Capítulo 4

Eddard Stark

Desde que Lady Haddock llegó a su puerta con un dragón, Lord Stark entendió que existía una gran posibilidad de que la Araña ya lo supiera, o lo haría más temprano que tarde. Recordaba bien al Maestro de Espías, el gordo eunuco que susurró cada palabra al oído de Aerys y ahora hacia lo mismo con su amigo.

Conocía a las personas de su castillo, ellos lo respetaban y le eran leales. Al igual que los ciudadanos de Wintertown. Nadie en los alrededores de Winterfell sería jamás uno de los espías de Varys. Tristemente, no podía decir lo mismo de las personas fuera de su hogar, fuera de sus ojos conocedores.

Las personas del norte eran severas, no se rebajarían a ser marionetas para un gordo del sur. Sin embargo, las palabras viajaban y se compartían a gritos en las tabernas o entre sirvientas.

Por lo tanto, ahora que tenía en sus manos la carta de Jon Arryn, su querido padre adoptivo, Ned entendió que todo el consejo de Robert sabía de la existencia de los dragones. Una parte de él se alegró que el sur sufriera sus mismas "plagas". No sentía que lidiaba solo contra los nuevos "tormentos" de Poniente; un peso menos sobre sus hombros.

Podía leer entre líneas. En su cabeza, cada frase que había en el papel se concordaba con lo que diría Robert. «Hemos oído sobre su nueva compañía, una mujer que se dice monta un dragón. Necesitamos conocerla. Debes venir lo más rápido que puedas a Desembarco del Rey». La escritura de su padre adoptivo se sobreponían con los gritos de su amigo: «¡Trae tu culo a la Fortaleza Roja ahora! ¡Tienes una puta dragón contigo! ¡Le aplastare la cabeza con mi martillo!»

Jon siempre fue la voz de la razón. Robert, una tormenta furiosa digna de la tierra que lo vio nacer; en ese estado, Jon lograba manejarlo más no suprimir su ira.

El mensaje de la mano contó más. Una bestia que masacró guerreros en las tierras de Lord Rosby. Incluso antes de terminar la carta, que reveló al ser como un dragón, el Guardián del Norte ya lo sabía. Aun así, no previó el grado de destrucción que esa "plaga" causó; los únicos sobrevivientes llegaron a temerle a la oscuridad, los árboles, las rocas, incluso sus propias sombras.

La guerra podía hacerles eso a los hombres, pero Ned nunca oyó algo similar al terror que describió Jon Arryn con sumo detalle. Una parte de su corazón pesó por Lord Rosby, por los hombres que murieron a manos de "esa bestia".

Por lo tanto, hizo llamar a Lady Valka, quien en este momento golpeó su puerta y entró con seguridad. La charla sería difícil; bien encontraría más seguridad en hablar con Ser Arthur Dayne hace años y pedirle permiso para cortejar a su hermana.

—Lord Eddard. ¿Pidió verme? —La domadora de dragones se inclinó con delicadeza, habló con suavidad.

A Ned todavía le costaba procesar las similitudes que existían en Valka y su esposa. Puede que fueran similares en rasgos físicos, cabello, piel y pómulos, pero no había duda en que si por personalidad se refiere, las diferencias de ambas se compararían con los dioses antiguos y los nuevos dioses.

Valka Haddock no podía ser más errática en emociones y expresiones; podías verla con una sonrisa todo el tiempo que cambiaría a un atroz ceño fruncido con un suspiro. Cambios bruscos, un alma libre cuan fuego furioso que consumiría a todos a su alrededor con su brillo.

En ocasiones, veía a Jon reír con Valka y su mente lo traicionaba. En lugar de ver a la domadora, estaba su esposa y sonreía con su sobrino. Un delirio inútil pero demasiado hermoso.

Desestimo esos pensamientos e hizo un leve gesto con la cabeza. Al tomar su aprobación, Valka Haddock se sentó delante.

—Quiero compartir contigo el contenido de esta carta —Ned extendió sobre su escritorio el mensaje de la mano del rey, golpeo con su dedo el sello real—. Es de Jon Arryn, proviene de Desembarco del Rey. Él es el hombre que habla con la voz de su gracia, Robert Baratheon, Primero de su Nombre.

Valka asintió en silencio, una ceja alzada el único cambio en su rostro. Curiosa, más no demasiado interesada. Una reacción normal para un extranjero, alguien quien nunca oyó del rey de Poniente.

Con un suspiro, dio un breve resumen de la carta.

El aprendizaje de Lady Haddock seguía en manos del maestre. Según Luwin, ella luchaba con las letras pero mejoraba gratamente; él aseguró que tenía su propio alfabeto, algo que tuvo la bondad de compartir. Formas similares a las runas antiguas pero de un conjunto más amplio y complejo.

Poco a poco, mientras continuaba con el relato de Jon Arryn, la tez de Valka perdió el color. Sus manos jugaban entre sí, se apretaban conforme la historia avanzaba a la vez que sus dedos se entrelazaban. Al nombrar al dragón muerto, ella se clavó las uñas en la piel. Con el relato terminado, la mujer se levantó de su silla, caminó varios pasos con el rostro oculto en sus palmas.

Ned no sabía que ocultaban esas manos. ¿Ese rostro que siempre traía una sonrisa en presencia de Jon estaría manchado por la ira? ¿Quizá la tristeza la abrumaría? Lady Haddock demostró ser una mujer demasiado emocional si los dragones se nombraban en una conversación.

Ciertamente, la confusión arrugó aún más su rostro cuando ella regresó a la silla y cayó sentada. La forma en que sus piernas estaban juntas, casi desmayada en su asiento con una respiración demasiado suave. Se veía agotada, con unos labios temblaban cada pocos instantes y amenazaban con romperse, ya sea en gritos o palabras.

—¿Estas enojada?—preguntó Lord Stark con calma.

—He estado enojada por mucho tiempo, Lord Eddard... —Valka rio con sequedad. Sus ojos estaban secos, no humedecidos como él esperaba—. Llegue al punto donde después de que toda esa ira me abruma… ya no queda nada que la siga. Con honestidad, no sé qué es peor.

Sus palabras resonaban con la verdad. Ned podía ver, entender esa mirada en Valka. El vacío en sus ojos verdosos, el resultado de estar tan enojado por la misma razón tantas veces que en un momento, lo que prosigue de esa furia es la nada misma.

—Lady Valka… según lo dicho por Lord Rosby, ese dragón robó animales de las granjas. La gente pensó que era una jauría de lobos, leones incluso —proclamó Eddard con ojos serios. Defendería el actuar de Rosby; en su juicio, él no hizo nada malo—. Un grupo de caza fue a exterminar las plagas, ellos no regresaron. Con mayor amenaza, Lord Rosby envió unos caballeros que buscaban gloria y ofreció monedas a cualquier plebeyo que fuera voluntario: de cincuenta hombres, treinta y cuatro murieron, diez perdieron extremidades y los seis restantes enloquecieron; jamás volverán a ser los mismos.

—¿Espera que defienda al dragón o a los humanos?

—Espero saber que piensa.

—Pienso lo que siempre he pensado: malos dragones hacen malas acciones, malos humanos hacen malas acciones.

—Los "malos humanos" eran campesinos y niños de verano —Eddard frunció el ceño—. Hombres mayores que deseaban más para sus familias. Jóvenes verdes que buscaban hacerse un nombre en sus pueblos, impresionar a un señor, ganarse el derecho a un futuro mejor. Ese dragón les arrebato eso.

—Así como ellos le arrebataron la cabeza. ¿Eso significa que están a mano?

Eddard suspiró y apretó su nariz. Ahora relucía esa personalidad ardiente y descarada de la que Catelyn tanto se quejaba.

—Mi esposa me habló sobre sus planes. Quiere crear un nido aquí. Eso es imposible.

—Solo es imposible si usted permite que sea imposible —Valka casi saltó de su silla, posó sus manos en su escritorio y lo miró con ojos demasiado determinados—. Teme lo que le suceda a su gente, las buenas personas de Winterfell y Wintertown, lo entiendo. Yo no permitiré que ningún daño les pase, yo me asegurare que ningún dragón le haga daño a nadie. Solo tienen que estar dispuestos a esforzarse conmigo.

—Lo que sucedió en las tierras de Rosby fue trágico. Pero fue solo un dragón, un simple dragón que asesinó a muchos inocentes. ¡Y usted quiere crear todo un nido aquí, en mis tierras, para llenarlo de sus bestias!

—¡Solo son bestias porque ustedes, humanos, responden igual!

En raras ocasiones recibía un trato así. Pocas veces los criminales, bandidos, violadores, ladrones, malvivientes, tenían las agallas para maldecirlo y gritarle al sostener a Hielo e impartir la ley del norte. La mayoría de las veces ellos suplicaban clemencia o se arrojaban al negro.

Ahora Valka le habló así. Fue extrañamente refrescante.

—Su hijo, Jon… él es diferente a eso —Eddard se erizó por esas palabras—. Permíteme demostrar que Jon es como yo. El será mi alumno, aprenderá todo de mí y sabrá que hacer en caso de problemas con dragones.

—Jon es solo un niño —replicó Ned con un ceño fruncido—. No lo someteré a tal peligro.

—Lord Eddard, en mi aldea niños más jóvenes que Jon ya aprenden de dragones —Valka rio. Su sonrisa exudaba partes iguales de pena y sarcasmo—. No tienen ni cinco años cuando comienzan a ayudar en las redadas con los incendios, las evacuaciones, llevarse a los heridos… Jon… Jon es natural, lleva los dragones en la sangre, en su alma. Puedo sentirlo.

Lord Stark apretó los puños. «Promételo, Ned», «Promételo, Ned», «¡Promételo, Ned!». Esas palabras eran cuchillos, se clavaban en sus orejas y sus silabas hervían sus venas.

—No —susurró Ned con un ceño fruncido—. Jon no tendrá nada que ver con dragones. ¿Quieres impartir tus conocimientos? Estoy de acuerdo, debes hacerlo si deseas quedarte en Winterfell. Pero no Jon. Elige a otro.

La dama Haddock permaneció silenciosa por varios segundos. Sus ojos le devolvieron la mirada, muchos brillos centellaron en esos orbes de color bosque. Con lentitud, se levantó de la silla y retrocedió unos pasos, todo sin dejar de mirarlo.

—Temo que eso será difícil. Cometí el error de preguntarle primero a Jon, él estaba muy… muy feliz por mi oferta —Había amargura en sus palabras. Un destello de soberbia, casi veneno—. Yo no pienso decepcionarlo, no como otros. No voy a decirle las razones por las que deberé tomar otro estudiante. Ese tendría que ser usted, ¿no? Su querido padre.

Sus dientes podrían romperse en su boca por la forma en que los apretaba. Dolía, una sensación incomoda. Robert una vez dijo que su hermano menor, Stannis, tenía esa misma afección pero a un grado que todos podían notarlo y escucharlo. Si el Lord de Dragonstone lidiaba con la frustración así, no había duda que su mandíbula se rompería.

Su aliento murió en sus labios, se deslizo en su asiento por el cansancio que inundó su cuerpo.

De todas las palabras, tuvo que elegir esas: «lleva los dragones en la sangre». Lady Valka no sería capaz de entender lo acertada que estuvo en su afirmación. Una broma cruel que el fantasma de Lyanna podría haber dicho a través de esos labios. Su hermana lo frustraba hasta la muerte y ahora Lady Haddock lo hacía igual; una escapándose con su melancólico príncipe plateado y la otra poniendo sus límites a prueba.

—«Cualquiera menos Jon. Cualquiera menos él» —La vida de su sobrino estaba en juego. La muerte lo reclamaría con un martillo si asociaban a su niño con dragones— «Robb tampoco. Catelyn jamás lo permitirá»

Por mucho que le desagradara, tal vez debía usar a uno de los hijos de sus vasallos para que Valka lo tome como estudiante. Un segundo hijo, el tercero sería lo ideal, prescindible en caso de que muera por los dragones, bien recompensado si toda la locura sale bien.

Obviamente no podía permitir que ese chico muera, pero era la mejor solución que tenía disponible.

—Jory —Alzó la voz para su guardia fuera lo oyera y entrara. Cuando lo hizo, apretó los dientes—. Busca a Jon. Dile que quiero verlo.

La peor parte vendría ahora.

Astrid Hofferson

En este momento, la cueva en que se refugiaban se parecía demasiado al gran salón de Berk en mitad del invierno. Calidez rebosante, un olor a carne a medio cocinar y charla, alegres palabras.

No dejaron de hablar en ningún instante. Podría ser estúpido, pero Astrid no se cansó de escuchar las historias que salían de la boca del herrero de su pueblo. Ya las conocía, mucho de lo que escuchaba eran en verdad aventuras que ella misma había vivido. No obstante, sin importar que ya sabía todo lo que Bocón iba a decir, había una extraña sensación de alegría y felicidad por cada risa que le sacaba.

El alivio de saber que su soledad terminó, el gozo de compartir palabras con un gran amigo que antes creía muerto.

—¿¡Y-Y recuerdas los gemelos?! ¡En el Día de Loki de hace dos años! ¡Los pequeños idiotas hicieron bombas! ¡Bombas de plumas, estiércol de yak, estiércol de dragón, obras de arte! ¡Como si ellos fueran Sindri y Brook con su forja mágica! ¡Las colocaron en puntos estratégicos por todo Berk! ¡El gran salón, casas, mi taller, las granjas, hasta en la casa de Estoico!—Bocón carcajeaba y palmeaba su muslo. Su voz hacía que Gruñón se sacudiera en su sueño— Ohh… dioses. Si tan solo usaran ese ingenio, ese talento, para las batallas, ellos serían el azote de Tyr en la tierra.

Esa palabra hizo morir la sonrisa que se extendía por sus mejillas. Antes le dolía la cara por sonreír, ahora no podía encontrar la fuerza para mantener ni una mueca. En cambio, clavó su vista en la carne sobre las llamas.

Sintió una respiración en sus cabellos, luego un conocido hocico que se restregó en su nuca. Tormenta, tal vez sentía su inquietud o se aburrió de cerrar los ojos. Por otro lado, Púa Oscura se acostó a su lado, disfrutaba de la quietud y el descanso.

—¿Por qué no seguimos hablando? —La voz del herrero sonó suave—. Vamos, cuéntame sobre quien se lo propuso a quien. Siempre tuve curiosidad —El gran hombre se inclinó, sonrió con aire cómplice—. No se lo digas a Hipo. En la aldea muchos hicieron apuestas. Yo aposte que tú se lo propondrías porque te cansaste de esperar. Por Hel, ya veía el día en que tú lo arrastrarías al altar.

Astrid no pudo evitar reír. Su alegría se contagió a su amiga, quien se sentó a su lado con un movimiento entusiasta de alas.

—Lamento decepcionar. No, no lo lamento —Astrid no reprimió sus labios, los dejó extenderse en una enorme sonrisa arrogante. De hecho, metió la mano en los pliegues de su túnica para sacar un medallón de bronce—. Todos ustedes, idiotas que apostaron que yo propondría primero, perdieron… Yo también perdí. Planeaba hacerlo, pero él me gano.

—No... —Bocón tragó saliva. Casi dio saltitos aún sentado—. ¿Cómo? ¿Cómo fue? ¿Él lloro? ¿Lloraste? Apuesto que lloro.

—N-No llore, claro que no —Astrid no gritó, más casi chilló mientras sus dedos jugaban con el collar. Su mirada estaba baja—. Él… estaba serio. Nunca lo había visto tan serio en toda mi vida.

—Felicidades, mi dulce niña —Bocón tenía la sonrisa más amplia que había visto en su vida—. Sabía que iban a comprometerse. Todos en la isla lo sabían. Pero que él lo haya hecho… que él haya dado ese primer paso… me llena de orgullo. Estoico sentiría lo mismo, estoy seguro.

—Era de Valka, ¿sabes? —comentó Astrid con suavidad—. Antes de ser mío, era de ella. Estoico se lo dio a la mujer que amaba en su propuesta. Hipo hizo lo mismo.

—Valka... —susurró el herrero rubio con lentitud—. ¿Crees que ella también…?

—Es posible, muy posible.

—Entonces Hipo... y todos...

—Hipo también está aquí. Es obvio que está aquí. Solo hay que encontrarlo, igual que los demás —La prometida Haddock casi gruño sus palabras, sus ojos encendidos con la rabia apenas contenida—. Encontraremos a nuestra gente, a todos, hasta el último de ellos.

—Cuando hablas de encontrar, ¿implicas a Drago Bludvist en la misma oración?

Astrid se erizó ante ese nombre, un escalofrió que recorrió su columna como el aliento de un espectro.

—Por mi ese bruto demente puede quedarse muerto donde quiera que esté.

—No está muerto. Él estaba con nosotros cuando los Bifrost cayeron.

—Bocón, Hipo clavó una espada en su pecho, está muerto. Fin de la discusión.

—Por los dioses, niña…

—¡Deja de meter a los dioses en esto!

Ese grito inquietó a cada dragón en la cueva. Los tres miraron a la mujer, paralizados por su repentina ira, casi temerosos por verla de pie e iracunda. Las espinas de Tormenta se tensaban en claros nervios, Púa Oscura la miraba con los ojos bien abiertos y Gruñón estaba despierto. En cambio, Bocón la observaba con parpados estrechados.

—Deja de meterlos en esto... —Astrid no dejó al herrero hablar—. Ellos… nos metieron aquí, sin razón ni explicación. Acabaron con nuestro hogar, no pienso agradecerles nunca más, ni por el aire que respiro ni por la luz que siento en mi piel.

—¿Entonces? ¿Te convertirás en una hereje? —Un ceño fruncido nació en el rostro de Bocón—. ¿Niegas tus propios dioses? ¿Niegas tus propias raíces?

—Por si lo olvidaste, desde hace tiempo hemos negado muchas cosas en Berk —La mujer guerrera respondió con una sonrisa cortante—. Cambiamos nuestras raíces al tomar dragones. Yo otra vez cambio mis raíces al negar a los dioses.

—¡¿Por qué?! ¡Astrid, ¿por qué?! —el gran hombre se levantó de un salto, su cuchillo señaló a su compañera jinete—. ¡¿Negaras también sentir a Thor en el cielo cuando golpea su martillo!? ¡¿Negaras sentir a Frey y Freya cuando nos bendicen con buenas cosechas?!

—¡Ellos nos quitaron Berk! ¡Nos quitaron nuestro hogar, nuestros amigos! ¡Me quitaron a Hipo! ¡Dime porque!

La incomodidad de los reptiles alados palpaba el aire en la forma de gruñidos y aleteos. Ellos parecían no saber si consolar a sus jinetes o escapar. Por su lado, Bocón apretaba su único puño disponible y sus dientes se apretaban en su boca.

Astrid no creyó que volvería a sentir tanta frustración y odio. La última vez que padeció algo de escalas similares fue cuando comprendió que Hipo escondió a Chimuelo del pueblo. Obviamente, esa rabia desapareció al descubrir la verdad de los dragones, pero en esos momentos, de verdad quería matar a su prometido por ser un perjuro a sus creencias.

—¿Y bien? Dilo, Bocón. Tú que entiendes a Gothi. ¡Tú que comprendes a los dioses! ¡Dime, ¿porque Thor lanzó su martillo contra las islas!? ¿¡Por qué Loki libero a sus bestias en nuestras tierras!? ¿¡Por qué Odín no hizo nada ni envió a sus valkirias para ayudarnos!? ¿¡Por qué Drago nos quitó todo y ellos no hicieron nada para detenerlo, sino que lo ayudaron!?

—No lo sé —su respuesta salió cansada. El herrero cayó sentado en su tronco y quedo con la mirada baja—. No lo sé, niña...

Puede que volvieran al silencio pero Astrid no se permitió cambiar su mirada. Siguió con ojos como dagas, clavó su vista en Bocón. Quería una respuesta, deseaba una respuesta y su descaro era la única forma de obtenerla. Podía ser una niña que por primera vez desafía a sus padres sobre una cuestión que sabe tiene razón.

Al no obtener nada, la dama Hofferson cayó sentada pero no disminuyó su mueca. Permaneció con la mirada en el herrero.

—Vamos a encontrar a nuestra gente. Ellos están aquí —Sus ojos eran dagas. Su voz, aliento de dragón apunto de exhalar su fuego—. Si por casualidad, encontramos a Drago Bludvist, terminare el trabajo de Hipo. Luego, veremos cómo proseguir.

Sin vacilación alguna, la jinete de Nadder sacó una daga de su bota y cortó trozos de carne. Arrojó algunos a sus dragones, el restante quedó en la punta. Mordió la carne, sin dejar de mirar al silencioso herrero.

—Astrid… si fueron ellos los que nos enviaron aquí… tuvieron sus razones —El guerrero rubio alzó la vista, su ceño fruncido impidió que la joven guerrera lo contradijera—. Tal vez tengas razón. Ellos causaron toda esa destrucción, pero tal vez… solo tal vez… nos enviaron aquí para salvarnos.

—No me importa que quisieran hacer o porque estamos aquí. Ya estamos aquí, tenemos que vivir con eso —suspiró Astrid al apretar su nariz. A su vez, sus dientes crujieron por la fuerza con los que apretaba su mandíbula—. Lo que me importa es porque. Porque tuvieron que hacer eso. Porque destruyeron nuestro hogar.

—¿El Ragnarök?

Esa palabra erizó la piel de Astrid, desde los vellos en sus piernas hasta los nervios en su nuca. Inconscientemente, cambio el agarre en su cuchillo.

—Imposible. Eso no era el Ragnarök.

—¿Por qué no?

—No hubo Fimbulvetr, el invierno de los inviernos, las estrellas no desaparecieron ni el sol no se volvió negro.

—Pero si hubo grandes temblores. Tú los viste sobre Tormenta, con Hipo a tu lado —proclamó Bocón con lentitud. Sus ojos estaban posados en las llamas—. Las montañas caían bajo su propio peso. Islas enteras desaparecían de la noche a la mañana, Jörmundgander se retorcía en las profundidades del mar; Abono y Cubeta apenas podían llevar barcos a la pesca, cada uno se hundía por la furia de la serpiente de Midgard.

—Pero no hubo gigantes. ¡No hubo batalla! ¡Fernir no lucho contra Odín! ¡Los Aesir no cubrieron los cielos ni Surtur quemó el mundo!

—Porque nosotros no los vimos. Quizá los dioses nos salvaron de su batalla final, nos enviaron aquí.

Nuevamente, el silencio atrapo a ambos humanos. Los dragones observaban a sus dueños, sin posibilidades de calmarlos. Astrid se sintió como una niña, pequeña y furiosa frente a su tío Finn quien relataba una de sus historias que bien podrían ser mentiras o exageraciones.

¿Quizá había verdad en las palabras de Bocón? ¿Ellos los salvaron antes de que comenzaran las grandes catástrofes?

—«Imposible. Si nos hubieran salvado, ellos tendrían la decencia de mantenernos juntos. Son dioses, ¿qué les costaba hacerme despertar con Hipo, con los gemelos, o con Patán o Patapez?» —Astrid bufó y arrojó un trozo de hueso a las llamas— «Solo somos su juego. Ahora están ahí arriba, riéndose de nosotros los muy desgraciados»

Hubo un tiempo donde ella amaba a los dioses, como cualquier mujer u hombre de Berk. Partes integrales de su vida; rezar por una buena cosecha, rogar por un seguro viaje, pedir una bendita unión. Ahora ya nada importaba. Si los dioses podrían arrebatarle su vida con impunidad y por motivos de vanidad, ya no serían sus dioses.

Jon Snow

La sangre tapó sus oídos. Fue increíble lo rápido que se quedó sordo en presencia de su padre.

Una sensación caliente; recordó la vez que Jeyne Poole le dijo que era lindo y se sintió tan avergonzado que no escuchó nada más después de eso. Esta vez, en lugar de sentir vergüenza o alegría, el frio lo inundó desde la punta de los pies hasta cada hebra de sus cabellos.

Usualmente, que Lord Stark lo llamara lo llenaría de partes iguales de alegría y temor. Ya sea porque su padre quería hablar con él o porque hizo algo que digno de una reprimenda. Él nunca lo castigó a menos que en verdad lo mereciera. La septa y Lady Catelyn se aseguraban de buscar excusas para hacerlo, ya sea que golpeó a Robb muy fuerte en el entrenamiento, que distraía a Sansa, que espantó a los caballos, que distraía a los guardias, etcétera.

Jamás llego a imaginar que su padre llegaría a invocar las sensaciones que le provocaban esas mujeres. El picor en sus venas, ardor en sus ojos, la llana impotencia.

—Perdón, padre… no lo escuche muy bien. ¿Podría repetir?

—He dicho que Lady Haddock debe tomar otro aprendiz. Jon… no puedes ser tú.

El bastardo tragó. Un acto tan incómodo que en lugar de saliva, podrían ser piedras las que bajaran por su garganta.

—¿Puedo preguntar quién lo será?—Jon habló vacilante. Sus palabras se sobrepusieron con sus pensamientos, no sabía si los gritaba en voz alta— «Por favor, no Robb. Por favor, no Robb. Por favor, ¡no Robb! ¡Por favor, por favor, por favor, no Robb!»

—Cuando lleguen mis abanderados, hablare con ellos sobre la nueva… "situación" en los reinos —relató Eddard con lentitud, sus ojos estrechados pero suaves—. Discutiremos mucho. Ahí le pediré que me entreguen uno de sus hijos para convertirlo en el pupilo de Lady Haddock, un tercer hijo que pueda aprender de ella. Sé que Lord Rickard Kartstark tiene un tercer hijo, Eddard Karstark, él sería buena opción.

Un hijo legítimo, un tercero pero verdadero nacido al fin y al cabo. No como él, un bastardo cuyo único error fue nacer del lado equivocado de las sabanas.

—¿Esta seguro que es buena idea, padre? —Jon mordió el interior de sus mejillas, sus dedos apretaron los lados de la silla donde se sentó—. Muchos lores perdieron seres queridos en la rebelión, peleando por su gracia, Robert, contra los Targaryen. Puede que para ellos, Lady Valka sea una Targaryen, sin importar que tanto lo niegue.

—Quienes vean a Lady Haddock y piensen en los dragones que antes nos gobernaban, son tontos incapaces de ver más allá de sus narices, negados a ver el frio que ya les ha congelado los dedos —Una extraña frialdad se apoderó de los ojos de su padre, una dureza acompañó su voz—. Si mis abanderados son ciegos, me asegurare que recuperen la visión; sino, pondré a alguien que vea por ellos.

Jon no logró esconder el asombro que invadió su rostro, aunque pudo reprimirlo tras unos instantes. Su silencio fue suficiente respuesta, ya que Lord Eddard volvió la vista a su escritorio.

Ninguno dijo nada. Jon deseaba con todas sus fuerzas hablar y, al parecer, su padre podía sentir eso. ¿La razón? Aún no le pidió que se retirara de su solar.

Incontables preguntas surcaron su cabeza. «¿Por qué no yo? ¿Por qué nunca yo? ¿Por qué Eddard Karstark si? ¿Por qué me rechazas otra vez?». Eran como clavos, pedazos afilados de hierro que martillaban su cráneo. Recupero su valor y consiguió hablar cuando su padre separó los labios.

—¿Es porque soy un bastardo?

Su padre se estremeció pero a Jon no le importo. El joven niño permaneció en silencio, observó a su padre, cada mueca que formaba su rostro alargado y maduro, tan similar pero diferente al suyo.

—No, Jon. No es por eso.

—¿Entonces qué es? —Al no obtener respuesta, Jon clavó sus uñas a la madera de su silla— ¿Por qué Eddard Karstark, tercer hijo de Lord Karstark, puede ser pupilo de Lady Valka y no yo?

El suave viento golpeaba las ventanas de la sala. Susurros de los dioses antiguos, quienes ocupaban el vacío que Eddard se negaba a llenar.

—Es peligroso. Si un accidente ocurre, me niego a que salgas lastimado.

—¿Entonces quieres que otro niño sea arrebatado de su familia, acogido en Winterfell, puesto frente a un dragón para ser incinerado?

—No es eso lo que dije.

—Pero así lo ves, ¿no?

—Jon —La advertencia estaba clara en su tono ahora duro. La suavidad que antes colmaba su voz se desvaneció—. No respondas, solo escucha. Me niego a que salgas lastimado de ese "entrenamiento de dragones".

—Pero estas dispuesto a que otro niño salga lastimado. —Jon no le había respondido abiertamente a su padre ni una vez en su vida, nunca fue tan irrespetuoso como ahora—. Si es eso lo que te preocupa, debería ser yo. Soy prescindible, a diferencia de uno de los hijos legítimos de Lord Karstark.

—¡No eres prescindible, eres mi hijo!

—¡Soy tu bastardo!

Lord Stark se levantó de la silla con su grito, Jon Snow se quedó sentado. Ambos se miraban, Jon sin contener más el brillo de las lágrimas que invadió sus parpados. Parpadeó con fuerza, se negó a que su padre viera su debilidad, su desesperación.

—Eres mi hijo… No tienes mi nombre, pero si mi sangre —La voz de Lord Stark podría ser poco más alta que un susurro, una brisa de viento helada que logró apagar parte del fuego de Jon—. Me niego a permitir que una de esas bestias se te acerque más de lo necesario. Si por mi fuera, esa mujer no tendría lugar aquí, pero ella te salvo. No solo te salvo, es la única que puede ayudarnos a sobrellevar esta plaga. Por eso, se queda aquí y por eso, uno de los hijos de Lord Karstark o algún otro será su pupilo.

Con ese final, volvieron al silencio. El fuego anteriormente calmado comenzó a resurgir. Jon se levantó de su silla, miró a su padre con dientes apretados y hombros temblorosos. Bajó la cabeza, se inclinó ante su Lord para que él no viera como ya no contenía las lágrimas.

—Por favor… se lo suplico, Lord Stark —murmuró con dificultad—. Lady Valka ya accedió a tomarme como su estudiante... Si es el daño lo que le preocupa, prometo no hacer nada que me ponga en peligro, prometo que cada día te contare lo que ella me enseño… Por favor, padre. Por favor.

Su vista caía sobre el suelo del solar, piedra gris que se veía borrosa a causa de las lágrimas. Mientras el tiempo pasaba, débiles gotas llegaron al piso.

—No te lo permito.

No deseó oír más palabras. Se volteó en un instante y caminó con pasos duros hacia la puerta. Tal vez su padre lo llamaba, más no le importaba. Toda llama de furia se helo y se convirtió en hielo puro, algo que le quemaba el corazón.

Atravesó guardias, sirvientes, quien sea que se metiera en su camino, para huir al bosque de los dioses. Jadeó al llegar, el aire quemó en su garganta y sentía que estallaría en sollozos en cualquier momento. No recordaba sentirse tan dolido por un rechazo de su padre, incluso cuando pidió acompañarlos al castillo Cerwyn y él se negó.

Odiaba el rechazo, pero le repugnaba aún más llorar por ello. Hace solo horas, el bosque de los antiguos dioses se transformó en su lugar favorito en el mundo porque Lady Valka proclamó convertirlo en su estudiante. En estos momentos, el lugar le parecía tan repugnante porque le recordaba lo imposible de sus palabras. ¿Ella sabría que su padre no lo permitiría? ¿Habría sonreído con burla mientras acariciaba su cabello? ¿Acaso era así de cruel?

Todas sus cavilaciones se detuvieron al sentir dos pesos invasores en su cuerpo, uno en su cabello hombro y otro en su pierna. Con fuertes parpadeos para limpiar sus ojos, vio como Jonquil se posó al lado de su cabeza y Florian trepaba su pierna.

Todavía lo impactaba la capacidad que tenían esos dos dragones para expresar emociones. Antes reía al escuchar a Farlen, el encargado de la perrera, decir que podía "deducir si sus niños estaban tristes o felices con ver sus rostros". Él lo dijo mientras besaba sus cabezas, una escena ridícula por su voz infantil y juguetona.

Para Jon cada perro era idéntico, ya sea que le posara un trozo de carne ante sus ojos o rascara sus orejas.

Ahora entendió que tan equivocado estaba. Prácticamente podía sentir el consuelo que los Terribles Terrores trataban de transmitirle. Por esa razón, restregó su mejilla con la azul Jonquil y se agachó para tomar al verde Florian en sus brazos, quien se enterró más en su pecho.

El dolor glacial que antes corría por sus venas se calmó, el calor de sus nuevos amigos lo suprimió.

—Sí que tienes a los dragones en tu sangre, eso le dije a tu padre cuando me llamó hace poco —La voz de Valka resonó en su espalda. Por más que quisiera girar, Jon dejó su vista en el rostro del Arciano—. Pero no… él no escucho razones, argumentos o nada de nada de absolutamente nada. Me recordó un poco a mi difunto marido. "¡Los dragones son una amenaza, Valka!" "¡Hay que exterminarlos, hasta el último de ellos!" "¡No seas ridícula y pelea, mátalos, debes matarlos!"

Jon no giró. Mantuvo su vista en el árbol blanco pero aflojó el agarre del dragón verde. Sus labios se apretaron, inseguro si debía detenerla. Lady Valka sonaba alegre pero había un extraño deje en el fondo.

Pocas veces Valka habló de su tierra natal; solo pequeñas menciones de un hijo que, según ella, cambió las normas de su hogar e hizo que los dragones sean aceptados, por locura que a ella le pareciera. Ahora, con ese corto relato sobre su muerto esposo, Jon se cuestionó si la mujer alguna vez le dijo la verdad.

—Tu esposo… ¿Él también aceptó a los dragones? ¿O siguió odiándolos? —preguntó Jon.

Tras eso, la domadora de dragones no ofreció respuesta. Sus pisadas se escucharon, se acercó con lentitud hasta quedar en su espalda.

—Sí, él los acepto. No lo creí al principio, pensé que estaba dentro de un hermoso sueño. Mi marido, mi hijo, su mujer, todo mi pueblo, montaban dragones, sonreían con dragones… ya no mataban dragones —Casi parecía perdida en su cuento. Un notable anhelo de estar ahí—. Yo los abandone, ¿sabes? Abandone a mi pequeño bebe que no tenía ni un año de nacido. Pensé que estarían mejor sin mí. Una bruja loca amante de dragones, no podía permitir que Hipo creciera así. Pero no… resulta que mi niño no salió como su padre, siempre se pareció a mí.

—Su hijo, Hipo… ¿Dónde está ahora?

Ella tardó en dar una respuesta. Perdida ya sea en un recuerdos o dudosa de cómo decirlo.

—Vivo, la última vez que lo vi… pero no lo reconocí —Voz alta pero delicada, silenciosa por la incertidumbre—. Mi hijo, más bestia que hombre… tenía todas las razones para actuar así… pero no lo reconocí.

Jon no soportó más el impulso y se dio la vuelta. Al hacerlo, vio la cara de Lady Haddock. Ella tenía los ojos humedecidos, ni siquiera lo miraba y su mirada yacía en el suelo. En su mano había cuerdas pero su agarre denotaba tal fragilidad que se caerían en cualquier momento.

El bastardo caminó hasta detenerse frente a ella y con cierto temblor, le entregó a Florian, que se acomodó en los brazos de la mujer. Ambos sostenían a los Terrores, se quedaron en silencio en presencia de los dioses antiguos. Curiosamente, Valka cerró los ojos, se dejó llevar por la leve brisa y el frio de verano que solo encontrabas en el norte de Poniente.

Tras varios segundos, casi un minuto, de silencio, Jon comenzó a jugar con sus pies. La incomodidad emanaba de su cuerpo, deseaba hablar pero no sabía que decir. Aunque no tuvo que hacerlo porque Lady Haddock abrió sus ojos y separó sus labios.

—Tenemos problemas.

El bastardo parpadeó, inseguro por la intensidad en el tono de la dama. Intento responder pero un repentino zumbido lo detuvo. Al alzar la cabeza, lo vio: Brincanubes surcaba las nubes, su vuelo rápido, más veloz que cualquier ave que haya visto.

No hubo día que no lo impresionara la gracia con la que el dragón de cuatro alas danzaba en el aire. Se preguntó si sus sentimientos podían compararse al de los plebeyos que veían a los Targaryen montar sus dragones en tiempos donde su dinastía aun reinaba.

El compañero de Valka aterrizó, su semblante, normalmente amable y cariñoso, poseía un filo depredador.

—Un grupo de hombres pelea contra un Nadder. En su estandarte llevan un hacha.

—¡Debe ser Lord Cerwyn y su grupo! —Jon tragó saliva. No sabía cómo era un Nadder pero el rostro de Valka le explico todo el miedo que sentía.

—Tenemos tiempo. No parece que quiera lastimarlos, trata de asustarlos pero ellos quieren luchar.

En un instante, Valka tomó la mano de Jon, lo llevó hacia su dragón mientras que con su otra mano lo rodeaba con cuerdas.

—Las usaras como seguro, así no te caerás.

—L-Lady Valka, ¿qué quiere…?

—Vendrás conmigo. El trabajo del pupilo es ayudar a su maestro, ¿no?

Jon Snow se ahogó con su saliva. En este momento, Lady Valka podría ser una Hermana Silenciosa que manipulaba su cuerpo inerte para llevárselo a la tumba, dicha tumba era el severo dragón.

Las objeciones, los temores, las dudas, todo tipo de cuestiones estaban en la punta de su lengua. Por mucho que deseara volar, por demasiado que quisiera ser su estudiante predilecto, todavía existía un miedo predominante: llevarle la contra a su padre.

—Sigue mis instrucciones, Jon. Tú y yo ayudaremos.

—No puedo...

—Si puedes. Eres mi estudiante hasta que Lord Stark me ordene lo contrario, frente a frente. —La dama lo ignoró y ató con fuerza. Con un movimiento, cargó su cuerpo con un brazo y con el otro, trepó por el cuello de su amigo.

—¡Padre no me permitió ser su estudiante!

—¡Tengo el privilegio de ser la única maestra disponible! ¡Por lo tanto, soy la dama más afortunada y caprichosa de Winterfell! —La mujer rugió entre risas y con una gran sonrisa.

Ahora, juntos y sobre el lomó del gran dragón, Jon se estremeció. Sabía muy bien que podría bajarse, solo bastaba con desatar un nudo y saltar de Brincanubes. Muchas formas de escapar, de seguir el mandato de su padre, más por mucho que su cabeza gritara por seguirlas, su cuerpo hizo lo contrario: se aferró a Lady Haddock y gritó cuando la bestia alada emprendió vuelo.

Clay Cerwyn

En los últimos días, Clay comenzó a cuestionar la cordura del mundo.

En ningún momento se le pasó por la cabeza que las cosas más básicas, los conocimientos más comunes, serían cuestionados y puestos a prueba. Como un maestre que descubre una verdad universal o un herrero que aprende a crear hierro con mierda de caballo.

Por mucho que supiera que el fuego naciera de una chispa, ahora sospechaba de esa verdad. Por más que entendiera que un hombre no pudiera respirar agua, llegó a dudar que ahora si pudiera. Simplemente, una nueva "verdad" apareció y tiró todas las percepciones naturales. ¿Esa verdad? Los dragones que ahora su padre combatía.

—¡Cuidado con su cola! ¡Esa cosa tira espadas!

No eran espadas. Dentro de su escondite, un tronco hueco, Clay examinó la cosa que penetró la madera de su escudo. Le recordó a las estalagmitas de una cueva, puntiaguda y tan aguda que con solo presionar su dedo índice ya sacó sangre.

—¡Mantengan formación! ¡Arqueros, no dejen que escupa fuego!

Lo que al principio fue un viaje sencillo y agradable acabó en una catástrofe. A poca distancia de Winterfell, se separó para ir al bosque y orinar. Se alejó demasiado al ver extrañas pisadas. Lo siguiente que encontró fueron los arboles destruidos, rastros de corteza que lo guiaron poco a poco a un agujero dentro de un cumulo de rocas. Ahí dentro, se encontró con esos dos dragones.

Esa palabra se escuchaba cada vez más a menudo en su hogar, más no creyó que hallaría uno de verdad. Su forma de gritar asustó a los monstruos y atrajo a la cuadrilla de su padre.

Eso los llevó a la situación actual. Todos los guerreros en formación; escudos, hachas, lanzas, algunas espadas, arcos y flechas, contra dicha bestia. Un ser de escamas rojizas con una corona de cuernos y cola repleta de picas. Al menos ya no escupía fuego, Clay vio una de sus llamaradas deshizo unas rocas e incendio parte de unos árboles.

—«Esa cosa grita y grita. No nos ataca» —Clay se estremeció. Sus oídos captaban a la perfección el sonido de las espinas volar— «Si nos quisiera muertos solo necesita algo de fuego. ¡¿Por qué no nos mata!?»

Quisiera lo que quisiera, matarnos no era una de ellas. Su comportamiento le recordó a un gatosombra que protegía la madriguera donde sus crías dormían. La idea cobraba más sentido porque el dragón no dejaba que nada le pasara a su compañero a dentro de la cueva.

Clay quería huir. Ya le dijo con gritos a su padre que podrían escapar sin ninguna perdida, más allá de los hombres heridos que fueron cortados por las espinas. Tristemente, su padre quería llevarle a Lord Stark la cabeza del escupe fuego como regalo.

Con dificultad, se levantó tembloroso, sus manos apretaron la espina al asomarse por su escondite. Todo seguía igual; arqueros que no conseguían penetrar esas escamas carmesí escamas, lanceros espantados por los rugidos y el hocico humeante, espadas/picas que volaban por doquier.

Si continuaban así, solo existían dos resultados: la bestia se cansaría de jugar y pasaría a matarlos a todos, o la bestia se cansaría de verdad y su sangre ardiente mancharía la tierra. Clay solo rezó a los dioses antiguos para que todo terminara, sin importar el resultado.

Tras unos momentos, sus plegarias fueron oídas pero no de la que esperaba. Fuertes aleteos, vientos furiosos sobre su cabeza que llamaron la atención de todos, incluso los dragones presentes.

—«Oh, dioses no, otro no. Por favor» —Los dientes de Clay castañearon en su boca. En cualquier segundo sus pantalones se mancharían por la orina que tanto se forzaba a reprimir.

El nuevo monstruo aterrizó al lado de ambos bandos, otro reptil alado que haría alianza con su compañero y los comería sin dudarlo. Todas esas ideas se vaciaron de su cabeza, al igual que su vejiga, al ver quienes estaban sobre la criatura.

—«¿Así se veían los reyes y reinas Targaryen?» —una vocecita murmuró en su cabeza. Después de todo, una mujer y un niño comandaban al dragón.

Ellos bajaron de un salto. El chico, que comprendió se acercaba a su edad, desató unas cuerdas que lo ataban a su alta compañera. Para agregar más cantidades de asombro, ella avanzó con pasos firmes y se posó en medio de los colmillos y el acero. Un pilar de acero, inmutable e inamovible, algo que la diferenciaba del niño quien casi temblaba de incomodidad.

—¡Nos envía Lord Stark! ¡Hemos venido a ayudar! —Ella proclamó.

Había una cualidad en su voz que le recordó a los Mormont, concretamente, a Maege Mormont y sus hijas. La mujer osa daba una buena primera impresión, sentía lo mismo en la dama de rojos cabellos.

—¡¿Quieres ayudar!? ¡Hazte un lado y mira como corto su cabeza! ¡Es un regalo para tu señor, no te entrometas!

Claro, su padre tuvo que ignorarla y concentrarse en su objetivo. Clay salió con lentitud para terminar en las espaldas de los soldados de su padre. Ellos tomaban el papel de barrera de carne, solo esperaba que no se convirtieran en carne ahumada.

—¡Estas siendo un tonto testarudo! ¡Tienes a tu hijo ahí, ¿me equivoco!? —Clay tragó saliva. La mirada de esa mujer lo asustó— ¡Ve con él y mírame trabajar!

—¡¿Qué puedes hacer tú, mujer?! ¡Eso es un dragón!

La bestia alada recién llegada, que para su sorpresa tenía cuatro alas, soltó un prolongado rugido. Eso pareció detener a su padre, quien alzó su escudo redondo y cambio de dirección con lentos pasos, al igual que su formación armada. Ahora, frente a los humanos, había tres enemigos, cinco si contaban a los "jinetes de dragón".

—Es usted Lord Cerwyn, ¿verdad? —Su padre no ofreció respuesta, por lo que la señora prosiguió—. Por favor, déjeme terminar esto. Sus hombres ahí están heridos, las espinas del Nadder tienen veneno. Puedo ayudarlos.

El heredero de Cerwyn tragó saliva, miró con creciente miedo su dedo sangrante. Acababa de afirmar que el veneno inundaba las espinas y él se punzó por idiota. Morir por una herida tonta o morir incinerado; no sabía cuál era la peor pero si la más patética.

En un gesto rápido, la extraña sacó un frasco de cerámica de sus pantalones. Lo arrojó a su padre, que lo agarró con una ceja en alto.

—Ungüento, ayudara a sobrellevar el dolor. En Winterfell extraeremos el veneno.

Sin más demora, ella volteó y encaro a la bestia que tanto los atemorizó. Dicha criatura parecía curiosa pero el humo que salía de sus fosas nasales desmentía revelaba la tensión. A su vez, las espinas de su cola casi temblaban, a diferencia de la bestia que aún seguía en la cueva. Por lo que veía, diferían por sus escamas doradas y porque las púas de su cola estaban planas.

La mujer susurró. No alcanzaba a oírla pero por la sonrisa que veía, sabía que transmitía calma, quizá hasta cariño. También caminó con las manos bajas, a los lados de su cuerpo. Poco a poco, las elevó hasta estar frente al monstruo, quien giraba de lado a lado la cabeza con movimientos agitados en su gran cuerpo.

Los dedos de ella chasquearon, comunes sonidos que atrajeron la atención del monstruo por ritmo suave. Luego, ella escupió en sus palmas, las palpó para expandir la saliva para después, con gran lentitud, posarlas en las mejillas escamosas.

Clay juró que los sonidos que escuchó fueron ronroneos, o al menos lo más cercano a ellos. Porque todas las veces que acarició a un gato, los mininos hacían ese ruido, sonido que el ser alado hacía.

Para su mayor sorpresa, la loca dama llamó al niño, quien se acercó a ella con pasos tímidos pero decididos. Él también escupió en sus manos y rascó el cuello cubierto de escamas.

Con unos parpados, el heredero cambió su vista hacia sus huestes. Al menos sus emociones eran compartidas, incluso por su padre, que seguía con el ungüento en su mano. Nadie podía creer que una mujer y un niño se acercaran tanto a un dragón y este no los incinerara.

Olvidó la evidencia de la orina en sus pantalones y se acercó hacia su padre. Nadie lo detuvo, porque nadie lo vio pasar por debajo de ellos. Al llegar a su lado, vio otra escena que lo sorprendió todavía más.

El dragón custodiado por su compañero, aquel que no salió de su agujero en ningún momento, poco a poco se acercó con tres cosas que caminaban entre sus piernas. Eran crías, pequeños dragoncitos del tamaño de perros con escamas que alternaban entre el dorado, el rojo o una combinación de ellas.

El dragón furioso era un padre furioso que protegía a su pareja e hijos. Ellos eran unos salvajes humanos que querían cortar sus cabezas como ofrenda para su Lord Supremo.

Tras varios segundos, tiempo donde la mujer y el niño acariciaron y jugaron con los dragones bajó su atenta mirada, el niño volteo. Ahora que Clay lo vio con claridad, él podía pasar por un mini Lord Stark, con su mismo cabello castaño muy oscuro, al punto de ser negro, y ojos grises.

—Mi Lord Cerwyn, soy Jon Snow —se presentó con una inclinación. Clay ya supo quién era. Robb le habló mucho de él—. Lady Valka y yo vinimos a ayudar.

—Jon Snow… hijo de Ned, ¿no? —Su padre asintió con la cabeza, luego hizo un gesto a la mujer—. ¿Quién es ella?

—Lady Valka Haddock, invitada de mi padre y quien ahora se encargara de los asuntos relacionados con dragones.

Una explicación tan corta como efectiva. A Clay ya le agradaba. Su padre, al contrario, no lucía complacido.

—¿Quieres decir que Ned aprueba esto? ¿Tu padre aprueba que estas bestias estén aquí, en nuestras tierras?

—Lord Stark hablara con usted, al igual que todos los demás lores que vengan, y explicara lo que sucede —A pesar de que Jon tenía una máscara de seriedad, Clay pudo ver las grietas ocasionadas por tratar con su padre—. Por favor, continúen su viaje. Nosotros iremos en breve.

Lord Cerwyn respondió con un gruñido. Dio órdenes a sus soldados, poco a poco se movilizaron, pero Clay se quedó congelado. No pudo quitar los ojos de la dama y el bastardo. Ellos, quienes rodeaban a las bestias que tanto lo asustaron. Ellos, quienes parecían jugar con esas crías que se restregaban contra sus cuerpos.

Donde antes existía ira en la bestia, la calma tomó lugar. Una diferencia muy clara en verlo relajado, pero aún les lanzaba miradas cautelosas. No pensó posible que un ser así pudiera exhibir tales sentimientos de forma tan obvia.

Tristemente, sus observaciones se cortaron gracias a su padre, quien lo jaló del brazo para arrastrarlo con los demás.

Eddard Stark

Su hijo desapareció otra vez.

Normalmente, eso conduciría a una oleada de pánico donde movilizaría a todos sus guardias disponibles en una búsqueda. Desechó esa idea, no resultó necesario una búsqueda. Ya que ahora tenía una idea de con quien estaba su niño.

Por ende, hizo que buscaran a Lady Haddock en el castillo, incluso envió a Jory a Winterfell.

La preocupación seguía ahí pero en menor medida. Lo que antes podían ser incendios de temor ahora eran velas.

Jon volvería. Sabía que Lady Haddock regresaría en poco. Ella quería quedarse en Winterfell y trabajar con los dragones, una cuestión que le dejó muy claro. Por ello, no haría algo tan tonto como escapar y llevarse a su hijo.

Lamentablemente, ella podía ser tan errática como su difunta hermana, o peor. No habría momento donde estuviera seguro que haría a continuación. Lyanna tenía sangre de lobo, decía su padre. En el caso de Lady Valka, ella tendría sangre de dragón.

En cuestión de horas, esa vela en su mente aumento de tamaño; pasó de ser una ínfima llama a una fogata a la que le agregaban hojas y corteza. Se distrajo con la llamada de Rodrik Cassel, quien le aviso de los balsones de Lord Cerwyn en Wintertown.

Los recibió en el patio de su castillo. Las puertas se abrieron y sus compatriotas entraron poco a poco. Desearía recibirlos mejor, con un saludo formal además de pan y sal, como dicta la tradición, pero las señales que vio en ellos detuvieron sus planes. Heridas y quemaduras.

—Lord Stark —saludó Medger Cerwyn con un asentimiento. Su inmutable ceño fruncido podría competir con el de una estatua de piedra—. Tuvimos problemas en el camino.

Los susurros llegaron a su espalda. Algunos sirvientes dijeron la palabra que tanto se repitió desde la llegada de Lady Haddock.

—Los heridos pueden ir al gran salón. El maestre Luwin se encargara de ellos —Ned asintió con severidad. Su vista cayó en el único niño presente—. Lord Cerwyn, ¿su hijo está bien?

—Aparte de pantalones llenos de orina, no tiene nada —bufó el Lord con una sonrisa, lo que avergonzó a su hijo—. La extraña dama nos dio unos ungüentos, dijo que ayudarían con el dolor.

Ned no necesito confirmación, nombre o más información. Ya sabía de quien estaba hablando su abanderado.

—¿Dijeron cuando regresarían? —necesitaba aparentar seriedad, mantener el control. No podían saber que ella escapó sin sus órdenes y se llevó a su hijo.

—Tu bastardo, Jon, dijo que vendrán en breve. Se quedaron con esas cosas.

—Eran una familia —Clay Cerwyn habló luego de su padre. Su mirada era firme, a pesar de los evidentes nervios en su cara—. Dos dragones y sus crías. Jon… él la ayudo a tranquilizarlos. Fue increíble, mi Lord. Su hijo actuó con valentía.

La admiración prevaleció en el rostro del joven heredero. Algo de su cara le recordó a un joven Benjen, quien vio por primera vez la caballería del sur y los grandes héroes de la guerra. Por desgracia, eso sirvió para avivar sus miedos en lugar de su orgullo.

—Ese pequeño mocoso… mirar a un dragón a los ojos y seguir con un rostro de hielo —Medger Cerwyn asintió—. Sí que es tu hijo, Ned.

Tal vez esa afirmación resultara cierta. Jon heredó esa seriedad de su lado familiar, o puede ser que eso solo resultara ser la melancolía natural del príncipe de ojos violetas. Eddard creía jamás obtener una respuesta correcta.

Con unas cuantas palabras en voz alta, Eddard puso orden. Hizo que los heridos siguieran a su maestre, obtuvo pan y sal para la noble tradición, y estaba por guiar al Lord al interior de su castillo, pero escuchó los aleteos.

Las cabezas de todos subieron en sincronía. Seis seres alados, el distinguido Brincanubes acompañado de otros cinco desconocidos. Lo obvio, hasta para él, era que tres de esos cinco no podían ser otra cosa que bebes; los perros de Farlen intimidarían más.

Al ver a la domadora de dragones, las emociones que tanto reprimió salieron poco a poco. Esa ira, toneladas de frustración cuya única forma de someterla era clavar las uñas en sus palmas y crujir sus dientes. Le encantaría seguir enojado, habría matado por odiarla hasta la muerte pero todas sus emociones desaparecieron al ver al niño que acompañaba a Lady Valka, atado a ella por medidas de seguridad.

Necesitaba resistir el impulso. El deseó de correr y golpear a su hijo. Él ignoró su orden, actuó con estupidez y acompaño a Valka sin pensar en sus deseos. Él dijo que no tenía permitido acercarse a los dragones pero ahí estaba Jon, a lomos de uno, con la expresión más serena, más tranquila y contenta que había visto en todos sus años de vida.

No lo consideraba capaz de eso. Ese niño que exudaba tristeza mostraba una pequeña sonrisa, pero para Ned, los sentimientos que emanaban no podrían ser más obvios.

No logró contener su suspiro. Cuando ellos aterrizaron, todos se acercaron a pasos tentativos, atraídos por la voz alta de Lady Valka, que presentaba la nueva incorporación de su "sequito alado".

—¡Miren todos, compañeros de Winterfell! —la alta mujer desató las cuerdas que la unían a Jon, ambos bajaron de un salto. Luego, ella acarició el cuello del dragón de corona de cuernos, que se notaba más robusto que su homologo—. ¡Estos son Nadders Mortíferos! ¡Que su nombre no los engañe, son muy buenos y cariñosos mientras que ustedes les den el mismo trato!

Jon secundo sus palabras de una forma que le quito el aliento. El escupió sus manos y acarició las crías, quienes se restregaron contra su pequeño cuerpo. Peor aún, el otro "Nadder" más delgado, que ahora vio tenía una protuberancia similar a un pico, mordió y restregó sus rizos oscuros, como si también quisiera jugar con él.

—«Jon es natural, lleva los dragones en la sangre, en su alma. Puedo sentirlo» —Lady Haddock se refería a esta escena con esas palabras. Su hijo, sonriente y alegre, acompañado de dragones. Aquel símbolo del lado paterno de su sangre.

Lord Stark guio sus ojos alrededor del castillo. Todos los presentes revelaban diferentes emociones, pero lo que más lo atrajo fueron los niños. El asombro obviaba en ellos pero había un claro miedo en sus rostros; muy extasiados con ver, demasiado aprensivos para acercarse.

Con pasos decididos, el Lord se encaminó a Valka. Cuando ella lo vio, sonrió con cierto aire de desafío pero felicidad. No fue lo único que hizo, sino que tocó el hombro de su hijo para que él lo mirara.

—Lady Haddock… Jon. Hicieron bien en ayudar a Lord Cerwyn y su grupo. Cumplieron con su deber —Ned casi rompe su acto por la expresión de suficiencia de la mujer. Ella le recordaba demasiado a Lyanna para su propio bien—. De ahora en adelante, ustedes volaran los alrededores de Wintertown, se ocuparan de controlar a los dragones que vean.

—Por supuesto, Lord Stark. Los tra...

—Los llevaras lejos —Ned no la dejó terminar. Podía ceder en algunos términos, pero no lo haría en otros—. Lejos del castillo, los ciudadanos, los pueblos. Llévalos lejos, donde no causen problemas.

La cabeza de la casa Stark sabía que a su espalda todos lo miraban, desde los sirvientes hasta los Cerwyn. No le importo. Necesitaba crear la imagen de dominancia, de que él controlaba a la mujer errática que montaba dragones.

—De acuerdo. Jon y yo haremos lo que usted ordene, como maestra y estudiante.

Esa proclamación le erizo los vellos del cuerpo. La sonrisa presumida, la inclinación respetuosa. Como si ella fuera una sencilla sirvienta contenta de complacerlo.

—«Esta mujer será mi muerte» —Lord Stark casi se muerde la lengua pero toda objeción desapareció al ver la pura esperanza en los ojos de Jon. Esperanza disimulada pero innegable.

Ned entendía que se arrepentiría a futuro, pero esa emoción genuina en el rostro de su sobrino terminó con cada objeción.

Esperaba que de ahora en adelante la gente lo viera y pensara en él como "el estudiante de la loca Lady Haddock" y no un oculto príncipe Targaryen.

Nota del autor

Ahora bien, vamos a repasar puntos importantes del capítulo:

Sé que varios estarán pensando esto, "¿Valka no se está comportando muy descarada con Ned? ¿Y Ned no está siendo demasiado permisivo con eso?"

A mi punto de vista, Valka es un bien que Ned no puede permitirse perder y necesita mantener. Él vio las cartas que le enviaron sus vasallos, la carta de Jon Arryn. Ned ve que todo Poniente tiene problemas con estas plagas llamadas dragones. Entonces aparece esta esta mujer que salva a su hijo, tiene un dragón como compañero y demuestra tener mucho conocimiento de dragones hasta para domesticarlos.

En primer lugar, el honor le impedía ser irrespetuoso con Valka porque tiene su deuda de vida con Jon, salvo a su hijo/sobrino, Ned está obligado por honor a recompensarla. En segundo lugar, no hay nadie como Valka, desde su perspectiva, claro está. Valka es única y puede resolver los nuevos problemas que tiene su gente. No puede permitirse perderla si no quiere que lo que sucedió en las tierras de Lord Rosby se repita en las suyas.

Ambos necesitan del otro. Valka para quedarse y Ned por sus habilidades. Eso los deja a ambos en una posición de cierta igualdad. Como dijo Valka, ella es la mujer más afortunada y caprichosa de Winterfell y Ned no le queda de otra que cumplir con ciertos caprichos.

Además, esto aparecerá cada vez más a futuro, Ned ve mucho de su hermana en Valka, algo que le duele porque ve la cercanía que ella intenta tener con Jon.

Con la aparición de Astrid y Bocón. Ellos irán revelando poco a poco que sucedió en su mundo, tal y como hicieron en su charla frente al fuego.

También, las palabras de Ned sobre destituir a sus vasallos. Desde mi punto de vista, Ned tiene el perfecto poder para hacer eso. Quiero decir, literalmente es la máxima autoridad en el norte. No todos lo tomaran con alegría pero no les quedara de otra que obedecer. Claro, Ned jamás haría algo similar sin provocación, pero la amenaza de dragones, y por ende, la amenaza a su sobrino, lo provocaron lo suficiente.

Ahora, en una nota aparte, tengo una idea que no se si probare o no. Son ese tipo de ideas que aparecen y desaparecen, y que pueden crecer o no.

Yo antes era fanático del anime pero cambie eso por los libros y las series, el único anime que me siguió gustando fue Youjo Senki, tanto por su personaje como por la voz de Aoi Yuki. Creo que me mire su película como tres veces solo para escuchar su voz y ver la animación. En fin, en la larga lista de fics que leo, hay uno donde Tanya Degurechaff reencarna como Myrcella. Me encanta ese fic. También vi uno donde ella rencarna como Sansa, que lo abandonaron para mi tristeza. Otro donde ella es hija de Viserys Targaryen y Aemma Arryn, hermana menor de Rhaenyra. Otro donde es hija del carnicero, hermana de Mycah, el chico que Sandor parte en dos.

El otro día, en el foro de Spacebattle, leí un comentario que me hizo pensar en una idea. "¿Y si Tanya reencarnara como una Bolton?" Solo eso me sirvió para crear muchos delirios en mi cabeza. No hablo de una Tanya hermana de Domeric, eso le haría la vida demasiado fácil. Ser X no la dejaría tan cómoda. Hay otro hijo de Roose que cambiaría la historia si tiene una hermana. A mi parecer, Roose haría muchas cosas distintas si tuviera una hija a la que vender, aun si carga con "ese" estigma.

En fin, es una idea que puedo o no intentar. Ya veremos qué pasa a futuro.

Por último, gracias a Raptorex26 de Ao3 por todos tus comentarios. En serio me das muchas ideas e inspiración. Tus últimos mensajes me ayudaron mucho, de verdad.