El ambiente estaba húmedo con el vapor que salía de la locomotora. A pesar del insistente ruido de voces y risas llenas de alegría, Rose logró escuchar las últimas recomendaciones que su madre gritaba para ella, que se asomaba a través de la ventana del vagón. A un lado de Hermione, Ron Weasley, el padre de Rose, sonreía y se despedía con la mano, junto con su mejor amigo, el tío Harry.

—Y no olvides tu planeador de bolsillo, ¡lo empaqué en la parte superior de la mochila! ¡Cuida a tu hermano, Rose! Oh, Ron —lo último que vio antes de que el tren comenzara a andar fue a su madre voltear a su padre. Cualquiera habría pensado que Rose era una niña, apenas una primeriza yendo al colegio sin experiencia.

Aquella escena, sin embargo, se había repetido durante seis años. Generalmente, Rose guardaba en su corazón aquella imagen, sus padres y familia agitando la mano con alegría deseándoles un buen curso a ella y las personas con las que casi siempre se sentaba: su hermano Hugo, que este año era prefecto por primera vez y no estaba ahí; y su primo Albus Potter. Rose era demasiado consciente, sin embargo, de otra presencia común.

El tren se zangoloteó y la obligó a tomar su lugar. Frente a ella, su primo ya sacaba del envoltorio los sándwiches que le había enviado la abuela para el camino.

—¿Qué? —dijo, mordiendo el primer bocado y mirando a Rose sin vergüenza. —Tengo hambre. La bruja de las golosinas llega a mitad del trayecto.

Ella habría dicho algo, algún comentario irónico y burlón, pero lleno de amor. Durante las seis veces anteriores que había hecho este viaje, Rose había sentido la comodidad más natural en ese vagón, junto a alguien que era un hermano para ella, al mismo nivel que Hugo o que Roxanne, otra prima. Pero no aquella vez. Se sintió observada. Un par de ojos grises la miraban. Aquellos ojos en específico la habían visto muchas, muchas veces antes. Al ser el mejor amigo de Albus, Scorpius Malfoy siempre había estado con él. Por ende, la mayoría de los recuerdos que Rose tenía de Hogwarts hasta el momento lo implicaban. Nunca habían llegado a ser los mejores amigos, aunque sí que eran amigos. Todo había cambiado en el último curso, y ahora ella sentía que la mirada era distinta; la ponía nerviosa y aquello, definitivamente, eranuevo.

—Será un excelente año —sentenció Albus, que aunque era muy inteligente a veces podía ser un total despistado social. —Habrá audiciones para el quidditch pronto, al menos eso he oído. Vas a audicionar otra vez, ¿verdad, Scor?

—Eso creo —contestó el amigo de su primo. Había desviado la mirada y ahora leía algo que Rose no alcanzaba a distinguir.

—¿Seguirás en astronomía, Al? —preguntó Rose, intentando enfocar su atención en su primo. Durante el curso pasado Albus había llegado tarde tantas veces a Astronomía que casi había reprobado aquella materia.

—No esta vez —respondió su primo. Scorpius lo miró alzando una ceja, pues la actitud de Albus era relajada y algo presumida.

Únicamente ellos dos habían logrado ver esta faceta de Albus, sabía Rose. Tal vez incluso la familia, pero en Hogwarts sólo ellos. Albus solía ser callado y reservado en muchos aspectos de su personalidad, pero con ellos siempre se había sentido demasiado libre de ser él mismo, de mostrar aquellos rasgos por los que el sombrero lo había enviado a Slytherin junto con Scorpius.

—Scorpius sí volverá —dijo Al, despreocupadamente —. No entiendo sus motivos, porque Merlín sabe que la detesta tanto como yo. Supongo que podrán sentarse juntos y lamentar mi ausencia en silencio.

El corazón de Rose saltó sin que ella diera permiso. Sí. Sabía que aquella materia había sido detestada por Albus y Scorpius prácticamente desde el primer año de colegio. Sabía que era probable que la dejaran en cuanto tuvieran la oportunidad. Como habían aprobado sus TIMO's el año pasado, este había sidoel momento. Y sin embargo él rehuyó su mirada cuando fue inevitable observarlo, buscando algo en su libro.

No tenía sentido que Scorpius Malfoy hubiera considerado la posibilidad de volver a aquella clase. No cuando siempre había sido evidente lo contrario. A menos que...

El curso anterior algo había sucedido que había cambiado las cosas. Rose no quería pensar en ello y, paradójicamente, eratodoen lo que podía pensar. El verano había estado lleno de aquel recuerdo, una ansiedad extraña apoderándose de su estómago al pensar en esa noche. Al recordar su mirada, la forma en que sus manos tibias y delgadas la habían sostenido del brazo con fuerza, pero sin lastimarla.

La forma en que después Rose evitó encontrarse con él, desayunar en la misma mesa que él, pero lo había visto marcharse en el viaje de vuelta a casa hasta que su cabello rubio desapareció en la estación entre el vapor y las risas.

La forma en la que había evitado casi al completo la Torre de Astronomía después de esa noche, y lo había evitado a él, incluso cuando todo lo que quería era regresar el tiempo hasta ese momento, una y otra vez.

El fin de curso estaba cerca y ella estaba estresada y sólo quería hablar con alguien. Albus había tenido detención, Rose ya ni siquiera recordaba por qué. Se había encontrado a Scorpius de camino al Gran Comedor, ella no recordaba cómo habían llegado a la Torre. Y luego ella estaba casi cayendo, sostenida por él, y Scorpius queríadecirlealgo. Pero Rose había sido una cobarde.

Pensar que el año siguiente ni él ni Albus tendrían que pasarse por la Torre de Astronomía había sido un alivio para Rose en los últimos días de la primavera. Y ahora, él volvía.

Rose había estado tan ensimismada en su vorágine de pensamientos que había olvidado por completo su bolso en el regazo. No era demasiado grande, apenas algo donde cabía un libro ligero y la varita mágica, pero se deslizó de sus piernas y aterrizó con un golpe seco en el piso. Scorpius se adelantó a levantarlo antes de que Albus reaccionara. Se lo extendió a Rose y ella sintió que no había escapatoria, no podía sino mirarlo a los ojos.

Fue como si algún cachivache de su abuelo le hubiera dado toques. Se sintió estremecer, el cuello se le calentó. Se dijo que sólo estabanerviosa. Él sólo estaba siendo amable, como siempre era. Scorpius casi rozó su mano con la suya, pero se alejó y algo en el estómago de Rose tiró de ella hacia adelante, aunque logró controlarse y simplemente reaccionar.

—Gracias —dijo ella, intentando sonar natural.

—En fin —prosiguió Albus. —Tendré más tiempo para las prácticas, supongo, y tengo que subir mis notas en pociones. Ha sido una buena decisión.

—Supongo que sí —contestó Rose, volviendo a lo que ella creía que era la versión de la realidad más segura.

—Ya que pareces tan interesado en ello, Al —bromeó Scorpius, que había desviado la mirada varios segundos antes —, no te prestaré mis notas. Tú tampoco deberías, Rose, porque se lo pondrías demasiado fácil.

Él era brillante en pociones. Ella lo sabía porque había compartido mesa con él durante más tiempo del que podía recordar. Slughorn siempre separaba a Al de Scorpius cuando podía hacerlo. Decía que no le permitían escuchar ni sus propios pensamientos y Rose sabía que era verdad, aunque la risa de los dos entre los vapores de aquel salón de las mazmorras le alegraba el alma.

—¿Y entonces cómo esperas que mejore? —rezongó Albus, luciendo ofendido.

—Es el punto, Al, que prestes atención a clase —siguió su amigo. —Podrás hacerlo solo, estoy seguro.

—Traidores, ustedes dos —dijo Albus con dramatismo, pero luego frunció el ceño. —Ro, ¿estás bien? Casi no has dicho palabra.

Ella se sacudió mentalmente. Por supuesto, llevaba sentándose seis años en ese mismo vagón, con estas dos personas con las que pasaba casi todo su tiempo en el colegio, a quienes conocía bien; a uno mejor que al otro, pero bien al fin y al cabo.

Rose no estaba siendo ella misma. Albus lo había notado.

—Sólo pienso en la tarea de transfiguración, Al —se obligó a respirar profundamente una, dos veces. —Es una distracción. Pero estoy bien.

—Probablemente la única persona que ha dicho eso antes de siquiera llegar a Hogwarts.

Rose se rio como pudo, intentó cambiar de tema y la conversación fluyó más o menos mejor. A mitad del trayecto, la bruja del carrito de golosinas tocó la puerta y Scorpius pidió ranas de menta para todos. No era la primera vez que lo hacía; tenían esa costumbre, a veces Rose pagaba, a veces Albus. Scorpius insistió esta vez. Las ranas de menta eran las favoritas de Rose, ella se lo había contado aquella noche.

El viaje fue rápido a partir de entonces.

El cielo se ennegreció y el reflejo de las estrellas empezó a centellear a lo lejos, pero visible, en el lago de Hogwarts. Se pusieron las túnicas del colegio y cuando salían a la estación de Hogsmeade, mezclándose entre la multitud, con Albus parloteando sobre mil cosas que Rose no alcanzaba a escuchar, la tibia mano de Scorpius logró llegar hasta la suya. Rose sintió el roce de sus dedos por todos los nervios de su cuerpo.

Ella volteó a verlo.

—Rose —la llamó. —Tenemos que hablar, ¿por favor?

Durante un segundo, Rose no supo hablar. Era lo que había temido, que de alguna forma Scorpius no se hubiera olvidado, durante el verano, de aquella noche. Pero ella tampoco lo había olvidado, ¿verdad?

Había algo en la expresión de Scorpius, en sus ojos, que hizo que se rindiera. Y Rose supo por qué había estado evitando su mirada.

—Más tarde.

Scorpius pasó el pulgar en círculos suaves sobre el dorso de la mano de Rose. Fue apenas un segundo, una especie de agradecimiento suave. Había muchas cosas suaves en él.

Pero era el mejor amigo de su primo. Las palabras de su padre seguían resonando con fuerza en su mente, incluso años después, incluso cuando Ron Weasley ya había tenido que convivir con Scorpius debido a la amistad que éste y su sobrino habían entablado. Incluso cuando ella misma había entablado una relación amistosa con él.

El abuelo Weasley no te lo perdonaría, Rose.

Rose pensaba que había logrado librarse de la charla, pues el día de llegada al colegio siempre era caótico y generalmente los pasillos estaban desiertos. Era mucho más improbable que lograra escabullirse de la Torre de Gryffindor, incluso si ella hubiera querido hacerlo. Pero antes de salir del Gran Comedor, Scorpius encontró la manera de llegar hasta ella. La mirada de él otra vez impidió que Rose retrocediera.

—Se van a dar cuenta —rezongó ella débilmente.

—Te lo ruego, Rose —la voz de Scorpius parecía ansiosa, y nunca había dicho algo parecido a nadie. —Por favor. Sólo...

—Te escucharé una vez —concedió ella. —Pero sé discreto, ¿quieres?

En silencio, Scorpius la condujo fuera de las largas filas de alumnos, desordenadas, que conducían a las escaleras, a las mazmorras y en general a las salas comunes. Albus se había quedado hablando con James un segundo y él había aprovechado para escapársele. Rose estaba nerviosa de que alguien los hubiera visto, un alumno o profesor, prefectos o el Premio Anual, pero nadie fue tras de ellos.

Apenas en la vuelta del siguiente pasillo encontraron un ventanal con el alféizar lo suficientemente amplio como para ocultarlos. La luna resplandecía a través de los vitrales e iluminaba el pasillo y hacía que el platinado cabello de Scorpius parecía lluvia de estrellas.

—Voy a ser directo —advirtió Scorpius. —Te escribí en el verano y no contestaste ninguna de mis cartas.

Rose frunció el ceño.

—Nunca llegaron.

Scorpius parecía sorprendido.

—Pero, la lechuza... —pareció recordar que tenía algo más importante qué decir. —Rose, sé que aquella noche en la Torre tal vez te asusté. Debí tener mucho más tacto, ser más amable. Lo siento por eso. Pero lo que quería decirte ese día, lo que dije en esas cartas, sigue siendo verdad.

El corazón de ella parecía haber perdido el sentido del ritmo. Scorpius le había escrito en el verano y ella se encontraba ahí, casi acorralada entre la dura pared de piedra y la verdad de sus sentimientos.

—Scorpius —soltó Rose. —Una cosa es que tus padres aprueben a Albus como amigo, pero nuestras familias nunca consentirán...

—Ya lo sé.

La expresión en su rostro hizo que ella quisiera más que nada acercarse y esconderse en él. Pero aquellos eran pensamientos que nunca había tenido hasta hacía un par de meses, y la asustaban. Le asustaba lo que podría significar que ella quisiera esconderse en Scorpius Malfoy.

—Somos amigos, muy buenos amigos...

—Rose —él la detuvo —estoy muy enamorado de ti.

Ahí estaba. Lo que ella se había negado a escuchar durante aquel encuentro.

—¿Existe alguna posibilidad, aunque sea remota, de que sientas algo por mí?

Ella lo pensó. Sentía cosas, definitivamente, sentía muchas cosas por Scorpius Malfoy. El hecho de que su cuerpo anhelara su cercanía era un claro indicador, pero también la forma en la que había fluido aquella conversación un par de meses antes, el silencio cómodo en el que a veces podían llegar a encontrarse. Él era un gran amigo, una presencia constante en su vida. Pero Rose parecía incapaz de formular una respuesta.

Se atrevió a deslizar la mano por la mejilla de Scorpius. Era suave y tan tibia como sus manos, y él se inclinó ligeramente a su toque.

Los dedos de Rose desfilaron por el contorno de su cara hacia la curva de su cuello, sintiendo el pelo corto ahí. La voz de su padre y de su abuelo resonaron otra vez en su mente.

Sin embargo, esta vez el tirón en su estómago ganó, o ella se rindió voluntariamente a él. Quería oler a Scorpius, quería saber cómo se sentía su mejilla contra la de ella y qué tan cálida era su respiración.

Podían encontrarlos ahí, en aquella posición comprometedora, en cualquier momento, pero él le había escrito en el verano. Él había pronunciado aquellas palabras que Rose se había negado a escuchar antes porque sabía lo que pasaría una vez que resonaran en su mente. Acallarían ligeramente las voces que la dominaban, la sentencia deel abuelo nunca te perdonará.

—Rose...

¿Fue ella quien se acercó lo suficiente como para que sus labios se tocaran? ¿O Scorpius se había acercado con impaciencia? Lo siguiente que sabía era que él tenía sus dedos enredados en el pelirrojo y rizado cabello de Rose y sus labios, no, su boca, estaba ahí fundida en la de ella.

No fue un beso perfecto. Era el primero de Rose y no estaba segura de qué hacer. Sólo quería sentir su piel contra la de ella, rendirse un poco. Todas las voces de su mente cesaron y hubo respuesta a miles de preguntas: Scorpius olía a bosque, a magia y a pergamino; su boca era igual de tibia que el resto de él y Rose ya nunca podría fingir que no tenía sentimientos por él.

Scorpius la sostenía. Acariciaba sus labios con los suyos y Rose logró sentir su corazón también acelerado a través de su túnica, así de juntos estaban o así de rápido latía. La separación también fue torpe.

—No me pidas más respuestas ahora —pidió Rose —. Pero sabes tan bien como yo que nadie puede saberlo. Ni siquiera Albus, él...

—Lo sé —contestó Scorpius —. Lo he pensado durante todo el verano. Eres casi su hermana, después de todo, y él es mi mejor amigo.

—Si nuestros padres se enteran esto podría terminar antes incluso de haber empezado.

—Esto —repitió él en voz queda. —¿Quieres decir...?

—Por favor, Scorpius, sólo prométeme que lo mantendremos así. Es la única manera de protegernos.

—Es una promesa —respondió Scorpius —. Y es una promesa que estoy enamorado de ti. Y que si me aceptas, te cuidaré siempre.

Rose sintió que las piernas le flaqueaban durante todo el trayecto a la torre de Gryffindor. No supo cómo llegó ahí ni cuánto tiempo le tomó. Dudó antes de entrar por el retrato de la Dama Gorda. ¿Estaba traicionando a su familia, había sido débil al ceder a sus sentimientos? Las respuestas estaban confundidas en su interior, sofocadas y llenas del aroma de Scorpius.

Hubiera querido sentarse allá afuera, o ir al aire fresco a pensar, pero sus compañeras estarían preguntándose ya qué había sucedido con ella. Diciendo la contraseña, se obligó a caminar. Pero por la noche la inquietud la persiguió en sueños.

En la madrugada se encontró a sí misma con los ojos abiertos, el sueño muy lejos y sus dedos anhelando tibieza para contrarrestar el frío que sentía.