Hay dos cosas que nunca van de la mano en esta vida: la gente que le gusta la pizza con piña y que Bruno Molina y yo seamos amigos, es la persona más molesta del mundo, lo digo por experiencia propia.
Desde que ese chico llegó a mi colegio, mi vida se volvió un completo caos. Era como si un cometa hubiera caído directo al patio central, derribando todas las reglas invisibles que nos regían.
El primer día que Bruno Molina puso un pie en nuestras instalaciones, todo cambió. De pronto, todos querían ser sus amigos. Incluso las chicas más populares, como Antonella, se derretían a su paso. ¿Y yo? Bueno, yo solo quería que desapareciera. ¿Por qué? Porque nadie debería tener una sonrisa tan perfecta, ni ser tan condenadamente encantador y molesto al mismo tiempo.
Recuerdo ese día como si fuera ayer. Bruno entró al salón de clase musical, con esa actitud arrogante y segura de sí mismo que lo caracteriza. Todas las miradas se posaron en él y su hermano, supe en ese momento que mi tranquila existencia había llegado a su fin.
Entre suspiros y miradas embelesadas, Bruno se abrió paso hasta el asiento vacío que estaba justo al lado del mío. Sentí como si un balde de agua fría me cayera encima cuando nuestras miradas se cruzaron. Esos ojos color miel me miraban con una mezcla de diversión e... ¿interés? No, debía ser mi imaginación. ¿Qué podría ver alguien como él en alguien como yo?
Josefina, mi supuesta mejor amiga, no tardó en acercarse a él con su mejor sonrisa coqueta. Rodé los ojos, preguntándome cómo era posible que cayera tan rápido bajo el hechizo de Bruno. Pero entonces, para mi sorpresa, él la rechazó de una manera que me hizo contener la risa. ¡Nadie le decía que no a Josefina!
Desde ese momento, supe que mi vida ya no volvería a ser la misma. Bruno Molina se había convertido en el centro del universo de mi colegio, y yo, Patricia Castro, la chica invisible, me encontraba atrapada en su órbita sin saber cómo escapar. En otras palabras, si Maslow hubiera hecho está pirámide estudiantil, Bruno estaba en autorealización y yo en la base de necesidades básicas.
Todo ese lío con los meses ya lo fuí aceptando, pensé que el furor de los chicos nuevos y guapos pasaría en cuestión de semanas pero ¿Qué creen? No fue así. E increíblemente un comentario mío llegó lengua tras lengua hasta la cima de la pirámide: A Patito le gusta Bruno.
Obviamente no, no, no y no. Todo fue sacado de contexto. Ese lío solo me trajo burlas y comentarios nada que ver, incluso mi mejor amiga llegó a defenderme de la peor manera: ¿A caso es imposible que a Bruno le guste Patito?
Todos se rieron con ganas y yo quería esconderme en el subsuelo.
Mientras caminaba por los pasillos, intentando pasar desapercibida, me detuve al escuchar unas voces familiares que provenían del hall. Era Antonella y Bruno, y parecían estar discutiendo acaloradamente. Curiosa, me escondí detrás de la pared para escuchar su conversación.
-Toda esta ridiculez solo para intentar ponerme celosa. -escuché decir a Antonella con su característico tono de superioridad-. Era muy obvio que todo eso no iba a pasar, muy obvio.
¿De qué estarían hablando? Mi corazón comenzó a latir con fuerza cuando vi a Bruno bajar la mirada, visiblemente incómodo.
-Ya basta de repetir eso, Antonella. -dijo él en voz baja-. Me... me da vergüenza.
Antonella rió con desdén.
-Qué bueno que te dé vergüenza, Bruno porque imagina... Tan solo imagina -dijo ella con disgusto-. Imagina... enamorarte de Patito...
¿Enamorarse de mí? Sentí que el mundo se detenía a mi alrededor. ¿Acaso era posible que Bruno Molina, el chico más popular de la escuela, pudiera estar interesado en alguien como yo? No, debía ser una broma. Antonella siempre tenía la habilidad de hacer que todo pareciera un insulto.
Pero la reacción de Bruno me dejó perpleja. Hizo una leve mueca de disgusto, como si la sola idea le resultara desagradable. Algo en mi pecho se apretó, aunque no quería admitir por qué.
Antonella lo miró con curiosidad y se acercó a él, bajando la voz.
-Porque es así, ¿No? Te da vergüenza, ¿Verdad? -dijo Antonella, clavando sus ojos en los de Bruno-. Dilo, Bruno, di que te da vergüenza el simple hecho de que todos piensen que saldrías con alguien tan fea como Patricia Castro.
Bruno soltó una risa bastante alta y ruidosa, Antonella lo miraba y yo los observaba a ellos dos. Bruno pasó su mano por el cabello, levantándose del asiento.
-¿Tan malos gustos crees que tengo? -dijo Bruno, con una sonrisa divertida-. Por favor, solo son rumores absurdos, esa chica, Patito, ni me topa, cada vez que me ve, su cara se desconfigura como si me odiara.
Antonella lo miró con desconcierto, sin saber cómo responder a esa reacción tan inesperada.
-Pero... pero es que todos dicen que tú... -balbuceó, claramente contrariada.
Bruno soltó una carcajada.
-¿Todos dicen? ¿Y desde cuando me importa lo que diga la gente? -dijo, encogiéndose de hombros-. Esa Patito ni siquiera me interesa, es como si fuera invisible para mí.
Algo en mi interior se encogió al escuchar esas palabras. ¿Invisible? ¿Eso era lo que yo era para él? Una punzada de decepción me recorrió, aunque no entendía muy bien por qué. Después de todo, ¿qué esperaba? ¿Que un chico como Bruno Molina se fijara en alguien como yo?
Antonella parecía aún más confundida, como si no terminara de creer lo que estaba escuchando.
-Pero... pero si tú... -insistió, frunciendo el ceño.
-Mira, Antonella, no sé qué te han dicho o qué ideas te has hecho, pero te aseguro que esa tal Patito no me interesa en lo más mínimo -dijo Bruno, con un tono que denotaba fastidio-. Así que, por favor, deja de hacer esos comentarios ridículos, ¿quieres?
Antonella abrió la boca para responder, pero en ese momento el timbre que anunciaba el inicio de la siguiente clase sonó, interrumpiendo su réplica. Bruno le dedicó una última mirada antes de darse la vuelta y alejarse por el pasillo, dejando a una Antonella visiblemente molesta y confundida detrás.
Yo, por mi parte, me quedé allí, oculta detrás de la pared, sintiéndome más invisible que nunca. Las palabras de Bruno habían dolido más de lo que hubiera imaginado, aunque no lograba entender por qué. Tal vez era porque una parte de mí, por absurdo que pareciera, había albergado una pequeña esperanza de que él pudiera ver algo en mí. Pero ahora estaba claro que eso jamás ocurriría.
Con un suspiro resignado, me dirigí a mi siguiente clase, preguntándome qué más me depararía esta nueva realidad en la que Bruno Molina era el centro de atención. Una cosa era segura: Me cae mal Bruno Molina.
