Su partida de Atenas estaba resultando ser muy precipitada, Kagura metió el equipaje que nunca desempacaron en el maletero de la SUV y parecía más serio de lo normal después de terminar una llamada con Shizuma que duró alrededor de treinta minutos en el patio trasero.

Durante ese corto tiempo, Sarada se tomó unos momentos para explorar mejor la planta baja de la casa, en especial las fotografías familiares colgadas en las paredes o portarretratos en las mesitas de descanso. Una en especial le llamó la atención.

—¿Lista? —pregunta Kagura recostado en el marco de la puerta colindante al vestíbulo.

—¿De verdad tenemos que irnos? —hace un puchero— Comenzaba a gustarme estar aquí.

—Hay algunas cosas de las que debo encargarme en Estambul. —camina hacia ella y levanta la mano para colocar un mechón detrás de su oreja— Tenía pensado quedarnos aquí más tiempo, pero debemos adelantar nuestro regreso.

Ella frunce los labios y él sonríe al ver la adorable rabieta que estaba teniendo ahora. En otro momento no habría dudado en cumplirle hasta el último capricho, pero debía sacarla de Grecia en la próxima hora o podrían terminar por alcanzarlos.

Por supuesto que se anticipó a futuros problemas. Desde que vio a aquella mujer charlando con Sarada supo que no terminaría bien, seguramente fue ella la que puso a su familia sobre aviso de su estancia en Atenas.

La policía dentro de la nómina de Code le informó que varios vehículos sospechosos estaban haciendo rondines por los alrededores del restaurante donde estuvieron antes. Intentaron detener a algunos, pero de alguna manera terminaron perdiéndoles el rastro.

—Shizuma está esperando por nosotros. —informa con cautela— Lo veremos en la pista.

Sarada frunció el ceño y él percibió de inmediato su descontento.

—¿Qué sucede?

—Sólo estaba pensando en todos los preparativos de la boda... —se muerde el labio inferior— Supongo que está bien que regresemos ahora.

Kagura se agacha para besarle la cabeza con cariño y se demora unos segundos para disfrutar de su maravilloso aroma.

—Me gusta que te sientas cómoda aquí. —susurra tomándola por el mentón— Prometo que regresaremos pronto.

—Vale.

El rubio entrelazó sus dedos con los suyos y la guió hasta la SUV que los llevaría a la pista donde Shizuma aguardaba por ellos. En menos de dos horas estarían aterrizando en Estambul, en sus territorios.

Sarada se mantuvo los veinte minutos que les tomó en llegar a la pista, pero su expresión se suavizó al ver al hombre pelinegro esperando cerca de la escalerilla del avión.

—Adelántate. —pide él tras besar su frente— Haré un par de llamadas antes.

La azabache no hizo más preguntas, simplemente se alejó del vehículo para alcanzar al mejor amigo de su prometido.

—¡Shizuma! —saluda con entusiasmo— Parece que no te veo hace siglos.

—Veintitres días, cinco horas y... —mira el reloj en su muñeca— Cuarenta y ocho segundos.

La Uchiha le dedica una sonrisa alegre y rodea su torso con sus brazos tomándolo por sorpresa. El hombre se queda quieto en su lugar, enarcando una de sus cejas oscuras y parpadeando con desconcierto.

—Pareces de buen humor. —exclama confundido— ¿La pasaste bien?

—Todo ha sido fenomenal. —asiente con la cabeza— Kagura me llevó a un acuario y también me dejó pilotar la avioneta de Hassaku.

Shizuma observó a su amigo a lo lejos con los ojos muy abiertos, pero intentó disimular su asombro lo mejor que pudo para que ella no se diera cuenta de la situación.

La chica llevaba puesto un atuendo muy sencillo color gris conformado por unos pantalones holgados y una camisa sin mangas, totalmente adecuado para un viaje cómodo en avión. No obstante, lo que le llamó la atención fue su aspecto radiante y arrebatador que no se acercaba ni un poco a la imagen que recordaba de ella antes de irse.

—Oh, y también vamos a casarnos. —suelta como si nada— En tres semanas a partir de hoy.

—¿Casarse? —parpadea con incredulidad— Vaya, me tomaste por sorpresa.

—Hassaku, Code e Ichirōta serán mis damas de honor. —continúa hablando sin parar— ¿Tû podrías entregarme en el altar?

Desde luego que no se esperaba aquella petición. La joven parecía tener una verborrea desbordante, soltando un montón de información que apenas tenía tiempo de procesar.

—Yo... claro. —asiente todavía un tanto escéptico— Pero, ¿ese no es el trabajo de tu padre?

—Sí, pero debo tener un plan de respaldo en caso de que se niegue. —se encoge de hombros— Lo cual es lo más seguro.

Shizuma le dedica una sonrisa genuina y le guiña uno de sus ojos azules para después ofrecerle la mano y ayudarla a subir al avión.

—Hay bocadillos para el camino si tienes hambre. —le dice el pelinegro señalando una bandeja con todo tipo de postres y aperitivos— Llama si necesitas algo.

Kagura se acercó por la periferia en cuanto terminó la llamada con Tsurushi, quien también arribó a la ciudad junto con Shizuma, pero que en esos momentos se hallaba resguardando la zona junto a los hombres de Code.

—¿Todo en orden? —pregunta al ver a su mejor amigo con semblante enseriado.

—Supe que esta... escapada romántica sólo traería problemas. —le mira a los ojos magentas— ¿Y qué es eso de la boda en tres semanas?

—Exactamente eso. —se encoge de hombros— Voy a casarme.

Shizuma esta vez no ocultó su expresión de incredulidad y sacudió la cabeza.

—Si te importa la chica, déjala ir. —frunce el ceño— No merece nada de lo que le hicimos pasar, ni siquiera por ser una Uchiha.

—Lo sé. —dijo con un tono apesadumbrado— Pero no puedo dejarla ir...

—¿Qué harás cuando lo descubra?

—Rogar por su perdón. —contesta de inmediato— Así se me vaya la vida en ello.

El pelinegro suelta un largo suspiro y le palmea el hombro.

—Entonces necesitas comenzar a hablarle con la verdad y decirle quién eres. —señala la entrada del avión— Deja que ella tome la decisión de quedarse por su cuenta.

No fue necesario que Kagura dijera en voz alta sus sentimientos. Él lo conocía tan bien que sólo le bastó ver su mirada melancólica para darse cuenta de que aquella chica logró lo impensable. Consiguió enamorarlo.

—¿Cuánto te importa? —pregunta estrechando los ojos— ¿Lo suficiente para aceptar su odio cuando lo sepa todo?

Sus labios formaron una fina línea y justo cuando iba a responder escuchó una vocecita débil a lo lejos.

—¿Kagura? —lo llamó Sarada en un hilo de voz.

Su expresión cambió de inmediato al verla sostenerse con dificultad de la escalerilla del avión con la piel mortalmente pálida y los ojos cristalizados.

—Creo que... las galletas tenían avellana. —se aclara la garganta y señala el vehículo que los trajo hasta allí— Necesito... mi bolso... auto...

Sus labios comenzaron a perder el color y su respiración se volvió agitada. Kagura corrió escaleras arriba y logró sostenerla a tiempo antes de que tocara el suelo cuando perdió la fuerza suficiente para mantenerse en pie.

—¡Shizuma! —gritó él con desesperación— Busca su bolso, ahora.

El aludido se apresuró a la SUV y pescó la cartera sobre el asiento de copiloto para después echarse a correr de regreso.

—Respira conmigo, preciosa. —pide sin poder ocultar el pánico en su voz al verle luchando por mantenerse consciente— Estarás bien.

Con el pasar de los segundos le era más difícil respirar con normalidad y los dos hombres notaron que sus movimientos perdían fuerza.

—Está bien, cariño, estoy aquí. —la levantó en brazos y se sentó con ella en su regazo— Dime qué hacer, lo haré por ti.

Ella tomó débilmente su bolso y sacó la jeringa de un compartimento, entonces la acercó a la parte externa de su muslo y se inyectó a sí misma. Hasta ese momento se permitió relajarse contra el cuerpo de Kagura, sabiendo que sólo era cuestión de segundos para que sus vías respiratorias comenzaran a desinflamarse.

El rubio se puso de pie con ella en brazos y Shizuma le observó con el ceño fruncido.

—¿Qué haces? —pregunta el pelinegro al ver su intención de bajar del avión.

—La voy a llevar al hospital. —contestó con firmeza, pasando por su lado y bajando las escalerillas velozmente.

—No es necesario... —habla ella con la voz débil— Estoy bien, el medicamento hará efecto pronto.

Pero eso no lo dejó ni remotamente tranquilo porque la vio forzarse a mantenerse despierta. Los párpados le pesaban, el color aún no le regresaba al rostro y su respiración parecía demasiado lenta.

Se sentía aterrado. No recordaba la última vez que se sintió de esa manera.

—No podemos regresar a la ciudad en estas circunstancias. —murmura Shizuma por lo bajo— Tardaremos menos de dos horas en llegar a Estambul, allí podrás llevarla al hospital si aún lo necesita.

Kagura le ignoró, arreglándoselas para meterla al auto con cuidado y recostarla en el asiento trasero.

—No voy a arriesgarme.

—Estarás arriesgándote más al llevarla al hospital sabiendo que están buscándola por todas partes.

El rubio sacudió la cabeza y miró directamente a los ojos azules de su mejor amigo.

—No estás entendiendo. —frunce el ceño— No voy a arriesgarme a perderla, incluso si eso significa que nos encuentren.

Shizuma abrió y cerró la boca sin saber qué decir. Al fin tuvo la respuesta a la pregunta que no pudo contestar antes. «¿Cuánto te importa?». Bueno, ahí tenía su ansiada verdad.

—Yo conduzco, sube con ella. —señaló la parte trasera de la SUV con la cabeza— Llamaré a Code durante el camino para que nos apoye con hombres más que resguarden el hospital.

Kagura no responde, simplemente se metió en la parte trasera del vehículo y acomoda el cuerpo esbelto de la joven sobre su regazo. Necesitaba asegurarse de que seguía respirando y que su corazón no dejara de latir.

—Te dije que estoy bien. —susurra ella con la voz enronquecida— No necesitamos ir a un hospital.

—Sólo intenta mantenerte despierta para mí. —acarició su rostro con suavidad— No te preocupes por nada más.

Sarada se acurrucó contra su cuerpo y hundió su rostro en su pecho en busca de su calor. Se sentía mareada y el hormigueo en su boca persistía.

Shizuma vio aquella escena por el retrovisor. La joven parecía realmente cómoda en los brazos de Kagura, mientras que él no paraba de hacerle mimos para mantenerla despierta. Era una imagen de adoración absoluta.

Code le envió la ubicación del hospital más cercano y le aseguró que montaría un anillo de seguridad lo suficientemente discreto para pasar desapercibido. Él y Hassaku aguardarían por ellos ahí.

Tardaron cerca de veinte minutos en llegar y en cuanto la admitieron en urgencias, Kagura no se despegó de su lado. Les aseguraron que la joven estaba fuera de peligro, pero la mantendrían en observación por unas cuantas horas.

—Sabías de su alergia. —exclamó el rubio señalando directamente a su mejor amigo— ¿Cómo se te pudo pasar un detalle como ese?

—Así es, sé sobre la alergia. —asiente Shizuma con seriedad— Pero yo no fui el encargado de los detalles logísticos.

Hace unos veinte minutos que trasladaron a la joven Uchiha a una habitación en el segundo piso del edificio y Kagura no fue capaz de dejarla sola hasta que comprobó que dormitaba plácidamente y sin ninguna dificultad para respirar.

—¿Entonces quién? —gruñe Kagura con evidente enojo, caminando como león enjaulado por el pasillo solitario bajo la atenta mirada de los recién llegados Hassaku y Code.

Se hizo un silencio sepulcral y las miradas de todos recayeron en Shizuma.

—Tsurushi. —contesta él finalmente— Pero se supone que también sabe al respecto, ¿no?

La mirada del jefe cambió al comprender la insinuación y sacó el móvil de inmediato. Llamó una y otra vez al mismo número, pero no hubo respuesta.

—Lo hizo a propósito. —concluye de inmediato— ¿Dónde se supone que está ahora?

—Coordinando a tus hombres para un posible escape. —comenta Code llamando su atención— Se comunicó conmigo para pedir seguridad extra en puntos estratégicos.

—Voy a matarlo. —declaró con determinación, sorprendiendo a los tres hombres frente suyo.

—Espera. —interviene Hassaku con el ceño fruncido— El tipo es prácticamente tu hermano, se criaron juntos. ¿Vas a matarlo por una chica?

La expresión de Kagura se endureció.

—Se supone que esto es parte de tu retorcido plan, ¿no es así? —cuestiona Code— Esa fue la razón por la que te seguimos el juego hace rato. No concibo el hecho de que realmente te plantees la idea de casarte con esa chica.

—Sarada Uchiha será mi esposa. —contesta mirándolo directamente a los ojos y señaló a la puerta cerrada de la habitación— Y eso no forma parte de ningún maldito plan.

—Creí que todo el acto del hombre enamorado era una farsa. —menciona el moreno de afro— Pero ya veo que nunca fingiste nada.

Ninguno dijo nada durante varios segundos hasta que Code se aclaró la garganta para llamar la atención del resto.

—Muy bien. —se encoge de hombros— Supongamos que se casan. ¿Qué sigue? ¿Se convertirá en una alianza con los Uchiha?

—Estarías renunciando a todo por lo que has trabajado en la vida. —continúa Hassaku cruzándose de brazos y recostándose en la pared del pasillo— Desde que asumiste el mando no has pensando en nada que no sea destruir a Sasuke Uchiha y su legado.

—No puedes pretender casarte con la hija y aniquilar al resto. —menciona Code con suspicacia— Por lo que pude conocer de ella esta noche, tengo la certeza de que no permitirá que le hagas daño a su familia.

—No habrá ninguna alianza. —contesta, logrando desconcertar a los tres— Pero habrá un cese a la guerra.

Hassaku no pudo ocultar su expresión de sorpresa, contrario a Code, que adquirió un semblante serio.

—Durante años nuestras familias se mantuvieron al margen de conflictos hasta que decidimos apoyarte. —comienza a decir el pelirrojo— Seguramente los Uchiha no se imaginan que estamos de tu lado.

—Tienen conocimiento de tu relación con los polacos y sobre la reciente unión con los búlgaros. —concuerda Hassaku— Es un factor sorpresa sublime si a eso le agregas la captura de la chica. Podría decirse que tienes el jaque mate en tus manos, Kagura, estás demasiado cerca de conseguir lo que querías.

El rubio se metió las manos dentro del bolsillo de sus pantalones y meditó varios segundos las respuestas de sus dos amigos y socios. Meses atrás, habría celebrado lo que había logrado, pero ahora...

—Nos limitaremos a los negocios como hemos hecho siempre. —declaró en voz alta y se giró a mirar a Shizuma— Detendremos cualquier ataque contra los Uchiha y sus aliados.

—¿Y qué haremos en caso de recibir algún atentado? —pregunta Hassaku— ¿Nos quedaremos de brazos cruzados?

—Sus territorios están a salvo. Ellos no saben que alguna vez estuvieron involucrados. —les mira de reojo— Hablaré con Yuino para informarle mi decisión.

—Los polacos no estarán nada contentos. —comenta Code— Ellos querían la guerra. Es posible que corten lazos.

—No me importa.

Hassaku soltó un largo suspiro, pero finalmente se acerca a su amigo y palmea su hombro con camaradería.

—Supongo que ya iba siendo el momento de que sentaras cabeza. —se encoge de hombros— Esperábamos que fuera con una chica que diera menos problemas, pero da igual.

—Lo que sea. —resopla Code haciendo mala cara— Yo me largo.

—¿Adónde vas? —pregunta el de afro— ¿No nos despediremos de Sarada?

—¿Para qué? Ya verificamos que está bien. —se da la vuelta y sacude la mano para restarle importancia— Además, la veremos la próxima semana, ¿no?

Kagura reprimió una sonrisa al oírlo y se despidió con un simple gesto de manos. No iba a demostrarlo, pero le hacía sentir bien tener el apoyo de los dos, y de Ichirōta, porque aunque no estuviese ahí su opinión también le importaba.

—¿El médico ha dicho cuándo le dará el alta? —pregunta Shizuma luego de quedarse a solas en el pasillo.

—Apenas despierte. —contesta el rubio con seriedad— Necesitamos una ruta segura para salir de aquí.

—El avión sigue esperando en la pista.

—Partiremos a primera hora de la mañana. —ordena, colocando la mano sobre el picaporte de la puerta— La llevaré a casa lo que resta de la madrugada.

El pelinegro asiente y termina por alejarse del pasillo para poder hacerlo posible. No tenía caso seguir insistiendo, no cuando Kagura antepondría siempre el bienestar de la joven Uchiha.

—Te dije que no era necesario venir al hospital. —susurra la chica con la voz soñolienta en cuanto lo vio entrar a la habitación tenuemente iluminada por la luz de una lámpara de noche sobre la mesita cerca de la camilla.

Él se situó a su lado, sentándose en un espacio libre de la cama junto a ella y levantó la mano para acariciar su rostro con suavidad. El color de sus mejillas había vuelto y sus labios apetecibles recuperaron el enrojecimiento natural que le fascinaba.

—No quise tomar el riesgo. —coloca un mechón detrás de su oreja— Nunca había sentido tanto pánico como esta noche.

Ella abrió los brazos para recibirlo y Kagura se acurrucó contra su cuerpo, hundiendo el rostro en su pecho donde pudo sentir el suave latir de su corazón y el ritmo acompasado de su respiración. El alivio fue inmediato.

Joder, ni él mismo sabía cuánto la quería hasta esta noche. El miedo de perderla fue abrumador. Casi físico.

—Estoy bien. —lo rodea con sus esbeltos brazos— Siempre suelo estar preparada para situaciones como estas.

Esta vez él no respondió, se limitó a aferrarse a su estrecha cintura y la apretó contra si. Necesitaba sentirla cerca.

—Pensé que tenías prisa por regresar a Estambul. —dice ella, acariciando su cabellera rubia con tranquilidad— ¿Qué seguimos haciendo aquí? El médico dio la autorización para irnos hace un rato.

—No quería despertarte. —susurra sin moverse, disfrutando de sus caricias— Nos iremos a Estambul al amanecer.

—Es ridículo, estoy bien para viajar. —suelta una risita— En realidad, fue una perdida de tiempo venir al hospital, te dije que todo estaba bajo control.

—Tu bienestar es mi prioridad ahora, Sarada. —murmura levantando el rostro para mirarla a los ojos— Así que te llevaré a la villa a descansar y regresaremos a Estambul por la mañana.

Ella se muerde el labio inferior al oírlo con tanta determinación que no le quedó más que aceptarlo. Fue así como aguardó pacientemente a que se cambiara la bata de hospital por su ropa y después la acompañó a firmar el alta para poder irse.

—¿Has pensado quién será tu padrino de bodas? —le pregunta la joven una vez estuvieron a solas en el auto.

—Iba a pedírselo a Shizuma. —la mira de reojo— ¿Crees que acepte?

—Te aprecia. —asiente ella con una pequeña sonrisa— Estará feliz de serlo.

Kagura sonríe por lo bajo y desliza la mano hasta su rodilla. No estaba preparado para volver a su vida cotidiana y no tenerla a su lado cada mísero segundo del día.

—¿Podemos pasar nuestra luna de miel aquí? —cuestiona la azabache mordiéndose el interior de la mejilla— Prefiero un sitio agradable para pasar tiempo a solas...

El rubio estuvo a punto de responder que lo que quisiera por él estaba bien, pero en ese momento se oyó una lluvia de disparos detrás suyo. La Uchiha se apresuró a mirar detrás sólo para verificar que les estaban siguiendo.

—¿Qué está pasando? —exclama aturdida, observando que el vehículo más cercano a ellos se dio la vuelta de manera abrupta para combatir los disparos.

Vio el cuerpo de Shizuma sobresalir del sunroof y prepararse para disparar contra los dos vehículos que iban más atrás.

—¿Por qué nos están atacando? —se gira para encarar a Kagura, pero él la ignoró deliberadamente y aceleró el paso.

Segundos después, y prácticamente de la nada, otro auto salió de un pasaje estrecho y condujo en sentido contrario con toda la intención de unirse a su defensa.

—Si no me dices lo que está sucediendo te juro que...

—En casa. —la calla— Responderé todas tus preguntas en casa.

Sarada frunció el ceño al notar la inquietud en su expresión y volvió a mirar por el parabrisas donde se suscitaba un enfrentamiento brutal. La preocupación impregnó todas sus facciones.

La rapidez con la que tomaron la desviación hacia el camino que les llevaba directo a la villa era vertiginosa, fue sólo cuestión de minutos para que estuvieran atravesando el portón y luego el sendero hacia la entrada principal de la casa.

En cuanto Kagura detuvo el vehículo cerca de la escalinata, Sarada bajó del lado del copiloto estampando la puerta con fuerza y se adentró a la casa con la seguridad de que iría tras ella.

Él sabía que le pediría explicaciones.

—¿Qué acaba de pasar? —exigió saber en cuanto ambos estuvieron uno frente al otro en el vestíbulo— ¿Por qué nos atacaron?

El rubio apoyó los brazos en la repisa de madera sobre la chimenea y se tomó unos momentos para meditar la respuesta que le daría.

—¿Quiénes nos perseguían? —insiste la joven— Me dirás la verdad a menos que quieras que salga por esa puerta y no volver a saber de mí...

Kagura la miró esta vez, comenzando a sentir pánico al oír su ultimátum y se refriega el rostro con la mano lleno de frustración.

—¡Respóndeme!

—Los Uchiha. —dijo finalmente— Es tu familia la que te está buscando.

—¿Los de antes eran mis hermanos? —pregunta alarmada, su voz salió unos decibeles más altos de lo normal.

—No. Son sus hombres. —contesta él de inmediato— Aunque tal vez no tarden en aparecerse por la ciudad.

—¿Por qué? —parpadea desconcertada— Hablé con Itachi hace unas semanas y todo parecía de lo más normal. En todo caso... ¿por qué nos atacarían de esa manera?

Kagura avanzó un par de pasos más hacia ella y vio que su semblante era de confusión absoluta.

—Piensan que estás en peligro. —dice con cautela— Y tienen todo el derecho de pensarlo.

—¿A qué te refieres? —frunce el ceño— ¿Por qué creerían que estoy en peligro?

—Porque estás conmigo.

Hubo un silencio abrumador en el que ninguno de los dos dijo nada.

—Nada de lo que dices tiene sentido.

—Lo tendrá cuando sepas mi nombre. —la mira a los ojos directamente— Sólo te pido que termines de escucharme.

Él la vio comenzar a exasperarse y prefirió no avanzar más para evitar perturbarla con su cercanía.

—Soy el hijo único de Yagura Karatachi. —expresa con seriedad— Y por lo tanto, el sucesor legítimo de todos sus negocios.

Sarada retrocedió en cuanto oyó aquella declaración.

—Eres...

—El enemigo. —terminó por ella— La mafia turca me pertenece.

Retrocedió un paso más.

—Crecí con un objetivo fijo en mente. —murmura mirándola a los ojos— Me prometí cobrar la muerte de mi padre.

—¿Planeaste todo esto? —exclama ella con la expresión descompuesta y señala el espacio entre ambos.

Al no oír ninguna respuesta de su parte, tomó su silencio como afirmación y sus ojos de inmediato buscaron la salida.

—Conocerte fue una coincidencia. —masculla al instante, cortándole el paso en cuanto vio su intención de huir— Sabía que Sasuke Uchiha tenía una hija, pero no esperé que te cruzaras en mi camino durante mi estancia en St. Moritz.

—¿De verdad piensas que voy a creerte? —suelta una risa sarcástica— Planeabas usarme para vengarte de mi padre.

Sarada pudo ver la desesperación impregnada en su rostro atractivo y le tomó un par de segundos reaccionar cuando acortó la distancia entre ellos antes de levantar las manos en señal advertencia para que se quedara en su sitio.

—No te acerques.

Por la mueca en el rostro del hombre supo que lo hirió el pedirle que mantuviera su distancia.

—Sólo dime... —frunce el ceño contrariada— ¿Alguna vez acepté casarme contigo o simplemente te aprovechaste de mi amnesia para inventar que soy tu prometida?

—Lo vi como una ventaja para...

El sonido de la bofetada resonó en la habitación y Kagura permaneció quieto en su sitio, aceptando su furia, sabiendo que la merecía. Ninguno dijo nada por segundos que parecieron eternos para ambos, sin embargo, la joven logró contenerse bastante bien.

—¿Qué sucederá a continuación? —rodea su propio cuerpo con los brazos como intentando protegerse— ¿Vas a dejarme ir o tendré que arreglármelas para escapar?

—Sarada... —niega, levantando la mano para tomar su brazo.

—¡No me toques! Quiero irme a casa. —rechazando cualquier tipo de contacto— A mí casa. Con mi familia.

—Sólo te pido que me escuches. —pidió en tono de súplica— Si al final decides irte, yo mismo te llevaré a Italia.

—¿Cómo podría creer cualquier cosa que salga de tu boca ahora? —se mofa con incredulidad— Todo ha sido una farsa...

La Uchiha percibió la angustia transpirándole casi por los poros mientras sus ojos pedían a gritos que no se marchara y ella tenía los pensamientos tan revueltos que por un momento se distrajo de su presente y volvió a la realidad al sentir las manos de Kagura tomando su rostro con suavidad.

—Lo que siento por ti no es una farsa. —susurra él, limpiando las lágrimas que finalmente se derramaron por sus mejillas.

Ella aguardó en silencio, mirándolo con recelo.

—¿Por qué llevar todo tan lejos? —pregunta la azabache con voz queda— ¿Ibas a casarte conmigo para restregárselo a mi padre en la cara?

—No. —contesta el rubio de inmediato— Se suponía que no llegaría a esas instancias. Sólo quería ganar tiempo hasta construir una estrategia sólida que me permitiera intercambiar su vida por la tuya.

—¿Eso debería hacerme sentir mejor? —se ríe con ironía— Todo este tiempo me utilizaste...

Se le ocurrían un montón de ideas más sensatas que continuar escuchándolo. Podría huir de allí, no había suficientes hombres merodeando los alrededores y sería fácil para ella. Pan comido.

—Es diferente ahora.

Sin embargo, nunca fue la clase de chica que se decantara por el camino fácil. Por eso seguía ahí.

—¿Qué cambió?

—Que me enamoré de ti. —le mira con devoción, acariciando los costados de su cuello con la delicadeza de quien toca una flor— Como un maldito imbécil.

Kagura vio la indecisión en su mirada y el pánico se propagó con más fuerza que antes en su interior. Ella se iría. Iba a dejarlo.

—Quiero que seas mi esposa. —exclamó, tomando su mano con suavidad, colocándola a la altura de su corazón— Aún si eso significa renunciar al único propósito que he tenido en la vida.

Sarada tragó en seco al escucharlo para después abrir y cerrar la boca sin saber qué decir al respecto.

—¿Qué puedo hacer para que me creas? —pregunta alejándose un poco al verla vacilante— Pídeme lo que quieras. Lo tendrás.

Silencio.

—Quédate. Sé mi esposa, Sarada. —volvió a insistir, sin dejar de sostener su mano contra su pecho— Y si algún día quieres irte, podrás llevarte todo contigo, no me importa, tu partida es suficiente para dejarme en la ruina.

La Uchiha frunció el ceño, soltándose de su agarre con brusquedad.

—No quiero tu fortuna. —dijo con desdén— No me interesa algo tan banal como el dinero.

Entonces, bajo su atenta mirada, él se dejó caer de rodillas ante ella con los brazos a cada lado de su cuerpo a modo de rendición.

—No hay nada que puedas hacer que me convenza de permanecer en esta red de engaños...

—Sí. Hay algo que puedo hacer. —la interrumpe, cambiando su semblante por uno estoico.

—Ni siquiera intentes retenerme por la fuerza porque...

—Cásate conmigo y detengo la guerra. —soltó de golpe, ganándose una reacción estupefacta— No más enfrentamiento ni muertes innecesarias.

—No estás hablando en serio. —responde desconcertada— No puede ser así de fácil.

—Lo es. —afirma con la cabeza— Sólo tienes que decir que sí.

La tensión en la habitación escaló a un nivel casi sofocante y el único sonido que rompía el silencio era el de sus respiraciones irregulares.

—Esto no va a funcionar.—sacude la cabeza con disgusto— ¿De verdad correrías el riesgo de que en cualquier momento pueda hacer algo contra ti?

—Puedes odiarme, no me importa. —musita con simpleza— Puedo soportar tu odio, pero no una vida sin ti.

—No sabes lo que dices...

—Si quieres vengarte de mí, hazlo. Destrúyeme, Sarada Uchiha. —murmura con los ojos brillándole de anhelo— Estoy aquí, de rodillas ante ti, pidiéndote que me destruyas de todas las maneras que quieras, pero sin irte de mi lado.

La azabache reprimió un sollozo bajito.

—Supe que ibas a ser mi perdición desde que no fui capaz de tratarte como la hija de mi enemigo. —frunce el ceño— Se suponía que debía odiarte, pero no pude.

Las lágrimas escurrieron por las mejillas pálidas de la joven y no se dio cuenta de que inconscientemente estaba aguantando la respiración.

—Odiaba a Sasuke Uchiha por quitarme lo que más amé en el mundo. —hizo una pausa en la que le miró a los ojos con una sinceridad brutal y dolorosa— Lo que jamás imaginé fue que me daría lo que más amo ahora.

Sarada se tomó un momento para meditar sus opciones bajo la mirada magenta expectante. Ahora que su familia estaba a poca distancia no le sería difícil llegar hasta ellos y alejarse de esa retorcida relación. Pero...

—Dame tu teléfono. —pidió con tono autoritario, extendiendo la palma abierta.

El rubio parpadea desconcertado ante su repentina petición, aún así se sacó el móvil del bolsillo interior de su chaqueta y se lo entregó sin titubear con el mundo cayéndosele a pedazos. Ella se iría.

La azabache marcó rápidamente un número en la pantalla y se lleva el aparato a la oreja. Escuchó dos timbrazos antes de que una voz inconfundible respondiera en la otra línea.

—Necesito que se vayan de Atenas y dejen de meterse en mis asuntos. —demandó con firmeza— Estoy bien, es lo único que necesitan saber.

Y colgó sin dar lugar a ninguna réplica.

—¿Eso significa que aceptas? —pregunta el hombre con cautela, irguiéndose en toda su altura frente a ella.

La Uchiha se tomó unos segundos para responder:

—Sí.

(...)

Se quedó pasmado mirando la pantalla de su móvil durante al menos cinco segundos hasta que pudo procesar lo que acababa de suceder.

Su hermanita acababa de hacerle la llamada más rápida de toda su vida pidiéndole que se fueran de Atenas cuando ellos estaban a punto de aterrizar. Su padre lo miró a la espera de una explicación al igual que sus otros dos hermanos y Kawaki Uzumaki.

—Era Sarada. —se aclaró la garganta— Dijo que estaba bien, pero quiere que nos vayamos.

—¿Qué? —respingó Daiki al instante— ¿Qué te dijo exactamente? No puede ser que ella...

—Ryochi dijo que los emboscaron saliendo de un hospital. —gruñe Itachi por lo bajo— No me huele bien, hay algo más que no nos está diciendo...

—Necesita que nos vayamos de Atenas, eso dijo textualmente. —frunce el ceño— No quiere que nos metamos en lo que sea que esté haciendo.

—¿En qué está metido? —gruñe Daiki por lo bajo— Lo único que sabemos de ese bastardo es que está relacionado con la mafia griega.

—Y es obvio que tienen a la policía en su nómina o ya habría salido en los noticieros el enfrentamiento cerca del hospital. —añade Itachi— ¿Quién demonios es y cómo nos ha eludido tan fácilmente hasta ahora?

Entonces todos se giraron a ver a su padre, que durante todo ese tiempo se había mantenido en silencio al igual que el Uzumaki. Ambos intentando unir las piezas del rompecabezas y encontrar una explicación razonable.

—Dile a nuestros hombres que se retiren. —habló finalmente el antiguo capo— Si Sarada quiere que nos vayamos, eso haremos.

—¡No podemos hacer eso! —niega Itachi— ¿Y qué si está en peligro?

—Debe tener sus razones para pedir que retrocedamos. —mira a su primogénito con suspicacia— No sabemos la situación.

Itsuki asiente y se aleja un poco para hacer la llamada que le tomó unos cuantos segundos. La orden fue dada y en ese momento sus hombres debían estar replegándose sin discusión alguna.

—No pienso irme sin ella. —masculla Kawaki ladeando el rostro— No vine hasta aquí para volver con las manos vacías.

—Y yo no pienso permitir que metas tus narices en asuntos que no te competen. —espeta Sasuke sin el más mínimo reparo— No eres parte de esta familia, ni siquiera deberías estar aquí.

El Uzumaki sonrió de medio lado para desconcierto de los más jóvenes, que al menos esperaban un expresión más seria de su parte.

—Habría venido por ella con o sin ustedes. —contesta Kawaki de la misma manera— Estoy aquí para buscar a Sarada, no la aprobación de cualquiera de ustedes.

—Adorable. —enarca una de sus cejas oscuras— ¿Tu prometida sabe que estás aquí detrás de otra mujer?

El tensión dentro de la cabina del avión de pronto se volvió asfixiante.

—No le rindo cuentas a nadie. —se encoge de hombros ante el silencio del antiguo capo— Ni pido permiso para hacer lo que me da la gana.

Sasuke estrechó los ojos, analizando su expresión estoica.

—¿Qué es lo que quieres escuchar? —le mira directamente a los ojos— ¿Quieres que admita que soy un imbécil? Bien, lo soy. ¿Quieres que diga en voz alta lo que siento por tu hija? Entonces espera sentado, porque nadie oirá esas palabras hasta que se las diga a ella primero.

Itsuki parpadea con incredulidad. Nunca lo había escuchado decir tantas palabras seguidas. Siempre pensó que él y sus hermanos eran intratables, bordes incluso, pero Kawaki estaba en otro nivel.

—No me agradas. —contesta Sasuke tras varios segundos de evaluarlo.

—No me importa. —replica Kawaki del mismo modo— La única opinión que me interesa es la de Sarada.

El mayor de los Uchiha no pudo evitar pensar que le recordaba un poco a él mismo. Aún así, no lo quería cerca de su hija.

—Mamá está al teléfono. —los interrumpe Itachi de un momento a otro y le pasa el móvil a su padre— Está alterada.

Sasuke frunce el ceño antes de llevarse el aparato a la oreja y al oír el tono tembloroso en la voz de su esposa supo que algo no iba bien.

—¿Qué pasa, principessa?

—Dime que encontraste a nuestra hija. —demandó saber de inmediato— Por favor, dime que está contigo ahora.

—No, no está aquí. —la desesperación en su mujer era casi tangible aún a cientos de kilómetros— ¿Por qué? ¿Qué sucede?

—Hay un chico aquí que dice haber conocido a nuestra hija...

—¿Y?

—Dijo que estuvieron juntos en un calabozo hasta hace unas semanas. —hace una pausa— Ambos siendo prisioneros de la mafia turca.

—No tiene sentido lo que me estás diciendo, Sakura, Itsuki recién habló con ella.

—Acaba de decirme el nombre del líder de los turcos, Sasuke... —dice con cautela— Es Kagura Karatachi.

(...)

—¿Mi familia sabe quién eres? —pregunta la joven en voz baja, viendo la ciudad volverse más pequeña desde la ventana del avión— ¿Por eso nos perseguían?

—Si no lo sabían, están a punto de descubrirlo. —responde mirándola de reojo evaluando su reacción— Code me informó que sus hombres cesaron el fuego, pero minutos después reanudaron la búsqueda.

—Debí suponer que tus amigos también son parte de esto. —suelta un suspiro, haciéndose un ovillo en el asiento acolchado del avión— España, Portugal y Grecia son tus aliados ocultos, ¿no?

—A grandes rasgos, sí. —afirma, tomando una frazada para cubrirla con cuidado— Pero ellos no tenían una rencilla personal contra los Uchiha como yo, simplemente decidieron apoyarme por los lazos que formamos con los años.

Sarada asiente suavemente comprendiendo su punto. Era exactamente la misma situación que con Boruto, Ryōgi y Shinki, no podía juzgarlos por querer apoyar a su amigo. En algún punto dejaba de tratarse de negocios y sólo quedaba la lealtad a los amigos y familia.

—¿Entonces fingieron ser amables conmigo para seguirte el juego? —enarca una de sus cejas oscuras, haciéndole sonreír a él.

—Sí, me estaban siguiendo el juego únicamente al no comentar nada al respecto... —ladea la cabeza hacia ella— Pero creo que genuinamente les caíste bien.

Tenían escasos diez minutos desde que abordaron el avión que los llevaría a Estambul. Shizuma decidió viajar en la cabina del piloto para darles mayor privacidad, así que en esos momentos se hallaban completamente solos.

—¿Cómo será a partir de ahora? —se endereza un poco para mirarlo también— Dijiste que no habría guerra, pero no mencionaste nada de una alianza.

—Esto no es un matrimonio por conveniencia, Sarada. —se encoge de hombros— No tiene que haber una alianza.

—Sí, bueno, preferiría que todos tus socios lo tuvieran claro. —comenta con sencillez— ¿Qué pensarán los búlgaros y los polacos?

—No creo que Yuino tenga problema, en especial ahora que su hijo decidió tomar el mando de los negocios. —murmura haciendo una ligera mueca— Los polacos son otro cuento. Estoy seguro de que tomarán nuestro compromiso como una traición.

Sarada se las arregló para subirse a su regazo a horcajadas, con la frazada aún rodeando su cuerpo y por extensión el de él. Los ojos de Kagura brillaron al verla envolviéndose a su alrededor sin reservas.

—Si voy a ser tu esposa debes asegurarme que no volverás a intentar nada contra mi familia. —pidió en un susurro tomando su rostro entre sus manos— Júrame que no habrá más engaños, ni planes a mis espaldas.

—No más engaños, ni planes ocultos. —cedió perdido en la belleza que irradiaba— Lo juro. ¿Alguna otra petición?

Ella acercó los labios a los suyos.

—Tengo unas cuantas más. —sonríe con suspicacia— Como mis clases privadas en avioneta.

—Trato. —coloca un mechón de cabello detrás de su oreja— ¿Qué más?

—Un estudio en casa para practicar ballet. —añade ella— La gira empieza dentro de poco y necesito ensayar.

—Puedes tirar la casa hasta los cimientos y rehacerla a tu gusto. —roza sus labios con los suyos— ¿Algo más?

—¿Deberíamos dar una fiesta de compromiso? —hace una mueca— ¿Es realmente necesario para los miembros de tu organización?

—No lo había pensado... —comenta el rubio frunciendo el entrecejo— Pero sería una buena oportunidad para presentarte como mi prometida.

—No quiero nada mediático. —sacude la cabeza— Me gustaría que sea algo privado.

—Como tú prefieras. —vuelve a asentir, acariciando su mejilla— ¿Sigues con la idea de decírselo a tu familia hasta el último momento?

—Si quieres que haya una boda, sí. —se encoge de hombros— Podemos programar la ceremonia dentro de un mes.

Él estrecha los ojos.

—¿Qué planeas?

Sarada sonríe con complicidad y le planta un beso corto en los labios.

—Lo inesperado.

Kagura sonrió de medio lado sin poder evitarlo y se separa un poco de ella para meter la mano en el interior de su saco y dejar frente a ella la pequeña cajita de terciopelo.

—Había otra razón para venir hasta aquí. —confiesa mirándola fijamente— Quería buscar esto para ti.

Sarada abre los ojos completamente conmovida mientras él abre el cofre con movimientos premeditados y le muestra un impresionante anillo de oro con un zafiro de al menos doce kilates en el centro y diez pequeños diamantes rodeándole por fuera de manera circular.

—Era de mi madre. —explica con suavidad, tomando la mano femenina y deslizándolo en el pequeño dedo de su prometida— Te queda perfecto.

—Es precioso...

—No puedo pensar en nadie más que me haga querer dárselo. —susurra observándola fascinado— ¿Serás mi esposa de verdad, Sarada Uchiha?

—Sí. —sonríe ella deslizando sus manos por su pecho y tomando su rostro con actitud posesiva— Seré tu esposa.

Entonces cerró el trato con un beso. Uno que terminó con final feliz.

(...)

—¿Quién es el chico? —pregunta Kaede en voz baja sin dejar de mirar el pasillo que conducía al estudio— ¿Qué está pasando? Me estoy poniendo de nervios.

—¿Por qué Kawaki y Boruto si pueden estar allí dentro? —exclama Himawari inconforme con la situación— Han estado metidos en el estudio desde que llegaron de Atenas hace veinte minutos.

—Estoy preocupada por Sarada... —susurra Namida en un hilo de voz— Presiento que todo esto tiene que ver con ella.

La mirada zafiro de Himawari se desvió por un momento hacia el grupo de hombres del otro lado del vestíbulo y no pudo evitar detallar a Shinki. Llevaba puesta la elegante camisa blanca arremangada hasta los codos y el nudo medio flojo de la corbata oscura alrededor del cuello.

Él hablaba en voz baja con Ryōgi de algo que parecía ser bastante serio, al parecer ellos no estaban muy ajenos a la situación.

Mientras tanto, dentro del estudio, todas las miradas se encontraban puestas en la misma persona. El hombre de cabellera desordenada y ojos oscuros se removió nervioso en su asiento al sentir el escrutinio exhaustivo de tantas personas.

—Sigues sin responder mi pregunta. —espetó el antiguo capo con rudeza— ¿Quién demonios eres?

—Lo lamento, no puedo decírselo, señor. —agachó la cabeza mientras se acomodaba sus gafas— Sólo le pido que crea todo lo que le estoy diciendo.

—Empieza de nuevo. —pide Itsuki con mesura— Esta vez no te saltes ningún detalle.

—Ella... —tragó saliva— La trajeron a mi celda cuando yo recién cumplía mi cuarta semana en cautiverio, Sarada ya tenía nueve semanas allí y su estado era... deplorable, llevaban torturándola por mucho tiempo y aún así la obligaban a pelear en esa fosa...

Hizo una pausa para buscar las palabras adecuadas, pero concluyó que no había manera de suavizar lo que diría a continuación.

—La mayoría de prisioneros eran obligados a pelear a muerte entre ellos mismos para diversión de los guardias. —hace una mueca— A ella la llevaron después de una pelea, pero no la trataban igual que a los otros, eran aún más crueles...

—No pudo ser mi hermana. —interviene Daiki cruzándose de brazos— Ella no parece ser prisionera de nadie.

—¿Está libre ahora? —pregunta el chico levantando el rostro sorprendido— Eso no puede ser posible, habría intentado comunicarse conmigo.

—¿Y por qué tendría que hacerlo? —habla Kawaki en tono mordaz— Eran compañeros de celda, no mejores amigos, eso suponiendo que lo que dices es real.

Los labios del chico se convirtieron en una fina línea y entonces su mirada se centró en el hombre sentado detrás del escritorio.

—Es usted Sasuke Uchiha, ¿cierto? —cuestiona, ganándose un simple asentimiento de cabeza— ¿Puedo hablar con usted a solas?

—Todos aquí somos familia de Sarada... —intentó replicar Itachi, pero una mirada de su padre fue suficiente para silenciarlo.

—Salgan. —ordenó el antiguo jefe de familia.

—Usted también puede quedarse, señora Uchiha. —se dirigió a la pelirrosa— También es su hija, después de todo.

Los cinco hermanos, incluyendo a Daisuke, que se había mantenido en silencio todo ese tiempo finalmente salieron del estudio después de que los hermanos Uzumaki también lo hicieran. Todos lo suficientemente consternados para siquiera decir algo durante los siguientes treinta minutos.

—No puede ser ella, ¿verdad? —rompió el silencio el más joven de los Uchiha— Debe estar confundiéndose de persona.

—No creo que alguien pueda confundir a Sarada así como así. —contesta Itsuki con seriedad— Pero lo que está diciendo sigue sin tener sentido. No puede ser prisionera de la mafia turca y al mismo tiempo estar de romance con el líder.

—¿Adónde vas? —pregunta Boruto en voz alta al ver a su hermano emprender el camino a la salida.

—A incinerar Turquía hasta que me la devuelvan. —anuncia Kawaki sin mirar atrás— No voy a quedarme aquí a perder más tiempo.

—Ni se te ocurra hacer algo estúpido. —exclamó Daiki haciendo que se detuviera al final del pasillo— No sabemos si nuestros ataques pueden perjudicar su situación, debemos actuar con mayor cautela a partir de ahora.

—¿Podrían estar manipulándola? —opina Daisuke— Mi hermana no permitiría que la obliguen a hacer algo que no quiere...

—Eso es lo más inquietante. —declaró Itachi con una mueca de disgusto— Es como si no fuera consciente de todo lo que está pasando a su alrededor...

Se quedaron callados un par de segundos hasta que un sollozo proveniente del interior del estudio cortó el silencio y les hizo mirarse los unos a los otros.

El llanto desconsolado de la matriarca Uchiha hizo eco en las paredes del pasillo provocándoles un estremecimiento instantáneo.

¿Qué fue lo que sucedió con Sarada para que Sakura Uchiha se lamentara de esa manera?