí fue consciente de la forma en la que Astoria se movía, apoyándose en sus rodillas y sus brazos, cabalgándole con los ojos cerrados. Le estaba usando tal y como él quería, y por un momento, la visión de su cuerpo desnudo y su cara contraída de placer casi le distrajo de su propio deseo y de la ardiente sensación que subía desde su entrepierna.

Astoria se incorporó, acelerando sus movimientos, estimulándose como ella quería. Esta vez, Draco sintió que iba a explotar dentro de ella. Apretó los dientes, deseando retrasar lo inevitable.

Un poco más.

Y allí estaba, esa expresión que él tanto adoraba. Astoria echó la cabeza hacia atrás, dejando escapar un grito, y Draco sintió los músculos de su vientre contrayéndose bajo sus manos. Y por fin se dejó llevar, alcanzando el orgasmo junto a ella.

Durante unos segundos, perdió la noción de dónde estaba, sólo consciente del inmenso placer que le inundaba. Podía escuchar los gritos de Astoria, mientras ella daba los últimos empujones con su cadera, exprimiéndole, antes de jadear y dejarse caer sobre él.

Draco la abrazó, no queriendo dejarla marchar. Notaba su pene palpitante dentro de ella, exprimiendo los últimos retazos de su orgasmo, y no pudo evitar liberar una risa eufórica.

Aquella era una sensación indescriptible. El palpitar de su sangre en sus venas, el peso del cuerpo de Astoria. La maravillosa sensación que producía el contacto con su piel.

¿Cómo no iba a amarla?

Abrazándola, Draco la besó con delicadeza, y lentamente ambos se acoplaron en una posición parecida a aquella en la que habían despertado, felices, eufóricos y satisfechos.

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Tras aparecerse con Astoria frente a las verjas de metal que daban paso a los terrenos de la Mansión Malfoy, Draco se dio cuenta de que no recordaba cuándo había sido la última vez que había traído invitados a casa de sus padres ¿Había sido antes de la guerra?

-Acuérdate de respirar -se burló Astoria, al ver su cara de nerviosismo-. Dijiste que tus padres no tenían problemas en que les visitásemos.

-No es eso... sólo espero que salga todo bien.

-¿Por qué no iba a salir bien?

-No se esperan que vayamos a anunciar nuestro compromiso.

-No creo que sean peores que mis padres -se burló ella-. Mi madre casi se cayó al suelo de la impresión.

Draco se rio recordando el incidente, y algo más calmado, pero igual de animado, cogió la mano de Astoria y recorrió con ella el largo camino de grava que llegaba hasta la fachada de la mansión.

Sus padres estaban esperando, luciendo sonrisas nerviosas, pero Draco no se lo reprochaba, puesto que esos días la presencia de un visitante que no fuese un Auror o un trabajador del Ministerio era algo inaudito en la Mansión Malfoy.

Sin embargo, Lucius y Narcissa recibieron a Astoria con cortesía e incluso le ofrecieron una breve visita por las habitaciones más presentables de la planta baja.

La mansión había perdido parte de su antigua gloria, y los nuevos gustos de Lucius podían parecer un poco excéntricos, pero si Astoria se sintió extrañada por el aspecto de las salas no lo demostró, y simplemente se deshizo en halagos.

Draco notaba la mirada interrogante de su padre clavada en su nuca. Lucius intuía que había algo más detrás de la visita de Astoria, pero Draco no quería desvelar la sorpresa tan pronto y solamente se encogió de hombros, fingiendo que no pasaba nada en especial.

Cuando por fin se acomodaron en la sala de estar y Narcissa sirvió el té, la conversación se enfocó en el trabajo que Draco y Astoria compartían. Narcissa halagó la boda de Pansy, pero sus palabras murieron en sus labios al recordar el evento de la maldición de Astoria.

Eso generó un incómodo silencio, pero Draco se envalentonó y decidió ir al grano.

-Ya que hablas de eso, madre, nos gustaría daros una noticia. Astoria y yo vamos a casarnos.

Con un veloz movimiento de ojos, Draco estudió la reacción de sus padres. Lucius parecía sorprendido, pero contento, pero Narcissa estaba claramente mortificada.

-¡No! -exclamó, depositando su taza sobre la mesa con manos temblorosas-. No podéis hacer eso.

-¿Madre?

-¿Es que habéis perdido la cabeza? ¿Después de todo lo que ha pasado? ¿Queréis que os maten?

-Cissa...

-No Lucius, esto es demasiado. Durante meses hemos visto cómo te atacaban una y otra vez por culpa de ella -le espetó a Draco-. ¿Y ahora pretendes casarte?

-Sabes muy bien que Astoria no tiene la culpa de lo que ha pasado. Blaise es el culpable, y le están persiguiendo.

-Pero aún no le han atrapado ¿Y si vuelve a atacar?

-Estaremos preparados -Draco miró a su padre, pidiendo ayuda con la mirada-. No podemos interrumpir nuestra vida sólo por el hipotético peligro que supondría seguir adelante con nuestros planes. Eso no solucionaría nada.

Lucius no respondió, pero parecía debatirse en un conflicto interno. Por un lado, comprendía los sentimientos de su hijo, pero por otro, él mismo había sentido la culpa de arrastrar a sus seres queridos a una situación desesperada.

-Se acabó, no quiero oír ni una palabra más al respecto -Narcissa se puso en pie, temblando-. Astoria, no tengo nada en tu contra, pero no puedo permitir que mi único hijo se ponga en peligro por una estupidez.

-¿Una estupidez? -replicó Draco, enfadado.

-Sí, una estupidez. Llevas mucho tiempo alejado de la gente de tu edad, es normal que pierdas la cabeza de esta manera por la primera chica que te hace caso. Pero eso no justifica que...

-No quiero oír ni una palabra más -la voz de Draco adquirió una frialdad que nunca se había atrevido a usar delante de su madre.

-No, vas a escucharme...

-¡He dicho que no quiero oírlo!

-Draco... -Lucius intentó intervenir, pero Draco alzó una mano, antes de ponerse en pie.

-Quería compartir con vosotros una buena noticia, pensando que os alegraría. Lamento mucho que no sea así. Pero sólo porque no aprobéis mi decisión no significa que vaya a cambiar de idea -declaró-. Astoria y yo vamos a casarnos. Depende de vosotros decidir si queréis formar parte de nuestras vidas o no.

Y tendiéndole una mano a Astoria, dio por terminada la visita. Ignorando las protestas de su madre, Draco salió de la mansión, con pasos decididos. Al llegar al jardín se dio cuenta de que Astoria estaba temblando.

-¿Estás bien? Siento que hayas tenido que oír eso -se disculpó, suavizando su voz-. No me esperaba que fuesen a reaccionar así.

Astoria le miró con los ojos húmedos.

-¿Y si tienen razón? ¿Y si nos estamos precipitando? No quiero alejarte de tu familia.

-Astoria, tú eres mi familia -Draco la cogió de la cara con suavidad, mirándola a los ojos-. Podemos esperar todo el tiempo que tú quieras, pero mi corazón es tuyo, y no cambiaré de opinión. Y dudo que ellos lo hagan -gruñó, mirando de reojo a la mansión-. Pero esa es su decisión, no la nuestra.

Ella asintió en silencio y dejó que Draco la abrazase por la cintura. Juntos, se alejaron de la mansión, sin mirar atrás.

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Theodore se encargaba de controlar la barbacoa, con la asistencia de Astoria, mientras que Draco y Pansy les miraban desde un banco, acunando sus bebidas heladas.

Sin embargo, Draco aún seguía distraído y mantenía el ceño fruncido, recordando la pelea que había tenido con sus padres.

-He de reconocer que me sorprende que les hayas dicho eso. Nunca te habías opuesto a ellos de esa forma -Pansy le observaba estupefacta.

-Tendrías que haber visto a mi madre, la forma en la que miraba a Astoria... ¿Qué pensaba que iba a pasar? ¿Creía que iba a asentir y aceptar lo que ella quería?

Pansy tomó un trago y se lamió los labios con lentitud.

-Ella se preocupa por ti -comentó al final-. Pero eso no excusa que no quisiera escucharte -se apresuró a decir.

Draco gruñó, agitando la cabeza.

-No soy idiota, sé por qué lo ha hecho ¿Crees que nosotros no hemos pensado en todo lo que puede salir mal? Pero me gustaría que aceptase que esta es nuestra decisión.

-Quizá no se esperaba que fuese a ocurrir tan pronto. A mí también me ha sorprendido; la última vez que hablamos no parecías convencido de dar el paso.

-Tú dijiste que me dejase llevar por las oportunidades que me da la vida -le recordó Draco.

-Pero tu madre no es como yo. Ella está preocupada por tu padre y por qué pasará cuando vuelvan a inaugurar Azkabán. No quiere perderte a ti también -explicó en tono conciliador-. Estoy segura de que recapacitará.

-Yo no lo veo tan claro. Fue capaz de borrar a su hermana de su vida ¿Por qué iba a ser yo diferente?

-Porque eres su hijo, y te quiere. Y posiblemente se tranquilice cuando atrapen a Blaise -Pansy miró hacia su reciente marido, sin verle realmente-. ¿Por qué no habéis esperado a que los Aurores le encuentren? ¿No creéis que os estáis arriesgando demasiado?

-Si actuamos por miedo a lo que Blaise vaya a hacer será como si hubiera ganado.

-Draco, estás comportándote como un estúpido Griffindor -le reprendió ella, pero Draco se encogió de hombros.

-¿No somos un poco mayores para seguir pensando de esa manera? -replicó, agitando el hielo de su vaso-. Además, estoy cansado de planear todo lo que hago por miedo a cómo Blaise pueda reaccionar. Ya me alejé de Astoria una vez, no deseo volver a hacerlo.

Pansy asintió, entendiendo lo que quería decir.

-¿Sabéis algo de él?

-No, todavía no hay noticias de su paradero.

-Espero que le atrapen pronto -gruñó-. El muy hipócrita no hacía más que lamentarse de lo que os estaba pasando. Menudo sinvergüenza.

-Siento que estropease tu boda -murmuró Draco.

-Lo hubiese hecho de una forma u otra -Pansy agitó la cabeza-. Me alegro de que Astoria esté bien. Y tú también.

-Gracias.

Ambos se quedaron en silencio, escuchando las risas que flotaban desde la barbacoa. Draco fue repentinamente consciente de lo cerca que estaba de Pansy, y de lo poco incómodo que se sentía al respecto.

-¿Por qué no lo hace con magia? ¿No sería más fácil? -preguntó, viendo cómo Theodore se peleaba con las ascuas. Pansy se encogió de hombros.

-Todos tenemos defectos, y ese es el suyo. No le digas nada.

Draco se rio, e inclinándose hacia ella le golpeó el hombro con el brazo. Pansy se limitó a darle una palmada juguetona en la pierna y a cogerle de la mano.

Y por alguna razón, eso le trajo paz.

¿Esto es lo que se siente al tener una hermana?

Nunca había pensado en Pansy de esa manera. Habían sido amigos y habían salido juntos, pero de alguna forma, dentro de él, la veía como parte de su familia. Y al mirar sus ojos oscuros, se dio cuenta de que ella debía pensar de forma parecida.

-¿Qué vais a hacer ahora? Tendréis que celebrar vuestra fiesta de compromiso -preguntó ella.

-No lo había pensado. No sé por qué imaginé que podríamos haberlo hecho en casa de mis padres, pero después de lo que ha pasado hoy...

-Celebradla en casa de los padres de Astoria -sugirió Pansy-. Estoy segura de que les gustará, y eso te ayudará a granjearte la amistad de tus futuros suegros.

-Supongo que tienes razón. Además, los Greengrass siempre han mantenido una posición neutra en la comunidad mágica.

-No te hará daño un poco de neutralidad -asintió ella-. Daphne y yo os ayudaremos.

-Gracias -Draco no lo decía sólo por la fiesta, sino por todo lo demás. Estaba agradecido de que Pansy le hubiese perdonado y le aceptase como amigo una vez más.

Ella se limitó a sonreírle y palmearle la mano.

-Creo que deberíamos preparar más bebidas, los cocineros las van a necesitar.

Draco la acompañó de vuelta a la zona de la barbacoa, y abrazó a Astoria por la cintura. Ella le sonrió y le dio un beso en la mejilla, aceptando el vaso que él le ofrecía.

Él miró a su alrededor, contemplando los torpes intentos de Theodore por cocinar algo, la forma en la que Pansy intentaba encontrar una solución a la carne quemada, y de nuevo a Astoria, quien le miraba con amor, y por primera vez se permitió relajarse.

Su corazón no podía estar equivocado. Esa era la decisión adecuada.

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La fiesta estaba siendo más animada de lo que Draco pensaba. Definitivamente, había sido un acierto hacerle caso a Pansy y dejar que los padres de Astoria se encargasen de todo. Daphne y Pansy habían contribuido con los preparativos, y la casa de los Greengrass no podía haber lucido más espléndida o majestuosa.

Seguía apenándole que Lucius y Narcissa no hubiesen respondido a la invitación, pero no iba a permitir que su silencio y testarudez enturbiasen ese día. Y de todas formas, una vez que la fiesta comenzó, Draco no tuvo tiempo de pensar en los señores Malfoy.

Muchísimas más personas de las que esperaban habían acudido a celebrar su compromiso, y entre amigos y conocidos, el amplio salón de los Greengrass estaba absolutamente rebosante de gente.

Draco no se separaba de Astoria, y juntos navegaban por el mar de invitados, saludando y hablando sin parar. Astoria estaba resplandeciente, vestida de verde, con su pelo elegantemente peinado y su sonrisa sin par. Draco tenía que acordarse de no quedarse mirándola embobado en lugar de cumplir con su papel de anfitrión, pero no podía evitarlo, la amaba y no le importaba mostrarlo.

Pero ella también expresaba su adoración de otras maneras. Cogía su mano y le sonreía constantemente, sin dejar de repetir halagos hacia él o su trabajo. Y cuando menos lo esperaba, le regalaba un rápido beso que le hacía sonreír embelesado.

Era obvio para aquellos que les observaban que estaban enamorados, y su felicidad no tardó en ser compartida.

Llegó el momento del discurso y Draco y Astoria se posicionaron en los primeros escalones de las escaleras. Draco carraspeó algo nervioso, poco acostumbrado a hablar en público, pero la presencia de Astoria y el calor de su mano le infundieron valor.

-Muchas gracias a todos por venir. Nos alegra mucho poder compartir con vosotros este momento tan importante para nosotros -Draco paseó su mirada por los presentes, reconociendo las caras sonrientes e intentando no acordarse de las que no estaban-. También quiero proponer un brindis por Astoria, la persona más maravillosa e increíble del mundo, quien ha accedido, por alguna razón que sólo ella conoce, a convertirse en mi esposa.

Las risas se mezclaron con las felicitaciones, y las copas se alzaron al unísono.

-¡Por Astoria!

Morsmosdre!

La luz verde inundó la sala, haciendo que el tiempo se detuviese. Draco sintió que los latidos de su corazón se ralentizaban al ver la figura de la calavera flotante con la serpiente saliendo de su boca.

Pudo oír cómo Astoria ahogaba un grito, agarrando su mano con fuerza.

De repente, multitud de magos cubiertos de negro comenzaron a aparecerse por todo el salón, provocando los gritos de miedo y sorpresa de los invitados. Actuando por instinto, Draco se puso delante de Astoria, con la varita levantada, mirando como loco a su alrededor, preparado para cualquier cosa.

No puede ser.

Los gritos y la confusión se adueñaron del salón. Los invitados querían salir corriendo, pero las salidas estaban clausuradas

-¡Alto, en nombre del Ministerio de Magia! ¡Quedas detenido!

Draco miró a su alrededor, confuso. Aquellos gritos sonaban demasiado lejos. Los Aurores no iban a por él. Iban a por...

No puede ser ¿Por qué él?

Incluso desde la distancia, Draco pudo ver el inconfundible pelo platino que tapaba la pálida cara del mago que acababa de ser abatido. Sus piernas temblaron mientras que su mente se negaba a aceptar lo que sus ojos estaban viendo.

No podía ser, después de todo su apoyo. Tras todos sus consejos. Pensaba que estaba de su parte. Y sin embargo, allí estaba, interrumpiendo la fiesta de compromiso. Invocando la Marca Tenebrosa. Su propio padre...

¿Por qué?

Astoria clavó los dedos en su brazo, sacándole del trance.

-¡Es él! ¡Es Blaise!

Draco miró de nuevo, y a través de la bruma que el pánico había levantado en su mente, comprendió que Astoria tenía razón. Tirado en el suelo, rodeado por varios Aurores, el mago cambiaba lentamente de aspecto. Su pelo se acortó, perdiendo el brillo plateado, y su piel se oscureció. Blaise Zabini recuperó su aspecto habitual, ante la mirada estupefacta de los invitados.

Y entonces, Harry Potter se adelantó, y la multitud se apartó para ver mejor lo que ocurría. Fijando su mirada en el hombre caído, alzó la voz para que todos le oyeran.

-Blaise Zabini, quedas detenido por el envenenamiento e intento de agresión de Astoria Greengrass, por el intento de asesinato de Draco Malfoy, por el uso de maldiciones imperdonables y por difamación -declaró-. Serás llevado a las celdas del Ministerio de Magia a la espera de juicio.

Los murmullos se extendieron como el fuego mientras Zabini era arrastrado por los Aurores. Harry miró a Draco fugazmente, inclinó la cabeza y siguió a sus compañeros.

Draco se dejó caer, sus piernas incapaces de sostenerle, y sin comprender las palabras que Astoria le susurraba, enterró la cara entre las manos y rompió a llorar.

OOO

Y parece que por fin el enemigo ha caído en la trampa.

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