La Llama y la Tempestad
Sinopsis:
Senji Muramasa despertó en un mundo desconocido, envuelto por un mana abrumador y una calma inquietante. Sin un Maestro que lo guiara ni una misión clara, decidió seguir con su vida de la misma manera que siempre lo había hecho: forjando armas y enfrentando cada día con el temple que lo caracterizaba.
En su refugio en medio del bosque, su rutina se vio interrumpida por la inesperada aparición de una chica de baja estatura y cabello celeste brillante, quien se presentó como Rimuru Tempest.
Entre el calor de la fragua y el resplandor de un mundo lleno de magia, el herrero y la líder del Reino Tempest comenzaron a forjar un vínculo que cambiaría sus destinos.
• •
Nota: Me termino gustando la historia de Senji Muramasa x Alaya, así que decidí hacer ahora esta historia de Senji Muramasa x Rimuru Tempest, Rimuru siempre me ha encantado, así que vamos una historia con este emparejamiento, espero que nadie se moleste. Además, tengo que avisar que no tengo idea de la obra Tensei Shitara Slime Datta Ken, vi la primera temporada, pero hasta ahí, no seguí viendo el anime/novela ligera/manga, pero como dije, me gusta un poco Rimuru, así que en esta historia Rimuru Tempest será mujer. Espero que nadie se enoje con esto, es un Fanfic, solo será como una historia en la vida cotidiana en la fragua de Senji Muramasa donde poco a poco se formara la relación de él con Rimuru Tempest.
Y también necesito ayuda con Ciel, denme sugerencia de cómo se puede manejar ella en la historia, por ahora no fue incluida en el prólogo, pero de seguro hay gente interesada en verla incluida en la historia, así que necesitare ayuda con eso.
• •
Prólogo
El cielo sobre él era de un azul inmenso, vasto y desconocido. Senji Muramasa frunció el ceño mientras su mirada recorría el paisaje a su alrededor. Estaba en medio de un bosque denso y vibrante, donde el sonido de la vida salvaje se mezclaba con el susurro del viento que acariciaba las copas de los árboles. Era un lugar extraño, ajeno, y por más que intentara entender cómo había llegado ahí, su mente no le daba respuestas claras.
Había estado en su fragua, como siempre, forjando una hoja destinada a un cliente que ya no podía recordar. Luego, todo se volvió negro, y ahora estaba aquí.
"¿Qué demonios es este lugar…?" murmuró con su voz grave, el tono áspero que lo caracterizaba.
El herrero no era alguien fácil de desconcertar, pero no podía negar que la situación era inusual incluso para él. Como espíritu heroico, estaba acostumbrado a ser invocado por un Maestro, vinculado a un contrato que definía su propósito en el mundo al que llegaba. Sin embargo, esta vez era diferente. No sentía el lazo característico que lo unía a un mago. No había órdenes, no había obligaciones, solo un flujo de mana abrumadoramente abundante que permeaba todo a su alrededor.
Llevó su mano derecha al hombro, ajustando el kimono blanco que colgaba de manera descuidada sobre él. El tejido, adornado con intrincados patrones florales en su forro interior, contrastaba con el rojo vivo de la manga que cubría su brazo izquierdo, decorada con diseños que parecían llamas danzantes. Su brazo derecho, descubierto, mostraba una musculatura firme, resultado de incontables años de trabajo en la fragua. La faja blanca atada a su cintura aseguraba los pantalones hakama negros que vestía, mientras las espinilleras protegían sus piernas hasta los tobillos. Cada detalle de su atuendo hablaba de alguien acostumbrado tanto a la disciplina como a la funcionalidad.
"Bueno, no puedo quedarme parado aquí para siempre," se dijo a sí mismo, con un suspiro resignado.
El mana en el aire era casi sofocante, pero al mismo tiempo, reconfortante. Era como si el mismo mundo le estuviera diciendo que podía quedarse aquí, que no había límites para su existencia en este lugar. A diferencia de otros mundos donde la escasez de energía mágica podía desgastar a un Servant sin un Maestro, este lugar era diferente. Aquí podía sobrevivir, y quizás, incluso vivir con tranquilidad.
Con un último vistazo al bosque, Muramasa tomó una decisión. Si iba a permanecer en este mundo, necesitaría un refugio. Y más importante aún, necesitaría una fragua.
Pasaron días mientras Muramasa se dedicaba a construir su hogar. Encontró un claro en el bosque, lo suficientemente cerca de un río para abastecerse de agua, pero alejado de las rutas transitadas por los humanos y otros seres. Usando herramientas improvisadas al principio, comenzó a levantar la estructura que serviría tanto de refugio como de taller.
El proceso fue arduo, pero para alguien como él, acostumbrado a trabajar con fuego y metal, era una tarea casi terapéutica. Cada golpe de martillo, cada tabla colocada, le recordaba que la creación era la esencia de su existencia. La fragua, en particular, fue su mayor prioridad. Construyó el horno con piedras resistentes y materiales que recolectó en el bosque, asegurándose de que pudiera soportar las altas temperaturas necesarias para forjar armas.
Finalmente, después de semanas de trabajo, la fragua estaba lista. En el centro del taller, el horno brillaba con un resplandor cálido, el sonido del fuego llenando el espacio con un eco reconfortante. Las herramientas que había traído consigo desde su invocación estaban perfectamente organizadas en un estante improvisado.
Muramasa se cruzó de brazos, admirando su obra con una leve sonrisa de satisfacción. "Es un buen comienzo," dijo en voz baja.
El entorno también comenzó a adaptarse a su presencia. Algunos mercaderes y aventureros comenzaron a pasar por la zona, atraídos por rumores de un extraño herrero que podía reparar cualquier arma o forjar piezas de calidad inigualable. Aunque no le interesaban los chismes, Muramasa aceptó los trabajos que llegaban, más por mantener sus manos ocupadas que por otra cosa.
Lo que Muramasa no sabía era que su tranquilo refugio estaba estratégicamente ubicado entre el Reino Tempest y un Reino humano cercano. Su habilidad como herrero no tardaría en llamar la atención, y entre aquellos que buscarían sus servicios estaría alguien que cambiaría su vida para siempre.
Dos semanas después…
El sol comenzaba a ocultarse en el horizonte, tiñendo el cielo de un cálido naranja que contrastaba con el humo que aún salía del horno de la fragua. Senji Muramasa, de pie junto a la entrada de su taller, observaba con expresión tranquila cómo un grupo de soldados del reino humano cercano se alejaba, llevando consigo las armas y armaduras que había forjado para ellos.
"¡Tu trabajo es impecable, herrero! No hemos visto armas tan finas en toda la región," exclamó uno de los soldados, levantando una espada recién afilada que brillaba bajo la luz del atardecer.
Otro soldado, cargando un yelmo de acero, asintió con entusiasmo. "Nunca pensé que una espada pudiera ser tan equilibrada. ¡Se siente como si formara parte de mi brazo!"
Muramasa, cruzado de brazos, no mostró mucho entusiasmo ante los cumplidos, aunque un leve destello de orgullo brilló en sus ojos dorados. "Hice lo que pidieron," dijo con su tono habitual, seco pero directo. "Y como acordamos, espero el pago."
El capitán del grupo asintió rápidamente, sacando una bolsa de cuero pesado que dejó sobre la mesa improvisada junto a la fragua. "Aquí está todo lo que prometimos. Valió cada moneda."
Sin decir más, los soldados se despidieron, agradeciendo nuevamente antes de marcharse, sus risas y pasos perdiéndose en el bosque. Cuando finalmente quedó en silencio, Muramasa suspiró y tomó la bolsa, verificando su contenido. Era más que suficiente para cubrir sus necesidades durante un tiempo.
"Trabajo hecho," murmuró para sí mismo mientras cerraba la puerta de la fragua.
Ahora que la noche comenzaba a caer, Muramasa se encontró sin nada que hacer. Había completado todos los pedidos pendientes, y la fragua estaba en silencio por primera vez en días. Decidió aprovechar el momento de tranquilidad para atenderse a sí mismo.
Dejó sus herramientas en su lugar habitual, asegurándose de que todo estuviera en orden, antes de dirigirse al interior de su casa. En un rincón cercano, había improvisado una ducha con agua fría que obtenía del río cercano. Aunque no era particularmente cómoda, era suficiente para mantenerlo limpio después de un día trabajando entre fuego y metal.
Se quitó el kimono que descansaba sobre su hombro y desató la faja que sostenía sus hakama negros. Su torso, cubierto de cicatrices que contaban historias de un pasado que ya no le interesaba recordar, brillaba ligeramente bajo la luz tenue del interior de su hogar.
El agua fría chocó contra su piel, arrancándole un suspiro de alivio. Era un contraste refrescante con el calor al que estaba acostumbrado en la fragua. Mientras el agua corría por su cabello rojo y caía al suelo de piedra, Muramasa cerró los ojos y dejó que su mente divagara.
"Un día más," pensó mientras terminaba de ducharse.
Con el cuerpo limpio, Muramasa se vistió con un yukata sencillo y fue a la pequeña cocina que había construido dentro de su hogar. Su estómago gruñía, pero no tenía intención de preparar algo elaborado. Abrió una caja de madera y sacó un poco de arroz y pescado seco, suficiente para una comida ligera.
Encendió un fuego pequeño y comenzó a cocinar, sus movimientos metódicos y eficientes, como si estuviera forjando una espada en lugar de preparar comida. En poco tiempo, el aroma del pescado asado llenó la habitación, mezclándose con el calor reconfortante del fuego.
Mientras comía en silencio, Muramasa miró por la ventana. La luna llena iluminaba el bosque con un brillo plateado, y los sonidos de la naturaleza eran los únicos compañeros de su soledad. Aunque su vida aquí era tranquila, no podía evitar sentir que algo faltaba, como si este mundo, con toda su abundancia de mana, aún no le ofreciera un propósito claro.
Cuando terminó de comer, limpió los utensilios y apagó el fuego, asegurándose de que todo estuviera en su lugar. Finalmente, se dirigió a su habitación, donde un futón sencillo lo esperaba. Se dejó caer sobre él con un suspiro, observando el techo de madera mientras su mente empezaba a despejarse.
"Supongo que mañana será otro día como este," murmuró antes de cerrar los ojos y dejar que el sueño lo reclamara.
Otro día…
El sol apenas había alcanzado su punto más alto cuando Senji Muramasa, ya con las manos vacías de trabajo, limpiaba y organizaba las herramientas de su fragua. El horno estaba apagado, y el sonido del martillo contra el metal había cesado por primera vez en días. Aunque su rutina era constante, aquel día parecía arrastrarse más lento de lo habitual.
"¿Nada que hacer otra vez?" murmuró para sí mismo, mirando el horno vacío.
Justo cuando pensaba en salir a recoger más materiales o simplemente en perder el tiempo observando el río cercano, el tintineo de una campanilla colgada en la entrada de la fragua llamó su atención. No esperaba visitas.
Se giró, frunciendo el ceño, y lo que vio lo tomó por sorpresa: una pequeña figura se adentraba con curiosidad en el taller. Era una chica joven, de estatura baja, con cabello celeste brillante que caía en suaves ondas hasta sus hombros, y ojos dorados que parecían brillar como el mismísimo oro. Se podría decir en una simple palabra la apariencia de esta, hermosa.
"¿Quién eres tú?" preguntó Muramasa, cruzándose de brazos mientras la observaba.
La chica, sin perder el entusiasmo, le sonrió ampliamente. "¡Oh, hola! Estaba pasando por aquí y escuché rumores sobre un herrero increíble, así que decidí venir a verlo por mí misma."
Muramasa arqueó una ceja, su postura firme pero relajada. "¿Hm? ¿Se puede saber quién eres?"
"Rimuru. Rimuru Tempest," respondió ella con una ligera inclinación de cabeza. "Un placer conocerte."
El nombre no le decía nada a Muramasa, pero no era como si eso le importara mucho. "Bueno, Rimuru Tempest, ¿qué es lo que quieres? No suelo atender curiosos sin una razón válida."
Rimuru se acercó al horno de la fragua, examinando todo con ojos curiosos, como si estuviera evaluando el lugar. "He oído que eres bueno forjando armas, y quiero ver si es cierto. Necesito una katana."
Muramasa parpadeó un par de veces, desconcertado por la seguridad con la que la joven hablaba. "¿Una katana, dices? ¿Para qué alguien tan pequeña como tú necesitaría una katana?"
Rimuru le lanzó una mirada divertida, sin ofenderse por su comentario. "Oh, créeme, sé manejar una. Y prefiero que sea algo hecho a mano, no esas armas producidas en masa que carecen de alma."
El comentario encendió una chispa en el interior de Muramasa. La pasión por su trabajo se reflejó por un instante en sus ojos dorados. "Hmph. Al menos sabes reconocer una buena arma. Está bien. Si tienes el dinero, haré tu pedido."
"¡Perfecto!" respondió Rimuru, con una sonrisa que parecía iluminar toda la habitación.
Muramasa llevó a Rimuru a la parte más interna de la fragua, donde las herramientas y materiales estaban organizados en perfecta armonía. A pesar de su apariencia despreocupada, Rimuru observaba todo con atención, sus ojos dorados brillando con curiosidad.
"¿Cómo la quieres?" preguntó Muramasa mientras sacaba un lingote de acero oscuro que emitía un leve resplandor azulado, como si tuviera vida propia.
"Simple, pero resistente," respondió Rimuru, con una sonrisa confiada. "Una katana que pueda soportar cualquier cosa."
Muramasa levantó el lingote con cuidado, observándolo de cerca. "Este acero no es común," comentó. "Tiene propiedades mágicas, un material que puede amplificar el mana de su portador si es trabajado correctamente. Si realmente sabes manejar una katana, esto será más que suficiente."
Rimuru inclinó la cabeza con interés, impresionada por el conocimiento del herrero. "Perfecto. Eso suena ideal."
Muramasa asintió y comenzó a preparar el horno, encendiendo el fuego con movimientos rápidos y eficientes. Mientras el acero absorbía el calor, emitía destellos de luz azul, como si respondiera al entorno. El herrero, con una concentración absoluta, empezó a golpear el metal con su martillo, moldeándolo con fuerza y precisión.
Mientras trabajaba, Rimuru lo observaba con fascinación, admirando la dedicación con la que el herrero manejaba cada herramienta. El sonido del martillo contra el metal llenó la fragua, creando un ritmo constante y casi hipnótico. La atmósfera estaba impregnada del calor del horno y la magia que brotaba del acero, formando un espectáculo único para la chica.
Horas después, cuando finalmente terminó, Muramasa levantó la katana recién forjada, examinándola con un ojo crítico. El filo de la hoja era impecable, y el resplandor azul del acero mágico parecía moverse como llamas bajo la luz del fuego. Era una obra maestra, el reflejo de su habilidad y su orgullo como herrero.
Se la entregó a Rimuru, quien la tomó con ambas manos, asombrada por la perfección del arma. Podía sentir cómo el mana fluía a través del acero, conectándose con su propia energía.
"Esto es... increíble," dijo ella, girando la katana para observar su filo. "Definitivamente voy a seguir usando tus servicios."
Muramasa bufó, aunque en el fondo estaba complacido. "Eso depende de lo que necesites."
Rimuru aseguró la katana con cuidado, pero su mente ya estaba llena de ideas. "Bueno, además de armas, ¿eres bueno haciendo otras cosas? Herramientas de agricultura, utensilios de cocina, ese tipo de cosas."
Muramasa la miró con una mezcla de sorpresa e incredulidad. "¿Herramientas de cocina? ¿Eso es lo que quieres que haga ahora?"
Rimuru rió suavemente. "Bueno, eres muy bueno con el metal. ¿Por qué no? Además, si eres bueno con las herramientas, tal vez también podrías probar la artesanía."
Muramasa se cruzó de brazos, sintiendo que había un pequeño desafío en las palabras de la chica. "¿Artesanía? ¿Te refieres a cosas decorativas?"
"Exacto. ¿Puedes hacerlo?" preguntó Rimuru con una sonrisa curiosa.
Muramasa dejó escapar un suspiro, aunque en sus ojos brilló un destello de orgullo. "He hecho cien estatuas como agradecimiento para alguien. No es algo nuevo para mí."
Rimuru abrió los ojos con sorpresa. "¿Cien? Eso es impresionante."
Ella inclinó la cabeza ligeramente, con una sonrisa juguetona. "Entonces, ¿por qué no haces una estatua de mí? Solo para ver si es cierto lo que dices."
Muramasa la miró en silencio por un momento, como evaluando la seriedad detrás de sus palabras. Finalmente, asintió, cruzando los brazos con confianza. "Está bien. Considera tu pedido aceptado."
Una sonrisa más amplia iluminó el rostro de Rimuru. "Perfecto. Estoy ansiosa por verla. Volveré mañana para ver cómo comienzas a trabajar."
"Como quieras," respondió Muramasa con su tono seco, aunque la chispa en sus ojos delataba que aceptaba el desafío con cierta motivación.
Rimuru guardó la katana cuidadosamente en su funda y comenzó a dirigirse hacia la puerta de la fragua, girándose una última vez antes de marcharse. "Entonces, nos vemos mañana, herrero. Por cierto…" hizo una pausa, inclinando ligeramente la cabeza con curiosidad. "Ni siquiera sé tu nombre. ¿Cómo debería llamarte?"
Muramasa se quedó en silencio un momento, como si no fuera algo que considerara importante. Finalmente, respondió, directo y sin rodeos: "Senji. Senji Muramasa."
"Senji Muramasa, ¿eh?" repitió Rimuru, probando el nombre con una leve sonrisa en los labios. "Un buen nombre para un gran herrero. Hasta mañana, Muramasa."
El herrero bufó ligeramente. "Hmph. Nunca decepciono."
Con una última risa ligera, Rimuru se despidió, su figura desapareciendo poco a poco en la lejanía del camino. Muramasa la observó hasta que su cabello celeste dejó de ser visible, y solo entonces volvió a su fragua.
A medida que caminaba de regreso por el sendero, una pequeña sensación de familiaridad se apoderó de Rimuru. El nombre Senji Muramasa... ¿por qué le sonaba tan familiar?
Un leve pensamiento cruzó su mente, como un destello fugaz, recordándole algo de su vida pasada como una chica japonesa. Algo acerca de ese nombre le hacía eco, aunque no podía precisar de dónde venía.
"Muramasa... ¿es un apellido común?" murmuró para sí misma, ligeramente intrigada, pero rápidamente desechó la idea.
"Seguro es solo una coincidencia," pensó, restándole importancia al sentimiento, mientras continuaba su camino.
Muramasa se quedó en silencio un momento, mirando las herramientas de su taller. Había aceptado el pedido, pero sabía que no tenía el material adecuado para tallar una estatua. Si bien la fragua estaba llena de materiales para forjar armas, armaduras y herramientas, una estatua requería otro tipo de material.
"Un bloque de mármol..." murmuró para sí mismo. "Es lo que necesito."
El mármol que utilizaba para las estatuas era un tipo raro, muy difícil de conseguir en estos alrededores. Muramasa sabía que tendría que viajar al reino humano cercano para encontrar lo que necesitaba. Afortunadamente, no le faltaba el dinero para pagar el bloque, y dado que no tenía ningún otro encargo urgente, decidió que no perdería el tiempo.
Con decisión, Muramasa se preparó para su salida. Aseguró la fragua y la casa, asegurándose de que todo estuviera en orden antes de emprender su pequeño viaje. Se abrochó el cinturón que llevaba herramientas y armas pequeñas, por si acaso, y se aseguró de llevar una bolsa con suficiente dinero para pagar por el mármol.
El camino hacia el reino humano no era largo, pero el aire fresco y el sonido de los árboles meciéndose le daban una sensación de calma mientras caminaba. A lo lejos, los tejados del reino se asomaban entre los árboles, iluminados por los últimos rayos del sol.
Al llegar a la ciudad, Muramasa se dirigió rápidamente hacia el mercado, donde sabía que encontraría una tienda especializada en materiales de calidad. Era un pequeño lugar, pero siempre tenía lo mejor para los artesanos y escultores que pasaban por allí.
El dueño, un hombre mayor de aspecto cansado pero atento, lo saludó en cuanto lo vio entrar. "¡Ah, Muramasa! No te esperaba por aquí, ¿qué te trae hoy?"
"Vengo a buscar un bloque de mármol," respondió Muramasa, sin rodeos. "Necesito algo adecuado para una estatua."
El hombre asintió, comprendiendo de inmediato. "Un encargo especial, ¿eh? Te mostraré lo que tenemos."
Lo condujo a una sección apartada de la tienda, donde varios bloques de mármol y piedra eran cuidadosamente almacenados. Tras examinar un par de opciones, Muramasa se detuvo frente a un bloque de mármol blanco con ligeras vetas azuladas, algo raro, pero perfecto para la tarea que tenía por delante.
"Este," dijo finalmente, señalando el bloque con el dedo. "Es lo que necesito."
El comerciante observó el mármol, asintiendo satisfecho. "Buena elección. Este es de las montañas del norte. Tiene la densidad perfecta para esculpir detalles finos."
Muramasa sacó una bolsa con monedas de oro y pagó sin dudar. "Gracias. Lo llevaré ahora mismo."
Con el bloque de mármol en su hombro, Muramasa regresó por el camino que lo llevó de vuelta a su hogar. Aunque no había sido un viaje largo, el peso del mármol le recordaba que, aunque el trabajo de herrería era su especialidad, las estatuas requerían otro tipo de paciencia.
"Esto no será difícil," pensó, evaluando el bloque. "Aunque las estatuas son más delicadas, ya he hecho cien de ellas. Esto será solo un pequeño desafío."
Al llegar a su taller, dejó el mármol en un rincón, asegurándose de que estuviera en un lugar donde pudiera trabajar cómodamente. Muramasa se detuvo por un momento, admirando el bloque, sabiendo que la estatua de Rimuru no solo sería una obra de arte, sino también un reflejo de su habilidad.
"Supongo que mañana empezaré," murmuró, sintiendo una leve emoción por el desafío que tenía por delante. Aunque el trabajo no era nada nuevo para él, le gustaba exigirse a si mismo en la perfección de cada trabajo.
La luz de la mañana iluminaba suavemente el taller de Muramasa, que ya estaba preparado para comenzar. El bloque de mármol, blanco con vetas azuladas, descansaba en el centro de la fragua, esperando ser transformado. Aunque Muramasa había trabajado en estatuas anteriormente, sabía que este encargo requeriría su máxima concentración, a pesar de lo sencillo que era para él. Había hecho cientos de estatuas, y este no sería un reto que le tomara más de un día.
"Supongo que será cuestión de tiempo," murmuró, observando el bloque. "No es tan grande como algunas de las que he hecho antes, así que será rápido."
Con el cincel y martillo en mano, comenzó a trabajar. Cada golpe era preciso, y el mármol cedió rápidamente bajo sus manos expertas. Muramasa esculpía con calma y eficiencia, con el sonido del martillo resonando en la fragua, creando un ritmo constante mientras la figura comenzaba a tomar forma.
No pasó mucho tiempo antes de que la puerta de la fragua sonara, anunciando la llegada de Rimuru. Ella había llegado temprano, como si no pudiera esperar para ver cómo Muramasa comenzaba y, tal vez, terminaba la estatua. Había algo en su mirada que indicaba que estaba emocionada y curiosa por el resultado.
"¡Hola, Muramasa! ¡Ya estoy aquí!" dijo Rimuru con una gran sonrisa, entrando al taller con energía.
Muramasa levantó la vista por un momento, sorprendido de verla tan temprano. "¿Tan emocionada estás por ver cómo va la estatua?" preguntó, sin dejar de trabajar.
Rimuru asintió rápidamente, acercándose a observar el trabajo. "¡Por supuesto! Estaba deseando ver cómo lo hacías. ¡Ya está tomando forma!"
El bloque de mármol ya tenía la figura de una pequeña persona con una postura elegante, claramente identificable como Rimuru. Muramasa había avanzado más de lo que ella esperaba, y la estatua ya tenía un semblante detallado que reflejaba la esencia de la chica.
"¿Ya casi está terminada?" preguntó Rimuru, visiblemente sorprendida. "¡No puedo creer que hayas avanzado tan rápido!"
Muramasa levantó el cincel y, con una sonrisa contenida, respondió: "Ya he hecho esto muchas veces. Cuando sabes lo que haces, no toma mucho."
Rimuru observó con atención cómo Muramasa trabajaba, viendo cada detalle que él agregaba a la estatua. La figura ahora mostraba una serenidad en el rostro de la estatua, y las vetas azuladas del mármol fluían con gracia en la pieza, agregando un toque único.
"Es impresionante…" murmuró Rimuru, casi en un susurro, mirando cada detalle con admiración. "Lo hiciste tan rápido… y está perfecto."
Muramasa, satisfecho con su trabajo, hizo un último toque en el borde de la base de la estatua. "El mármol es un buen material. Es fácil de trabajar, y su resistencia permite detalles finos."
Cuando Muramasa terminó, dio un paso atrás para observar la estatua en su totalidad. El mármol reflejaba la luz del sol, y Rimuru, viendo su propia imagen esculpida, no pudo evitar sonreír ampliamente.
"Está… ¡está increíble!" exclamó, mirando la estatua con asombro. "No esperaba que quedara tan bien, mucho menos en tan poco tiempo. ¡Es mejor de lo que imaginé!"
Muramasa cruzó los brazos y asintió con calma. "Me alegra que te guste. Para un encargo tan sencillo, lo hice rápido. Pero siempre es importante asegurarse de que sea perfecto."
"¡Definitivamente lo es! Te dije que no me decepcionarías," dijo Rimuru, mirando la estatua una vez más con satisfacción.
Rimuru se acercó a Muramasa, sonriendo y, como si fuera algo natural, le dio un ligero golpecito en el brazo. "Gracias, Muramasa. No puedo esperar para mostrarle esto a todos. ¡La estatua es perfecta!"
Muramasa, aunque un poco desconcertado por su entusiasmo, sonrió levemente. "Me alegra que te gusté."
Rimuru, satisfecha y visiblemente feliz, se despidió, agradeciendo nuevamente. "Volveré para ver cómo se integra en el lugar que lo pondré, pero por ahora… ¡eres un genio, Muramasa!"
Con esa última sonrisa, Rimuru salió de la fragua, dejando a Muramasa a solas con su obra terminada. Mientras veía cómo ella desaparecía por el camino, una pequeña satisfacción se asentó en su pecho. No era solo la perfección del trabajo lo que lo motivaba, sino el simple hecho de haber hecho bien su trabajo.
El sol brillaba en el cielo sobre la mansión, bañando todo con una luz dorada mientras Rimuru regresaba a su hogar, con la estatua de su propia imagen cuidadosamente transportada. La estatua, de mármol blanco con vetas azuladas, brillaba de manera impresionante bajo la luz del día, reflejando la perfección de cada detalle esculpido con maestría por Muramasa.
Cuando Rimuru entró en el camino hacia la mansión, la noticia de su llegada con la estatua se difundió rápidamente. Los habitantes de la Ciudad Tempest, siempre curiosos por los avances de su líder, se agruparon en las calles, ansiosos por ver la obra que había encargado.
"¡Rimuru-sama, ¿es esa la estatua de la que hablabas?!"
"¡Es increíble! ¡Es igualita a ti!"
Los habitantes miraban fascinados mientras Rimuru se acercaba a la entrada de la mansión, donde había sido preparada una pequeña exposición para mostrar la estatua. Los niños se acercaban y la tocaban con asombro, admirando la precisión y el detalle con el que la figura de mármol reflejaba su propia imagen.
"¡La perfección!" exclamó uno de los ogros soldado, con una sonrisa orgullosa en su rostro. "Este artesano, ¡es un verdadero genio!"
"¡Es como si Rimuru-sama estuviera aquí misma!" agregó otro, mirando la estatua con asombro.
Rimuru, al ver la emoción de la gente, no pudo evitar sonrojarse ligeramente. "Es solo una estatua, no hay que exagerar," dijo, aunque una sonrisa satisfecha se asomó en su rostro. La gente seguía aplaudiendo y alabando el trabajo de Muramasa, destacando lo asombroso que era cómo la estatua capturaba no solo la figura, sino también una especie de energía especial que parecía emanar de la piedra.
"¡Esto debe ser obra de un maestro! ¿Quién lo hizo?" preguntó uno de los mercaderes, observando la placa que Rimuru había colocado junto a la estatua.
"Se llama Senji Muramasa," respondió Rimuru con orgullo. "Un herrero excepcional. Lo conocí hace poco, pero ya me ha impresionado. Esta estatua es solo uno de sus trabajos."
La gente comenzó a murmurar entre sí, admirando el hecho de que una figura tan importante para el reino, como Rimuru, tuviera una estatua tan realista. El reino entero comenzó a ver al artesano con nuevos ojos, apreciando el talento y habilidad que había demostrado en tan poco tiempo.
"¡Deben conocerlo!" exclamó un joven aventurero que estaba en el grupo. "Si hace estatuas como estas, ¿qué más puede crear? ¡Quiero ver más de su trabajo!"
"¡Deberíamos hacer una exhibición de su arte en el reino!" sugirió otro. "¿Quién sabe qué más puede hacer un genio como él?"
Rimuru observó a su alrededor, con una leve sonrisa en los labios. La estatua era una simple obra de arte para ella, pero la admiración de la gente lo hizo sentirse algo orgullosa. No todos los días un trabajo tan sencillo se recibía con tanta emoción.
'Sí, eso podría ser una buena idea,' pensó Rimuru, mientras contemplaba la estatua con una mirada de aprobación. 'Tal vez debería invitarlo la próxima vez, para que pueda conocer la Ciudad Tempest y a mi gente.'
• •
Nota:
Esta historia se desarrollará en pocos capítulos, con un enfoque gradual en la relación entre Senji Muramasa y Rimuru Tempest. El progreso de su conexión será natural, avanzando lentamente a medida que se vayan conociendo más.
Dado que la relación tomará un tono romántico, me gustaría saber si estarían interesados en leer un lemon cuando la relación de Senji Muramasa y Rimuru Tempest se defina completamente, avanzando al acto íntimo de ambos. Cualquier comentario o sugerencia será bienvenido. ¡Gracias por leer!
