«Aire fresco —pensó Leo mientras se tambaleaba rumbo a la cubierta del Argo II—. Necesito un poco de aire fresco. Urgentemente».
Una vez en su destino, traspasó la puerta de acceso y, sin siquiera molestarse en comprobar si había alguien más ahí, se acercó a la barandilla, se apoyó en ella descuidadamente y echó la cabeza atrás, respirando profundamente.
—Dioses del Olimpo, necesitaba esto —murmuró, agradecido.
—Vaya, sí que lo hacías —dijo una voz detrás de él.
Dejando escapar un grito definitivamente no aterrorizado y muy varonil, Leo se volvió hacia la voz… y se topó cara a cara con una Hazel Levesque ligeramente divertida.
—Oh, ¿te asusté? —preguntó, su tono falsamente inocente.
Leo se sonrojó.
—¿Tú? ja, definitivamente no. —la chica podía dar miedo cuando se lo proponía y hasta cuando no, por supuesto, pero él no iba a informarle de tal hecho en un futuro próximo—. Únicamente me… sobresaltaste momentáneamente, sí. Hola, Hazel. Es un gusto verte aquí.
—Te sobresalté momentáneamente. Sí claro. Dile eso a tu grito ciertamente asustado. Hola, Leo. Lo mismo digo.
El sonrojo aumentó.
—¡Ese no era un grito asustado! —exclamó, indignado—. Si tuviera que calificarlo, diría que era… un tanto alarmado. Un tanto alarmado suena bien, sí. ¿Y qué andas haciendo por este lugar?
—Un tanto alarmado, dice —se burló ella—. Dígame, señor reparador, ¿cuándo fue la última vez que le dio mantenimiento al medidor utilizado para determinar el nivel de sus gritos? podría estar a punto de malograrse, ya sabe… Oh, no mucho. Simplemente estaba… pensando.
—Mi medidor de nivel de gritos se halla correctamente mantenido y en condiciones óptimas, muchas gracias —dijo, defendiendo un mecanismo probablemente inexistente—. Teniendo en cuenta que sabe que soy capaz de construir un excelente barco volador como este, ¿qué le haría siquiera plantearse la absurda idea de que no soy capaz de mantener funcionando perfectamente algo que ha estado conmigo desde básicamente siempre? ¿Y en qué estabas pensando… si se puede saber, por supuesto. No deseo entrometerme en tus asuntos si son demasiado personales.
—Mmm, no sé… —se golpeó la barbilla con el dedo, pareciendo estar reconsiderando seriamente sus palabras anteriores—. No hay nada que haya generado o que respalde esa idea, en realidad —ante la sonrisa victoriosa que empezó a aparecer en el rostro de Leo, ella se apresuró a agregar—. Lo cual significaría, obviamente, que es consciente del tipo de grito que emitió y que ha tratado de engañarme justo ahora… —sus ojos comenzaron a brillar peligrosamente— y usted no haría tal cosa, ¿verdad? —la sonrisa victoriosa se borró rápidamente, Leo palideció y Hazel reiteró— ¿verdad? —atenuando la mirada amenazante, cambió a lo otro de lo que habían estado hablando—. Es un asunto personal, pero no tengo problema en decírtelo. Pensaba en mi hermano, Nico. Me preocupa el no saber dónde está o si se encuentra bien.
De haber podido, el hijo de Hefesto hubiera retrocedido uno o dos pasos. Mientras más lejos estuviese de una Hazel en camino a sentirse engañada, mejor. Lamentablemente para su bienestar continuo, se hallaba apoyado contra una barandilla que le impedía realizar tal acto.
Puaj. Estúpida, estúpida barandilla.
Dicha barandilla también le estaba impidiendo caer y vivir una experiencia no muy agradable, seguro, mas ese era un detalle irrelevante.
—¿Yo, intentar engañarle? pft, nooo. ¿Cómo puede pensar eso, querida amiga? —rió nerviosamente—. Nunca lo haría, nunca. —Decidiendo que su supervivencia valía más que su orgullo como reparador, inventor y constructor, añadió— tal vez… tal vez tenga razón y mi… ah… medidor de nivel de gritos no esté del todo bien, ya ve. —Se encogió de hombros, restándole importancia a su renuente admisión—. Incluso los genios cometemos errores y nos descuidamos ocasionalmente. —sacudió la cabeza, compungido, y luego optó por pasar a su segundo tema de conversación para convertirlo en el primero y el único, de ser posible—. Tu hermano… ¿es el que fue a investigar las Puertas de la Muerte, no? —ante una mirada que parecía decir "Sé-Lo-Que-Pretendes-Lograr-Y-Lo-Voy-A-Permitir-Únicamente-Porque-Mi-Hermano-Es-Más -Importante" y un asentimiento, continuó—. ¿Y crees que emprender esa investigación podría haberlo metido en problemas graves?
—No… no lo sé, sinceramente. Deseo que no, ojalá que no, pero cada vez que me pregunto por su paradero y por su salud tengo este mal, mal presentimiento que simplemente no me deja en paz. Argh. —Se frotó los ojos, estresada—. Y está bien, acepto que es solo un presentimiento que seguramente ni significa ni significará nada, no necesitas decirlo, y sin embargo…
—Y sin embargo, no puedes ignorarlo —finalizó Leo por ella, esforzándose por mostrarse comprensivo—. Lo cual es… razonable, en mi opinión. Nico es familiar tuyo, después de todo, y…
Hazel resopló.
—Familiar mío. Sí. Bah. ¡Ni siquiera lo conozco bien, Leo! ¿por qué creerías que es razonable una preocupación infundada por alguien a quien ni siquiera conozco bien y al cual llamo hermano solo porque tenemos el mismo padre… ¡y eso último no es del todo cierto, realmente!? ¿Por qué no me estás diciendo que estoy actuando raro y que me calme ya, pues no tengo motivo alguno para alterarme? ¿por qué no estás bromeando sobre esto y descartando mis preocupaciones, eh? ¿¡por qué!? —A medida que hablaba, su voz había ido subiendo gradualmente y su pregunta final fue formulada como un grito en toda regla.
Leo levantó las manos y, yendo en contra de sus instintos de autoconservación, se aproximó a la hija de Plutón.
—Whoa, whoa. Cálmate, Hazel. Vas a despertar a toda la tripulación. Inhala, exhala. Dentro fuera, dentro fuera. —Luego de conseguir que le hiciera caso y se serenara un poco, prosiguió—. ¿En serio crees que bromearía sobre tu preocupación por un familiar tan cercano? —al percibir su renuencia a contestar, suspiró—. Vale, vale. Tienes razones para creerlo. Yo… admito que no soy tremendamente sensible, no, pero… —frunció el ceño, luchando por encontrar las palabras adecuadas—, pero no es la primera vez que te veo preocupada y pensativa —lo cual me preocupa a mí también—, hacer chistes sobre alguien que podría posiblemente hallarse en peligro es ir demasiado lejos incluso para mí y, además, golpearía a cualquiera que se atreviera a realizar alguna broma tras yo haberle confiado algo tan profundo y personal.
—¿No bromeas solo porque no quieres ser golpeado? vaya, Valdez. Qué considerado eres.
—Hey, mujer, no es solo por eso y lo sabes. ¿Me estás escuchando siquiera? dije que… —al ver a Hazel cubrirse el rostro e intentar reprimir las risas, emitió un resoplido exasperado—. ¡Gah! ¡no estoy siendo gracioso y te estás riendo! ¡detente!
La chica se destapó el rostro.
—Lo… ja… lo siento, Leo. Yo… ja… me imaginé pegándote un puñetazo y… ja… en la cara…
—En la cara no, que soy actor —pidió.
Y eso, por supuesto, envió a Hazel a tener un descontrolado ataque de carcajadas que duró un minuto… minuto que Leo usó para refunfuñar acerca de cómo no lo tomaban en serio cuando estaba siendo serio.
—¿Ya terminaste? —un asentimiento tembloroso— bien. Bien. Déjame reorganizar mis ideas… bien. Me preguntaste por qué creo que tu preocupación por Nico es razonable, ¿no? —otro asentimiento—. El por qué es simple de entender, según lo veo: porque es tu familia. Y no porque compartan sangre divina, sino porque Le quieres. ¿Y todo eso de que no lo conoces y bla, bla, bla? no es importante. Para tu corazón, quiero decir. Para lo que sientes hacia él. ¿Te sacó del inframundo, no? te dio una nueva oportunidad de vivir. Te llevó a un hogar. —«Hogar contra el que disparaste —dijo una voz en su cabeza—, acto con el cual Iniciaste una guerra y que es tu culpa, tu culpa, tu culpa…»—. ¿Y qué si no existen fundamentos sólidos para el mal presentimiento que albergas? está allí, no merece ser desestimado —no por mí, de todos modos—, me temo que no va a irse hasta que lo tengas frente a ti en carne y hueso y a salvo y… —aunque dudó, decidió expresar su pensamiento final, aun si era consciente de que la voz se le entrecortaría mientras lo hacía— si yo tuviera a alguien, cualquiera, que hubiese hecho esas cosas por mí y que me viera como seguramente él te ve a ti, definitivamente sentiría cariño, gratitud y todos esos sentimientos complicados y experimentaría una gran preocupación al no tener noticias suyas, mal presentimiento o no.
Al finalizar su discurso, se percató de que Hazel había colocado una mano en su hombro en… algún momento. Eh.
—Oh, Leo —susurró, su tono el más bajo que le había oído usar a lo largo de toda la charla—. Gracias, de verdad. Por no decirme que estoy siendo idiota. Y por poner el palabras mis… sentimientos complicados. Y por estar dispuesto a escucharme. Y por preocuparte por mis inquietudes (sí, me di cuenta de que dijiste eso). y… ¿cuándo te volviste tan bueno para analizar esta clase de situaciones, de todos modos?
—Jamás he sido, no soy y jamás seré bueno en analizar situaciones de este tipo, no —reconoció, ignorando sus ganas de decir "oh, poseo talentos ocultos" o algo similar. Estaban teniendo un momento emotivo y él no iba a ser un imbécil y arruinarlo—. Solamente dije lo que me pareció que sentías y lo que yo, quizá, sentía.
"Hoy estás de suerte", no dijo; "normalmente no digo lo que siento", no dijo.
—Agradezco tu… no análisis, entonces.
—No fue… urgh… me siento tentado a decirte que no fue tan importante como parece, pero…
—Pero no te creería —le cortó.
—No lo harías, no, así que en su lugar voy a decir que "está bien, cuando quieras y, si es que necesitas hablar con alguien, estaré disponible casi siempre (mas no esperes que me ponga sentimental continuamente, ojo). ¿Cumple esa respuesta con sus altas expectativas, buena dama?
—Lo hace, caballero —ella le apretó el hombro suavemente— y, ya sabes, tú también puedes hablar conmigo de lo que quieras.
—No es nece…
Su mano apretó más fuerte, silenciándolo.
—No lo digas, Valdez. No rechaces mi generoso ofrecimiento. Casi puedo ver lo que estás pensando: que lo hago únicamente a modo de pago porque estás hablando conmigo ahora. Y no voy a negarlo, pues mentiría si lo hago. Sí, por un lado es una forma de compensación; por el otro, sin embargo, presiento que ya tenías esta puerta abierta desde antes incluso de que yo misma me diera cuenta. Eres mi amigo, después de todo, y…
—Y te recuerdo a Sammy, quien quiera que sea —interrumpió él, intentando no sonar tan infeliz como se sentía. No lo logró.
—No es eso lo que iba a decir, pero ya no importa y sí, tienes razón… ¿mas es tan malo ese hecho? las amistades suelen basarse en muchas cosas, Leo, y parecerte mucho a un antiguo conocido mío no es, no puede ser, la cosa más descabellada en la que se ha basado una… ¿verdad?
—No, supongo que no.
No si se tomaba en cuenta el mundo de fantasía en el que vivían, de todas maneras.
Ella sonrió y el doloroso, doloroso apretón cesó.
—¡Bien! ¿tenemos un trato, entonces? ¿si necesitas alguien con quien hablar me buscas y viceversa?
—Tenemos un trato, sí —cedió él y, puesto que eran correctos y formales (puesto que Hazel era correcta, formal y quien mandaba, en realidad), se estrecharon las manos.
Y Leo nunca, nunca, calificaría en voz alta cuán doloroso fue sellar ese acuerdo para su pobre, pobre mano. No.
—Oh, vamos —se quejó ella al ver su gesto de dolor—, no soy tan fuerte.
—¿Y yo sí tan frágil? —él se llevó la mano herida (estaba herida, maldita sea) al corazón—. Ya habías lastimado mis huesos, Hazel. ¿Era necesario que, además, lastimaras mi autoestima?
—Dioses, qué dramático.
—¡Dramático! ¡y encima me llama dramático! ¡oh, la traición! ¡el dolor! ¡la… —ambos estallaron y empezaron a reírse al mismo tiempo—. Vale, vale, necesitamos detenernos —tras un monumental esfuerzo, consiguieron calmarse—. Eh, me pregunto cómo no hemos despertado a todos los demás con el ruido.
—Uhm… ¿están muy cansados? —teorizó ella.
—O decidieron que ignorar a los locos que ríen desenfrenadamente es la mejor opción, tal vez —él negó con la cabeza, descartando esa línea de pensamiento—. De todas maneras, tengo una duda.
—¿Cuál?
—No es por ser indiscreto, lo prometo, y si decides no contestar e irte dejándome abandonado por entrometido lo entenderé, de verdad, pero… ¿cómo es Nico? su personalidad, quiero decir. ¿En qué consiste su… pasado trágico, si es que puedes hablarme de él?
Tras pensárselo un buen rato, Hazel finalmente respondió:
—No voy a hablarte sobre su "pasado trágico", como tú lo llamas. No con todo detalle, al menos. No es mío para revelarlo, debes entender. Lo único que diré es que nació en el siglo pasado, al igual que yo, que permaneció durante décadas en un casino mágico que le impidió envejecer y hasta ahí. Sobre su personalidad, no obstante… eh. Intentaré darte la mejor descripción que pueda, pues Nico es… no el más fácil de descifrar, no. Al principio y si solo te guías por la primera impresión que da, va a parecerte inaccesible, duro y amargado —Leo abrió la boca con el fin de preguntarle si no estaba exagerando, pero ella realizó un gesto para impedirle hablar— no, no. Sé que quieres preguntar si estoy exagerando… y no lo estoy haciendo, confía en mí. En lo absoluto; mas, como dije, esa es la primera impresión que da y podrías muy bien quedarte con ella. Sería comprensible que lo hicieras, de hecho, y creo que eso es lo que él busca activamente que la gente haga; sin embargo y si logras traspasar aunque sea algunas de sus barreras, hallarás a un tipo amable, cariñoso, inteligente, poseedor de un divertido humor negro cuando te acostumbras a él y… y eso es todo lo que yo pude ver, en realidad, y ten en cuenta que no he traspasado todos sus muros aún.
—Lo haces sonar… interesante, si nada más —declaró Leo—, y conseguiste que me sienta intrigado por él. ¡Imagina los misterios que han de estar ocultos tras esos impenetrables muros que ha levantado!
—¿Verdad? —los ojos de Hazel se volvieron cálidos—. Yo también me pregunto qué más me faltará descubrir sobre Nico… ¿pero sabes qué? estaría feliz y conforme incluso si lo poco que ya sé sobre él llegase a ser lo máximo que sabré.
Él levantó las cejas, incrédulo.
—No, en serio —reafirmó rotundamente ella—. Me basta con haber visto esa sonrisa que rara vez regala, haberle escuchado hablar acerca de lo que le gusta, notar ese cariño con el que trata y contempla a quienes le importan y que logró hacerme sentir como el ser más indispensable del universo…
—Oh —interrumpió él, impresionado y sintiéndose como si hubiese realizado el descubrimiento máximo—. oh, vaya…
—¿Qué?
—Lo adoras —afirmó, completamente convencido—. Lo adoras, a tu maravilloso hermano.
—Yo… sí, supongo. Eh. me pregunto cuándo comenzó a suceder… ¿y cómo que mi "maravilloso hermano"? yo no recuerdo haberle dicho así, Leo…
Él parpadeó, confundido. ¿De dónde diablos sacó eso?
—¿No? —preguntó, francamente desconcertado.
—No, no. Fuiste tú quien…
—Err, disculpen —interrumpió una voz proveniente de la entrada a la cubierta, ganándose miradas airadas.
—¿Cuánto escuchaste? —exigió Hazel. Se suponía que esta estaba siendo una conversación privada, por Hades.
—¿Por qué interrumpes? —exigió Leo. Se suponía que debía concentrarse en encontrar de dónde había salido lo de "maravilloso hermano", por dios.
Percy, cuyo único delito fue verse obligado a estar en el lugar equivocado en el momento equivocado, retrocedió visiblemente ante las duras preguntas. Y ante las miradas. Las miradas que seguían clavadas en él y sencillamente no se apartaban. ¿Por qué no se apartaban?
—¡No mucho, lo juro! —se defendió él—. Llegué justo cuando Leo dijo lo de "maravilloso hermano". Por favor, dejen de mirarme así. Dan miedo. —Una vez que las miradas dejaron de aterrorizarlo, el hijo de Poseidón suspiró y continuó— y para responder a la otra pregunta, interrumpí porque estaba buscando a nuestro reparador principal.
—¿A mí? —Percy asintió—. ¿Y por qué? será mejor que no sea porque dañaste algo y necesitas que lo arregle, Aquaman. —al notar el silencio culpable que obtuvo como respuesta, dejó escapar un gruñido furioso—. ¡Oh, vamos! ¿Has visto la hora, hombre?
—¡Pero si te acabo de encontrar charlando con Hazel muy felizmente!
—¿Sí, y? ¡charlar no implica realizar trabajo físico, que lo sepas! y, además, estábamos hablando de una cuestión importante y no puedo simplemente irme y…
Hazel le colocó una mano en el brazo, tranquilizadora.
—Está bien, Leo —afirmó, dándole una sonrisa cálida y agradecida—. Ve a hacer lo que debes hacer. Yo estaré perfectamente, créeme.
Él se alejó de ella y le lanzó una mirada traicionada.
—Dado que tu deber como amiga es evitar que me hagan trabajar más, deberías haber dicho "no, Leo, no puedes irte porque necesitamos continuar con nuestra emotiva charla", ya sabes —se quejó, situándose junto a Percy.
—Oh, lo lamento —dijo ella, sin lamentarlo en lo más mínimo—. La próxima vez lo haré mejor… probablemente. Tal vez. Quizás. Espero.
—¿Esperas? oh, no. Usted lo hará mejor, buena dama. Y, con el fin de perdonar esta traición, exijo una elevada retribución. Una elevada retribución, digo.
—¿Sabes siquiera lo que es "retribución"? —intervino… no… se entrometió Percy.
Leo lo miró furiosamente, planteándose permitir la liberación de una pequeñísima llama ardiente.
—¿Lo sabes tú, acaso? —contraatacó.
—La retribución es una especie de pago, déjenlo ya —los detuvo Hazel, no dispuesta a soportar sus tonterías—. Y está bien, Leo. Te otorgaré la mejor retribución de todas.
—¿Sí? ¿y cuál es, exactamente, la mejor retribución de todas? —preguntó Leo, extremadamente interesado. Incluso Percy estaba escuchando atentamente.
—El deseo de tu corazón, claro —Hazel sonrió dulcemente—. Una vez que aparezca por aquí, te presentaré formalmente a mi "maravilloso hermano". ¿No es esa la mejor retribución de todas?
Percy comenzó a reír estruendosamente. Leo comenzó a maldecir violentamente (usando los tres idiomas que hablaba, para mayor efecto). Aquellos que solo intentaban dormir unas cuantas horas decidieron que odiaban a los idiotas que estaban causando tanto ruido… y que pagarían. Oh, sí. Pagarían. Con sus vidas, de ser posible…
Cuando Percy mencionó que tuvo un sueño, Leo se preocupó. Los sueños de los semidioses no solían ser ni buenos ni bonitos, desafortunadamente.
Cuando contó de qué trataba dicho sueño —gigantes gemelos que planeaban un recibimiento en un aparcamiento subterráneo con lanzacohetes y Nico di Angelo atrapado en una vasija de bronce, asfixiándose poco a poco y a punto de morir con semillas de granada a sus pies—, Leo sintió un escalofrío recorrerlo, su cuerpo se tensó y procuró activamente no hacer contacto visual con Hazel. Se preguntó, distantemente y mientras comenzaba a tamborilear con los dedos sin darse cuenta, si sus ojos transmitirían la pena que le estaba provocando el echo de que su mal presentimiento hubiese sido asertado.
La escuchó contener un sollozo.
—Nico… Oh, dioses. Las semillas.
—¿Sabes lo que son? —preguntó Annabeth.
Hazel asintió.
—Me las enseñó una vez. Son del jardín de nuestra madrastra. Esas semillas son un alimento reservado como último recurso. Solo los hijos de Hades pueden comerlas. Nico siempre las guardaba por si alguna vez se quedaba atrapado. Pero si de verdad está encerrado…
—Los gigantes están intentando atraernos —dijo Annabeth—. Dan por supuesto que intentaremos rescatarlo.
—¡Pues tienen razón! —Hazel miró alrededor de la mesa, y su seguridad se desmoronó visiblemente—. ¿Verdad?
«Que digan que sí —rogó Leo a cualquier dios, olímpico o no, que estuviese oyéndolo—. Que digan que sí y que nadie se oponga. Es una trampa, lo entiendo, y Nico puede no parecer tan confiable porque estaba enterado de la existencia de los dos campamentos y no compartió esa información, lo comprendo, pero es el hermano de Hazel, ella no merece perderlo y, al final de todo, es un semidiós y, hasta donde sé, no ha hecho nada para ganarse que no lo ayudemos».
No se le escapó que, de no haber hablado con Hazel antes de la reunión, él probablemente habría sido quien pusiese objeciones y recomendase precaución en cuanto al rescate. Esa charla había transformado al tipo de una idea abstracta a una imagen demasiado real y humana, supuso. Eh.
—¡Sí! —chilló el entrenador Hedge con la boca llena de servilletas—. Habrá que luchar, ¿no?
—Por supuesto que le ayudaremos, Hazel —dijo Frank—. Pero ¿cuánto tiempo tenemos hasta que…? O sea, ¿cuánto tiempo puede resistir Nico?
—Un grano de granada por día —dijo Hazel tristemente—. Eso si entra en un trance mortal.
—¿Un trance mortal? —Annabeth frunció el entrecejo—. No suena muy divertido.
No lo hacía, no, y Leo se preguntó si cabría la posibilidad de que dejase secuelas en Nico.
—Eso evita que consuma todo el aire —dijo Hazel—. Como la hibernación o el coma. Un grano puede mantenerlo durante un día, a duras penas.
No secuelas, entonces. Genial. Aparte de la probable desnutrición. Y la claustrofovia provocada por estar encerrado en un lugar tan estrecho. Y el trauma. y… ¡de todos modos, no secuelas provenientes del trance mortal!. ¡Hurra!
—Y le quedan cinco granos —dijo Percy—. Eso son cinco días, incluido hoy. Los gigantes deben de haberlo planeado de esa forma para que lleguemos el 1 de julio. Suponiendo que Nico esté escondido en alguna parte de Roma…
—No es mucho tiempo —recapituló Piper. Posó la mano en el hombro de Hazel—. Lo encontraremos. Por lo menos ahora sabemos lo que significan los versos de la profecía. «Los gemelos apagarán el aliento del ángel, que posee la llave de la muerte interminable». El apellido de tu hermano: Di Angelo. Angelo es «ángel» en italiano.
—Oh, dioses —murmuró Hazel—. Nico…
—Lo rescataremos —dijo Percy—. Tenemos que rescatarlo. La profecía dice que él posee la llave de la muerte interminable.
—Así es —dijo Piper de forma alentadora—. Hazel, tu hermano fue a buscar las Puertas de la Muerte al inframundo, ¿verdad? Debió de encontrarlas.
—Él puede decirnos dónde están —agregó Percy— y cómo cerrarlas.
Hazel respiró hondo.
—Sí. Bien.
Leo luchó por reprimir una sonrrisa. Piper y Percy habían dado un motivo tangible para que el rescate se convirtiese en algo completamente necesario y ahora ninguna objeción sería capaz de hacer mella en el grupo.
Y fue ahí, por supuesto, cuando su querido amigo Jason se inclinó hacia adelánte, abrió la boca y pronunció las palabras que seguramente él habría pronunciado en un universo alternativo. Jason, que era hijo de Júpiter y pretor de Nueva Roma, y cuya presencia gritaba "soy un líder y deberías considerar mis palabras seriamente". Ese Jason. Sí.
En el futuro, Leo se preguntaría si tal vez, solo tal vez, no habría sido más adecuado que tomase el papel de anti-rescatador. Sus comentarios no hubiesen sido descartados rotundamente por todos, se diría, mas también admitiría que no habrían provocado tanto impacto al provenir de él.
—Eh… una cosa. Los gigantes esperan que hagamos eso, ¿verdad? ¿Y vamos a caer en la trampa?
Hazel miró a Jason como si hubiera hecho un gesto grosero.
—¡No tenemos alternativa!
—No me malinterpretes, Hazel. Es solo que tu hermano, Nico… sabía lo de los campamentos, ¿verdad?
—Bueno, sí —dijo Hazel.
—Y ha estado pasando de un campamento a otro sin decírselo a ninguno de los dos bandos. ¿Cómo podemos fiarnos de él, si ha actuado así?
Se instaló un silencio tenso, el cual Leo aprovechó para observar a su alrededor (no buscando partidarios a favor del rescate ni nada, no, pues ellos eran un grupo unido y sólidamente cohesionado). Percy y Annabeth habían bajado la mirada, luciendo pensativos; los ojos de Piper no paraban de desviarse entre Jason y Hazel, claramente sintiéndose conflictuada y la propia Hazel parecía como si en cualquier momento fuese a levantarse, a lanzar algo o a levantarse y lanzar algo. Lo único que la detenía, Sospechaba Leo, era la mano de Frank, que se hallaba colocada en su hombro.
Y hasta ahí lo de no buscar partidarios y lo de grupo sólidamente unido y cohesionado, se percató. El entrenador Hedge, al menos, seguía concentrado en alimentarse y no prestaba atención alguna a la discusión en curso, por lo que no representaba una preocupación inmediata.
—No me lo puedo creer. Es mi hermano. Él me trajo del inframundo, ¿y no quieren ayudarle? —exclamó Hazel, furiosa.
—Nadie está diciendo eso —aseguró Frank, lanzando una mirada fulminante a Jason ¿cuándo se volvió tan valiente?—. Más vale que nadie esté diciendo eso.
—Miren, chicos, lo único que digo es… —Jason se removió en su asiento, inquieto—, lo único que digo es que recuerdo a Nico del Campamento Júpiter. Y ahora me entero de que también visitó el Campamento Mestizo. Me parece… bueno, un poco turbio. ¿Sabemos a quién es leal? Tenemos que tener cuidado…
—Entiendo por qué desconfías, Jáson —interrumpió Percy—. Recuerdo que una vez Nico me llevó a… una trampa. Más o menos. Dijo que Hades no pretendía hacerme daño, pero de alguna forma terminé capturado y encerrado… aunque él pareció francamente sorprendido ante las acciones de su padre y me liberó y lo compensó luego. —Una serie de expresiones pasaron por su rostro, demasiado rápidas para que Leo consiguiera catalogarlas todas—. Y cuando me vio en el Campamento Júpiter con amnesia y confundido… digamos que no hizo mucho por mí. Ni me dijo quién era ni me ayudó a ponerme en contacto con mis amigos y familiares ni… ni nada, en realidad.
A Hazel le empezaron a temblar los brazos. Un plato de plata pasó zumbando hacia su cabeza, chocó contra la pared a su izquierda y desparramó los huevos revueltos que contenía.
—Ustedes… —su mirada empezó a ir de uno a otro, de uno a otro, como si no pudiese decidir en cuál de los dos mantenerla fija—. Ustedes, que han sido pretores y que deberían ser líderes imparciales… —finalmente, clavó la mirada en Jason, a quien conocía más—. Y sobre todo tú… el gran Jason Grace… el pretor que yo tanto respetaba. Se suponía que eras muy justo, un líder fabuloso. Y ahora… —de pronto pareció recordar que Leo se hallaba presente, porque apartó la mirada del hijo de Júpiter para enfocarla, cual rayo lácer, en él—. Y tú, Leo Valdez, el que a pesar de saber lo que sabe no ha dicho ni media palabra y quien debería entender más que cualquier otra persona lo que estoy sintiendo… ¿tampoco quieres ayudar a mi hermano?
«Claro que quiero, Hazel —pensó—. Dioses, por supuesto que quiero. ¿Pero cómo puedo decírtelo sin sentirme el más hipócrita del mundo? ¿cómo puedo hacerlo si sé, en lo más profundo de mí, que de no haber hablado contigo yo sería a quien odiarías pues me verías como el cruel infeliz que estaría poniéndole trabas al rescate de tu hermano? ¿cómo puedo…?»
Él no contestó.
—¡Respóndeme, Valdez! —le gritó—. Me debes eso, al menos. ¡Respóndeme!
«Si logras traspasar aunque sea algunas de sus barreras —le había confiado ella—, hallarás a un tipo amable, cariñoso, inteligente…»
Y quien la trató y la vio con un cariño capaz de hacerla sentir como el ser más indispensable del universo, recordó él. Su hermano, su maravilloso hermano al que adora…
De pronto, sintió la ira encenderse en su interior. Esto no tendría que haberse convertido en un conflicto promovido por los hijos de Zeus y Poseidón —dos de los Tres Grandes— acerca de cuán buena idea era rescatar a un semidiós —uno de los suyos— de un peligro mortal. No tendría que haberlo hecho, no, mas era la situación actual… y Leo la odiaba. Ferozmente. E iba a cambiarla, y al diablo lo que hubiese podido hacer en otras circunstancias.
Apretando la mandíbula, dejó que sus ojos se encontraran directamente con los de Jason (porque su intervención los había llevado a donde estaban, si le preguntabas)
«Tú iniciaste este desastre —intentó comunicarle—. No deberías haber dicho nada, no tú…»
—Conozco este barco como la palma de mi mano —comenzó, su tono frío, serio, a un paso de tornarse peligroso—. Sé cómo ha sido construido y cómo destruirlo pieza a pieza. Sé cómo lograr que vaya veloz como el viento o lento como un caracol. Sé cómo usarlo de manera letal o pasífica. Sé repararlo. Podría dañarlo. Este es mi barco, mío, y aunque no soy el líder de esta misión, sí soy el encargado del Argo II y quien lo dirige. Y, puesto que soy tal persona, este barco irá, tan rápido como pueda y como los ataques aleatorios de monstruos lo permitan, rumbo a Roma. Y una vez allí, porque llegaremos allí, me apuntaré, después de que Hazel lo haga, al grupo que vaya a buscar a Nico di Angelo. —Jason intentó intervenir, pero Leo realizó un gesto, silenciándolo—. No, Jason. No estoy ignorando los motivos que Percy y tú tienen para desconfiar. No. Los tienen y nadie puede arrebatarles el derecho a tenerlos; sin embargo, creo que pesa más que Nico sea el hermano de Hazel —aquel que la trajo de entre los muertos—, que sea un semidiós —uno de los nuestros, ya sabes—, que esté cautivo y necesite ayuda ya y que, hasta donde tengo entendido, no nos haya hecho daño ni activa ni intencionalmente. —Trasladó su mirada a percy por un segundo y luego comenzó a pasarla sobre todos los demás—. Él no está aquí para defenderse y dicipar nuestras dudas, lamentablemente, mas no por eso se merece que siquiera pensemos en abandonarlo. No. Así que este desacuerdo, que nunca debió producirse para empezar, se acaba. Ahora. No les estoy ordenando que ayuden con el rescate si no desean hacerlo, no, pero sí estoy afirmando que, mientras esté en mi poder, no permitiré que una discusión del tipo ¿deberíamos dejar morir a un semidiós solo porque no confiamos en él? vuelva a ocurrir. ¿Estamos? —al no obtener respuesta, su voz subió, y esta vez sí dejó escapar un poco de la ira que había mantenido fuertemente contenida—. ¿¡Eh preguntado si estamos!?
Tras recibir múltiples asentimientos, se echó hacia atrás francamente cansado. Sus energías se habían agotado así sin más, se estaba dando cuenta de lo poco apto que era para lanzar esta clase de diatrivas y esperaba no tener que volver a hacerlo próximamente.
—Bueno —dijo el entrenador Hedge—, el capitán ha hablado y obedeceremos… supongo. Y tú, capitán Valdez —señaló hacia su cabeza—, apaga el fuego que tienes encendido ahí.
Murmurando maldiciones en griego, Leo se dispuso a hacer precisamente eso… mientras ignoraba resueltamente los intentos que quienes lo rodeaban realizaban para no reírse, obviamente.
«¿Qué parte —se preguntó—, de "podría dañar este barco" no les ha quedado claro?»
