Sabía que vendrías.
(...)
La pólvora tenía un olor horrible.
La tierra era sacudida por las granadas y minas plantadas a lo largo del campo caótico.
Soldados corrían en medio del fuego, los disparos, y el humo. Sus pulmones resecos
provocaban que sus gritos brotaran ásperos y desafinados.
Otro olor insoportable, era el aroma a sangre fresca.
Las minas dejaban a soldados desprovistos de sus miembros, o simplemente eran volados en
pedazos por todas partes. Otros fueron quemados, hasta dejar una figura irreconocible de lo
que fueron.
En un infierno como este el sol no alumbraba. La única luz disponible eran las llamas que
rodeaban el campo con su fulgor.
— ¡Todos, vamos, vamos, vamos!
— ¡Adelante! ¡No se queden atrás!
— ¡Disparen a los desertores! ¡Abandonar no es una opción!
Gritos cundieron de un lado a otro. Eran bastante similares, si se comparaban.
Para ser sincero, Nick no entendía por qué debía pelear contra otros seres humanos. Si los veía
bien, no se veían diferentes a él.
Y sin embargo, tenemos que matarnos por el culo de alguien más...
Recargó su pistola tan pronto como se acabaron sus municiones.
Nick provenía de un pequeño pueblo fronterizo con el país vecino. La situación política con el
otro país terminó de dar el vuelco a finales de este año, cuando se llamó a todo varón mayor
de 15 años a dar servicio militar al ejército.
Nick no fue la excepción, separado de su parentela y familia para venir a batallar a este lugar
por los problemas causados por unos peces gordos que no supieron manejar bien las cosas.
¡Diablos, diablos, diablos...!
Le disparó a la cabeza de un soldado enemigo... Sintió dolor en su corazón. Parecía tener su
misma edad...
Si nos hubiéramos encontrado en la calle, la situación habría sido muy diferente...
Siguió disparando, guardándose el odio por su propia debilidad.
Si tan solo tuviera el poder para cambiar las cosas, para resolver el problema sin luchar y
derramar sangre inocente...
Se acabaron sus municiones otra vez...
Necesito recargar...
Sacó la munición de su cinturón y se preparó para recargar su arma.
— ¡CUIDADO!
— ¿¡Hm!?
Alguien lo empujó hacia el suelo. Los disparos corrieron por encima de su cabeza.
— ¡Hk!
El chico sobre él apuntó su arma y derribó a otro soldado resguardado detrás de una colina.
—...
Se quedó sin palabras.
Un poco de retraso, y su cabeza habría volado como la de ese chico...
— ¡Al menos escóndete cuando recargues, idiota!
Recriminó con un grito, bajándose de su espalda.
— Lo siento...
Se disculpó, apenado. Tenía razón. Fue descuidado.
El cabello de su salvador era café oscuro, corto en la nuca, y largo en los flequillos del frente.
Sus ojos componían olas azules en medio de marcos determinados y afilados.
— ¡Vamos!
— ¿Vamos? ¿A dónde?
— ¡Los cañones enemigos están dejándonos en grave desventaja! ¡Necesitamos al menos
desmontar uno!
— ¿Solo nosotros dos?
— ¿Prefieres quedarte dando disparos al azar? Es por esos cañones que se atrevieron a venir a
un lugar abierto como este. ¡Sin ellos, se irán de vuelta! ¡Ganaremos si logramos deshacernos
de esos cañones!
—...
— ¿Entonces? ¿Vienes conmigo?
Su pregunta pareció la invitación a una fiesta. Atractiva e interesante.
Solo con mayor ferocidad...
Esa ferocidad le agradó.
— Claro.
Sonrió, levantando el cañón de su pistola y disparando por el costado de su cabeza.
— ¡Ah!
Alguien cayó en medio de un grito.
El chico lo miró sorprendido, viéndose como un joven cervatillo.
Nick le sonrió mordazmente.
— También puedo actuar genial...
—...
El chico bufó, tirando sus palabras como mera palabrería.
— Idiota... Estamos aquí para ganar, no para actuar geniales.
Poniéndose de pie, lo invitó con un ademán.
Nick lo siguió.
...
Su plan para derribar los cañones fue todo un éxito. Junto con otros soldados más, lograron
desmotarlos y hacer retirar el bando enemigo. Incluso lograron mantener uno en buenas
condiciones para su bando.
Después de estar en una desventaja abrumadora, pudieron sonreír ante la retirada del
enemigo. Los gritos de euforia no se hicieran esperar.
Nick perdió varios tímpanos debido a eso. No los culpó. Él estaba especialmente agradecido de
que terminara.
Luego de todo ese desmadre, el muchacho se presentó.
— Me llamo Sean... ¿Cuál es tu nombre?
Que directo. No le desagradó. También era alguien directo.
— Soy Nick. – Dijo sin más, agregando. — Puedes decirme la Muerte andante, si quieres.
El otro hizo una mueca de negación.
— ¿Qué clase de idiota te llamaría así? Te diré Nick no más.
— Realmente eres aburrido, ¿sabías?
— Di lo que quieras, no estamos aquí para ser amigables o divertidos.
Desechó su sonrisa con una expresión fría.
(...)
Aunque dijo eso, su modo de actuar dejó ver lo contrario.
Era excesivamente amable.
Solo fingía no serlo, con su modo mordaz de hablar y tratar a otros.
Por ejemplo...
— Esto es malo...
Tom, el jefe de la cocina encargado de alimentarlos, tomó su cabeza en medio de una gran
preocupación.
Los demás fueron influenciados, queriendo saber por qué se veía así.
— ¿Sucede algo malo, Tom? Tienes mala cara. – Dijo José teniendo curiosidad.
— ¿Tiene algo que ver con que aún no hemos comido? – Dijo Nick, sintiendo su estómago
rugir.
— Sí...
Murmuró, ansioso.
Sean, sentado en una esquina, se le ocurrió decir. — ¿Tiene algo que ver con los suministros?
— Hk...
El hombre se mordió el labio.
Asintió, y derramó la sopa.
— A decir verdad, los suministros de este mes se atrasarán una semana. Esperemos no más...
— ¿¡Qué!?
— ¿No queda nada en el almacén? – Dijo Sean.
— Aun queda, pero la mayoría son sobras. Lo único que nos sobra son un montón de papas y
condimentos básicos...
Nick suspiró. – Supongo entonces que solo comeremos papas hervidas durante un largo
tiempo.
— Me encantan las papas, así que no es tan malo. – Dijo José, sonriente.
— Acaba de decir que es lo único que hay de sobra, por lo que fácilmente te aburrirás de
ellas...
— Esperen...
Sean los cortó, saliendo de la esquina que ocupaba.
Habló con Tom.
— La papa no necesariamente debe ser comida hervida. Hay muchos otros métodos para
cocinarla...
— ¿Otros métodos...? ¿Cuáles? – Musitó.
Tom no era un chef experto en la cocina, solo sabía hacer grandes raciones para un gran
número de personas.
— El almidón de las papas puede ser usado para amasar harina, preparar espagueti,
croquetas... No solo papas hervidas...
— ¿E—Espagueti?
— Esa no me la trago.
Resopló. — Entonces ayúdenme a prepararlo. Les demostraré que no miento...
— Eh...
— Bueno, no tengo nada mejor que hacer, ya limpié mis armas y recargué municiones... – Dijo
Nick dejándose guiar por el más bajo.
— ¿Puedo?
Pidió permiso a Tom.
— Claro. Algo de ayuda me caería bien. – Aprobó su participación.
Nick y José tuvieron sus dudas, pero igual le siguieron la corriente. Tal vez quería intentar
hacer algo de personalidad a esas papas, por muy loco que sonara.
...
Sean les demostró que con el almidón de la papa se puede preparar espagueti.
Primero las hirvió, luego las hizo un puré suave, para luego amasarlas con un poco de harina,
del cual aplanó con un rodillo y luego cortó en tiras.
Y ¡zas!, tenían espagueti.
Incluso terminó haciendo una salsa con papa, no supieron cómo.
No solo eso, sino que también cocinó croquetas para acompañar.
Las croquetas tenían un centro suave y blando, y un exterior crujiente al momento de morder.
Los soldados probaron la comida.
— ¡Mn! ¿¡Qué diablos...!? ¡Sabe muy bien!
— Es la cosa más asombrosa que he comido jamás... – Exclamó José sorbiendo los espaguetis a
toda velocidad y llorando de felicidad.
— ¡Está buenísimo!
— ¡Podría comer cien de estos...! ¡Nh! ¡Me quemé la lengua!
— ¡Jajajaja! ¡Hk, me quemé también!
El resto del escuadrón comía ávidamente su ración, disfrutando cada bocado con lágrimas en
los ojos.
Tom estaba extasiado.
— ¡P-Pensar que de la papa podríamos preparar algo tan rico...! ¡Deberías tomar mi lugar
como cocinero...!
— Dudo que eso sea posible... Cuando tenga tiempo, te ayudaré de todos modos. Sería malo
para la salud comer comida insalubre todos los días...
Dijo con un suspiro, mientras tomaba dos envases de comida y se iba a donde estaba Nick.
— Toma.
Le entregó uno a Nick, sentándose a su derecha.
— Ah, gracias...
Pensar que vendría expresamente a darle su ración de comida...
Tomó el cubierto, a punto de comer.
En eso, terminó notando un detalle importante.
— ¿Uh? Espera... El mío contiene mucho más que los demás... ¿Por qué?
Se alzó de hombros. — Por nada en particular. Ayudaste a prepararlo, así que mereces una
recompensa, no tiene ciencia.
¿De verdad?
Volvió a mirar su plato.
¿Entonces por qué parecía tener el triple de ración? Con darle algo extra habría bastado.
Incluso tenía tres croquetas, cuando todos solo tenían una.
—...
Sonrió.
— Claro.
— ¿Qué sucede con esa sonrisa? Es irritante.
— Solo pensaba que eres buena gente.
— ¿Qué diablos significa eso?
Dejó ir sus palabras como meras tonterías, comenzando a comer. Nick hizo lo mismo.
El ambiente fue realmente bueno y agradable ese día. La comida deliciosa calmó los corazones
abatidos de los hombres y los consoló momentáneamente del infierno que se vivía en el
presente.
(...)
La paz no duró mucho.
Al estar en el frente, debían estar en primera fila ante el peligro y la muerte inminente.
Desertar no era una opción. Quienes desertaran, serían fusilados en el sitio.
Los números disminuyeron. Caras conocidas desaparecieron del grupo, dejando un aire de
tristeza que provocaba las lágrimas y la melancolía.
José, sin importar quien muriera, buscaba animar las cosas con juegos y dinámicas que
aprendió de quien sabe dónde.
Nunca perdió la sonrisa, yendo de aquí allá molestando a quien encontrara. Con él cerca, nadie
tenía tiempo de estar deprimido.
Sean, por su parte, buscó a las personas abatidas de espíritu y los hizo entrar en razón.
Aunque habló duramente, también les llevó algo de comer.
Una buena parte se recompuso de su depresión, mientras que otros sucumbieron ante la
desesperación y se suicidaron.
...Fue realmente duro consolar a Sean, cuya frustración no conoció límites al momento de
enterrar aquellas personas que decidieron rendirse.
Otros intentaron desertar, terminando por ser fusilados.
Sean se negó a mirar, escondido en alguna parte donde no pudiera oír los disparos.
Lástima que estos se oyeran a varios metros de distancia, sacudiéndolo de agonía. Fue Nick
quien se encargó de calmarlo en medio de su pena.
Así pasaron tres meses.
El cabello de Nick creció bastante, pero no lo suficiente para estorbar. Sean seguía igual,
debido a que recortó su pelo sin falta cada mes con ayuda de una tijera vieja.
José terminó más delgado, pero mantuvo la misma energía de los primeros días.
Llegó la hora de ir al campo de batalla, esta vez siendo una misión especial para su compañía.
José ajustó su casco, ocultando su cabello naranja y notable a simple vista.
Si no fuera por el casco, sería un tiro al blanco muy fácil de ver a la distancia. Por eso todos lo
llamaban Farol del mar.
El apodo estuvo lejos de molestarle. Le agradó el sentido del humor de los demás.
Sean cargó sus municiones, revisando que todo estuviera en orden. Un error ahora
posiblemente lo conduciría a su muerte segura, así que tenía mucho cuidado de sus cosas.
A Nick a su lado le dijo — ¿Tienes todas tus cosas? ¿No te falta nada?
— Revisé, y lo tengo todo.
— ¿Seguro?
— Seguro.
— Diablos... Esta vez lucharemos en un bosque, ¡un bosque! ¡Eso es incluso peor que en
campo abierto!
Dijo alguien de los soldados. El tronar de los motores se hizo notar en medio del viaje, con
ellos saltando en sus asientos con cada traba en el camino que su transporte se encontraba.
— Según nuestras fuentes, en el bosque a donde vamos está ubicado el fuerte Andalucía.
Debido a la gran demanda del otro lado de la frontera, se enviaron muchas tropas desde allí,
por lo que sus defensas están bajas. Como está ahora, está perfecta para tomarla. – Explicó el
teniente.
— ¿Cómo sabemos que no es una trampa? – Dijo Sean.
— Tch, deja de rezongar y limítate a decir, "sí, señor" – Dijo el teniente a cargo. – Es algo poco
probable, así que no tienen que preocuparse. Además que la fuente viene de arriba.
—...
Sean miró abajo, ansioso. Nick pudo notarlo a través de su continuo frote de manos.
— Vamos, no te sientas ansioso...
Golpeó su espalda, jalándolo hacia él por el cuello.
— Piénsalo, si tomamos el fuerte, nuestra calidad de vida mejorará bastante. Podremos
servirnos de sus suministros y tener una fortaleza para nosotros...
—...
Las cejas de Sean temblaron, para relajarse finalmente junto con el resto de sus músculos
faciales.
Colocó una mano sobre la cara de Nick y la apartó.
— No necesitas decir algo tan obvio. Estamos acostumbrados a arriesgar nuestras vidas, esto
no es nada nuevo, haya trampa o no.
— Jeje, ese es el Sean que conozco.
— Hmph...
— Pero a decir verdad, si me encuentro algo ansioso... – Caviló con una mano debajo del
mentón. — ¿Me prestas tu regazo para descansar un rato? No he podido dormir bien estos
últimos días...
— ¿Qué demonios estás diciendo, imbécil?
— Es decir, faltan tres horas antes de llegar, creo que me da tiempo de dormir un rato...
— ¿Y crees que te ayudaré a dormir siendo tu almohada? Olvídate.
Se negó rotundamente.
— Uh... realmente eres egoísta... – Hizo un puchero y le dio un golpe juguetón en el hombro.
Bueno, no es que estuviera hablando enserio sobre la almohada de regazo.
Sobre que durmió mal, sí.
Un gran número de pesadillas lo asaltaban en medio de la noche. Sueños hasta el borde de
muertes, sangre, vísceras, gritos y terror. Le costaba dormir una vez despertaba empapado en
sudor.
Ahora tenía una carga de sueño tolerable, pero molesta.
— Bien, ¿qué tal si cantamos algo?
Ofreció José levantando la mano.
Todos los miraron incrédulamente. ¿Estaba loco?
— Entonces comienzo yo. Esta la cantaba mi mamá, así que disfrútenla con todo su corazón,
¿ok?
Dicho esto, comenzó a cantar, olvidándose de pedir permiso. El teniente lo dejó hacer lo que
quisiera. No era su problema como sus soldados se sobreponían al estrés.
— ¿...?
— ¿Qué diablos...?
¡Cantaba muy bien!
— Vaya... – Dijo Sean, levantando una ceja, genuinamente impresionado.
No pensó que José cantara tan bien. No iba a exagerar diciendo que cantaba como los ángeles,
pero talento tenía.
El resto, al sentir que el ambiente se volvía bueno bajo la melodía cantada por José,
empezaron a cantar en voz baja, tratando de imitar el tono del peli—naranja y el ritmo de la
canción.
Otros simplemente golpeaban sus rodillas o zapateaban para dar el efecto de percusión.
El tronar de los motores no fue molestia para José, cuyos pulmones eran tremendamente
potentes para ser oído por toda la camioneta.
— ¿Uh?
Sean recibió un peso a su costado.
Nick tenía los ojos cerrados, dormido y con su cuerpo inclinado por las vibraciones del
vehículo.
— ¿Realmente tenías tanto sueño...?
Suspiró, viéndolo como alguien sin remedio.
Dormido así solo lograría caerse...
— Tendrás que pagarme luego de esto...
Murmuró resignado, tomando su cabeza y bajándola. Lo dejó dormir sobre su regazo,
esperando que pudiera dormir algo antes de sumergirse en el caos.
— Aprovecha ahora, no sabemos que termine sucediendo después...
Dijo, pasando su mano sobre su cabello, imitando las acciones de su madre cuando lo arropaba
antes de dormir.
Lástima que posiblemente no podría verla nunca más.
—...
Su mano temblaba.
Tenía miedo.
Su cuerpo quería correr, abandonar sus armas, uniforme y solo correr lejos de aquí.
Sin embargo, eso era imposible. Huir no resolvería nada. Debía mantenerse firme sin importa
qué...
Movió la mano, acariciando el cabello debajo. Sirvió como calmante a sus preocupaciones.
— Solo espero que todo salga bien...
Dijo, esperando lo mejor para él y sus compañeros.
(...)
Una trampa.
Fue una trampa.
Una maldita trampa tendida por esos zorros.
La noticia del envío de refuerzos al otro lado de la frontera no era mentira. La parte de que
quedaron indefensos, sí.
Mientras enviaban refuerzos por un lado bien notable, se abastecieron nuevamente por el
lado contrario.
Un traidor entre ellos dio información errónea. Su teniente no tenía idea de quién, pero debía
ser alguien por encima de su posición, para lograr encubrir esa información tan importante.
Fue tarde cuando se dieron cuenta. El fragor de la batalla corrió a toda marcha sobre ellos,
provocando un montón de muertes a manos de las trampas a lo largo del bosque, y los
disparos a matar de los francotiradores a la distancia.
La mayor parte de las trampas eran mortales. La otra, se encargaba de lesionar a los soldados
de forma que no pudieran moverse. Los desafortunados eran rematados por los enemigos
apostados cercas de las trampas.
La estrategia fue brillante y cortante. Debieron tener un buen estratega de su lado, junto con
un infiltrado en el bando enemigo.
— ¡Maldición...! ¡Retirada, retirada!
Gritó el teniente Morgan a sus hombres. Gritó tan fuerte como pudo, buscando reunir el resto
de los sobrevivientes al atraco.
— ¡Sí!
— ¡Esta es una batalla perdida!
— ¡Demonios, no quiero morir por nada!
El caos fue propagado. Tener árboles por todas partes les causó molestia y retraso al retirarse.
— ¡Uah!
— ¡Frerick!
— ¡Déjalo, ya está acabado!
Frerick, uno de los últimos en la huida, fue disparado en la pierna por un francotirador a la
distancia.
— ¡Ey! ¿¡Qué crees que haces!?
Pasando a su lado, Nick fue directo hacia Frerick, lo tomó del hombro y comenzó a correr de
vuelta. El teniente no podía creer que hiciera un esfuerzo tan inútil como ese.
¡Se ponía en riesgo de morir! ¡Llevar una persona herida era demasiado arriesgado!
— ¡Usa la pierna que tienes sana y ayúdame!
Gritó Nick a Frerick. Este asintió.
— ¡S-Sí!
— ¡Frerick!
Su compañero levantó el arma y disparó en contra de sus perseguidores. Ganó algo de tiempo
para que se pusieran al día. Otros hicieron lo mismo, buscando salvar al menos una persona de
las garras de la muerte.
Por gracia divina lograron su cometido. Los enemigos se resguardaron ante la oleada agresiva
de disparos, dejando un hueco por el que Nick y Frerick pudieron escapar hacia el resto.
El teniente contuvo un suspiro de alivio y les ordenó que regresaran sin retrasos.
(...)
El camión fue abordado por hombres heridos y al borde de la muerte. El teniente Morgan
contó los sobrevivientes, sintiendo su corazón pesado por la rapidez que necesitó para
contarlos.
Solo quedaron 10 personas...
La compañía entera fue mermada a esto... Meras...diez personas.
Apretó los dientes, sintiéndose estúpido por no darse cuenta de la trampa de sus enemigos.
¡Fue tan tonto y complaciente!
Y ahora, tantos niños habían perdido la vida... Nunca podría superar el dolor de saber que la
mayoría de las caras conocidas no estaban allí.
— ¿Dónde está Sean?
En eso, la voz de Nick se escuchó entre los gimoteos de los soldados restantes.
Nick miró entre los escasos hombres allí apostados. No vio a Sean entre ellos.
La alarma cruzó su rostro.
¡Sean seguía en el bosque!
— ¿¡Ey, a dónde vas!?
Gritó Frerick, viéndolo bajarse del auto.
— A buscarlo.
Contestó cortante.
— ¿¡Qué estupidez crees que haces, soldado!?
El teniente le gritó desde el auto.
— ¡A estas alturas, lo más seguro es que ya esté muerto! ¡Regresa ahora mismo!
Ansiedad cruzó la expresión de Nick, pero fue descartada sin retraso.
— Lo siento, pero yo... no puedo hacerlo.
Se disculpó, corriendo hacia el bosque, a ese infierno que terminó llevándose varios de sus
camaradas.
— ¡NICK! ¡VUELVE AQUÍ, MALDICIÓN!
Ignoró el grito gutural de su teniente, sin mirar atrás.
Ningún castigo, y tampoco la muerte, podrían disuadirlo de regresar.
No puedo dejarlo.
Por su mente nunca cruzó la idea de abandonarlo, de resignarse...
Nunca podría hacerlo sin haber hecho todo a su alcance...
(...)
Evitó los soldados durante su travesía de vuelta. Algunas trampas se activaron. Para su fortuna,
el número era bastante bajo, dada la gran masacre dada momentos después.
Incluso así, siguió acumulando heridas tras caminar un tiempo entre la maleza y los cables
alambrados. Evadió tanto como pudo a sus atacantes, que pensaron que era un rezagado fácil
de matar.
Justo cuando avanzaba, se encontró una vista que lo hizo ahogarse de malestar.
— José...
Murmuró, de vista hacia uno de sus más intrépidos compañeros, el chico sonriente del
escuadrón que nunca paraba de buscar a hacerlos reír.
Estaba allí, tirando como basura en medio del camino.
Su brazo y hombro derecho fue volado por completo... Una mina debió ser la causante.
Su mirada vagaba perdida entre la sorpresa y la ignorancia. Debió morir sin saber qué ocurrió.
—...
Reprimió un gemido, presionado los labios con fuerza.
Pasó a su lado, sin olvidarse de cerrar sus párpados y dejarlo descansar.
Adiós, José...
Se despidió, lamentando no poder llevarlo de vuelta, llevándose en su lugar su medallón.
Su mamá lloraría, seguro.
Al parar en un cúmulo de árboles entrejuntados, llegó a un claro iluminado...
Allí lo vio...
Vio a Sean.
— ¡...! ¡Sean!
Suprimiendo la sorpresa inicial, gritó su nombre, corriendo hacia su figura tumbada contra el
tronco de un árbol.
Tocó sus hombros. Sus manos se mancharon de sangre.
Se detuvo un segundo...
Estaba frío.
La palidez escurría de sus mejillas empañadas de sangre, tierra y suciedad.
Sin embargo, hubo una débil respiración fluyendo de su nariz.
— ¿...? ¿Nick...?
Su corazón saltó. Aguantó la respiración, sin saber cómo mantener su agitación bajo control.
Sean abrió los ojos.
Sus pestañas revolotearon pesadamente. Sus ojos azules enfocaron el rostro de su amigo, el
cual se torcía de preocupación y angustia.
Incluso en medio de la sangre y las lesiones a la vista, seguía viéndose genuinamente apuesto.
Ese bastardo bien parecido...
Maldijo, sin una sola gota de hostilidad.
Una ola de alegría se desbordó de su sonrisa exhausta. Una sonrisa que fácilmente sería
elegida para un cuadro de ensueño.
Como tal, estiró la mano y tocó su rostro. Estaba mucho más cálido de lo que había esperado.
El calor inundó la yema de sus dedos.
— Sabía...que vendrías...
— ...
Los dedos dibujaron un camino de sangre sobre la mejilla de Nick. En su maltratado estado,
esto no tuvo importancia.
Nick se quedó sin palabras.
Él...confiaba en que vendría.
Sabía que volvería por él... Nunca dudó...
Le pesó el estómago.
Sintiendo que necesitaba contestar de alguna manera, dio una sonrisa forzada y burlona.
— ¿Pero qué dices...idiota? Obviamente vendría por ti.
Expresó, sintiendo sus pulmones respirar llamas.
Dolía hablar. Dolía demasiado.
Él...no se veía bien. No estaba bien.
Su respiración golpeaba dolorosamente contra sus costillas.
El uniforme estaba hecho un desastre. La grama igual, teñida de rojo por debajo de él.
Apretó los dientes, sintiendo sus ojos picar. No pudo evitar repetir su nombre
angustiosamente en su mente.
— Nick...
— ¿Q-Qué?
Tartamudeó, sintiendo su garganta reseca. Sostuvo más cerca a su amigo, buscando darle algo
de su propia calidez y oír bien sus débiles palabras.
— Gracias por venir por mí... Me sentía...algo solo...admito.
Le agradeció, volviendo sus labios en su típica sonrisa con sus escasas fuerzas restantes.
— Sean...
Habló Nick, a punto de decir algo.
...El delgado hilo se cortó.
El azul de sus ojos vidriosos apagó su brillo. El calor abandonó su cuerpo, dejando a su paso
una frialdad que congeló los brazos de Nick.
—...
Silencio.
— ...
Acunó su cuerpo más cerca de su pecho, conteniendo la respiración. El dolor golpeó contra su
pecho, como un cuchillo cortando desde adentro hacia afuera.
Sus manos temblorosas nunca aflojaron. Permanecieron firmes en medio de temblores.
Sonriendo entre lágrimas, con su voz entrecortada, dijo:
— Adiós, mi amigo.
Abrazó el cuerpo, dejando caer su rostro lloroso sobre el pecho de su amigo.
Un pecho frío y carente de latidos.
(...)
Nick regresó con el resto, arrastrándose con su cuerpo moribundo hasta el vehículo.
En su espalda llevaba el cuerpo de su camarada caído.
— ¡Es Nick!
— ¡Regresó, regresó de vuelta!
— ¡Sigue vivo!
Morgan alzó los ojos ante los gritos de sus subordinados, en vista del regreso de Nick. Antes de
decir algo más, sus ojos captaron la figura cargada sobre sus hombros. La sangre pintada en él,
junto con su palidez mortal, le dejó bien claro su deceso.
Sintió su corazón picar...
Al llegar Nick a la camioneta, él llegó hasta él y levantó el puño.
— ¡Idiota!
Gritó a todo pulmón, golpeando sin piedad la mejilla de Nick.
Su rostro se tiñó de ira. El enojo brotó de sus venas a punto de explotar.
Le dio una mirada furibunda a Nick. — ¿¡Cómo pudiste hacer caso omiso de las órdenes de tu
teniente!? ¿¡Estás consciente de lo que has hecho!? ¡Te dije que no regresaras! ¡Que
seguramente ya estaría muerto! ¡Míralo...! ¿¡De qué te sirvió regresar por un cadáver!?
—...
Nick guardó silencio. Todos pensaron que la vergüenza y el luto dejaron su mente hecha trizas.
Ellos mismo no encontraban el consuelo necesario para soportar la vista del joven fallecido,
aquel que se esforzó sin descanso por sacarlos de la depresión.
No obstante...
— Se equivoca, teniente...
Las cejas del teniente se fruncieron. Su rostro se mudó de ira. Igual lo dejó seguir...
Nick prosiguió, para el asombro de los soldados.
— Mi amigo... – Lo miró a los ojos. – seguía vivo cuando llegué.
—...
— Él...murió en mis brazos...
Relató en una corta línea directa, dejando sin habla al teniente Morgan, y al resto del
escuadrón.
¿Seguía vivo cuando lo encontró?
¿Y murió en sus brazos...?
Todos miraron a Sean, cuyo rostro pálido carente de vida provocó que sus entrañas se
estrujaran.
Nick continuó, sin fijarse en nadie en particular.
— Y, ¿sabes lo que me dijo?
—...
— "Sabía que vendrías..."
El silencio se asentó.
El teniente no tuvo palabras para debatir. Los soldados no podían caber en sí de asombró.
Nick sonrió. Una sonrisa fracturada y llena de dolor.
— Él confiaba que vendría por él...
Dejó ir, sintiendo mucho sueño pesar sus párpados.
— Es por eso, no me arrepiento de mi decisión, señor...
Sonrió, sintiendo sus rodillas ceder.
— ¿¡Soldado!?
— ¿¡Nick!? ¿¡Nick!?
— ¡T—Tanta sangre...! ¡Sus heridas son, son muy graves!
— ¿¡Fue hasta allá con estas lesiones...!? ¿¡Cómo pudo moverse tanto tiempo!?
— ¡Esto está mal...! ¡Que alguien lo trate...!
— ¡Por favor, no te vayas, no te vayas también...!
Los sonidos escurrieron en la oscuridad. El dolor dejó un vacío interminable de recuerdos
aleatorios. Unos de cuando vivía en su gentil pueblo, otros de cuando estalló la guerra, cuando
llegó aquí...
Y finalmente, de cuando conoció a su mejor amigo...
Si no me hubiera salvado en ese momento, habría muerto con seguridad...
Le debía la vida.
Recordó la última expresión que puso su amigo antes de enfriarse...
Me pregunto... ¿Qué expresión tendré yo ahora?
Esperaba que fuera una memorable.
Odiaría perder contra él.
(...)
...
...
.
Leyó la etiqueta, comprobando que estaba en el lugar correcto. Una vez hecho eso, estiró la
mano y rodó la manija, abriendo la puerta hacia la sala.
El lugar tenía una mesa, junto con varias sillas de acompañantes. El salón era simple y
acogedor, bastante limpio para un club de su clase.
— ¿...?
Alguien leía un libro en una esquina, sin prestarle atención. Le daba la espalda.
— Disculpe...
— ¿Qué deseas?
Dijo cortante, sin despegar la vista de su libro, ni girarse hacia él.
Que modales los suyos.
— Eh, quería saber si podía unirme a este club. – Dijo tímidamente. – Soy nuevo aquí, así que...
— ¿Este club?
— Eh, lo siento, club de futbol.
— Hmm. Depende...
— ¿De?
— Si me caes bien. Si no veo una gota de potencial, entonces te rechazaré sin dudarlo. No
tengo tiempo de sobra para concentrarme en niños sin un ápice de talento.
— Ya...veo. Es un alivio que no sea parte de ese grupo.
— ¿Qué te tiene tan seguro de que no?
— Soy bastante atlético. Ponme a prueba y lo verás...
— Arrogante...
— ¿No es buena tener confianza en uno mismo?
— No si resulta irritante para otros, especialmente para mí...
El chico dejó su libro y abandonó su silla, aun de espaldas a él.
...su cabello café estaba recortado en la nuca, dejando fluir algunos mechones más largos a los
costados de su cabeza.
Se giró a él, llevando sus ojos azules hacia su rostro.
—...
Ah...
...
Su corazón...el corazón de Nick dio un vuelco. Un golpe contundente que lo dejó de cabeza.
Perdió la capacidad de formular palabras, envuelto en el asombro e incredulidad.
—...
El chico...Sean, tenía los ojos bien abiertos, temblando de emoción dentro de sus cuencas. La
mano que sostenía el respaldo de la silla apretaba la madera con fuerza, clavando las uñas.
Aguantó la respiración, sintiendo estremecer las comisuras de su boca.
Imágenes bañaron su mente... Recuerdos lejanos, quizás no tan lejanos como pensaron.
Sentimientos olvidados, enterrados en lo profundo de su alma.
El primero en abrir la boca, fue Sean.
— ¿Nick?
Preguntó, entrecortadamente. Mantener la compostura a estas alturas le resultó imposible.
Nick fue sacudido ante este llamado. Actualmente tenía un nombre diferente, pero éste tuvo
especial significado para él.
Un nombre del pasado...dicho por alguien del pasado.
Dejó caer su maletín a un lado, corriendo hacia el estático Sean.
— ¡Sean!
Abrazó al más bajo, apretando su cuerpo desesperadamente, temiendo que su existencia se
desvaneciera y dejara sus manos vacías.
Estaba aquí, vivo...
Aquí con él.
Su corazón latía. Su cuerpo desprendía calor. Su pecho subía y bajaba...
Estaba vivo...
Sus ojos lagrimearon.
— Lo siento...no pude...hacer nada... Fui completamente...inútil.
Habló inseguro, aferrado a los hombros de Sean.
Se disculpó por su inutilidad. Su debilidad.
Sean, asombrado entre sus brazos, relajó la tensión de sus músculos y devolvió el abrazo,
confortado por los sollozos intermitentes que oía sobre su hombro.
— Idiota, ¿por qué te disculpas? No fue tu culpa...
Sonrió, dejando que el otro descargara su frustración y tristeza.
Sean nunca podría culparlo.
No fue su culpa que terminara acorralado por el enemigo y herido de muerte.
Es más...
— No necesitas disculparte. A mí...me hizo feliz saber que viniste por mí...
Se sintió necesitado. Allí, rodeado de enemigos y con la muerte arrastrándolo al abismo, ver la
llegada de su amigo levantó su corazón y le dio paz
— Así que deja de llorar como un bebé, es desagradable.
— Hk... Uu... Pero yo...Ng...
Al parecer no dejaría de llorar pronto.
Sonrió. Seguía siendo el mismo llorón de siempre. Un llorón sin remedio que se hacía el fuerte.
Y que sin embargo, le dio fuerza cuando la necesitaba.
Realmente eres un idiota...
Algo hizo ruido. Pasos de alguien viniendo.
— ¡Buenos días, capitán! ¡Aquí Josef reportándose temprano! ¡Iaah, un intruso!
Josef entró portando una amplia sonrisa, para terminar horrorizado de la presencia inesperada
de Nick.
— ¡Y está acosando sexualmente al capitán! ¿¡Donde estás poniendo tus manos!?
— Eh...
Sean no supo qué decir...
Ahora que todo ese torrente de recuerdos se derramó en su cabeza, imágenes parpadearon y
le mostraron rostros borrosos.
Entre ellos, estaba esta persona.
— Ah, parece que por fin me recuerdas...
— ¿Ah?
Esa frase extraña salida de Josef lo dejó en shock. También a Nick, que se separó de él y se giró
hacia Josef.
— ¿A qué...a qué te refieres?
— ¿A qué me refiero? ¿No es obvio?
Sonrió gentilmente.
— Pasé todo este tiempo esperando a que recuperaras tus recuerdos. Es un alivio que los
hayas traído de vuelta, Nick.
Le dijo a Nick, para asombro de ambos amigos.
— ¿Qué...? ¿Por qué...tú...sabes de...?
— ¡Lo supe desde bebé! ¡Estamos hablando de mí! ¡Les dije que tenía una buena memoria, no
era broma!
Les sonrió, dejando que sus pensamientos se volvieran un lío.
— Ahora, ¿van a tener un conmovedor reencuentro con el resto de los chicos...?
—...
El resto...
El resto...
...de los chicos.
¿Esos...chicos?
— Espero que esta vez practiques enserio, Paul.
— Mi nivel de energía es demasiado bajo para eso.
— ¡Bastardo perezoso! ¡Haz las cosas bien!
— Ya, ya, no querrán terminar lesionados como Frederick. Sigue recuperándose de su
esguince.
— Uh...
— ¿Dónde está el entrenador Morrigan?
— Está negociando un partido de práctica con la otra escuela. Su nombre es tan largo que me
dio flojera aprenderlo.
— Ya veo. Siempre tan decidido. Nunca nos deja tomarnos las cosas con calma.
— Si hiciéramos eso, nunca habríamos llegado tan lejos...
—...
Las voces sonaron a la lejanía lo suficientemente claras que entender qué decían.
Arrugaron su corazón, como un pedazo de papel.
Ellos...estaban aquí.
Todo este tiempo...habían estado aquí.
El único faltante...
— Jaja...
Se oyó una risa entrecortada.
— ¿Eso significa que soy el último en llegar? Eso apesta, hermano.
Nick se rio con sus ojos enrojecidos por las lágrimas de antes. Josef le dio palmaditas a la
espalda, apoyándolo en silencio.
Se volvió hacia Sean, sonriendo.
— Lamento la espera, Sean.
—...
— Entonces...
Extendió la mano hacia él, sonriente como aquél día cuando se presentó ante él.
"¿Me dejarías unirme al club?"
No necesitaba preguntar para saber la respuesta.
Era obvia.
— Hablas como si pudiera rechazarte... – Tomó su mano.
Y claro que no podía.
Nunca podría rechazar a su mejor amigo.
FIN.
Esto fue algo viejo, así que lo puse. Espero que al menos haya sido agradable pese a lo simple
que fue. Honestamente no sé si soy buena manejando tragedia. No, siendo sincera, no sé en qué
género me destaco. Amo reír, pero no sé si soy buena provocando risas. Algo de suspenso me
encanta, pero me cuesta dejar las cosas ambiguas. Finalmente, me gusta ser conmovida, pero
no sé cómo apretar el corazón de otros.
Bueno, espero que haya sido bueno, por más corto que fuera, Analyn se despide, ¡bye bye!
