Draco se encerró en su habitación y se negó a salir. Quería esconderse del mundo, y en especial de sus padres. Se negó a comer junto a ellos, prefiriendo que los elfos trajesen la comida a su cuarto.
Lucius y Narcissa llamaron múltiples veces a su puerta, preocupados, pues intuían que le había pasado algo, pero tras no obtener respuesta decidieron dejarle en paz, respetando su secretismo.
Draco les veía caminar por los jardines, cogidos del brazo, inseparables como siempre. A veces miraban hacia las ventanas de su habitación, como si estuviesen hablando de él, pero Draco se escondía de ellos tras las cortinas, temiendo ser juzgado.
Se sentía avergonzado y deprimido. Le costaba creer que unos días antes hubiese tenido la esperanza de poder reconstruir su vida, de merecer que le pasase algo bueno ¿Cómo había podido imaginar que merecía algo así?
Las pesadillas, que nunca habían dejado de asolarle, cada vez eran más realistas y crueles. Ahora veía a su padre ser torturado frente a sus ojos, y a su madre siendo engullida por Nagini. Draco intentaba no dormir, dando vueltas como un preso en su celda, luchando contra el sueño y la desesperación.
También estaba evitando a Astoria. Sabía que ella no se merecía ese silencio sin explicación, pero era lo mejor. No quería cargarla con la vergüenza y la culpa que le acompañaban. Tarde o temprano ella encontraría a alguien que realmente mereciese estar a su lado, y Draco... Draco simplemente sobreviviría.
Astoria había intentado comunicarse con él, enviando frecuentes cartas, pero Draco sólo había respondido a aquello relacionado con el hotel y la exposición del señor Manawa. Sabía que estaba repitiendo el mismo patrón que le había alejado de Pansy, pero a esas alturas estaba atrapado un círculo vicioso imposible de romper.
No merezco la felicidad.
Se volcó en el trabajo una vez más, comunicándose con los clientes a través de lechuzas y elfos domésticos. Había vuelto a su comportamiento de años atrás, encerrado, viviendo como un ermitaño, temeroso de poner un pie fuera de la casa.
Pensaba que, si seguía trabajando, si se centraba en sus clientes y los pedidos, todo estaría bien. Pero por las noches las pesadillas volvían con más fuerza, impidiéndole descansar, obligándole a no olvidar.
A veces lloraba, cuando el cansancio y la desesperación podían con él, pero Draco apretaba los dientes, cerraba los puños y seguía negándose a cambiar.
Se lo merecía. Se merecía todo eso. No había otro futuro para él.
Había sido un ser odioso y despreciable. Había hecho daño a otros. Había observado mientras los demás sufrían. Y ahora merecía ser castigado por ello. No existía para él otro final.
Cuando dos semanas después Narcissa llamó a su puerta, se encontró con una figura pálida y ojerosa que la miró con hastío y dolor. Sin embargo, en lugar de reprenderle o preocuparse por él, como Draco temía, Narcissa se apartó hacia un lado.
-Tienes visita -anunció escuetamente, y antes de que Draco pudiese reaccionar, Astoria entró en el dormitorio de forma resuelta y cerró la puerta a sus espaldas.
La joven tardó unos instantes en asimilar lo que veía. La habitación estaba sumida en el caos, y los pergaminos y paquetes se mezclaban con los platos sucios y la ropa arrugada. Draco fue repentinamente consciente de que hacía días que no se había duchado o abierto la ventana.
Astoria cuadró los hombros y se acercó a él, y Draco gruñó, esperándose un discurso parecido al que oiría de los labios de su madre.
Debes salir de tu cuarto. Debes comer más. Debes cuidarte.
Y sin embargo, como siempre, Astoria le sorprendió.
-Es mi cumpleaños. Blaise está preparando una fiesta por todo lo alto en su nuevo yate. Quiero que vengas -declaró.
-¿Qué? -tras varios días sin hablar, la voz de Draco sonó como un gruñido. Ella abrió el bolso y sacó una invitación impresa en un papel brillante con grandes letras en cursiva.
-Es la semana que viene, el sábado por la noche. El código de vestimenta es formal, pero ya sabes cómo son estas fiestas. No es necesario que traigas un regalo, tu presencia es más que suficiente.
Draco la miró con la boca abierta, sin comprender lo que estaba escuchando.
-¿Por qué?
-¿No me has escuchado? Es mi cumpleaños, y quiero que estés ahí. No creo que necesite explicar más -Astoria se cruzó de brazos. Parecía frustrada y algo enfadada-. Si no vas, yo... -su voz tembló ligeramente, pero logró controlarse-. Sé puntual.
Y sin añadir nada más, se dio la vuelta y salió por donde había venido. Y Draco se quedó a solas, sin poder comprender lo que había pasado, y sin poder apartar la vista de la invitación.
OOO
Una oportunidad, tenía una oportunidad más. Era tan fácil echarla a perder que Draco sabía que automáticamente intentaría sabotearse.
Era muy fácil, sólo tenía que ignorar la invitación y no asistir a la fiesta. El resto vendría solo. Astoria estaría enfadada y decepcionada, y no querría volver a verle nunca más.
Y sin embargo, Draco comenzó a preguntarse qué le regalaría a Astoria por su cumpleaños.
Ese pensamiento se volvió su nueva obsesión, apartando de su mente todo lo demás.
Por supuesto, tenía la típica lista de regalos que no podían fallar: flores, joyas, perfumes, complementos... pero él quería ir más allá. Quería que su regalo fuese algo personal. Quería demostrarle que él sabía escuchar. Quizá incluso podría hacerse perdonar.
Y cuanto más pensaba en ello, más recordaba la historia que Astoria le había contado acerca de sus abuelos y el libro robado. Si hubiese alguna forma de encontrarlo... Por supuesto, aquello era una misión imposible. Habían pasado demasiados años, y todo había ocurrido en otro país. Y por supuesto, el libro podía haber sido destruido en el último momento, a modo de burla o venganza.
Pero no perdía nada por intentarlo.
Debido a su trabajo, Draco contaba con una larga lista de contactos a los que podía preguntar. Camufló sus pesquisas con la excusa de estar trabajando en el último encargo de un cliente, intentando no dar pistas que indicasen que aquel era un objeto preciado y personal.
Uno de sus contactos del callejón Knockturn tenía amigos que habían vivido en Austria durante el reino de terror de Grindelwald. De uno de ellos obtuvo una pista fidedigna que le permitiría avanzar en su investigación.
Envalentonado y lleno de una energía que no sentía desde hacía días, Draco rellenó el papeleo pertinente para viajar fuera del país. Debido a sus antecedentes, necesitaba un visado especial cada vez que quería salir de Inglaterra.
Por supuesto, el Ministerio controlaba todos sus movimientos, pero no era la primera vez que Draco viajaba al extranjero por motivos de trabajo. Tenía más objetos que rastrear, algunos más interesantes que el libro de los Greengrass, así que no tuvo problemas a la hora de obtener el visado.
Utilizando el escaso tiempo del que disponía con su eficacia habitual, Draco siguió con su búsqueda, camuflando su interés por el libro con los otros objetos de su lista. Y poco a poco, entre preguntas, tratos y sobornos, por fin consiguió dar con su objetivo.
Para su congoja, el libro había sido dañado, y había perdido muchas de sus páginas, pero consiguió disimular su decepción y hacerse con el ejemplar por un precio menor del que pedían por él. Y debido a su mal estado, los trabajadores del Ministerio apenas le prestaron atención al pasar por la aduana, mientras que insistieron en requisar otros de los objetos que Draco había conseguido en su viaje.
Acostumbrado a ese tipo de trato, Draco protestó y peleó como hacía siempre, pero en el fondo se sentía aliviado. Con el libro en su poder, libre de toda sospecha, viajó al Callejón Diagón para intentar restaurarlo.
Acudió a un viejo conocido de su madre, experto en restauraciones, y ofreció una exorbitada cantidad de dinero para devolver el libro a su estado original antes del cumpleaños de Astoria.
Y por fin, tras obtener la promesa de que el libro estaría listo a tiempo, Draco se permitió relajarse, tomando un té en una de las terrazas del Callejón Diagón.
No había hecho eso desde antes del final de la guerra, y considerando su estado mental de unos días atrás le parecía sorprendente e irónico que fuese capaz de hacer algo así, pero se sentía aliviado. Había conseguido algo que parecía imposible, y estaba seguro de que a Astoria le alegraría recuperar una parte de la historia de su familia.
Eso le recordó que tenía que acudir a la fiesta, y la idea de verse rodeado de gente le puso nervioso ¿Podría hacerlo?
Tengo que ir, Astoria quiere que vaya.
-¿Draco?
Una voz le trajo de vuelta a la realidad, y Draco parpadeó confuso, reconociendo a la figura que tenía frente a él. Pansy Parkinson le miraba con una mueca de incredulidad que se transformó en una sonrisa insegura.
-Hola Pansy.
-¿Puedo sentarme? -Draco asintió, observando a su antigua amiga.
Pansy vestía de forma elegante, con su pelo oscuro peinado con cuidado, y su maquillaje perfectamente aplicado. Su postura era más erguida de lo que él recordaba. Poco quedaba en ella de la colegiala a la que había invitado al baile de los Tres Magos.
-¿Cómo te encuentras? Hace mucho que no nos vemos -Pansy también parecía algo insegura y cautelosa, como si no supiera qué esperar de él. Draco no se lo reprochaba; recordó que se habían visto por última vez en el funeral del abuelo de Astoria, pero no habían hablado.
-He estado ocupado. Tengo mucho trabajo.
-Eso he oído -Pansy pareció vacilar-. Me alegra ver que estás saliendo adelante. Estaba preocupada por ti.
Draco jugó con la cucharilla, dándole vueltas entre los dedos. Luchando contra sí mismo, decidió mirar a Pansy a la cara. Iba siendo hora de enfrentarse al pasado.
-Lo siento Pansy. Lo siento mucho. Siento haberte ignorado y no haber respondido a tus cartas. Merecías una explicación, te merecías algo mejor que mi silencio -confesó-. No puedo arreglar lo que pasó, pero lamento mucho cómo te traté.
Ella le miró con la boca abierta, totalmente anonadada por sus palabras. Por un momento sus ojos se humedecieron.
-Me hiciste mucho daño Draco -reconoció con la voz temblorosa-. No sabía si sería capaz de perdonarte.
-No merezco que lo hagas.
-Entiendo por qué lo hiciste, pero desearía que no me hubieses apartado así. No tenías que haber estado solo.
-No creía merecer otra cosa.
-Qué tonto eres Draco -Pansy sorbió por la nariz y parpadeó con rapidez.
-Lo siento -repitió él, agachando la cabeza.
-Eso dices, pero ¿es cierto?
-¿Qué quieres decir?
-¿Vas a cambiar algo? ¿O vas a volver a desaparecer como si no nos hubiéramos visto?
-Yo... no puedo volver a ser quien era.
-No te estoy pidiendo eso ¿Podemos ser amigos? -sus ojos oscuros estaban fijos en él, suplicantes-. ¿Crees que puedes hacer eso?
-Claro que si -Draco no lo tenía muy claro, pero quería intentarlo. No podía volver a caer en la trampa de encerrarse en su habitación, aislado del mundo.
-¿Seguro? ¿Vendrás a mi boda?
Ese fue el turno de Draco de mirarla con incredulidad.
-¿Vas a casarte? -y por primera vez se fijó en el enorme y ostentoso anillo que Pansy llevaba en el dedo.
-Theo me lo pidió y no pude decir que no -Pansy esbozó una tímida sonrisa.
-Me alegro por ti.
-Nos hace mucha ilusión.
-No lo pongo en duda -Draco sonrió-. Imagino que tu madre estará eufórica.
Pansi puso los ojos en blanco.
-Sólo estoy contando los días para perderla de vista. Ha tomado el control sobre la boda.
-Siempre podéis fugaros y casaros en secreto.
-No me tientes -Pansy se rio y miró su reloj-. Se me hace tarde, tengo que recoger el regalo de Astoria.
-¿Tú también vas a su fiesta?
-¿También? -Pansy tardó un minuto en comprender su pregunta-. ¿Te ha invitado al final?
-¿Te extraña?
-Por lo que tengo entendido, la estabas evitando.
-¿Quién te ha dicho eso? -Draco se puso a la defensiva.
-Sólo son rumores, Draco -pero Pansy vaciló-. Ella parece una buena chica. No le hagas daño.
Draco quiso protestar pero se mordió la lengua. Sabía que Pansy tenía razón; había rehuido a Astoria desde su desastrosa cita, y se sentía culpable por ello.
-No pretendo hacerlo -murmuró al final. Pansy chascó la lengua y se puso en pie.
-Espero verte en la fiesta. Hasta entonces.
Draco se despidió de ella, y observó cómo se marchaba, sintiendo como si un peso terrible se hubiese levantado de sus hombros.
OOO
Draco fue transportado por la magia de la invitación al lugar de la fiesta. El yate de Blaise estaba amarrado en el puerto, a la espera de que todos los invitados hiciesen su llegada.
Había muchísima gente, y Draco se preguntó si todos ellos serían conocidos de Astoria, o si Blaise había decidido usar su cumpleaños como excusa para preparar una fiesta. Se sintió agobiado y un tanto mareado por la multitud, pero apretó los puños y respiró hondo. Astoria le había pedido que acudiese, y él no la decepcionaría.
Se abrió paso entre la gente, intentando encontrar caras conocidas. Finalmente, reconoció a Daphne y se acercó a saludarla.
-¡Draco! Has venido -parecía sorprendida, pero Draco no se lo reprochó. Ni él mismo estaba seguro de estar allí.
-No puedo decir que no a una invitación -sin embargo, trató de sonreír, como si no pasase nada.
-Astoria se alegrará de verte... si consigues encontrarla -Daphne tenía que elevar la voz para hacerse oír. El ruido de las conversaciones y la música hacía difícil escuchar con claridad.
-¿Sabes dónde está?
-Estaba recibiendo a los invitados, pero es difícil saber dónde ha ido ahora -Daphne intentó decir algo más, pero fue empujada hacia un lado. Draco agitó la mano, indicando que iría a dar una vuelta, y siguió avanzando.
El yate era enorme por dentro, agrandado gracias a la magia, pero estaba tan atiborrado de invitados que era difícil moverse. A lo lejos, creyó ver a Pansy haciéndole gestos para que saliese a la cubierta, y decidió obedecer. Tras mucho esfuerzo consiguió salir al exterior, pero en lugar de saludarle, Pansy le empujó.
-Sigue caminando hacia esas luces -ordenó con un tono de voz que no admitía réplica.
-¿Por qué?
-¡Tú hazme caso!
Sintiendo el empujón de sus manos en la espalda, Draco no tuvo más remedio que obedecer, sin saber qué era lo que Pansy pretendía. Sin embargo, cuando llegó al lugar indicado lo comprendió.
-¡Draco! -Astoria sonrió al verle, y toda su cara se iluminó. Por un segundo, Draco se olvidó de la multitud que les rodeaba, y sólo se fijó en ella.
Astoria lucía un vestido verde de corte muy atrevido que se pegaba a su cuerpo como si de una segunda piel se tratase. Nunca la había visto tan seductora, y Draco sintió cómo se le secaba la boca.
-Felicidades -acertó a decir-. Estás espectacular.
Sonriendo, Astoria giró sobre sí misma para mostrarle la parte trasera del vestido. Su pelo recogido dejaba a la vista el atrevido y amplio escote de su espalda.
No lleva nada debajo.
Draco se arrepintió al instante de pensar en aquello, porque sabía que su mente traicionera ya no podría centrarse en otra cosa. Se forzó en ignorar la forma sugerente en la que sus pezones se marcaban contra la fina tela, y fijó la vista en el rostro resplandeciente de Astoria.
-Me alegro de que te guste. Es verde -la sonrisa de Astoria indicaba que la elección del vestido había sido cuidadosamente planeada, y sugería que él era el objetivo de su selección.
Aquello le hizo sentirse nervioso, pero a la vez le dio seguridad. Se acercó a ella para no tener que gritar y poder observarla de cerca.
-Te sienta muy bien -declaró con la voz ligeramente rasposa. Astoria le miró intensamente, mordiéndose el labio, y Draco volvió a sentir aquella energía que había notado en los Jardines de Orchab. Se preguntó si sería muy atrevido tocarla. Quizá podría aprovechar la excusa de la música...
-¡Aquí está la chica del cumpleaños! -Blaise había aparecido de repente, abriéndose paso como por arte de magia, y de alguna forma interponiéndose entre los dos-. No puedes empezar la fiesta sin abrir tu regalo -le tendió una pequeña caja de regalo con el sello de una famosa casa de joyería.
Que no sea un anillo.
Para su alivio, Astoria desveló una fina cadena de un metal plateado de la que colgaba una pequeña aguamarina redonda.
-Es muy bonito, Blaise, muchas gracias.
-Te dije que tenías que confiar en mí. Ha quedado perfecto. Por favor, permíteme -y sin esperar respuesta, Blaise cogió el colgante y procedió a ponérselo, dejando que sus manos tocasen más de lo necesario la piel descubierta de Astoria. Mientras lo hacía, miró a Draco con burla, como retándole a hacer algo.
Este, sin embargo, se sintió más tranquilo de lo que hubiese esperado. No cabía duda de que Blaise esperaba darle celos de alguna manera, pero Astoria ya había dejado claro que no estaba interesada en sus atenciones, y eso le dio la suficiente tranquilidad como para permanecer impasible.
Si algo le molestó, fue saber que ella se sentía incómoda al ser tocada sin permiso, pero Astoria fue capaz de alejarse de Blaise y de nuevo agradecer su regalo de forma educada, pero formal. Sus ojos no brillaron al sonreír y tampoco se mordió el labio.
Blaise no se dio por aludido.
-Disfruta de la fiesta, espero que podamos bailar luego.
-Creo que ya se lo que no voy a hacer hoy -murmuró ella entre dientes, fingiendo una sonrisa, mientras él se alejaba.
-¿Estás bien? -preguntó Draco, observando su lenguaje corporal.
-Sí, no te preocupes, esto es normal.
-No debería serlo.
-Estoy bien -insistió ella, alzando las cejas para recalcar sus palabras. Draco aceptó su respuesta, y tratando de sacar a Blaise de su mente, se fijó en el colgante.
-¿Es algo especial?
-La piedra formaba parte del anillo de bodas de mi abuela; lo heredé cuando mi abuelo falleció. El anillo era demasiado grande y no era de mi estilo, así que Blaise se ofreció a rediseñarlo -Astoria tocó la gema con suavidad-. Ahora puedo llevar a mis abuelos conmigo todo el tiempo -sonrió.
-Espero que te dé suerte -Draco descartó sus celos rápidamente. Estaba claro que aquel colgante era un objeto sentimental muy especial para Astoria, y se alegró de que pudiera tener una pieza de sus seres queridos-. ¿Puedo darte tu regalo? -preguntó con timidez, anticipando nerviosamente el momento de entregarle el paquete.
-No tienes que pedirme permiso -se burló Astoria.
-Quizá sería mejor ir a un sitio más tranquilo. Es algo delicado y podría romperse.
-Eso va a ser difícil; ya no podemos bajar a la orilla -observó Astoria, señalando las luces lejanas del puerto.
-Sé dónde podemos ir. Sígueme.
Draco la guio a través de los pasillos del yate hasta la única habitación que sabía que estaría vacía. El dormitorio de Blaise era la joya de la corona, y como tal, estaba cerrada a cal y canto. Pero Draco, que se había encargado de entregar la decoración, aún tenía la contraseña, y Blaise no se había molestado en cambiarla.
-Por Merlín -murmuró Astoria, mirando a su alrededor y reparando en las esposas que colgaban del cabecero de la cama, y en los diversos instrumentos que podrían utilizarse en pareja-. ¿Qué clase de dormitorio es este?
-Deberías ver las trampillas secretas. No te dejarán indiferente.
-¿Eso son jugueres sexuales?
-Y hay mucho más. Detrás de ese panel hay un potro que puede utilizarse entre varias personas.
-Veo que eres un entendido -se burló ella, mirándole con cautela.
-Para nada, yo sólo me limité a proveer lo que él me pidió. No he usado nada de esto.
-¿Nada?
Draco vaciló. No sabía si Astoria le estaba preguntando por alguna preferencia en particular, o simplemente por cualquier tipo de acto sexual. Sin embargo, de poco servía mentir o exagerar.
-Ya te dije que no he salido con nadie desde que acabé el colegio -confesó, algo avergonzado-. Eso incluye... ya sabes.
-Eso no es algo malo -Astoria suavizó su voz, sin asomo de burla-. Y no es algo que no se pueda remediar.
Draco tragó saliva, sintiéndose de nuevo acalorado. La mirada de Astoria dejaba poco lugar a dudas de lo que quería decir, y de nuevo, la visión de su cuerpo apenas cubierto por aquella fina tela verde le provocó sensaciones que no era capaz de ignorar.
Ni siquiera la has besado.
Eso era cierto, por mucho que la desease, no sabía por dónde empezar. No quería cometer un error. Y además, el dormitorio privado de Blaise no le parecía el lugar adecuado.
Carraspeando, Draco luchó por poner en orden sus pensamientos.
-Quería darte esto. Espero que te guste -de su bolsillo sacó un paquete envuelto en papel de regalo azul, que aumentó de tamaño al ser liberado de su hechizo.
Curiosa, Astoria abrió su regalo con cuidado, sin comprender lo que era. Abriendo el libro por una página al azar, contempló las figuras de los planos, cuidadosamente encuadernadas. Sus ojos se abrieron sorprendidos, y a la vez temerosos, sin atreverse a confirmar sus sospechas.
-Esto es...
-Mira la primera página.
Y allí, escrita a mano, una dedicatoria marcaba la autoría del libro.
-Para mi querido Augustus. Espero que juntos podamos construir nuestro futuro. Te amo... Oh cielos -Astoria abrazó el libro contra su pecho, mirando a Draco con la boca abierta y los ojos húmedos-. ¿Cómo lo has hecho? ¿Dónde lo has encontrado?
-Eso es secreto de profesión -sonrió él-. Me temo que faltan algunas páginas, pero es lo más cercano a su estado original que he podido conseguir. Espero que pueda seguir en tu familia durante muchos años.
Astoria fue incapaz de hablar, emocionada como estaba. Conteniendo las lágrimas abrazó a Draco, y este respondió en silencio, contento por haber podido contribuir a su felicidad.
Se sentía satisfecho por saber que le había devuelto a Astoria una parte tan importante del pasado de su familia, y en aquel momento no le importaba nada más. No podía ser más perfecto, esa noche Astoria había recuperado dos objetos que habían pertenecido a las personas a las que más quería.
Secándose la cara y riendo, Astoria se separó de él, recomponiéndose.
-Es el mejor regalo que me han hecho jamás -sonrió-. Mi padre no se lo va a creer cuando lo vea. Pensábamos que se había perdido para siempre.
Draco la observó encoger el libro con cuidado y meterlo en el bolso.
-Espero que esto pruebe mis habilidades como proveedor de arte y objetos exclusivos -bromeó.
-Nunca dudé de tus habilidades.
De nuevo su sonrisa lo iluminaba todo. Su corazón latía con fuerza sólo por verla sonreír.
Aún seguían cerca, y estaban a solas. Parecía el momento perfecto.
Bésala.
Con mucha cautela, Draco se acercó a ella. Astoria pareció adivinar sus intenciones e inclinó ligeramente la cabeza hacia atrás, entreabriendo los labios. Esa energía que retorcía su estómago como si estuviera lleno de mariposas volvía a estar presente. Se miraron a los ojos y parecieron alcanzar una decisión.
Iba a besarla. Por fin iba a hacerlo.
Draco se inclinó, humedeciéndose los labios. Sus narices se rozaron suavemente, en la torpeza de aquel movimiento. Podía anticipar el calor de la respiración agitada de Astoria. Vio cómo ella cerraba los ojos, expectante, arqueando su cuerpo hacia él...
Y entonces la puerta se abrió.
-Aquí estabas. Tu hermana te está buscando. Tiene la tarta y las velas preparadas -Blaise les miraba de forma condescendiente, adivinando lo que estaba pasando. Por primera vez, Draco no pudo ocultar su expresión de rabia y odio, que el otro ignoró-. ¿Le digo que espere?
-No, ya voy -con un deje de irritación, Astoria salió del dormitorio a toda prisa. Blaise no la siguió, sino que miró a Draco de forma burlona.
-¿Estás usando mi habitación privada, Draco? No me lo esperaba de ti.
-No es asunto tuyo.
-Es cierto, no lo es. Pero tendré que cambiar la contraseña. A nadie le gusta que jueguen con sus cosas -sonrió de forma fría y burlona, y Draco apretó los puños pero se mordió la lengua. Sin caer en la provocación salió de la sala y se dirigió al salón principal.
Allí, en medio de toda la multitud, una gigantesca tarta se alzaba cubierta de velas. Daphne dirigía a la gente cantando cumpleaños feliz, y Astoria hizo todo lo que pudo para apagar todas las velas de golpe.
Tras los aplausos de rigor, aceptó la copa que el anfitrión le ofrecía y brindó con su hermana y con sus amigos más cercanos. Fijando sus ojos en Draco, vació la copa de un trago. Draco se prometió a sí mismo que antes de acabar la noche volvería a encontrarse con ella a solas.
Y esta vez nadie les interrumpiría.
Pero no fue tan fácil.
La música subió de volumen, las luces se apagaron, y tan sólo los reflejos mágicos iluminaron las estancias. Los invitados siguieron bebiendo y bailando, y la fiesta se volvió más alocada.
Draco fue empujado y perdió a Astoria de vista. Acabó arrinconado junto a una pared, incapaz de moverse, soportando pisotones y la humedad repentina de las bebidas que se derramaban accidentalmente por la gente que bailaba. Todos se movían y gritaban a su alrededor, produciendo un ruido ensordecedor. Alguien se había subido al piano de cola, gritando y agitando los brazos al son de la música.
Draco cerró los ojos, llevándose una mano al pecho. Había demasiado ruido, y se sentía cada vez más mareado y confuso. No aguantaba el volumen de la música y el olor del humo. Por un momento, otros gritos regresaron a su memoria. Gritos de dolor, lacerantes y horrendos. Gritos que no podía olvidar y que le mantenían en vela por las noches. Gritos que...
Una mano le tocó en el hombro, trayéndole de vuelta a la realidad. Al girarse vio a Pansy y a Theodore Nott.
-Draco ¿Estás bien? -le preguntó ella, con expresión de preocupación. Draco se dio cuenta de que estaba sudando y tiritando. Su mal aspecto debía ser tan evidente que incluso Theodore había colocado protectoramente frente a él, para bloquear con su cuerpo a la gente que pasaba demasiado cerca.
-Sí, no os preocupéis, es el ruido.
-Nosotros vamos a irnos ya, no estamos cómodos aquí -Pansy tuvo que gritarle al oído para hacerse escuchar-. ¿Quieres aparecerte con nosotros? Iremos a un lugar tranquilo.
Sus expresiones eran sinceras y libres de malicia, parecían realmente preocupados por él. Draco estuvo tentado a que aceptar su oferta, pero quería despedirse de Astoria antes de irse.
-Me quedaré un poco más -gritó. Ellos insistieron, repitiendo su oferta, pero Draco se mantuvo firme en su decisión. Pansy y Theodore asintieron y se despidieron, alejándose a empujones entre la multitud.
Draco buscó a Astoria por todas partes. Atravesó los diferentes salones, sufriendo empujones y rechinando los dientes para no caer de nuevo en un ataque de pánico. Miró en las habitaciones, donde las parejas más fogosas se habían retirado para llevar las cosas a otro nivel. Buscó en los pasillos y en los aseos sin éxito.
Entonces vio a Daphne, acompañada por un chico al que Draco reconoció como antiguo alumno de Ravenclaw. Ella se abanicaba y se pasaba un pañuelo mojado por la nuca.
-¿Estás bien? -le preguntó, fijándose en su expresión descompuesta.
-Me ha dado un golpe de calor. Hay mucha gente ahí dentro. Creo que la fiesta se está descontrolando -la expresión de Daphne revelaba que no se sentía cómoda con el nuevo ambiente.
-¿Sabes dónde está Astoria? Me gustaría despedirme de ella.
-No lo sé, hace mucho que no la veo.
-Creo que la vi dirigirse hacia ese pasillo -señaló el otro chico-. Pero puede que me equivoque, no se ve nada.
Draco reconoció aquel pasillo, pues era una ruta rápida al dormitorio privado de Blaise. Sin saber por qué, se sintió inquieto. Atravesando la multitud, se adentró por el pasillo.
Esa zona del yate estaba mucho más tranquila, debido a los hechizos que Blaise había puesto. Sólo aquellos autorizados podían estar allí, pero debía haberse olvidado de bloquear a Draco, porque este pudo llegar sin problemas hasta el final.
Sin embargo, tal y como había supuesto, la puerta del dormitorio estaba cerrada con una nueva contraseña. Draco miró a su alrededor; no había otro lugar donde Astoria pudiese estar, si de verdad había desaparecido por ese pasillo. Tenía que comprobar sus sospechas.
Había una cosa que Blaise no sabía y Draco no se había molestado en decirle. Como responsable del diseño de esa habitación y del resto del yate, Draco se había visto obligado seguir las regulaciones de seguridad, y había instalado una apertura de emergencia en la puerta.
Desbloqueando la cerradura manualmente, Draco entró en la habitación a toda prisa, encontrando a Astoria. Ella estaba sola, tumbada sobre la cama redonda, y parecía estar dormida.
Draco se acercó a ella, agitándola y llamándola por su nombre. Notó que su piel estaba fría y pegajosa al tacto. Finalmente, Astoria abrió débilmente los ojos y pareció reconocerle.
-No me encuentro bien -gimió lastimeramente.
-Voy a llevarte a casa -acordándose de recoger su bolso, Draco alzó a Astoria, pasándose un brazo por encima de los hombros, y se tambaleó con ella hasta el vestidor.
Ese era uno de los puntos del yate desde los que se podía entrar o salir mediante desaparición.
Consiguió aparecerse con Astoria en el hall del Greengrass Londres, y avanzó penosamente, tratando de sostenerla sin que se cayese. Los trabajadores que estaban en la recepción les miraron alarmados, reconociendo a la joven.
-¡Necesita ayuda! ¡Llamad a un curandero! -Draco notó cómo las piernas de Astoria cedían y ella se desplomaba contra él. La cogió en brazos para evitar que cayese al suelo.
Una trabajadora se acercó a toda prisa, preocupada.
-¿Deberíamos llamar a los señores Greengrass?
-Los curanderos primero, no sé qué le pasa.
-Llévela a su habitación. La ayuda llegará de inmediato -Draco miró a la joven trabajadora, y por alguna razón, su instinto le hizo pensar en lo que hacía.
-¿Cómo te llamas? -le preguntó.
-July.
-Por favor, acompáñanos -no supo por qué lo hizo, pero una parte de Draco sabía que debía pedir ayuda y no quedarse a solas con Astoria por nada del mundo. July miró a sus compañeros, pero accedió a su petición, y les siguió hacia el ascensor.
En el apartamento, llevaron a Astoria hasta la cama y trataron de acomodarla lo mejor posible.
-Está ardiendo -observó Draco, tocándole la frente-. Voy a traer agua.
Entró a toda prisa en el aseo y mojó una toalla con agua fría. Mientras lo hacía, escuchó cómo July exclamaba algo.
-¡Señorita! Señorita, no haga eso por favor.
-¿Qué ocurre? -Draco regresó con la toalla empapada en la mano.
-¡No me hace caso!
Astoria agitaba la cabeza, como si estuviese soñando, e intentaba desnudarse apartando los tirantes del vestido. July y Draco la detuvieron sujetándole las manos, llamándola por su nombre. Astoria abrió los ojos vidriosos, y reconociendo a Draco sonrió de forma perezosa. Parecía estar borracha.
-Tócame. Fóllame -gimió, retorciéndose.
-¿Qué? ¡No! -anonadado, Draco dio un paso atrás, como si le hubiesen electrocutado. No se atrevía a tocarla. Astoria gimió de nuevo, acariciándose sensualmente por encima del vestido, mirándole con la mirada perdida.
-Quiero que lo hagas. Fóllame.
Aterrado, Draco miró a July.
-Voy a salir al salón. Por favor, evita que se haga daño.
July intentó protestar, pero Draco la ignoró. No podía seguir allí, no sólo por lo incómoda que era la situación, sino porque sabía que aquello no pintaba bien.
Sin embargo, poco después un equipo de medimagos y varios trabajadores del hotel entraron en la habitación en tropel. Draco señaló hacia el dormitorio sin decir nada, preocupado y aliviado a la vez.
No sabía qué estaba pasando en la habitación, pero esperaba que pudieran ayudarla.
-Señor Malfoy, por favor, venga con nosotros -sorprendido, Draco se dio cuenta de que había tres magos con uniformes del Ministerio frente a él. No tenían la varita en la mano, pero estaban en guardia.
-No he hecho nada -protestó.
-Le rogamos que no nos lo ponga más difícil -pero por el tono de voz se intuía que aquello no era una súplica.
Draco volvió a mirar en dirección al dormitorio y tomó una honda bocanada de aire. Astoria estaba en buenas manos, debía confiar en que fuesen capaces de ayudarla. Resignado, decidió obedecer.
Aún no lo sabía, pero esa noche sería muy larga.
OOO
Parece que la segunda cita no fue mejor que la primera. Parece que el destino no está dispuesto a ponerle las cosas fáciles a esta pareja.
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