Nota de la autora:

¡Si no quieres spoilers, lee primero El mundo de Wait and Hope! Cada capítulo tendrá advertencias de spoiler diferentes.

Las historias de esta colección estarán tituladas por mes, año y punto de vista para orientarte. Beginning and End tuvo lugar de enero de 2002 a diciembre de 2005. Wait and Hope tuvo lugar de enero de 2007 a noviembre de 2007, con el capítulo final en diciembre de 2012. No habrá capítulos posteriores a enero de 2013. Sight and Seeing tuvo lugar de enero de 2007 a diciembre de 2007. Y Picked and Planted tuvo lugar de enero de 2008 a junio de 2008.

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Nota de la traductora:

Los personajes y todo lo reconocible es de la autoría de JK Rowling y la historia es de mightbewriting.

Traducción oficial autorizada.

Portada de CaityBellFics

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Parte CINCO de CINCO de la serie World of Wait and Hope.

1. Wait and Hope
2. Beginning and End
3. Sight and Seeing
4. Picked and Planted
5. The Couch Collection

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Sinopsis:

¡Este capítulo contiene spoilers de Wait and Hope!

Nuestra primera entrada es una mirada sin complejos a algo que se insinuó mucho en noviembre de 2007 y que finalmente se confirmó a principios de enero.

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Enero de 2008

Hermione estaba inquieta en su sofá burdeos, cruzando y descruzando las piernas, metiéndose un tobillo por debajo, soltándolo. Había salido temprano del trabajo después de sentirse indispuesta casi toda la mañana: un poco de náuseas, el cerebro confuso. Volvió al piso, se preparó una taza de té y se acurrucó en el sofá de terciopelo con un libro y una manta. Crookshanks le proporcionó una cantidad nominal de apoyo moral, acurrucado en los valles tejidos de su manta. Le golpeaba la mano con su cabeza pelirroja cada vez que ella se atrevía a dar un sorbo a su té y hacía una pausa para rascarle detrás de las orejas, estando peligrosamente cerca de derramarlo en varias ocasiones.

Pero entonces... tuvo la idea. No era un concepto nuevo para ella, en términos generales. En un momento dado, docenas de ideas tendían a revolotear en su cabeza, compitiendo por la atención, flotando hacia el primer plano, ordenadas según su importancia y urgencia.

Esta idea en particular, tan pronto como la pensó, subió inmediatamente a la cima de la importancia y la urgencia.

Estuvo a punto de saltar del sofá, haciendo que un disgustado Crookshanks se escabullera hacia otra habitación. Hermione se estremeció y le dirigió una breve mirada de arrepentimiento. Pero su cerebro ya se había puesto en marcha: una peonza giraba sin control dentro de su cabeza, golpeando el interior de su cráneo, rebotando sin control.

Primero fue al dormitorio, buscando entre las pilas de libros de medicina que guardaba en torres precarias, aún pendientes de organización. Theo se los había dejado, junto con otros cientos, como regalo de Navidad para reemplazar los que había perdido en el incendio. Encontró un libro de texto general sobre hechizos médicos, hojeó el índice y, al encontrar el hechizo exacto que necesitaba, corrió al cuarto de baño y cerró la puerta tras de sí.

Estaba sola en casa, y aun así sintió la necesidad de cerrar la puerta, de crear un espacio de contención para lo que podría convertirse en una pequeña crisis. No se lo esperaba. Sabía que podía ocurrir, pero estaba totalmente preparada para que llevara más tiempo.

Respiró hondo, reacia a encontrarse con su propia mirada en el espejo. Lanzó el hechizo. Soltó el aliento.

Se puso a llorar.

Estuvo a punto de enviarle un Patronus a Draco preguntándole si podía salir antes del trabajo. Casi. Pero la jornada laboral estaba a punto de terminar; pronto llegaría a casa. Por el momento, necesitaba un momento para sí misma. Necesitaba hundirse en la alfombra de felpa del suelo del baño y dejarse llorar. Necesitaba experimentar el miedo, la sorpresa y la alegría sin límites que acababa de aniquilar toda su comprensión previa del sentimiento.

Crookshanks arañó la puerta del baño. Ella la abrió con un hechizo sin varita, dejándole entrar a empujones. Se acomodó entre sus piernas cruzadas mientras ella controlaba sus emociones.

—Oh, Crooks, —dijo, con la voz apenas por encima de un susurro. Se inclinó, enterró la cara en su pelaje naranja y se abrazó a él—. No puedo creerlo, —dijo en la pelusa de su cuello. Su siguiente respiración fue en parte una carcajada, en parte un sollozo: estaba abrumada.

Hermione volvió al sofá de terciopelo rojo, cruzando y descruzando las piernas una y otra vez: esperando.

Con un destello verde del Flu, Draco regresó. Su sereno semblante se desmoronó al verle, incapaz ya de contener el cuidadoso control que había forzado sobre sus emociones. Su paso vaciló, medio segundo de confusión empañó su conducta habitual al verla. Debía de ser todo un espectáculo. No le habría sorprendido que tuviera los ojos enrojecidos, la cara un poco hinchada y el pelo un poco alborotado. Además, se había acurrucado en un capullo de manta, acolchándose con comodidad mientras seguía procesando.

Draco miró el reloj. Siempre volvía a casa del trabajo antes que ella; podía sentir su rapidez mental, evaluando la escena que acababa de presenciar.

—¿Estás bien? —preguntó, dando dos grandes zancadas desde la chimenea, agachándose junto a ella.

A Hermione se le cerró la garganta, abrumada y luchando por encontrar las palabras. Parecía tan preocupado. Quería tranquilizarlo, de verdad. Pero en el momento en que sus ojos grises, inundados de preocupación, se pusieron a la altura de los de ella, sintió más lágrimas punzándole los senos nasales. Se le nubló la vista.

—¿Hermione? —preguntó él, elevando el tono de su voz mientras alargaba la mano para alisarle los rizos de la sien.

—Estoy bien, —dijo ella—. Yo...

¿Cómo iba a decírselo? ¿Cómo podía decírselo? Ya habían pasado por tantos cambios, se habían enfrentado a más que la mayoría, y ahora todo volvería a cambiar. Pero al menos esta vez habían podido elegir.

Su mano se apartó de su pelo y encontró la de ella. Sus cejas se fruncieron y una profunda línea de preocupación le atravesó la frente. Su intensidad casi la partió por la mitad. Dioses, lo amaba.

—Draco, —dijo ella, los vacíos dentro de su cabeza llenándose con la perspectiva de este futuro—. Estoy embarazada.

Había estado agachado, apoyado en las puntas de los pies, suspendido frente a ella.

Cayó de rodillas ante sus palabras, con el torso apretado contra el borde del sofá, inclinándose hacia ella. La preocupación en su rostro se mantenía firme, un leve bamboleo en su cabeza como si la sacudiera para sí, contrarrestando cualquier pensamiento que brotara dentro de su cabeza.

El corazón de Hermione latía con fuerza en su pecho mientras lo observaba. Él aún no había dicho nada, con la cara preocupantemente inexpresiva, como si se hubiera sumergido en su Oclumancia, pero ella sabía que no lo había hecho; lo notaba. Todo lo que había detrás de sus ojos era cálido, vivo y en precioso movimiento. Se preguntó brevemente si la creería, si sabría cómo.

—No me he sentido bien, —dijo ella, con una voz tan baja que él tendría que leerle los labios para entender lo que quería decir—. Realicé un hechizo de diagnóstico cuando me di cuenta de lo que podía...

La besó, tan fuerte y tan deprisa que apenas tuvo tiempo de notar su peso cuando prácticamente se arrastró hasta su regazo, apretándola contra el cojín que tenía detrás de la cabeza.

—Oh, Dios mío, —dijo contra sus labios, una mano acunando su cara, la otra agarrando la manta entre ellos—. No puedo respirar, ¿puedes respirar tú? —Él se rio, prueba perfecta de que podía respirar perfectamente. Tiró la manta al suelo.

Apretó la frente contra la de ella, con los ojos cerrados. Ella se dio cuenta, aturdida, de que él tenía razón; respirar se había vuelto bastante difícil. Separó las piernas y se echó hacia atrás mientras él le besaba frenéticamente la mandíbula, el cuello y la clavícula.

Bajó besándole los pechos y las costillas. Cuando llegó al dobladillo de la camisa, se la levantó, de repente muy quieto. Le miró el vientre. Tenía el mismo aspecto de siempre, pero pronto todo sería diferente.

—Joder, —susurró, con su aliento caliente acariciándole la piel. Hermione se estremeció. Sentía que se le ponía la piel de gallina; no sabía si por la proximidad de él o por la temperatura de la habitación. Cuando una de las manos de él le recorrió las costillas hasta llegar a los huesos de la cadera, empezó a sospechar lo primero.

—Elocuente, —dijo ella con una sonrisa, observando cómo él seguía admirando su vientre, salpicándolo de besos. No pudo evitar retorcerse ante su atención, consciente y cohibida al mismo tiempo.

Dejó caer la frente sobre el esternón de ella. Ella observó la subida y bajada de sus hombros: una elevación, una pausa, una caída, al compás de su respiración constante contra su piel. Sintió un pequeño escalofrío, lo observó también, y cuando él levantó la cabeza, tenía los ojos llorosos y la voz entrecortada al hablar.

—Joder, —volvió a decir. Se levantó y le tapó la boca. Hermione jadeó contra sus labios, sintiendo sus propias lágrimas brotar. Él se separó lo justo para sostenerle la mandíbula con una mano temblorosa, mientras la otra le recorría las costillas con las yemas de los dedos—. Joder, te quiero tanto.

Hermione retiró la mano de su lugar contra el pecho de él, secándose la lágrima de la mejilla. Tragó saliva contra el nudo que tenía en la garganta, apretado y constrictivo, intentando estrangularla con su intensidad. Todavía no parecía real, nada de aquello. No después de llorar en el suelo del baño o de contárselo a su marido, comprensiblemente conmocionado. Le pasó la mano desde la mejilla hasta la nuca, saboreando su pequeño escalofrío mientras sus ojos se cerraban bajo la presión de sus uñas arrastrándose por su pelo.

—Vas a ser papá, —le dijo, arqueándose contra él y acercando su cara a la suya. Ella escuchó otro joder exhalado en una bocanada de aire antes de que su boca volviera a encontrarse con la suya, aumentando la temperatura de la habitación en varios grados con un solo movimiento posesivo de su lengua, abriéndole la boca y derritiéndola bajo su contacto. La mano que tenía a su lado le subió la camisa, dejando al descubierto un sujetador que Pansy Parkinson seguramente despreciaría.

—Serás una mamá fantástica, —el aliento de él se le pegó al cuello, donde había estado hablando en el punto bajo su oreja—. Dioses, estamos haciendo... hicimos. Jodidamente nuestro.

La risita de Hermione se detuvo cuando los dedos de él buscaron la copa de su sujetador, acariciaron sus pechos y dispararon calor, deseo y necesidad a través de ella. En lugar de una risita, un gemido salió de su boca. El sonido se le quedó grabado en los pulmones, bajo la línea del pulgar que se apoyaba en el hueco de la base de la garganta. Podía sentir su pulso martilleando contra ella, rápido y furioso, suplicando que la tocara: en algún lugar, en cualquier sitio, en todas partes.

Impulsada por aquel repentino imperativo, Hermione echó mano de su camisa. Desabrochó, arañó, saboreó cada centímetro de su piel recién expuesta entre desesperados intentos de recuperar el aliento. Las rápidas manos de él la despojaron de la blusa, deteniendo su exploración del pecho de él. Su boca era implacable: le chupaba y lamía el cuello, detrás de la oreja, debajo de la mandíbula, gimiendo en su punto de pulso mientras le desabrochaba el sujetador.

Estaba segura de que ella también había hecho un ruido: tal vez una respuesta en forma de suave jadeo, una reacción al nuevo frío que sentía en la piel, o al fuego de los dedos de él, o al delicioso peso contra sus caderas, con una erección que le producía un calor vertiginoso. Las manos de él vagaron, perversas, mientras sus palmas se extendían, arrastrándose a lo largo de sus costillas, deteniéndose en su vientre y rodeando sus caderas. Sus dedos se enroscaron bajo la cintura, bajándole la falda y las bragas en un solo movimiento. Mientras su cabeza caía contra el brazo del sofá, se preguntaba cuándo habría encontrado la cremallera.

Draco se movió, la boca siguiendo el camino que acababan de tomar sus manos: un doble asalto, un ataque secundario, como si la primera oleada no hubiera bastado para reducirla a la incoherencia.

Se mordió demasiado fuerte el interior del labio, haciendo una mueca de dolor. Pero no podía relajarse, no cuando Draco se había propuesto tensar su cuerpo hasta que se hiciera pedazos.

Le acarició el pezón con los dientes y luego cerró la boca en torno a él, arrastrando y tirando suavemente de la carne sensible. Hermione se echó una mano a la cabeza y se agarró al brazo curvado del sofá, necesitando algún tipo de ancla mientras él la arrastraba mar adentro, con la intención de ahogarla.

Sintió su risita contra su piel más de lo que la oyó, una respiración entrecortada, caliente y peligrosa, mientras él bajaba para dejar caer besos bajo la curva de su pecho, contra sus costillas, en la parte plana de su estómago, reverente en ese punto, y en cada uno de los huesos de su cadera. Quiso decirle que no tenía gracia, que no debía permitir que la arrastrara tan profundamente a un pozo de deseo en el que no podía hacer otra cosa que jadear. Pero su capacidad de decir algo remotamente articulado se desintegró en el agarre de él, con sus manos fuertes y seguras bajo sus rodillas mientras la colocaba justo así, justo...oh.

Le besó el contorno del muslo; ella podría haberse movido, o haberse retorcido, si no fuera porque sus manos la mantenían firme. Cuando la miró, su mirada la inmovilizó. Dioses, podría derretirse por eso y solo por eso; por el mercurio de sus ojos, arremolinado y mortal si se atrevía a apresarlo.

Dejó caer otro beso en el mismo lugar, sin apartar los ojos de los de ella, con una sonrisa burlona en la comisura de los labios. Aquel maldito hoyuelo delató su diversión mientras ella se esforzaba por no agitarse y dejar que cada vértebra de su columna vertebral se arqueara en anticipación.

Él se quedó quieto, con la mirada seria mientras la observaba. Una nube de silencio los envolvió; solo el crepitar cercano de las llamas de la chimenea y la calidad temblorosa e inestable de las ráfagas de aliento de Hermione le recordaron que, de hecho, el tiempo no se había detenido del todo.

Pero sin duda lo pareció: su boca se detuvo contra su piel y ella, un cristal, con grietas que salían de cada lugar que tocaban sus dedos, estuvo a punto de romperse. Apretó sus caderas, los dedos se clavaron en su carne y las grietas avanzaron. Su comprensión del tiempo volvió a conectarse, avanzando a medida que él le acercaba la boca, con la lengua lamiendo tramos dulces y golpes rápidos contra su clítoris: una escalada cáustica que alentaba más grietas, forzaba el sonido de su garganta, impulsaba las manos de ella hacia el pelo de él.

Su respiración se agitó, temblando dentro de su pecho, un objeto sólido que solo podía controlar tácitamente. Sus dedos se flexionaron y se enredaron en los suaves mechones rubios y blancos de su pelo, arruinando el estilo sereno que él le daba. Ella lo prefería así, entre sus dedos y deliciosamente despeinado. Él gimió contra ella, con un aliento caliente y un sonido vibrante que onduló en los nervios sensibles de ella, ya encendidos.

Ella emitió un sonido débil y quebrado, arqueándose contra él: desesperada, muriéndose por más. Le oyó murmurar algo contra su cuerpo, suaves alabanzas mientras deslizaba un dedo, y luego dos, en su interior, provocando un gemido, mezclado con las palabras que bailaban en su interior: encantadora, preciosa, mía.

—Por favor, —intentó decir, con voz apenas audible en una súplica desesperada. La risita de él la atravesó y sus manos se soltaron de su pelo mientras ella se mecía en su mano, en su boca, con el cuerpo en llamas a pesar de sentirse inundada, ahogada.

—¿Por favor qué, cariño? —Incluso la forma de sus palabras la tensaron más, un cristal a punto de romperse.

Oh, podría matarlo. Podía sentir su sonrisa de satisfacción impresa en su piel mientras su lengua le lanzaba un ataque mortal coordinado, sus dedos retorciéndose dentro de ella, presionando, arrancándole un gemido de la garganta.

—Por favor, Draco. —Eso era suficiente, y era todo de lo que era capaz.

Le dio otro beso en el interior del muslo antes de sentarse, dejar la camisa desabrochada en el suelo y desabrocharse el cinturón, deshaciéndose de los pantalones. Hermione lo observó desde la neblina de excitación en la que la había sumido, con el labio entre los dientes y la respiración entrecortada, mientras él volvía junto a ella, completamente desnudo.

Hermione levantó la mano y se la puso en la mandíbula, saboreando su emoción mientras él se inclinaba hacia ella. Sus ojos se cerraron y sus pálidas pestañas se juntaron. Le acarició la nuca con un dedo, animándole a acercarse más, rogándole en silencio que aumentara el contacto. Sus ojos volvieron a abrirse y él apretó la frente contra la suya, dejando caer un pequeño beso en la comisura de sus labios.

—Sé que no lo necesitas, —dijo, apretando su cuerpo contra el de ella. La fricción fue suficiente para recordarle a Hermione las llamas que corrían por sus venas, las grietas extendiéndose, expandiéndose—. Pero voy a cuidar de vosotros, —respondió a sus palabras con un beso—, de los dos. —Ella sonrió contra su boca, sus palabras se fundieron en los labios, el aliento, la lengua y los dientes. Palabras preciosas y privadas, compartidas a través del tacto.

—Supongo que no haría daño dejarte hacerlo.

Él se movió, besándola de nuevo, y esta vez, cuando balanceó las caderas, se hundió en ella, su dura longitud llenando el dolor que había dejado tras de sí la ausencia de su boca y sus dedos. Hermione levantó las caderas y se encontró con él mientras le agarraba el pelo, el cuello, los tendones largos y tensos que iban desde los hombros hasta la columna.

Su mano en la cadera de ella se aferró con más fuerza, acercándola y manteniéndola firme. Marcó un ritmo suave, creciente, lo justo para avivar las llamas, para devolverla al lugar en el que había estado bajo su boca y su lengua. Ella se movía con él, desesperada por sentir toda la fricción, todo el contacto imaginable.

Respiraba agitadamente contra su cuello, y todos los sonidos distinguibles de la habitación se reducían a sus jadeos cerca de su oído. Un ligero rubor le subió por el pecho y el cuello, prueba de que pronto se haría añicos también. Lo que había entre ellos era delicado como el cristal y no dejaban de romperlo.

—Más, —suplicó—. Por favor.

Él golpeó las caderas, una aceptación inmediata, como si hubiera estado esperando la petición, y soltó un gruñido bajo contra su cuello. Ella sintió los dientes de él arrastrándose por los músculos, la boca succionando, probablemente dejando una marca, pero no pudo dedicar ni un solo pensamiento a preocuparse. Y entonces su otra mano se movió entre ellos, los dedos presionando justo donde ella lo necesitaba: el movimiento se acompasaba con el balanceo de sus caderas, la velocidad con la que ella aumentaba su necesidad. Estaba segura de que la haría arder.

Hermione no maldecía mucho ni a menudo, pero a medida que los dedos de él aumentaban su placer, no pudo evitar el joder ahogado que salió de sus labios, acompañado de una respiración entrecortada y apenas liberada.

Solo sirvió de estímulo; él se movió más deprisa, la presión fue más insistente y, en un último golpe, ella se hizo añicos. Se había olvidado de respirar; un calor vertiginoso y un placer violento brotaron de su interior y se extendieron hacia el exterior en una ola que hizo zozobrar sus sentidos y la ahogó. Echó la cabeza hacia atrás, con la cara contorsionada, mientras toda una serie de músculos, desde los dedos de los pies hasta los párpados, se contraían, retorciéndose en su propia piel.

A lo lejos, sintió que la mano de él encontraba su garganta, recorriendo la línea curva y expuesta de esta, mientras su frente se apoyaba en el brazo del sofá. La boca sustituyó a los dedos, los labios se pegaron a su cuello mientras él aumentaba el ritmo, enrollando los brazos a su alrededor: en su pelo, rodeando su cintura.

Sus pedazos rotos empezaron a recomponerse, justo a tiempo para captar los elogios amortiguados de él contra su garganta.

—Tan bueno... tan jodidamente... Hermione... —Y él también se hizo añicos.

Él se desplomó sobre ella, solo por un instante, antes de gemir y separarse, levantándola y llevándola a descansar sobre él mientras él se dejaba caer de espaldas contra el sofá. Ella soltó una pequeña carcajada, todavía mareada y delirante y tan, tan feliz acurrucada contra él. Alcanzó la manta del suelo y tiró de ella para cubrirlos.

—No quería aplastarte, —dijo, con los ojos cerrados, todo su semblante somnoliento y saciado—. Preciosa carga y todo eso. —Sus dedos vagabundos danzaron por los costados de ella y se posaron en su estómago.

—Entonces, ¿estás emocionado? —le preguntó mientras el corazón le latía con fuerza contra las costillas. Su risa retumbó bajo ella: una sensación extrañamente segura y reconfortante. Abrió los ojos y al instante se encontraron con los de ella.

—Hermione, literalmente no pude resistirme a follarte contra estos cojines en cuanto me lo dijiste. —Se inclinó hacia delante y la besó a través del creciente rubor que ella deseaba desesperadamente poder controlar—. Creo que es seguro decir que estoy extremadamente emocionado. —Le apartó un rizo de la cara y un destello de algo incierto brilló tras sus ojos—. ¿Y tú? —preguntó. Una pregunta tranquila—. ¿Estás emocionada? ¿No es demasiado, demasiado pronto?

Hermione sonrió, forzando la seguridad y la confianza en cada músculo, deseando que él lo viera en su cara. Apoyó la mejilla en su pecho, acurrucándose contra él. Dejó que sus ojos se cerraran, sintiéndose tan a gusto que casi quería llorar.

—Mi única preocupación es cómo encontraremos una constelación aceptable para cargársela a nuestro pobre hijo.

Su risa volvió a retumbar bajo ella antes de apagarse.

—Nuestro hijo, —suspiró.

Ella murmuró en señal de acuerdo.

—Nuestro.

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Nota de la autora:

¡Muchas gracias beta en esta primera historia a icepower55 y persephone_stone! Gracias por salvarme de mí misma.